Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 4 de 26

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Los miércoles salvajes

Track 3: La buena vida

L a Coja amanecía muy temprano, al filo de las seis de la mañana. El cielo en Oporto basculaba entre la oscuridad y una paleta de malvas y naranjas pálidos. Se preparó un café fuerte y corto y encendió el ordenador de mesa. La regia casa familiar ubicada en el selecto barrio de Foz do Douro seguía presa del silencio nocturno. Los hijos de João y su cuñada dormían en el piso superior, el servicio, en la planta baja. María apreciaba la calma de esa hora en la que todo parece posible, antes de que el día corrompa los buenos propósitos. Leyó el e-mail de João. En teoría, su hermano estaba en Barcelona con el objetivo de encontrar un atajo rápido que les permitiera remontar el vuelo tras el varapalo del laboratorio de Cádiz. En realidad, lo tenía distraído con un asunto menor, de improbable éxito mientras ella actuaba en la sombra. Descolgó el teléfono. Una voz masculina respondió al otro lado. Pese a la hora temprana, sonó alerta y totalmente despierto.

—Buenos días, Felipe.

—Buenos días, señora.

—Tengo trabajo para ti.

Tras una breve conversación con su hombre de confianza, se preparó un segundo café. Empezaba a clarear lentamente sobre el paseo marítimo y la playa más exclusiva de la ciudad. La Coja saboreó el café con una media sonrisa.

Jamás se permitía sonreír del todo.

No estaba en el mundo para regalar sonrisas.

El olor a carne a la parrilla y a patatas asadas inundaba toda la calle. Lucía un sol espectacular en lo alto de un cielo despejado, sin una sola nube. En

momentos como aquel, rodeada de casas de un blanco inmaculado, arrullada por los sonidos de los niños que jugaban y reían, y el aroma a buena comida, Sam casi conseguía creer que el mundo no era un mal lugar por el que transitar. Quizás, después de todo, la felicidad residiera allí, en los jardines recién regados y las familias que conversaban alrededor de una buena paella. Hugo lo había logrado. ¿Por qué ella no? Pospuso para otro momento sus disertaciones existenciales y franqueó la entrada.

—Eh, forastera.

Hugo, pinzas en mano, manejaba la barbacoa con mano experta.

Llevaba puesto uno de los ridículos delantales de dibujos obsequio de Gema.

—¡Hola, boss! —Le estampó un beso en la mejilla—. Huele que alimenta.

—¿Cordero, pollo, morcilla o butifarra?

—De todo —rio.

—¿No has desayunado?

—Acabo de levantarme. —Aceptó la cerveza que Hugo sacó chorreando de un cubo de hielo.

El anfitrión miró la hora y meneó la cabeza sonriente.

—¿Una noche animada, Sami?

Bebió un trago y saludó con la mano a Gema que charlaba con unas vecinas, unos metros más allá, pendiente de su conversación con Hugo como una urraca ávida de apropiarse del botín. La esposa de Hugo sentía por ella una aversión mal disimulada. Sam representaba el pasado opaco de su marido, las mil vicisitudes compartidas que ella ignoraba, y que de algún modo sutil pero claramente perceptible, la dejaban fuera del círculo de hermandad, en la frontera de la tierra de nadie.

—Estaba agotada. He dormido quince horas de un tirón. ¿Dónde andan los enanos?

Los gemelos, Jan y Aleix, que cumplían siete años, se volvieron locos con la consola de última generación que les regaló Sam. Como era de esperar, la arrastraron al comedor, tras marcharse los invitados, y la obligaron a jugar una infinidad de partidas que se prolongaron hasta la hora de cenar.

—Voy a sacar a Conan, ¿me acompañas?

Sam asintió. Se abrochó la cazadora tejana y siguió a Hugo y a Conan.

La noche se llevó el calor y la humedad y dejó a cambio una brisa fresca y húmeda. Caminaron en silencio entre el sedante sonido de los aspersores que remojaban los jardines de los chalets, los ronroneos de las motocicletas y los ladridos de varios perros melancólicos. Conan se paró a olisquear un árbol. El parque, acorde con la bonanza de la zona, relucía impecable y coqueto. Nada que ver con los parques pintarrajeados de Ciudad Meridiana en los que jugaban de pequeños Hugo y Sam.

—¿Qué tienes para mí?

Hugo expulsó con deleite el humo del cigarrillo. Gema le tenía terminantemente prohibido fumar en toda la casa, incluido el jardín y las terrazas.

—¿Otra vez con ganas de marcha?

