Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 1 de 26

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Los miércoles salvajes

Mayo de 2012 Track 0: María, la portuguesa

Mayo de 2012

Track 0: María, la portuguesa

E l ciclomotor destartalado de su hermano se ahogaba en las pendientes.

Fali rodeó el puerto y enlazó la cuesta con una carretera secundaria y polvorienta. El cortijo de los portugueses, oculto de miradas curiosas, se levantaba al final de un sendero sin asfaltar. Los baches hacían peligrar la estabilidad del ciclomotor.

—Cago en la puta. Cacharro de mierda.

Se incorporó para compensar el desequilibrio. Las tejas rojizas de la casa ya se adivinaban entre los arbustos. Aceleró. El levante se arremolinó y zarandeó brutalmente el ciclomotor. Fali se agarró con todas sus fuerzas al manillar. Apenas pesaba cincuenta y cinco kilos, si el viento acuciaba, lo derribaría. A doscientos metros del cortijo, derrapó, dejó el vehículo en el suelo seco y echó a correr.

—¡João! ¡María!

Los perros respondieron a los gritos y al ulular del viento con una retahíla de ladridos amenazadores. Dos pitbulls y un labrador cruzado babeaban amarrados a una cadena.

—¡João! ¡Soy Fali! ¡Los picoletos van pa el laboratorio!

—¡Callaros!

El rugido rasposo de María silenció a los perros. A su voz, incluso el más osado de los hombres agachaba la vista y tragaba saliva. Todos sabían que si bien João daba la cara en las negociaciones; las órdenes las impartía su hermana, la Coja. Y nadie las discutía, ni tan siquiera los chuchos furibundos.

—¿Qué pasa? ¿Qué dices del laboratorio?

Fali frenó su carrera enloquecida. El sudor empapaba la camisa abierta.

Le temblaban hasta las pestañas. La coja lo amedrentaba. Su sola estampa,

toda vestida de negro como una viuda de los años cincuenta, con mantilla incluida, moño alto y tenso y el rictus seco como un bofetón, bastaban para que se le descompusiera el cuerpo.

—Señora María… —Rebufó en busca del aire caliente y salado—. Los picole…

—Los picoletos, sí. Arranca, idiota, que se nos hace de noche. ¿Qué coño pasa? Me has fastidiado la siesta.

Fali obvió comentar que eran casi las ocho y media, hora poco propicia para la siesta.

—Sí, sí, eso… van… —Se dobló sobre sí mismo. El flato se le clavaba en el costado—. Van pa allá.

—¿Al laboratorio?

—Sí.

—¿Dónde está João?

—No sé…

—Llévame allí. Vamos, no te quedes ahí parado como un lelo. Coge uno de los coches del garaje. Date prisa, carallo, qué poca sangre. ¡Felipe! —

bramó.

La mano derecha de María subió a otro coche y los siguió.

El laboratorio, ubicado en las antiguas caballerizas de un cortijo a diecisiete kilómetros de Cádiz, producía toneladas de anabolizantes, falsa viagra, antibióticos falsificados y pastillas que en teoría combatían el estrés, entre otros muchos productos.

Los fármacos destinados a uso estético y a mejorar artificialmente el rendimiento deportivo se comercializaban casi en exclusiva en España y diversos países europeos. Los antibióticos, ansiolíticos y medicamentos de uso común adulterados se distribuían en México y Latinoamérica, China y países africanos principalmente.

La red se organizaba alrededor de diferentes células repartidas por la geografía española y portuguesa encargadas cada una de un segmento del negocio; servir de pantalla para recibir los principios activos provenientes del extranjero; elaborar los medicamentos; enviarlos a los diferentes países.

Para ello, contaban con colaboradores en puestos directivos de empresas de sectores tales como telefonía móvil, mensajería urgente o inmobiliarias que

facilitaban sobremanera el almacenaje y la distribución, embalaje y puesta a la venta por medio de diversos canales, en Europa a través de internet; en los países en vías de desarrollo por medio de clínicas, farmacias y particulares que mercadeaban con la salud de las personas. El negocio de los medicamentos falsificados funcionaba como un reloj y resultaba bastante menos arriesgado que el tráfico de estupefacientes, muchísimo más lucrativo y en el peor de los casos, las penas de cárcel, gracias a la laxitud de las leyes y las lagunas jurídicas existentes en la mayoría de países, menos severas. El laboratorio de Cádiz era el pulmón estratégico, el único en el que se fabricaban productos propios. Estaba en marcha las veinticuatro horas del día, capitaneado por dos químicos, uno de día y otro de noche, y seis ayudantes por turno.

