Los demonios
XIII - El puchero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
XIII
EL PUCHERO
Es comprensible que hasta hoy no haya reunido más que algunos
fragmentos de la historia de Levielle: nadie sabe nada con certeza, nadie
puede decir nada con seguridad. Su origen, por ejemplo, sigue siendo
oscuro, lo que supone ya una primera diferencia entre él y Lasch, cuya
familia, como sabemos, era natural de Viena. En cualquier caso, Levielle
tenía un hermano menor al que le atribuían un gran parecido con él. Había
ostentado el rango de inspector médico general en el antiguo Ejército
austríaco. Era aquel hombre que marcó, por así decirlo, un punto de
inflexión en la vida de Cornel Lasch, gracias a un magnífico certificado
médico extendido en la época de la guerra, sobre el que el propio Lasch nos
ha instruido con sumo gusto.
De esta anécdota se desprende, sin lugar a dudas, que ambos se
conocían en aquel entonces y que, además, debían de tener una excelente
relación, ya que, de otra manera, Levielle no habría intercedido por Lasch
ante su hermano. De hecho, aquel memorable diagnóstico de la
«endocarditis obsoleta», algo así como un fallo oculto en el corazón, que,
por su propia naturaleza, es imposible de encontrar, había servido para que
Lasch se librara de incorporarse a filas, lo que hubiera significado su
marcha al frente, ¡algo descorazonador! Ésta había sido la razón de que el
consejero de la Cámara Levielle pidiera a su hermano que emplease todos
los recursos de los que dispone la ciencia para descubrir esta afección
cardiaca, circunstancia que trece años más tarde llenaría de inquietud y
perplejidad a la señora Irma Siebenschein… Lo importante es que Lasch se
libró de la guerra o, por lo menos, de combatir en ella, ya que más tarde,
como sabemos, llegó a ocupar un importante puesto en uno de los centros
oficiales a los que el Ministerio de la Guerra les había encargado que atendieran los pedidos y distribuyeran las materias primas para las
industrias militares más importantes. Cornel, que, entretanto, se había
adornado con la estrellita dorada de teniente en la reserva, acumuló poder y
se sirvió de él. Como nuestro Lasch había asistido en cierto momento a una
escuela superior de minas y poseía, por tanto, ciertos conocimientos
técnicos, fue destinado a una oficina que se encargaba de los metales.
Mientras existió, fue la instancia clave para el conjunto de la industria
pesada que debía atender las necesidades de la guerra. Por ejemplo, si una
factoría quería que le hicieran un pedido y obtener la materia prima
necesaria para fabricar el producto, tenía que dirigirse al centro oficial
correspondiente, donde un teniente en la reserva experto en el tema
examinaba la oferta y luego redactaba un informe y lo remitía al general
con sus recomendaciones. De este informe dependía que se aceptara o se
rechazara la propuesta, así como la adjudicación de las materias primas
imprescindibles. Sí, se puede decir que por las manos de Lasch pasaba todo:
por ejemplo, el cobre necesario para las pretinas que guiaban los proyectiles
de artillería y muchas cosas más. Todo pasaba por sus manos y él redactaba
los correspondientes informes y remitía los preceptivos expedientes… con
ciertas condiciones. Naturalmente, así llegó a ser un hombre rico.
Para el consejero de la Cámara —no sé si en aquel entonces poseía ya
este título, pero si era así, tendría que arriar la bandera francesa durante el
tiempo que duró la guerra—, para el señor Levielle, resultaría muy
interesante que un hombre en deuda con él como Lasch llegara a acumular
tal poder; por lo que se puede deducir que seguiría apoyándolo en su
carrera, después de haberle allanado el camino mediante aquel diagnóstico
médico. Seguramente, las cualidades que poseía nuestro Cornel no se le
habían escapado a su protector. Los negocios en los que el consejero de la
Cámara estaba embarcado entonces no tenían nada que ver con los metales;
se encontraba, por tanto, fuera del ámbito de influencia de Lasch. Sin
embargo, nunca venía mal contar con apoyos en cualquiera de los
numerosos ministerios de aquella época. Y Levielle contaba con muchos,
especialmente entre los que gestionaban las licencias de importación y
exportación. Después de la guerra llegó a convertirse en un verdadero
especialista. Había gente en Viena que consideraba indispensable acudir a él para arreglar este tipo de asuntos. Primero presentaban sus peticiones ante
Levielle, por así decirlo, y, más tarde, ante el organismo oficial competente.
Tal vez no fuera recomendable prescindir de él. En cualquier caso, en las
cabezas de todos se empezaba a imponer la idea de que lo necesitaban,
opinión a la que contribuyeron además otras circunstancias.
Mientras Lasch se concentraba en el sector metalúrgico, Levielle había
comenzado a hacer dinero con otro material diferente, nos referimos a la
madera.
Parece que, en un principio, aprovechemos ahora para decirlo, metió en
el negocio al anciano señor Eustach von Schlaggenberg, el padre de
Kajetan; aunque, más que meterlo en la industria maderera, en los bosques,
lo metió en un lío, en un auténtico berenjenal. Por lo menos, tengo la firme
convicción de que fue así, aunque nunca me he llegado a enterar de los
detalles ni estoy al tanto de las inversiones que ambos costearon, porque
Kajetan no entiende absolutamente nada de estos temas y así lo admite
abiertamente; ni siquiera pudo responderme a las preguntas más básicas, sin
contar con que no se encontraba cómodo hablando sobre estas cuestiones y,
la mayoría de las veces, cambiaba de tema de conversación
inmediatamente. Se centraba en las dramáticas consecuencias de aquellas
operaciones, consecuencias que él y los suyos habían sufrido en carne
propia: las estrecheces y la precaria situación económica que atravesaban
los Schlaggenberg, las penurias por las que pasaba Renacuajo aquí, en
Viena, y también él mismo, con una posición, muchas veces, delicada y
comprometida.