—Sí —admitió avergonzada.

—Tienes nueva clienta. La hija de un empresario saudí que viene a estudiar un máster a Barcelona. Hasta donde sé es una chica tranquila y muy estudiosa. Estará aquí nueve meses. No creo que vaya a darte problemas.

—Dame otro tipo de trabajo —dijo casi sin pensar.

Hugo la miró sorprendido.

—¿Cómo que otro tipo de trabajo?

—No sé. De otra clase —insistió evasiva.

—¿Control de cámaras? ¿Vigilancia en eventos? Está mal pagado, ya lo sabes. Son trabajos muy cutres para una escolta. Como no quieras trabajar en el aeropuerto. Se paga algo mejor, pero son un montón de horas y turnos nocturnos y tú estás demasiado preparada para eso.

—No quiero trabajar en el aeropuerto, gracias. Hablo en serio, Hugo.

Vamos, no me tomes el pelo. Sé que tienes otro tipo de negocios. Lo sé perfectamente.

—Nada que te incumba a ti, Sami —respondió tajante, apretando los labios.

—Estoy desesperada. Haré lo que sea.

—¿Lo que sea? Esa es una afirmación muy osada, ¿no te parece? ¿Qué es lo que pasa? ¿Néstor? —preguntó Hugo con un dejo hastiado.

—Sí, Néstor.

Evitó la mirada azul y centelleante de Hugo.

—Como no. Tienes que mirar hacia adelante, Sam…

—¿Ahora eres psiquiatra?

—Te estás enterrando en vida. Deberíamos hablar sobre Néstor.

—No empecemos otra vez, Hugo. Hemos tenido esta conversación demasiadas veces. Dame un trabajo por el que puedas pagarme mucho más de lo que gano habitualmente y no me sermonees.

Hugo encendió otro cigarrillo y dio una calada rápida.

—Tengo algo muy gordo entre manos, pero no sé si es para ti. Deja que lo piense. Hablamos mañana en la oficina. Veré qué puedo hacer.

A primera hora de la tarde, el dolor de cabeza de Selina se volvió insoportable. En el interior de la chabola a orillas del puerto de Accra, Lewa aguantaba el llanto a duras penas.

—Te pondrás bien, mamá —susurró.

Sirhan repetía una y otra vez que no debían llorar delante de ella.

Tenemos que ser fuertes, Lewa. Por mamá y por los pequeños.

Verla sufrir aquellos dolores espantosos la estaba destrozando. Ya no encontraba las fuerzas para sonreír. Se volvió un instante para enjuagarse las lágrimas y miró por la ventana de la chabola. Sus dos hermanos menores, de siete y tres años, jugaban en la calle.

—Veo borroso, Lewa…

El pánico se apoderó de ella. Sirhan estaba en alta mar. Tardaría todavía tres o cuatro horas en regresar. Acudir al hospital no garantizaba nada. Salió al exterior. El sol atizaba con fuerza aliñado por una humedad insana.

—Shaia —llamó a la tercera de los hermanos—, ven aquí.

La niña abandonó sus juegos y acudió sonriendo.

—Tengo que ir al centro. No tardaré. Cuida de mamá. Ve poniéndole el paño con agua fresca en la frente. ¿Lo has entendido? —La abrazó con fuerza.

—Sí, Lewa.

La sonrisa de Shaia pasó a mejor vida. Lewa se odió por mutilar la sonrisa de su hermanita. La besó y volvió a abrazarla.

—Eres una niña muy valiente y lo harás muy bien. Mamá —se inclinó sobre ella y le besó la frente empapada de un sudor helado—, ahora vuelvo.

Te traeré medicinas. Lo prometo. Aguanta, por favor. Aguanta.

Corrió hasta la farmacia del hombre bizco. No conocía otra más cercana. Sirhan no logró que el nuevo dependiente le vendiera la medicina.

Suplicaría. El hombre de la farmacia se apiadaría. Llegó sudando y sin resuello.

—Quiero el medicamento de la diabetes, por favor. Es para mi mamá que se encuentra muy mal. Toma Edarbi.

Keita la miró con desconfianza. Iba descalza y ataviada con harapos de vivos colores.

—¿Tienes dinero suficiente?

—Tengo cuarenta y un cedis.

El dependiente meneó la cabeza.

—Sabes que cuesta mucho más.

—Por favor… —Rompió a llorar—. Mi madre se muere. —Cayó de rodillas—. Se lo ruego… —Hipó.

—Levántate —ordenó secamente.

Rodeó el mostrador y dejó resbalar una mirada lasciva sobre el cuerpo de Lewa.

