Los demonios

Heimito von Doderer · Capítulo 14 de 36 · parte 1/2

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Los demonios

XII - Los nuestros (2)

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

XII

LOS NUESTROS (2)

 

Venía paseando por el Graben, esa hermosa calle vienesa, en la que los

cautivadores escaparates de los comercios salen a nuestro encuentro

halagándonos con mil requiebros. El aire me parecía suave y esponjoso,

fresco como una pompa de jabón, igual de fragante, cargado de pureza. La

inmensa bandera azul que cubría el cielo no descargaba aún su calor sobre

el asfalto, acariciaba tibiamente las sienes, las mejillas y las manos con sus

delicadas cintas. Cerré un momento los ojos y sentí la presencia de una

nube de perfume flotando sobre la acera, una nube que abrió el telón que

cubre el pasado, un telón con infinitos pliegues que, por un instante —el

tiempo que tardé en tomar aire un par de veces—, libremente, me permitió

deslizar una mirada viva y profunda en aquel mundo hundido, cuyos pilares

externos se mantenían en pie de una manera tan engañosa, aquel mundo,

cuyos últimos años aún había llegado a conocer: las fronteras estaban

abiertas y la marea había atravesado Europa justo por aquí, en la misma

estación que ahora, cuando estaba en su apogeo, en todo su esplendor, un

esplendor perenne, que este año volvía a jugar alrededor de nuestra ciudad,

con la que estaba íntimamente ligado, aunque aquel día sus rayos fueran a

estrellarse de forma extraña contra las romas aristas de las preocupaciones,

las mismas que en otro tiempo fueron gráciles líneas y que ahora aparecían

quebradas y arruinadas… Todas las fronteras estaban abiertas y la marea

había atravesado Europa justo por aquí, adoptando con sumo gusto el

rumbo y las tradiciones de este lugar, su sociedad, su vida, que mantenía un

equilibrio elegante e inimitable entre el aquí y ahora de las colinas, los

viñedos, las antiguas granjas y los usos arcaicos de la periferia, y el discreto

encanto de los pequeños palacetes de la nobleza en las callejuelas estrechas,

tranquilas y frescas del centro de la antigua ciudad: entre este aquí y ahora, por una parte, la parte del alma, por así decirlo, la parte de la vida familiar y

social, entre este pequeño mundo de formas redondeadas, y el mundo de allí

fuera, un despliegue de paisajes, climas y atuendos de lo más diverso, de

glaciares, estepas, llanuras, mar azul y viñedos meridionales, la riqueza

políglota de un Imperio gigantesco, con la enorme pompa de sus viejas

formas, a las que uno se sentía unido por su padre y sus ancestros, y no, por

ejemplo, por el cargo que pudiera ostentar… Entre estos dos polos en

equilibrio giraba el corro de una sociedad despreocupada, sonreían las

mujeres más encantadoras e inteligentes, se movían los hombres más

apuestos, que, dedicando muchas veces una mínima parte de su inteligencia,

lograban, sorprendentemente, ser, por derecho propio, los representantes y

portadores de una de las culturas más fascinantes de las muchas que nuestro

acelerado continente ha alentado… y ha visto hundirse.

Llegado a este punto de mi ensoñación —que seguramente no hubiera

durado más que unos segundos—, el aroma que me rodeaba se volvió

sugestivo, cobró cuerpo, y lo que todavía no había calado en mi interior más

que como un fantasma se definió clara y nítidamente en el exterior… Me

giré y, como es natural, descubrí en el acto que me había quedado parado

ante la puerta abierta de una de nuestras mejores perfumerías (era,

precisamente, el establecimiento donde solía comprar mi agua de lavanda).

Por aquella puerta salía un verdadero torrente de frescor, tan aromático y

tan sutil que parecía de otro mundo. Aunque había alcanzado la madurez,

esos años en los que uno ya no aprecia como debe el valor de una ilusión

(¡a pesar de que sabe muy bien que, al fin y al cabo, la mayoría de las

veces, las ideas no son más que humo, un humo que oculta el fuego!), la

explicación objetiva de aquella maravilla no me apartó en modo alguno del

camino que mi alma había comenzado a recorrer: seguí paseando a mi aire,

cruzándome con mujeres de graciosa figura que pasaban de largo junto a

mí, a izquierda y derecha, con vestidos coloridos y luminosos. Salí del sol

guiñando los ojos y me refugié en la sombra, donde volví a desembocar en

la misma vía, en los mismos recuerdos que sólo me habían abandonado un

instante.

La atmósfera mundana del Gran Teatro de la Ópera, de los balcones del

anfiteatro y de las filas de asientos de la platea, una atmósfera pura, hecha con el olor inerte del terciopelo y el perfume que había quedado suspendido

en el ambiente a lo largo de cincuenta años, me envolvió con su aliento…

El edificio seguía llenándose cada noche, los palcos y el patio de butacas

bullían en la oscuridad, alentados por una inquietud contenida; un vestido

brillaba y una joya centelleaba con vivo fulgor en el cabello de una dama,

un cabello de un intenso color negro, mientras la impetuosa corriente

humana atravesaba el pasillo central de la planta baja perdiéndose a

izquierda y derecha rumbo a la galería. Las personas que se daban cita allí

procedían de un entorno que, en el fondo, no difería sustancialmente de la

realidad inmediata; aquí y ahora, de hecho, no era más que otra faceta de

esa misma realidad, y se aferraban a un modo de vida caracterizado por

unos usos con profunda raigambre, a los que se atenían con discreción, y a

unas convenciones tácitas, de las que apenas eran conscientes; era, en

efecto, otra faceta de la misma vida, tal vez algo más próxima a la pompa y

a las grandes formas del pasado, tal vez un poco más alejada del círculo

meramente familiar y social, aunque sólo fuera porque la Casa Imperial

recogía en su seno a la comunidad reunida en el auditorio; comunidad que,

a su vez, acogía a unos individuos, que ya no concebían la vida fuera de

ella.

