Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 2 de 26

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Los miércoles salvajes

Track 1: Intrusos en el paraíso

Track 1: Intrusos en el paraíso S am se detuvo en un área de servicio de la autopista que cruza la Costa Azul, bajo un cielo azul marino, casi arañando el negro, ansiosa por desembarazarse del traje de escolta y cambiarlo por unos vaqueros, camiseta, cazadora tejana y unas cómodas botas sin apenas tacón. Setenta y dos horas custodiando a una famosa modelo durante su estancia en la Riviera con motivo de un reportaje para la revista Elle, bastaban para socavar la paciencia de un santo, y Sam estaba a años luz de la santidad.

La modelo, rebosante de seguridad y exuberancia en las portadas y las pasarelas, se mostró en la distancia corta como una niña irascible y malcriada. Proteger a una top model no era un hecho aislado ni inusual. Las clientas femeninas de Sam oscilaban entre el glamur y las chequeras rebosantes y un historial de palizas, vejaciones, tortura psicológica y órdenes de alejamiento impunemente transgredidas. El desgaste emocional en este tipo de trabajos a menudo era difícil de sobrellevar. Por ese motivo, de vez en cuando, agradecía proteger a una modelo, un actor o una actriz con dificultades para digerir una fama repentina y abusiva, o un deportista de primera línea.

Los políticos, por lo general, preferían hombres escoltas.

Pisó el acelerador. Poniendo a ciento ochenta su viejo Renault Megane descapotable, estaría en Barcelona a primera hora de la mañana. Disfrutaba conduciendo en plena noche, cobijada en la complicidad de la calma y la carretera desierta, arrullada por música negra como la noche y los murmullos de los sueños anónimos. Se sentía como una serpiente sigilosa que atraviesa la jungla. La oscuridad y el lento tránsito hacia el amanecer alimentaban la ilusión de que el nuevo día concediera alguna oportunidad para Néstor y para ella, un milagroso pasaporte a los años perdidos.

Estiró los brazos y movió las cervicales. El familiar bajón de adrenalina anunciaba su llegada. Bebió más cola. Siempre le sucedía lo mismo.

Después de cada trabajo, la tensión se desvanecía, y el organismo le reclamaba una dosis de azúcar para recobrar el estado de normalidad.

Supuso que esta secuencia de acontecimientos tantas veces repetida tendría algún nombre.

El pitido de un mensaje sonó entre los acordes finales de Rescue me.

«¿Ha ido bien, Sam?».

Tecleó con una mano, sin apartar la vista del asfalto.

«Por supuesto, boss».

Hugo le recordaba que alguien en el mundo se preocupaba por ella, aunque no era tan ingenua como para perder de vista la cuota de interés en su relación. Además de su mejor amigo, era su jefe. La única persona en la que podía confiar. El hermano que no tuvo. Su familia biológica, la que viene de serie sin posibilidad de devolución en caso de tara, nunca fue precisamente estable ni convencional ni le brindó el cariño necesario. Hugo, en cambio, siempre estuvo a su lado. En los buenos y en los malos momentos. Muy especialmente, en los malos.

«Recuerda, el domingo cumple de los gemelos. Barbacoa a las 14 h. Te esperamos».

«No faltaré. Descansa, nene».

Pisó el acelerador y coreó a Diana Ross y las Supremes en Did Our Love Go.

Era la primera vez que Asier se aventuraba a pasear por Zúrich pasada la medianoche y le sorprendió la animación reinante. Los suizos, gente de costumbres fijas y espartanas, llevaban ya horas durmiendo. Los trasnochadores que cruzaban en taxi o a pie los elegantes puentes sobre el río Limmat, eran en su mayoría extranjeros: estudiantes de Erasmus que regresaban de fiesta en el casco antiguo camino a las residencias o pisos compartidos en la zona de Unterstrass-Oberstrass y algunos ejecutivos en viaje de negocios buscando diversión o tomando la penúltima copa en los locales de moda. A sus espaldas, las majestuosas iglesias iluminadas de Grossmünster, Fraumünster, Peterskirche y Los Alpes, cuyas cimas imponentes conservaban restos de la nieve invernal.

