Los demonios
III - Tarta de requesón
III
TARTA DE REQUESÓN
Como cada mañana, la doncella había traído el teléfono y lo había
colocado al lado de la cama gracias a un alargador. Cuando el aparato
sonaba, era como si la señora Clarisse pasase directamente del sueño al
auricular:
—Sí, soy yo, hija mía, sí, aquí está mamá… ¿Qué dices? ¿Tarta de
requesón? ¿Con masa y levadura? Bueno, si sube bien… ¿Cómo te diría
yo? Como un pecho más o menos y con esa misma consistencia. ¿Cómo los
míos…? Ja, ja, ja, no, hija mía, casi mejor como los tuyos. ¿Ya está Egon en
la oficina? ¿Qué hacéis? Quiero decir…, ¿va todo bien? ¡¿Sí?! Bueno,
bueno, entonces me alegro… Bueno, piensa en lo que te dije aquella vez,
con los hombres es así. Bien, si es formal me parece bien, además yo
también le tengo cariño… Un beso, hija mía… ¿Me llamas tú… o te llamo
yo a ti? Que a partir de las cuatro estarás en el café… Ya te llamaré yo
antes.
Colgó. La cama de al lado, ahora vacía, estaba revuelta. Su marido
había dormido mal esa noche. Ella contemplaba pensativa la impronta
desdibujada que había dejado su cuerpo. Mientras miraba así la cama, tenía
el aspecto de una mujer diez años mayor: como si en lugar de tener cuarenta
y cinco, tuviera cincuenta y cinco. Al apretar la barbilla contra el pecho se
le abultó la papada. Estiró el brazo, acarició un poco la almohada hundida
por el centro, el lugar donde había reposado la cabeza de él, que ahora
llevaba trabajando en la oficina desde las ocho de la mañana, sacrificándose
por su familia. ¿Estaría preocupado por algo? En general, ahora los
negocios iban bastante peor, los largos años de bonanza parecían haber
pasado. Sin embargo, Clarisse jamás le oía decir nada de eso a su marido.
—No te angusties, pequeña, no te preocupes. Hoy te vas a la ciudad y te
compras algo que te apetezca. El negocio es asunto mío.
Así decía siempre. Desde hace veintiséis años, Markbreiter dormía cada
noche junto a ella en esta cama. Pero, verdaderamente, ¿qué es lo que sabía
ella de aquel hombre pequeño, moreno y rechoncho? Que era bueno y
virtuoso, y el mejor padre y marido que pudiera haber. Ahora, la mujer
volvía a tener un aspecto más joven, en consonancia con su verdadera edad.
El teléfono sonó.
—Buenos días nos dé Dios, Irma… ¿¡Qué!? ¿Grete? ¿Qué ha pasado
esta vez? ¿Cuándo? ¿A las cuatro de la madrugada? ¡Dios mío, qué hace
esta chica! ¿Quién? ¡¿Ése?! Sí, lo he visto de pasada en el vestíbulo de tu
casa dos o tres veces. ¿Ah, sí? ¿Sí? ¿Que quiere marcharse de casa? Hoy
todas las muchachas están locas. ¡Vamos, no llores, hija! Espera, nos
veremos hoy. ¿Lo sabe Ferry…?
Ahora, después de haber colgado, fue ella la que llamó por teléfono:
—Hola, sí, soy Clarisse, Minna, ¿qué me dices de la astracanada que ha
hecho esa Grete…?
Hacía rato que se oía el dulce gorgoteo de una bañera que poco a poco
iba llenándose. En ese momento apareció la doncella.
—Espere. Todavía tengo que llamar a mi marido.
Una voz vibrante respondió ahora desde el auricular del aparato a la
tromba de palabras atropelladas con que ella le había abordado, una voz que
daba la impresión de que no perdería el equilibrio por nada del mundo, ni
por el peor de los cataclismos, ni siquiera por aquella noticia candente sobre
la sobrina de su mujer.
—Bueno, pequeña, creo que te lo tomas demasiado a pecho. Invita a la
muchacha a que venga a verte a casa y quítale de la cabeza esas tonterías. A
ti te escuchará, porque te tiene cariño, porque eres buena con ella. Yo no
creo que Irma esté haciendo bien con ese muchacho. ¡Hoy todo es tan
distinto! ¿A qué se dedica él? ¿Dónde? ¿En el instituto? ¿Qué?
¿Investigaciones históricas? ¡Vaya un trabajo! Vale, es absurdo,
naturalmente. Bueno, tranquilízate, querida. Ya nos ocuparemos nosotros.
Haremos que la muchacha venga a casa y ya está.
—El baño, señora —dijo la doncella que esperaba.
—Sí, Cilli. Cuando esté dentro, llame usted por teléfono a la modista,
iré a verla hoy por la tarde, dígaselo. Un momento, tengo que volver a
hablar con mi marido.
De nuevo respondió la voz sonora, sabia, que le traía el sosiego. A lo
largo de las dos últimas décadas, Clarisse se había acostumbrado a que esta
voz borrara sin más todo el mal que había en su mundo, por lo menos eso es
lo que sentía al oír hablar a Markbreiter.
—¡Dios, qué afortunada soy! —exclamó ella al aparato—. Sí, tesoro,
¡qué prudente eres! Si puedes, pásate por el café después de la oficina. Oye,
Lily también estará allí, justo ahora acabo de hablar con ella. Se alegrará de
verte, pero no le diré nada. Imagínate, con lo temprano que es y me llama
por una receta de cocina, ¿sabes? Sí, una tarta… En ese momento no se me
ocurría cómo explicárselo en pocas palabras… Bueno, eso ya te lo contaré
más tarde… ¡Qué graciosos resultan los hijos con sus cuestiones
domésticas…! ¡Sí…, una monada de niña, querido!
Apartó la colcha y salió de la cama. Si el lector la hubiera podido ver en
ese momento se habría quedado sorprendido. En la cama, la mujer tenía un
aspecto francamente imponente: sus fuertes brazos, el pecho rotundo bajo el
sutil camisón, la grasa del cuello, la cara redonda. Y ahora, de pie, delante
del lecho, parecía bien poca cosa. No había ningún pliegue que atravesase
el camisón revelando unas robustas caderas; al contrario, la tela caía lisa
tanto hacia atrás como por los lados, sólo por delante se elevaba montuosa.
No existía esa parte inferior que acaso uno esperaba encontrar después de
ver la planta superior de esta persona. En conjunto, la mujer tenía, por así
decirlo, la forma de una gota invertida: su centro de gravedad se encontraba
arriba. Al salir de la cama, el camisón se deslizó hacia atrás para descubrir
un pie diminuto y rellenito y, sobre él, una pierna bien formada y
sumamente esbelta, que habría podido ser el orgullo de cualquier muchacha
joven.
