Mar Muerto
Capítulo Ocho
Los dos días siguientes seguimos navegando a lo largo de la costa. El jefe dijo que quería buscar supervivientes, pero, para ser sincero, creo que no tenía ni la menor idea de lo que debíamos hacer y solo estaba ganando tiempo hasta decidirlo. La inesperada muerte de Tum le había afectado mucho, confiaba más en su experiencia que en la de cualquiera de nosotros.
Chuck se convirtió en el sustituto de Tum, y el jefe Maxey lo entrenó en el manejo del barco para que pudiera relevarlo por cortos períodos de tiempo.
Cuando el jefe tuviera que dormir, Chuck se encargaría del timón. Nick y Tran ocuparían la cantina y, aunque no comprendiéramos lo que decía, Tran parecía contento con el acuerdo. Creo que le gustaba a Nick mucho más de lo que nunca le gustara Hooper. Todos estábamos de acuerdo con Nick.
El resto nos apuntamos al turno de vigilancia. Nos situábamos a proa y a popa para vigilar la orilla con prismáticos. El jefe insistió en que mantuviéramos la vigilancia, buscando luces o movimiento de vehículos, incluso la palabra SOCORRO pintada en algún tejado o escrita en la arena, pero lo único que vimos moverse fueron los muertos. Era como espiar el infierno. Solo el mar contenía vida, como evidenciaba nuestra pesca. La mañana después del desastre de la estación, Mitch capturó un enorme merlín azul, lo que fue motivo de celebración general, aunque solo fuera durante un rato. Los cielos estaban llenos de aves, y era evidente que habían engordado mucho gracias a toda la comida disponible en tierra firme.
Encontramos otro barco. El jefe intentó contactar con los tripulantes por radio, pero no obtuvo respuesta. Cuando nos acercamos, Chuck los llamó insistentemente con un megáfono a pilas, pero no respondió nadie, y mientras el Spratling se colocaba a su lado, descubrimos por qué. No quedaba nadie vivo a bordo, solo un zombi solitario que daba tumbos por cubierta. No tenía ojos, seguramente se los había arrancado alguna gaviota, y la exposición a los elementos había acelerado su descomposición. Mitch le disparó desde nuestro puente. Más que explotar, su cabeza implosionó.
Tras mucho debate, el jefe vetó abordar la otra nave. Basil y Murphy insistieron en que enviáramos una patrulla, pero ellos no se ofrecieron voluntarios. Tony tenía la esperanza de que hubiera cigarrillos en alguna parte del barco, pero nadie tenía modo de saber lo que había bajo cubierta (y el barco era demasiado pequeño como para albergar una cantidad de suministros que nos sirviera de algo). El peligro era mayor que el beneficio, así que nos separamos de la nave y la dejamos que siguiera navegando hacia su destino.
Al tercer día, el jefe Maxey nos volvió a convocar en la cubierta de vuelo. Chuck se quedó en el puente de mando, Carol y Alicia siguieron entreteniendo a los chicos y Tran permaneció en la cantina, limpiando los platos del desayuno. Todos los demás nos reunimos en cuanto terminamos de comer. Nos movíamos con lentitud, con el peso de un mundo muerto cargado sobre nuestros hombros. La excitación y el entusiasmo de la última reunión habían desaparecido por completo, solo Cliff seguía siendo optimista. Parecía que cuanto peor se ponían las cosas, más sintonizaba con Dios. El resto estábamos deprimidos y aletargados. Tony y Mitch necesitaban nicotina; Murphy, alcohol; y los demás, esperanza. Nadie tenía existencias, de ninguna de las tres cosas. Permanecimos de pie sin hablar, no teníamos nada que decir. Habíamos sobrevivido a Baltimore, escapado del incendio de la ciudad y de los zombis, y encontrado refugio seguro en el Spratling y, aún así, tres de los nuestros habían muerto. Yo sentía que solo era cuestión de tiempo que todos corriéramos la misma suerte, no había puerto seguro en el que atracar.
El jefe Maxey, al igual que el resto, estaba de un humor huraño. No sonrió ni nos dio los buenos días, sino que fue directo al grano.
—He decidido poner rumbo a la plataforma petrolífera, que se encuentra aproximadamente a dos días de viaje de nuestra actual posición.
He intentado hablar con ellos por radio, pero no han contestado. Eso puede significar tres cosas: o la plataforma ya no está, lo cual es muy dudoso, o la tripulación ya no se encuentra a bordo; puede que hayan sido evacuados.
—¿Y la tercera alternativa? —preguntó el profesor.
—Que la tripulación siga a bordo, pero no pueda responder porque estén todos muertos.
—Maravilloso —exclamó Basil—. Justo lo que necesitábamos... más de esas jodidas cosas.
—No obstante, hasta que lleguemos a la plataforma y nos aseguremos, voy a racionar la poca comida que nos queda. Si la plataforma no está en la posición que le suponemos, no sé qué haremos a continuación.
Como todos sabéis, el grupo que fue a tierra firme se encontró con un desastre y no pudimos conseguir suministros, así que tendremos que redoblar nuestros esfuerzos con la pesca. Hasta nuevas órdenes, subsistiremos básicamente de lo que podamos extraer del mar.
Joan levantó la mano.
—Pero ha dicho que es un viaje de solo dos días, y tenemos víveres para más tiempo.
—Sí —admitió el jefe—, pero no sabemos si encontraremos suministros en la plataforma, y los víveres actuales no nos durarán eternamente. De momento, seguiremos con el pescado. El resto de alimentos solo los utilizaremos para complementar una de las comidas diarias. Ni café, ni té, ni nada que consuma demasiada agua. Nick, asegúrate de que Tran se entere de esto.
—Lo intentaré —dijo Nick—. Creo que entiende más inglés del que habla.
El jefe volvió a asentir con la cabeza.
—Espero que sean pacientes y comprensivos con estas medidas.
Se produjo un ligero murmullo, pero no teníamos mucha elección.
