Mar Muerto
Capítulo Doce
Una vez nos alejamos lo suficiente del lugar del naufragio, el jefe apagó el motor. Dijo que quería conservar combustible, pero creo que la verdadera razón era que el ruido podía atraer a toda clase de depredadores submarinos. El GPS emitía de vez en cuando un sonoro “bip”, para que supiéramos que manteníamos el rumbo.
Fue una noche horrible. Estábamos empapados y helados. Agotados.
Carol y los niños no se movieron de debajo del plástico, yo me limité a sonreírles y asegurarles que todo iría mejor en cuanto llegásemos a la plataforma de prospección. No me respondieron y no los culpé. Sabía que todo lo que les decía no era más que un montón de paparruchas y ellos también. Quizá nos fuera mejor en la plataforma, pero era muy probable que no pudiéramos llegar hasta ella. No con un océano repleto de cosas muertas.
El jefe abrió un cajón adosado al costado del bote y sacó unos remos de plástico. Los encajó en unas abrazaderas de aluminio y me ofreció uno.
El jefe y yo remamos mientras Runkle montaba guardia. El ex policía parecía estar en peor forma que los demás. Tenía los ojos inyectados en sangre y temblaba incontrolablemente, a pesar de llevar puesto el grueso chaquetón de marinero No hablaba mucho, se limitaba a contemplar el agua.
Me di cuenta que los suministros que habíamos rescatado del Spratling se estaban mojando demasiado, y se los pasé al jefe para que los
guardase en el cajón. Él encontró unas cuantas barritas luminosas, partió una por la mitad y un verde fulgor fluorescente llenó el aire. Su radio de alcance era pequeño, pero hizo que nos sintiéramos mejor. Al menos, la luz mantenía a raya la oscuridad, aunque fuera por cortos períodos de tiempo.
El jefe había dejado a un lado el rifle de Mitch, que ahora llevaba Tasha, tapándolo con el plástico para mantenerlo seco y colocó, encima de él, algunas bengalas de emergencia para que no se volase. Yo dejé mi escopeta al alcance de la mano. No sabía si la lluvia podría inutilizarla o no, pero tampoco se me ocurría cómo resguardarla de los elementos. No teníamos más plásticos.
Si algún pez zombi nos acechaba bajo la superficie, no lo vimos.
Quizá el mar estaba demasiado encrespado porque, cada pocos minutos, una ola barría el bote, llenándolo con algunos centímetros de agua. En esos momentos, los chicos vaciaban lo que podían con dos pequeños cubos que el jefe había encontrado en el cajón de almacenamiento. De vez en cuando, escombros del Spratling que debían de haber sido absorbidos por el hundimiento del barco afloraban a la superficie: cajas de madera, una silla de aluminio, cojines, un colchón, un chaleco salvavidas, una escoba...
Intentamos rescatar todo lo que pudiera sernos útil y dejamos que el resto se alejara arrastrado por la corriente. Tras rescatar la escoba, Malik le quitó el extremo del cepillo y extrajo la bayoneta. La verdosa luz de la barrita se reflejó en su filo serrado. Al verlo, pensé en Mitch y tuve que esforzarme en tragar saliva debido al nudo de mi garganta. Ya lo lloraría después… si es que había un después.
—Dios mío —gruñó el jefe—, hacía años que no remaba tanto. Es más duro de lo que recordaba.
—¿Puede seguir? —pregunté.
Asintió, pero era evidente que su ritmo había bajado. Y mis articulaciones también empezaban a resentirse. La tormenta nos zarandeaba y, por cada metro que avanzábamos, nos desviábamos dos a babor o a estribor.
—¿Falta mucho? —le preguntó Tasha al jefe Maxey.
Él sonrió
—Parece que estemos de vacaciones, ¿verdad? Si no nos topamos con ningún obstáculo y la tormenta no empeora, llegaremos a la plataforma hacia el amanecer.
Nadie respondió. El amanecer. Una eternidad.
Malik empezó a sacar punta a uno de los extremos del palo de la escoba con la bayoneta, para intentar convertirlo en una lanza. No dijo nada, solo se concentró intensamente en lo que estaba haciendo y lo observé con admiración. No me extrañaba que el chico hubiera conseguido mantenerse con vida tanto tiempo, tenía agallas. No era su padre, pero sentí un ramalazo de orgullo. Recordé la primera vez que lo vi, hacía pocos días, pero parecía toda una vida. “No soy ningún crío”, había dicho, midiéndome con la mirada. “Si intentas hacernos daño a mi hermana o a mí, yo te lo haré a ti”. En aquel momento, a pesar de la intensidad, de la ferocidad de su voz, no pude reprimir una carcajada. Ahora, no tenía ninguna duda que habría cumplido su amenaza. Malik era un niño del nuevo mundo. Su instinto de supervivencia era innato. El heredero perfecto. Si tenía que hacer algo no preguntaba por qué, simplemente lo hacía.