Levielle entró decididamente en el negocio de la madera después de la
guerra. Incluso se hizo amigo del abad de un convento de Alta Austria, cuya
superficie forestal tenía una extraordinaria importancia en este ramo de la
economía, aunque parece que, a la larga, su relación con el consejero de la
Cámara no resultó particularmente provechosa para el convento, y el abad
acabó metiéndose en problemas de los que ya no pudo salir. No obstante, el
apoyo principal para las operaciones forestales de Levielle se lo
proporcionaba un instituto de cuya historia se puede hablar largo y tendido
y, desde luego, yo no voy a renunciar al placer de hacerlo, dando, al menos,
unas pocas pinceladas. Se trataba del conocido Banco de la Madera.
En general, la madera nacional de Austria no se puede utilizar para
cualquier fin; por ejemplo, apenas tenemos madera para barcos, para
mástiles o para revestimientos. En conjunto, o por lo menos en su mayor
parte, es madera para construir y para quemar. Durante los primeros años
después de la guerra todos clamaban por una urgente reestructuración de
nuestro mercado de la madera, para lo que, como es natural, se necesitaba
concentrar el capital suficiente. Para relanzar la industria maderera, si éste
era el verdadero objetivo, hubiera sido necesario actuar, en primer lugar,
sobre las serrerías y no sobre los propios bosques. Nuestras sierras habían
quedado completamente obsoletas; mientras que en Alemania, en la
mayoría de los casos, se cortaba ya con seis, ocho y hasta diez sierras
alternativas, nuestro país no contaba en aquella época más que con sierras
triples, y eso, con suerte.
El Banco de la Madera se fundó con el fin de proporcionar un nuevo
impulso al sector. Y seguramente hubiera tenido su sentido si se hubiera
aplicado a captar inversores para ponerlo en marcha. La emisión de
acciones fue un buen comienzo, en ella participaron una serie de bancos y
grandes capitalistas. El nombre del primer director del Banco de la Madera
acreditaba que una de las empresas líderes en el mercado interior se había
comprometido con el asunto.
Por lo que sabemos, Levielle debió de intervenir desde el principio
defendiendo una línea empresarial que poco a poco iría cobrando fuerza.
Hay que tener en cuenta que, en aquel entonces, ya gozaba de un gran
prestigio. Además de su propia fortuna, más que notable, y de su red de
contactos, en la mente de todos rondaba una idea que hacía aparecer al
consejero de la Cámara como un hombre esencial, alguien al que hay que
tener al lado, del que no se puede prescindir, al que se necesita; me refiero a
que desde 1914 y hasta la fecha venía administrando una fortuna tan
fabulosa como la del difunto maestre de caballería Georg Ruthmayr
(Levielle había sido su albacea). Me inclino a pensar que la posición que
ostentaba Levielle tuvo un innegable efecto psicológico sobre los inversores
—no hablo más que de un efecto psicológico—; esta circunstancia
contribuyó, sin lugar a dudas, a darle un extraordinario relieve, a hacer que
apareciera como un hombre de absoluta confianza. Ésa fue la razón de que, muy pronto, cualquier consejo de administración que se constituyese
tuviera reservado de antemano un sillón para él.
Como sabemos, en la vida práctica rige un incómodo principio por el
que, a la larga, «todo acaba saliendo a la luz». Los hechos traspasan
cualquier revestimiento, como si fueran manchas de grasa, ya puede uno
envolverlos como quiera. Y lo mismo pasa si uno opta por difundirlos, los
hechos corren de boca en boca —con las largas piernas de la verdad—,
introduciendo cualquier suceso en el torrente sanguíneo de la opinión
pública, que los pone en circulación a toda velocidad y, al final, alcanzan tal
difusión que incluso los que no están interesados en ellos acaban por
conocerlos: todo el mundo tiene que estar al tanto. También yo, como
seguramente recordarán por el comienzo de mi informe, estaba al corriente
de la función que desempeñaba Levielle en los asuntos de Ruthmayr (¡y por
aquel entonces empezaba incluso a interesarme!), lo sabía mucho antes de
la conversación que mantuve con el consejero de la Cámara en el Graben en
la festividad de la Anunciación de María y que más tarde tendría sabrosas
consecuencias. En aquel momento, Levielle no tuvo empacho en
contármelo todo, es más, disfrutó aclarándome hasta dónde llegaba su
influencia: «También llevaba y todavía llevo otros asuntos de esa índole».
Es muy posible que fuera verdad, que hubiera asumido nuevas
responsabilidades, porque aquí la confianza y el crédito que concedemos a
las personas crecen como una avalancha.
Así fue como el Banco de la Madera contó con un sillón para el
consejero de la Cámara desde el mismo día de su fundación. Se apoltronó
en él y lo primero que hizo fue demostrarles a todas aquellas personas —la
mayoría de las cuales le prestaron oídos con mucho gusto— que la
revitalización del mercado de la madera era, en efecto, una causa muy
encomiable, pero que convenía dedicar una parte importante del capital
accionarial a negociar con divisas y valores extranjeros, para compensar las
pérdidas que pudieran producirse… Lo dejó claro desde el principio. No le
resultó muy difícil justificar su punto de vista y defender sus propuestas, ya
que los acuerdos que había cerrado el primer director del Banco de la
Madera —precisamente con aquel convento del que ya hemos hablado—
habían supuesto un serio quebranto para las finanzas de la entidad, que actuaba, por así decirlo, con el espíritu de una gran potencia, orientando su
política nada más y nada menos que a la creación de un monopolio. En
realidad, estaban obligados a actuar como Levielle les aconsejaba. A nadie
le resultará extraño que un banco haga negocios en bolsa. Sin embargo,
cuando se trata de un banco que se fundó para relanzar el mercado de la
madera y se dedica casi exclusivamente a la especulación bursátil, puede
que se haya apartado un poco de su línea… Así ocurrió de hecho en 1923 y
1924, años en los que sólo se dedicó una mínima parte del dinero a
financiar operaciones que podrían haberse considerado competencia
específica del Banco de la Madera. No obstante, mientras su primer director
vivió, las inversiones en bolsa de la entidad se limitaron exclusivamente a
valores de primer orden, rechazando «extravagancias» de cualquier tipo.