Es curioso lo que se me ocurrió pensar aquel día soleado y fresco,

mientras caminaba ligero y despreocupado por el Graben, dejándome

cautivar por el entorno que elevaba un canto a una levedad que ya no

existía, aunque en mi interior todavía se reafirmara la fastuosa imagen roja

y dorada de la Casa Imperial, aflorando en los detalles de aquella atmósfera

mundana, la atmósfera de los balcones del anfiteatro y de las filas de

asientos de la platea, recordando con una viva nostalgia el atronador ataque

de la orquesta, cuyos acordes se apoyaban sobre los dorados timbres del

arpa… Fue curioso: se me ocurrió pensar que, al fin y al cabo, los únicos

culpables de toda aquella «devastación» eran personas como Stangeler. En

esos instantes no veía más que su deslealtad, su falta de disciplina y de

mesura. Así que, una vez más, cargué contra el pobre René.

Como contrapunto, reviví en mi interior la rica y equilibrada imagen del

movimiento que se apoderaba de las amplias escaleras y los espaciosos

vestíbulos con sus columnas elevadas, redondas y lisas, al concluir cada representación: los ocupantes de los palcos salían en bulliciosos grupos por

ambos lados de la galería y luego bajaban lentamente la gran escalera

central, mientras fuera, en la salida, ya resonaban los ecos de los cascos de

los caballos que esperaban junto a los carruajes bajo el saledizo y el

traqueteo de los motores de los automóviles. Los vestidos de las damas,

coloridos y luminosos, caían en una espléndida cascada, realzados por el

acusado contraste con el blanco y negro de los trajes de los señores,

animados por el vivo fulgor de los brillantes sobre el cabello rubio o

moreno intenso; aquellas piedras resplandecientes, en las que el ojo se

detenía sin querer, concentraban toda su fuerza en un punto de aquel

torrente fastuoso, convulso, imparable. Cuando las señoras bajaban las

escaleras era como si se sumergieran en un baño de aguas agitadas y

tumultuosas, al que ya se sumaba el fragor de las calles que penetraba a

través de las puertas batientes del vestíbulo. Un observador agudo habría

advertido el sentimiento de resignación que embargaba los movimientos de

aquellas damas mientras las conducían directamente, casi sobre raíles, hasta

los coches, prácticamente sin que se dieran cuenta… Se zambullían en este

oleaje que no era más que la cresta de otro mayor, el de toda una ciudad en

medio de la noche, una mina de voluptuosidad con infinitas ramificaciones;

no tenían más que cubrir aquel estrecho camino trazado de antemano, ya

sólo les separaban unos pocos pasos de su coche que llegaba rodando para

aislarlas de aquel torbellino multicolor…

Mientras seguía soñando, un deseo verdaderamente apasionado cobró

vida en mí: volver a visitar nuestra Ópera, que, como todos los demás

vestigios de la grandiosa gesta que había protagonizado aquella gran época

ya hundida, se mantenía en la nuestra con un notable desconcierto, pero

también con una enorme dignidad. Me quedé conmovido por esta idea,

volver a asistir a una representación, como si estuviera descubriendo algo

totalmente nuevo. Hacía muchísimo tiempo que no experimentaba nada

semejante con ningún pensamiento. Pero ¿por qué…? Yo vivía allá fuera,

tenía mi círculo, «los nuestros», con el que compartía muchas actividades

(en especial, la redacción de este informe, que ya empezaba a esbozar por

aquel entonces, y al que añadía cada vez más notas, encuestas, sondeos,

referencias; me había convertido en el hombro sobre el que todo el mundo venía a llorar, una cariñosa esponja que absorbía los suspiros y las lágrimas

de los demás, últimamente incluso los de la señorita Siebenschein). Vivía

allá fuera… y jamás se me había pasado por la cabeza reservar una butaca

de patio. El dinero, como saben, no hubiera sido un problema. Pues bien,

aquel mismo día decidí consultar la programación y comprarme una

entrada. Aunque no fuera más que una vez, haría algo por mi cuenta

(aunque Renacuajo y Kajetan me habían encargado que atendiera otros dos

o tres recados, cuando supieron que iba a bajar al centro de la ciudad

aquella mañana). Con tan gratos pensamientos, crucé el Graben. Antes de

atravesar la calle miré a ambos lados para comprobar si venía algún

vehículo. Por un instante, mi vista rozó la clara y esbelta figura de la torre

de San Esteban, que se vislumbraba a la izquierda, allá en lo alto,

ascendiendo hacia el soleado cielo de primavera… Seguí adelante y doblé

la esquina del Stock im Eisen. Unos pasos más allá, estaba la confitería más

afamada de toda Viena. Justo cuando iba a pasar de largo ante ella, llegó un

pesado automóvil del que descendió la señora Friederike Ruthmayr.

Yo me giré inmediatamente, me detuve y la saludé. Este encuentro me

causó una especial alegría, estaba en la línea de aquella mañana, como un

adorno o una floritura en una melodía, justo en el lugar adecuado. La señora

Ruthmayr también pareció alegrarse, pues su semblante se iluminó.

—¿Le apetece entrar conmigo para que charlemos un rato, señor Von

G-ff? —dijo—. Ya hace mucho que no nos vemos y tampoco sabemos nada

de usted. Según dicen, se ha marchado con los artistas, ¿es así? ¿Se ha

mudado a las afueras para vivir en una colonia o en un círculo de ésos?

Me quedé asombrado de la rapidez y precipitación con que la gente

difunde determinados rumores, dándolos por ciertos, cuando, en realidad, se

trata de proyectos que aún se están gestando y no han llegado a concretarse.

Por un instante llegué a intuir la importancia, seguramente infravalorada,

que estas declaraciones pueden tener en todos los aspectos de la vida, sus

efectos retroactivos, así como la fuerza fascinadora que adquieren las

palabras una vez puestas en circulación, palabras que falsean y simplifican

la realidad.

—¿Quién le ha dicho tal cosa, noble señora? —le pregunté.

—Un joven doctor en Historia que también pertenece a su grupo…

Neuberg se llama, el futuro yerno del anciano señor Trapp.