Una de las cajas que rescatamos contenía naranjas, un resto de nuestro fallido asalto a la estación de rescate, pero seguían frescas gracias a la nevera del Spratling. Carol nos ofreció una a cada uno, pero Runkle rechazó la suya con un gruñido. Otra contenía folletos del Museo Marítimo.
El jefe Maxey se guardó uno en su bolsillo solemnemente, antes de tirar el resto por la borda. Cada pocos minutos echaba un vistazo en dirección donde se había hundido el Spratling, pero ya no quedaba ni rastro del guardacostas. La superficie del océano volvía a estar inmaculada excepto por la espuma de las olas, sin burbujas ni remolinos. Hasta las llameantes manchas de aceite habían desaparecido, diseminadas por la corriente. Con los fuegos extinguidos, la oscuridad parecía más opresiva, como si fuera capaz de tragarse el bote salvavidas.
—Tengo frío —se quejó Tasha. Los dientes le castañeteaban.
—Todos tenemos frío, cariño —susurró Carol, abrazándola.
Malik probó unas cuantas lanzadas al aire con su arma improvisada y pareció satisfecho. Se sentó y peló su naranja.
El viento aullaba a nuestro alrededor y sentí su fría mordedura en mi piel. Las olas seguían llenando de agua el bote. Me concentré en mi remo, aunque los hombros y el pecho empezaban a dolerme; y era obvio que el jefe Maxey tenía problemas. Su respiración era entrecortada y sufría cada vez que tenía que alzar el remo.
—Oye, Runkle —exclamé—. ¿Y si relevas un rato al jefe?
Runkle no respondió, no se movió.
—¡Eh, Runkle! ¡Despierta, tío!
—No importa —intervino el jefe—. Estoy bien. Solo es un poco de artritis.
—No hay razón por la que usted no pueda vigilar un rato y que reme él.
Me incliné hacia delante y le di un golpecito a Runkle en el hombro.
Levantó lentamente la cabeza y me miró con ojos inexpresivos. Su chaquetón estaba húmedo y seguía sosteniendo la pistola con los dedos.
Bajé la vista hacia ella y entonces me di cuenta que el chaquetón tenía una mancha oscura en la cintura, apenas visible en la oscuridad. Mis ojos se abrieron como platos.
—Tío, ¿estás herido?
—Déjame… en paz… —masculló Runkle, bajando de nuevo la cabeza—. Rema… y calla.
—Tío, estás herido —insistí—. Tu chaquetón está manchado de sangre. ¿Qué diablos te ha pasado?
—¿Herido? —El jefe Maxey soltó su remo y se acercó a nosotros—.
¿Es muy grave, Runkle? Déjame verlo.
—No es… mi sangre… —respondió, ciñéndose aún más el chaquetón—. Es de… Murphy. Me salpicó al… al dispararle…
—Y una mierda —le interrumpí—. Te vi después de eso y entonces no llevabas ninguna mancha. Déjanos ayudarte.
Runkle levató de nuevo la cabeza con los ojos repentinamente alerta.
Me apuntó a la cara con su pistola.
—Apártate… y d-déjame en paz… Te lo a-advierto… ¡no es n-nada!
De repente lo comprendí todo. Había actuado de forma extraña desde que nos encontramos mientras buscábamos al profesor. Había mentido sobre el chaquetón. Me dijo que se lo puso para protegerse de la tormenta, pero no era verdad. Se lo puso para ocultar su herida.
—Te mordió, ¿verdad, Runkle? Murphy te mordió antes de que lo mataras y lo has estado ocultando todo este tiempo.
Se rió sarcásticamente.
—Estás… l-loco, Lamar… Si me hu-hubiera mordido… ya e-estaría m-muerto, ¿no?…
—Tampoco pareces muy sano. Y ahora que lo mencionas, todas las pistas están ahí. Arrastras las palabras y te sientes débil… Admítelo, Runkle, te mordió y lo has estado ocultando.
El jefe Maxey apoyó una mano en su hombro.
—Todo se solucionará, señor Runkle. Deje que lo ayudemos.
