Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 16 de 26

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Los miércoles salvajes

Parte III: Venganza

Antes de embarcarte en un camino de venganza, cava dos tumbas.

CONFUCIO

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Track 12: Sin vuelta atrás S entaba bien estar de vuelta en casa. Despertar de la siesta con las vistas de la playa, escuchar las risas de los niños jugando en el jardín, olfatear el aroma del café. João estiró los brazos y bostezó. Para colmo de alegrías María no estaba en Oporto. Andaba en uno de sus misteriosos viajes. Ya no le contaba nada. Reservaba celosamente los planes para sí misma y dosificaba la información con perversa tacañería. La situación estaba llegando a un punto humillante para João. Era inconcebible que los perros guardianes de su hermana, simples animales con la cabeza hueca y el puño raudo, supieran detalles del negocio que el propio hermano de la Coja desconocía. María se recreaba en la tortura psicológica. Disfrutaba dejándolo en evidencia, empequeñeciéndolo más y más. Hasta que João desapareciera del encuadre y todo el poder y el dinero recayeran en ella.

Algunos días, sobre todo los que pasaba lejos de casa, acariciaba la idea de abandonar el negocio, vivir tranquilo con la herencia de sus padres y alguna inversión atinada. Una decisión de ese calado traería consigo muchos cambios. En primer lugar, disputarse la casa familiar en la que vivían João, su esposa, sus hijos, María y el servicio. Se planteaban dos opciones, igualmente espinosas; o bien echar a su hermana de la casa o mudarse con su familia a otra vivienda más pequeña. No estaba dispuesto a renunciar a lo que era suyo. Que se largase ella.

Eso era impensable. María se aferraría a la casa con la misma fuerza obsesiva con la que amaba el dinero y todo aquello que reafirmaba su poder. Alguien, que dada su incapacidad de amar, se había especializado en inspirar terror. Esa era su hermana.

La reina y señora del miedo.

En la ducha, João pasó revista a sus posesiones, a todo lo que perdería en caso de romper la baraja y quemar las naves: sus tres coches deportivos, el barco, la casa del Algarve escriturada a nombre de los dos hermanos y

por la que María pelearía como una leona a pesar de que detestaba la playa y nadie recordaba haberla visto en bañador en las últimas tres décadas, la finca del Pirineo francés que tanto gustaba a João.

Por no hablar del chantaje emocional al que sometería a los hijos de João.

Se vistió con ropa deportiva y bajó a desayunar. No estaba listo para tantos cambios. Todavía no.

Su hijo mediano de siete años, Luisito, corrió a recibirlo a pie de escaleras. Era un niño rollizo y a João le constaba que en el colegio se metían con él. Se le daban mal los deportes y le costaba integrarse. Los sentimientos de João hacia su único hijo varón se movían en una ambivalencia dolorosa. Por un lado, lo abochornaba que aquel chiquillo fofo y poco viril fuese hijo suyo, y por otro, no podía evitar sobreprotegerlo contra los ataques externos. María no perdía la oportunidad de entrometerse en la educación de los niños. Achacaba los problemas de relación de Luisito a los excesivos mimos de sus padres.

—Saldrá maricón —solía decir— y será por tu culpa, João.

—¡Hola, papi!

—¡Hola, Luisito!

El abrazo de su hijo le hizo bien.

—¿Vamos a jugar a fútbol? Te enseñaré a regatear. Ya verás. No es tan difícil.

Luisito hizo un mohín de disgusto.

—No me gusta, papi.

—Está bien. —Lo besó en la frente—. Saldremos con el barco, ¿te parece?

—¡Sí! ¿La tía también viene?

—No ha regresado del viaje.

Le pareció ver un conato de sonrisa asomado a los labios del niño.

—¿Pasa algo, Luisito?

—No.

—Puedes contármelo.

—Es que…

—Dime, hijo. —Lo sentó en sus rodillas y le alborotó el pelo.

—Unos niños me pegaron en el cole y la tía me dijo que no sería un hombre si no los mataba.

João perdió el color.

—¿Te dijo eso?

—Sí, papi. Yo no quiero matarlos. Solo quiero que me dejen en paz.

Abrazó a su hijo. No consentiría que María corrompiera a sus hijos. No lo consentiría.

La residencia estaba a oscuras, excepto por el fulgor difuminado de las luces exteriores, más un par de farolas en la zona del porche.

—¿Néstor vive aquí? Tiene pinta de ser un sitio bastante caro.

—Sí, a las dos cosas —contestó Sam.

—¿Quién lo paga?