El baño en casa de Markbreiter estaba a la altura de los tiempos.
Además constituía, junto con el salón, la joya de una vivienda que, por lo
demás, estaba modestamente amueblada.
La señora Clarisse se deslizó fuera de su camisón, se metió en la bañera
de cerámica y se tendió en ella lentamente. Al sumergirse y recostarse sintió ascender por su piel el nivel del agua hasta que por fin todo el cuerpo
reposó en el calor por debajo de la superficie. Contemplaba ausente su
figura con esa misma ausencia de espíritu que experimenta quien yace a sus
anchas en una bañera. Al hacerlo se asombraba de que su marido no se
aburriera todavía de ella. Lo pensaba muchas veces. No en vano, pronto iba
a cumplirse su vigesimosexto aniversario. Sin embargo, resultaba evidente
que era justo al contrario. Con cierto desdén se reafirmó en la idea de que
jamás se habría casado si hubiera venido al mundo siendo un hombre. ¡Un
hombre! ¿Qué necesidad tiene de hacer algo así? ¡Vaya, ella les habría
enseñado a las mujeres!
Tal vez el lector piense que esta mujer dispone de mucho tiempo, lleva
una vida despreocupada y ya se le han hecho las diez de la mañana o
incluso más tarde. Eso sería un error. Cuando la señora Markbreiter salió de
la bañera y desapareció en un gran albornoz amarillo, no eran más que las
ocho y media. A las siete y media, el marido había abandonado la casa; a
las ocho, la mujer había dejado la cama después de las llamadas de teléfono
habituales en su círculo. Así funcionaban las cosas. En todo caso,
Markbreiter habría deseado que su mujer se quedara durmiendo más
tiempo; al levantarse siempre era silencioso como un ratón. Ahora, la
señora Clarisse necesitaba como un cuarto de hora para abotonarse.
Primero, la parte inferior del cuerpo. Tenía que estilizar su figura y no le
importaba dónde fuera a parar su vientre en esta operación. El instrumento
del que se servía para lograrlo era una especie de tubo de cierta longitud,
forrado de seda rosa, que se cerraba por un lado con unos treinta botones.
Iba botón a botón. Cuando la señora Clarisse se enderezaba y probaba a
tomar aire con cuidado, no sólo había conseguido unas caderas
notablemente esbeltas, sino que su figura reflejada en el espejo ofrecía una
imagen de franca delgadez. A continuación, cogía una especie de hamaca
doble y llamaba a la doncella.
Hasta aquí llegaba su umbral de tolerancia a la incomodidad: el corsé,
por lo menos, se lo hacía abrochar por detrás a la sirvienta; de haberlo
necesitado también se habría podido apañar ella sola, aunque le hubiera
supuesto un esfuerzo considerable porque sus bracitos eran cortos. Además, ¿para qué tenían si no a esta persona? (La espalda se la lavaba ella misma
con un cepillo de mango largo). Eran nueve botones.
Mientras la doncella abotonaba, la señora Markbreiter pensó que, a
pesar de la historia de Grete, hoy era en cierto sentido un buen día, un día
agradable, pues, conforme a su distribución semanal, no había ni masaje ni
gimnasia, y tampoco baño turco, que le llevaba una cantidad de tiempo
terrible, pero sobre todo, hoy, sábado, 8 de enero, no era día de pesarse.
Allí, en una esquina del baño, estaba la báscula de precisión con su larga
barra lacada en blanco, una figura seca con pinta de institutriz que cada
noche, antes de irse a descansar, le lanzaba una mirada metálica y
relampagueante a la pobre señora Clarisse, que se clavaba en lo más hondo
de su mala conciencia, especialmente cuando sobre ésta pesaba el chocolate
con nata montada, la repostería y los dulces. Los lunes estas miradas eran
menos peligrosas, pero conforme avanzaba la semana se iban haciendo más
molestas y penetrantes, porque el día de pesarse era el viernes. Ésta era una
ley que la propia señora Clarisse se había dado a sí misma y todavía no
había roto jamás, ni siquiera una sola vez en tantos años, lo que podía
considerarse todo un logro. Está bien, aquel día no tocaba pesarse. Después
de comer iba a ir al peluquero. Por lo demás, la comida de hoy sería un
trámite aburrido, hasta triste, pues su querido esposo no podía venir a
comer; esta vez tenía cosas que hacer a mediodía.
Mientras acababa de vestirse para salir, se tomó una taza de té amargo e
insípido con un trozo de bizcocho seco y pasó revista a la casa. La cocinera
le propuso algo y ella dijo que sí. En cambio, para la noche ya lo tenía todo
previsto al detalle desde la víspera. En efecto, en el curso de estos largos
años había logrado averiguar poco a poco lo que le gustaba comer al
sencillo Markbreiter, aunque él jamás se pronunciara sobre estas cosas y
siempre alabase lo que traían a la mesa.
Ahora, mientras hablaba con el servicio, habría podido observarse una
notable transformación en su rostro, igual de profunda que por la mañana,
cuando clavaba su mirada en la cama de Markbreiter y, al hacerlo, parecía
diez años mayor. El rostro perdió, por así decirlo, su amplitud femenina y
maternal y se transformó en un perfil dominado por la nariz, algo más
delgado e imbuido de una súbita y extraña vivacidad. Éste es el aspecto que tenía mientras escuchaba los breves informes de las doncellas sobre las
labores domésticas realizadas y las que quedaban por realizar,
apremiándolas a menudo con rápidas preguntas. A las dos sirvientas, esta
entrevista diaria parecía agobiarlas mucho, aunque ya estuvieran
acostumbradas: inconscientemente se preocupaban y les desconcertaba un
poco aunque tuvieran la conciencia tranquila respecto a sus obligaciones. Se
expresaban con toda la claridad posible, como si temieran no haber sido
entendidas correctamente. Por lo demás, las doncellas de la señora
Markbreiter se podrían calificar como excelentes, ya que ni hacían ascos al
trabajo ni llevaban una vida desordenada, eran verdaderamente formales y
observaban un comportamiento correcto. A cambio, estaban bien pagadas y
recibían generosos regalos en Navidad y Año Nuevo.
Entonces, la señora Clarisse se puso su gran abrigo negro de piel —el
sombrero ya se lo había adaptado a la cabeza mientras hablaba con las
doncellas— y salió. Sin embargo, regresó al momento desde el recibidor
para hacer un par de llamadas telefónicas.