En tierra firme, cada uno de nosotros había hecho todo lo necesario para seguir viviendo; ahora, debíamos hacer lo mismo como grupo. Si la raza humana tenía que sobrevivir, debíamos actuar como un equipo. Aunque no viera el motivo, ni creyera ya en ninguno.
Esa noche no pude dormir, las sábanas se me pegaban debido al calor. Mitch no estaba en su litera y no lo había visto desde la cena. Malik y Tasha se durmieron leyendo los comic-books que les traje de la estación y, a pesar de la temperatura, parecían tener frío. Yacían hechos una bola. Los tapé con una manta y apagué la luz.
Me quedé allí, en la oscuridad, sin saber qué hacer. La nave parecía viva en medio de aquel silencio, gruñía y resoplaba, y los motores latían y las tuberías chasqueaban. Decidí salir a cubierta y pasear un poco, quizá un poco de aire fresco me sentara bien. Me sentía culpable por dejar solos a los chicos, pero estaba demasiado inquieto y, si me quedaba, terminaría despertándolos. Salí a tientas del camarote, cerrando con cuidado la escotilla que rechinó igualmente. Apreté los dientes, conteniendo la respiración para ver si había despertado a los chicos. No oí ningún ruido en el interior, así que me alejé por el pasillo.
Según el jefe, se avecinaba una tormenta que estallaría al final de la noche o la mañana siguiente. Fuera, estaba todo bastante oscuro, una espesa capa de nubes cubría el cielo, bloqueando la luz de la luna y de las estrellas.
Tampoco se veían luces en tierra firme ni a bordo. El jefe Maxey había insistido en navegar sin ellas para no atraer a piratas o saqueadores. Alcé una mano frente a mí y moví los dedos. No pude verlos. La noche era oscura como la boca del lobo. Era bastante fácil imaginar que el mundo ya no existía. Y, en cierto modo, era verdad.
Esperé que mis ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Dentro de la nave hacía calor, pero en el exterior el viento era frío y vigorizante, mi piel lo agradeció. Solo era capaz de ver la barandilla y la cubierta pero, en
dirección al puente, un fulgor naranja resplandecía en la negrura. Un instante después, olí a tabaco.
—¿Eres tú, Lamar? —preguntó el profesor Williams.
—Sí, soy yo. ¿Qué pasa, profesor? Parece que tiene una visión nocturna muy buena.
—Es la única función biológica que aún no me ha fallado a mi edad.
Hermosa noche, ¿verdad?
—Sí, lo es —admití.
Seguí tanteando el camino, guiándome por el pasamanos, hasta que llegué a su lado. Apenas pude verlo hasta que aspiró por su pipa y el fulgor de la cazoleta iluminó sus rasgos. Parecía cansado.
— ¿Qué te ha hecho salir aquí fuera? —preguntó—. ¿Tienes pesadillas?
—No, no suelo soñar. Sencillamente no podía dormir, demasiado calor. ¿Y usted?
El profesor dejó escapar una risita.
—Siempre he disfrutado de una buena pipa antes de irme a la cama.
Si no fumo, no duermo una mierda. Pero el camarote de Tony está justo frente al mío, al otro lado del pasillo. Si huele el tabaco, me pedirá algo y temo que mis reservas están casi agotadas.
—Lo estamos agotando todo —añadí—. Creo que tenemos que atesorar lo que nos queda. ¿Comprende lo que quiero decir?
—Sí. Supongo que es lógico, aunque no resulte muy civilizado. Me encantan mis compañeros, pero aún amo mucho más a mi tabaco. Residuos del viejo mundo, ¿verdad?
Me encogí de hombros, contemplando las negras aguas. El horizonte era una sombra. El viento aumentó de velocidad y me estremecí.
— ¿Qué te preocupa, Lamar? No es propio de ti ser tan lacónico.
—No lo sé exactamente —reconocí—. Tengo muchas cosas en la cabeza. Desde... desde lo que les pasó a Tum y a Hooper, parece que no pueda concentrarme en nada.
— ¿Por ejemplo?
Hice una pausa.
—Bueno... ¿qué sentido tiene todo? De adolescente, mi vida no era precisamente buena o agradable, pero luchaba para que fuera mejor. Y lo mismo de adulto. Perdí mi trabajo hace unos meses pero, aún así, seguí luchando por mejorar las cosas, luchando por sobrevivir. Y entonces... todo se fue a la mierda. Todos los que he conocido desde entonces, hacen lo mismo, todos luchan por sobrevivir, aunque todo esté en su contra. Mi vecino Alan y yo solíamos hablar de eso por la noche, mientras vigilábamos el exterior. Ninguno teníamos una respuesta, pero no importaba, seguíamos luchando. Y al final no sirvió de nada. Un día salimos en busca de suministros y una zombi lo mordió. Tuve que... tuve que dispararle antes de que se convirtiera. Cuando subimos a bordo, creí que tanto esfuerzo, tanta lucha había terminado, al menos por un tiempo. Pero Stephanie murió.
Sabía que se estaba muriendo, tenía que saberlo, pero nunca emitió ni una sola palabra de queja y seguía ayudando a los demás. Quería hacerlo. Y
Tum... incluso después de verse expuesto a la enfermedad, siguió luchando, pude verlo en sus ojos, pude oírlo en su voz. Seguía diciendo que solo necesitaba descansar un minuto, como si se fuera a curar por el mero hecho de dormir un poco.
El profesor asintió, comprensivo.
—El espíritu humano es algo muy fuerte.
—El instinto de supervivencia es un hijo de puta. ¿Por qué? Quiero decir, usted mismo vio lo que pasó en Baltimore. ¿Para qué seguir? ¿No cree que estamos perdiendo el tiempo? Los zombis nos superan en número abrumadoramente.
—Y, si no lo hacen ahora, no tardarán.
—Entonces, ¿Por qué no rendirnos? Sería más fácil. Estoy mortalmente agotado, profesor, y usted también. No intente engañarme, puedo verlo en sus ojos. Siento que estoy a punto de rendirme, así que, ¿por qué no hacerlo?
