Manual de vida
103. La angustia
103
La angustia
Cuando veo a un individuo angustiado me digo: «¿Qué querrá éste? Si no quisiera algo de lo que no depende de él, ¿cómo iba a estar angustiado?».
Por eso el citaredo no se angustia cuando canta solo, pero sí al entrar en el teatro, aunque tenga muy hermosa voz y toque bien la cítara. Porque no sólo quiere cantar bien, sino también gozar de buena fama, y eso ya no depende de él.
Así que si lo que no depende del albedrío no son males ni bienes y lo que depende del albedrío está todo en nuestra mano y nadie puede arrebatárnoslo ni procurarnos lo que no queremos, ¿dónde hay aún lugar para la angustia? Pero nos angustiamos por el cuerpecito, por la haciendita, por el qué le parecerá al César, pero no por lo interior. ¿Y por no admitir la mentira, no? No, depende de mí. ¿Ni por sentir impulsos contra naturaleza? Tampoco por eso.
Cuando veas que uno está pálido, igual que el médico dice por el color: «Ése padece del bazo, ése del hígado», así también di tú: «Ése padece del deseo y del rechazo, no anda bien, tiene fiebre». Pues ninguna otra cosa cambia el color ni provoca temblor y rechinar de dientes ni
hace doblar las rodillas y apoyarse ora en un pie, ora en otro.
Por eso Zenón no estaba angustiado cuando iba a encontrarse con Antígono […].
—¿Te angustiarías siendo jinete al llegar al campo frente a uno de a pie, cuando tú te has entrenado mientras que él carece de entrenamiento?
—Ya… Pero tiene poder para matarme.
—Entonces di la verdad, desdichado, y no andes presumiendo ni consideres que eres filósofo, ni ignores a tus dueños sino que, mientras te sigas aferrando al cuerpo, sigue a cualquiera que sea más fuerte. Deja ese asunto a quienes se interesan por él, a los que tienen coraje; tú anda a lo tuyo y no te apartes nunca de ello; vete a un rincón y siéntate y entrelaza silogismos y propónselos a otro
que no hay en ti un hombre que pueda servir de guía a la ciudad.