Después se marchó por fin y no se dejó ver hasta la una y media. Las
doncellas no volvieron a tener noticias de su existencia en toda la mañana, a
no ser por tres llamadas telefónicas que hizo para transmitirles algunas
indicaciones más que se le habían ocurrido a destiempo.
En aquel café donde Clarisse llevaba sentada desde las cuatro de la tarde
conversando con su hermana Minna, tan distintas las dos, mientras
esperaban a la pobre Irma, y luego a Lily, y, por fin, al señor Siegfried
Markbreiter, en aquel café que, además de tener dos plantas, era tan grande
que ocupaba por completo una amplia plaza que se abría junto al canal del
Danubio, precisamente allí, seguramente por lo exagerado de la situación,
era donde uno obtendría una imagen más ajustada del singular carácter que
revisten las relaciones entre las personas hoy en día, una imagen de una
claridad visionaria que surgía en el instante en que se atravesaba la puerta.
La confusión de voces era tan caótica y violenta que la primera impresión
que se sacaba era, por fuerza, que aquí todos hablaban y ninguno
escuchaba, aunque mayor era la sorpresa más tarde, al tener que constatar que verdaderamente era así ante la abrumadora evidencia de que todas las
bocas y las manos que el ojo podía captar en el entorno inmediato y
también en el remoto se agitaban incesantemente al hablar.
A esta hora, cuatro quintas partes de la clientela eran mujeres, ya que en
las oficinas todavía seguían trabajando. Sus maridos no llegaban, si es que
decidían dejarse caer por aquí, hasta las seis más o menos. Los centenares
de mujeres que llenaban el aire con sus gritos, hasta el punto de que a uno
parecían zumbarle los oídos, mostraban todo el abanico de estados y edades
que quepa imaginar en su sexo, desde muchachas jóvenes que, vistas desde
atrás según atravesaban el local, parecían estacas sobre las que se hubiera
sujetado un montón de paja, hasta personas de una constitución imponente
como, por ejemplo, Clarisse Markbreiter (siempre que estuviera sentada a
una mesa) o incluso la señora Selma Steuermann, que también nos
depararía una agradable sorpresa si la pudiéramos ver al salir de la cama:
justo la opuesta a la que nos había dado la señora Markbreiter.
El observador que ya había superado la primera avalancha de
impresiones —incluyendo a los camareros que pasaban a toda prisa
llevando en alto sus bandejas sobre las que había magníficas construcciones
arquitectónicas de todo tipo hechas con nata montada— no tardaba en
descubrir que esta masa de mujeres se articulaba conforme a ciertos
patrones que, al parecer, atendían normalmente al peso corporal. Por
abreviar: las más opulentas, gordas y pesadas se sentaban en los amplios
bancos acolchados de los «reservados», así se llamaban, que estaban
dispuestos a lo largo de las paredes, cada uno con una mesa, tanto en la
pared de las ventanas como en la pared del fondo. Allí, alrededor de la
mesa, celebraban sus conciliábulos. Las pocas damas mayores que venían a
este café también se sentaban allí, aunque la mayoría de las que copaban
esta parte de la sala estarían alrededor de los cuarenta y cinco o poco más y,
entre ellas, predominaban las de buen ver, a veces, incluso las de muy buen
ver (en una de esas mesas se sentaba Clarisse). En cambio, hacia la mitad
del local, donde ya sólo había simples sillones sin forrar alrededor de mesas
de mármol, la media de peso de la población descendía en una abrupta
curva para, al final, deshacerse prácticamente en la nada con algunas muchachas jóvenes de gustos modernos que iban por allí de mesa en mesa,
viendo a la tía Ilse o a la tía Ria en una breve visita al café.
Naturalmente, no todas se dedicaban a hablar; había excepciones. Esta
primera impresión, sin duda exagerada —aunque seguramente correcta en
lo esencial—, pasaba pronto. Algunas leían, mientras que otras
sencillamente no podían hablar porque la mujer con la que estaban se
explayaba con una desenvoltura que lo hacía imposible. Si teníamos a cinco
sentadas, cuatro de ellas se encontraban como comprimidas bajo la tapadera
de una olla que intentaban levantar en cuanto la que hablaba hacía la
mínima pausa. Pero ¡zas!, al momento volvían a ser aplastadas, pues ella
continuaba hablando. Ninguna de las cuatro la escuchaba en absoluto,
aunque la mirasen como hechizadas; estaban al acecho y sólo les importaba
una cosa: la pausa. ¡Podía llegar en cualquier momento y tenían que estar
preparadas! Se puede observar algo semejante en las reuniones de hombres,
cuando se cuentan chistes y, muy especialmente, anécdotas de la guerra.
También había algunas que leían, como ya se ha dicho. Todos los
periódicos que hubiera. Todas las revistas que hubiera. Torres de papel,
líneas impresas, imágenes. Estuve observando a una —una criatura
bondadosa, inocente, de peso medio— que, tras cuatro o cinco líneas de
lectura, siempre se interrumpía, miraba alrededor, seguía leyendo, ¡cinco
horas alternando los mismos pasos! No era que esperase a alguien. Hacía
aquello cada tarde, pues mientras leía, quería enterarse además de lo que
estaba ocurriendo a su alrededor, por ejemplo, si la señora Thea Rosen
llevaba puesto algo nuevo, o si aquel día había vuelto a venir por allí aquel
joven tan curioso que siempre echaba miradas a la señora Rosen. Esto o
cualquier otra cosa…, no importaba lo que fuera. Y, si no ocurría nada,
volvía a leer. Entretanto, tal vez hubiera sucedido algo. Esta mujer parecía
el tormento ideal para un escritor condenado en los infiernos, que tuviera
que observar por toda la eternidad cómo lee su libro más difícil y
complicado… Sin poder matarla, se entiende.
En relación con el número de clientes, el café habría debido tener como
quinientas o setecientas cabinas de teléfono, pues, en este aspecto, todas las
damas presentes tenían necesidades muy parejas a las de la señora
Markbreiter, lo comentaremos dentro de un momento. Sin embargo, una circunstancia salvaba al dueño del café de la ruina. Era sumamente
incómodo salir de los reservados, deslizarse por el estrecho margen que
dejaban los sillones y atravesar la sala basculando entre tantas mesas.
