Los demonios
Presentación - Heimito el grande
PRESENTACIÓN
HEIMITO EL GRANDE
En cada época hay un determinado género artístico que alcanza su forma
más perfecta, pues cada arte tiene su época. Al genio épico de Heimito von
Doderer, nacido hace cien años, le tocó en suerte crecer en el catastrófico y
devastador siglo XX, que, con toda su maldad, de la que tenemos cumplida
noticia, también estaba destinado a convertirse en el siglo de Proust y de
Joyce, el siglo de la novela épica. Se trata de una forma artística de enorme
envergadura, y no sólo porque se extienda a lo largo de cientos de páginas,
sino porque, como Moloc, exige además la vida del artista o, por lo menos,
una gran parte de ella: veinticinco años pasó Doderer escribiendo su obra
capital, Los demonios; como la mayoría de los grandes genios épicos es en
realidad autor de un solo libro, una novela monumental rodeada de multitud
de ramas en forma de trabajos preliminares, estudios y obras secundarias
que se subordinan al gran proyecto, un enramado que, sin embargo, se une y
se confunde casi por completo con el tronco principal. Las escaleras de
Strudlhof, su segundo mayor trabajo, casi a la misma altura que Los
demonios, surgió de su costilla, como Eva de Adán, y en las novelas y
relatos menores es prácticamente imposible encontrar un motivo cuyo eco
no resuene y alcance su pleno desarrollo en Los demonios; incluso el
trabajo de periodista con el que se ganó el pan en su juventud o la carrera de
historia y los documentos que utilizaba para sus investigaciones
desembocan finalmente en el amplio cauce de este libro al que se podría
aplicar la expresión que utilizó en cierta ocasión una anciana dama de Viena
para alabar la belleza del Danubio a su paso por la Wachau: «Le Rhin pour les riches». Incluso la Novela n.º 7, un relato fragmentario verdaderamente
admirable, surge, por así decirlo, como una «remodelación» de su obra
principal, la repetición artística del mismo experimento, con el que ya había
tenido éxito, pero en condiciones más difíciles. Así pues, del gigantesco
legado literario de Doderer vamos a ocuparnos fundamentalmente del
díptico que forman estas dos novelas. Era preciso que aparecieran Freud y
Dostoievski, Joyce y Proust, para que se manifestara el genio artístico de
Doderer; nuestro escritor no pudo vivir en un siglo más favorable para su
arte.
Pero no sólo ocurre con las producciones artísticas, también la fama
tiene su época. ¿Cómo se ha recibido la obra de Doderer hasta el momento?
¿Fue tan favorable para su fama la época en que sus libros vieron la luz?
El interés que despertó la aparición de Las escaleras de Strudlhof y Los
demonios, la concesión del Premio Nacional de las Artes austríaco, el hecho
de que, como a los más grandes del siglo, también a él se le negara el
premio Nobel, las numerosas traducciones, auténticamente imposibles, y
que, sin embargo, por lo que he podido saber, se han resuelto en su mayor
parte de una forma magistral, no pueden hacernos olvidar que, hasta la
fecha, el sonido de las trompetas con que la fama proclama la gloria de
Doderer ha sido verdaderamente débil, incluso apagado. Un autor es
famoso cuando hasta los que jamás lo van a leer, lo conocen y lo citan. Si
uno va por Alemania y pregunta a la gente que llamamos culta cuál es su
opinión sobre Doderer, se puede encontrar con respuestas bastante curiosas.
Hay redacciones enteras en las que ni un solo crítico literario ha leído a
Doderer. Hay profesores de secundaria que imparten alemán y tienen que
hacer un esfuerzo para deletrear el apellido Doderer. Y si el público alemán
lo ha recibido de una manera tan tibia, no es de extrañar que el lector
extranjero interesado en la literatura alemana del siglo XX mencione sin
vacilar a Thomas Mann, Hermann Hesse y Franz Kafka, incluso a Boíl y
Grass, pero jamás a Heimito von Doderer.
No, la época en la que Doderer escribió no favoreció en absoluto su
fama. Publicó su obra más importante después de la guerra, pero no era un
autor de posguerra. Pertenecía a la generación de Ernst Jünger, pero
tampoco se le puede considerar un autor de preguerra precisamente. No era un exiliado, había «publicado», si se le puede llamar así a imprimir libros
en ediciones para bibliófilos de una tirada insignificante, en la década de los
veinte, tan decisiva en la formación de leyendas literarias. En aquel
momento, sus trabajos tuvieron un eco más bien modesto, pero, como es
natural, tampoco podía unirse al Grupo 47. Tenía sesenta años cuando
apareció su gran novela, su obra capital. Una vida entera, llena de fatigas,
había sido devorada por ese libro. Sin que nadie le hubiera preparado con
los aperitivos y los entremeses con los que una carrera literaria va
sedimentando, una capa tras otra, durante un largo periodo de tiempo, el
público se encontró de repente ante un gigantesco plato fuerte que no
encajaba en ninguna de las categorías existentes. La traducción de Proust de
Eva Rechel-Mertens no había aparecido aún, esta revelación épica llegó a
tierras alemanas con un retraso de casi cuarenta años; y el trono del escritor,
del artista genial aún estaba ocupado por Thomas Mann.