A mí no me habría resultado tan sencillo como a la señora Friederike

decidir si Neuberg pertenecía a «los nuestros»… Era un cuestión difícil de

aclarar, aunque, por otra parte, ¿qué había querido decir con aquello de mi

«grupo»? ¿Qué significaba ser de «los nuestros»? Bueno, es probable que

Neuberg se lo hubiera contado a su manera, con ese tono cálido y cordial

tan característico de él, casi como si fuera un visionario…

Mientras tanto, ya nos había rodeado la atmósfera aromática y un poco

cursi de la pastelería, con sus silloncitos dorados y rojos, las arañas María

Teresa y los rostros habituales («les inevitables»). Tuvimos que saludar tres

o cuatro veces según avanzábamos. Por fin, encontramos un rincón retirado

al fondo del local. Allí me embargó, por primera vez, un sentimiento de

admiración hacia aquella hermosa mujer frente a la que ahora me hallaba

sentado: era una extraña mezcla de admiración por sus encantos, compasión

por su extraño y evidente aislamiento —un aislamiento enigmático que se

deslizaba en sus rasgos y se manifestaba, por ejemplo, en la forma en que

había mirado el trajín de la calle al abandonar el coche, inclinando sus

grandes ojos oscuros— y, por último, irritación por su manera de vivir y el

trasfondo que ocultaba, aunque a mí me parecía evidente… ¡Ah, uno juzga

tan a la ligera! Despreciamos tal o cual vínculo, despreciamos, incluso con

violencia, situaciones que esclavizan a nuestros semejantes… Sostenemos

que esto o lo otro podría mejorarse, organizarse adoptando dos o tres

medidas razonables, tomando decisiones lógicas… ¡Ah, claro que sí! Desde

fuera, quien está despierto ve muy fácil despertar a quien duerme y se

angustia con sus pesadillas, incapaz de salir de su sonambulismo.

—¿Y bien? ¿En qué está pensando? ¿Qué es lo que tanto le preocupa?

—dijo ella con un tono afectuoso, bienintencionado, en el que vibraba un

sentimiento maternal.

Aquel tono maternal suscitó en mí una doble oposición. Por una parte,

yo no quería que ella adoptara conmigo esa actitud de «señora gorda y

mayor», si se la puede llamar así, cuando, en realidad, era poco más joven

que Friederike. En esos momentos me habría gustado decirle que era una

mujer soberbia, porque intuí que los prejuicios y la imagen que tenía de sí misma eran la soga en la que, si no se remediaba, acabaría por ahorcarse,

habituándose a ese papel, adoptándolo, asumiendo definitivamente ese

perfil. Pero antes de que aquello ocurriera, toda la fuerza vital que atesoraba

en su interior habría de ser prematuramente desmantelada… Me sentía

extraordinariamente violento sentado allí, a su lado, revolviendo mi dulce

con la cucharilla. De pronto —y aquí llega la segunda parte— me dominó

un odio implacable, sin un objeto definido, un odio que se dirigía contra

aquellas fuerzas anónimas, desconocidas para mí, ocultas en el trasfondo de

su vida, que alimentaban incesantemente aquel error, sometiéndola a su

yugo (para entonces, como es natural, ya pensaba directamente en Levielle)

y, de hecho, en aquellos momentos retomé mi ingenua ocurrencia del

principio y barajé la posibilidad de decirle que era «una mujer soberbia»,

bueno, ¡o algo parecido! De vez en cuando, a todos nos vienen a la cabeza

estupideces inenarrables, surgen de improviso en el fondo del cerebro, por

así decirlo, y desaparecen rápidamente…

Por sacar un tema de conversación, le hablé de la Ópera y de los

recuerdos que había despertado en mí el Graben… A lo que ella respondió

inmediatamente con un «Sí, ¡qué joven era!», en la misma línea de antes. A

la vista de su obstinación fruncí el ceño y constaté que parte de las teorías

del señor Von Schlaggenberg se estaban volviendo cada vez más

inconsistentes y comenzaban a diluirse. «Tal vez debería exponérselas a ella

en los mismos términos», se me ocurrió pensar, pero recapacité

inmediatamente: «¿Es que te has vuelto loco, troglodita, desequilibrado?».

—No, no tiene por qué comprarse ninguna entrada —dijo la señora

Ruthmayr—. Tal vez me conceda el placer de acompañarme en mi palco,

¿qué me dice?

Yo dudé. En el fondo, no me apetecía nada. Dije:

—Querida señora, le pido por favor que no se enfade conmigo…, pero,

cuando escucho, no me gusta estar en compañía de otras personas…

Todavía no había acabado de hablar cuando mi vista cayó sobre un

«queso Edam en proceso de descomposición»; me refiero, naturalmente, a

la señora Trapp, la mujer del abogado, que acababa de aparecer por la

puerta de entrada. También la señora Ruthmayr la había visto ya.

—¿Qué le apetecería ver? —me dijo rápidamente—. ¡¿El caballero de

la rosa?! ¡¿Sí?! Será el sábado, 14 de mayo. Y tengo un palco fantástico.

Dese cuenta: primera galería a la izquierda, número doce. ¿Qué le parece?

Y… estaremos solos. Para que usted pueda escuchar.

—Se lo agradezco de todo corazón, queridísima señora —dije—. De

acuerdo, iremos a la Ópera el sábado día catorce. Primera galería a la

izquierda, número doce.

Para entonces, la Trapp (o la «Trappa», como quieran ustedes) ya había

entrado.

¡Qué inoportuno lo que sucedió entonces! La Trapp no sabía si llamar la

atención de la señora Ruthmayr o pasar de largo; estaba a punto de

decidirse por esto último, y cruzar por delante de nosotros, a una calculada

distancia de nuestro rincón, cuando alguien se levantó en la otra punta del

local, al lado de las ventanas, atravesó la sala bamboleándose y fue

directamente hacia la señora Ruthmayr para saludarla: la iniciativa del

barón Frigori fue decisiva para la señora Trapp; la situación había

cambiado, era evidente que ahora estaba legitimada para abordar a la señora

Ruthmayr… Bueno, ¡sólo el diablo sabe lo que puede pasarle por la cabeza

al Queso Edam! Es de sobra conocido que cerebros como el suyo son aún

más inescrutables y misteriosos que el del genio más sublime. También

puede ser que el viejo Trapp le hubiera advertido que guardara las formas y

se mostrara reservada (por Levielle y demás…), ahora, sin embargo, con la

tranquilidad que le daba Frigori (más tarde me enteré de que éste era uno de

los mejores clientes de su marido) se precipitó sobre Friederike sin

pensárselo dos veces.

—¡Eh, Friederl! ¡Fritzi! ¡Vaya! ¡Cuánto me alegra verte! ¿Puedo

sentarme? ¡Buenos días nos dé Dios, señor Von G-ff! ¿Otra vez por aquí?

