Los demonios
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Hace muchos años que vivo en la que en otro tiempo fuera habitación de
Schlaggenberg.
Es una buhardilla; sin embargo, no cabe imaginársela como un
cuartucho miserable. Los últimos años que pasó en Viena y en la ciudad
jardín de su extrarradio, tenía la extraña costumbre de alojarse siempre en
ateliers de pintores y demostraba una gran habilidad para encontrar
sugestivos apartamentos de este tipo —la primera vez fue justo antes de que
su maestro Kyrill Scolander regresara del sur de Francia, al tener que buscar
una habitación apropiada para él: fruto de ello fue el primero y tal vez el
más hermoso de los «ateliers de Schlaggenberg» (como los llamamos más
tarde)—, unos apartamentos que, por lo demás, representaban su único
vínculo con la pintura, pues, a mi parecer, o nunca había entendido
demasiado este arte en concreto, o le había preocupado tan poco como el
teatro, por poner un ejemplo. Durante un tiempo, con Scolander, al que
entonces le habían ofrecido un puesto de profesor en Viena, aquel espacio
cobró importancia al convertirse en el local donde éste desarrollaba su
actividad artística, aunque también es cierto que, a partir de entonces, el
Estado tuvo que poner a su disposición un taller propio. En cualquier caso,
si uno leyera la biografía de Schlaggenberg sobre su maestro, que ya había
aparecido publicada con anterioridad, se llevaría la falsa impresión de que
aquél no pintaba más que de forma ocasional, por así decirlo, pues
comparadas con los escritos de Scolander, que allí se consideran poco
menos que al detalle, sus obras pictóricas aparecen tratadas casi con desidia.
Es, por tanto, el último de los «ateliers de Schlaggenberg», el último
que él habitó, con lo que en cierta medida me convierto en su heredero; es
un espacio de dimensiones más reducidas que el que Scolander ocupó en su día; no obstante, a mí me parece que el lugar, siendo más pequeño, resulta
más cómodo.
Por las ventanas inclinadas se ve a lo lejos. El tragaluz con doble
acristalamiento permite que una catarata de claridad se derrame en el
interior. Uno se sienta en lo alto como en el puesto de combate de un
artillero que estuviera de centinela o en la torre de un faro. Se encuentra por
encima de la ciudad y tiene justo enfrente el paisaje de montañas que trazan
la línea del horizonte con sus ondulaciones. Bajando hacia la derecha todo
es indefinido; detrás de los bloques de viviendas que van encadenándose,
realzados muchas veces por la luz del sol que destaca uno u otro, se abre
una depresión colorida y vaporosa: la llanura que huye hacia Hungría. A
mano izquierda se termina la montaña, acaba abruptamente, lanza desde la
altura una mirada que penetra ya en otra región.
A mis pies se extiende la ciudad jardín del extrarradio con tejados
planos o puntiagudos, que revolotean dispersos en el verde de por aquí o se
reagrupan más allá en torno a la maciza figura de una iglesia románica que,
con sus dos amplias torres, planta dos pilares a la entrada del vasto cielo
henchido de nubes.
Pues bien, fue en este lugar, en estas callejuelas nuevas que se abren
ante mí junto a otras centenarias, donde aconteció una parte esencial de
aquellos sucesos de los que en tantas ocasiones fui testigo y en cuyo
cronista me convertí, muchas veces casi a la par que se producían, pues
muy pronto tomé la decisión de redactar con la mayor exactitud apuntes de
cada episodio y elaborar mis notas. En este punto me encontraba ya en la
primavera del año 1927 (como no me gusta que las cosas y las personas que
aparecen en un informe queden en el aire, si se puede hablar así, fijaré la
fecha desde ahora mismo). Por otro lado, no mucho tiempo después tuve un
peculiar encuentro en el centro de la ciudad, al que me referiré enseguida:
estos dos hitos —el comienzo de mi trabajo aquí y el encuentro con el
consejero de la Cámara Levielle en el Graben— se hallan tan próximos
entre sí que, al volver la vista atrás y recordar uno, el otro me viene a la
mente de inmediato.