Heimito no alcanzó la fama mundial, pero, en cambio, creó una
comunidad de iniciados que adora al autor y se dedica a la exégesis de su
obra, que discute y sufre con él, que lo considera un «caso único», un
apartado sumamente interesante, aunque se encuentre ensombrecido, dentro
del palacio de la literatura universal. En el Hofburg, la residencia del
emperador en Viena, se puede visitar tanto la cámara del tesoro como las
cocinas, donde se conservan unas cajas de madera muy hermosas, que
servían para mantener calientes los platos cuando se trasladaban desde el
ala de las cocinas hasta el comedor. En la parte frontal de estas cajas
aparece pintada el águila bicéfala con la corona imperial. Cuando pienso en
las especialidades literarias de Cacania, me las imagino en una caja de ésas,
con un águila bicéfala, donde se conservan aisladas del resto de la literatura
en lengua alemana, con toda la cordialidad, la extravagancia, el horror y la
vulgaridad que hay entre el café vienés y el cementerio central de Viena. A
veces me temo que hay personas a las que les gustaría ver a Heimito von
Doderer en esa misma caja como un autor local, un flâneur, un nostálgico,
con ese corazón vienés que todos conocemos, abismal, apacible y perverso.
Por muy incitante que sea dejarse llevar por Heimito von Doderer en un
paseo por Viena, y sin duda lo es, me parece esencial advertir de este error
que ha ido extendiéndose y se ha hecho fuerte en muchas partes: no, Doderer no es una ampliación del folclore de la antigua Austria, de la
antigua Viena, no es un fenómeno local empeñado en celebrar el
provincialismo. Es uno de los mayores prosistas de la literatura alemana de
este siglo; y quien no tenga miedo al podio donde se entregan las medallas
de las olimpiadas de la historia cultural, tal vez me permita ser aún más
preciso: es la voz épica más importante de la literatura en lengua alemana
en un siglo verdaderamente pródigo en grandes narradores. Sólo habrá que
esperar un par de décadas para que todos lo reconozcan.
Quien pretenda sacar a Heimito von Doderer, no de la cultura austríaca,
sino del cofrecito donde se le guarda como una joya, ha de sopesar
detenidamente lo que Doderer debe a Austria, o mejor dicho, al alemán que
acabó conformándose allí de una manera singular. Hay poderosas razones
para que el arte de Doderer, la gran novela épica, no pudiera surgir más que
en Austria. Es como si hiciéramos una profecía con la ventaja que ofrece
poder volver la vista atrás: nuestro autor tenía que nacer precisamente en
Austria.
Permítanme una pequeña digresión a propósito de la evolución histórica
de la lengua alemana. A veces nos lamentamos de que en Alemania jamás
ha existido una institución comparable a la Académie française. Sin
embargo, eso no significa que la lengua alemana haya permanecido ajena a
controles e intervenciones encaminadas a normativizarla, asentarla,
reglamentarla y adaptarla. Por sacarle punta al tema, lo diré de esta forma:
la academia alemana fue el protestantismo. «El alemán es un dialecto
protestante», se ha dicho en alguna ocasión. La Reforma desterró el latín de
la teología y de la liturgia y, muy pronto, también de la administración y de
la política. El alto alemán se convirtió en un producto artificial, plagado de
neologismos elaborados por eruditos, que se propusieron crear una
terminología a la altura del latín en campos como la filosofía y la
jurisprudencia. La lengua del pueblo, los dialectos se separaron
radicalmente de la lengua culta. El origen del alto alemán ha marcado su
uso hasta el presente. El argot, el dialecto y la lengua coloquial se
encuentran en una posición muy complicada para acceder a la prosa
literaria. Resulta extraordinariamente difícil integrar estas formas toscas,
agrestes, en el alto alemán; la mayoría de las veces es sencillamente imposible. Es curioso que el contacto con el alto alemán haga que lo
autóctono, lo primitivo, lo elemental, lo bárbaro pierdan fuerza. El material
lingüístico original palidece de repente al entrar en contacto con el alto
alemán, queda enmohecido, se empobrece. Cabría esperar una explosión de
rebeldía y, sin embargo, casi nunca llega a producirse, porque la mecha está
mojada, como lo prueban los numerosos intentos que han venido
realizándose a partir del expresionismo para alumbrar una literatura que
experimente con las diversas formas de la lengua vulgar. El alto alemán
nunca abandona su jaula académica en la que, desde luego, tiene un aspecto
espléndido, como se puede comprobar echando un vistazo a la época clásica
de Weimar o a su último eco teñido de ironía, el alemán culto y burgués de
Thomas Mann. En los territorios católicos del sur y del sureste, el alemán
fue sometido a la disciplina de esta academia germana de una forma mucho
menos directa. Hasta bien entrado el siglo XIX, los actos más relevantes de
la Iglesia, el Estado y la Universidad se desarrollaban exclusivamente en
latín. Por debajo, sin que nadie les prestara atención, iban creciendo
caprichosamente muchas expresiones de carácter popular, enriquecidas por
las aportaciones de eslavos, húngaros, italianos y judíos, llenas de
arcaísmos, regionalismos, signos distintivos de una determinada posición o
clase social, y esta diversidad se fundió formando un todo en la cazuela de
una auténtica gran ciudad, de una metrópoli con una identidad
supranacional como nunca ha existido en el norte de Alemania.
