Los miércoles salvajes

Susana Hernandez · Capítulo 14 de 26

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Los miércoles salvajes

Track 10: Decisiones peligrosas

Track 10: Decisiones peligrosas A sier pasó una mala noche. No sabía nada de Sam desde que se marchó el domingo por la mañana. El lunes entró en el edificio bostezando, sacó la cartera y mecánicamente tanteó con los dedos en el compartimento donde guardaba la tarjeta de seguridad. Estaba vacío.

Revisó uno a uno todos los compartimentos, fundas y bolsillos, se apoyó en el mostrador y vació el contenido de la cartera y de los bolsillos.

—No encuentro la tarjeta de seguridad, Miguel. ¿Puedes abrirme, por favor?

—Lo siento. No puedo.

El conserje fijó la vista en el monitor del ordenador con evidente nerviosismo y descolgó el teléfono.

—¿Cómo? Miguel. Me conoces perfectamente…

—Un momento, por favor.

Dio la espalda a Asier y cuchicheó unas palabras.

—Bueno, ¿me abres o no? Al final llegaré tarde y tengo una reunión en diez minutos.

—Espere, por favor. Ha habido una violación de la seguridad. No sé mucho más. El jefe de servicio viene en camino.

—¿Qué tipo de violación de la seguridad?

—No lo sé.

El jefe de servicio y el gerente de la empresa tardaron diez minutos, acaso doce, que a Asier se le antojaron un siglo y medio. Era imposible no relacionar el hecho de que hubiera extraviado su tarjeta con la violación de la seguridad. Parecía descabellado que alguien encontrara su tarjeta por casualidad y se aventurase a entrar en el edificio. ¿Con qué fin? Además, a simple vista la tarjeta proporcionaba muy pocas pistas, tan solo llevaba impreso un código de barras y unas siglas que a un profano no le dirían absolutamente nada. ¿Realmente había perdido la tarjeta o alguien se la

robó? ¿Pero quién? La pregunta solo propiciaba una respuesta plausible: Sam.

Cerró los ojos ante esa espantosa posibilidad. Los dos hombres caminaban hacia él con paso firme y cara de pocos amigos, embutidos en trajes caros y sobrios.

—Buenos días, Menéndez —saludó con sequedad el gerente—. Haga el favor. —Con un gesto indicó que les acompañara. Por fin le permitieron traspasar la entrada a la empresa, aunque fuese para recluirlo en una sala pequeña y mal ventilada en la que no había puesto jamás un pie.

—Estamos ante una situación muy delicada —empezó el jefe de servicio—. ¿Puede mostrarme su tarjeta de seguridad, si es tan amable?

—No la tengo. Me he dado cuenta al llegar aquí.

—¿La ha perdido?

—Pues supongo que sí. Es la primera vez que me ocurre. Nunca la saco de la cartera. No me explico cómo puedo haberla perdido.

—¿Ha prestado la tarjeta a alguna persona ajena a la empresa?

—Por supuesto que no. Trabajo en el departamento de patentes y propiedad intelectual. Eso sería una irresponsabilidad gravísima.

—Sí. Estamos de acuerdo. El caso —inspiró profundamente— es que alguien accedió al edificio con su tarjeta de seguridad ayer al mediodía.

—Ayer era domingo —apuntó tontamente.

—Lo sé —contestó despacio, como si estuviera intentando enseñar la lección a un alumno corto de luces. Giró la pantalla. En el registro se apreciaba con claridad su nombre junto a la palabra acceso a las 14.50 y salida a las 16.23 y la fecha del día anterior.

—Yo no estuve aquí ayer. ¿Entraron en mi despacho? —Palideció.

—¿Está seguro de que no estuvo aquí?

—Claro que estoy seguro.

—Las imágenes no dicen lo mismo, Menéndez. Las cosas están muy feas. Hemos llamado a la policía. Pueden acusarlo de espionaje industrial.

—¿Entraron en mi despacho? —volvió a preguntar.

—Así es.

—¿Y accedieron a mi ordenador?

—Sí.

—Tengo que hacer comprobaciones. Mi ordenador contiene documentación altamente confidencial.

—En estos momentos tiene vetado el acceso a las instalaciones de la empresa. Seguro que lo comprende. Los informáticos supervisados por el departamento legal están llevando a cabo las pertinentes comprobaciones.

Estudió la imagen de la grabación.

—Ese no soy yo.

—Yo juraría que sí.

—No —objetó con rotundidad—, no soy yo. Esa persona es más baja.

Mide por lo menos diez centímetros menos. No creo que llegue al metro setenta. Metro sesenta y ocho, como mucho. Yo mido metro ochenta y dos.

Está claro que no soy yo.

—Es difícil poder decirlo, ¿no le parece? Dado que lleva la cara tapada.

La policía ya está aquí. Le deseo mucha suerte. Ellos no serán tan amables.