—Bueno, hay muchas razones para seguir luchando aunque no haya ninguna posibilidad de éxito. Para algunos es una elección individual, un aspecto básico del sistema de creencias personal que dice: “Puede que falle, pero al menos lo intentaré”. Eso es especialmente frecuente en estas últimas
generaciones, expuestas a la iconografía de las películas del Oeste y de Stallone. Otros puede que luchen porque se ven culturalmente condicionados a no rendirse nunca, a creer que existe una especie de nobleza inherente en enfrentarse a un enemigo invencible. No te conozco muy bien, Lamar, pero, por lo que me has contado sobre tu infancia y por lo que he podido observar de tu carácter, yo diría que entras en la categoría del segundo supuesto.
—Bueno, es posible. Mi madre me enseñó a ser orgulloso y a no rendirme nunca.
—Lo suponía. Y es una buena y noble lección.
—Pero que no puede aplicarse a todo el mundo.
—No, no puede. Otros pueden motivarse a seguir luchando porque, simplemente, no saben o no pueden hacer otra cosa.
— ¿Y a usted, profesor? ¿Qué lo mantiene en marcha?
— ¿Yo? —río quedamente—. Creo que soy como la mayoría. Creo que sigo luchando porque un elemento de nuestro inconsciente colectivo exige que lo hagamos. Incluso a mi edad.
— ¿Qué es el inconsciente colectivo?
—El inconsciente colectivo es una teoría con la que estoy bastante de acuerdo. Básicamente, dice que todo el mundo comparte un conjunto de recuerdos inconscientes que pasan de generación en generación desde que la Humanidad aprendió a caminar erguida. No son recuerdos normales, como los que puedes tener de tu instituto, de tu primer beso o de dónde estabas la mañana del once de septiembre, sino unos recuerdos inconscientes grabados en el cerebro de todo ser vivo. Actúan como una especie de patrón que influencia la conducta humana y hace que la gente reaccione, casi instintivamente y de la misma forma, ante algunas situaciones. Por ejemplo, puedes viajar a cualquier lugar del planeta donde sus habitantes no compartan tu misma cultura o tu mismo idioma, y, automáticamente, tomarán una sonrisa como un signo de alegría o felicidad.
O bien considerarán un ceño fruncido como una muestra de desagrado. Hay mensajes que son universales. Si te pones a llorar, sabrán que estás triste o que te duele algo. Ahora, pregúntate por qué. ¿Cómo es posible que gente
de diferentes culturas de todo el mundo interpreten ciertas cosas de la misma forma?
—No lo sé.
—Porque todos estamos interconectados por el inconsciente colectivo que responde a esos estímulos. Unas veces para bien, otras para mal.
—¿Se refiere a esos antigays que nunca saben explicarme por qué tienen esos sentimientos?
—Es un ejemplo válido —aceptó el profesor—. Estoy seguro que has conocido a personas que están en contra de la homosexualidad, pero que no saben exactamente por qué. Probablemente enmascaran su intolerancia con la excusa de sus creencias morales o religiosas, pero en su interior, el inconsciente colectivo les dice que la homosexualidad amenaza la capacidad procreadora de la Humanidad. Así que la rechazan sin comprender exactamente su motivación.
La pipa del profesor se apagó. Intentó reavivarla rodeando la cazoleta con una mano y aspirando profundamente, pero la brisa era demasiado fuerte. Insistió y, una vez conseguido su propósito, siguió hablando.
—Y no solo influencia nuestras respuestas instintivas, sino también nuestro comportamiento. Verás, el inconsciente colectivo programa una tipología igual que tú programas un ordenador. A esos tipos o personajes, los psicólogos los llaman arquetipos. Actúan como modelos de conducta para el comportamiento humano. Algunos de los arquetipos más importantes son “el rey”, “el tramposo” y “el guerrero”.
—Ya había dicho algo parecido antes —dije, acordándome de cuando lo conocí en la cantina de la nave.
—Cierto. Es que se trata de mi tema favorito de conversación.
Siempre he disfrutado discutiendo sobre eso en reuniones sociales. En cierta ocasión, incluso organicé una fiesta para que pudiéramos discutir tranquilamente después de cenar. Por desgracia, la mayoría de mis colegas han muerto.
Permaneció en silencio un buen rato fumándose su pipa, perdido en sus pensamientos.
—Todo el mundo comparte ciertos conceptos a causa de esos arquetipos —prosiguió—. Por ejemplo, en todas las culturas hay ciertos atributos como el valor, la fuerza o la fortaleza, que han sido adscritas a la imagen ideal del guerrero. Todos los seres humanos, a un nivel inconsciente, saben que la figura del guerrero es parte del imaginario colectivo y reconocemos sus atributos en el soldado que aparece en las noticias o en el jugador de baloncesto que juega los playoffs. Respondemos ante ellos. Y, nos guste o no, intentamos alcanzar esos atributos. ¿Me explico?
—Cuando nos conocimos, dijo que yo era un arquetipo.
—Y lo eres. Te has embarcado en un viaje de autodescubrimiento.
Mientras el mundo se desmorona, tú, Lamar, estás renaciendo. Es una historia clásica, una que apela a toda la Humanidad. Eres el héroe.
—Tengo que ser sincero, profesor, en estos momentos no me considero un héroe. Ni siquiera pude disparar contra el cabrón que mató a Tum.
—Puede que no te sientas como un héroe, pero lo eres. Básicamente, el héroe es un arquetipo universal que personifica las mejores y las más veneradas cualidades de una cultura o de una sociedad. No obstante, el héroe no nace simplemente, no es tan fácil. El héroe debe de ser creado, forjado si quieres, en una hoguera de pruebas y confusión. Para conseguirlo, debe emprender una misión, una búsqueda. Como en la que te has embarcado ahora.
—Una búsqueda, ¿eh? ¿Y qué estoy buscando?
—Bueno, mi experto favorito en este tema, Joseph Campbell, dice que esta búsqueda es el viaje del héroe. Diferentes viajes ofrecen diferentes recompensas. En tu caso, te encuentras en un viaje de autoconocimiento.