Thomas Mann se veía a sí mismo como un «epígono», tuvo la certera
intuición de que «pasaría mucho tiempo antes de que otro llegara a
despuntar tanto». Pero sus palabras sólo sirven para el mundo del alto
alemán, marcado por la cultura académica, protestante. Mann no puede
hablar por la literatura del sur católico. Después de que el alemán acabara
convirtiéndose también allí en una lengua escrita, el ámbito cultural
austríaco, que, con todo, hasta la Segunda Guerra Mundial seguía
abarcando desde Praga hasta Transilvania, vivió una explosión de vitalidad
juvenil. La letanía de grandes figuras es de sobra conocida, la evidencia de
la supremacía literaria austríaca es aplastante. Por otra parte, la fuerza
arrolladora con que surgen grandes obras literarias es otro argumento que
avala la importancia de Doderer, ya que la aparición de una obra artística de peso depende del caudal con que cuenta su época para poder impulsarla: no
habría un Shakespeare sin época isabelina.
«La ortografía alemana de Duden es el libro más estúpido que existe; y
hay muchos. Nunca consentiría que un Duden entrara en mi biblioteca»,
dice Doderer en su repertorio. ¿No es revelador que el novelista sea de los
pocos, junto con Kafka y Brecht, un alemán del sur como él, que
reconocieron la importancia de Johann Peter Hebel? En Alemania, alas
obras en dialecto jamás se las ha considerado verdadera literatura, aunque
Niebergall, en Darmstadt, y Stoltze, en Fráncfort, resistirían perfectamente
la comparación con la escuela vienesa de Raimund y Nestroy. Desde luego,
hay que reconocer que Doderer no escribió literatura en dialecto, y que éste
sólo aparece en su obra en contadas ocasiones, limitado a los diálogos. No
obstante, adopta una actitud en la que se siente el calor, el contacto directo
con la vida, la flexibilidad de la lengua coloquial, la despreocupación, una
ingenuidad fingida, pero también auténtica, con una profundidad
absolutamente impensable en un autor que escribiera en alto alemán. Son
muchos los registros que concurren en su literatura: Doderer reconoció el
potencial artístico que se acumulaba en las tremendas creaciones
lingüísticas de la burocracia Imperial y Real; se precipitaba con pasión en la
particular terminología de un erudito loco, sucumbía sin darse cuenta a una
sencillez de alto voltaje y luego, a renglón seguido, utilizaba un tono
coloquial, familiar pero elegante. Para las obsesiones eróticas menos
confesables se inventó un suprasistema dialectal, versión del alemán de
Lutero. La lengua, o mejor dicho, las lenguas en las que Doderer escribió
Los demonios, introducen en la novela épica una polifonía, que, por
emplear un símil musical, no se limita a insinuarse como si se tratase de un
fragmento para piano, sino que desarrolla una partitura para ser interpretada
con toda la orquesta. Esta polifonía es un producto eminentemente vienés,
propio de esta capital, encrucijada de culturas, y el vienés Heimito von
Doderer la llevaba en el oído desde la infancia. No había por qué concebirla
en el marco de una teoría estética, puesto que pertenecía a la realidad de la
vida cotidiana. Bastaba con que llegase el siglo XX para poder sacarle
partido artístico.
«Le Rhin pour les riches», si nos fijamos en la literatura del siglo XX, el
Danubio puede asumir este lema con toda la razón y en todos los sentidos.
