Los miércoles salvajes
Track 18: Bajo la lluvia
E n territorio andorrano Asier se sentía a salvo. Era demasiado temprano para encontrar un locutorio, una biblioteca o algún lugar en el que conectar el dispositivo. Desayunó en un bar y se aseó un poco en el baño.
Los adolescentes se dirigían al instituto cargados con sus pesadas mochilas y cara de sueño. Dos chicas de unos quince años entraron a comprar unos cruasanes de mantequilla. Asier observó la tableta de una de ellas.
—Perdona. ¿Podría conectar un momento el pendrive?
—No sé. —Soltó una risita—. ¿Y si me metes un virus o algo así?
—No, no voy a meterte ningún virus. Es por un tema de trabajo. Tengo una reunión con mi jefe y me he quedado sin batería en el portátil. Toma. —
Le tendió un billete de veinte euros—. Por las molestias.
—Está bien, pero date prisa que llegamos tarde a inglés. Asier asintió sonriente. Con pulso inseguro conectó el dispositivo y pinchó sobre el icono de la carpeta. Abrió el documento de texto:
«La fórmula está en un lugar seguro. Lo siento, quería asegurarme de que estuvieras a salvo. Espérame en Andorra La Vella. Estaré a las 18 h en la estación de autobuses. Si no aparezco, recurre a Mía. Ella te entregará el USB».
Felipe se lo estaba pasando en grande. La hinchazón de los ojos dejaba una pequeña grieta por la que Sam distinguía a dos hombres, luces, sombras y poco más.
Había perdido la noción del tiempo. Por desgracia, la percepción del dolor estaba en pleno apogeo.
—¿Se te refresca la memoria, puta?
—Que te den —farfulló Sam.
—No, a mí no. Te van a dar a ti, guapa.
Llegó un nuevo golpe. Sam poseía una alta tolerancia al dolor, pero el bagaje de las últimas horas, con los dos enfrentamientos con Saïd y las secuelas de la herida mermaban sus fuerzas notablemente. No aguantaría mucho más. Los dos lo sabían. Una cascada de agua helada se derramó sobre ella. Escupió sangre. Estaba tiritando.
—Basta. Para un rato, Felipe. No nos interesa que muera sin hablar.
Entrevió a un hombre moreno, alto y delgado de andares elegantes.
—Déjeme seguir un poco más. Está a punto de caramelo, João.
—He dicho que pares.
Los pasos del torturador se alejaron hacia la salida.
—Volveré pronto. No hemos acabado.
Al cabo de un rato, entró Isaac.
—¡Sam, por Dios! —Parecía consternado por el estado en que se encontraba—. Diles lo que quieren oír. Te van a destrozar, hostia.
—¿Y a ti qué más te da? Esta gente han matado a tu hermano. ¿Es que no tienes corazón? Eres basura.
—No quería que lo mataran. Quería que lo dejaran fuera del negocio y ganar de una vez por todas. Ser mejor que el puto Hugo. No… no… no pensé que lo matarían, joder. No lo pensé… —Se secó las lágrimas—. De verdad… era mi hermano. Yo… joder, no pensé que pasaría esto… no quería que muriera. Lo quería.
—¿Lo querías? Qué sabrás tú lo que es querer. Tú no le llegas a Hugo ni a la suela de las chanclas. Tu hermano tenía alma y era leal con la gente que quería. Lo hizo todo por ti, pedazo de mierda desagradecido.
—Sí, ya lo sé. Hugo era perfecto y yo no valgo nada. Conozco la canción. Hagamos un trato. Entre tú y yo.
—¿Por qué iba a hacer un trato contigo? Eres una rata asquerosa.
—Porque yo te puedo salvar la vida, ¿te parece una buena razón, Sam?
Si te empeñas en chulearlos, te matarán y además con mucho sufrimiento.
Nos conocemos desde siempre, no quiero que te hagan daño, en serio.
—Aunque quisiera darte la fórmula, no podría hacerlo. Se la di al farmacéutico.
—¿Y dónde está ahora ese pájaro?
—A muchos kilómetros de aquí, me temo.
—¿Y se la diste así por las buenas? No me creo una mierda.
—Le dije que me esperara al otro lado de la frontera andorrana. De eso hace muchas horas. Se habrá marchado y no tengo ni idea de a dónde puede haber ido. Tengo el dinero escondido, Isaac. Te lo daré, si me dejas marchar.