Campbell cree que, independientemente de cuál sea tu cultura o la época en la que vivas, la estructura básica del viaje es la misma, como lo es el arquetipo. Se le llama monomito. En su forma más básica, durante esta búsqueda, el héroe experimenta una llamada a la aventura. Normalmente, el
héroe rechaza responder a la llamada o duda en hacerlo. Recibe una ayuda sobrenatural y cruza el umbral, pasando por peligros y tribulaciones antes de regresar a casa con regalos o bendiciones para su gente.
—Este viaje no me parece que sea un viaje de autoconocimiento.
—Bueno, quizá no. Pero algo muy importante en la formación del héroe es que el viaje lo aleja de su hogar y de su vida normal, obligándolo a entrar en un mundo de incertidumbre o, como lo llama Campbell, maravillas sobrenaturales. Supongo que estarás de acuerdo en que eso sí lo estás experimentando, ¿no te parece? Piénsalo. Has abandonado tu hogar y todo lo que conocías. Te has visto lanzado a un mundo nuevo, al cuidado de una nueva familia...
—No son mi familia —lo interrumpí—. No soy la persona más adecuada para encargarme de un par de niños.
—Aún así lo estás haciendo, y ellos quieren que tú te encargues de ellos. Y no has eludido esa responsabilidad, aunque podrías haberlo hecho fácilmente. Estás aquí por ellos, sigues viviendo por ellos, te des cuenta o no. Ese es un acto muy desinteresado, Lamar, y es un aspecto importante del monomito, el héroe desinteresado. Puede emprender el viaje por motivos interesados, pero lo terminará aportando sabiduría y orden a su pueblo. Por eso, el héroe se crea para todo su pueblo, no solo para él mismo. Los héroes míticos consiguen grandes beneficios para todos. Sus actos afectan a todo el mundo, no solo al microcosmos de una comunidad pequeña.
—Pero, usted ha dicho que estoy aquí únicamente por Tasha y Malik.
Ellos no son todo el mundo.
—Quizá no. —Sonrió y me dio unas palmaditas en la mano—. Pero quizá sí, quizá son los únicos niños que quedan en la Tierra. Son la generación futura, amigo mío. Quizá la última generación.
—Los últimos de una especie moribunda —susurré.
El viento sopló de nuevo, arrastrando el humo de la pipa hasta mi cara. Aspiré profundamente, saboreando el aroma. No era fumador, pero el olor del tabaco me recordaba un mundo en el que las cosas eran más normales. Un mundo sin Venganza de Hamelin.
—Lo importante que debemos recordar —siguió el profesor—, es que el héroe se crea durante el viaje, que es el resultado de lo que le sucede durante su viaje. Los acontecimientos lo conforman, lo cambian, lo vuelven menos egoísta y más preocupado por los que lo rodean, por la sociedad.
Ellos son la parte importante. Los héroes no nacen simplemente, Lamar, se forjan. Y la forma en que se forjan es lo que marca la diferencia.
Pensé en lo que había dicho y me encogí de hombros:
—Seré sincero, profesor, sigo sin sentirme un héroe.
— ¿Ah, no? Entonces, ¿cómo te sientes?
—Me siento como alguien que ha fallado. Me siento un pelele.
—Amigo mío, confía en mí cuando te aseguro que no lo eres.
—Para mí, el verdadero héroe es Mitch.
—El señor Bollinger es el guerrero, otro arquetipo psicológico. El guerrero es la representación de una pauta de conducta que favorece la confrontación física para conseguir sus objetivos. El guerrero puede utilizar sus dotes físicas de una forma positiva para ayudar a los demás y a la sociedad en pleno. ¿No leíste en el colegio las historias de Beowulf, Aquiles o el más antiguo Gilgamesh?
—Profesor, cuando yo iba al colegio, nuestra principal preocupación era pasar el día sin recibir un tiro. No teníamos muchos libros a mano. Para la mayoría de mis compañeros de clase, los libros eran como la kriptonita para Superman.
El profesor echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—Sí, esa es una de las razones por las que ansiaba el retiro. Créeme, Lamar, esa particular aversión a la literatura no es exclusiva de los colegios de los barrios bajos, me parece que se ha extendido por toda la nación. Es muy triste.
—Sí, lo es.
—Bien, Aquiles y los otros que he mencionado utilizaron sus poderes para ayudar a sus familias y sus seres queridos.
— ¿Está diciendo que Mitch es parte de nuestra familia? ¿Qué es el guerrero y yo el héroe, y que ambos luchamos por los chicos?
—Exactamente. —Volvió a chupetear su pipa—. No obstante, algunos guerreros también utilizaron sus dones en provecho propio, de forma egoísta. Grendel y el joven Gilgamesh son dos ejemplos. Por suerte para ti, Mitch no caerá en ese sub-arquetipo.
—Sigo creyendo que el héroe es Mitch. Es decir, nos salvó a todos en Baltimore. De no ser por él, a estas alturas Tasha, Malik y yo seríamos zombis.
—Bueno, discrepo humildemente. No obstante, si eso te tranquiliza, los arquetipos como el guerrero, el rey o el tramposo son bastante fluidos.
Uno puede parecer un guerrero y un tramposo, un rey y un idiota. Recuerda que representan aspectos de la personalidad que los individuos manifiestan en tiempos problemáticos. El héroe no manifiesta ciertos aspectos de una personalidad, sino una personalidad total, la suma de todas las cualidades que le han permitido completar con éxito su viaje y salvaguardar a su gente o traerles regalos, no necesariamente materiales. Es más, creo que los arquetipos no solo nos sirven de guía para nuestra conducta personal, sino que también actúan como modelos para nosotros, los seres humanos. A nivel inconsciente, en el momento apropiado —como ocurre ahora—, nos esforzamos para cumplir con las expectativas del guerrero que hemos heredado desde el amanecer de los tiempos. Por eso luchamos, a pesar de no tener esperanza, porque no luchar significaría negar parte del inconsciente colectivo que define a la Humanidad. Luchamos porque así es cómo somos. Luchamos porque somos seres humanos.
— ¿Y qué son ellos? —pregunté, señalando con la mano hacia tierra firme, aunque no pudiéramos verla en la oscuridad.