Pero ¿es adecuado que hablemos de Heimito von Doderer como un
vienés? No cabe duda de que las grandes ciudades han sido siempre
cuencas que recogen las pequeñas corrientes de agua que brotan lejos, en
las provincias; los berlineses proceden de Breslau; los muniqueses, de
Hamburgo; y los neoyorquinos se dan a sí mismos carta de naturaleza el día
en que deciden que van a ser de Nueva York. Sin embargo, en el caso de
Viena tal vez no sea del todo indiferente el lugar del que procede cada uno,
aunque, una vez llegado a la metrópolis, sea absorbido por ella. Como es
sabido, el abuelo de Doderer procedía de Heilbronn; se trasladó a Viena y
más tarde se casó con la hija de un general austríaco, aunque la familia
siguió siendo protestante. Su hijo, el padre de Doderer, contrajo matrimonio
con una dama nacida en Württemberg. Es cierto que Stuttgart está al sur de
Alemania, pero, con todo, se encuentra muy lejos de Viena, mucho más
lejos que París, por ejemplo. Se puede señalar un ámbito muy amplio que,
por así decirlo, suministra población a Viena de forma natural, ya que,
desde el punto de vista del inmigrante, es en Viena donde alcanza su
consumación una forma de vida cuyo germen ya se encuentra en Lemberg,
Trieste o Agram. Württemberg no pertenece a este ámbito. Doderer lo
sabía; justo en la primera página de Las escaleras de Strudlhof comenta que
los estudiantes de medicina búlgaros que han venido a Viena siguen siendo
extranjeros en esta ciudad, aunque no «tan definidos como los alemanes del
norte». Es probable y también posible que los contemporáneos de Doderer
no percibieran en absoluto su condición de extranjero en Viena, pero él sí
que lo notaría, empezando por su confesión religiosa, que en su tiempo
marcaba sin duda una quiebra social; de otro modo no habría proclamado
de forma tan decidida su sentimiento vienés y austríaco, sancionándolo
finalmente con su conversión al catolicismo. «Hay casos en los que tendrían
que nombrarlo a uno austríaco», dijo para dejar claro lo que no era evidente.
El gran sociólogo Georg Simmel señaló que quien tiene vocación de
sociólogo, de analista de una sociedad, es la persona que no pertenece a
ella; quien más profundamente conoce una cultura es el «extranjero que
sigue siéndolo». Los creadores de la novela épica moderna, ¿no son de alguna forma extranjeros, que contemplan el objeto que describen desde
cierta distancia? Joyce marcaba grandes distancias entre él e Irlanda, no es
posible imaginarlo ni en Dublín ni, desde luego, en Londres y siempre fue
consciente de que escribía en la lengua de los colonizadores, y, por lo que
respecta a Proust, su sangre judía le impidió moverse con demasiada
comodidad en el mundo que intentaba reflejar.
Sería un tremendo error interpretar el conocimiento histórico de
Doderer, el análisis psicológico y sociológico de su ciudad y sus habitantes
como un ambicioso intento de realizar una descripción exacta de las
circunstancias que lo rodeaban. A veces se volcaba en indagaciones
extremadamente minuciosas, recorría determinadas calles y contaba
escalones para hacerse una imagen más exacta del ambiente, pero se refería
a estas actividades utilizando el término «zolaizar», como si quisiera
blindarse con una saludable ironía contra las tentaciones del naturalismo.
Viena debía ser más que Viena para convertirse en objeto de la novela
épica. Doderer recuerda una y otra vez que el emperador romano Marco
Aurelio ya residió y escribió en Viena su compendio de aforismos Ad me
ispum. Qué peso específico cabe atribuirle dentro de la historia intelectual
vienesa al hecho de que el emperador decidiera mantener un campamento
estable en una de las provincias fronterizas amenazadas por los bárbaros es
una cuestión que Doderer, con toda su erudición histórica, tampoco
responde con el corazón en la mano, en conciencia, aunque, en realidad,
tampoco importa tanto. Lo esencial es que Viena era la misma Roma, la
urbs, la polis, la ciudad en sí, que había asimilado por completo el imperio
del que había surgido y ahora lo contenía entero.
La novela épica tiene como escenario la metrópolis, que es la historia de
la humanidad convertida en piedra, un lugar que Doderer no habría
encontrado en la Roma histórica, de hecho, la única vez que fue a visitarla,
escribió que le parecía estar en un zoo histórico, en el que uno podía ver la
historia entre rejas. El escenario de la novela épica debía contener un
pasado invisible a primera vista, al que sólo puede acceder quien logra leer
sus huellas. Las analogías de la historia eran para él un lastre inútil, si no
brillaban en el fondo del mundo moderno, en cuanto las rozara el primer
rayo de luz que bajara hasta ellas para sondearlas.
Sin embargo, le parecía que descubrir las huellas de la historia en el
presente caótico y polimorfo estaba en el carácter más propio de la novela.