Como he dicho, comencé a tomar apuntes con gran empeño. No andaba
escaso de tiempo. En el susodicho año no hacía mucho que había decidido retirarme de la Administración del Estado, donde servía como jefe de
sección. Como obviamente se preguntarán por qué dejé la carrera siendo
todavía tan joven conformándome con un rango relativamente modesto
dentro del escalafón, cuando con toda probabilidad aún habría podido
acceder a uno superior, voy a responder de forma directa a esta pregunta
diciendo que en la República nacida después de la guerra me parecía que la
vida y la labor de un funcionario estatal habían perdido buena parte de su
razón de ser, mientras que en el antiguo Imperio, por lo menos en ciertos
ámbitos, el funcionario de la Administración austríaca desarrollaba en
muchos sentidos, llámese como se quiera, una auténtica misión. A ello se
añadía el hecho de que durante el año 1926 mi situación económica había
cambiado radicalmente. Este cambio se produjo a raíz de la restitución de
los valores y depósitos bancarios que los ciudadanos austríacos tenían
embargados o, como también se decía, «secuestrados» en Inglaterra. Yo
contaba con acciones en las acerías de Pensilvania. En 1914, el secuestro
las convirtió en empréstitos de guerra ingleses. Antes de aquello, esta parte
de mi herencia paterna, momentáneamente perdida, no hubiera tenido
verdadera relevancia dentro del conjunto. Ahora, sin embargo, una vez
recuperada y puesta a mi disposición tras un lento y penoso proceso, con las
grandes pérdidas de cotización que se producen en este tipo de operaciones
bursátiles, esta fracción de mi antigua fortuna, la única que había
conservado un valor seguro, demostró tener un peso muy importante, pues
todo el resto se había desvanecido junto con la antigua moneda.
Así pues, no quise continuar en un puesto que, descontando el empleo y
unas escasas posibilidades de actuación, me ofrecía poco más que el mero
sustento que parecía obtener de una manera poco menos que deshonesta a
costa de mis conciudadanos que sí trabajaban. Las inestimables ventajas de
las que había disfrutado esa clase de personas, que, percibiendo una
«asignación» muchas veces pequeña, es cierto, pero fija y estable,
sobrevivió a los peores años y a la miseria en mejores condiciones incluso
que otros grupos más pudientes, esas ventajas eran en cierto modo las que
yo quería disfrutar, pues la pensión que me quedaba al retirarme era
modesta.
Por lo tanto, no era tiempo lo que me faltaba, y además estaba
enteramente libre de eso que solemos llamar preocupaciones, a lo que hay
que añadir que era soltero. A falta de preocupaciones, me busqué yo unas
cuantas, exactamente igual que hace todo el mundo, sólo que éstas eran más
livianas; en realidad podría hablarse casi de coqueteos, por lo menos al
principio.
Así fue como empecé a llevar nada más y nada menos que un diario de
todo un grupo de personas (son exactamente aquéllas a las que en lo
sucesivo llamaré de forma abreviada «los nuestros»). Sin embargo, no era
sólo el diario de una comunidad —es decir, algo parecido a un cuaderno de
bitácora o a las notas de una expedición entre pueblos salvajes—, sino que
en cierta medida trataba de cada uno de sus individuos y los tenía presentes
en todo momento. Y es que, en muchas ocasiones, mis informes surgieron
al par de los acontecimientos. Ya entonces solía discutir sobre ello con
Schlaggenberg, que, en cuanto descubrió mis frívolos escritos, siempre
añadía el adjetivo «novelescos» al sustantivo «informes»: «sus novelescos
informes, señor G-ff». No tardé mucho en ganármelo como colaborador.
Exactamente igual que a René von Stangeler, al que llamábamos «el
alférez» (durante la guerra había estado en el cuerpo de dragones). De
hecho, los dos se pusieron a escribir desde entonces con todo empeño,
profesionalmente. Yo les encargaba capítulos enteros y al principio incluso
les pagaba por ello (más tarde Schlaggenberg lo hizo de balde, por amor al
arte). Por si no fuera suficiente, probé a exponerle mis planes y mi trabajo a
cierta señora, Selma Steuermann, a quien el asunto le hizo gracia y también
contribuyó a partir de entonces relatándome con la mayor exactitud sucesos
de los que yo jamás habría podido ser testigo y que, sin embargo, de este
modo introduje en mis notas. La buena de Selma espió directamente para
mí, en especial dentro de su propio círculo, en el que yo no contaba en
absoluto con el acceso libre y privilegiado que ella tenía. También hubo
algunos que colaboraron conmigo sin saberlo, en la medida en que fueron
literalmente sondeados por mí; por ejemplo, la señorita Grete Siebenschein;
pero, como es natural, este tipo de cosas casi se sobreentienden y es bien
sabido que los escritores profesionales también actúan de esta forma.
