Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 23 de 26

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Los miércoles salvajes

Track 17: El final del camino

—¡ S am, Sam! Vamos, háblame. —Hugo la zarandeó desesperado. Ni siquiera se permitió evaluar su propio estado. Salía humo del motor. Por el retrovisor vio aproximarse un coche a toda velocidad. Se sentó en el asiento del conductor. Pisó el acelerador. El automóvil protestó ruidosamente. Los fragmentos de los intermitentes se despedazaron por el suelo. Hugo maniobró con una sola mano, sin perder de vista el todoterreno a punto de embestirlos. Con la otra mano comprobó el pulso de Sam. Si estaba muerta, acribillaría a balazos a esos cabrones, aunque fuese lo último que hiciera en su vida. La sangre latió bajo sus dedos con un pulso débil e irregular.

Seguía con vida, de momento, aunque presentaba una herida escandalosa en el hombro, pero no parecía demasiado profunda.

Un disparo impactó en la luna posterior. El vehículo no daba más de sí.

Hugo condujo haciendo eses. Sam abrió los ojos.

—Te pondrás bien, cariño.

La rueda trasera reventó. Se despeñaban hacia el barranco de manera inexorable.

—Habrá que saltar, ¿me oyes?

Ella movió la cabeza con un gesto desmayado.

—Hugo… no puedo.

—Sí que puedes. Claro que puedes. No permitiré que te pase nada.

La abrazó, protegiéndola con su propio cuerpo. Rodaron por el suelo durante una decena de metros. Habría sido mucho más práctico para Hugo desasirse de Sam y ponerse a salvo; no lo hizo, continuó amarrándola, acumulando golpes y arañazos de piedras, ramas y troncos. Aterrizaron en la orilla de una pequeña laguna. El ritmo respiratorio de Sam estaba a punto de claudicar. Hugo le insufló aire.

—¡Vamos, Sami, vamos!

—No te aproveches, boss —susurró.

Hugo rompió a reír al mismo tiempo que se secaba las lágrimas.

—Esa es mi chica. —La abrazó y la ayudó a incorporarse.

—Señor Martí, me está dando usted demasiados quebraderos de cabeza.

Hugo se situó delante de Sam, a modo de escudo humano. El portugués, flanqueado por dos de sus hombres, caminaba hacia ellos.

—Dame el arma. Yo te cubriré. En cuanto empiece a disparar, corre, Sam. Corre todo lo que puedas —murmuró—. Tienes que intentarlo, ¿vale?

Hazlo por los gemelos. ¿Lista?

—Supongo.

—Ahora, Sami.

Hugo abrió fuego. La lluvia de disparos sirvió de distracción. Sam corrió con las pocas fuerzas que atesoraba. Llevaba la bolsa del dinero colgada del cuello. Se refugió detrás de un peñasco. Si conseguía guarecerse en la arboleda, tendría alguna opción de sobrevivir. Se incorporó un poco, por detrás del tolmo. Uno de los mastodontes portugueses corría a través de los matorrales en dirección a Sam. Hugo le disparó dos veces en la rodilla y en el abdomen. Por el flanco contrario, otro matón apuntaba hacia él.

—¡A tu izquierda, Hugo!

Giró el cuerpo en la dirección correcta, sin tiempo material de armar el brazo y apuntar. El tiro lo alcanzó de lleno a la altura del estómago. Hugo cayó sobre el lodo de la orilla.

—¡Noooooo!

El grito de Sam rasgó la madrugada.

Selina falleció a las nueve horas y diecisiete minutos del martes 20 de junio.

La doctora Melinda se encargó personalmente de comunicar la noticia a Sirhan y Lewa.

—Hemos hecho todo lo posible, chicos. Con la medicación correcta, vuestra madre habría sobrevivido. Podría haber llevado una vida más o menos normal durante muchos años. Lo siento muchísimo. Decid a vuestros

amigos y familiares que no compren medicinas en la calle. No son buenas.

Matan a las personas.

—¿Y cómo conseguimos las medicinas, eh? —Se enervó Sirhan— si no tenemos la tarjeta del sistema sanitario. Vivimos de la pesca. No tenemos contratos de trabajo. A nadie le importa si nos morimos o no. A nadie…

Sirhan salió del hospital y dio esquinazo a su hermana. Una fina lluvia caía sobre Accra, vistiendo la ciudad de un gris triste y deslucido. Buscó a Kofi por todas partes. La lluvia espantaba a los vendedores ilegales, y a las ratas. Deambuló toda la mañana por los aledaños del mercado, mucho más vacío de lo habitual. Tarde o temprano, aparecería. La policía le aseguró a Salomon que investigarían las actividades de Kofi, y seguramente lo haría, el gobierno ghanés cada vez se tomaba más en serio el tráfico de medicamentos, pero Sirhan dudaba que la muerte de una mujer de James Town fuese prioritaria. Estaba seguro de que Kofi seguía vagando libremente y vendiendo su mercancía adulterada.

A la hora del almuerzo, al calor de un tímido sol, Kofi se dejó caer por el restaurante. La camarera señaló hacia él y murmuró algo al oído del vendedor callejero.

Esperó en la calle. Kofi salió a su encuentro.

—¿Me buscabas?

—Sí.

Sirhan se encomendó a Dios. ¿Dónde estaba en ese momento?

¿Demasiado ocupado para insuflar vida a su madre? ¿Demasiado ocupado para dedicar una parte de su tiempo a cuatro niños de Accra que se quedaban huérfanos? Dios no respondió. Ya lo esperaba. No existía ningún consuelo en la fe, ninguna esperanza real, ningún futuro para su familia desmembrada.

Sin consuelo ni expectativas, quedaba una única opción: la venganza.