Para Doderer, la novela épica es una forma de historiografía, la única
posible en el siglo XX, un periodo informe, de violencia política, inmerso en
constantes transformaciones que, al parecer, carecen de un fin determinado;
reduciendo la historiografía a los procesos políticos y sociales no podemos
aspirar ya a comprender la verdadera esencia de la época. Cuanto más
apartada del ámbito de lo político transcurre una vida, más empapada de
realidad le parece a Doderer. La novela como historiografía no trata tanto de
la historia en su decurso cronológico como de la materia con la que la
historia se construye: las personas y su forma de ser, el aire que se respira
en cierto momento, su rumor y el eco que provoca. Desde el fondo, ocultos
por la marea de detalles registrados con total precisión, van aflorando poco
a poco, al principio sólo como sombras, pero luego, sin embargo, se
vuelven cada vez más pesadas e impenetrables, una serie de fuerzas, que en
rigor, constituyen lo opuesto a cualquier evolución o transformación con
sentido histórico: «la tenacidad, la energía, los límites que marcan las
condiciones complejas de la vida», para decirlo con las mismas palabras del
consejero áulico Gürtzner-Gontard, que en este aspecto se deja aleccionar
por René Stangeler, ya que, citando a Oscar Wilde, está convencido de que
uno «sólo puede fiarse de lo que le enseña la gente joven». Hay épocas que,
sin decir nada, se someten a estos límites en cuanto los reconocen y épocas
que, por el contrario, protestan con un aluvión de palabras, pero acaban
claudicando igualmente; estas épocas se van sucediendo alternativamente
en lo que llamamos historia, Doderer no lo dice explícitamente, pero roza
esta conclusión. «La literatura moderna, esta gigantesca audacia
reaccionaria», así dice uno de los aforismos del escritor colombiano Nicolás
Gómez Dávila. No leyó a Doderer, pero ¿no es como si estuviera hablando
precisamente de él?
Gómez Dávila no utiliza el término «reaccionario» en un sentido
plenamente ortodoxo. En principio, el objetivo de la «reacción» es hacer
que la rueda de la historia gire en sentido inverso para volver a encontrar un
punto de enganche con una época prerrevolucionaria. Doderer es muy poco
reaccionario en el sentido marxista de la palabra, por mucho que esto pueda herir a ciertas mentalidades conservadoras. No sólo era un experto
historiador, que poco después de la aparición de Las escaleras de Strudlhof,
cuando ya había enterrado cualquier esperanza de alcanzar el éxito literario,
se presentó con cincuenta y cuatro años al examen de ingreso para el
Instituto Austríaco de Investigaciones Históricas, sino un hombre con una
profundísima sensibilidad histórica. Para él no era posible establecer
ninguna frontera razonable entre el pasado y el presente; observaba el
carácter del hombre convencido de que no evolucionaba, sino que iba
revelando poco a poco su perfil, una forma a priori, a la luz de las diversas
circunstancias externas que iban dándose, le habría sido imposible no
interpretar el presente como una parcela del pasado que se ha hecho patente.
Quien ha reconocido en algún momento, iluminado por el deslumbrante
rayo de luz que proyecta la auténtica historia, que la época, la obra o el
elemento del pasado que más ama y que más nostalgia le inspira, es causa
directa o indirecta de aquello que más odia en su época, quien ha aprendido
a ver el presente como el reverso de la medalla del pasado, no puede
pretender que, después de enfrentarse a este presente con las reservas más
rigurosas, va a ser capaz de volver sobre sus pasos sin convertirse en un
embrión que se tapa los ojos con toda la fuerza que le permiten sus manitas;
es imposible no acordarse de esta imagen, el símbolo del que se niega a
aceptar las señales de la realidad, de la «negación de la apercepción» que,
para Doderer, es el principal obstáculo para convertirse en persona y
escritor, conceptos que, para él, son completamente sinónimos.
