Los miércoles salvajes
Track 15: Encrucijadas
Track 15: Encrucijadas E l besugo de Saïd no contestaba al teléfono. Hugo pisó el acelerador.
Algo marchaba mal. Lo presentía. Las curvas, cercadas por los picos de las montañas, se abalanzaban cada vez más sobre un río apenas intuido.
De día, el paisaje debía ser espectacular. Redujo la marcha. Un volantazo de más y acabaría chapoteando en el agua helada. La voz sensual del GPS
ordenó girar a la derecha. La luz se limitaba a alguna farola dispersa cada cien metros y al reflejo mortecino de las pocas casas desperdigadas por los alrededores. ¿Sería una de ellas la cabaña de Sam? ¿Y por qué nunca le habló de su refugio? El camino se estrechaba y el asfalto se transformaba en una irregular sucesión de baches y piedras. Su elegante automóvil de ciudad no era apropiado para transitar por allí. Trescientos metros al norte, el sendero se bifurcaba. Antes de escuchar las instrucciones del GPS supo que debía tomar el desvío de la izquierda. El reflejo de la humareda espesa elevándose hacia el cielo lo guio hasta un llano recogido entre una frondosa alameda. Paró en un recodo. Los restos del coche de Said ardían junto a una construcción de madera reducida a cenizas. Tenía que salir de allí. Condujo demasiado rápido, metiéndose en zanjas y desniveles. El amortiguador y sus lumbares protestaron ruidosamente y el automóvil chirrió quejumbroso.
No estaba habituado a un trato tan rústico por parte de su dueño. Golpeó el volante fuera de sí y llamó de nuevo a su hermano. Isaac no contestaba.
—¿Qué has hecho, Sam?
A la altura del desvío, escuchó las sirenas de los bomberos y abandonó el camino. Detuvo el motor. Necesitaba pensar. Bajó del coche. No atinaba a encender el cigarrillo. El camión de bomberos pasó zumbando por el sendero que discurría en perpendicular. El teléfono vibró en el bolsillo interior de la cazadora.
Era Isaac.
—¿Qué coño ha pasado? ¿Dónde estáis?
—No lo sé. No sé dónde está Saïd. Sam y el farmacéutico se han largado. ¿Dónde estás tú, nen?
—Detrás de la cabaña, en un camino vecinal a unos setecientos metros, más o menos.
—Voy para allá.
—Vale.
Esperó durante unos diez minutos. Tenía frío y estaba nervioso. Sam tenía el móvil apagado. Intentó encender el cigarrillo de nuevo. El pulso lo traicionaba. La llama de un encendedor prendió en la oscuridad.
—¿Fuego, señor Martí?
A treinta y nueve kilómetros de la frontera, el estómago de Sam se reveló.
Estacionó en el arcén de la carretera comarcal y vomitó encima de unos arbustos. En su ausencia, Asier rebuscó de nuevo en el interior del coche. El maldito pendrive tenía que estar en algún lado. Tal vez lo tuviera escondido en la cabaña y ahora lo llevara encima. Abrió el bolso y lo revolvió como un poseso. Por el retrovisor, la vio acercarse y se apresuró a dejarlo todo como lo encontró.
—¿Estás bien?
Sam lo miró con tristeza.
—Sí, estoy mejor. —Cerró la puerta y antes de arrancar, miró el bolso desparramado en el asiento trasero—. Lo siento, Asier —dijo evitando sus ojos.
—¿Qué sientes? —replicó belicoso.
—Todo esto. Antes me gustabas. Me gustabas mucho. De verdad.
—¿Ya no te gusto? —Había una ironía rayana al cinismo en su tono—.
Qué lástima, Sam. A mí también me gustabas mucho. Hasta que me jodiste la vida. —La encañonó con el arma que Sam guardaba en la guantera—.
Empiezo a estar harto de tus juegos. Dame la fórmula y lárgate.
—¿Sabes usar eso, Asier?
—Seguro que no tan bien como tú.
—Seguro. Yo estoy entrenada y tengo licencia de armas. Baja la pistola.
Ya te he dicho un millón de veces que no tengo la fórmula encima. Siento
que las cosas hayan salido así. Lo siento mucho, aunque si no te importa mejor dejamos el consultorio sentimental para otro día. Estamos a unos veinticinco minutos de la frontera. Yo pienso cruzar. ¿Qué vas a hacer tú?
—¿Desde cuándo tengo opciones?
Apretó la pistola contra la cabeza de Sam. Su mirada, la mirada del nuevo hombre en el que se había transformado en cuestión de horas, le puso la piel de gallina. Podría desarmarlo en un gesto. Era lo que su instinto y su formación le sugerían, pero prefirió no usar la fuerza.