La situación cambió en los primeros días de septiembre del año 1924,
cuando aquel noble señor murió asesinado a manos de su propio primo, al
que siempre se le había achacado algún tipo de «deficiencia», no sé si con
razón o sin ella. Yo sólo conocí al asesinado y no al asesino. La última vez
que nos vimos fue en una boda, apenas una semana antes de que le
alcanzara la fatídica bala, una boda que, por lo demás, me ha dejado un
recuerdo verdaderamente desagradable…, pues, por curioso que pueda
sonar, tenía cierta relación con la persona de… René Stangeler. El que se
casaba —un tal doctor Albert Lehnder— había sido en otro tiempo
preceptor de Stangeler. Fue, por tanto, en aquella boda, en la que Stangeler
actuaba como testigo, donde vi al director del Banco de la Madera por
última vez. También él había acudido al enlace en calidad de testigo, pues
era el jefe de Lehnder, quien tenía un puesto en el departamento jurídico
(con lo que descubro la fuente de la que he obtenido todos estos datos).
El cierre contable del año 1924, tras la muerte del primer director, aún
arrojaba un balance positivo para la empresa. Aunque ya se sabe que esto
no significa demasiado. De hecho, la rama que los sostenía se dobló
súbitamente. Con el nuevo director, los leviellistas se hicieron con el control
del banco, lo que tampoco les resultó muy difícil; sobre todo, cuando la
«ampliación de capital» que se había propuesto (mediante la emisión de
nuevas acciones) resultó un fracaso. Las participaciones que se lanzaron al
mercado acabaron retirándose a toda prisa y su valor se cubrió con el dinero aportado por un grupo de amigos, lo que ya fue un negocio en sí mismo. El
nuevo director del Banco de la Madera era un hombre curioso en muchos
sentidos. En primer lugar, por lo que se refiere a su aspecto exterior, que no
se correspondía en absoluto con el del director de un banco; y, en segundo,
por cierto sobrenombre que se había ganado. Era seco y brusco en sus
modales, alto de hombros, con bigotes negros y muy fuerte. Se decía, y tal
vez fuera verdad, que mantenía un comercio muy activo con el otro sexo…
En suma, se le concedió un grado que, en otro tiempo, era usual en los
ejércitos de lansquenetes, me refiero al de… «sargento putero». Quién lo
sacó, no lo sé (es posible que fuera Lehnder, era un tipo muy gracioso). El
«sargento putero» tenía un «subsargento» o subdirector que no conocía el
miedo (era de los que iban por ahí dando gritos en contra de los francos
franceses), un verdadero «tiburón», como se los suele llamar en la bolsa.
Estaba metido en todos los negocios, por «exóticos» que fueran, y el
«sargento putero» no tenía más remedio que darle su conformidad: era la
única solución que les quedaba. Está muy claro que; cuando se empezó a
contraminar a gran escala el franco francés, el Banco de la Madera salió a
toda máquina para colaborar. El sentido patriótico del Gobierno galo puso
fin a esta operación en diciembre del año 1925; el franco, que se había
cambiado por dólares a unos tipos muy bajos debido a la especulación,
empezó a subir y los dólares cayeron.
—Esto nos hundió a todos y el Banco de la Madera se fue a pique —
comentó el doctor Lehnder en cierta ocasión a propósito de estas
cuestiones. Más tarde abrió un despacho de abogados en Berlín, no aquí.
En ese «todos» no se encontraba, desde luego, Levielle. Du reste… c’est
étonnant… Al fin y al cabo, era parisino, por lo menos en parte, y tal vez
supiera algo que los demás desconocían. De hecho, no esperó al último
instante para dejar de especular con el franco, abandonó mucho antes de la
catástrofe. Lo mismo hizo con el Banco de la Madera. Renunció a su cargo,
se evaporó… Un buen día desapareció y no volvimos a verlo por allí. Es un
ejemplo paradigmático que tiene mucho que ver con otro asunto que salió a
la luz dos años más tarde… ¡En esta ocasión voy a intentar prescindir de
factores puramente «psicológicos» e ir más allá! Me estoy refiriendo al
hecho de que salvara casi sin mengua la enorme fortuna de Ruthmayr de la depreciación de la moneda, una posibilidad con la que yo mismo, de
acuerdo con lo poco que sabía en la primavera de 1927, jamás habría
contado. Al contrario, veía un panorama muy negro y estaba profundamente
preocupado por muchos asuntos, como, por ejemplo, el de la señora
Ruthmayr, que, en realidad, no me concernían en absoluto… Fue el rasgo
más característico de este periodo de mi vida, tal y como se refleja en mis
escritos. Luego, de pronto, me vi directamente implicado en ellos. Y,
entonces, se acabaron los escritos. El cronista había perdido su caballo de
batalla.
Bueno, la fortuna de Ruthmayr también habría podido aumentar. Pero
éste no fue el caso.
Más tarde, el Banco de la Madera alcanzó un acuerdo tácito, como suele
decirse, por el que la familia del primer director sacrificaba íntegramente su
fortuna. La viuda del asesinado pasó largos años alquilando habitaciones.