Son setecientos mil euros para ti. ¿Qué me dices?
—Si es un truquito, lo vas a lamentar.
—No es un truco, pero necesito descansar. No puedo moverme ni caminar. Consígueme veinticuatro horas para que pueda recuperarme.
—Está bien. Hablaré con ellos.
Asier desanduvo el camino hacia casa de Mía con una sola idea clavada en la mente, ajustar las cuentas con Sam. Tenía claro que debía llegar a las afueras de Andorra La Vella y, a unos cuatro kilómetros, adentrarse en los campos, en dirección al riachuelo. A la hora de la verdad, se extravió un par de veces, se equivocó de camino vecinal y comprendió que necesitaba ayuda.
—¡Hola!
Un hombre mayor faenaba en el huerto. Se volvió y lo miró con desconfianza.
—¿Qué quiere?
—Estoy buscando la casa de Mía y Víctor, y no me aclaro. ¿Sabe dónde viven?
—¿Cómo te llamas?
—Asier.
—Deja que haga una llamada. No te muevas de ahí o te suelto los perros.
Asier aguardó unos minutos. Todos aquellos campos y caminos parecían iguales. El hombre regresó.
—Vamos, sube al coche. Te llevo. Mía y Víctor me han dicho que te conocen.
La casa de Mía estaba a dos kilómetros escasos, aunque en sentido contrario. Durante el trayecto comprendió que había tomado el desvío
equivocado. Dio las gracias al hombre y en cuanto arrancó el coche aporreó la puerta colérico.
Abrió Víctor, con una mueca a medias divertida a medias hastiada.
—Otra vez tú, Asier. Qué sorpresa.
—Dile a Sam que salga.
—Sam no está aquí.
—¿Dónde está?
—No lo sé. No hay manera de contactar con ella.
—El pendrive estaba vacío. Dádmelo.
—Mala suerte.
—Mala suerte los cojones.
Se aproximó a él amenazador.
—Eh, tranquilito, nene. Pasa. Vamos a hablar sin alterarnos.
En cuanto Asier puso un pie en la casa, Víctor lo lanzó contra el sofá y le ciñó una cuerda a las muñecas.
—Es por seguridad. Vamos a dar una vuelta, por si encontramos a Sam.
Estamos preocupados.
—Suéltame ahora mismo.
—A la vuelta hablaremos. Duerme un rato. Tienes mala cara.
El aire era cortante. Olía a arbustos mojados y a musgo. Sam caminaba a trompicones bosque a través custodiada por Isaac y uno de los hombres del portugués.
—¿Estás segura de que era por aquí? No nos torees —advirtió el hermano de Hugo.
—Falta un kilómetro más o menos. Es allí arriba.
—¿Hay que pasar por el desfiladero?
—O eso, o dar un rodeo de unos diez kilómetros en pendiente, por ese lado —señaló en dirección este.
El portugués se mesó la barbilla pensativo.
—No me gustan las alturas. Os espero aquí. ¡Eh tú! —Cogió a Isaac del jersey—. Sin tonterías. —Golpeó el rifle de larga distancia con las yemas de
los dedos—. Soy un tirador excepcional. Si veo algo raro, os vuelo la cabeza a los dos.
Dadas las circunstancias, el aturdimiento era una bendición. Eximía a Sam de afrontar la realidad. No podía pensar. Se movía por inercia.
Recorrieron la garganta y cruzaron a la ladera del valle. La humedad calaba los huesos. Marcharon en silencio hasta el árbol en el que guardó la bolsa del dinero.
—Está ahí dentro.
—¿Dentro del árbol? —rio Isaac—. Muy ingenioso. Quédate donde yo te pueda ver y estate muy quietecita, Sam.
—No me moveré un centímetro.
Removió ansioso la hojarasca mojada, sacudió la bolsa y la abrió.
—La de pasta que hay aquí. —Enfocó los prismáticos hacia el bosque
—. Ese capullo no puede vernos.
Manoseó el dinero una y otra vez, lo olisqueó extasiado.
—Bueno. Haremos una cosa. Lo vamos a dejar en su sitio. No pienso compartir esta fortuna con esos mamones. Corre, Sam. Gastaré el dinero a tu salud. Buena suerte. —Disparó al aire—. Hasta nunca.
—Desátame, Isaac.
