Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 11 de 26

Páginas del PDF

Los miércoles salvajes

Track 8: El reparto del pastel

Track 8: El reparto del pastel E n cuanto cruzaba la puerta del loft, Sam era una mujer de agua y fuego. Un deseo instantáneo y arrogante se apoderaba de ella al anticipar lo que sucedería a continuación y la humedad calaba sus bragas.

Sus cuerpos en el suelo entrelazados, empotrados en la pared, desmadejados en el diván. Había días en los que no conseguía pensar en nada más que en sentir su pene dentro de ella, en arrancarle la piel y morderle la boca, en cabalgar a horcajadas sobre él hasta que las fuerzas los abandonaran.

Esos días, los miércoles de furia, y también por qué no los jueves o los lunes, Sam optaba por un ataque frontal, directo como un disparo. La conversación, el retrato y demás delicias, vendrían luego, lo primero era saciar aquel deseo tiránico que la derretía por dentro.

Un saludo escueto y se lanzó a explorar los recovecos de su boca con una serie de besos largos, húmedos y jadeantes.

—Yo también me alegro de verte —masculló Asier entre el diluvio de besos.

Se quitó el jersey y soltó el sujetador. Asier no resistió el desafío, la visión de sus pechos le nubló la cabeza. Deslizó los labios por el cuello de Sam, desde el lóbulo hasta derrapar en el nacimiento del escote.

—Quiero tenerte entre mis piernas —susurró ella a ras de oído.

La volteó bruscamente, se apretó contra ella y la penetró midiendo la fuerza.

—¿Así?

Sam gimió y clavó las uñas en la pared.

—Más fuerte y más adentro.

—¿Y ahora?

Lamió su espalda e intensificó el ritmo de las acometidas. Le temblaban las piernas y no sabía si podría aguantar mucho más. Se consoló pensando que tampoco ella parecía en condiciones de soportar un asalto largo, a

juzgar por sus gemidos cada vez más intensos y agudos y el movimiento frenético de sus caderas.

—Más fuerte.

Asier redobló la potencia a la par que acariciaba su espalda, las nalgas, los pechos y respiraba junto a su oído.

—Mucho mejor. Sigue así.

—¿Y después qué vas a querer?

—Después no existe.

Agotados, yacieron sobre el diván, en un delicioso estado lindante con el sueño. Más tarde, Asier preparó unos bocadillos y se sentaron junto al ventanal.

—¿Qué es lo que te gustaría hacer de verdad? Quiero decir, ¿te llena la publicidad o sueñas con hacer alguna otra cosa? ¿Hay algún sueño pendiente?

Su sueño era que Néstor volviera a caminar. Tiró de la versión estándar.

—Viajar.

—¿A algún sitio en particular?

—No tengo manías. —Sonrió—. El mundo es muy grande. Hay muchísimo por ver. ¿Y tú, con qué sueñas?

Asier mordisqueó el bocadillo.

—Con pintar.

—Ya pintas.

Meneó la cabeza y masticó despacio.

—Pintar en serio. Dedicarme a ello con todo el alma, a tiempo completo.

—Creí que te gustaba tu trabajo.

—Tú lo has dicho, Sam. Me gustaba. Cada vez me gusta menos.

—Pues hazlo. Deja el trabajo y pinta. Ya sabes, es mejor arrepentirse de lo que se ha hecho que de lo que no llegaste a hacer.

—¿Así de fácil? —Chasqueó los dedos.

—De fácil o de difícil, no lo sé. Solamente hay una manera de saberlo.

La miró embelesado. Sol puso el grito en el cielo cuando en cierta ocasión mencionó la posibilidad de reducir su jornada laboral para dedicar más tiempo al arte.

Lo tildó de loco e irresponsable.

—Lo que tienes que hacer, Asier, es quitarle el puesto a ese memo de Miralles. Estás más capacitado que él. Muévele el asiento.

—Yo no soy así, Sol.

—Ese es el problema.

Merecía ser feliz, sentirse a gusto en su piel, mirarse al espejo y no apartar la mirada.