Bueno. Muy amable. ¡Muy buenas, querido barón! ¿Qué andas haciendo

por aquí, eh? ¿Ese coche tan bonito de ahí fuera es el tuyo? ¡Vaya! Es

estupendo. Pero no eres tú quien lo conduce, ¿verdad? Yo aprendí este año,

en verano, porque tenemos dos coches y mi marido necesita el chófer

prácticamente el día entero…

«¡Encantado!», pensé. Me levanté un momento y dije mi nombre; al

final, el señor Von Frigori tuvo la cortesía de presentarse, ya que había sido él quien había acudido a nuestra mesa.

Es frecuente encontrarse con este tipo de personas en Viena. Si uno las

trata mal —me refiero a verdaderamente mal—, es cuando se vuelven

«tratables». Frigori hizo un par de observaciones a las que no presté

ninguna atención y ni siquiera me digné a comentar (una actitud que

obviamente iba en contra de mi carácter, pues, a pesar de todo, Frigori

andaba muy por encima de los cincuenta y ya peinaba canas; y sin embargo,

éstas son las cosas que se aprenden en este país). Después de aquello se giró

muy amablemente hacia mí y me dijo:

—¿No es usted pariente del joven Orkay, el que han destinado a la

embajada húngara?

—Primo —dije, y asentí con la cabeza levemente.

Él se colocó derecho el monóculo.

—Se verán de vez en cuando…

—A menudo —dije.

—Bueno, muy bien, pues entonces tenga usted la bondad de saludarle

muy afectuosamente de mi parte. Acababan de trasladarle aquí cuando

ofrecí un baile en mi casa, que se celebró el 8 de enero. Bueno, no puede

decirse que fuera una velada formal, pero me habría gustado mucho poder

contar con su presencia. Por desgracia, me enteré demasiado tarde de que…

—Géza no llegó a Viena hasta marzo —dije.

—¿Ah, sí…? ¡Vaya! Bueno. Pues entonces, señor G-ff…, dígale a su

primo que me llame algún día por teléfono. Usted no sale ya, ¿verdad?

Nunca lo veo.

—No, ya no salgo —dije yo.

—¡No me diga! ¿Y por qué no?, si se puede preguntar.

—Ciertos trabajos científicos ocupan todo mi tiempo.

—¡Ah, muy interesante…! ¿Qué me dice usted, mi querida señora? —

dijo girándose hacia la señora Trapp—. ¿Qué le pareció el baile que

celebramos en mi casa? ¿Eh? Estuvo bien. ¿Han oído? Me alegra mucho.

Bueno, en realidad no fue una velada en sentido estricto… Pero eché de

menos a su hija, eso sí…

—La niña no ha querido salir en absoluto este año. Esa tarde se quedó

sola en casa para poder estudiar —dijo la señora Trapp—. Tenía un examen. ¡Dios mío, estudiar una carrera es un esfuerzo agotador para estas pobres

muchachitas! Pero es que mi marido lo defiende a capa y espada.

—¿Conoce a los dos jóvenes Levielle, queridísima señora? —preguntó

Frigori a la señora Ruthmayr—. ¿Sí? También estuvieron en mi casa aquella

noche. Unos chicos excelentes, con mucho talento. Y unos soberbios

bailarines además… Bueno, aunque, ahora, con estos bailes modernos, ya

no es tan difícil, la gente joven lo aprende rápido. Antes no era así, ¿no es

cierto, queridísima señora? ¡Aquellos pasos de vals a la izquierda…!

La señora Ruthmayr sonrió y asintió con la cabeza. Me volví a enfadar.

En el Queso Edam había ocurrido algo oscuro, incomprensible, lo noté por

una fugaz transformación de su superficie, cuando Frigori mencionó el

nombre del consejero de la Cámara.

¡¡¡Por desgracia, justo entonces, se me ocurrió pensar que la noche en

que se celebró el baile en casa de Frigori, aunque no fuera una velada

formal, la señora Friederike había salido a la terraza de su jardín y había

aceptado la botella que Gyurkicz le ofreció amablemente, mientras Beppo

Draxler la envolvía con las cadenciosas notas de un tango que tocaba con su

guitarra!!! (¡No hay suficientes signos de admiración para resaltar lo que he

dicho!). Por desgracia, no se me había ocurrido hasta ahora. Me habría

endulzado los últimos diez minutos, procurándome algo de diversión.

Habría atenuado mi enojo por la resignación de la señora Ruthmayr, me

habría ayudado a sobrellevar más fácilmente el aburrimiento y las ridículas

aspiraciones de Frigori, que ya no sabía qué hacer para ser reconocido en

sociedad, incluso habría rebajado mi inquietud ante los oscuros procesos

que se desarrollaban bajo la corteza del Queso… Estaba francamente

asombrado de que la insólita anécdota de la botella no hubiera surgido de

las profundidades de mi conciencia hasta entonces. Un sola mirada a la

señora Ruthmayr habría tenido que bastar para encender la esclarecedora

luz del recuerdo.

Ya había tenido más que suficiente; me despedí de los señores y me fui.

Continué paseando lentamente a lo largo de la Kärntnerstrasse. Se

acercaba el mediodía y cada vez había más gente callejeando por allí. Tuve

que saludar o devolver un saludo en varias ocasiones. Se trataba de rostros

muy distantes entre sí: a uno lo conocía desde niño, a otro me lo habían presentado en mi último año de servicio activo en el ministerio, adonde

llegó trasladado. Tuve que saludar muchas veces y, al final, acabó

resultándome llamativo. ¿Acaso mi vida anterior, a la que ya no pertenecía,

habría sido pulverizada y por eso me encontraba ahora con sus partículas

flotando dispersas, sin ninguna cohesión? Sentí que por dentro me ocurría

lo mismo. Tanto el exterior como mi interior estaban cubiertos por el velo

de una lluvia de cenizas que caían incesantemente desde el pasado, un

pasado que, sin embargo, seguía ardiendo aquí y allá; sí, incluso en algunos

puntos seguía brillando la llama. Puntos fijos. Estaba claro que ella vivía en

mí. Esta Claire Neudegg, la condesa Charagiel, que en otro tiempo había

mortificado tanto al estudiante de bachillerato, vivía en mí desde aquel

paseo con el consejero de la Cámara por el Graben. No. Me di cuenta de

que, en realidad, hacía mucho más tiempo: desde que me había mudado a

Döbling. La infinidad de villas de aquel barrio con jardines delante y las

verjas alrededor habían… hecho aflorar a Claire en mí. Aunque la villa de

mi madre no estaba ubicada precisamente en Döbling… Iba a

contracorriente, el denso flujo de peatones que pasaba por mi lado, a

izquierda y derecha, se perdía a la velocidad del rayo. Yo mismo tenía la

sensación de caminar muy rápido, la misma sensación que uno puede tener,

por ejemplo, cuando viaja en la proa de un vapor que remonta

trabajosamente la corriente… Si uno mira el agua del río que deja atrás,

tiene la impresión de que avanza a toda máquina, meciéndose sobre las

olas… En realidad, iba paseando con todo sosiego.