Tuve además otros colaboradores —¡no se puede olvidar a la señora
Friederike Ruthmayr y al señor Von Eulenfeld!—, pero bastará con los ya
mencionados. Incluso hubo una vez que Schlaggenberg tuvo la
desvergüenza de preguntarme si no querría reclutar también al consejero de
la Cámara Levielle. A pesar de haber hecho acopio de todos estos datos —
Schlaggenberg los llamaría «chismes»— y de los dilatados dimes y diretes
que pronto mantuvimos al hilo de mis actividades, permanecí, es natural,
parcial o incluso totalmente ignorante en muchos aspectos del proceso,
incluso en algunos decisivos, mientras éste seguía su curso, y ahora que
desde aquí, en el «último atelier» de Schlaggenberg, me dispongo a
emprender una recopilación y elaboración global de esos materiales, me
produciría vértigo el querer evitar —por lo menos en aquellos pasajes
donde soy yo mismo como testigo ocular quien hace el relato y por ello
también aparezco—, querer evitar, por ejemplo, el mostrarme en ellos
menos estúpido e ignorante de lo que en verdad era y de lo que de hecho lo
somos todos frente a la vida real que se desarrolla ante nosotros sin que
seamos capaces de reconocer su proyección y sus líneas de fuga. Sin
haberme visto involucrado personalmente en nada de ello (¡no me hubiera
faltado más que eso!), lo cierto es que me encontré ante la necesidad de
retratarme aquí o allá, en un rincón, como hicieron muchos de los viejos
maestros de la pintura, pues igual que en sus cuadros, en este caso, el
cronista también forma parte del conjunto: basta con no pintar su rostro con
una expresión más inteligente de lo que realmente era en determinado
momento.
¡Hoy, por supuesto, «conociéndolo todo», soy como uno de esos que
hacen de profetas volviendo la vista atrás!
Y, sin embargo, es un hecho que no habría más que tirar de un hilo
cualquiera del tejido de la vida para que éste la recorriera por completo y en
su recorrido fuera abriéndola y dilatándola hasta que los demás también se
hicieran visibles, desprendiéndose unos de otros; pues en un mínimo recorte
de la historia de cualquier vida está contenido su conjunto, hasta se podría
decir que está inserto en cada instante en particular, en la voluptuosidad, la
desesperación, el aburrimiento o el triunfo que llenan igual que la pala de una excavadora el cubo de los segundos que se acercan corriendo con su
tictac y luego se alejan fugitivos.
Algo así me ocurrió hace poco estando en el centro de la ciudad,
después de haber dejado este cuarto amplio, tranquilo, no sin antes lanzar
con franco asombro una mirada más a través de las ventanas inclinadas de
mi buhardilla y contemplar el resplandor incandescente de la tarde que,
como todos los días en que el tiempo está claro, se prende enfrente, en los
miradores acristalados del hotel del Kahlenberg, y queda allí largo tiempo:
parece como un incendio, especialmente más tarde, cuando ya ha adquirido
un brillo rojizo. Tres cuartos de hora después iba yo por el animado Graben
cuando, al doblar la conocida esquina que hay enfrente de lo que se llama
«Stock im Eisen», la torre de la catedral de San Esteban salió a mi
encuentro dando un paso de gigante y mi memoria dio un salto atrás de
veintiocho años, justo hasta aquella época en la que había comenzado
realmente mis anotaciones.
Justo en este lugar me había encontrado con el consejero de la Cámara
Levielle a comienzos de la primavera de 1927.
Como si hubiera sido ayer: la tarde se reflejaba detrás de la torre con un
brillo verdoso y en la pálida luz del día iban apareciendo los primeros
globos de las farolas que flotaban sobre la calle iluminando las tiendas. Un
sombrero con una cabeza cana debajo y un blanco cepillito por bigote se
agitó larga y pausadamente. Me detuve no porque lo hubiera reconocido,
sino porque su saludo me arrancó de mis pensamientos, y así perdimos
ambos los bríos con los que, por lo general, solíamos pasar uno al lado del
otro saludándonos cortésmente: en esta ocasión nos quedamos los dos
parados. Me invadió una súbita alegría, ya que vi en ello una ocasión de
distraerme e incluso volví por el Graben acompañando al anciano, pasando
ante la hermosa «Columna de la peste» y continuando calle adelante.
—Todo el mundo sabe que quien está retirado disfruta mucho saliendo a
dar largos paseos —dije después de habernos interesado el uno por el otro,
preguntándonos amablemente cómo andábamos de salud.
Pero él ya estaba al corriente de que yo no seguía en mi puesto, y las
formas que empleó entonces para pronunciarse sobre mi inesperada
renuncia —introduciendo consideraciones desde dos puntos de vista completamente distintos, como se verá dentro de un momento—, estas
formas me hicieron pensar que en realidad era imposible que el arte de la
discreción que en tantas ocasiones se le atribuía precisamente al señor
Levielle fuera para tanto; o tal vez pensara que no valía la pena emplearlo
conmigo.
—¡Pero, señor G-ff —dijo—, si ya no le quedaba tanto para llegar a
consejero del ministerio!