—Pongamos que lo hiciera. —Se lanzó a fabular—. Tengo ahorros.

Podría vivir un tiempo sin preocupaciones. ¿Vendrías conmigo?

Sam tragó saliva y procuró que la sonrisa tamizara la ebullición de las emociones.

—Depende. ¿A dónde?

—A cualquier parte. A una isla, tal vez. Una de esas recónditas islas del Pacífico. ¿Qué te parece?

—Vendría a verte en vacaciones. —Sonrió.

—La vida diaria serían unas vacaciones. Sería tu esclavo sexual.

Beberíamos agua de los cocoteros y te follaría a todas horas.

—Me has convencido. —Se inclinó hacia él y lo besó.

Se pegó a ella como una sombra. A veces, tenía la impresión de que estaba a punto de descubrirlo. De repente, Sam se volvía en una esquina y fingía mirar un escaparate o consultar el móvil. En dos ocasiones se vio obligado a improvisar y ocultarse en un bar o entrar a toda prisa en la boca del metro.

Al volante era aún más complicado seguirla. Sin más, iniciaba una serie de giros laberínticos y acababa por despistarlo. No estaba seguro de si sospechaba algo o si era una conducta habitual. A fin de cuentas, Sam era una profesional. Comprendió que si quería espiarla debía estar a su altura, usar métodos propios de profesionales. Adquirió un localizador para automóviles y lo colocó en los bajos de su coche. Poco a poco, sin correr grandes riesgos, se hizo con sus rutinas y horarios. Entrenaba a diario, salía a correr, iba a visitar a Néstor y se veía con Asier Menéndez. Esta última, sin duda, era la parte más interesante y jugosa. Las tardes en el loft del

ejecutivo. De nuevo, recurrió a la tecnología. Compró una cámara pequeña y eficaz y la colocó en el estudio de Asier.

La vida de Sam dejó de ser un misterio para él.

—¿Más café, Randall?

La Coja se sirvió una galleta de jengibre. Su viaje secreto a Johannesburgo tenía como objetivo expandir las rutas de distribución. Su acompañante de aquella tarde en la terraza de un elegante hotel, James Randall, era la llave que podía abrir de par en par los horizontes de María en el continente africano.

—No, gracias, María. Me sorprende que João no esté presente.

—Está en Barcelona. Tenemos asuntos por allí. En cualquier caso, yo soy la interlocutora adecuada. João tiene demasiados remilgos. Dígame, Randall, ¿la ruta de La India a Ghana es absolutamente segura?

—Es infalible. Llevamos más de cuatro años usándola sin el menor percance. Los puertos africanos son un coladero. En Togo la supervisión es mínima y si, por casualidad, damos con algún aduanero celoso de su cometido, lo sobornamos a precio de saldo. En África todo es low cost —

sonrió.

María investigó a fondo antes de lanzarse a la piscina. La pregunta era una mera comprobación de hasta qué punto su futuro socio era de fiar. El equipo enviado a explorar el terreno in situ, confirmó en un extenso y minucioso informe la absoluta permeabilidad de las fronteras africanas y las facilidades para colocar mercancía ilegal. Se personaron en distintas ocasiones en el mercado Okaishie, en pleno centro de Accra, donde se reunían los mayoristas de medicamentos. Allí los negocios se consumaban a una velocidad vertiginosa. Nadie se molestaba en comprobar la fiabilidad o el origen del producto. Si alguien ofrecía una partida de Ibuprofeno a un precio rebajado, veinte o treinta céntimos por debajo de su valor real, alegando que tenía un stock sobrante del que quería desprenderse, no se hacían preguntas indiscretas ni se ponía en duda. Nadie pedía explicaciones, ni siquiera nombres. Entre los mayoristas que negociaban los precios de las medicinas en buen estado y de procedencia legal, los traficantes campaban

a sus anchas, colocaban la mercancía adulterada con harina, tiza o almidón a precios de saldo y se marchaban a las fronteras con Togo y Burkina Faso, a por nuevos cargamentos que llegarían en barco desde Mumbai, La India, destino a Ghana o Nigeria prestos a inundar las calles de Accra y de otras ciudades africanas con total impunidad otro día más. La gente de María vendió sin mayores problemas todo el excedente de medicamentos caducados o en mal estado que llevaban consigo.