—Eso ya es pedir mucho.
—Ha intentado huir. He tenido que matarla. —Escuchó que gritaba a través del teléfono—. No, no había nada. Nos ha mentido la muy zorra. Sí, coño, está muerta y bien muerta. El cuerpo ha caído al río.
Oculta entre los arbustos, Sam observó a Isaac guardar de nuevo la bolsa en el árbol y cubrirla con hojarasca. Cuando hubo recorrido el camino de vuelta por el desfiladero, salió de su escondite. Apoyó la espalda en el saliente de una roca y raspó la cuerda contra el filo. Se arañó la piel. Probó de nuevo. La cuerda cedió un poco, no lo suficiente, y sus magulladas muñecas sufrieron un tajo de cierta profundidad. La sangre se deslizaba por las palmas de sus manos, húmeda y pegajosa. Nuevo intento. Se estaba mareando. Esta vez se lastimó los nudillos y estaba segura de haberse arrancado un buen jirón de carne. Se tomó un pequeño respiro. Unos segundos de sentir en el rostro el aire fresco y la llovizna que rociaba el valle. Cayó en la cuenta de que apenas había pensado en Asier. Ahora no
era el momento. Tenía que concentrar todas sus energías en liberarse de la cuerda y llegar a casa de Mía. Por fin, cuando la lluvia devino en diluvio, consiguió soltarse. Estudió horrorizada el estropicio en sus manos, llenas de arañazos, rozaduras y trozos de carne levantada hasta el hueso. Las extendió bajo la lluvia. El agua limpió la sangre y alivió el dolor lacerante. Todavía estaba en peligro y no le quedaban fuerzas. No sabía si el engaño de Isaac se sostendría mucho tiempo. Los portugueses saldrían a la caza en cualquier momento. Sacó la bolsa del árbol y se orientó hacia el este.
Estaba más o menos a siete kilómetros de la casa de Mía.
Rastrearon el bosque con la ayuda de los perros. Ni Mía ni Víctor verbalizaban en voz alta los temores, por más que ambos compartían el terrible presentimiento de que Sam estaba muerta.
—Cada vez llueve más fuerte —dijo Víctor.
—Me da igual —respondió Mía—, vamos a seguir buscándola.
—Será mejor parar un poco. Los perros están cansados.
—Está bien —rezongó.
Se cobijaron bajo la inmensa copa de un árbol. Los perros se tumbaron a sus pies, con la lengua colgando. Llevaban más de una hora de búsqueda infructuosa por terreno agreste.
—Vamos a seguir, Víctor.
—De acuerdo. —Apagó el cigarro y apretó el cuerpo de su mujer—. La encontraremos.
—Eso espero.
Se separó de él con los ojos llorosos y espoleó a los perros. Enfilaron un sendero que ascendía hacia la ladera, en dirección norte, o se bifurcaba en otros dos caminos irregulares, hacia el sur.
—¿Derecha o izquierda, Víctor? —Mía movió los ojos en la encrucijada de caminos. Si escogían el sendero equivocado tal vez no dieran nunca con Sam, o la encontraran demasiado tarde—. ¿Qué hacemos? —Casi gritó.
—Derecha.
—¿Por qué?
—No lo sé, Mía. Hay que elegir.
Tomaron el sendero de la derecha, indecisos. Incluso estuvieron a punto de retroceder. La pendiente era muy pronunciada y los animales acusaban el esfuerzo. Finalmente siguieron. El cañón quedaba a la izquierda, cercando el curso del río.
—Sigamos un poco más. Más arriba hay un prado. Si no la vemos, desandamos el camino.
Víctor asintió. La lluvia los azotaba con violencia. A pesar de que iban bien equipados, el frío calaba lentamente en los huesos. La pendiente presentó su máxima inclinación. Los perros ya no podían más.
—Yo subiré —dijo Mía—, quédate con ellos.
—No voy a dejarte sola. Subiremos todos.
En la última curva, antes de coronar el ascenso, vislumbraron un bulto oscuro arrojado sobre la hierba empapada. Mía echó a correr jadeante.
—¡Sam!
Víctor trató en vano de seguir su paso. Sufría del corazón y estaba pagando el sobreesfuerzo.
—¿Es ella?
Mía se inclinó sobre el cuerpo inerte de Sam.
—¡Sí! —chilló—. ¡Está viva!
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