Poco a poco nos vamos acercando al núcleo del pensamiento de
Doderer, que, quede claro, no podría aceptar que se entendiese como una
opinión particular, como una concepción del mundo exclusivamente
personal, sino como el presupuesto intelectual para escribir una novela
épica. Para ello, no sólo aspiraba a alcanzar una especie de ascesis espiritual
como escritor, lo que podríamos llamar «un estado épico», que le permitiese
acallar cualquier deseo de transformación de las condiciones objetivas,
tanto por evolución espontánea como por la vía de la revolución, iba más
allá, se exigía a sí mismo una identificación radical con todo lo que escribía,
con los tiempos, con los personajes y sus acciones. Renunciaba —es difícil
hacerse una idea de lo dramático que esto pudo ser para un temperamento como el suyo— igual que un monje que, rostro en tierra, hace voto de
pobreza y obediencia para siempre… y se obliga a no criticar en su obra la
cultura de la época, aunque por su naturaleza tendía a sentirse ciertamente
incómodo en la época en la que le había tocado vivir, mucho más incómodo
que el revolucionario, que, por lo menos, vincula sus actividades en ciertas
esperanzas. Fuera bueno o malo lo que escribía —una medida que Doderer
tenía muy clara— fuera deseable o no desde algún punto de vista, se
esforzaba por no apartarse jamás de la percepción, era lo único que
importaba. «Bene vivamos et bona sunt témpora. Nos sumus témpora:
quales sumus, talia sunt témpora», escribió San Agustín —¡no se puede
hablar de Doderer sin traer a colación alguna cita latina!—. «Vivamos bien
y nuestro tiempo será bueno. Nuestro tiempo es lo que nosotros somos:
según somos nosotros, así es nuestro tiempo». Y, en el caso de Doderer, no
habría problema en completar la cita de esta manera: «Bene scribamus et
bona sunt témpora». Escribamos bien y nuestro tiempo será bueno.
En la liturgia católica de la noche de Pascua se canta un himno de
alabanza al encender el cirio pascual. En él se habla de la «felix culpa» —la
«feliz culpa»—, y no se refiere solamente a los escrúpulos morales de cada
cual, sino también a todas las inimaginables atrocidades que la estirpe de
Caín comete diariamente, pero que, por desgracia, se pueden relatar
perfectamente, —«feliz la culpa que ha encontrado tal redentor»—, si no
resultara demasiado escandaloso, tal vez podríamos decir: «que ha
encontrado tal narrador».
En esto coincidirían todos los filántropos y los hombres de buena
voluntad de cualquier partido, pero aquí no estamos hablando de filántropos
ni de hombres de buena voluntad, y por supuesto, tampoco de su literatura,
sino de Heimito von Doderer. Aunque tal vez estuvieran de acuerdo en una
cuestión: cuando pasen unos años y tengamos el privilegio de contemplar
nuestro siglo en su conjunto, habrá algunos escritores que impedirán que
sólo sintamos asco y repugnancia al volver la vista atrás.
Ya que hemos elevado la voz para hacer una afirmación tan audaz,
podríamos preguntarnos qué hombres, objetos, condiciones y relaciones
pueden contemplarse en la obra de Doderer sin reservas, espontáneamente,
a través de lentes de aumento o, al contrario, con una óptica que lo empequeñece todo. ¿Logra Doderer su pretensión de no ser más que el
contenedor que recoge el torrente de la realidad agitado por las olas del
tiempo? ¿Cómo lo resuelve? ¿De qué tratan sus grandes novelas? «Una
obra narrativa lo es tanto más, cuanto menos idea puede hacerse uno de ella
por su contenido». Son palabras de Doderer, que se recogen en su
repertorio. Las consignas de un autor no suelen ser más que puntos de
referencia hacia los que tiende, por los que se orienta, muy pocos se
plasman en su obra de una manera tan perfecta como esta frase en Las
escaleras de Strudlhof y Los demonios. Y si, a pesar de todas las
dificultades, intentáramos resumir su contenido, nos toparíamos
continuamente con las construcciones más absurdas y particulares. A un
obrero se le ocurre ponerse a estudiar latín, se convierte en bibliotecario de
un príncipe y logra ganarse el amor de una viuda coja. Un industrial hereda
un castillo, encuentra en él un manuscrito y, al descifrarlo, comprueba que
describe caprichos sexuales verdaderamente extravagantes, los mismos que
han estado atormentándole a él últimamente. Una pareja de hermanos
resulta que no lo es, ya que la muchacha es adoptada, un motivo que ya
parecía inadmisible en el siglo XVIII y, por lo tanto, había sido descartado.
Una voluptuosa parejita de gemelas siembra la duda de con quién ha
dormido cada una. El empeño resulta especialmente complicado, cuando
entra en juego lo delictivo: ¿En qué consiste exactamente el delito del
Consejero de la Cámara Levielle? ¿Cómo acaban sus intrigas? ¿Cómo
funciona el contrabando de cigarrillos del que se habla en Las escaleras de
Strudlhof? ¿Quién trafica? ¿Con qué? ¿Qué gana con ello? Por otra parte,
¿qué tiene que ver exactamente la quema del Palacio de Justicia con ese
círculo de personas que en Los demonios se conoce como «los nuestros», a
imagen del grupo de anarquistas que aparece en la novela homónima de
Dostoievski, pero que, a diferencia de ellos, no abriga ningún género de
inquietudes políticas, que no incendia ni apaga el Palacio de Justicia y
tampoco ve perturbada o favorecida su actividad privada por el incendio?