—Espléndido —aprobó la Coja.

—Lo que no sé es por qué motivo deberíamos compartir esa ruta con ustedes. ¿Qué ganamos nosotros, María?

—Un 15 % de la distribución del Axfin en el norte de Europa, donde tenemos menos contactos, a cambio de la ruta africana.

—¿El Axfin? ¿Se refiere al fármaco para el alzhéimer?

—Exactamente. Dispondremos del principio activo en breve, o incluso mejor, de la fórmula original. En fin, eso es lo de menos. La cuestión es que estaremos en disposición de fabricarlo y distribuirlo.

—El 15 % y la garantía de que no duplicaremos productos. Los antipalúdicos son cosa nuestra, así como los antibióticos y analgésicos.

—Nos interesan más los retrovirales.

—También los distribuimos.

—En pequeñas cantidades y de forma desigual, por lo que sé.

—Veo que no deja nada al azar, María —el rostro rubicundo de Randall se tensó. La Coja lo ponía nervioso. Prefería tratar con su hermano. Estaba deseando poner fin a la reunión. Bebió despacio y barruntó un pretexto creíble y que no la ofendiera—. Cubrimos principalmente la franja de Somalia, Etiopía, Kenya, Uganda y Tanzania. Es una zona mucho más rentable para los retrovirales.

—Bien, entonces nosotros nos quedamos Nigeria, Guinea, Burkina Faso, Benin, Congo y Ghana. Y ustedes el 8 % del Axfin en Escandinavia y las repúblicas bálticas, Randall.

—Habíamos dicho el 15 %.

—El 10 %.

—Trato hecho, el 10 %.

—Bien, dejemos el café y pasemos al oporto, ¿le parece, Randall?

—De acuerdo.

Sam aparcó en una travesía de la avenida República Argentina, muy cerca de su domicilio, un coqueto apartamento con vistas a Collserola. El barrio dormitaba silencioso y tranquilo. El aire olía a jazmín y a plantas recién regadas. Le gustaba la zona. El claxon de un coche sonó bruscamente en la calma de la calle desierta. Oteó al interior de un coche negro, de gama alta.

Por instinto, se preparó para un ataque.

—Vaya horitas, Sam. Sube un momento.

—Hugo… —Relajó la musculatura—. Estoy muy cansada. ¿No podemos hablar mañana?

—Ya me imagino de qué estás cansada. Y no, cariño, no podemos hablar mañana. Es importante. Sube, anda.

—¿Qué ocurre?

Hugo abrió la portezuela. Sam tomó asiento con aire indolente.

—Esta noche he recibido esto.

Le mostró una foto en la pantalla del móvil. En ella Sam empujaba la silla de ruedas de Néstor. El cansancio se esfumó de golpe.

—¿Quién te la ha enviado?

—El cliente. Y ayer, me enviaron esta otra. —Le enseñó la instantánea de Gema y los niños.

—Hace días que tengo la sensación de que me están siguiendo. ¿Tú sabes algo de eso?

—¿Para qué voy a seguirte, cariño? Te veo cada día. Será cosa del cliente.

—¿Con qué clase de gente estamos tratando?

—Con animales, Sam. Me gustaría deshacer todo esto ahora mismo, pero ya no puedo. —Se tapó la cara con las manos—. Ya no puedo, joder.

Tienes que conseguir lo que quieren, por favor. Tengo miedo. Por ti y por mi familia. De verdad que estoy acojonado, Sami.

No era fácil ver a Hugo asustado. Le sobraban calle y agallas.

—Dios mío, Hugo. ¿Qué vamos a hacer?

—Cumplir con lo pactado. No tenemos otra alternativa.

—El domingo accederé al edificio con la tarjeta de Asier.

—Cuento con ello.

Se abrazaron.

Sola en su cama Sam y el sueño se esquivaban mutuamente. El miedo de Hugo se le había metido debajo de la piel.

OceanofPDF.com