— ¿Los muertos? —El profesor Williams frunció el ceño—. Son como esos animales atropellados en la carretera que no tienen la decencia de morirse y pudrirse en paz. Son los deshechos de nuestras almas esperando que alguien tire de la cadena y los elimine por el inodoro, Lamar. Nada más.
Una sonrisa iluminó su rostro. Un segundo después, ambos estallamos en carcajadas. Me doblé, apretándome el estómago. No pude recordar la última vez que me había reído tanto. Me sentó bien, fue como una liberación.
—Eso ha sido muy bueno, profesor —reconocí.
—Siempre termino mis disertaciones con un chiste. Es la forma que tengo de saber si el público se ha dormido.
La escalerilla vibró con un sonido metálico. Ambos giramos la cabeza y vimos que Murphy se acercaba a nosotros dando tumbos, con ojos soñolientos.
—Buenas noches, señor Murphy —lo saludó el profesor.
Murphy intentó sujetarse a la barandilla, pero su mano falló.
Parpadeó repetidamente en nuestra dirección.
— ¿Quién está ahí? ¿Es usted, profesor Williams?
—Sí, soy yo. Y el señor Reed me acompaña. Estábamos hablando de mitología.
Murphy se acercó un poco más.
—Hola, Lamar. —Reprimió un escalofrío. A pesar del calor veraniego, de noche hacía frío en medio del océano—. No podía dormir.
Hace calor y tengo temblores. Mataría por una copa.
—Creo que, a estas alturas, todos mataríamos por algo —añadió el profesor.
Pensé en los niños. Sí, no pude matar por Tum, pero seguro que mataría por ellos.
—Unos cuantos hemos estado hablando —nos dijo Murphy en voz baja—. No estamos muy convencidos del plan del jefe de ir hasta esa plataforma petrolífera.
—¿Por qué? —pregunté—. Parece una solución tan segura como cualquier otra.
—Siempre que no haya zombis a bordo. ¿Y si los hay? ¿Qué haremos entonces? ¿De verdad queremos que se repita lo que pasó el otro día?
El profesor golpeó ligeramente la cazoleta de su pipa en el pasamanos de la barandilla. La ceniza fue arrastrada por el viento.
—¿Y qué sugiere que hagamos, señor Murphy?
—Mi plan siempre fue dirigirnos a campo abierto. Navegar hasta Virginia o Virginia Oeste y, desde allí, a las montañas con nieves perpetuas
para vivir allí.
Fruncí el ceño.
—Puede que sea un chico de ciudad y todo eso, pero no creo que las montañas de Virginia tengan nieves perpetuas.
—Y aunque las tuvieran, los zombis también nos encontrarían —
añadió el profesor—. Las montañas son tan peligrosas como las ciudades, puede que más. No tenemos ni idea de cuántas especies del reino animal se han infectado.
Murphy se frotó sus peludas mejillas y suspiró. Colocó ambas manos sobre la barandilla y volvió a suspirar. Lo estaba pasando muy mal.
—No creo que pudieran encontrarnos —terminó diciendo—. ¿Qué son esos zombis? Solo cadáveres ambulantes, nada más. Les cortas un brazo o una pierna, y ni se enteran. Están muertos pero pueden moverse y funcionar y aguantar mucho daño. Mi teoría es que si vamos a un lugar donde la temperatura sea bajo cero, los zombis se congelarán y no podrán moverse. Están muertos, así que no tienen calor corporal. No tienen nada que les impida congelarse. Si intentaran atacarnos en un ambiente así, se inmovilizarían antes de llegar hasta nosotros. Es mucho más conveniente que dispararles en la cabeza o prenderles fuego.
El profesor lo contempló pensativo, antes de hablar.
—Bueno, no soy un experto en biología, no es mi especialidad, pero lo que dice tiene sentido. Al menos en teoría. Si su sangre y sus tejidos se congelan, se inmovilizarían. Pero no sé si ha pensado en un pequeño detalle, ¿podemos llegar navegando a un lugar así?
—Basil ha tenido una idea —apuntó Murphy—. En Pennsylvania y Virginia tienen estaciones de esquí. Podríamos acercarnos al puerto más próximo y viajar hasta allí.
—Eso no funcionará —protesté—. Para empezar, nunca llegaríamos.
— ¿Por qué no?
— ¿Un grupo de este tamaño?... ¡Vamos, Murphy! Esas cosas nos despedazarían antes de recorrer diez kilómetros. Tendríamos que encontrar transportes, gasolina, más armas... toda esa mierda. Pero, vale, supongamos que conseguimos alcanzar una estación de esquí, ¿qué hacemos entonces?
¿Mantener funcionando permanentemente la máquina de nieve artificial?
Ten en cuenta que esas máquinas no enfrían el aire, solo crean nieve, y la nieve no los congelará. Podemos encontrar un escondite durante el invierno, de acuerdo, pero en cuanto llegue la primavera, tendremos que volver a huir.
Murphy susurró algo en voz tan baja que no pude escucharlo.
— ¿Qué? —pregunté.
—He dicho que no pensamos en eso.
—Vuestra idea tiene su mérito —concedió el profesor—, pero eso nos obligaría a viajar por unas regiones en las que la temperatura se mantuviera bajo cero todo el año... la Antártida, por ejemplo. Y un medio ambiente así también sería muy hostil para nosotros, los vivos.
Murphy dejó escapar un gruñido.
—Fíjese bien la próxima vez que nos acerquemos a la orilla, profesor. Todo el jodido mundo es hostil.
—Sí, lo es. Por eso apoyo la decisión del jefe. Si hay muertos vivientes en la plataforma, será relativamente fácil exterminarlos, no pueden ser muchos. Es infinitamente peor enfrentarse a una población entera en tierra firme.
Murphy no parecía estar del todo convencido.
—Estamos en un barco. No veo por qué no podemos navegar hasta el polo Norte o la Antártida, como usted dice.
—Podemos hacerlo, pero un viaje de esa magnitud necesita mucho más combustible que el que tenemos actualmente. Y puede que lo encontremos en nuestro destino actual.