Los otros centros estaban desperdigados por España y Portugal.

El trayecto desde el cortijo al laboratorio sirvió para que María contactara con su hermano, diseñara en su mente el plan de acción y tomara las medidas necesarias.

—¿Cómo te has enterado de la batida, Fali?

—Lo escuché en un bar del puerto. Lo hablaban dos picoletos, señora.

—¿Y ellos cómo supieron dónde está el laboratorio?

—Eso no lo sé.

Las manos le temblaban en el volante. Trabajar para los portugueses supuso para Fali un cambio de vida. Pasó de jugarse el físico en las lanchas, transportando hachís desde Marruecos a la costa gaditana, a tener un horario fijo, a diez minutos de casa y un sueldo mucho mejor con el que mantener a los suyos. Se le revolvían las tripas al pensar en volver a las noches interminables en alta mar y a las persecuciones suicidas huyendo de las fuerzas de seguridad. Pretendía, algún día, montar un restaurante en el Puerto de Santa María. Algo con clase y actuaciones de flamenco en directo.

El deportivo rojo de João, su nuevo y carísimo juguete, relucía en la puerta del laboratorio. María se mordió el labio, irritada. Desaprobaba los gustos llamativos de su hermano. El muy cretino se paseaba por los garitos de la bahía con aires de play boy hortera, mostrando alegremente puñados de billetes, relojes de lujo y cadenas de oro macizo. Su imprudencia les

costaría cara un día no muy lejano. María no cesaba de repetírselo. Felipe aparcó junto al coche de João. Era la sombra de María. Donde estaba ella, allá iba él.

—Hay que deshacerse de todo esto ya, João. Los picoletos no tardarán en llegar.

—Vamos dentro. Entre todos lo haremos más rápido.

—No me has entendido. —Lo agarró del brazo y bajó la voz—. Hay que volar el laboratorio.

—Hay gente trabajando. Nuestra gente, María —cuchicheó. El color se había esfumado de su rostro.

—No seas tan sentimental. Solo son empleados. Si les aprietan, hablarán. Uno de ellos ya lo ha hecho. Por eso estamos en esta situación, porque alguien se ha ido de la lengua. Ahora no tengo tiempo de averiguar quién ha sido y darle su merecido. Esto será un escarmiento colectivo. Haz lo que te digo y hazlo ahora.

—¿Y el chaval? —João miró de reojo a Fali, apoyado en el coche, a la espera de órdenes.

—Lo mismo que los demás.

—Que lo haga Felipe.

—Lo harás tú y no se hable más.

—María… —suplicó— no…

—No me hagas perder la paciencia, João. Si lo haces tú, será rápido. Si se lo pido a Felipe, primero los torturará y luego los matará.

—¡Dios mío! Está bien —resopló—. ¡Fali, espérame dentro! No digas nada —rodeó al chico por el hombro—. No es bueno que cunda el pánico.

Yo hablaré con la gente. Es importante mantener la calma. En seguida voy.

—Lo que usted diga, João.

Fali sonrió más tranquilo. Todo se arreglaría.

El portugués se afanó en dirección a la construcción adyacente, donde almacenaban productos químicos altamente inflamables. Salió cargado con dos barriles. Roció generosamente las paredes del laboratorio. Le temblaba el pulso. Había hecho cosas terribles en su vida, pero un asesinato masivo de su propia gente superaba con creces cualquier fechoría cometida. María vigilaba el camino con ojos de rapaz. Tal vez había llegado el momento de

desbancarla de la poltrona. Sus métodos crueles y deshumanizados empezaban a ser excesivos incluso para su hermano. João pronunció una oración y prendió fuego. El levante desatado de aquella tarde primaveral se encargó del resto.

Los gritos desgarrados de las ocho personas atrapadas entre las llamas los acompañaron mientras abandonaban el cortijo. João se secó las lágrimas disimuladamente. María, al teléfono, buscaba alternativas para paliar aquel desastre y cumplir con los encargos.

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