Salí al Ring y giré a la derecha. Recorrí la fachada de la Ópera, pasando

ante Siegfried y Don Juan, que descansaban sobre la base de unos faroles

que les sobrepasaban en altura, cumpliendo cada cual con su propia gesta,

casi se diría que con su propia función… éste ocupado con el dragón, aquél

con el «convidado de piedra». Ya había llegado a la altura del Burggarten y

caminaba al lado de sus verjas con forma de lanza cuando observé que

pegado a mí, justo por delante, iba el director Edouard Altschul. No me

había dado cuenta hasta entonces, aunque es probable que hubiera recorrido

todo el camino desde la Ópera detrás de él sin reconocerlo. Andaba

lentamente, inclinándose hacia delante, con su cartera y su bastón de paseo

a la espalda.

Nos reconocimos y nos saludamos casi a la vez. Pareció que le costara

trabajo dejar a un lado sus pensamientos; mientras empezaba a hablar

conmigo, seguían flotando detrás de su frente como obsesivas imágenes…

Este hombre alto, extraordinariamente pulcro y de aspecto agradable, cuya

inteligencia y urbanidad se disfrutaban igual que un refugio fresco y

tranquilo en el que uno se resguarda para salir del calor del verano y del

ruido de las calles, este Edouard Altschul de Fráncfort, provocó en mí el

efecto contrario. Aquel día, en ese lugar, en el Ring, ante las verjas con

forma de lanza del Burggarten, me dejó sumido en una profunda

desolación, como si a partir de entonces tuviera que cargar con el peso de

las pequeñas preocupaciones de esta vida mía sin ningún otro consuelo;

como si ya no hubiera una ciudad jardín en el extrarradio de la ciudad, ni

existieran «los nuestros»; y como si las calles amplias, soleadas, las copas

de los viejos árboles que se inclinaban sobre nosotros en un sueño ligero y

pesado a un tiempo, ante el azul del cielo, huyeran de repente; como si, de

pronto, las refulgentes manchas de color que dejaba el sol sobre lejanos

tejados, ventanas y vehículos se escabulleran…, como si todo se retirara

tras de un muro de separación invisible, por así decirlo, detrás de una gruesa

mampara de vidrio, y sólo quedara esto de aquí: un par de puntos de apoyo

en el exterior para poder agarrarse, para poder vivir en este dado de

piedra…

Recuerdo que entonces pensé con alivio en mi desahogada posición, que

me aseguraba una existencia relativamente cómoda.

—En este momento es imposible prever cómo evolucionará la situación

—dijo, al hilo de la charla que habíamos comenzado—; quien se aventura a

avanzar un pronóstico no piensa seriamente lo que dice. Al fin y al cabo,

tampoco se puede olvidar el elemento puramente humano: todos saben que

en el mundo de los negocios ya no tenemos, por desgracia, las cualidades

morales que lo adornaban en la época anterior a la guerra, las mismas que, a

grandes rasgos, continúan existiendo hoy, por ejemplo, en Inglaterra.

Mirándolo únicamente con los ojos de la carne, por así decirlo, pude

constatar que tenía un aspecto más que agotado y decaído. Tenía la cara

pálida y la tez gris. Por un instante, me pareció que lo único que lo

mantenía en pie era su cuidada imagen personal, su aspecto exterior, que articulaba su persona de la misma manera que su sensato discurso. Seguí

escuchándolo, disfrutando de su prudencia y de sus certeros juicios,

alejados de cualquier vanidad. Me invadió ese indefinible respeto que suele

inspirar la «situación general de la economía» y sus movimientos y

transformaciones a cualquiera que no lo vea como algo completamente

evidente, que no esté iniciado. Como la mayoría de los especialistas,

hablaba dando por sentado el carácter soberano y, en última instancia,

decisivo de las cuestiones económicas; si en la observación anterior (sobre

la moral en los negocios) había recurrido a lo humano, era porque lo

consideraba como una llave con la que, en determinadas circunstancias,

también se podía abrir el tesoro del conocimiento económico. Se podría

decir que me pesaba la sabiduría y el aspecto desconsolado de aquel

hombre que, en el fondo (era una sensación extraña e indescriptible), me

parecía prisionero del entorno en el que lo había encontrado, la zona donde

estaban los palacios de los bancos y los restaurantes abarrotados y

bulliciosos del centro de la ciudad.

—¿Cómo le va a su señora esposa? —pregunté en una pausa de la

conversación.

—A Rosa le va bien, gracias —respondió.

El tono de aquellas palabras a las que no les había prestado tanta

atención delató un extraordinario cansancio. Él mismo pareció darse cuenta

y añadió rápidamente algo anecdótico; si recuerdo bien, fue un comentario

sobre las vacaciones, aquel año habían pensado ir a Gastein.

Pasábamos por delante del Burgtheater cuando, de la terraza del café

que se encuentra detrás, surgieron tres figuras —como si emergieran de un

estanque lleno, por así decirlo—, saliendo a la plaza amplia y soleada. Vi

que nos hacían señas; Altschul respondió al saludo. Entonces reconocí a su

mujer. Parecían haber estado esperando a que viniera por la Ringstrasse.

Saludé a la señora Altschul y a la señora Martha Mährischl, que aprovechó

la ocasión para presentarme a su marido, el doctor Mährischl. Una figura

alta, gruesa, compuesta por masas blandas, se inclinó ligeramente hacia mí.

Al aproximarse me fijé en su cara pálida y rellena y se me ocurrió pensar

que, en realidad, carecía de ojos; en su lugar sólo se veían sombras azules y

el velo de una tibia melancolía que se doblegaba ante las circunstancias de la vida y dejaba el margen justo para una sonrisa floja, que, en cierto

sentido, parecía burlarse de aquella misma docilidad. Me llamó la atención

que aquel hombre llevara una fina cadena de oro en la muñeca.