Se preguntarán qué fue de Levielle. Sólo les puedo decir que en cuanto
abandonó esta vía, siguió trabajando con las otras treinta o cuarenta (no
puedo precisar su número con exactitud) que venía explotando hasta
entonces. El Banco de la Madera y todo lo relacionado con él no había sido
más que otro negocio. Sin embargo, gracias a él, el consejero de la Cámara
se abrió camino en un nuevo mercado con amplias perspectivas (también
para nuestro relato). Levielle había llegado a hacerse con cierto liderazgo
dentro de la Alianza-Prensa General S. A.; junto con los accionistas de
Praga y, de acuerdo con ellos, pudo tomar pequeñas decisiones como la de
respaldar a Schlaggenberg… Cualquiera podrá deducir sin dificultad que su
repentino desembarco en el mundo de la prensa se lo debe a sus largos años
de actividad en el mercado de la madera. Mucho antes de que «todos»
recorrieran la engañosa senda «forestal» que desembocó en la especulación
monetaria, debía de haberse introducido ya en la industria del papel y,
cuando esa maniobra le salió mal, seguramente por el director Dulnik,
intentó buscar una salida por otra parte y lo logró. Aquel itinerario le había
conducido directamente a los periódicos. El anciano doctor Trapp, el padre
de Angelika, siempre había apreciado mucho a Dulnik, ya que, desde un
principio, había rechazado categóricamente entrar en tratos con Levielle y
eso en una época en la que «todos» iban corriendo en pos del consejero de la Cámara. Las otras treinta o cuarenta vías caían de lleno en los dominios
de Levielle. En general, se puede decir que existen dos caminos para lograr
el éxito en los negocios o en cualquier otro proyecto que uno emprenda en
la vida: o contar con un conocimiento extraordinariamente profundo y
preciso de algún ámbito determinado, es decir, el camino del experto, por
así decirlo…, o contar con esa seguridad inocente y onírica del extranjero
que carece de contactos y que, sin ningún conocimiento previo, se acerca
hoy a cien vagones de conservas de leche y mañana a la producción y
distribución de libretos de opereta. Estos dos puntos de partida
diametralmente opuestos son los más seguros. Cualquier solución
intermedia será más débil. El consejero de la Cámara pertenecía sin duda al
segundo tipo de personas. Visto desde nuestra perspectiva, a día de hoy,
resulta grotesco y casi inimaginable que Levielle constituyera una especie
de organización central que aglutinaba a toda una serie de empresas de lo
más diverso, a las que, según el caso, endosaba los buenos o los malos
negocios. La novación de las leyes sobre insolvencia que se produjo al
comienzo de la guerra —tan bienintencionada por parte del legislador, que
se proponía proteger a aquellos que, sin tener culpa, estaban atravesando
serias dificultades económicas y corrían el riesgo de ser expulsados
fulminantemente del mundo de los negocios—, un pacto de compromiso,
fue conculcada hasta en el último rincón del país y produjo justo el efecto
contrario al que se pretendía. Sin embargo, habrá habido pocos que hayan
sabido darle la vuelta a la ley con tanta habilidad como nuestro famoso
consejero de la Cámara. C’est étonnant!
Lasch se prestó a colaborar con él en más de una ocasión. Nuestro
Cornel había empezado a desmelenarse (sí, no hay otra forma de decirlo)
justo después del cambio de régimen del año 1918. Primero fue lo que se
llamó la «desmovilización del material», es decir, la liquidación de las
existencias que estaban destinadas para la guerra, enormes cantidades de
todo lo posible y lo imposible. Se efectuaban compras por sumas
absolutamente ridículas —tenía contactos de sobra por todo el ministerio—,
un torbellino que levantó los más diversos bienes del Estado revolviéndolos
salvajemente unos con otros en los cierres contables de Lasch, sin importar
de qué se tratara, ya fueran tres vagones de hilo, quinientas flamantes carretillas a estrenar o tres mil fusiles de infantería (también los tuvo una
vez y los colocó inmediatamente… ¡Por qué no iba a comerciar con armas!
¿Qué tenía que temer? ¿No era militar, al fin y al cabo?). Más de una vez
aparecían productos de sustitución entre aquellas caóticas masas de todo
tipo de artículos. Cuando estos sucedáneos fabricados en tiempo de guerra
fueron perdiendo su valor a medida que las condiciones de vida mejoraban,
empezaron a pegársele a los dedos como papel matamoscas. Junto a
transacciones muy lucrativas, tuvo sus pequeños fracasos, por ejemplo, con
doscientos vagones de suelas sintéticas, comprimidas hidráulicamente con
(una mínima parte de) recortes de cuero, mucho serrín, restos de papel y
alquitrán como aglutinante. Lasch aseguró primero los doscientos vagones
contra incendios y luego encontró un comprador que, junto con la
mercancía, adquirió el seguro para un año, pagado por adelantado. Al final,
toda aquella basura acabó quemándose y la sociedad aseguradora interpuso
una denuncia penal alegando, entre otras circunstancias, que cuando Lasch
cerró el negocio había señalado que «aquello ardía como la yesca». Había
testimonios fidedignos de que aquéllas habían sido sus palabras y Lasch fue
citado a declarar. No negó nada ante el juez; al contrario, lo confirmó con la
máxima naturalidad. Según declaró, estaba seguro de que el lote había sido
adquirido como material combustible para fines industriales, pues ¿quién
podría pensar que un producto de tan baja calidad fuera a utilizarse para su
propósito original, con las nuevas importaciones de cuero que estaban
llegando? Se contaban muchas historias como ésta sobre Lasch. En
realidad, ninguna tiene por qué ser cierta, aunque no cabe duda de que son
«auténticas» para caracterizarlo. Empleaba palabras ambiguas, aunque no
fueran necesariamente capciosas. En este sentido, existía una gran similitud
con Levielle, que solía controlar muy bien lo que decía, escogiendo sus
palabras con la vista puesta en futuras controversias judiciales, como si
tuviera escondida detrás de la pared a una estenotipista que levantara acta
de todo. Tal vez Lasch quisiera emular al maestro o continuar su tradición.
