Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 21 de 26

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Los miércoles salvajes

Cara B Track 5: Menú King Size

Cara B

Track 5: Menú King Size

100 Whoppers, 62 Big King, 300 raciones de patatas fritas, 91 de alitas de pollo, 37 de aros de cebolla.

Un mediodía normal en el Burger King del centro comercial.

La vida de Sam se escurría entre los dos empleos, el de la hamburguesería y la tarde-noche en un bar y el mal cuerpo de tener que dejar a Néstor al cuidado de amigos o vecinos poco preparados. La suma de sus dos sueldos más la pensión de invalidez de Néstor no alcanzaban para pagar el alquiler, los gastos y contratar a una enfermera cualificada. Los servicios sociales les proporcionaron una profesional sociosanitaria que cubría la jornada parcial por la mañana, de nueve a dos. A partir de esa hora, Néstor estaba solo hasta las diez de la noche, o mal atendido en el mejor de los casos. La mayoría de noches lo encontraba empapado de orina y sin cenar y nunca estaba segura de si había tomado correctamente la medicación.

Cada día era una sorpresa.

Sam ya no recordaba lo que era darse un capricho, salir a cenar una pizza, quedar con amigos. Los veinte años le pesaban como una tonelada de acero. Se sentía vieja, triste e impotente.

—Buenas tardes, ¿qué te pongo?

—Un menú Long Chicken grande y unos aritos de cebolla, Sami.

Levantó la vista de la máquina. Hugo sonreía con cara de chiquillo travieso. Llevaba el cabello un poco más corto, lo que le daba apariencia de hombre más hecho, y vestía muy bien, con clase. Se sintió en desventaja, con el pelo apestando a aceite de girasol, el uniforme de trabajo y las horribles ojeras que le comían media cara.

—¿Qué haces por aquí, Hugo?

—Probar la comida maravillosa que servís.

—Ya decía yo. La semana pasada nos dieron dos estrellas Michelin.

—Quería verte. —Sonrió.

—Pues no estoy en mi mejor momento.

—¿A qué hora sales?

—En una hora.

—Te espero. Tenemos que hablar.

Una hora más tarde Sam devoraba una hamburguesa en una mesa de la terraza exterior con el ojo puesto en el reloj.

—A las tres, empiezo turno en otra parte —se excusó.

—Sam, para un momento y escúchame.

—Hugo, me alegro mucho de verte, de verdad.

—No lo parece —atajó—, no parece que te alegres de nada. Estás…

—¿Cómo estoy? —Se limpió la boca con la servilleta—. ¿Hecha una ruina? Sí, ya lo sé. No sé cómo quieres que esté. Trabajo catorce horas diarias y, aun así, no me llega el dinero. Es cojonudo que te vaya bien, pero lo siento si no me apetece ponerme a dar saltos de alegría ahora mismo. Y

no quiero traficar, te lo he dicho mil veces.

—Iba a decir que estás apagada, Sam, nada más.

La miró un instante largo. A veces le parecía que Hugo tenía rayos x en los ojos, que era capaz de escarbar en su interior con una sola mirada. En otros tiempos, era una cualidad valiosa, pero en ese momento no le apetecía lo más mínimo que avistase la angustia y la frustración que encharcaban su vida.

—Deja de mirarme así. Me pones nerviosa.

—Acaba de comer esa bazofia, quiero que me acompañes a un sitio.

—No tengo tiempo. Ya te he…

—Llama y di que estás enferma. No te arrepentirás. Te lo prometo.

—Me van a descontar el día, Hugo. Es lo último que me falta —resopló.

—Te lo pagaré.

Bufó, vació el contenido de la bandeja en el contenedor y recogió sus cosas. No tenía fuerzas para negarse, ni para discutir. El coche nuevo de Hugo era caro, muy caro, equipado con unos formidables asientos de cuero y una acústica de primera categoría.

—Bonito carro. Pon algo de música. ¿Qué tienes?

—De todo.

Sam examinó los cedés, organizados por estilos y orden alfabético en el interior de una funda acolchada. Eligió un recopilatorio de Salt-N-Pepa.

—¿Y tu hermano, hace siglos que no lo veo por el barrio?

—Ni lo sé ni me importa. Estoy hasta los huevos de él. Tiene fritos a nuestros padres. La última vez que lo vieron llevaba en brazos el televisor.

Los desplumó el muy cabrón. ¿Cómo se puede robar a tu propia familia?

—Isaac siempre ha sido así.

—A mí me lo vas a decir. ¿Y tu padre? Oí que estaba en la cárcel.

—Ya salió. Ahora anda por el sur. Vive con una mujer. Yo qué sé. Me llama a veces, me pregunta por Néstor y se echa a llorar.

Tres canciones más tarde, Hugo estacionó en un chaflán de Sant Antoni, casi frente al mercado.

—¿Ahora vives por aquí?

Negó con la cabeza y sonrió enigmático.

—Ven. —La cogió de la mano. Cruzaron dos travesías. Se pararon ante un edificio elegante, clásico del Eixample—. ¿Qué te parece?

—Muy bonito —repuso Sam desconcertada—. ¿De qué va esto, Hugo?

Subieron tres pisos en un ascensor antiguo, con contrapuertas de hierro forjado. Hugo sacó una llave del bolsillo y abrió una puerta de madera maciza.

—Adelante, señorita —se hizo a un lado—. Bienvenida a Seguridad Privada y Servicios Integrales.

—¿Es tuyo?

—Sí, los dos pisos del rellano. Mañana traen las mesas y los ordenadores. Lo he montado para ti, Sam. Para que trabajes conmigo.

—¿Con dinero negro?

—El dinero no tiene colores. Ahora es blanco, luego negro, después blanco otra vez. He ahorrado mucho para esto. Quiero tener una empresa legal y ser un tío respetable y quiero que dejes esos curros y trabajes conmigo, Sami.

—¿Tú qué eres, mi ángel de la guarda? —Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Soy la persona que jamás te dejará tirada, Sam. Pase lo que pase.

—Hugo, yo no sé nada de seguridad…

—Sabes mucho de informática y eres cinturón marrón de Tae Kwondo,

¿no? Puedes volver a entrenar y sacarte el negro y aprender otras disciplinas. Te formarás, Sam. No quiero que seas vigilante de un supermercado. Están pidiendo mujeres escoltas. Creo que lo harías muy bien. ¿Qué me dices?

—Que estás loco. —Lo abrazó—. Además, estuve tres meses en un centro de menores. ¿Me dejarán ser escolta?

—Eso no importa. Me he informado. Lo conseguiremos, Sam. —Le besó el pelo—. Lo conseguiremos. No tendrás una vida perfecta, pero tendrás una vida mejor.

Sam nunca se había planteado trabajar en seguridad, ni tampoco dejarse la vida en dos empleos precarios y, mucho menos, vivir debajo de un puente con Néstor. Aceptó la propuesta con los ojos cerrados, inmensamente agradecida.

Hugo le presto dinero para formarse, préstamo que devolvería escrupulosamente euro a euro. Recicló sus conocimientos informáticos, hizo el curso de escolta, se sacó el cinturón negro de Tae Kwondo y aprendió defensa personal. Más adelante, cursó un máster en seguridad privada y con el tiempo llegó a hablar inglés con bastante fluidez.

Fueron años duros, de dejarse los codos en la mesa y la vista en los libros, de compatibilizar trabajo y estudios, pero también gratificantes cada vez que alcanzaba una meta. Ingresó a Néstor en el mejor centro especializado en lesiones medulares y se mudó a un apartamento.

No era una vida perfecta pero sí una vida mucho mejor.

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