Cuando una estaba sentada con tanta dignidad, tan compuesta y tan a gusto,
la idea de tener que pasar por todo aquello era un fuerte freno. Sin embargo,
el tenaz impulso de salir fuera, la imperiosa necesidad de hacer algo, de
preguntar, de decir, de enterarse, de actuar…, este impulso se vertía
automáticamente en la conversación, de modo que la imposibilidad de
poder echar mano del teléfono en cualquier instante era una extraordinaria
fuente de energía que animaba las tertulias. Algo así le ocurría, por ejemplo,
a aquella dama que —al ritmo de un operador de Morse— ahora leía, ahora
levantaba la cabeza para mirar a su alrededor: uno puede apostar que a la
tercera o a la cuarta interrupción de su lectura habría ido a llamar a alguno
de sus parientes o conocidos (para enterarse de si había pasado algo)…,
sólo con que hubiera tenido un teléfono más a mano. Sin embargo, tal y
como estaban las cosas aquí, con aquellas mesas, reservados y sillones, todo
tan estrecho, las ocho cabinas de teléfono que el local ofrecía quedaban a
salvo de una avalancha arrolladora, pues quienes las sitiaban principalmente
eran grupos de muchachas delgadas como palos que, después de hacer una
pequeña visita a la tía Ria o a la tía Lia en el café, iban en tropel a llamar a
sus Bobbys o a sus Teddys. En cualquier caso, a partir de las seis de la
tarde, también se oían retumbar por allí sonoras y esmeradas voces de
hombre.
El fluctuante cacareo que nos recibió al entrar dominaba en aquellos tres
o cuatro cafés del centro que eran frecuentados, sobre todo, por mujeres de
la clase social a la que pertenecía Clafisse, una institución permanente, por
así decirlo, desde más o menos las cuatro de la tarde hasta la noche. Allí,
rodeado de aquel ruido, es donde se había dado cita nuestro conciliábulo:
Minna Glaser (así se llamaba la hermana menor de la señora Markbreiter); a
continuación, la esposa de un alto empleado de banca, una mujer que se
conservaba muy joven llamada Rosi Altschul, rosada, exquisita, delicada y
bella, cabello rubio cobrizo, baja de estatura, aunque con buen tipo; la
señora Selma Steuermann, que para entonces ya había llegado; y, por
último, la señora Markbreiter. Estaban esperando a Irma, la hermana mayor.
Mientras tanto, las damas charlaban entre ellas afablemente. Se lo
debían a la señora Glaser, que era la única mujer de esta mesa que ejercía
una profesión. Por eso, tampoco aparecía por el café más que de forma
excepcional. Era directora —o, como también se decía, directrice— en la
recepción de uno de los hoteles más distinguidos de Viena, con público
internacional. Bueno, es fácil imaginarse la fuente de anécdotas e historias
que brotaba de allí. Además, estaba muy bien hablar y oír hablar de
personas con dinero, incluso verdaderamente ricas y, algunas veces, incluso
famosas.
A ella sí que se la escuchaba y con sumo gusto, a decir verdad;
especialmente las historias que contaba entre risas sobre una vieja
americana. Esta señora, que tenía ya sus buenos cincuenta y ocho años y de
joven tampoco había debido de ser ninguna belleza, despertaba gran
regocijo, piedad y tierna indignación. Un mocoso de buena familia y corta
edad se había propuesto un día sacar tajada de esta vaca de ultramar
casándose con ella. Ahora, los esposos vivían juntos en el hotel. Cae por su
propio peso que el jovencito no renunció en modo alguno a su vida de
costumbre…, antes bien, alojaba a una de sus amigas en el hotel, un piso
más abajo. La diferencia con respecto a antes se encontraba principalmente
en que ahora, en su luna de miel, derrochaba a espuertas el dinero de su
anciana esposa. Todos los camareros y las doncellas estaban unánimemente
del lado del joven marido, por ser, con todo, la parte más aceptable de esta
pareja, aunque, por lo demás, su opinión sobre él se la guardaban para sí, y
sus jugosas propinas, en los bolsillos. La mujer, en cambio, vivía sin tener
—o fingiendo que no tenía— ni la más remota idea de lo que pasaba.
Cuando, al caer la tarde, su marido se quejaba del gran cansancio que
sentía, lo llevaba muy preocupada a su habitación y lo metía en la cama,
apagaba la luz, atravesaba el salón que mediaba entre los aposentos de
ambos y se metía en su dormitorio. Una hora más tarde estaba dormida y,
otra hora después, la habitación de su marido quedaba vacante. ¿Tal vez
este tremendo cansancio, tan frecuente en él, tuviera algo que ver con la
pérdida de unas gafas de oro que la dama echó en falta en cierta ocasión…?
La señora Glaser hacía que sus historias resultaran animadas, las
contaba poniendo mucho énfasis y concentrándose en lo que decía. Sus ojos estaban muy separados uno de otro, un rasgo que suele dar serenidad a un
rostro, pero que en ella producía el efecto contrario. Estos ojos tendían a
desviarse constantemente hacia los lados, si es que se puede decir así;
además, al hablar, no dejaba de volver la cabeza y la mirada dando
pequeños tirones a izquierda y derecha para examinar el local y, de esta
manera, su persona adquiría el aspecto de un caballo receloso.
Así que la americana perdió sus gafas de oro, por lo que armó un
tremendo escándalo en el hotel y, desolada por el supuesto robo, requirió a
la policía. Sus quejas y sus gritos no tenían fin; al final, el asunto llegó a
todos los que allí estaban. En el vestíbulo de la planta baja no se hablaba de
otra cosa más que de las gafas y de este ridículo matrimonio.
Sin embargo, la señora Glaser, que había acabado por subir, llegó
precisamente cuando dieron con las gafas en presencia de todo el personal
de la planta: estaban justo en la cama de su joven marido.
—¡Qué bien lo supo hacer la vieja! —dijo Rosi Altschul, que ya era
conocida por su agilidad intelectual.
Todo el mundo rió.
—¿Qué es lo que quieres decir con eso de «bien»? —preguntó la señora
Glaser—. Es obvio que ella lo había preparado todo… ¡Un momentito! —
dijo interrumpiéndose de repente.
Abandonó la mesa y atravesó presurosa el local en dirección a las
cabinas de teléfono. Ella se lo podía permitir. Era alta, esbelta y mucho más
joven que todas las demás, que ahora la siguieron con la mirada. Luego
volvió y dijo una vez más:
—¡Un momentito!
Cogió al primer camarero que pasaba, pagó y se despidió rápida y
cordialmente.
Como es natural, desde hoy por la mañana se había olido lo que iba a
pasar aquí y, en efecto, muy pronto hizo su aparición la señora Irma
Siebenschein. Ésta, sin parecer mayor que la señora Clarisse —apenas tenía
dos años más que su hermana—, se dejó caer sobre el banco acolchado,
mientras el coro, bajo la dirección de la señora Markbreiter, expresaba
perfectamente la compasión, el abatimiento y la preocupación.
Después de acomodarse hizo que le trajeran un chocolate con nata
montada: sin ningún escrúpulo de conciencia, porque la señora Irma era
bien esbelta.