Le dolía cada músculo, cada hueso, cada tendón, incluidos los que ni siquiera sabía que estuvieran alojados en su cuerpo. Intentó mover la cabeza. El dolor la acribilló sin piedad en forma de terribles punzadas en la sien y oleadas sordas e implacable en los riñones. Lentamente, volvió a tumbarse. Mientras ganaba fuerzas y valor para incorporarse más despacio, repasó la estancia con ojos cansados. Estaba en el box de urgencias de un hospital. Un alud de recuerdos borrosos y fragmentados acudió a su mente.

Necesitaba salir de la cama, comprobar si seguía llevando el dispositivo en el que grabó la fórmula.

—No deberías levantarte —advirtió una enfermera asomando por la cortina.

—¿Dónde están mis cosas?

—En el armario, pero es mejor que…

—De verdad. Es muy importante. Tengo que marcharme.

—Está bien, estate quieta. Te ayudaré.

—¿Pueden darme el alta voluntaria?

—Lo consultaré con el doctor. Un momento por favor.

—Me voy vistiendo mientras.

A duras penas lograba mantener la verticalidad. Abrió la puerta del armario con un ademán brusco. Palpó el bolsillo de la cazadora desesperadamente. Allí estaba el dispositivo. Parecía en buen estado. Lo volvió a guardar. ¿Y el móvil? Lo buscó por todas partes. Se vistió con una considerable dosis de sufrimiento. Hugo estaría histérico.

—Aquí está el alta. Tienes que firmarla. Es una imprudencia que te marches.

—Lo entiendo, pero es imprescindible. ¿Has visto mi móvil?

—Si no está entre tus cosas, es que no lo llevabas cuando te trajeron los sanitarios. Estará en el coche.

—¿Han llevado mi coche al depósito?

—Me imagino que sí.

Bajó al vestíbulo y efectuó una llamada desde el teléfono público.

—Hugo, soy yo.

—¿Dónde cojones te has metido? Pensaba que… —titubeó.

—¿Qué pensabas?

—Da igual.

—He tenido un accidente de coche. Acabo de salir del hospital.

Su voz se dulcificó.

—¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?

—No mucho. Me duele todo.

—¿Lo tienes, no?

—Sí. Lo tengo.

—¿Por qué me llamas desde este número?

—No encuentro el móvil. Supongo que estará en el coche. De todas formas, me desharé de él. Te escribiré pronto desde un número seguro.

¿Cuándo quieres quedar para la entrega? Estoy deseando acabar con este asunto de una puta vez.

—Te doy unas horas para que vayas a por tu coche y descanses. Nos vemos, digamos a las nueve en punto en el viaducto. Cuidate, Sami.

Sam aprovechó la prórroga. Fue al depósito a recuperar su coche.

Aparte de un faro partido y un par de abolladuras, estaba en relativo buen estado. El móvil había sufrido una rotura en la pantalla y estaba medio

aplastado. Sacó la tarjeta y la destruyó. Echaría mano de un móvil de prepago que compró tiempo atrás en un viaje a Polonia.

Asier pasó dos horas largas contestando las preguntas del sargento encargado de la investigación. Se negaba a dar el nombre de Sam como posible autora del delito.

—No tiene ningún sentido entrar en domingo en mi propio despacho,

¿no le parece? Si quisiera robar la fórmula, podría haberlo hecho cuando me diese la gana y sin levantar sospechas.

—Tengo entendido que si se copia o se abre un archivo del departamento de patentes, se activa una alarma silenciosa en el departamento de informática.

—Sí.

—Entonces, quizás le convenía más hacerlo de esta forma, teniendo en cuenta que dicho departamento trabaja de lunes a sábado.

—En horario de oficina la alarma puede silenciarse, además podría justificar sin problemas el acceso al archivo. En domingo, obviamente no.

Yo no he sido. Se lo juro.

—Deme una alternativa. ¿Quién ha podido ser? ¿Tiene alguna idea?

No quedaba más remedio que involucrar a Sam.

—Hace poco conocí a una chica. Anoche se quedó a dormir en mi casa.

—¿Cree que pudo hacerse con su tarjeta?

¿Pudo? Sí, claro que pudo. La respuesta era obvia y dolorosa.

—Sí —admitió.

—Muy bien. ¿Cuál es el nombre de esa chica?

—Sam.

—¿Sam?

—Samanta.

—¿Samanta qué más?

—No lo sé.

El sargento arqueó las cejas.

—¿Sabe a qué se dedica esta tal Sam?

—Me dijo que trabajaba en una empresa de publicidad.

—¿En cuál?

—Una que está en la Via Augusta. No me dijo el nombre.

—Lo comprobaremos.

—¿Tiene su teléfono o dirección?

—El teléfono, sí. La dirección no la sé. Vive por Vallcarca.

Llamaron repetidas veces al número de Sam. El móvil estaba apagado.

—¿Algún otro dato que nos pueda servir para localizar a la chica misteriosa?