—¿Qué quieres, chico? Tengo medicinas de todas las clases.

La muerte de su madre no podía quedar impune.

Habría más Selinas muriendo en los barrios pobres de Accra y de otras ciudades africanas a causa de medicinas falsificadas o de desatención médica. Otros Sirhans huérfanos sin amparo ni futuro.

Alguien tenía que pagar.

—Quiero matarte —respondió. Arremetió contra él como un búfalo desbocado. Kofi no esperaba el ataque. Cayó al suelo en una postura poco decorosa. Sirhan lo machacó, golpe a golpe, con disciplina militar y el odio como guía. Tardaron varios minutos en separarlos. Los parroquianos del bar se reían, jaleaban la pelea y cruzaban apuestas. La camarera, incapaz de mediar en la furia de Sirhan, avisó al cocinero. Entre los dos, con la colaboración de un transeúnte, separaron a Sirhan y avisaron a la policía.

Kofi sangraba con la cara desfigurada y los dientes esparcidos por la calzada.

Mía detuvo sus pasos junto a una bifurcación.

—Yo me quedo aquí —anunció.

Asier la miró amedrentado.

—¿Y yo qué hago?

—Sigue por allí. —Señaló el sendero de la izquierda—. A unos trescientos metros verás un camino con una pendiente pronunciada, súbelo, cruza los campos de cultivo y saldrás a una carretera. En cuanto la pises, estarás en territorio andorrano.

A solas, Asier tembló de la cabeza a los pies. Estaba cerca, muy cerca de Andorra, de la libertad. Corrió hacia ella con renovadas fuerzas. Se negó a aminorar el ritmo, aunque la cuesta se le hizo muy dura. Ya descansaría cuando estuviera de vuelta en casa, con su familia.

El sol empezaba a colorear los campos. Se llenó los pulmones del aire seco y frío. La carretera, aún poco transitada, se divisaba claramente entre las tomateras.

La pesadilla estaba a punto de concluir.

Sam corrió por el bosque con la imagen de Hugo desplomándose sobre el barro empotrada en la retina. Rompió una de las mangas de la cazadora e improvisó un vendaje para su hombro maltrecho. La hemorragia estaba más o menos controlada. Por lo menos uno de sus perseguidores seguía en pie y

no estaba muy segura de si otros se habían sumado a la cacería. El estómago vacío se le revolvía y el sabor nauseabundo de la bilis inundaba el paladar. La bolsa pesaba una tonelada. Lo más sensato sería deshacerse de ella, poner el dinero a salvo y moverse con mayor ligereza. Con ese lastre a cuestas no lograría escapar. Disponía de una sustanciosa ventaja respecto a sus perseguidores: conocía las montañas como la palma de su mano.

Enterró la bolsa en el hueco de un árbol y lo cubrió de hojas y ramas.

Calculó que estaría a la misma distancia de la casa de Mía que de la frontera. Necesitaba comer, beber y curarse bien. La decisión era fácil.

—Sam, ¿a dónde vas tan aprisa?

El frío metálico de una pistola en el cogote la paralizó.

—Allí donde hay jaleo siempre andas cerca, Isaac. Como las moscas en la mierda.

—¡Ya ves! —La rodeó y se plantó frente a ella—. Algunas cosas no cambian. Ahora vas a ser una chica buena y me vas a dar la pasta y la fórmula.

El responsable de que Néstor malviviera amarrado a una silla de ruedas de por vida y, en buena parte, de la muerte de Hugo, estaba ante ella, con su expresión de cachorro apaleado.

—No tengo la fórmula ni el dinero.

—Tú lo has querido. —Sin dejar de apuntar, sacó el móvil del bolsillo

—. La tengo. Estamos casi en la orilla del río, donde empiezan los rápidos.

—Colgó—. Ya vienen. ¿Estás segura de que no quieres decirme nada, Sam?

—¿Y tú? —Casi escupió las palabras—. ¿No tienes nada que decirme?

Eres un cobarde, Isaac. Atacaste a Néstor a traición. Suelta la pistola y ven, si te atreves.

—Ah, sí, Hugo me dijo que sabes artes marciales. Qué impresionante.

—Más vale que me mates, Isaac, porque si me dejas con vida no sé lo que seré capaz de hacer contigo. ¿Por qué tuviste que apalearlo hasta casi matarlo? ¿Por qué? ¿Me lo puedes explicar?

—Se me fue la olla.

—Se te fue la olla… Es una gran explicación. Ya me siento mucho mejor. ¿Eso es todo? ¿No tienes otra excusa? ¿Le destrozaste la vida porque

se te fue la olla? No me digas eso, por Dios. Dime lo que quieras, pero no me digas eso.

—Estaba cabreado y lo pagó él. No estuvo bien, ya lo sé. Estaba hasta los huevos de mis padres, de Hugo, de no contar para nadie, de que nada me saliera nunca a derechas. Me habían echado del instituto. Mis padres me querían meter en Proyecto Hombre, mi novia me ponía los cuernos y Hugo estaba en Ibiza, viviendo a todo tren mientras yo me moría de asco en el barrio.

—¿Y todo eso qué tiene que ver con Néstor? Ni siquiera te conocía.

—Me pidieron que le diera un escarmiento a ese pimpollo y yo quería desahogarme, nada más. El día anterior me encontré un bate en el contenedor y me lo llevé. Está claro que fue una mala idea. No estuvo bien y lo he lamentado mucho todo este tiempo, pero ya no tiene remedio.

—Espero que la vida te devuelva todo el dolor que has causado, hijo de la gran puta.

Isaac se encogió de hombros.

—Nadie te obligó a quedarte con el tullido. Eso también fue una mala idea.

Un crujido de ramas sonó cerca de ellos.

—Estamos aquí —avisó.

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