El coro se apaciguó. Primero, la parte que menos se había conmovido,
ésa era la señora Steuermann, que pronto volvió a descansar sobre sus
cimientos con la misma firmeza, y por último, la señora Rosi Altschul, que
solía perder la compostura inmediatamente, de una manera infantil, por
cualquier cosa que le llegase de fuera, con los ojos bañados en lágrimas y
levantando la nariz con una fascinante curiosidad. La señora Steuermann
volvió a poner la misma cara melancólica de antes, cuando Minna Glaser
todavía no les había contado sus graciosas historias. Ni siquiera entonces la
diversión había logrado levantar más que pequeñas olas en la superficie de
su imponente persona. Sí, no le hacía bien a la señora Steuermann hojear
tanto esas revistas ilustradas y, sobre todo, los suplementos de actualidad.
Le cansaba, le irritaba, la ponía melancólica y, al final, la sumía en la
amargura, porque siempre mostraban lo mismo, una y otra vez, con miles
de cambios y variantes: el ideal de la época, la esbelta sportgirl al volante,
bañándose en la playa, con esquíes, haciendo gimnasia o en cualquier otro
entorno y actitud. Y siempre con la misma cara y la misma sonrisa. ¡Qué
mujeres! ¡Era todo tan insípido y tan soso! Pero, por otra parte, no tenía
derecho alguno a realizar un juicio así, pues ¿acaso no era la envidia la que
le hacía pensar de este modo? Aunque tuviera cuarenta y cuatro años e
hiciera doce que era viuda, sabía que era una mujer verdaderamente
hermosa. Sin embargo, hace como seis o siete años que todo había acabado
de repente; no mucho después de la guerra todavía era una belleza, y
entonces, de un día para otro, por así decirlo, le habían colocado el título de
señora mayor y gorda… Sí, así fue. De repente, había empezado a sentir un
vacío a su alrededor. Y los hombres de su misma edad e incluso mayores
habían acudido corriendo a esas revistas y habían empezado a
entusiasmarse con esas bailarinas sin carne y sin corazón, igual que
muñecas, y muchos de ellos (eso por no hablar ya de la gente joven) habían
sacado fuerzas de flaqueza y hasta habían aprendido a esquiar y sabe Dios
cuántas cosas más, y ahora salían también de fin de semana con la juventud.
Ya resultaba pesado, siempre igual, las mismas conversaciones, todos estaban entusiasmados con lo mismo: siempre había alguna filmstar o una
bailarina o una campeona de patinaje.
Y siempre se trataba de una persona seca como un palo.
Y, mientras, ella estaba allí, sentada con estas mujeres en el café.
Si la atención de la señora Steuermann se había volcado hacia dentro,
hacia sí misma, por así decirlo, se podía constatar que en el caso de la
señora Rosi Altschul había ocurrido lo opuesto, en consonancia con su
temperamento. Ya comentamos una vez que la señora Thea Rosen se
beneficiaba de cierto interés por parte de sus hermanas. Tenía un carácter
verdaderamente provocador. Ella, al igual que la señora Steuermann,
también era viuda, pero lo exageraba, hacía de su viudedad un oficio; había
expresado en repetidas ocasiones que —desde el fallecimiento de su
bendito marido— los hombres ya no existían para ella. Prefería permanecer
sola: «renunciar y permanecer sola, como me prometí a mí misma en cierta
oportunidad», una frase algo atrevida que la incauta señora Rosen había
pronunciado cuando no tenía más que treinta y cinco años. Ahora todos la
observaban.
La señora Altschul le había dado en secreto el apodo de «la Madonna»
y, verdaderamente, se parecía, al menos por la carita. Contaba con un
amplio respaldo. Aquel joven, del que ya hablamos aquí al presentar a la
señora Rosen, se había comportado hasta entonces de una manera que no
despertaba ninguna sospecha. El hecho de que no parara de lanzarle
miradas, tal vez no fuera más que fruto de la imaginación, podía cargarse a
la cuenta de una fantasía caldeada por las muchas (y siempre entrecortadas)
lecturas. Siendo estrictos, la señora Altschul no había notado hasta entonces
nada en absoluto. Más bien al contrario. ¿De dónde sacaba ella que existiera
algún vínculo? Aquel joven estaba sentado bien lejos. No obstante, la
señora Altschul creía en este vínculo. No habría podido dar ningún
argumento, pero poseía intuición para estos asuntos. El genio no se puede
controlar. Sus descubrimientos salen a la luz de repente, son pura creación.
Tampoco podemos controlar a la señora Altschul. Es cierto que no habría
podido dar ningún argumento. No tenía ninguna prueba que ofrecer.
Y, sin embargo, después de madurar su decisión, se dispuso a llegar al
fondo de este asunto de una vez por todas. Tal vez ese mismo día.
Entretanto, habían estado debatiendo largo y tendido sobre el caso de la
señorita Grete Siebenschein bajo la presidencia de su madre, que ya se
había acabado su chocolate. La señora Selma Steuermann estaba decidida a
emitir un veredicto indulgente y fundamentaba su punto de vista con estas
palabras:
—La gente joven tiene que disfrutar de su juventud. ¡Vaya usted a saber
lo que le aguarda a uno más tarde!
Rosi Altschul no se podía permitir una posición semejante; la suya
debía ser más firme, más compasiva, más implicada, o parecerlo, porque, en
realidad, no estaba prestando atención a este tema, sino a la señora Rosen,
que atraía todo su interés. Entonces tuvo la fortuna de dar con una palabrita:
«inaudito». La repetía cada vez que la señora Irma volvía a decir aquello
de: «¡A las cuatro de la madrugada…!».
—Inaudito… ¡Una muchacha de una familia tan distinguida!
La señora Clarisse no decía nada, pero a ella todo aquello le parecía
absurdo.
—¡Ahora está a punto de cumplir los treinta y dos! —dijo la señora
Siebenschein con los ojos húmedos—. ¿¡Dónde vamos a ir a parar!?
—No te lo tomes tan trágicamente.
Intervino su hermana, y tal vez se colara un levísimo tono de
impaciencia en sus palabras, pues, de repente, la señora Irma perdió los
nervios.
—Para ti es fácil hablar —dijo con cierta vehemencia—, la tuya no
tiene todavía los veintitrés y ya la tienes bien colocada.
—Por favor, Irma, te lo ruego, ¿cómo puedes expresarte así? —dijo
Clarisse tranquilamente, algo resignada—. Ya nos pesó bastante a mi
marido y a mí perder a la niña tan pronto, la echamos de menos a cada
instante, desde la mañana a la noche. Estás muy confundida.