Reprimí un bostezo. Tenía que concederle una cosa al profesor: por interesante que fuera el anciano, me había curado el insomnio.
—Chicos, me voy al catre —dije—. El día ha sido muy largo y estoy agotado. Hazme una promesa, Murphy.
—¿Una promesa?
—Sí. Que permaneceremos juntos. Todos. Si a vosotros no os gusta el plan del jefe, discutámoslo como grupo. Lo último que necesitamos ahora es un puto motín.
Sonrió irónicamente, pero asintió.
—Tranquilo, tío. Vete a dormir.
—Buenas noches, Lamar —añadió el profesor—. Dale recuerdos al guerrero.
—De su parte. Buenas noches.
El barco se inclinó bajo mis pies mientras remontaba una ola.
Aferrándome a la barandilla, me abrí camino por la oscuridad, bajé las escaleras y me encaminé a nuestro camarote. Me sorprendí al encontrarme a Mitch en el pasillo, frente al compartimento.
—¿Dónde has estado? —susurró—. Volví y me encontré a los chicos solos.
—Lo siento —me disculpé—. No podía dormir y salí a respirar un poco de aire. ¿Están bien?
—Sí, solo me había preocupado un poco. ¿Todo bien?
—Sí, tío —asentí—. ¿Y tú?
—También. Estuve jugando a cartas con Cliff, Tony, Chuck y Tran.
— ¿Tran sabe jugar a cartas?
—Claro que sabe, Lamar. Que no hable inglés no quiere decir que sea idiota.
—Tienes razón. ¿Cómo te fue?
—Me marché muy pronto. Tony estaba de un humor de perros, lo está pasando muy mal por la falta de nicotina. Y también podemos tener problemas con Basil y Murphy.
— ¿Ah, sí?
—Sí, no parecen muy contentos con nuestro rumbo actual. Incluso hablaron de obligar al jefe a cambiarlo y dirigirnos a tierra firme.
—El profesor y yo nos encontramos con Murphy y nos lo contó, pero no creo que hablara en serio. Supusimos que solo eran tonterías, ¿no te parece?
Mitch sacó un pequeño cuadrado de chicle del bolsillo y se lo metió en la boca.
—De nicotina —explicó, guiñándome un ojo—. Pero no se lo digas a Tony, no me queda mucho y lo necesito. De todas formas, creo que todo
eso era cosa de Basil más que de Murphy. Basil es el maestro de ceremonias. La pregunta es: ¿cuánta gente tiene de su parte y cuán en serio hablan?
Recorrimos el pasillo de vuelta a la noche para no despertar a los niños y para que nadie nos oyera hablar.
—¿Deberíamos hablar con alguien? —pregunté.
—Bueno, Chuck ya lo sabe. Y ha dicho que hablará con el jefe y con Runkle, dejemos el asunto en sus manos. Runkle no me cae muy bien, pero en este asunto estoy de acuerdo con él. Si tenemos que meterlos a todos en los calabozos, lo haremos. Lo último que necesitamos es un motín.
—Bueno, si me necesitas, avisa.
—Gracias, tío. Significa mucho para mí.
—No es que sirva de mucho, supongo.
Mitch frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando? No hay nadie más en este barco al que prefiera tener a mi lado.
—Ya sabes de lo que hablo. Si la mierda llega hasta el ventilador,
¿de qué diablos sirvo yo? No tengo nada que ofrecer. Cuando se trata de armas, Tony y tú sois los expertos; yo no podría acertarle ni a un puto granero. Runkle es policía, sabemos que puede arreglárselas por sí mismo.
El jefe conoce el barco a fondo y Chuck es su nuevo aprendiz, eso lo convierte en alguien valioso. Joder, hasta Murphy sirve de algo, nos mantiene en movimiento con su trabajo en la sala de calderas. Todo el mundo tiene su lugar y sirve para algo. Lo único que yo he hecho es vomitar en la estación cuando vi aquellas cosas crucificadas y rajarme cuando pude matar al cura. El profesor dice que soy el héroe, pero creo que está senil.
—¿El héroe?
Le expliqué a Mitch todo lo referente a los arquetipos, los monomitos y las teorías del profesor sobre nosotros dos. Cuando terminé, Mitch sacudió la cabeza y rió quedamente.
—Eso sí que es bueno. Soy el guerrero, ¿eh? Vale, puedo aceptarlo.
Siempre es mejor que ser el tramposo. Pero tiene razón, Lamar, para esos
chicos eres un héroe. Después de toda la porquería que han vivido, eres la mejor persona con la que han podido toparse.
—Pero no sé una mierda de niños. Soy impaciente con ellos, digo demasiadas palabrotas. No soy una figura paterna digna de ellos.
—Lástima, amigo, porque lo quieras o no, el trabajo es tuyo. Y creo que lo harás bien, créeme. Los niños no vienen con un manual de instrucciones. Lo haces lo mejor que puedes e intentas no joderla, hasta que te das cuenta que, seguramente, la cagarás hagas lo que hagas. Eres su héroe, así que intenta cumplir con sus expectativas.
Su voz se quebró y me di cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas empapaban su barba.
— ¿Mitch? —Me sentí desconcertado—. ¿Qué sucede, tío?
—Yo… ¿Te acuerdas de nuestra primera mañana a bordo, cuando estábamos desayunando en la cantina? Me preguntaste qué hacía en el centro de la ciudad siendo de Towson y te dije que no quería hablar de ese tema.
—Sí, lo recuerdo —asentí.