Levielle había conocido al director Edouard Altschul a través de Cornel
Lasch, cuando ya había pasado el tiempo y tenía algo que ofrecer a un gran
banco, concretamente un puñado de periódicos. Como he dicho, nuestro
Cornel actuó como mediador. Llegó muy lejos. Se mostró muy amable acompañando en varias ocasiones a su suegra, la señora Irma Siebenschein,
a aquel gran café del canal del Danubio, donde el consejo de familia había
celebrado una de sus sesiones para tratar de las salidas nocturnas de Grete.
Como es natural, para llevarla hasta allí, utilizaba su espléndido coche, un
gesto que significó mucho para ella. Al final, Titi Lasch, cuyo apellido de
soltera era Siebenschein, fue invitada a venirse con ellos, y de esta manera
no tardó en presentarse la oportunidad de conocer al matrimonio Altschul,
primero a la señora Rosi y luego a su marido. En cuanto al doctor Mahrischl
y señora, se aprovechó cierta ocasión para reunirles en otro lugar con los
Altschul y de esta manera surgió entre las dos damas una amistad que no
tardó en llamar desagradablemente la atención de la señora Lea Wolf, a la
que seguramente podemos considerar una aguda observadora.
Debió de escoger un momento crucial para que un hombre como
Altschul, director de un gran banco, se mostrara dispuesto a acercarse a una
persona como Levielle, que, al menos en nuestro modesto ámbito local, era
considerado como un auténtico magnate de la prensa. En cuanto a Lasch, el
mediador que le había facilitado el contacto con el consejero de la Cámara
sin que tuviera que realizar el mínimo esfuerzo, demostraba suficientes
cualidades para que Altschul lo considerara valioso. A ello se vino a añadir
un suceso singular. La colaboración entre los bancos y la prensa se vio
seriamente comprometida por un «escándalo» (¡muy inflado!) que a punto
estuvo de hacer saltar por los aires la «Organización Hector». Al final, el
asunto se pudo enderezar con grandes «hecfuerzos» por parte del jefe
supremo, al que, como es natural, no le quedó más remedio que abrir un
expediente informativo contra prácticamente todos los empleados que
desarrollaban su actividad en el departamento económico de cualquiera de
sus periódicos. Cuando el doctor Trembloner se enteró, dijo algo
verdaderamente gracioso:
—El hecho de que hayamos aceptado tantas veces sumas de dinero
insignificantes prueba que nuestros redactores son verdaderamente
incorruptibles.
En cualquier caso, estaba claro que algo había que hacer. En el «Boletín
de la Organización Héctor» apareció un artículo de fondo verdaderamente
incendiario en el que se hablaba de «sabandijas periodísticas degeneradas» (¡¿no se estarían refiriendo a las pobres larvas?!) a las que se debía erradicar
de una vez por todas. La quiebra de una entidad de crédito de escasa
importancia dio pie para sacar a la luz pública todas estas historias. Se
divulgaron las cantidades exactas, junto con insospechados detalles de
enorme gravedad proporcionados por una serie de «larvas» desesperadas,
expulsadas hacía tiempo de las redacciones. En el fondo, lo que habían
podido captar explorando con sus tentáculos, charlando, sonriendo y
preguntando, pero, sobre todo, aguzando los oídos, no suponía gran cosa.
No obstante, es cierto que las habituales relaciones entre prensa y banca se
vieron comprometidas.
En estas circunstancias, un director de una entidad bancada de
envergadura como Edouard Altschul, tuvo que ver con muy buenos ojos
que toda una serie de periódicos, líderes en el mercado, como solían ser los
pertenecientes al consorcio de la Alianza, se pusieran directamente en sus
manos. Se trataba además de publicaciones de muy distinta naturaleza,
incluso de líneas políticas prácticamente contrapuestas. El consejero de la
Cámara dio a entender que lo único que pretendía era despertar el interés de
un gran banco por algunas empresas ya existentes, que, a su juicio, podían
experimentar una notable expansión. La contrapartida pareció aceptable.
En este punto conviene hablar del papel del matrimonio Mährischl. Lo
primero que llama la atención es que el doctor Mährischl jamás trabajó
como abogado de Levielle. Fue justo al revés. El consejero de la Cámara se
lo recomendó a Edouard Altschul para el banco. Así fue como intervino
desde un principio en el cierre de todos los acuerdos con cada una de las
empresas que recurrieron a la entidad a instancias de Levielle.
Por lo que concierne a la esposa del doctor Mährischl, Martha, recuerdo
haber oído ya entonces que «encubría», como lo llaman los criminalistas, a
la buena de Rosi Altschul (me lo dijo la señora Steuermann, que, por cierto,
empezó a alejarse del café del canal del Danubio poco después de la sesión
de moda de primavera). La chismosa lengua de Rosi siempre encontró en la
señora Martha un oído abierto y paciente.
La sagaz Martha estaba enterada de todos los pasos que daba Altschul,
incluso de los que sólo había pensado dar. Si en Viena se hubiera necesitado
encontrar urgentemente al director…, ésta habría sido la persona a la que
acudir para obtener una información fidedigna. La señora Mährischl, dando
por supuesto que hubiera tenido voluntad de hacerlo, habría podido hablar
más o menos de la siguiente manera: «El director Altschul llegó hoy a la
oficina alrededor de las nueve horas; recibió a mi marido a las diez; a las
diez y media, al barón Frigori. A la una de la tarde estaba en la bolsa y a las
tres, con un poco de retraso, apareció por casa para comer. A las cuatro ya
estaba de vuelta en su oficina».