La señora Rosi hablaba atropelladamente, mirando a todas partes,

flanqueada por el matrimonio Mährischl que la rodeaba con todo su afecto

y cariño. Noté el mismo cansancio de antes en Edouard Altschul, que

prodigaba su amable sonrisa consumiendo todas sus reservas, de modo que

tenía que recurrir constantemente a nuevos refuerzos… Nos quedamos de

pie, sin saber muy bien lo que hacer. Mientras charlábamos, se empezó a

sentir el calor del mediodía, yo tenía hambre, ya era tarde y, por otra parte,

me daba perfecta cuenta de que mi presencia allí estaba de más, ya que

seguramente estos señores hubieran quedado con un propósito concreto. Me

despedí con unas palabras amables y, mientras continuaba mi camino por el

Ring, respiré profundamente, enderecé los hombros enfundados en el ligero

traje que llevaba aquella mañana y pensé que mi abatimiento se debería

probablemente a que tenía el estómago vacío…

En el restaurante se me pasó por la cabeza que estaba sentado en el

mismo local y tal vez en la misma mesa en la que poco antes (no hacía en

absoluto tanto tiempo, aunque a mí me lo pareciera) había tenido lugar el

primer encuentro entre Renacuajo y Gyurkicz, que luego se convertiría en

objeto de inacabables discusiones; un pretexto (al que se recurrió una y otra

vez) para que la mencionada pareja realizara ciertos cambios. Renacuajo se

había trasladado recientemente. Creo que ya lo mencioné. Parecía poseer la

tendencia o la cualidad de inaugurar y señalar las fases por las que

atravesaba su vida interior mediante transformaciones en el exterior. Así era

la mayoría de las veces. Puede que, en aquella ocasión, el cambio viniera

dado por la circunstancia de que a su casera le empezaba a parecer que las

visitas de Árpád eran demasiado frecuentes y prolongadas. Fuera por este

motivo o fuera por otro…, teníamos claro que detrás de este último cambio

de domicilio no se encontraba nadie más que Imre.

De hecho, fue una manera de separar a Renacuajo de «los nuestros»,

apartándola de su círculo, mucho más de lo que ya lo había hecho. Ahora

vivían los dos «más allá de la montaña», al otro lado, como solíamos decir,

en una parte muy concreta de la ciudad jardín que caía en una profunda vaguada casi hasta el Danubio y que además estaba aislada de nuestro

barrio residencial, en la parte alta, por una colina, jardines, viñedos, un gran

parque y un montón de calles que cruzaban. Hay que decir que Gyurkicz se

había separado de nosotros mucho antes; si recuerdo bien, fue más o menos

cuando mi sobrino, el doctor Körger, buscó alojamiento en las afueras, no

mucho después de su llegada a Viena. Como es natural, Renacuajo e Imre

no vivían juntos; no podía ser. Habían encontrado por casualidad dos casas

situadas una enfrente de la otra. Es de suponer que Imre habría tenido la

suerte de dar con una habitación adecuada para Renacuajo muy cerca de la

suya, y que a partir de entonces no descansó hasta que logró «atraerla al

otro lado de la montaña», por explicarlo con las mismas palabras que

empleaba el maestre de caballería Von Eulenfeld.

Sin embargo, a partir de ese momento, todos consideramos que

mantenían una relación estable. Dejo en el aire la cuestión de hasta qué

punto esta circunstancia pudo influir sobre Renacuajo… Me conformo con

eso; por ejemplo, cuando hacíamos una visita, se la hacíamos «a los dos que

vivían detrás de la montaña».

Había que subir una suave pendiente, un camino que discurría a través

de los viñedos, paralelo a las casas que se agrupaban a mano derecha, hasta

llegar a lo alto, y recorrer luego unas cuantas calles cuyas villas estaban

protegidas por verjas tras las cuales se extendían jardines de una

profundidad asombrosa… Una vez arriba, detrás del punto donde acababa

la línea del tranvía —los viajeros subían y se apeaban constantemente, los

coches amarillos y rojos circulaban y maniobraban sin parar—, comenzaba

un parque que caía en un abrupto desnivel; las copas de los árboles se

elevaban a lo alto del cielo formando una cúpula, en la que hasta el último

rayo de la tarde, el más oblicuo, podía encontrar un asidero dorado al que

cogerse, mientras abajo, en la zona de juegos, se escuchaba el eco de las

voces de los niños. Las calles eran frescas y sombreadas, aunque siempre

podía encontrarse algo de sol, por tarde que fuese, en la plaza que se abría

delante de la antigua iglesia parroquial del distrito, un templo muy modesto.

Las casas formaban un círculo a su alrededor y parecían haberse quedado

siglos atrás; se trataba de construcciones bajas, pero sólidas, de estilo

rústico. En un amplio patio se podía ver la ventana de un cuarto en el que, según se dice, Beethoven habría estado trabajando en su día sobre la

Heroica. A veces la ventana estaba abierta, había flores, ropa blanca y otros

signos de vida. La habitación, en cambio, parecía oscura y no muy amable.

En su interior pululaban curiosos personajes.

Así es toda la calle. Por las ventanas abiertas, envueltos en la oscuridad,

se pueden ver los muebles amontonados. Algunas veces brilla un relámpago

y, a través de la puerta posterior, se puede vislumbrar el verde del jardín

contiguo. Al pasar por el arco liso que da entrada a la casa, antes incluso de

llegar a la puerta, ya se oye a Renacuajo practicando. Vive en una casa

moderna, relativamente nueva. A uno le cuesta molestarla haciendo sonar el

timbre cuando está con su violín, pues la mayoría de las veces se encuentra

sola en la vivienda (su casera se ausenta con mucha frecuencia) y, además,

hay que tocar muy alto para que ella lo oiga por encima de sus ejercicios.

Siempre le llena de alegría recibir una visita de «los nuestros» y asegura

que también Gyurkicz se alegraría mucho y que, de hecho, está al caer…

Aunque no es exactamente así. He hablado a solas con ella en muchas

ocasiones. Su habitación no era particularmente hermosa; para ser sinceros,

era oscura y se encontraba en una calle (más bien callejuela) bastante

estrecha, aunque separada de ésta por un jardín delantero… donde también

he hablado a solas con ella. Lo mismo podría decir Schlaggenberg y, en

general, cualquiera de «los nuestros». Pero siempre estábamos preparados

para echar mano de la palanca de inversión de marcha; la accionábamos en

cuanto veíamos llegar a Imre; al fin y al cabo, era lo más cómodo para

todos, nos habíamos «adaptado», en el más pleno sentido de la palabra, a

llevar esta carga.