—No.

—El director de su departamento, Jacinto Miralles, nos ha comentado que la empresa pensaba despedirlo y ha apuntado a una posible represalia por su parte. ¿Tiene algo que decir?

—Eso es mentira. Yo jamás haría algo así. Miralles quería que sobornara a altos funcionarios del gobierno indio para que aceptasen la renovación de la patente del Bicervil. Me negué. Por eso quería despedirme.

—Es decir que tenía un buen motivo para querer vengarse de Heinch.

—No. Eso no es así…

—Procúrese un abogado. Le va a hacer falta.

No quedaba ninguna farmacia de Accra que Sirhan no hubiese visitado, ofreciendo pescado a cambio de los medicamentos para su madre. Ya no entrenaba en la playa con los chicos. Mossud, el chico de Old Fadama, fichó por el gimnasio del centro. Su oportunidad se había esfumado. Cada tarde, al amarrar la canoa, se lanzaba a recorrer las calles, de norte a sur y de este a oeste. Los martes, dedicaba el día en exclusiva a la causa. Ningún otro pensamiento ocupaba su cabeza. Ya no quedaba medicación. De hecho, su madre llevaba casi una semana sin tomarla y los síntomas se recrudecían.

Si no continuaba con el tratamiento cuanto antes, moriría.

Lewa no le dirigía la palabra.

Estaba dolido con su hermana, confuso y asustado. Intentaba protegerla de ese monstruo, ¿es que no lo entendía? Seguro que había otra manera de conseguir los medicamentos que no fuese entregar su cuerpo a ese vicioso sin escrúpulos. Tenía que haber otra salida. Aunque no sabía muy bien cuál.

Otro día más volvía a casa de vacío. Lewa lo miraría con aquella mezcla hiriente de resentimiento y pánico y Sirhan no podría aguantar la mirada de su hermana ni afrontar el tormento de ver a su madre retorciéndose de dolor en un rincón de la chabola.

Cerca del puerto, unos chavales boxeaban descalzos, con guantes dorados y cascos de vivos colores.

—Vamos, vamos, Yusuf, protegete, hombre. Esa guardia. Bien, bien, Diara, la cintura, muévela que pareces de madera, hijo.

Sirhan se apoyó en una barca desvencijada y presenció el entrenamiento callejero. El hombre mayor repartía consignas y ánimos. Sabía de lo que hablaba. Daba buenos consejos y correcciones muy acertadas. Tenía el pelo y la barba blanca. Debía de ser viejísimo, y sin embargo conservaba los brazos y las piernas fuertes como troncos.

—Eh, hola —el entrenador se acercó a él—, ¿cómo te llamas, chaval?

—Sirhan.

—¿Quieres pelear?

—Bueno.

—Soy Salomon. Toma. —Le entregó un casco y unos guantes.

—Yo no necesito esto para boxear.

—Si quieres boxear aquí y ahora, sí. ¿Nunca te has puesto unos guantes?

—No.

—Te ayudaré.

El primer golpe no lo vio venir.

—Cúbrete, Sirhan —aconsejó Salomon—, mantén la guardia, codo levantado, chico. Eso es, bien.

Su contrincante, un año o dos mayor, ganó con claridad. Sirhan dejó su sello en un par de buenos ganchos, aunque en general no se sentía muy orgulloso del combate. Entregó los guantes y el casco a Salomon, con la mirada esquiva, se despidió con un susurro y echó a andar hacia casa.

—Eh, Sirhan. Un momento.

Salomon caminaba muy despacio, probablemente a causa de alguna lesión mal curada en la rodilla.

—Lo has hecho bien.

—No es verdad. He boxeado muy mal. Ese chico me ha ganado.

—Sí, Yusuf te ha ganado y es cierto que ha boxeado mejor que tú. Él lleva diez meses entrenando conmigo todas las tardes y ya ha participado en algunos campeonatos aquí en Accra. Tú también podrías, si quieres, pero tienes que entrenar duro para mejorar. Tengo una escuela aquí cerca.

—No tengo dinero.

—Cuando ganes dinero, yo también lo ganaré. Ven mañana por la tarde.

De mi gimnasio han salido grandes campeones. Chicos como tú, de James Town que ahora son profesionales. Entrené al gran Joshua Clottey y a otros boxeadores que han participado en las Olimpiadas.

—¿Cuándo empezaré a ganar dinero?

—En un par de años o tres.

Meneó la cabeza abatido.

—Necesito el dinero ahora.

—¿Para qué?

—Para comprar medicinas. Mi madre está enferma.

—Lo siento mucho, hijo. Ven a entrenar igualmente. Veremos qué podemos hacer. A lo mejor me puedes ayudar con los chavales más pequeños y te ganas unos cedis. Te espero mañana.

Sirhan llegó a casa sonriente, sumido en hermosas fantasías. Se veía a sí mismo con una medalla olímpica colgada al cuello.

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