El 14 de mayo, el tiempo estuvo revuelto. Soplaba el aire y llovía de vez en
cuando. Ése era el motivo de que las ventanas de la oficina del director
permanecieran cerradas, aunque la estancia estuviese cargada por el humo
de los cigarros y los cigarrillos. Los cuatro participantes en la tensa reunión
que se había celebrado allí estaban de pie; ninguno de ellos había
permanecido en su asiento. Parecía que se hubieran olvidado de encender la
luz, aunque ya estaba oscureciendo, un poco antes de lo habitual. Mientras
esperaba la visita, Altschul se había pasado un cuarto de hora hablando por
el interfono, ya que había pedido que le pasaran las cuentas de distintos
departamentos.
—Debo recordarle una vez más, señor consejero de la Cámara, que
usted mismo me garantizó que tendría un «gran activo» en este grupo de
personas… —decía cansado, dominándose.
—Con todos mis respetos, señor director —intervino ahora el doctor
Mährischl—, permítame que le haga una pequeña observación como su
representante… Creo que malinterpretó las palabras del señor consejero de
la Cámara, enfocándolas desde un punto de vista «contable», si se puede
decir así. Lo que él dijo es que se trataba de «grandes personas, muy
activas» en el sentido de dinámicas, con muchas inquietudes; no se refirió
en ningún momento al equilibrio de la balanza financiera.
—Exactamente. Si recuerdo bien, mi querido señor director —
respondió Levielle en un tono amable, incluso cariñoso—, lo único que le dije es que admiraba la actividad de esa empresa, y lo mismo podría decirle
hoy. ¡Además, todavía no hay motivos para alarmarse!
—¡Por todos los santos, todo el mundo sabe que no existen negocios
tutelados! —comentó el doctor Mährischl.
Lasch sacudió levemente la cabeza al oír aquello. Mährischl levantó los
brazos de modo que, por un momento, se pudo ver el débil resplandor de la
cadenita de oro que llevaba en su muñeca. Sonrió humildemente, como si
estuviera disculpándose por emplear la expresión «tutelado» que parecía
más propia de la esfera de su despacho de abogados que del ámbito en que
se encontraban.
Justo entonces, la puerta se abrió de improviso y la señora Martha se
asomó un momento. Nadie había escuchado llamar.
—¡Oh…! Les pido disculpas —dijo e hizo ademán de retirarse
inmediatamente.
—No hay motivo, noble señora —dijo Altschul con un hilo de voz, sin
olvidar la cortesía—, ya hemos acabado.
Hasta ese instante había estado mirando hacia la ventana que tenía ante
el escritorio, pero entonces se apartó de ella de repente, como si quisiera
separarse del crepúsculo que empezaba a caer, se giró hacia la estancia y
encendió la luz. Saludarse y despedirse fue todo uno.
—Sólo venía a decirle a mi marido que… —comentó la señora Martha
disculpándose de nuevo.
—Muy bien. Nos veremos a finales de la próxima semana, señores míos
—dijo Altschul.
Se quedó solo en el despacho. Durante la reunión, aquellos caballeros
habían desplazado los sillones, pero no los habían devuelto a su sitio. El
cenicero que había sobre la mesita de caoba estaba lleno. Altschul volvió a
acercarse a la ventana donde había estado de pie antes.
Los Mährischl fueron los primeros en bajar la escalera. Levielle los
seguía a cierta distancia con Lasch. Eran pocas las luces que quedaban
encendidas, pues la jornada laboral de este banco y su horario de apertura al
público hacía mucho que habían acabado. El portero con galones salió de su
conserjería tenuemente iluminada y abrió las hojas de cristal de una de las puertas laterales para que el matrimonio Mährischl, el consejero de la
Cámara y Lasch pudieran salir.
Comenzaba a caer la oscuridad y las calles, envueltas en la neblina, se
iluminaban con luces chillonas.
Ninguno de los cuatro habló. Además, los Mährischl se despidieron
inmediatamente y se alejaron caminando por la acera. Levielle y Lasch
fueron a buscar el coche descubierto de este último, que se encontraba algo
apartado. Cornel echó un vistazo a la hora. Todavía tenía que llevar a
Levielle hasta la Estación de Ferrocarril del Oeste (el consejero de la
Cámara salía esa misma tarde para París, donde pasaría varios días). Había
prometido a su mujer, Titi, que estaría a las seis y media en casa de sus
padres. Si el consejero de la Cámara hubiera viajado, por ejemplo, a Praga,
lo que ocurría a menudo, no habría existido ningún motivo para andar con
prisas, pues la estación de largo recorrido de donde partían los trenes para
Bohemia se encontraba justo enfrente de la casa de los Siebenschein. Sin
embargo, en estas condiciones tendrían que apresurarse, porque el camino
no era corto. Levielle pasó al asiento de detrás, donde el portero del banco
ya había colocado una maleta plana que le habían dejado antes en
conserjería. El consejero de la Cámara dejó que Lasch fuera solo delante,
como si se tratara de un chófer; no se sentó a su lado, aunque detrás del
parabrisas hubiera estado más protegido contra el viento o la lluvia.
Lasch puso el motor en marcha, arrancó a toda velocidad y, haciendo
sonar el claxon, giró hacia la derecha con tanta violencia que el consejero
de la Cámara y la maleta se vieron zarandeados de un lado a otro. Doblaron
por una bocacalle y el automóvil salió del centro de la ciudad. El motor
cantaba mientras iban atravesando las largas calles de las afueras, con sus
hileras de luces separadas unas de otras. Se detuvo en la entrada de coches
de la Estación del Oeste. Lasch se quedó sentado al volante y se despidió
así de Levielle, quien hizo señas a un mozo para que se acercara a llevar su
equipaje de mano. Antes de que Lasch pisara el pedal del embrague,
alcanzó a ver que alguien se dirigía rápidamente hacia Levielle y lo
saludaba (era el barón Frigori, como más tarde se supo).