El tono, sin embargo, no era de pesar ni por mí ni siquiera por mis
intereses; me pareció más bien que Levielle estaba francamente molesto,
como si al haberme desligado de la carrera funcionarial le causara una
contrariedad o le privara de alguna posible ventaja.
—Hace poco que acudí a su ministerio para tratar de algunos temas
profesionales, la concesión de un permiso de importación, y me encontré
con sus superiores lamentándose vivamente por su marcha; no vacilaban en
considerarlo uno de los funcionarios con más perspectivas de promoción en
su categoría.
Sólo le habría faltado decir: «¡Estamos buenos! Vamos, que ¿dónde
iríamos a parar si todos los conocidos que tenemos en el servicio del Estado
decidieran retirarse? ¡Hasta consejero del ministerio habría podido llegar a
ser, querido amigo!». Hablaba diciendo en voz alta exactamente lo que
estaba rumiando, sin preocuparse por la persona que tenía delante y lo
escuchaba, era casi como un monólogo exasperante. Poco después se
insinuó otro tono que apuntaba un ligero desprecio, aunque no duró mucho,
pues entonces le llegó el turno a su segunda consideración.
—Du reste… c’est étonnant —dijo Levielle (¡pues de hecho era
parisino, por lo menos a medias!)—, mais passons. El capital que logró
recuperar hará cosa de un año es, a pesar de todo, una suma muy importante
en las actuales circunstancias —dio la cifra exacta—, y podría haber sido
algo más si contamos aquella cantidad que perdió como resultado de la
forma en que lleva estos casos la Cámara de Comercio austríaca, o dicho de
otro modo, a consecuencia de las penalizaciones en el cambio, que fueron
extraordinariamente altas. En total perdió por cada libra… Lo que hace un
total de… —También aquí citó la cifra exacta.
—Está usted asombrosamente bien informado, señor consejero de la
Cámara —dije sin ningún tipo de irritación a pesar de todo.
—Como desempeño un cargo honorífico dentro de la Cámara de
Comercio, a propósito, no me gustaría dejar de decir que el título general
que ostento no procede en modo alguno de esta modesta distinción, sino
que proviene de París, donde ocupaba un puesto de mayor importancia en la
Cámara de Finanzas; pues bien, como yo en las cámaras estoy como en
casa, por así decirlo, tanto en la de aquí como en la de allí, donde a uno lo
llamen o lo elijan, el conocimiento que tengo de su caso no ha de causarle
asombro. Lo que sí resulta asombroso, si me permite decirlo, es cómo
puede haber consentido usted semejantes pérdidas sin hacer ningún intento
de resistirse cuando estaba a tiempo.
—No sabía que ofrecer resistencia entrara en el terreno de lo posible —
dije.
—En casos como éste, casi siempre.
—¿Y qué habría debido hacer?
—Tendría que haberse dirigido a mí —dijo—, cuando todavía había
tiempo. Yo mismo tuve que resolver un asunto muy semejante, sólo que se
trataba de sumas incomparablemente superiores. Sin embargo, las pérdidas
que, como es natural, también yo sufrí no tienen nada que ver con aquéllas
a las que usted ha hecho frente. Bueno, a pesar de todo, ahora tiene en sus
manos un capital considerable y está en usted el hacer algo con él y mucho
más ahora que se ha librado de la infructuosa pérdida de tiempo que
comportaba su puesto. ¿Ya ha hecho usted planes?
La situación empezaba a volverse desagradable, pero conseguí arrancar
algunas palabras con cierto esfuerzo:
—Siento mucho no haber solicitado su ayuda a tiempo, señor consejero
de la Cámara.
No respondí a su última pregunta. Además sabía exactamente cuáles
eran las «sumas incomparablemente superiores» de las que había hablado
antes.
En ese momento volví de repente la cabeza con gesto desencajado, casi
con un escalofrío, para mirar a una joven que acababa de pasar junto a
nosotros.
—¿Qué ocurre? ¿Es una conocida suya? —preguntó Levielle.
—No —dije—. Pero por un momento me pareció que… No deja de ser
curioso.
—¿Qué resulta tan curioso, señor jefe de sección?
—Discúlpeme —dije (despreocupado, tal como era todavía en aquella
época)—. Hace sólo unos instantes hablaba usted de un enorme capital que
en su día fue confiscado en Inglaterra y que ya hace mucho que ha sido
liberado, porque llegado el momento logró que todo aquel asunto se
resolviera de manera favorable…
—Sí, ¿y bien?
—Bueno, es bien fácil adivinar de qué capital se trataba, ya que en 1914
se convirtió usted en albacea del maestre de caballería Ruthmayr, caído en
la guerra, que poseía una tremenda cartera de valores en el extranjero. Hasta
él mismo me lo dijo una vez poco antes de que estallase la contienda. Así
que hablábamos indirectamente de Ruthmayr.
