Manual de vida

Epicteto · Capítulo 42 de 111

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41. Seamos sociables…

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Seamos sociables…

 

La soledad es el estado de quien no tiene ayuda. Pues no es que el que esté solo, de inmediato, sea un solitario, como tampoco es que no esté solo el que está en medio de la multitud. Cuando perdemos un hermano o un hijo o un amigo con el que descansábamos, decimos que nos hemos quedado solos, muchas veces estando en Roma, saliéndonos al paso tamaña muchedumbre y viviendo en compañía de tantos, a veces incluso teniendo buena cantidad de esclavos. Ser solitario requiere, de acuerdo con el concepto, estar sin ayuda y expuesto a quienes quieran perjudicarle a uno. Por eso mientras estamos de viaje, cuando más decimos que estamos solos es al caer en manos de salteadores. Porque no aparta de la soledad la vista del ser humano, sino la del hombre leal, respetuoso y bienhechor. Que si el estar solo es bastante para ser solitario, di tú que también Zeus en la conflagración del mundo está solo y se compadece a sí mismo: «¡Desdichado de mí, que no tengo a Hera ni a Atenea ni a Apolo y ni siquiera un hermano o un hijo o un descendiente o un pariente!». Eso dicen algunos que hace cuando está solo en la conflagración, pues no conciben una vida a solas y eso impulsados por un principio natural: el de que somos por naturaleza sociables y amantes de la compañía y con gusto tenemos trato con los hombres.

¿Por qué nos hacemos peores que los niños? Ellos, cuando los dejan solos, ¿qué hacen? Toman cascotes y ceniza y construyen cualquier cosa y luego la tiran y construyen otra vez otra cosa. Y así nunca les falta entretenimiento. Así que yo, si vosotros os embarcáis, ¿voy a sentarme a llorar porque me han dejado solo y solitario? ¿No tendré cascotes ni ceniza? Ellos lo hacen por falta de sentido, ¿y nosotros seremos desdichados por buen sentido?