Los miércoles salvajes
Cara B Track 3: Ola de calor
Cara B
Track 3: Ola de calor
P asó todo el maldito verano intentando convencerla de que se marchara a Ibiza con él. Sam no hacía más que darle largas y torear la cuestión con respuestas evasivas así que Hugo se embarcó en un ferri y se presentó en su casa una tórrida mañana de agosto. La ola de calor echaba a la gente a la calle. En los angostos pisos de Ciutat Meridiana no corría una brizna de aire. Al menos al aire libre, la cercanía de la sierra brindaba un soplo de frescura, en especial al anochecer. Las plazas se llenaban de jóvenes acalorados, bebiendo litronas y cartones de sangría y ancianos al borde del desmayo, refrescándose en las fuentes. Menudear a la vista de todos era un espectáculo cotidiano que unos permitían y otros procuraban ignorar. Hugo aspiraba a mucho más que aquello, no pensaba convertirse en uno de esos camellitos de extrarradio que entran y salen de las penitenciarías.
Cruzó la avenida Rasos de Peguera y subió dos tramos infinitos de escaleras. El edificio de Sam, maltrecho y desconchado como todos los demás, se asentaba en un terraplén sin asfaltar. Abrió la puerta un tipo con el pelo largo y pinta de cantante de los años setenta, de unos veinte años largos.
—Hola, tú debes ser Hugo. —Le dedicó una sonrisa amistosa—. Lo sé por las fotos de Sam. Me ha hablado mucho de ti. Pasa.
Hugo entró con paso indeciso.
—¿Y tú eres?
—Néstor.
—Pues a mí no me ha hablado de ti. ¿Está Sam en casa?
—Ha bajado a comprar un par de cosas. No tardará.
—¿Vives aquí?
—Sí.
—¿Con Sam?
—Temporalmente. Su padre es amigo mío.
La llave giró en la puerta. Los dos se dieron la vuelta.
—He encontrado tu helado favorito…
—Hola, Sami.
—Eh, Hugo. Qué sorpresa tan guay. —Dejó la bolsa en el suelo y se lanzó a sus brazos—. Me alegro mucho de verte.
—Como pasas de mí… me he dado un paseo hasta aquí. Quería saber si estabas bien. —Miró de reojo a Néstor—. Ya veo que sí, que estás de cofia.
¿Podemos dar una vuelta? Necesito hablar contigo.
—Dame un minuto. Voy a dejar esto en el congelador. Con este calor se derriten hasta las piedras.
Néstor y Sam entraron en la cocina. Hugo escuchó murmullos y risas sofocadas. Sus cuerpos a duras penas podían evitar la proximidad. Era una atracción química, irrefrenable, excluyente. Estaba de más. Era evidente.
Bajaron hacia la barriada de Vallbona, a orillas del Besòs, rodeada de campos y humedades; el paisaje casi rural, inaudito en la ciudad, los transportaba muy lejos de los puñados de bloques de Ciutat Meridiana a tan solo unos minutos de distancia. Desde pequeño, Hugo solía escaparse a Vallbona a pasear entre las casas bajas y los cañaverales.
—¿De dónde ha salido este? Dice que es amigo de tu padre. Parece muy joven para ser colega de tu viejo y demasiado mayor para liarse contigo.
—¿A que es guapísimo?
—Seguramente, y también, como te digo, es mayor que tú.
—Venga, lo dices como si fuera un anciano.
—Tienes diecisiete años, Sam. Eres menor.
—No jodas. —Rio—. Me faltan meses para cumplir dieciocho. Es increíble, Hugo. Tú no lo conoces. Néstor es genial.
—Los primeros meses todo el mundo es genial, ¿aún no te has enterado? Ven conmigo a Ibiza.
Hugo odiaba el barrio con toda su alma. Quería otra vida para él y para Sam. Venía con una propuesta infalible bajo el brazo. No esperaba toparse con un dandi con cara de angelito metido en su cama.
—Néstor y yo nos iremos a vivir juntos en cuanto cumpla los dieciocho.
—¿Y qué opina tu padre?
—Como si le importara mucho. Está en Murcia con sus movidas.
—Este tío te traerá problemas, Sam. Entiendo que te ponga. Follatelo, pero no te compliques la vida.
Se sentaron cerca de la acequia. El sol caía perezosamente, perdiendo en el descenso su fulgor salvaje.
—Yo no pienso volver por aquí. Esta cloaca no es para mí.
—¿Te quedarás en Ibiza? Anda ya, cuando se piren los guiris será un aburrimiento.
Hugo negó con la cabeza. Sam apoyaba la cabeza en su hombro, agarrándolo del brazo. No podía soportar tenerla tan cerca. Se puso en pie con cierta brusquedad.
—¿Qué pasa?
—Los putos mosquitos. Demos un paseo.
—¿Pero volverás, no?
—Estoy montando un negocio.
Sam enarcó una ceja.
—¿Qué clase de negocio?
—Uno no muy distinto al de tu padre.
—No quiero saber nada de drogas, Hugo.
—Las drogas me gustan tan poco como a ti. Hablo de ganar pasta gansa, Sami. Solamente es un primer paso.
Necesito ganar dinero que luego pueda invertir en montar un negocio legal. En Ibiza estoy haciendo muy buenos contactos, gente de Tánger y de Berlín.
—No me lo cuentes, Hugo. Prefiero no saberlo. Ya tengo bastante con mi viejo y sus historias. Siempre acaba mal.
—Yo no soy tu viejo, con todos los respetos. Aspiro a mucho más.
—Me alegro por ti.
—Ya, y el tal Néstor, el melenas, coleguita de tu viejo, ¿a qué cojones crees que se dedica, Sam? ¿Es modelo o qué?
—Es músico.
—Y una mierda. Ese es el rollo que suelta para ligarse a las niñas inocentes como tú.
—Yo no tengo nada de inocente, Hugo. En este barrio ni las lagartijas son inocentes. Aquí o espabilas o espabilas. Ya lo sabes.
—Siempre has ido de dura, pero eres una pánfila. Ven conmigo, Sami.
—Quiero estar con él. Lo tengo muy claro.
Hugo resopló. Clavó los ojos en el enjambre de bloques verdes de Singuerlín encaramados en el monte, al otro lado del río Besos.
—¿Y de qué vais a vivir? ¿Lo has pensado?
—Buscaré trabajo, como todo el mundo. Y Néstor tiene muy buenas canciones.
—Hostia puta, eres más boba de lo que creía.
—¿Te has cansado de insultarme? Me abro.
—¡Eh, eh! —La cogió del brazo—. No te vayas así, por favor. He venido a verte, no a discutir. Estaré por aquí unos días, por si quieres verme o charlar un rato de buen rollo. Después, me iré. Tengo curro para ti, en la barra de un bar de copas muy guapo, tengo casa para ti al lado de la playa.
Estaremos de puta madre, Sami. Te encantará Ibiza. Piénsalo, ¿vale?
—Lo pensaré. —Lo abrazó con fuerza—. Somos hermanos, coño. No quiero discutir contigo.
—Te quiero, Sam.
—Y yo te quiero a ti, tío.
Las mismas palabras, por desgracia, sonaban muy distintas en boca de ella.
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