—Bueno, sí, hablábamos indirectamente de Ruthmayr…, aunque
también llevaba y todavía llevo otros asuntos de esa índole. Pero ¿qué tiene
esto que ver con aquella dama que acaba de pasar a nuestro lado y en la que
creyó ver a una conocida?
—En realidad creí que era… Charlotte von Schlaggenberg, la hermana
de mi viejo amigo Kajetan von Schlaggenberg…
—¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! —dijo gritándome de repente.
Por un instante acercó su rostro a mí, estaba rojo, y desde ese momento
supe que Levielle debía de haber sido de origen humilde; en realidad tenía
un aspecto muy vulgar en cuanto a los rasgos de su cara; cuidadosamente
acomodados «a la lord inglés», caían descompuestos por encima del blanco
cepillito de su bigote.
—Vale, ¿y qué tiene que ver la pequeña Schlaggenberg, ese
«Renacuajo» o «Renacuaja», o como se llame, con ello? —añadió casi con
aspereza.
—Mire usted, señor consejero de la Cámara —dije—, es sabido que
existen extrañas similitudes entre personas muy alejadas entre sí en la vida,
más aún, ni siquiera es preciso que estas personas vivan a la vez… y, sin
embargo, uno tiene la impresión de que sus rostros, ¿cómo lo diría?, se han formado según el mismo modelo o que el Creador los ha sacado de la
misma caja, si se me permite la imagen; es como si en sus caras se hubiera
plasmado exactamente la misma idea básica, una idea básica expresada en
su fisonomía, por así decirlo. Para mí, el maestre de caballería Ruthmayr,
que en gloria esté, y la señorita Von Schlaggenberg, a pesar de que no
llegaran a conocerse jamás, comparten, junto con otros, una misma
naturaleza formal. Hace sólo unas pocas semanas que me di cuenta de esta
circunstancia; fue por casualidad, un domingo por la mañana, cuando aún
estaba medio dormido. Entre el sueño y la vigilia al ser humano se le suelen
ocurrir muchas veces las cosas más curiosas y seguramente algunas de ellas
sean incluso verdades esenciales. Desde entonces veo clara esta extraña
semejanza. Por lo demás, la señorita Von Schlaggenberg no siempre tiene
este aspecto, unas veces más, otras veces menos y algunas incluso otro
completamente distinto.
—A decir verdad jamás había observado esta semejanza en modo
alguno —dijo, mientras caminaba a mi lado inflado como un pavo furioso.
Era evidente que debía de haberlo irritado, y bastante ciertamente, pero
no alcanzaba a comprender el porqué.
—Por otra parte, no tardaremos en volver a encontrarnos con la buena
de Renacuajo —dije—, pues vengo observando que, a menudo, cuando uno
ve por la calle a una persona que se parece a un conocido, al cabo de un rato
llega alguien que, por lo menos a unos pasos de distancia, podría pasar
perfectamente por la persona en cuestión… y, en efecto, dos calles más allá,
sale a nuestro encuentro orgullosa y exultante esa persona, de modo que
uno estaría por decir: «¡Pero, bueno! Aquí está por fin; después de todo el
tiempo que llevo esperando…». ¡Ahí la tiene!
Levielle se asustó, lo advertí claramente.
—No, no es ella —dije.
Él estaba visiblemente nervioso y enojado, pero dijo riéndose:
—Vaya… ¡Qué ideas tan extrañas y extravagantes tiene usted ahora que
está «jubilado»! A propósito, ¿cuánto hace que ha vuelto a Viena esta
muchachita?
—Llegó poco después de Año Nuevo.
—¿Y sigue alojándose con su hermano? ¿Han vuelto a compartir
habitación?
—No —dije algo extrañado.
—Bueno, es que antes era así, como se lo cuento. Mais laissons cela.
Entretanto, sin dejar de andar, habíamos llegado hasta el barrio donde se
encuentran los palacios de los bancos. Lo había acompañado un buen trecho
del camino. La oscuridad ya había caído y las calles brillaban entonces con
sus luces chillonas. El asfalto resplandecía húmedo. Levielle se detuvo ante
la entrada lateral de un gran edificio.
—¿Tan tarde y todavía haciendo negocios? —dije.
Un sombrero con una cabeza cana debajo y un blanco cepillito por
bigote se agitó larga y pausadamente… Todavía acerté a ver a través de los
cristales cómo un portero con galones salía de su conserjería tenuemente
iluminada y abría las hojas de otra puerta de cristal que daba a una escalera
con grandes lámparas, todas ellas ya apagadas, pues la jornada laboral de
este banco y su horario de apertura al público hacía mucho que habían
acabado.