—Bueno, la verdad es que estaba buscando a mi hijo Mickey…
Nosotros siempre lo llamábamos Mick. Mitch y Mick, una pequeña broma familiar. Mi esposa y yo nos divorciamos cuando él tenía catorce años, yo me pasaba mucho tiempo en la carretera, siguiendo mis rutas de ventas…
Por entonces vendía fotocopiadoras y máquinas de fax para oficinas, e hice algo estúpido. Me acosté con una chica en Nueva York, una cliente. Era preciosa y me hizo sentirme joven de nuevo, pero también culpable. Me juré que no volvería a hacerlo y supuse que mi esposa nunca lo descubriría, pero le había dado mi dirección de e-mail a la chica y chateamos bastante hasta que mi esposa descubrió los mensajes. Algunos hacían referencia a aquella noche y… Sí, lo sé, soy tonto del culo. El caso es que nos separamos y mi hijo me echó la culpa, y lo pasó muy mal. Después se metió en la droga, lo echaron del colegio y perdí todo contacto con él. Cuando declararon la Ley Marcial, llamé a mi ex mujer. No había hablado con ella en seis meses, pero bueno, era el fin del mundo, ya me entiendes, ¿no?
Estaba inquieto por él… por los dos. Respondió mi ex mujer, estaba
mortalmente preocupada porque no sabía nada de nuestro hijo desde hacía meses, solo que salía con una chica llamada Frankie, una prostituta adicta a la heroína. Uno de sus compañeros de trabajo los había visto juntos.
Dormían en las calles de Fells Point.
—Así que lo estabas buscando…
—Eso mismo —suspiró Mitch—. Fue algo estúpido, pero de vez en cuando me gusta hacer cosas estúpidas. No había ninguna posibilidad de que siguiera vivo, en el fondo lo sabía, pero tenía que hacerlo porque soy su padre y forma parte de mi cometido. Cuando tengas un hijo, lo comprenderás y soñarás con que sea quarterback de los Ravens o que gane el premio Nobel de la Paz. Mi sueño era mucho más sencillo, solo quería que me diera nietos. Ahora creo que ya no los tendré. El caso es que tienes esos sueños y haces lo que sea porque tu hijo llegue a cumplirlos. A veces, incluso aunque esos sueños no coincidan con los deseos de tu hijo. Es lo que se supone que debes hacer, pero yo no había estado allí para ayudar a Mick, y tenía que buscarlo y salvarlo, aunque posiblemente ya estuviera muerto. Tenía que intentarlo.
—Podían haberte matado.
—Y casi lo hicieron. Muchas veces. Acabé con la mayoría de mis vecinos… la mayoría estaban infectados, pero una vez terminé la tarea, no tenía nada más que hacer. Mi coche estaba a tope de gasolina y me sobraban las municiones. Era un puto Rambo, ¿vale? Al principio tomé la calle York pero, lo creas o no, estaba más congestionada que la Interestatal 83, así que me desvié hacia la autopista. Llegué hasta Television Hill antes de que mi jodido coche se sobrecalentase. Entonces, cargué con todas mis cosas y seguí a pie. Compréndeme, Lamar, tenía que llegar hasta el final, pero sabía que podía morir en cualquier minuto o cualquier segundo, esas cosas estaban por todas partes. Cuanto más me adentraba en la ciudad, peor eran todo. Llevaba dos días en la ciudad cuando os encontré a los chicos y a ti.
— ¡Dios! ¿Dos días enteros? —me asombré—. ¿Cómo lo conseguiste?
—Por cabezonería. Estaba buscando a mi hijo y quería encontrarlo.
— ¿Lo conseguiste?
—No. —Hizo una pausa para tomar aliento—. No pude, pero os encontré a vosotros y con eso me basta. Sé que lo intenté, sé que hice el esfuerzo y que Mick me lo hubiera agradecido, que habría significado mucho para él, lo demás no importa. Por eso Tasha y Malik te aprecian tanto, porque saben lo que intentas hacer por ellos. Así que el profesor tiene razón, Lamar, eres su héroe.
—Pero no soy ningún héroe —le corté—. Soy un fraude, tío. Un puto farsante. Soy todo lo que la gente supone que soy cuando ven el color de mi piel y saben de qué barrio provengo.
— ¿De qué coño estás hablando? ¿Piensas eso porque no pudiste cargarte al cura?
—No se trata del cura. Lo digo por algo que pasó antes de toda esta mierda. Hice algo malo, Mitch. Algo realmente malo.
— ¿Qué? ¿Eras traficante de drogas o algo así?
— ¿Lo ves? —Y lo señalé con el dedo—. Me refiero exactamente a eso.
Soy un negro del gueto y, en cuanto te he dicho que hice algo malo, automáticamente has supuesto que tenía que estar relacionado con las drogas, que cometí algún tipo de crimen.
—Oye, oye, —protestó Mitch—. Tú mismo has dicho que hiciste algo realmente malo. Claro que he supuesto que tenía que ser algún tipo de crimen.
—Porque soy negro.
—Chorradas.
—No, no son chorradas, Mitch. Es que desde tu posición no puedes comprenderlo.
—Entonces, demuéstrame que me equivoco. Adelante, cuéntame qué te pasó.
— Ese es el tema. No tengo derecho a enfadarme contigo porque, al fin y al cabo, he contribuido a lo que tú llamas chorradas. Me convertí en lo que más odiaba. Verás, vivía en la ciudad y toda esa mierda, pero siempre me sentí como un marginado. No solo porque soy gay, sino porque no me drogaba, ni vendía droga, ni nada de todas esas locuras en las que se mete la gente. La vida de un chorizo de ese tipo suele representarse en los vídeos de
rap, así que la gente intenta emularlos porque, por lo que han visto, es una salida, una forma de destacar. Nunca quise ser parte de esa movida.
Mitch asintió en silencio, animándome a continuar. Me sorprendí por el estallido de rabia que noté en mi interior.
—Tenía un buen trabajo en White Marsh, en la cadena de montaje de la Ford. Pagaba mis facturas a tiempo y casi no tenía deudas. Tampoco es que fuera muy sobrado, pero estaba seguro de que las cosas mejorarían con el tiempo. Y entonces me despidieron. Cerraron la fábrica porque abrieron otra nueva en China donde la mano de obra les salía mucho más barata y nos pusieron a todos de patitas en la calle. Cobraba el paro, pero la cantidad era ridícula, una mierda, y no podía encontrar trabajo en ninguna parte.