Por débil que se sintiera, todavía le quedaban fuerzas. Se movió con rapidez, su brazo trazó un arco y golpeó al jefe en la cara con la pistola. Se escuchó un chasquido y Maxey cayó hacia atrás, con la nariz y la boca manando sangre. El bote se inclinó peligrosamente, permitiendo la entrada de más agua. Me abalancé sobre Runkle para intentar quitarle la pistola, pero fue demasiado rápido para mí. Se giró y me encontré con el cañón de su pistola presionando mi estómago. Sonriendo, me indicó por señas que regresase a mi puesto.
—No h-hagas un… puto m-movimiento o me… me c-cargo a los chicos… S-sigue remando…
—Hijo de puta. Eres poli. ¿Dónde ha quedado tu juramento de servir y proteger?
Se rió.
—M-murió con… el resto… del m-mundo…
—Eres un mierda, tío.
Su risotada terminó en una tos.
—C-cállate… y s-sigue remando… maricón.
Hice lo que ordenaba con los dientes rechinando de rabia. Runkle movió la pistola frente a mí, mientras metía el remo en el agua. El jefe
Maxey rodó sobre sí mismo hasta quedar de espaldas, gruñó y se quedó inmóvil con la lluvia cayéndole sobre la cara y diluyendo la sangre de la nariz.
—C-Carol… —susurró Runkle sin apartar los ojos de mí—, s-sitúa a… los c-chicos junto a… L-Lamar…
—Está enfermo, agente Runkle. No sabe lo que…
—C-cierra el pico… y h-haz lo que te d-digo… o m-mataré a LLamar. A-ahora… o-obedece…
Apreté los remos con más fuerza. El jefe Maxey seguía inconsciente; si me movía, Runkle me pegaría un tiro antes de poder dar dos pasos.
Estábamos indefensos, así que volví a intentar razonar con él.
—Vas a morir, Runkle. Lo sabes, ¿verdad? Si Murphy te mordió, la Venganza de Hamelin ya corre por tus venas.
Él sacudió la cabeza.
—N-no… voy a m-morir… Vi-viviré…
—Y una mierda. Morirás te guste o no, no puedes impedirlo. ¿Por qué nos haces esto, tío, por qué nos jodes? ¿Qué esperas conseguir?
No me respondió. Metió su mano libre bajo el chaquetón, palpándose la herida. Me pregunté cómo tardaba tanto en cambiar, Mitch había muerto muy rápidamente. Quizá Runkle tenía mejor constitución, quizá la velocidad de la infección dependía del estado de salud de la persona contagiada.
Carol, Tasha y Malik se desplazaron con cuidado hasta nuestro lado del bote, y se sentaron junto a mí. Runkle los vigiló atentamente durante toda la maniobra. Los apremié para que se dieran prisa, pero cuando Malik iba a sentarse, Runkle lo sujetó por la muñeca.
—¡Ey! —Exclamó el niño—. ¿Qué haces, tío? ¡Suéltame!
—C-cállate… mierdecilla… C-Cuando el j-jefe… abrió el a-arcón…
v-vi unas c-cuerdas dentro… Q-quiero que l-las traigas… y… y a-ates al j-jefe…
—No voy a atar una mierda.
Tensé mis músculos, dispuesto a saltar.
—Déjalo en paz, hijo de puta.
Runkle le retorció el brazo y Malik aulló de dolor. Estaba a punto de levantarme cuando el policía volvió a apuntarme con su pistola.
—S-siéntate… maricón, o… le r-romperé el b-brazo…
— ¡Cabronazo de mierda! —escupí—. ¡Enfermo y retorcido hijo de puta! ¡Suéltalo de una vez!
Como respuesta, volvió a retorcerle el brazo a Malik.
—Vale, tío, vale. —Runkle aflojó la presa y el niño se liberó—. Si me rompes el brazo no podré hacer una mierda, cabrón.
Frotándose el brazo, Malik cruzó el bote. Runkle no movió los ojos para seguir su avance, sino que los mantuvo fijos en Carol, en Tasha y en mí. Me pregunté por qué no se trasladaba al extremo opuesto del bote desde donde pudiera vigilarnos a todos al mismo tiempo, y supuse que estaba peor de lo que parecía, que no podía pensar con la claridad necesaria, que ya era más zombi que hombre.
Otra ola hizo inclinarse el bote hacia un lado y el agua helada penetró en mis botas. Manteniendo el equilibrio, Malik abrió el cajón de almacenamiento y rebuscó en el interior hasta que encontró la cuerda.
—¿L-la t-tienes? —preguntó Runkle, entre tos y tos.
—Sí, la he encontrado —confirmó Malik.