Sé muy bien que estas constataciones y estas preguntas tienen algo de
tramposo, pero les aseguro que no están hechas a humo de pajas, cualquier
conocedor de las obras que estamos tratando lo podría confirmar. Y estoy
seguro de que, aunque estas incógnitas pudieran resolverse satisfactoriamente, dando las explicaciones pertinentes, extremo que no voy
a descartar en absoluto, tampoco servirían para hacernos una idea ni
siquiera aproximada de lo que son Los demonios y Las escaleras de
Strudlhof. En cuanto uno comienza a explicar estas cuestiones, siente que
las obras se le caen de las manos. Y es que la materia de la que están
constituidas estas obras narrativas no son sus acciones; eso es lo que
parecen indicar las construcciones vertiginosas y estrambóticas, que logran
salir triunfantes por mucho que se las retuerza. Ocurre lo mismo que en un
cuadro trucado, en el que un rastro falso acaba en un callejón sin salida. No
es lo que sucede en una hora, sino en qué consiste esa hora lo que intentan
captar las obras de Doderer. Permítanme introducir una cita algo extensa
que abunda en ello:
Una hora no es sólo una hora, es un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y
de climas. Lo que llamamos la realidad es cierta relación entre esas sensaciones y esos
recuerdos que nos circundan simultáneamente —relación que suprime una simple visión
cinematográfica, la cual se aleja así de lo verdadero cuanto más pretende aferrarse a ello—,
relación única que el escritor debe encontrar para encadenar para siempre en su frase los
dos términos diferentes. Se puede hacer que se sucedan indefinidamente en una descripción
los objetos que figuraban en el lugar descrito, pero la verdad sólo empezará en el momento
en que el escritor tome dos objetos diferentes, establezca su relación, análoga en el mundo
del arte a la que es la relación única de la ley causal en el mundo de la ciencia, y los
encierre en los anillos necesarios de un bello estilo; incluso, como la vida, cuando,
adscribiendo una calidad común a dos sensaciones, aísle su esencia común reuniendo una y
otra, para sustraerlas a las contingencias del tiempo, en una metáfora. ¿No me había puesto
la naturaleza misma, en este aspecto, en la vía del arte? ¿No era ella misma comienzo de
arte, ella que, muchas veces, sólo me había permitido conocer la belleza de una cosa en
otra, el mediodía en Combray en el son de sus campanas, las mañanas de Donciéres sólo en
el hipo de nuestro calorífero de agua?
Discúlpenme que juegue con ustedes al despiste, pero este texto expresa
de una forma tan plena los propósitos de Doderer al escribir sus obras que
no pude resistir la tentación de sustituir Combray y Donciéres por unos
topónimos más cercanos a la geografía de Doderer.
Proust desarrolló un método en el que objetos muy alejados entre sí se
vinculaban lingüísticamente a partir de la observación de la naturaleza, o
mejor dicho, de la observación de los mecanismos propios del recuerdo.
Doderer intentó ir más allá redescubriendo en la filosofía escolástica de
Santo Tomás de Aquino los vínculos que unen las partes del mundo narrativo creado por él, seguramente a ello contribuyera la influencia de
Gütersloh, poseído por una verdadera rabies teoretica. La doctrina de la
analogia entis, de la correlación de cada una de las partes de la creación con
el Creador, la existencia de una jerarquía en todo lo creado que desemboca
en Dios, se convirtió para él en la imagen de la novela en la que el escritor
descubre el orden de los objetos con una actitud en parte contemplativa y en
parte activa, a imitación del Creador. Éste no es lugar para preguntarnos si
es legítimo o si tiene sentido recurrir a Santo Tomás (al estudio de cuya
filosofía se aplicó nuestro autor, sobre todo en los años de su conversión)
como teórico de la novela, aunque Doderer no fue el primer narrador que se
dejó inspirar por el sistema que ordena la escolástica: lo sublime de Dante y
lo absurdo de Francis Rabelais derivan en igual medida del aristotelismo
cristiano, con el que están en deuda; de ello se puede deducir que una teoría
que arroja resultados tan distintos a lo largo del tiempo, saltando por encima
de épocas, ha demostrado sobradamente su utilidad.