Una vez Renacuajo quiso ofrecer una pequeña velada e invitó a ella a

algunos de «los nuestros». Sin embargo, era evidente que no estábamos en

su casa, sino en una pequeña recepción oficial en la que Gyurkicz era el

dueño y señor; Renacuajo estaba enfadada, «los nuestros» se habían sentado

por allí sin saber muy bien qué hacer, sin sacar ningún tema de

conversación, lo que, por otra parte, era de lo más habitual entre nosotros.

Rememorando las últimas semanas, hundido en mis recuerdos,

pensativo y distraído, apenas había acabado la comida, cuando un camarero

se acercó a mí, con la delicadeza y finura propia de la gente de este país; se colocó a mi espada, se inclinó ligeramente sobre mi hombro y, con toda

amabilidad, me susurró estas palabras: «Reclaman al señor jefe de sección

al teléfono», y volvió a desaparecer. En el último medio año apenas había

pasado por este restaurante, a lo sumo en las raras ocasiones en que bajaba a

dar un paseo por la ciudad. Es cierto que, antes de trasladarme a las afueras,

solía venir a comer a este sitio con frecuencia; sin embargo, parece que a un

«camarero» vienés esto le da igual: si un antiguo cliente regresa del

extranjero después de cinco años, lo saludará inmediatamente con la

máxima naturalidad y, tal vez, luego haga una observación retórica: «Señor

Von Bamperl, últimamente no contábamos con su honrosa presencia», de

esta manera se ignora por completo el hecho de que haya estado ausente, se

transforma en algo accidental, conviniéndolo en una estancia permanente,

interrumpida en ocasiones por diversas circunstancias, que no ponen en

cuestión su pertenencia natural a este lugar.

 

Era Schlaggenberg el que me llamaba por teléfono suponiendo, con razón,

que habría acudido aquí a la hora de comer. Quería preguntarme si me iba a

quedar en la ciudad. Como ya había acabado su trabajo por hoy, había

pensado venir, para que pudiéramos hacer los recados juntos y callejear un

rato…

—Necesito movimiento, colores, un poco de romanticismo urbano,

contar cotilleos. ¿Qué tal le viene? Dentro de treinta minutos estoy con

usted. Yo ya he comido.

Entró a la hora indicada. Su aspecto era agradable. Llevaba un traje muy

elegante. Quiso ir a tomar un café. Me pareció bien.

Me dio la impresión de que Kajetan estaba particularmente inquieto

aquella tarde, transmitía una imagen de extremo nerviosismo, que, por así

decirlo, parecía a punto de desbordarse en cualquier momento sobre el

exterior, donde su fuerza se perdería irremisiblemente, sin poder

aprovecharla…

—Mire usted —me dijo en tono solemne en cuanto entramos en un café

—, la de allí enfrente, la del vestido marrón, me gusta. Ése es mi tipo ahora. Si se fija usted en esa persona, comprenderá lo que quiero decir, lo que me

gusta realmente.

Eché un vistazo y le dije:

—Oiga, Schlaggenberg, me parece que no ve usted bien… Haga el

favor de volver a mirar o acérquese a ella sin llamarla atención. ¡Es

completamente espantosa!

—Sí, sí, naturalmente. ¡Es un desastre…! —exclamó al llegar de nuevo

junto a mí, pues había salido a toda prisa para ver de cerca a aquella

preciosidad…, una oronda burguesa alrededor de los cincuenta, con rasgos

sumamente vulgares—. No, no, eso no puede ser. Naturalmente. Algo así

rebasa con mucho los límites de mi tolerancia y, en general, los límites de lo

razonable… Bueno, tiene usted razón. Simplemente me lo había parecido

desde lejos.

Buscamos una mesa mientras él seguía hablando…

—¿Sabe usted, señor jefe de sección? Tengo muchas cosas que

contarle…

Pero, al cabo de unos minutos, durante los que hizo una viva

descripción de su camino hasta el edificio de la Alianza, se interrumpió:

—¿Ve usted a la de allí enfrente? ¡¿Sí?! La del vestido verde, sí. Ésa

exactamente, la del rincón… Ésa es la típica mujer madura. Un dechado de

virtudes, señora de su casa, amante esposa y demás…

—¡Qué ojo clínico, Schlaggenberg! Lo envidio por su ceguera… ¿O es

que acaso ve usted una Afrodita en cada mujer que pese más de setenta y

cinco kilos y pase de los cincuenta años…?

—¡Pues también voy a ir a echarle un vistazo a ésa! —Y se fue, aunque

regresó pronto—. Bueno, sí, es verdad. Naturalmente. Es indiscutible. En

realidad, sólo me refería alo asentada que parece. ¡¿Entiende usted?! La

anchura, eso es lo que me atrajo de ella… por un instante. Pero no es mi

tipo. Ella no es… el tipo.

—Pues le aseguro que me gustaría verlo, aunque sólo fuera una vez —

dije.

—¿Sabe usted dónde? En el café del muelle, allí es donde mejor…

Pero yo me limité a rechazar su oferta con un gesto risueño. Mientras

tanto, él prosiguió:

—La pesada puerta automática se cerró de golpe chirriando detrás de

mí. Cerbero me saludó. En la planta baja se oía el rumor de las prensas,

como si se tratara de gigantescas ruedas de molino que estuvieran girando

en una profunda galería subterránea con espesos muros… Subí hasta el

primer descansillo. Allí me vino a la cabeza algo extraordinariamente

importante. Me detuve sin querer. Cuando se lo cuente aquí y ahora tal vez

le parezca de lo más natural, pero allí y entonces se me encendió una luz.

Me di cuenta de que yo… ¡estaba completamente solo! ¿Entiende usted?