—Venga, por favor, ¿cómo que os pesó mucho? ¡Yo más bien creo que
se os quitó un peso de encima!
La atención de la señora Altschul volvió de nuevo a la mesa, atraída por
la vehemencia de la discusión; al mismo tiempo, su mirada adquirió un
aspecto infantil, lloroso, mientras su nariz apuntaba oportunamente hacia
delante.
—Pero, vamos a ver, señora Siebenschein —intervino conciliadora—,
diga usted, ¿es que no existe ninguna posibilidad? Quiero decir… Usted
misma ha dicho antes que es de muy buena familia…
—Deje usted ya lo de su familia, se lo ruego. Ni se los ha visto ni
hemos sabido nada de ellos, así son las cosas entre esta gente, nadie se
preocupa de los demás. Seguramente estén todos en contra. ¡Y además, por
favor, una persona que no tiene una profesión como Dios manda!
La llegada, o más exactamente la proximidad de la señora Lily Kries, la
que todavía no tenía los veintitrés años —se había acercado revoloteando
como si también la hubieran citado a ella—, interrumpió estas
desagradables discusiones con un torrente de saludos. Todavía no se había
extinguido su rumor cuando aparecieron los señores Markbreiter y Altschul
(habían dado las seis), que acababan de encontrarse en la mampara que
había en la puerta para evitar que entrara el viento.
—Todos llegan a la vez —constató la señora Rosi con una alegría
infantil, pues ahora ya tenía allí a su querido marido, por el que sentía un
inmenso cariño y del que estaba tan orgullosa. Era, sin duda, mucho más
apuesto que los maridos de sus amigas, el más elegante y también el más
culto de todos.
El señor Altschul procedía de Fráncfort —incluso ahora seguía teniendo
asiduos contactos con su venerable ciudad natal— y, en efecto, tenía muy
buen porte, no sólo a los ojos de su esposa: era una persona alta, con un
rostro inteligente, extremadamente pulcro, un auténtico hombre de mundo.
También los Markbreiter se saludaron cordialmente, y quien hubiera
observado al padre y a la hija tal vez no hubiera podido reprimir una honda
emoción. Aquel hombre modesto contemplaba a esta joven elegante como a
un pequeño ídolo cuyo servidor y devoto sacerdote tenía la fortuna de ser.
Luego, los esposos se sentaron uno al lado del otro, con su hija enfrente, y
unieron sus manos por debajo de la mesa.
Los recién llegados trajeron consigo un nuevo planteamiento en el caso
de Grete Siebenschein. Después de exponer el asunto a los hombres, la
señora Irma se mostró enojada ante unos puntos de vista que se defendían
con una ligereza verdaderamente imperdonable. No es que los hombres
dijeran mucho en realidad. Markbreiter aconsejó expresamente que no pusieran en ningún aprieto a la muchacha. Seguro que lo de marcharse de
casa no iba tan en serio; sin embargo, muchos de los disparates que la gente
comete no se deben tanto a su propia voluntad como a la simple
obstinación.
Lily Kries se sintió bastante violenta por el hecho de que todo este
asunto se discutiera abiertamente ante ella y en presencia de extraños, lo
que medio año antes, es decir, antes de su matrimonio, no habría sucedido
jamás. Y, por otra parte, ¡cómo se recurría ahora a los méritos de su vida
para hacerlos valer como argumentos a favor de una tesis! Incluso le
preguntaron por su opinión, nada menos. No expresó ninguna, aunque en su
interior y por su cabeza pasaron dos palabras que expresaban, por así
decirlo, toda la dicha que sentía aquí y ahora, y estas dos palabras sosegadas
e indolentes fueron: «¡Pobre criatura!». Entretanto, el camarero se había
inclinado hacia Altschul y le había dicho:
—Han llamado al teléfono preguntando por el señor director. Es del
banco.
Cuando Altschul regresó, se notaba claramente que estaba enfadado.
—Hoy tengo que volver a la oficina, Rosa —anunció.
—¿¡Y eso!? —dijo Markbreiter—. ¿Tanto hay que hacer? Bueno, con
tal de que los negocios marchen bien, uno acepta con gusto el trabajo, ¿no
es cierto, señor director?
—Rosa —dijo Altschul— llámame, por favor, a la oficina dentro de
media hora, tal vez para entonces ya hayamos terminado y puedas venir a
buscarme, si eres tan amable. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dijo ella, y asintió con la cabeza, sonriéndole con tanto
amor como orgullo.
Él se marchó muy pensativo.
La señora Siebenschein no se olvidaba de su objetivo. Toda su persona
respiraba inquietud y excitación. Además, hacía media hora que llevaba
esperando en vano a su hija Grete, a la que había citado aquí tal vez con el
deseo de que los presentes le dijeran algo sensato a la muchacha, pero
resulta que éstos se apartaban del tema perdiéndose en divagaciones. La
señora Steuermann tenía una mirada ausente y sus grandes ojos oscuros
estaban muy abiertos, era evidente que se había sumido en sus ensoñaciones; los Markbreiter habían comenzado a tontear, a cuchichear y a
intercambiarse sabe Dios qué señas con Lily de un lado a otro de la mesa.
¡Incluso la señora Altschul!
Ésta había sufrido un pequeño sobresalto. El joven había desaparecido.
¿Cuánto tiempo haría ya? Y, mira por dónde, entonces la señora Rosen
interceptó a un camarero para pagar. En ese momento, Rosi Altschul tomó
una decisión desde lo más profundo de su ser y también hizo una seña al
«señor Max» para que viniera. De todas formas, ya pronto sería hora de ir
con su marido. Sin embargo, antes tenía que ir a telefonear. ¡Ojalá que
Rosen no se le escapara ahora! Tenía que ser ese mismo día, quería saber de
una vez algo concreto. La señora Thea se puso en marcha con toda paz y
calma, como si no tuviera prisa en absoluto. Pero esta pose parecía bien
sospechosa. Cuando la infantil Rosi volvió del teléfono, la señora Rosen ya
estaba deslizándose fuera del «reservado» en el que había estado sentada.
La señora Altschul también se despidió entonces. Tenía que ir a recoger
a su marido.
Cuando salió a la calle por la puerta giratoria, le pareció que todo había
sido en vano; había zonas en las que reinaba la oscuridad y zonas
iluminadas por una luz deslumbrante, pero no pudo descubrir a la señora
Rosen por ninguna parte. Tal vez hubiera desaparecido ya en medio del
tráfico. Pero no…, ¡por allí iba! Apartada, sola por una gran plaza vacía.