Pero mucho más importante que los estudios de Doderer sobre la
analogia entis, es el entusiasmo que esta construcción teórica despertó en
él, por decirlo utilizando un concepto goethiano. Cuando se encontraba en
ese «estado épico» del que ya hemos hablado, entendía que cada objeto,
cada situación, cada encuentro entre personas diferentes desprendía e
irradiaba ondas de energía, que se unían con esferas remotas, oscilantes. No
son meras afirmaciones, sino descubrimientos, que el lector inspirado
admite sin ningún empacho, convencido de que son así. Lo que suceda en
las grandes novelas, cómo llegue a relajarse la trabazón estructural de los
acontecimientos unidos en una secuencia de causa-efecto, la desarticulación
radical que culmina en la total desconexión de los elementos individuales
del relato también representan un intento de reconstrucción lógica, generan
una armonía como las diamantinas esferas celestes, que resbalan sobre su
superficie de cristal, inflándose y desinflándose, dulces y dolorosas,
alumbrando un acontecimiento cuya evidencia sensible es demasiado
poderosa para negarla, pero que, al mismo tiempo, se sustrae a cualquier
concepto.
Dicho de una forma menos lírica: el orden que Doderer descubre (y
crea) detrás (y en) los fenómenos, es de índole musical, no juega propiamente con el contenido, sino con lo abstracto. Los hechos, siempre
tan rígidos, se doblegan dulcemente ante la lógica de un orden tan abstracto,
que brota por entero de la imaginación lingüística, porque el aroma, el aire,
el sonido que los rodean producen un acorde perfecto. Una línea narrativa
entra en un curso circular, surgen simetrías que reaparecen una y otra vez a
través de personas, sucesos y motivos. En este tipo de pasajes, la novela se
llena por completo de la silenciosa música de la geometría. Existe una
psicología particular, casi física, cuando los personajes atraviesan por
momentos críticos, cuando parecen dominados únicamente por sus
sentimientos, siguen fieles a su centro de gravedad, como los muñecos
diseñados por Oskar Schlemmer que llevan una bola de plomo en su
interior para equilibrarlos: «… sintió sobre sí todo el peso que ya había
acumulado», se dice en una escena de amor, en la que no se menciona por
su nombre ni la nostalgia ni la atracción; el amor se convierte en un proceso
que se desarrolla conforme a la ley de la gravedad. En una personalidad
fuerte se distingue entre fuerza centrífuga y centrípeta, la soledad de este
tipo de personas se convierte en una función de la fuerza centrífuga. A
veces, las personas cambian su estado físico, como en el caso de una pareja,
están sentados uno junto al otro: «estaban los dos al fondo del automóvil y
cada uno percibía al otro como una explosión incesante, algo que estaba
sucediendo, no como una persona con un ser definido». Pero semejante
nivel de abstracción no destila frialdad alguna, resulta sorprendente, pero la
distancia entre el lector y la figura descrita se ha suspendido, prácticamente
se ha evaporado, y esto le permite compartir las sensaciones y los
sentimientos de los personajes de la novela, que, de otro modo, se habría
limitado a interpretar con los medios de la psicología al uso. También éste
es un efecto musical: captar y hechizar al oyente con medios matemáticos.
Desde el punto de vista de Doderer, cuando el corazón de las personas
palpita a toda velocidad, éstas se convierten en seres que funcionan
mecánicamente; su alma, en cambio, sale de ellos y se une con el entorno
inanimado. «La profundidad está afuera», es un lema que Doderer repite
frecuentemente, atribuyéndoselo a su maestro Gütersloh. La vida
consciente, libre, que ha abandonado al hombre entregado a sus impulsos, a
su instinto, pasa a las cosas. Los interiores se convierten en estampas del alma. En la soledad de las viviendas durante la época estival, los muebles y
candelabros están cubiertos con paños blancos y el aroma de alcanfor se
eleva en medio de ellos como un espíritu. El piano del salón está
«profundamente volcado en el silencio de su interior, no es más que un
mueble de color negro brillante». «Somos panteístas que investigan la
naturaleza, politeístas que hacen literatura, monoteístas morales», escribe
Goethe en sus Máximas y reflexiones, y en el caso de Doderer se podría
añadir que también somos: «épicos animistas», dispuestos a creer como
chamanes en la existencia de una vida demoníaca que anima las cosas y los
espacios.
¿Dónde podríamos encontrar unos procedimientos comparables? Y a
esto habría que añadirle a un mundo narrativo dinámico, cómico,
inmensamente rico, la invención de personajes y entornos inolvidables, en
los que la vida, olvidada de sí misma, se agita como si bullera bajo una gran
piedra levantada en el jardín. Las figuras surgen en medio de la marea de
palabras e imágenes y luego vuelven a desaparecer; ni siquiera la voz del
narrador se oye siempre, su tono cae de improviso, se quiebra, mientras la
novela sigue su curso narrativo con el mismo fragor. Jamás se había escrito
un libro así en alemán.
MARTIN MOSEBACH, 1996
OceanofPDF.com
Malignitati falsa species
libertatis inest.
TÁCITO, Hist., I,I.
[En la malignidad hay
una falsa apariencia de libertad].
OceanofPDF.com