Unas veces no estaba lo bastante cualificado y otras, para ciertos empleos, demasiado. Mierda, ni siquiera me querían en las hamburgueserías. Todos los meses crecía el montón de las facturas sin pagar y yo me hundía más y más en la mierda. Entonces, empezaron las llamadas telefónicas de los cobradores. Una puta plaga de langostas, eso es lo que eran. Llamaban a cualquier hora del día o de la noche, incluso los fines de semana. Estaba a punto de perderlo todo. ¿Por qué me pasaba aquello? ¿Por qué a mí? Había hecho todo lo correcto. Solía ver a los políticos por la tele, diciendo que los negros necesitábamos trabajar más duro que los demás, que necesitábamos ser mejores para mejorar nuestras comunidades. Bueno, eso era exactamente lo que había intentado. ¿Y sabes lo que conseguí? Conseguí acabar realmente jodido.
— ¿Por eso te sientes como si fueras un fraude? Joder, Lamar, no fue culpa tuya.
—No, puede que no fuera culpa mía. Pero sí lo fue que, días después, reuniera el poco dinero que me quedaba y comprase una pistola. Y
sí fue culpa mía decidir que me vengaría de la Ford, atracando a uno de sus concesionarios.
—Oh, mierda.
—Exacto. Me desperté una mañana y los cobradores empezaron a llamarme incluso antes de salir de la cama. Salí a la calle y fui hasta el concesionario de la Ford con la camisa por fuera de los pantalones para
ocultar la pistola que llevaba encajada entre el cinturón y mi cuerpo. Un vendedor acudió solícito, ofreciéndome su ayuda, y le dije que quería probar uno de los coches. Se sentó a mi lado en el puesto del copiloto y salimos del aparcamiento comentando las características del coche y mierdas así. Cuando me insinuó que diéramos media vuelta, no le hice caso y conduje hasta un viejo complejo industrial.
— ¿Y entonces?
—Entonces, le robé a punta de pistola. Estaba tan nervioso, que creo que hasta vomité. Me parece que incluso el vendedor se lo tomó mejor que yo. Recuerdo que, en cierto momento, tuvo problemas para sacarse la cartera de los pantalones y me pidió disculpas. Solo podía pensar que era yo el que tendría que estar disculpándose, no él. Me guardé todo su dinero, conduje hasta un cajero automático y le obligué a que vaciase su cuenta.
Cuando terminamos, dejé que se marchase. Después, me sentí enfermo varios días. Oh, ya no tenía deudas, temporalmente al menos. Pagué los atrasos de la hipoteca y me aseguré de que no me embargasen la cuenta del banco. Pero la culpabilidad me estaba matando, tío. No podía comer, no podía dormir, y estaba seguro que los polis tirarían la puerta abajo de una patada en cualquier momento… Pero nunca lo hicieron. Y en cierto modo eso fue todavía peor, porque significaba que seguiría viviendo en silencio, soportando el peso de la culpa. Me convertí en todo lo que odiaba, y eso me destrozó. Y luego se desató la Venganza de Hamelin. Desde entonces me he concentrado en seguir vivo, pero no puedo olvidar lo que pasó, lo que hice.
No puedo cambiarlo y no puedo olvidarlo. Los chicos, el profesor y tú pensáis que soy alguien que no soy. No soy un héroe. Solo soy un puto perdedor.
Mitch sacudió la cabeza, apesadumbrado.
—Eres un maldito idiota. Eso es lo que eres.
— ¿Cómo?
— ¿No lo ves, Lamar? —sonrió—. Nada de todo eso importa ahora. El pasado es solo eso… pasado. Está tan muerto como esas cosas que deambulan por las calles. Lo hemos dejado atrás. Todo el mundo comete errores, es lo que nos moldea. Pero ya no importa quiénes éramos o qué
hicimos antes de que pasara todo esto… ¡lo importante es que seguimos vivos! El resto del mundo se está muriendo, pero nosotros seguimos aquí.
Lo único que importa es cómo respondemos a lo que está sucediendo y en qué nos convertiremos. Ya sabes, ese cura de la estación de rescate puede que estuviera loco pero en una cosa tenía razón…
—¿En qué?
—En que hemos vuelto a nacer, y no lo digo en ningún sentido religioso. Tenemos la oportunidad de reinventarnos, de ser diferentes de lo que fuimos. El profesor también tiene razón. Estamos embarcados en una misión, todos nosotros lo estamos. Así que deja de preocuparte por el pasado y empieza a pensar en el futuro. El pasado está muerto.
—Como los zombis —apunté—. Pero eso no les impide volver y mordernos el culo. ¿Qué clase de futuro nos espera? ¿Vivir siempre huyendo? ¿Andar escondiéndonos cada vez que pisemos tierra firme? Eso no es vida.
—A mí me basta. Y debería bastarte a ti también. Si no, más vale que subas ahora mismo a cubierta y saltes al océano. Eres un luchador, como yo, y luchas porque no sabes hacer otra cosa. Ahora estás luchando por esos niños, quieras admitirlo o no. Así que jódete, eres un maldito héroe. Joder, ¿quién sabe? Quizá consigamos sobrevivir y la civilización renazca. Entonces, dentro de cinco mil años, quizá la mitología hable de nosotros, quizá seremos historia.
Me encogí de hombros.
—Quizá ya lo seamos.
—No me refería a eso, y lo sabes —replicó Mitch, sonriendo.
Su sonrisa se hizo más amplia y, un segundo después, se la devolví.
Volvimos al camarote y nos metimos en nuestras respectivas camas sin encender las luces. Ni Tasha ni Malik se despertaron. El barco siguió bamboleándose a un lado y a otro, crujiendo y gruñendo, con las chimeneas echando humo y mi estómago protestando.
—Buenas noches —susurró Mitch.
—Buenas noches.
Me puse las manos en la nuca y contemplé la nada, mientras pensaba en el pasado. Quizá Mitch tenía razón, quizá no existía nada más, quizá aquella versión de Lamar Reed estaba tan muerta como la ciudad que habíamos dejado atrás, quizá el futuro nos esperaba más allá del horizonte y, cuando el sol apareciera al día siguiente por la mañana, anunciaría el primer día del resto de nuestras vidas.
Me pregunté cuán largas serían.
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