—¿Vas a dispararme? Porque si no es así, estamos perdiendo el tiempo miserablemente, y créeme, no nos sobra. Cuando estemos a salvo, hablaremos de la fórmula y llegaremos a un acuerdo, ¿vale? Y ahora, quítame la puñetera pistola de la cabeza o te parto el brazo. ¿Me has entendido?
Asier se mordió el labio con rabia y bajó la pistola. Sam le arrebató el arma y la guardó en lugar seguro.
—¿Podemos seguir ya?
—Sí. —Parecía abatido y avergonzado.
Al cabo de un rato volvió a hablar, ya más rehecho.
—Esos tíos portugueses, ¿trabajan para tu amigo?
—Más bien al revés.
—¿Sabes quienes son?
—Unos animales. Hugo me dijo que eran de un laboratorio portugués, pero luego, cuando investigó un poco, no encontró nada que lo confirmara.
—Seguramente son traficantes.
Sam se volvió hacia él perpleja.
—¿Traficantes?
—Sí, traficantes de medicamentos. Gente muy peligrosa.
—No sabía ni que existían.
—Existen y mueven auténticas fortunas. Mucho más que los traficantes de drogas. Piensa que solamente un porcentaje de la población se droga de manera más o menos asidua, en cambio todo el mundo, sin excepción, se medica en algún momento de su vida. Los clientes potenciales son infinitos.
Esos malnacidos se forran a costa de la salud de las personas.
—Las farmacéuticas también —atizó Sam.
—Sí. Y a veces usan métodos poco éticos. Métodos ilegales, qué cojones, pero no compares y no olvides que los avances en medicina y bioquímica son también cosa de la industria farmacéutica. La liberalización de patentes de los retrovirales, por ejemplo, ha salvado muchas vidas en África. Millones de personas se han beneficiado de esa medida.
—Una enfermedad crónica es más rentable para las farmacéuticas que una enfermedad mortal o con una esperanza de vida limitada. Ahora los enfermos de sida se medican toda la vida. Más años de tratamiento, más pasta para vosotros. ¿No es así?
—Vale, hay una parte de verdad en lo que dices. Mucha parte, en realidad, pero eso no cambia el hecho de que se han salvado muchísimas vidas. Si se encuentra cura a las enfermedades, los laboratorios se van a pique. La industria farmacéutica se nutre de la enfermedad. Siempre ha sido así y siempre lo será. Hay muchas enfermedades que podrían estar curadas y no lo están porque la buena salud no es rentable.
—Es nauseabundo.
—Eso no debe hacemos olvidar a todas las personas que dedican su vida a mejorar la salud de los demás, que hacen descubrimientos realmente fabulosos. Yo conozco a muchos de ellos y también forman parte de la industria. Pero esa gentuza que trafica, Sam, esos son escoria pura, copian medicamentos sin importarles lo más mínimo si la composición es la correcta o si realmente va a sanar a alguien, o al contrario. Les da igual.
Hace poco, en Estados Unidos, se detectó una partida de medicinas para el cáncer falsificadas. Estaban adulteradas con harina. Con harina, ¿te lo puedes creer? No pueden hacerse con la fórmula del Axfin, Sam. Sería catastrófico. Hablamos de un fármaco que tiene posibilidades reales de frenar el alzhéimer y restaurar zonas dañadas de la memoria. Haz lo que quieras, pero no se lo vendas a ellos.
Es todo lo que te pido.
Hugo se revolvió en el asiento trasero de un vehículo enorme con los cristales tintados. Le dio la impresión de estar retenido en el interior de un
acorazado. A la derecha de João, Isaac adoptaba poses de mafioso de serie B.
—Las cosas no están saliendo según lo previsto, señor Martí. Sus empleados —pronunció la palabra con desdén— no son muy de fiar, me temo.
—¿Empleado? Ese cabrón desagradecido es mi hermano.
—Desconocía el dato. Las relaciones fraternales a veces son complicadas, ¿no es cierto? Mi hermana y yo tenemos también nuestros desencuentros. Volviendo a su gente, otro de sus empleados está muerto y la chica se ha largado con la fórmula y el tío que tenía que cargar con las culpas. O sea, una resolución ruinosa. Quizás debería pensar mejor en quienes deposita su confianza. Hoy en día la lealtad es un concepto en desuso.
—Sí, eso está claro. —Fulminó a Isaac con la mirada—. ¿Han sido ustedes los que han matado a Saïd?
—No, nosotros no hemos tenido nada que ver con ese destrozo. Cuando llegamos, todo estaba en llamas. Sinceramente, me trae sin cuidado la suerte que haya corrido su amigo. Hay otros asuntos que me preocupan más. Por ejemplo: ¿Dónde está la fórmula? ¿Por qué no la tengo en mi poder tal como acordamos? Le avanzamos una cantidad indecente de dinero por este trabajo.
La parte buena de la catástrofe era que el portugués no tenía controlados a Gema y a los niños. De lo contrario, ya se lo habría hecho saber.