Sí, en efecto, no habría más que tirar de un hilo cualquiera del tejido de la
vida para que éste la recorriera por completo: el pasado avanza, por así
decirlo, como las nubes, envolviendo nuestra frente a izquierda y derecha,
mientras el diente agudo y dulce del recuerdo penetra en la cavidad del
corazón. Pero de aquel pasado surgen vacilantes como entre la niebla las
verdaderas correspondencias; muchas veces apenas nos damos cuenta, pero
entonces una imagen familiar alarga la mano hacia su semejante y ambas
tienden un puente a través del tiempo, por más que en la vida hayan estado
totalmente separadas una de otra por una gran distancia, en años distintos,
en lugares distintos, entre los que no puede darse una conexión auténtica,
transitable. Y así es como sé, por supuesto, que aquella muchacha de
cabello rubio oscuro que había cortado en diagonal nuestras huellas
deslizándose veloz con sus esquíes sobre la gruesa capa de nieve que cubría
el bosque justo por debajo del Kahlenberg, que esa muchacha era la misma
que más tarde había vivido unos insólitos días en la casa del Unicornio Azul, pues ella misma me los describió con suma exactitud; y aquí surge
también, para volver a hundirse rápidamente en el lugar que le fue dado por
naturaleza, aquella desastrada Didi, que siendo camarera en la licorería de
Freud (en este caso, el establecimiento no estaba tan alejado de la casa del
Unicornio Azul) se había reído tanto de los señores de la prensa
pertenecientes al consorcio de la Alianza, que habían venido allí para
«estudiar el mundo del hampa» (para hacer un «reportaje», como lo suelen
llamar).
Pero, por lo que se refiere a esta Renata de cabello rubio oscuro, hay
sueños que, por así decirlo, también tienen validez en la vida, de modo que
ya no son propiamente sueños, sino más bien conocimientos; conocimientos
sumamente tímidos y, sin embargo, insólitamente profundos, con una
presencia tenue y, no obstante, enérgica, que aparecen detrás de lo que
llamamos hechos ordenados, guarnecidos con la luz de la seguridad,
elevándose y hundiéndose como la mancha de color en el interior del
párpado cerrado, en confuso desorden…, pero siempre entendemos lo que
quieren decir, incluso cuando no queremos. Igual que cuando nos
encontramos en una bonita tienda de golosinas y vemos de repente la cara
de un niño que aprieta un poco la naricilla contra la parte de fuera del
cristal; no es más cercana ni más clara la forma en que este misterioso
conocimiento nuestro nos llama la atención sobre esto o lo otro.
Tampoco precisa de ninguna comprobación. Uno no pregunta ni se
informa. Por ejemplo, jamás le pregunté a Renata, a la que, sin embargo,
mucho después llegué a conocer un poco más de cerca, si en efecto había
sido ella la persona a quien había visto en la cima de la colina junto a
Schlaggenberg en la primavera de 1927 al comienzo de una excursión que
reunió a todos «los nuestros», cuando al ascender creímos verla a ella
acompañándolo y pensamos que él se la había traído (Kajetan nos esperaba
allá arriba). Pero no fue más que un hecho casual e ilusorio; justo en ese
momento estaba pasando a su lado y tampoco se encontraba exactamente
junto a Schlaggenberg —sólo nos lo había parecido desde lejos—, sino por
detrás de él —dos pasos holgados los separaban—, y a continuación siguió
bajando el camino por el que nuestro grupo ascendía, atravesando por el
medio de nosotros, con lo que, por así decirlo, nos dividió en dos bloques…
Sólo el tiempo vino a demostrar lo acertada que fue la división que
Renata impuso entonces en nuestro paseo (porque para mí fue y sigue
siendo ella) y que en aquel momento, tan sólo un fugaz instante, separó
aquello a lo que en verdad no le correspondía estar unido en este grupo tan
poco articulado y, sin embargo, fundido por voluntad de la vida.
Y todavía creo ver a aquella muchacha en uno u otro lugar. En algunas
figuras que se desvanecen a lo lejos creo reconocer a Renata, que se lanza
con todas sus fuerzas sobre aquella pared de cristal que nos separa del
pasado y hace posible la ilusión de que esté poco menos que presente; sólo
que con el tiempo los contornos pierden relieve como la naricita aplastada
de la cara del niño del que hablaba antes.
Y así llegamos al punto que desenmascararía la mendacidad del cronista si
éste dijera que en realidad no estuvo involucrado de ningún modo en los
acontecimientos que refiere: hubo por lo menos uno en que sí, aunque bien
encubierto; no obstante, el diente agudo y dulce del recuerdo se hunde
ahora en el lugar de la herida.