—Tal vez haya una manera de arreglarlo —cerró la puerta del establecimiento y la guio a la trastienda.

Después de dos horas de Jiu-jitsu y Tae Kwondo y una hora de tonificación, Sam se dio una ducha y se dirigió a la oficina de la empresa de seguridad privada y servicios integrales, bonito epígrafe tan glamuroso como ambiguo, propiedad de Hugo, ubicada en un señorial edificio del Eixample, muy cerca del mercado de Sant Antoni. Hugo estaba en sus dominios elegantemente trajeado, tecleando en el ordenador. En su amplia mesa de nogal, todo estaba perfectamente en orden. Ni un bolígrafo fuera de su sitio,

ni un folio mal apilado. La convivencia con cuatro hermanos, padres y abuela en un piso tamaño caja de cerillas marcó para siempre su necesidad de orden y espacio. Levantó la cabeza cuando la vio a través de la puerta de cristal, hizo un gesto con la mano indicando que entrara y sorbió el café con leche de una taza con un fotograma de Pulp Fiction.

—Buenos días, Sami.

—A ver si son buenos. Cuéntame.

Sam tomó asiento frente a él. Hugo dio otro trago, bajó la tapa del portátil y la miró con gravedad.

—Espero no arrepentirme de esto. Lo que voy a contarte es altamente confidencial, ¿está claro?

—Por supuesto. La discreción es parte esencial de mi trabajo. ¿A qué viene eso ahora?

Hugo hizo una pausa muy larga.

—Se trata de conseguir una fórmula.

Sam no ocultó su extrañeza.

—¿De qué estás hablando?

—De ganar mucho dinero.

—¿Te refieres a una fórmula química o algo así?

—Una fórmula farmacéutica —puntualizó.

—Lo único que sé del tema es que el diclofenaco va bien para el lumbago. Para que me quede claro, cuando dices conseguir la fórmula,

¿quieres decir que esperas que yo la robe? ¿Estamos hablando de espionaje industrial? —La voz le tembló sin querer.

Hugo dejó caer suavemente su sonrisa ganadora.

—No pongamos etiquetas. Un cliente acude a mí porque necesita un servicio, yo busco a una persona adecuada para realizarlo. Ley de la oferta y la demanda. Tan antiguo como la humanidad.

La conversación parecía irreal, como si formara parte de un sueño. En cualquier momento sonaría la alarma del móvil y todo volvería a la normalidad, a sus encargos corrientes de proteger personas.

—No tengo ni idea de cómo hacer algo así.

—A ti te ponen las dificultades, Sam.

—Hasta cierto punto.

—¿Quieres que le pase el trabajo a otro?

—Intento rebajar tus expectativas de éxito, Hugo. De hecho, lo veo imposible. Me queda muy grande todo esto de farmacéuticas y espionaje industrial. No sé… es que me suena de película. Yo protejo personas, no robo y menos fórmulas. Lo que me pides traiciona el código deontológico de mi profesión. Además, ¿en qué manos va a caer esa fórmula?

—En manos de la competencia. Otro laboratorio. Estas cosas están al orden del día aunque a nosotros nos suenen a ficción.

—¿De qué medicamento se trata?

—¿Importa?

—Puede importar.

—Se llama Axfin. Es algo para la demencia senil o el alzhéimer, no estoy muy seguro.

—Dame un respiro, Hugo. Esto me ha pillado de sopetón. ¿Saldrá alguien dañado?

—Siempre sale alguien dañado, Sam. Seamos realistas. Es inevitable.

Lo pensó apenas un segundo.

—No creo que pueda meterme en algo así. Lo siento. Protegeré a esa chica saudí.

—Ya he encargado su protección a otra persona, pero no te preocupes.

La semana que viene empiezan los entrenamientos del Gran Premio de Fórmula 1. Tendrás trabajo de sobra. Aprovecha estos días para descansar.

—Está bien. Me voy a ver a Néstor.

—Respecto a eso, Sam…

—Deja el tema, Hugo, por favor —atajó levantándose bruscamente.

El almuerzo en la residencia revivió una vez más el mismo suplicio de los últimos doce años.

Un bucle perverso.

Contemplar impotente a Néstor comiendo a través de una pajita, con movimientos torpes y sincopados le provocaba un desgarro interno al que todavía no se acostumbraba. Salió del comedor con lágrimas en los ojos, desesperada por respirar un aire que no apestara a comida triturada y a vómito.