—Lo sé. La tiene Sam. Puedo recuperarla. Conseguiré la fórmula y se la entregaré. Soy un hombre de palabra. Si hablo con ella podré convencerla.
Tengo el dinero. Lo tengo aquí. Se lo ofreceré y la convenceré para que me dé la fórmula. Aún se puede solucionar todo sin más daños.
—¿Conoce el paradero de la chica, señor Martí?
Hugo titubeó.
—Yo sí —intervino Isaac ansioso por significarse—. Coloqué un localizador en el coche de Sam. Ahora mismo está a menos de veinte kilómetros de la frontera. Si no nos damos prisa, la perderemos. Déjeme ir a por ella. Yo solucionaré esto.
—¿Tú lo solucionarás? Si no te encuentras la polla sin una brújula, subnormal. ¿Cómo lo vas a solucionar, eh?
—Haré lo que tenga que hacer, Hugo. Lo que tú no tienes huevos de hacer porque estás colgado de ella.
—Sam no hablará contigo. Conmigo sí. Me necesitan —encaró a la sombra del portugués.
—Mis chicos irán con usted. Simple precaución. —Intuyó la sonrisa en la penumbra—. No habrá más oportunidades. Quiero a la chica muerta y la fórmula en mi poder. No me falle. Use el localizador de su hermano.
Hugo condujo a una velocidad imprudente, tratando de contrarrestar la ventaja de Sam, custodiado por dos individuos enormes con mucha mala leche y cero sentido del humor.
—No la alcanzaremos —apuntó Hugo—. Según el localizador está a siete kilómetros de la frontera y nosotros a casi veinte. Voy a llamarla, ¿de acuerdo? —Se dirigió al mastodonte sentado en el asiento del acompañante.
—Sin tonterías.
Pulsó el manos libres. Esta vez, sonó la señal de llamada.
—Sam. Escúchame. Tenemos que vernos. Puedo ayudarte. Te daré el dinero que quieras a cambio de la fórmula. Hazme caso, por favor. O
acabarán matándonos a todos.
—Hugo, lo siento mucho… de verdad. No he podido hacerlo…
—Tranquila. Lo entiendo. Veámonos una última vez, por favor. Hay…
hay muchas cosas que quiero decirte. Si esto acaba mal, tienes que cuidar de mi hija. Por favor, cuida de ella, Sami.
—Lo haré. Te espero en la gasolinera que hay a un par de kilómetros de la frontera. Ven solo y desarmado, Hugo.
—Lo mismo digo. Estaré ahí en quince minutos.
—Si veo algo que no me gusta, me piraré.
Asier no pronunció una palabra hasta que vislumbraron las luces centelleantes de la gasolinera.
—Tiene labia tu amigo Hugo —Sam no contestó—. Ese tío está loco por ti.
—Qué disparate.
Asier soltó una carcajada. Hasta su risa había cambiado de cadencia. Ya no era limpia y fresca. De repente sonaba amarga y dura.
—Ya lo creo que sí. ¿Estáis liados?
—¿Has terminado con las tonterías? Porque tenemos cosas importantes en las que pensar —replicó Sam—. Hugo no vendrá solo ni desarmado. No tiene ninguna hija. Tiene dos niños. Me estaba avisando. Pienses lo que pienses, esto no va a ser una escena de Romeo y Julieta. Toma —sacó un USB del interior de la bota—. Te mostraré por donde puedes burlar el puesto fronterizo. Hay muchos caminos por aquí. Se usan para el contrabando desde siempre. Te indicaré como llegar a casa de unos amigos.
Ellos te ayudarán a cruzar.
—Al final resulta que lo llevabas encima —soltó una risotada—. Muy bueno, Sam. Lo de tomarme el pelo se te da de miedo. ¿Y me lo vas a dar así, sin más? —La miró incrédulo—. ¿Por qué?
—Es lo más sensato. Si todo va bien, pasaré la frontera esta noche. A mí no me buscan. Es imposible. Tú ni siquiera conoces mi apellido. Hugo aparecerá de un momento a otro y las cosas se pondrán feas. En el dispositivo hay un documento con instrucciones.
—No tienes por qué quedarte. Ven conmigo.
—Sí, tengo que hacerlo. Estoy en deuda con él. Hugo lo ha hecho todo por mí. No puedo dejarlo en la estacada de esta forma.
—¿Cómo sabes que no me largaré?
—No hay forma de saberlo —se encogió de hombros—. Estoy en tus manos. Yo volví a por ti cuando pude marcharme.
—Eso era antes. Cuando te gustaba —casi sonrió.
—Sí, cuando me gustabas.
Asier guardó el USB, escuchó atentamente las indicaciones y la besó en la mejilla.
Sam lo vio alejarse campo a través, y desaparecer por una pista forestal.
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