Ahora se disponía a entrar en una callejuela. Y Rosi la espiaba. Y fue
entonces cuando vio que la señora Thea ya se había encontrado con su
admirador. Aún tuvo el atrevimiento de seguir un trecho a la pareja, para
constatar irrefutablemente que era en efecto aquel joven. Con el corazón
palpitante se detuvo detrás de una esquina y luego salió tan corriendo que
casi choca con una persona en la que antes no había reparado en absoluto y
que estaba de pie en la acera, completamente inmóvil, con la mirada
perdida. De camino hacia el banco contó cinco veces toda la historia de la
señora Rosen y de su admirador a su marido, cuando todavía ni se había
reunido con él. ¡Esto sí que era inaudito! No diría nada en absoluto, por
supuesto…, pero ¡qué hipocresía!
Bueno, al fin, justo después de que se marchase la señora Altschul,
apareció la señorita Grete Siebenschein en el café. Por lo menos en ese instante a la señora Irma le hubiera gustado ver en los rostros seriedad y
recogimiento. Y, sobre todo, en las caras de la familia Markbreiter, que en
cierta medida había acudido para asistirle en estos momentos de tribulación.
Sin embargo, no fue así.
La «pobre criatura» era una joven dama de una extremada elegancia y
aspecto aristocrático. Prácticamente no guardaba ningún parecido con su
madre. Su rostro pertenecía a otra clase, en concreto, a la de la señora
Clarisse y, más exactamente, a esa Clarisse Markbreiter que hablaba con sus
sirvientes. Es decir, un magnífico perfil —nariz recta, noble, bien formada
—, muy agudo, pero carente de esa amplitud femenina, maternal. Tal vez
sólo tuviera este aspecto algunas veces, igual que su tía, pero aquella
expresión parecía calar muy hondo en su rostro y ser menos excepcional.
Con todo, acababa de tener otro violento enfrentamiento con su amante, y
tal vez este hecho hubiera influido en su fisonomía. Este amante (René
Stangeler) estaba fuera, cerca del café, y esperaba pacientemente, pues
Grete le había prometido que haría lo posible por escabullirse y regresar
pronto. Así que confiaba en poder volver a verla. Contra él había chocado la
señora Rosi Altschul antes, mientras corría.
Grete Siebenschein entró y se dirigió hacia la mesa. Al principio fue
como si le saliera al encuentro una nube de solidaridad femenina,
especialmente por parte de la señora Steuermann, que parecía manifestarlo
con sus suspiros. En esos momentos, un observador imparcial se habría
sentido verdaderamente confuso al ver que la señorita Grete era otra cosa,
distinta en todo a Lily Kries, por ejemplo. Habría estado tentado a decir que
estaba muy «por encima» de ella.
Su madre trató de exponer por tercera vez cuál era la situación, y lo
logró, aunque no como le hubiera gustado. En realidad, Grete sentía una
profunda repugnancia ante este conciliábulo familiar.
—Mira, hija mía —dijo entonces el señor Siegfried Markbreiter,
abriendo y cerrando los párpados en un gesto sabio y bondadoso, invitando
a la señora Irma a que guardara silencio por unos instantes—, ninguno de
nosotros se opone al señor Stangeler, ni remotamente, en absoluto, no
tenemos nada contra él. Seguro que es una persona muy distinguida, pero,
lo que cuenta para nosotros, por encima de cualquier otra consideración, eres tú, tú y tu felicidad en la vida, tu porvenir. Créeme, tus familiares son
tus mejores amigos. Si este joven te quiere de verdad…, también gozará de
nuestro afecto, pero tiene que demostrarlo con hechos. Nos has contado que
se niega en redondo a contraer…, ¿cómo lo diría yo?, a formalizar un
vínculo efectivo…
Ahora, el rostro de la señorita Grete mostraba aquella impaciencia que
siente un joven, aunque no lo diga por educación, cuando una persona
mayor empieza a dar rodeos al hablar de un tema. Puede que entonces fuera
la amante de Stangeler o tal vez no lo fuese en absoluto.
—Has llegado a decirnos —prosiguió Markbreiter, paciente y
bondadoso— que se pone hecho una verdadera furia sólo con que hables de
ello, como si lo hubieras ofendido.
—Es que tiene razón —dijo de repente la señora Steuermann,
dejándonos a todos sin aliento, pero no añadió nada más y continuó sumida
en sus ensoñaciones.
«No, vosotros no lo entendéis…», iba a replicar Grete, pero guardó
silencio y miró turbada a la señora Selma, que, sin embargo, seguía sin
mostrar ningún interés por la conversación.
—Pero, por favor —prosiguió Markbreiter—, dejemos este punto. Cada
cual tendrá su opinión.
—¡En absoluto! —exclamó la señora Irma—. ¡¿Cómo que cada cual
tendrá su opinión?! ¡De eso nada!
No obstante, los párpados de Siegfried Markbreiter volvieron a pedir
silencio humilde e imperiosamente a la vez.
—Me gustaría hablar con Gretl de algo distinto. —¡Sus formas tenían
algo verdaderamente sugestivo!—. He pensado que el joven debe
demostrarnos que siente auténtico cariño por ti. Si no es de una forma, tal
vez pueda ser de otra. Mira, este chico debe ejercer una profesión, una de
verdad, que le sirva para mantenerse, con la que pueda ganarse el pan y,
llegado el momento, también el pan de su familia. Luego, puede tener los
intereses intelectuales que quiera. Ha habido hombres famosos, muy
reconocidos, que han obtenido grandes logros en el ámbito intelectual y
que, paralelamente, desempeñaban una profesión práctica…
En los rasgos de la señorita Grete volvía a mostrarse parte de la anterior
impaciencia matizada por la educación. Sin embargo, su expresión era
ahora un poco más suave y difusa.
—Mira, Gretl —siguió diciendo Markbreiter dulcemente—, lo que
quiero proponerte es algo muy práctico que servirá para abonar la felicidad
de ambos. ¡Me gustaría tanto poder hablar alguna vez con el señor
Stangeler! ¡Me gustaría tanto poder hacer algo por él! Y justo ahora me
sería posible hacerlo. Por una feliz casualidad, podría ofrecerle un puesto
fijo donde encajaría mejor que nadie alguien como él, una persona de buena
familia, que ha sido oficial y demás, un puesto de confianza para un joven
honrado. Por otra parte, si tanto le importa, todavía le quedaría tiempo para
cultivar sus intereses intelectuales; no estaría mal, porque, después de todo,
tendría las tardes libres. En un primer momento tal vez le resulte más
difícil, pero más tarde… En cualquier caso, tendría ante sí un camino y a
nosotros nos liberaría de la preocupación que tenemos. Mientras que
ahora… En realidad, lo único que estoy diciendo es que ha de demostrar el
cariño que te tiene. ¿Y qué necesidad hay de exagerar la nota? No se le pide
nada imposible. Sólo que acepte lo que se le ofrece, sencillamente, nada
más. En fin, no me cabría en la cabeza que no lo hiciera, porque entonces…
es cuando verdaderamente habría que empezar a dudar.