—P-Pues... date p-prisa…
—Un momento, no me presiones. Eres peor que mi hermana.
Tasha lo fulminó con la mirada, pero se mantuvo callada. Mis ojos no se apartaban de la pistola… ¡menudo héroe estaba hecho! El profesor Williams se había equivocado completamente y deseé que estuviera vivo para poder demostrárselo.
Runkle no se movió, solo cerró un poco los párpados. La mancha de su chaquetón era más grande. Un fino hilo de sangre le salía de la manga, recorría su mano y goteaba del dedo índice. El agua acumulada en el fondo del bote se estaba coloreando de rosa. Su otra mano aferró con más fuerza todavía la pistola. Lo contemplé y deseé que se muriera; me lamí la sal de los labios, esperando que su siguiente aliento fuera el último. Pero no lo fue.
En vez de atar al jefe, Malik se apoderó silenciosamente de su lanza y, con mucha lentitud, se acercó a Runkle, que seguía sin volverse ni mirar hacia atrás. Aparté la mirada del chico para no alertar al policía e insté sin palabras a que Carol y Tasha hicieran lo mismo. Malik alzó la lanza por encima de su cabeza y siguió acercándose.
—Re-reserva algo de c-cuerda… —masculló Runkle—. Q-quiero que… t-también a-ates… al r-resto…
—Lo que tú digas —respondió Malik—. Tú mandas.
Repentinamente, Runkle se dobló sobre sí mismo y boqueó de dolor.
Cerró los ojos y su mano armada se dobló hasta que la pistola apuntó al suelo. Sin emitir un solo grito, Malik dio un paso adelante y le clavó la lanza en la espalda, apoyando en ella todo el peso de su cuerpo. Runkle se tensó y abrió la boca para gritar, pero solo consiguió emitir un suspiro estrangulado. La pistola se le escapó de la mano y cayó en un charco de agua ensangrentada. Tasha saltó para apoderarse de ella, pero le advertí que no lo hiciera. La sangre infectada de Runkle se había mezclado con el agua y no tenía sentido arriesgarse.
Malik siguió hincando la lanza en la espalda del policía y la punta empezó a sobresalir por el pecho, desgarrando el chaquetón. Runkle volvió a intentar gritar, pero solo pudo gorgotear. Un borbotón de sangre oscura, casi negra, se derramó de su boca.
Levantándome del banco, enarbolé el remo por encima de mi cabeza y descargué un golpe en el rostro de Runkle. El golpe reverberó en mis brazos. Los labios del policía se partieron, y dientes y sangre volaron por los aires. Solté el remo, corrí hacia Malik y sujeté el palo de la escoba con ambas manos. Juntos, empujamos al hombre empalado hacia la borda. La sangre empezó a resbalar por la lanza hacia nuestras manos. Teníamos que darnos prisa. Runkle se aferró a la borda luchando por su vida, y Malik y yo empujamos con más fuerza todavía. Los tendones se marcaron claramente en su cuello mientras luchaba contra nuestro impulso, pero la lanza se hundió más profundamente en su cuerpo. El reguero de sangre del mango aumentó. Tasha se apoderó de mi escopeta y le aplastó los nudillos con la
culata. Con un empujón final, Malik y yo conseguimos lanzar al policía al agua.
—No tendrías que haberte metido con nosotros —escupió Malik.
—¿Lleváis calcetines? —pregunté.
Asintiendo lentamente con las cabezas, Carol, Tasha y Malik me miraron como si hubiera perdido la cabeza.
—Ayudadme a levantar al jefe —ordené—. Runkle sangró sobre el agua acumulada en el fondo del bote. No quiero que trague nada de esa agua.
— ¿Cómo vamos a achicar el agua si está contaminada con su sangre?
—Todavía no lo sé —admití—, pero lo primero es lo primero.
Ayudadme con el jefe. Carol, reúne todo lo que no esté manchado de sangre, sobre todo la comida, la bebida y nuestras armas.
En medio del océano, Runkle dejó escapar un grito ahogado. Alcé la vista a tiempo de ver cómo una enorme forma gris se deslizaba hacia él. El policía agitó los brazos, golpeando frenéticamente el agua. Percibí una mancha blanca que me pareció una aleta, y todo terminó en un chorro de espuma. Fuera lo que fuera aquella criatura, lo había arrastrado bajo la superficie.
Malik se inclinó sobre la borda.
— ¿Qué diablos era eso?
—No te preocupes ahora —jadeé, pasando las manos por debajo de las axilas del jefe—. Ayúdame a levantarlo antes de que se infecte.