Se puso de manifiesto en aquella velada en la que Schlaggenberg
apareció conmigo en la gran recepción que tuvo lugar en el palacio
Ruthmayr, atravesando el vestíbulo saturado de luz y subiendo a las salas
del piso superior por la amplia escalera al cabo de la cual la señora
Friederike recibía a sus invitados (por detrás de ella, a su izquierda, estaba
el consejero de la Cámara). Más tarde, Kajetan dijo que en cuanto su vista
cayó sobre la señora Ruthmayr sintió inmediatamente el deseo de ir a
sentarse a sus pies sobre la alfombra —así es como él lo expresó—
depositando en su seno lo que había sido su vida hasta entonces,
ofreciéndosela en cierto modo con toda confianza. Esa noche, al ir a besar
su mano, permaneció inclinado sobre ella algo más de lo que suele ser
habitual en nuestro país, de modo que yo, que venía después de él, tuve la
impresión de haber estado esperando un buen rato a que me llegara el turno.
Mientras aguardaba, ni siquiera me preocupé de mirar a Levielle. Ese hilo
especial en el tejido de la vida del que siempre digo que hay que tirar para
que la recorra y el conjunto se abra por sí solo…, ¡ah!, sobresalía ya entonces y estaba bien a la vista, aunque la historia se asemejara más a un
punto que se salta en una media y provoca una carrera.
Mientras, me sorprendo a mí mismo pensando precisamente ahora en
una media, ¿por qué?
Resulta que, mientras Schlaggenberg depositaba aquel prolongado beso
sobre la mano de la señora Ruthmayr, más que elevarse hacia el consejero,
mi vista prefirió caer sobre dos piececitos firmes, infinitamente adorables,
con empeines muy esbeltos de los que partían unas piernas rotundas, que
parecían pegar mejor con la imponente figura de Friederike que con estos
piececillos inocentes, como si fueran vestigios de la época en que todavía
era una muchacha.
Y es que, al fin y al cabo, la vida real se asienta sobre pies muy
delicados y sus últimos puntos de apoyo, su sostén —una vez que uno retira
toda la escoria insustancial arrastrada por la corriente—, aquellas raíces
nutricias que hunde profundamente en el terreno de una realidad
incomprensible en cada uno de sus detalles, tendrían, si tuviéramos la
honradez de llamarlas por su nombre —y eso en la medida que pudiéramos
—, nombres bien extraños, verdaderamente simples y en absoluto
rimbombantes o solemnes: el eco de un color en el interior oscuro del
párpado, el olor de una mesa de juegos recién lacada en nuestra primera
habitación infantil, el punto que se salta en una media ajustada alrededor de
un empeine extraordinariamente esbelto.
Pero hay algo que se apoya sobre aquel muro invisible, sobre aquella
pared de cristal que nos separa del pasado y tras la cual aparecen imágenes,
muchas veces superpuestas, intercaladas y mezcladas… Aquí, detrás del
hall del palacio Ruthmayr iluminado con una luz excesivamente intensa, se
apoya otra imagen trémula sobre la superficie ondulante, y es como si con
ella temblase el arco largamente tensado de los años, como si el hoy hubiera
de precipitarse sobre el ayer: una luz roja aparece justo detrás de los
numerosos invitados que se movían de un lado a otro por la hermosa casa
de la señora Friederike, una luz roja y solitaria y turbia que arde abrasadora
fuera, a lo lejos, pero que poco a poco se hace más clara y va atravesando
las luminosas estancias y los corrillos de la variopinta reunión. La pared de
cristal se empaña ahora fría y tintada, y entonces distingo el gigantesco vestíbulo de la estación de ferrocarril de largo recorrido y sé que esta luz es
la de un poste de señales y que su brillo penetra desde fuera, desde el tramo
inicial de la línea, a través del arco gris de la alta cúpula que nos devuelve a
la lejanía, al cielo nocturno ante el que se inclina profundamente. Pronto,
junto a ella, aparecen otras, más lejanas y más débiles, pero también
cercanas, blancas y azules, figuras inmóviles, luminosas y relajadas. En
cambio, el vestíbulo está lleno de ruido, lleno de montañas de pesadas
maletas que comparten a regañadientes las prisas de las personas,
arrastradas afanosamente sobre los carritos que avanzan a la voz de:
«¡Cuidado!», ante la que uno se aparta de un salto, porque las maletas
tienen que pasar con ella; ya es hora, el gran reloj hace avanzar sus agujas.
Y, por otra parte, no deja de ser un pequeño e insignificante punto de apoyo
del que la realidad se sirve para vincularme íntimamente con aquella noche
de invierno en la estación de ferrocarril, es aquel pálido mechón de cabello
rubio en la sien de la señora Camy von Schlaggenberg, la esposa de
Kajetan, y la forma en que el pequeño sombrerito de viaje se ciñe a su
frente, bajo la que destaca su nariz algo puntiaguda y la evidencia de que no
goza de un completo equilibrio mental.