Cornel dio la vuelta y salió disparado; dejó a los pobres peatones con el
susto en el cuerpo y aturdidos por el grave sonido de corneta de su claxon; habían tenido el tiempo justo para hacerse a un lado de un salto. Condujo a
toda velocidad. Las calles estaban animadas, en parte por aquellos que ni
siquiera hoy, sábado y fin de semana, se liberaban de la disciplina del
trabajo hasta última hora de la tarde. Al salir, tenían unos minutos para
hacer las compras más urgentes. Se los veía cabeza con cabeza por las
tiendas. En los barrios más céntricos de la ciudad, la niebla empezaba a
espesarse; Lasch tuvo que reducir un poco la velocidad, el claxon hacía
retumbar su bajo en la esquina de cada calle. Se cruzaba con pesados
autobuses, como si fueran torres iluminadas que avanzaran rodando. Cornel
miraba desalentado a la calle por encima del capó del coche. Según iba
avanzando, sus mandíbulas se apretaban con más fuerza una contra otra.
Observaba con su fría mirada de conductor el tumulto humano y ciudadano
que lo rodeaba, caminos, preocupaciones y metas que se cruzaban en torno
a él.
«¡Sería estupendo poder ocuparse de algo racional!», pensó de repente.
«¡Un trabajo que tuviera que ver con las ciencias naturales, por ejemplo!».
De repente, se propuso… comprar un nuevo microscopio. Sí, dedicarse, por
una vez, a algo diferente. No estar siempre en lo mismo, como si no hubiera
más que el eterno dinero. No obstante, contemplaba sus propios deseos con
la misma frialdad con que observaba, por ejemplo, a las personas que
cruzaban en ese momento por el paso de cebra siguiendo las indicaciones
de un guardia que acababa de cortar la circulación. Sí, Titi exigía mucho.
Había tenido un día más que desagradable y mañana sería domingo y haría
mal tiempo.
Este año, la primavera no llegó tan generosa, tan seductora, tan incitante ni
tan propicia para las actividades típicas de la estación. No dominaba las
calles con su espléndida luz ni nos abría el horizonte.
Al principio apenas se notó que subiera la temperatura.
El frente gris del invierno urbano siguió conservando la nieve y se
mantuvo más o menos tal y como estaba, aunque su aspecto fuera más
amable.
Luego llegó una lluvia tibia, que susurraba débilmente. La niebla se
quedaba prendida en la vegetación. Se notaba que el ambiente estaba
cargado, como en una estancia cerrada, incluso cuando uno salía al aire
libre. No dejaba de llover. Era una lluvia suave. Parecía que cayera de la
regadera de un niño. A pesar de todo, los pájaros seguían cantando.
Renacuajo cruzó rápidamente «al otro lado de la montaña». Esta vez no
había tenido que subir. Descendía por la ladera a toda prisa. Se había
apeado de un salto en la última parada del tranvía, donde acababa la línea.
Había dejado atrás a los viajeros que subían y bajaban constantemente, y los
coches amarillos y rojos que circulaban y maniobraban sin parar. Se
zambulló en el parque, intentando atajar por el camino más corto y también
más empinado, donde habían colocado escalones. Aquel día no se
escuchaba el eco de las voces infantiles en la zona de juegos. Por la mañana
ya había llovido un poco. Los arbustos se mecían con el viento y las copas
de aquellos mismos árboles que en los días de sol parecían elevarse a lo
lejos, a una increíble altura, hasta rozar el azul del cielo, se movían ante las
nubes grises.
Renacuajo no venía de nuestro barrio. Había estado en la ciudad y se
había visto con Stangeler en un pequeño café, donde éste acababa de
instalar su cuartel general. Parecía que el dinero que recibía de la Alianza
después de haber formalizado sus relaciones con la empresa (a remolque de
Schlaggenberg, por así decirlo) daba para mucho, de manera que sus libros
y manuscritos se habían metido en una cartera y habían emigrado de la
habitación de Grete hasta aquí. Seguramente le resultaría más agradable
estar en un café que en casa de aquellos picaros, de los Sietesuelas, el
nombre con que el maestre de caballería había bautizado a los
Siebenschein.
Como estaba diciendo, Renacuajo volvía del centro, donde se había
visto con Stangeler y por eso llegaba demasiado tarde. Prefería no saber
cuánto retraso acumulaba. Al pasar por delante de los relojes que suele
haber por la ciudad, en las plazas o en los postes del alumbrado, había
apartado los ojos de la ventanilla del vagón y no había vuelto a mirar hasta
que el reloj ya no se veía.
Aunque ahora ya no importaba un cuarto de hora más o menos. El día
anterior, un viernes, Imre y Renacuajo (él siempre la llamaba «Charlotte»,
subrayando su nombre, que pronunciaba en francés, o incluso «Lo», un
apelativo que a nosotros nos parecía ridículo…, pero, en cualquier caso, el
señor Von Gyurkicz evitaba cuidadosamente el apodo que se usaba entre
«los nuestros»: «Renacuajo») habían decidido, en un momento de
complicidad, concederse un rato tranquilo el sábado después de comer, es
decir, el fin de semana. Conceptos como «fin de semana» habían calado
hondamente en Renacuajo, en su vida íntima y profesional, que ya era
bastante desordenada; hacía tiempo que no le veía nada especial a estudiar
el domingo —meses antes, cuando el trabajo le cundía y estaba satisfecha
de sus resultados, había sido superfluo; mientras que ahora, la mayoría de
las veces, representaba la única posibilidad de compensar las pérdidas de
tiempo de toda una semana; por desgracia, no había más que un sábado y un
domingo—. En cambio, Imre estaba feliz al no tener que tomar el lápiz de
dibujante por un día. Para Renacuajo, el «fin de semana» acabó
convirtiéndose en el único resto de un orden que en otro tiempo había
observado rigurosamente, porque, aunque ya no se atuviera al trabajo los
días de diario, sí se atenía el domingo al descanso, por lo menos la mayoría
de las veces, por más que hubiese decidido «recuperar». Gyurkicz estaba
libre y, por una vez, quería verse con ella, después de los esfuerzos de la
semana. En invierno les tentaba la nieve de las montañas (aunque muy
pronto dejó de salir a esquiar con Imre) y últimamente habían aprovechado
un día de calor adelantado para bajar un ratito hasta el río, allí cerca, para
disfrutar del agua y del sol (a pesar de que ella hubiera preferido
«recuperar»). De modo que habían decidido que este fin de semana, justo
después de comer, cuando Imre tuviera a punto todos los dibujos que le
habían encargado para las tiras de humor del lunes, se relajarían un par de
horas, por lo menos, tomándose un moca turco, porque luego, a partir de las
cinco, ambos estaban invitados a una reunión, y ya hacía mucho que habían
confirmado su asistencia. Con todo, quedaba tiempo suficiente. A la una,
Renacuajo se había ido a comer con una anciana tía vienesa, una ceremonia
con la que tenía cumplir una vez cada dos o tres meses en atención a su
madre (pues a Kajetan ni siquiera se le podía hablar de compromisos como éste). Era una obligación que no le llevaba mucho tiempo y que, además,
tampoco le resultaba tan penosa, pues después de comer copiosamente se
despedía enseguida, dado que la anciana dama siempre se echaba y se
quedaba traspuesta después de almorzar. Por eso, Gyurkicz esperaba a su
«Lo» sobre las dos y media.