Se encontraba en Zúrich invitado como ponente al Congreso Mundial sobre Patentes y Propiedad Intelectual. Aquella tarde, siguiendo un impulso repentino, acudió como espectador a una conferencia que no estaba en su agenda y escuchó a varios miembros de Médicos sin Fronteras y otras ONG

poner el grito en el cielo contra la política de patentes de los grandes laboratorios. La activista que se sentaba a su lado, una pelirroja con acento francés, resumió el sentir de casi todos los presentes cuando se levantó durante el turno de preguntas.

—O se está en el bando de las personas o en el bando de esos cabrones desalmados.

Asier, aunque tuvo buen cuidado de proclamarlo públicamente, militaba en el bando de los cabrones desalmados.

Los distintos ponentes que intervinieron en la conferencia exigieron un mayor rigor para determinar cuándo existe novedad y utilidad concreta en los productos a patentar. Reprobaban la flexibilidad con la que se estaban concediendo patentes de medicamentos en los países en vías de desarrollo, aportando únicamente elementos irrelevantes para justificar «nuevos» usos de compuestos ya existentes.

Ese era el quid de la cuestión.

Como experto en el tema no podía negar que había mucho de cierto en esas acusaciones. Y lo peor de todo era que él formaba parte de esa mentira, de un engranaje perfectamente tramado para seguir engrosando los dividendos de las empresas farmacéuticas. De hecho, su labor de los últimos meses estaba a punto de culminar con la renovación de una patente cuya fórmula renovada apenas aportaba ningún aspecto novedoso o significativo y cuya finalidad real era alargar la vigencia de la patente durante otros veinte años más y evitar de ese modo que el producto pasara a fabricarse por un laboratorio genérico. Lo que en resumen significaba más dinero para la multinacional y más gasto para los usuarios.

Asier habría querido levantarse y señalar a los presentes la importancia de las patentes para el desarrollo farmacéutico y biomédico, explicar que la liberación de patentes en los últimos años acuciaba la salud financiera y la capacidad de investigación de muchas empresas. Habría sido justo recordar que desarrollar un nuevo fármaco requiere una media de quince a dieciocho

años mínimo. ¿No era lícito que las farmacéuticas intentaran sacar el máximo rendimiento económico como contrapartida a la inversión realizada?

Por supuesto no se levantó ni abrió la boca. Salió de la conferencia con acidez en el estómago y deambuló sin rumbo por la ciudad.

Gema y los gemelos dormían plácidamente. Hugo se levantó con cuidado y salió a la terraza del dormitorio en bóxer y el torso desnudo. La noche era templada, suave y tranquila como debe ser en las urbanizaciones de alto nivel. El precio pagado por el nuevo estatus incluía el goce de aquellas vistas privilegiadas y el confort y la seguridad de su familia.

Ya casi era uno de ellos. Casi.

Pocos intuían que en realidad era un intruso en el paraíso, un gato sabiamente camuflado en el palomar. El perfume caro, los trajes elegantes, los restaurantes exquisitos y los coches lujosos constituían la seña de identidad del nuevo Hugo, sin lograr eclipsar del todo al chaval ambicioso de Ciudad Meridiana. El viejo Hugo nunca dejaba de acechar, como un recordatorio de todo lo que había hecho para llegar hasta allí.

Pero incluso las noches perfectas en el paraíso corren peligro de descarrilar.

Las dudas mordían los tobillos de Hugo. El encargo cerrado unas horas antes, en el interior de un coche con cristales tintados, podría calificarse de muy temerario tirando a kamikaze. El cliente en cuestión ofrecía una cantidad indecente de dinero a cambio de un servicio peligroso y totalmente ilegal.

Se apoyó en la barandilla de la terraza. La urbanización se extendía a sus pies, y algo más al sur, la ciudad brillaba lujuriosa.

El riesgo merecía la pena. El oscuro negocio aseguraría definitivamente el futuro de sus hijos.

La suerte siempre se acuesta con los que arriesgan.

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