Se encontraba de pie sobre el estribo del vagón, con su figura pequeña y
esbelta, y me tendió la mano que cubría cuidadosamente con un guante que
evocó en mí una extraña sensación, como cuando uno toca algo muy seco.
Éstos, sin embargo, son los pequeños detalles que cada cual lleva
consigo, y que contienen ellos solos —¡con la mano en el corazón!— toda
la grandeza de la vida, aunque todavía informe e indigna de un nombre.
Ésta es la posesión que atesoran muchos hombres solitarios, y cuando uno
ha salido huyendo del centro de la ciudad y llega a su habitación silenciosa
y vacía, que, tanto tiempo abandonada, se ha expandido hacia todas partes
y, por así decirlo, se ha ampliado…, entonces lo que posee se acerca a él, y
de una manera que no se distingue en nada de cómo lo hace el niño del que
he hablado antes por fuera del cristal. Muchas veces, después de encender
la luz, se coloca uno por unos momentos junto a la ventana…, «pensativo»,
como suele decirse (aunque en realidad no piensa en nada ni por lo más
remoto). Da igual que la vista sea reducida o amplia: son siempre las
mismas luces que aparecen allí todas las tardes, con sus figuras inmóviles, turbias o nítidas, luminosas y relajadas. Es el cielo estrellado que cada cual
tiene en esta tierra, lleno de estrellas terrenales enfermas, que brillan y
titilan como las celestes y son diferentes para miles de ojos solitarios desde
miles de ventanas y seguramente se adaptan fielmente a la situación de cada
cual con la mayor exactitud. Quien se acerca a la ventana, se acerca a la
constelación bajo la cual vive; y, si fuéramos capaces, seguramente cabría
interpretar también este lejano y rutilante oráculo que surge de la oscuridad.
Ahí tengo las luces de la carretera que va a perderse entre las colinas: son la
constelación de la Flecha. Aventajando a ésta en fulgor, hay otras estrellas
cercanas de primera magnitud. Al fondo a la derecha, casi sobre el
horizonte, se ve un denso grupo de astros. En cambio, justo enfrente, en
dirección a aquel edificio alto y con una torre que será visible de día, está
mi Casiopea, la «W» del cielo; bueno, en este caso, la «W» de la Tierra.
Se han producido hechos terribles en mi patria y en esta ciudad, mi
hogar, durante un tiempo en el que hacía mucho que habían terminado las
historias despreocupadas y serias que voy a contar aquí. Al final, aquello
que carecía aún de forma, y que permaneció vuelto sobre sí mismo mientras
los hechos seguían su curso, se hizo digno de un nombre, de uno
verdaderamente terrible: salió a la luz, chorreando sangre, ante el ojo que,
con tanto como había pasado, casi estaba ciego, acontecimientos que podían
reconocerse desde sus inicios, espantosamente discretos y, sin embargo,
reconocibles.
Sí, de noche o de día se ve a lo lejos desde las ventanas inclinadas de la
buhardilla. Uno se sienta en lo alto como en el puesto de combate de un
artillero que estuviera de centinela o en la torre de un faro. Se encuentra en
lo alto por encima de la ciudad.
Yo, en cambio, siento que algo se eleva detrás del horizonte de la
estrecha vida que se limita y se apega a las mismas cosas, miserias e
interrogantes que retornan una y otra vez… ¡Sí!, se eleva detrás de esta
masa de baratijas y cachivaches que hay en primer plano, y detrás del
panorama inmediato de tejados y jardines de esta parte de la ciudad, ¡sí!, se
alza incluso un buen trecho más allá, detrás de las pesadas torres de la
iglesia románica que ya reclaman su derecho a contar con el cielo vacío
como un fondo digno de ellas…, y luego sobre una extensión sutil, brillante, de trazos enérgicos que huye hacia un lejano confín, más allá de
esta casa de Dios con el «dedo que señala al cielo»…, ¡no!, contra el perfil
último del firmamento aparece ante mí una gigantesca mano, una mano
humana, lejana y, sin embargo, carnosa, redondeada, nítida y clara, en la
que es posible ver perfectamente cada uno de sus capilares: una mano
humana del tamaño de la torre o de la montaña, que se recorta contra el azul
por encima de las torres enanas de la iglesia y del encajonamiento de las
casas y jardines que parecen de juguete: y es sólo ella la que señala más allá
del ridículo recipiente de una vida individual y más allá de todos los
recipientes y cajas extendiendo el dedo índice, cuya prolongación es como
un disparo o como un cañonazo que retumba en cualquier alojamiento que
busque.
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