Que en el mundo de la Alianza, en esta escalera, con aquel olor a petróleo

que salía de los talleres de composición, a pesar de las personas con las que

iba a hablar ahora mismo, dentro de un momento, estaba total y

absolutamente solo, tanto como lo pueda estar uno en un bosque virgen o en

una comarca remota y salvaje, por ejemplo. Abandonado a su suerte, como

se suele decir… Comprendí que tenía que salir adelante, tenía en mis manos

el completar un fragmento de mi vida, de mi destino, y daba exactamente

igual en qué estado de ánimo me encontrase, si… tenía pleno control sobre

mi vida o sólo en parte o no tenía control en absoluto: cada paso que diera

sería irrevocable y definitivo…

»Óigame, la sensación de encontrarme solo en un terreno indómito me

dio de repente fuerzas. ¿No es extraño? Ya no estaba disperso. Estaba…

concentrado sobre mí mismo y dispuesto a todo.

»Justo en ese instante escuché que alguien me llamaba desde arriba, por

la escalera, utilizando mi nombre. Levanto la vista y observo la cabeza

negra de Holder, que se inclina con sus gafas sobre la barandilla dos pisos

por encima de mí.

—Lo entiendo muy bien, Kajetan —dije después de una pequeña pausa

—. Seguramente, aquellos minutos tuvieron la máxima importancia para

usted y fue una verdadera suerte que viviera aquella experiencia en el

último instante, justo cuando iba a llegar… De otra forma, tal vez no se

hubiera comportado de la manera más correcta. Pero, antes de que siga con

su relato, me interesaría mucho que me adelantara hasta qué punto ha

mejorado su situación en la Alianza, si se han ampliado sus perspectivas y

qué relación mantiene usted ahora con estas personas, qué le ofrecen y qué

futuro le espera allí. Me dijo que existía la posibilidad de que le publicaran una novela por entregas en el periódico más importante. ¿Qué hay de eso,

Kajetan?

—Bueno, eche un vistazo a esto —me dijo.

Se inclinó hacia delante para recoger un periódico en el que pude leer:

«¡El jueves, nueva novela!», etcétera.

—Un adelanto de quinientos. Y mil más después de la aparición de la

última entrega. Por otra parte, he firmado un compromiso con el folletín

literario. A partir del 15 de mayo recibiré un sueldo fijo como colaborador

externo. Son cuatrocientos; y ya me han dado un anticipo de doscientos.

—Esto ya es otra cosa —opiné yo—. ¿Quiere decir que forma parte de

la redacción?

—Expresamente, no. Les pregunté si tendría que participar en las

reuniones como el resto de los redactores, pero me dijeron que no sería

necesario. Incluso tuve la impresión de que mi presencia en ellas no era

deseada.

—De modo que, hasta ahora, ha recibido setecientos. Está muy bien.

Prueba que las intenciones de la Alianza son serias y disipa mis sospechas

de que sólo se trataba de vanas promesas y que le querían entretener

dándole largas. ¿Y qué pasa ahora con la editorial?

—Todavía está en proceso de constitución. Sin embargo, mi novela

ocuparía un puesto privilegiado en su catálogo de publicaciones.

Ambos guardamos silencio durante un buen rato.

Lo que acababa de oír era motivo de júbilo y parecía que había que

felicitar a Schlaggenberg…, si uno lo consideraba superficialmente. Sin

embargo, me extrañaba la precipitación, el nerviosismo, y la escasa solidez

de las ofertas…, y el propio Kajetan tampoco se dejaba llevar por la

despreocupada alegría que siente quien, por fin, ha alcanzado su meta,

aunque fuera evidente que los proyectos habían despertado su entusiasmo y

que sus ánimos estaban excitados. Bueno, ¡ahora ya podía hacer lo que

quisiera con sus señoras gordas! Yo, por mi parte, veía cada vez más claro

que en todo este asunto había un misterio que, de momento, se me escapaba

por completo.

—Levielle debe de tener un interés especial en usted —dije—, interés

que yo ignoro. Es la única explicación que se me ocurre. Aunque si usted sabe de qué se trata, no tengo nada que objetar. Tampoco me veo con

ningún derecho para pedirle que confíe en mí y me lo cuente… Bueno, ya

sabe usted cuánto me atrae todo lo que tiene que ver con nuestro grupo,

sobre todo últimamente… Digamos que intento abordar los hechos de la

manera más objetiva posible. En cualquier caso, no sería la primera vez que

decide guardar un secreto, cuando no hay ninguna necesidad…

—No le sigo —dijo él.

—Piense usted en aquella tarjeta de visita.

Su rostro se ensombreció. Por un momento pareció afligido.

—Es muy sencillo, mi querido jefe de sección. Me avergonzaba conocer

a este hombre… No quería que nadie me lo recordara. Como es obvio, sabía

perfectamente que Eulenfeld y Stangeler habrían encontrado la tarjeta de

visita en la bandeja… Levielle es parte de la herencia de mi familia, por así

decirlo. ¡Una «herencia» que puede experimentar insospechadas

transformaciones en determinadas circunstancias! Por otra parte, no puede

decir usted que le ocultara la visita que me hizo el consejero de la Cámara.

—Bueno, dejémoslo en que me ocultó cierta parte de la verdad. Todo

cuadraba, la historia del periódico y demás —me equivoqué al pensar que

aquello era mentira— y, sin embargo, está claro que su «mecenas» escondía

otras intenciones. ¿Cómo se le ocurrió hacer partícipe a Grete Siebenschein

de la relación del consejero de la Cámara con su familia? Le aseguró que

ella tomó buena nota, porque, no mucho después de nuestra memorable

excursión, me preguntó si Levielle no había sido más que asesor financiero

de su padre. Usted mismo le había hablado de «ciertos asuntos» de gran

importancia que él arregló para su familia.

—Su observación sobre la excelente memoria de la señorita

Siebenschein es muy acertada, señor jefe de sección. Sin embargo, la

cuestión que le planteó tiene una respuesta muy sencilla: en efecto, Levielle

arregló «ciertos asuntos» de gran importancia para mi familia, aunque la

verdad es que no tenían nada que ver con temas financieros. Al hilo de sus

gestiones, el señor consejero de la Cámara llegó a obtener cierta

información que a día de hoy ya sólo comparte con mi madre y conmigo, ni

siquiera Renacuajo sabe nada de ese asunto. Levielle prometió

solemnemente a mi anciano padre que guardaría silencio y renovó su promesa cuando ya estaba a punto de morir. Sí, guardaría silencio…, por lo

menos hasta una fecha determinada. Por lo que yo sé, todavía no ha llegado.

Seguir: parte 2 de 2