Tal vez ahora —como es natural no podemos saberlo ni decirlo a ciencia
cierta— la señorita Grete Siebenschein empezara poco a poco a sentirse
inclinada a abrir por lo menos sus oídos a las dulces palabras del marido de
Clarisse, porque hasta entonces ni siquiera le había escuchado seriamente
(sobre todo, porque conocía a Stangeler mejor que él); sin embargo, la
señora Irma intervino ahora de una manera sumamente inoportuna.
—Y puedo garantizarte que así sería. No esperes, porque quien espera
desespera. ¡¿Acaso hay que ponerle en bandeja un puesto de ministro al
señor?! ¡Y a saber lo que te diría! Cualquier cosa que ninguna persona
razonable podría entender…, y se largaría. Está completamente loco. Es un
fanático, una persona obsesionada con una idea fija, tiene algo sombrío y
nadie sabe por qué, siendo un chico tan joven. ¡¿Acaso sé yo lo que ronda
por su cabeza?! ¡Probablemente esté loco!
Entonces los Markbreiter se retiraron, y con toda la razón. El señor
Siegfried había mostrado su buena voluntad de una manera clara y precisa,
pero con Irma no se podía hablar —¡y mucho menos entonces que estaba
tan exaltada!—. De modo que dieron marcha atrás y, de alguna forma,
volvieron a retomar poco a poco sus anteriores cuchicheos y a intercambiar
señas con su hija de un lado a otro de la mesa. Es decir, visto desde la
perspectiva de la señora Irma: empezaron a tontear de nuevo.
Ella, en cambio, siguió con su perorata, aunque en realidad ya nadie la
escuchaba o, en todo caso, sólo su hastiada e indignada hija y la señora
Steuermann, sumida en sus ensoñaciones. Sin embargo, esta última se
animó de repente y pronunció el siguiente discurso, totalmente absurdo, sin
dejarse interrumpir ni mucho ni poco mientras hablaba. Si la pobre Grete
Siebenschein había empezado a entrever alguna perspectiva de futuro a
medida que su tío le explicaba con tanta suavidad cuáles eran sus
planteamientos, si ya había empezado a compartir los presupuestos de
Markbreiter… ¡ahora se la colocó ante otro escenario totalmente diferente!
—No sé, pero al fin y al cabo también podéis estar equivocados. ¿Quién
está libre de errar? ¿Qué le quedará a ella de su juventud si siempre tiene
que estar detrás del muchacho con lo de casarse, tener una posición y todo
eso? Al final acabará perdiéndolo precisamente por eso, aunque se haya
casado diez veces con él. Por otra parte…, puede ser que el chico, en efecto,
guarde algo en su interior. ¿Qué sabemos nosotros? Y tal vez lo más
correcto sea que ella le deje en paz para que continúe su camino. Si llega a
ser alguien…, él le estará infinitamente agradecido por haber actuado así,
sin importunarle una y otra vez con el mismo cuento como ocurre ahora.
Sin dejar caer indirectas. No todos los hombres son tan vulgares. Creo que
él no la dejará plantada jamás, siempre que ella no le pida ahora
absolutamente nada. Y viceversa. Ya lo creo. Pero, por favor, ésta no es más
que mi opinión particular. Yo me habría considerado afortunada si, siendo
muchacha, hubiera encontrado alguna vez a una persona que, de algún
modo, fuera… distinta, no como siempre. Ésa es la diferencia entre ellos y
los otros hombres, ¿cómo diría yo?, los hombres importantes. Necesitan una
compañera, una amiga, una mujer maternal…, no una muchacha cualquiera
que hoy sí y mañana también les salga con lo del matrimonio y lo de ganar dinero. Es una auténtica suerte, sobre todo hoy, cuando los hombres jóvenes
son todos tan estúpidos y afectados, y no tienen en la cabeza nada serio…
Entonces, la señora Irma recuperó por fin el aliento que hasta entonces
le había faltado e interrumpió violenta y enérgicamente aquel discurso;
tanta era su indignación que poco le faltó para estallar de rabia:
—No la comprendo, señora mía. ¡Que pueda usted hablar así siendo,
notabene, esposa de un director comercial, habiendo elegido un matrimonio
y una vida tan distinta! —El rostro de la señora Steuermann se hundió
inmediatamente en una profunda resignación—. Creo que lee usted
demasiadas novelas. Oiga, ¿¡cómo puede usted decirle algo así a una
muchacha!? Viene aquí para encontrarse con personas adultas —en
realidad, hubiera preferido decir («¡para encontrarse con viejas grullas!»)—
y, en cambio, acaba oyendo disparates que no tienen ni pies ni cabeza. ¡Pero
¿qué es lo que le pasa?! —Se interrumpió sin querer, había algo que le
había molestado—. ¿Y tú qué miras, Grete…?
Los Markbreiter llevaban ya un rato esforzándose por reprimir la risa y
evitar las bromas cada vez más frecuentes. Clarisse estaba contándole algo
al oído a su esposo, y Lily, que estaba enfrente, quería, como es natural,
enterarse de qué era. La señora Clarisse cortó la esquinita de un periódico y
escribió con su lápiz de plata una palabra en él. Justo cuando este pequeño
trocito de papel pasaba de la madre a la hija por encima de la mesa, fue
cuando se produjo la interrupción. Entonces sucedió algo sorprendente:
—¡No se os puede contar nada! —les largó la señora Irma bruscamente;
extendió la mano, interceptó el papelito y lo volvió a tirar sobre la mesa
todo arrugado—. ¡No se puede acudir a vosotros cuando a una le angustia
algo! ¡Vuestros chistes os parecen cien veces más importantes!
¡Naturalmente!
Y luego se produjo una de esas penosas, iracundas y bruscas espantadas
de la señora Irma Siebenschein, una auténtica despedida al estilo Irma,
como las que se habían vivido hasta la saciedad en el círculo familiar por
todas las causas imaginables. Se marchó arrastrando a su hija consigo.
—Pero ¿qué es lo que pasa? —dijo la señora Steuermann sumamente
relajada—. No lo entiendo.
En cambio, Siegfried Markbreiter sonrió. Recogió la notita arrugada de
la mesa y la abrió distraídamente. En ella había una única palabra, que
indicaba el tema sobre el que había estado conversando animadamente con
su mujer: «Tarta de requesón».
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