En casa, releyó con calma el dossier que le proporcionó Villegas, centrado en los logros del doctor británico Geoffrey Raisaman expuestos en el congreso de neurocirugía de Seattle. Raisaman y su equipo consiguieron que un bombero londinense volviera a caminar tras regenerar la médula espinal seccionada mediante un trasplante de células del bulbo olfativo del propio paciente. A raíz de esta hazaña, se estaba llevando a cabo en Londres un estudio clínico con otros diez pacientes a fin de certificar la fiabilidad de un avance considerado histórico.

Hacía varios años que las perspectivas de sanación de las personas con lesiones de la médula se centraban en buena parte en el trasplante de células del bulbo olfativo y en una posterior y exigente rehabilitación. Sam había visitado varias instituciones médicas y diversos especialistas mundiales.

Los avances médicos eran lentos y la lesión de Néstor extremadamente grave. El caso del bombero londinense sin duda significaba un hito al que agarrarse.

Era consciente de que aun en el supuesto de que Néstor pudiera someterse al trasplante y llevar a cabo la rehabilitación, jamás recuperaría la totalidad de las funciones. Los daños neurológicos que afectaban al habla, por ejemplo, eran irreparables, pero si cabía la posibilidad de recuperar movilidad, total o parcial, así como el control de vejiga, sería un sueño hecho realidad. En el anexo, encontró unos cuantos enlaces de YouTube.

Los escribió en la barra del navegador. Muchos de ellos ya los había visto, otros no. La lucha titánica de aquellas personas le puso la piel de gallina.

Soltó el ratón y se secó las lágrimas.

Néstor se merecía como mínimo una porción de esa esperanza, la oportunidad de luchar por recobrar parte de su vida y si estaba en su mano hacer algo al respecto, no podía negarse, aunque implicara cruzar la línea.

Marcó el número de Hugo.

—¿Qué tendría que hacer exactamente para conseguir esa fórmula, boss?

—Hay dos vías posibles para conseguirla: la primera, la más limpia y también la más complicada, hackear el sistema operativo de Heinch.

—Dudo mucho que eso sea factible. ¿Cuál es la segunda vía?

—El guardián del tesoro se llama Asier Menéndez. Treinta y cinco años. Es subdirector del departamento de propiedad intelectual y patentes de los laboratorios alemanes Heinch, con sede en Barcelona.

—¿Y qué pretendes qué haga yo con el señor Cerebrito?

—Acercarte a él, conseguir su pase de seguridad de empresa y acceder a su ordenador. Nosotros llevamos la seguridad de Heinch. Sabrás dónde están las cámaras, los puntos ciegos, a qué hora se relevan los guardias, etc.

Tengo un informe de quince páginas sobre Asier Menéndez. Es un tipo solitario y tímido que vive para su trabajo y su afición a la pintura. Está soltero y tiene poca vida social.

—Lo haré, con una condición.

—Dime.

—Quiero setecientos mil euros.

Hugo soltó una carcajada.

—Y yo quiero acostarme con Beyoncé, pero me da que no va a poder ser.

—Hablo en serio.

—Joder, Sam. ¿Te has fumado alguna hierba inca alucinógena?

—No lo haré por menos. Si te interesa, mándame la información por e-mail.

Hugo se hizo de rogar. Dos horas más tarde, cuando ya daba por perdido el asunto, recibió el material en su bandeja de entrada. Fue directamente a abrir las fotos de Asier Menéndez. Las estudió a fondo. Era bastante alto, más de metro ochenta, calculó. El viento desordenaba su pelo castaño, lacio, bien cortado. Tenía cara de frío, los labios perfilados, pómulos preciosos y unos ojos muy grandes de un tono indefinido. Le gustó lo que vio. Había algo en él que le llamaba la atención. Visionó el resto de fotos.

De frente, sin el viento en contra, sus ojos eran definitivamente marrones, rodeados de unas largas pestañas. Ojos expresivos y tristes.

Buscó la respuesta a esa tristeza intuida en el resto de la información. Al parecer, tal como le dijo Hugo, su vida social era prácticamente nula. Iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. La información retrataba a Asier como un tipo brillante, disciplinado y tímido.

Sam inició la exploración de rigor en las redes sociales. Al menos, era bastante activo en Facebook y en Instagram donde daba cuenta de su pasión por el arte. Gracias a ello averiguó que la tarde siguiente tenía previsto asistir a una exposición de pintura en una galería del Born. Necesitaba conocerlo para decidir de qué manera afrontar aquel trabajo tan fuera de lo normal. La exposición sería un entorno perfecto para iniciar el asalto.

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