Carol se dedicó a reunir las armas y los suministros, mientras Tasha y Malik me ayudaban con el jefe Maxey, hasta que conseguimos sentarlo en el banco. Su cabeza se movía atrás y adelante al ritmo de las olas, su nariz estaba hinchada y sangraba, obviamente rota, y había perdido un diente pero respiraba. Le di unos suaves golpecitos en la mejilla y, tras unos segundos, sus ojos parpadearon.
— ¿Seguimos teniendo agua potable? —le pregunté a Carol.
—Las botellas parecen intactas y no se han manchado de sangre.
—Dame una.
Desenrosqué el tapón y la acerqué hasta la boca del jefe. El borde debió rozar contra algún punto sensibilizado por el golpe, porque abrió los ojos de repente. El agua penetró en su garganta y casi se ahogó, tosiendo y escupiéndola.
— ¿Y Runkle? —preguntó, mirando a su alrededor—. ¿Dónde…?
Intentó erguirse, pero lo obligué a que permaneciera en la misma posición.
—Nos hemos encargado de él, jefe. Relájese. ¿Cómo se encuentra?
—Mi nariz me duele mucho, creo que está rota, pero sobreviviré.
—Bien. Sería importante que levantase los pies y los mantuviera por encima del agua.
Miró el aspecto rosado del agua y se volvió hacia mí.
— ¿Esa sangre es mía o de Runkle?
—De los dos, creo.
Tasha me apretó el brazo y señaló hacia proa.
—He visto moverse algo.
Intenté ver a través de la oscuridad.
—No veo nada. ¿Qué era?
—No lo sé. Algo saltó fuera del agua por un momento, pero volvió a sumergirse enseguida.
—Quizá solo fue una ola —sugirió Carol. Por el tono de su voz, estaba claro que ni ella misma se lo creía.
El retumbar de un trueno recorrió el cielo nocturno, ahogando el rugido de las olas. Me volví hacia el jefe.
—¿Se siente capaz de remar?
—Sí, creo que sí.
—Entonces, podemos seguir adelante. —Crucé las piernas sobre el banco para mantener los pies fuera de la teñida agua y empuñé uno de los remos—. Que todo el mundo haga lo mismo, intentad no tocar el agua. Con suerte, encontraremos olas lo bastante grandes como para que barran toda esa mierda. Entonces podremos achicar el resto. Carol, ¿estás lo bastante despierta como para hacer de vigía?
—Sí. Ahora mismo no podría dormirme aunque quisiera.
—De acuerdo. Tasha, quiero que te quedes con el rifle y que vigiles.
Pero, primero, asegúrate que no está manchado de sangre.
—¡Oye, ¿y yo?! —protestó Malik—. ¿Por qué nunca me dices que haga algo?
Sonreí.
—Tienes la escopeta. Si te ves obligado a disparar, hazlo… pero con cuidado.
—¿Por qué dices con cuidado?
—Porque el retroceso podría lanzarte por la borda, y eso es algo que no queremos que ocurra, ¿verdad?
Miró hacia el punto en que había desaparecido Runkle.
—No, creo que no.
Ocupamos nuestras posiciones. Carol escrutando el mar, el jefe y yo remando, y los chicos empuñando las armas, preparados, con los cañones protegidos por trozos de plástico para que no les entrara agua. De vez en cuando, el GPS pitaba y el jefe le echaba un vistazo para comprobar las coordenadas.
—¿Seguimos el rumbo, jefe?
—Sí. Y, por favor, llámame Wade. Ya no tengo un barco en el que considerarme jefe de nada.
Asentí.
—De acuerdo… Wade.
Retumbó otro trueno y la luz de la barrita se extinguió en ese momento, sumergiéndonos en la oscuridad.
Algo se movió y provocó salpicaduras a estribor. Fuera lo que fuese, parecía grande.
—Jefe… —susurré—, Estooo… perdone, Wade, quizá debería encender el motor.
Un rayo surcó el cielo y pude ver que asentía con la cabeza. Se dio media vuelta con un suspiro. Otra salpicadura levantó ecos sobre el agua, esta vez por popa. Algo chocó con el fondo del casco. Olimos a pescado podrido, a algo que había muerto pero que seguía nadando. Por fin el motor
cobró vida, y el jefe aceleró a máxima potencia. Nos lanzamos hacia la noche.
Los sonidos de las salpicaduras nos siguieron mucho tiempo antes de desaparecer.
Cuando miré hacia atrás, solo percibí oscuridad.
OceanofPDF.com