Ya debían de ser las cuatro y media…, y todavía tenía que cambiarse.
Después de comer, Renacuajo se había acercado al nuevo «cuartel
general» de Stangeler, sólo por ver si estaba allí; naturalmente que estaba y,
además, de un excelente humor.
Atravesó a toda prisa, como si la fueran persiguiendo, la zona de juegos
infantiles. Los bancos vacíos formaban un amplio semicírculo. La grava
estaba húmeda y resbalaba bajo sus zapatos. Por otra parte, acababan de
echar una capa nueva, para reponer la que se iba perdiendo, de modo que se
hundía a cada paso y esto le dificultaba avanzar tan rápido como hubiera
querido. Se inclinaba hacia delante arqueando la espalda y apretando el
bolsito bajo el brazo. Mientras se esforzaba por llegar a toda prisa a su
destino, volvió a recordar la hora que había pasado con Stangeler. Al mismo
tiempo, su mente se iluminó con la imagen de otro momento semejante que
ya había vivido con el «alférez», una imagen que la llevó más allá, hasta el
día en que se conocieron, cuando hizo aquella curiosa descripción de la
carga de caballería. Las palabras de René la habían conmovido mucho más
de lo que aquel estudiante con los ojos torcidos pudiera sospechar. Ella,
como mujer, mostraba grandes diferencias con su hermano, que
normalmente —¡cuántas veces le habría pasado en los últimos años!—
olvidaba sin más, como si fueran cohetes lanzados al cielo, todo el lastre
que no pesara sobre su vida en esos momentos; en cuanto el zapato le
dejaba de apretar, miraba hacia delante con confianza, seguro de poder
llegar a la meta. Renacuajo, en cambio, no pensaba en separarse de
Gyurkicz ni se le pasaba por la cabeza lo fácil que le resultaría entonces
volver al antiguo «orden». Sus sentimientos hacia René, el poder y el peso
que tenía en su vida, seguían estando allí, no se habían evaporado de
repente, no habían cedido a la ceguera, no se habían hundido en las sombras
simplemente porque el cono de luz se proyectara ahora en otra dirección.
Intentaba encontrar el equilibrio entre las contradicciones, consumando la traición con los ojos bien abiertos, sin apartar la mirada, comportándose
como un hombre.
Al llegar al final del terreno de grava, mientras salía del parque, se
detuvo y recapacitó sobre lo apurada que era su situación. Examinó las
circunstancias con bastante frialdad teniendo en cuenta la prisa y el agobio
que llevaba, no perdió la perspectiva, se distanció de los hechos admitiendo
que en el mundo, a su alrededor, en su entorno inmediato, había situaciones
mucho más difíciles que la suya, de una naturaleza totalmente distinta. Por
unos instantes, en la medida de lo posible, recobró el ánimo (al hablar sobre
ello más tarde aseguro que: «¡estaba feliz!», con esas mismas palabras),
respiró hondo… y justo entonces comenzaron a tocar en lo alto las
campanas de la torre de la iglesia que quedaba detrás del parque, a su
espalda. Estas campanadas significaban, antes que nada, que ya eran las
cinco menos cuarto, aunque no tomó conciencia de ello hasta que pasaron
unos instantes. En esos momentos, sin embargo, creyó sentir en lo más
hondo de su ser que cada uno de aquellos toques era un anuncio de su
propia miseria, que se propagaba a lo largo y ancho del lugar, zumbando y
resonando por encima de los tejados que brillaban húmedos, cayendo en
ondas sobre el parque, ascendiendo a las altas copas de los árboles que se
agitaban ante las nubes grises como el humo. Sacudió la cabeza y siguió
adelante, aunque, a partir de ahora, caminó lentamente. Atravesó la plaza de
la antigua iglesita, pasó de largo bajo aquella ventana en la que por lo
general solían colgar ropa blanca (hoy estaba cerrada y brillaba negra e
indiferente), dio la vuelta a la esquina, entró en una callejuela vacía, cuyas
puertas y ventanas estaban cerradas, y atravesó el arco que daba acceso a su
casa.
La vivienda estaba vacía. Como solía ocurrir la mayoría de las veces,
todos sus inquilinos se habían marchado.
A Renacuajo le apetecía un té. Deseaba tomarse un té ahora mismo,
quería sentarse aunque sólo fuera un momento a disfrutar tranquilamente de
una taza de té. Más que un deseo era una auténtica necesidad, casi una
obligación: tenía que arañar como fuera unos minutos de recogimiento.