—Eres un poco cotilla ¿no te parece? —Sacó la llave del contacto y bajó del coche—. No tardo nada. —Cerró las cuatro puertas del vehículo.

Asier registró el automóvil. Allí no había ningún dispositivo en el que pudiera haber grabado la fórmula. Tendría que esperar el momento. Hacer que bajara la guardia. Sam cumplió su palabra. En menos de cinco minutos, estaba de vuelta algo más tranquila.

—¿Bien?

—Sí, está fuera de peligro. Lo van a trasladar de inmediato. Tienen varias residencias filiales.

—¿Y ahora a dónde vamos?

—Tengo un refugio. Nadie sabe dónde está, ni siquiera Hugo. Allí estaremos bien al menos un par de días, para pensar con claridad.

—¿Llevas la fórmula encima?

Sam resopló.

—Eres monotemàtico, por Dios. Ya te dije que está en un lugar seguro.

¿Crees que soy imbécil?

—¿No te fías de mí?

—No me fío ni de mi sombra, rey.

—¿Qué le pasó a Néstor?

—Le dieron una paliza brutal. Se quedó tetrapléjico y con graves daños cerebrales.

—Qué barbaridad. ¿Por qué lo atacaron?

—La policía dijo que se trataba de un asunto de drogas. Néstor era músico, no estaba metido en drogas. Como era amigo de mi padre, dieron por sentado que era un camello.

—¿Tu padre trafica con drogas?

Sam fijó los ojos en la línea continua.

—Sí, Asier. Traficaba.

—¿Lo ha dejado?

—Murió hace poco, un par de meses. Siguió en el negocio hasta el último día. Decía que no sabía hacer otra cosa y probablemente fuese cierto.

Ni siquiera sabía ejercer de padre. No tenía mal fondo, no te creas. Lo echo de menos.

—Tu padre traficante, tu mejor amigo un mafioso, ¿de dónde has salido tú?

—De un lugar muy diferente al tuyo, eso seguro. —Lo miró de reojo, aferrada al volante con fuerza—. Piensa lo que te dé la gana. Yo no soy una delincuente como has dicho antes. Soy escolta y de las buenas.

—Los escoltas protegen a las personas, no roban fórmulas farmacéuticas.

—Da igual. No sabes de qué estoy hablando.

—Pues no, mira. Mi familia es muy normal. Ni ricos ni pobres, personas trabajadoras y corrientes.

—Me alegro mucho por ti. Debe ser encantador que mamá cocine pavo en Nochebuena y ese tipo de cosas.

—¿Y tu madre? ¿También trafica o es una sicaria?

—Murió de sida cuando yo tenía siete años. ¿Satisfecho? ¿Alguna pregunta más?

Con los años, fue almacenando pequeños flashes de su madre, un puñado de imágenes cuidadosamente escogidas, fotos fijas que no lastimaran más de lo necesario, que preservasen el recuerdo a cualquier precio.

Una sonrisa cansada. Olor a medicinas. El tacto de su mano. La estrofa de una canción italiana que solía cantar mientras planchaba, cuando aún tenía fuerzas para empuñar la plancha. Después, de golpe, el oleaje de recuerdos se frena en seco. Un blanco nuclear se extiende por la memoria de Sam como una tundra boreal helada e infinita. Ya no hay nada más. Ni canciones, ni caricias, ni sonrisas. No hay recuerdos del funeral ni de los días posteriores a su muerte.

Nada.

Se hizo un silencio espeso en el interior del coche.

—Perdona, Sam. —Estiró el brazo, pero lo replegó antes de rozar su mano—. ¿Te llamas así?

—Sí, me llamo Samanta. Y esto lo hago por Néstor. Para pagarle un tratamiento que le dé la posibilidad de volver a caminar o al menos a recuperar parte de la movilidad. No espero que lo entiendas ni te estoy pidiendo disculpas. Todo esto ha sido un tremendo error, pero ahora ya está hecho.

Pongamos un poco de música y nos callamos un rato, si es posible. ¿Te gusta Jamiroquai?

—¿Quién?

—Déjalo correr.

Mientras sonaba Cosmic girl, sus pensamientos giraban en torno a Hugo como en un remolino. Saldría de esta, no le cabía duda. Estaba hecho de esa clase de pasta, de alambre y acero, disponía de recursos y de astucia. Si perdía a Hugo, perdería a la persona que había estado a su lado toda la vida, a las buenas y a las malas, al amigo que nunca le fallaba, al hermano que siempre le prestaba su hombro para llorar.

Si perdía a Hugo se quedaría sola para siempre.

Le sobrevino un estremecimiento.

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