Mar Muerto
Capítulo Dos
Una vez en casa, a salvo, la revisé de arriba abajo para asegurarme que nada ni nadie había entrado mientras estábamos fuera. Reforcé algunos de los tablones de la puerta delantera. No quedó asegurada del todo, pero bastaría por una noche mientras no alertaraxxxx de mi presencia allí.
Demasiados martillazos podían atraer a los zombis o los saqueadores. Para ser sincero, no hubiera podido mejorar la barricada ni aunque hubiera querido. Estaba exhausto, física y emocionalmente, y lloré mientras clavaba clavos de doce centímetros en las planchas de madera. Shock retrasado.
Crisis nerviosa. Sabía que no estaba llorando por Alan o por cualquier otro, lloraba por mí mismo. Nunca había sido propenso a la autocompasión, pero en aquel momento la sentía.
Volvía a estar solo.
Cuando decidí que ya estaba bastante seguro, aplacé el resto del trabajo para la mañana siguiente. Me sentía agotado (el adjetivo exhausto aparece ya 5 líneas más arriba) y débil y sucio. Intenté recordar la última vez que me había duchado y no pude. Lavarme con una esponja y un bol de agua de lluvia no sirvió de mucho.
Me comí a oscuras una lata de macedonia. No tenía mucho apetito, pero me obligué a terminarla, incluso los trozos de piña que odiaba. Cuando abres una lata de macedonia, no importa la marca que sea, ¿por qué siempre hay demasiada piña y pocas fresas? No creo que vuelvan a fabricar latas de
macedonias en mucho tiempo. Si la Humanidad logra recuperarse, tendrá cosas más importantes de las que preocuparse primero. Mientras sorbía el jugo de la lata, pensé en todas las cosas que había dejado atrás, en la calle.
Tarde o temprano tendría que salir a por ellas o morirme de hambre. De día o de noche tendría que salir a por ellas y el peligro sería el mismo. Esta noche había sido Alan, la siguiente podía ser yo. Pero no quería pensarlo en aquel momento.
Desnudo y sudoroso a causa del calor, me dejé caer sobre las húmedas y sucias sábanas de mi cama. La almohada apestaba, incluso con el hedor del exterior filtrándose en la casa. Como yo, olía a suciedad y mugre, a desesperanza y desaliento. No tenía forma de lavarla, el agua era demasiado preciosa para malgastarla, así que me quedé allí tumbado, dando vueltas. No podía leer en la oscuridad y no podía correr el riesgo de encender una linterna. Tampoco es que tuviera nada que leer en caso de disponer de luz, solo un montón de facturas impagadas y de avisos caducados, y unas cuantas revistas anticuadas de las que no se publicarían ningún número más. Es sorprendente cómo los artículos de fondo del Time o del Newsweek, las noticias que parecían importantes, se convertían en algo trivial y sin significado, en algo lejano, distante, como si fueran historia antigua. Tenía un iPod y aún le quedaba batería, pero no podía usar los cascos sin nadie que montase guardia por si acaso. Con ellos puestos, no podría oír si alguien —zombi o lo que fuera— intentaba entrar. (Alan y yo dormíamos por turnos, incluso durante el día, asegurándonos de que uno siempre estuviera despierto y vigilando). No podía leer, no podía escuchar música y no quería pensar. Si añadimos la sofocante temperatura de mediados de agosto y el miedo y la inseguridad, estaba jodido. No creí que fuera capaz de dormir, pero lo hice. De forma irregular.
Nunca recuerdo lo que sueño. Ni esa noche, ni ninguna otra, nunca he sido capaz de recordar lo que sueño. Solía tener una extraña sensación de celos cuando los demás me hablaban de sus sueños. Era la mierda más aburrida del mundo, pero siempre me fascinaba y me preguntaba si yo soñaría lo mismo. Incluso sus pesadillas me embelesaban. Ahora, todo lo que tenía que hacer era mirar por la ventana. Todo el este de Baltimore
estaba atestado de pesadillas y muchas de ellas venían a por mí. Cadáveres podridos y apestosos inundaban las calles, goteando fluidos, desprendiendo partes de sus cuerpos, con sus entrañas deshaciéndose. Entre el hedor y el peligro me extraña que pudiera dormir siquiera.
Me despertó un grito. Me senté en la cama de golpe, con los ojos muy abiertos y los puños aferrando las sábanas. El sonido había desaparecido y me pregunté si habría sido real o solo imaginado. Quizá por fin era consciente de lo que soñaba. Miré el reloj para ver qué hora era; por supuesto, no funcionaba. Sin uno de muñeca no tenía otra forma de saberlo, así que intenté volver a dormir.
Entonces, olí el humo. Madera quemada, plástico fundido... quizá también carne calcinada. Miré a mi alrededor. El pulso me palpitaba (¿
Sentía el latido del pulso) en la garganta y un fulgor anaranjado entraba por la ventana del dormitorio. Había clavado unos tablones en ella por fuera y por dentro, y cerrado las persianas y las cortinas, pero unos cuantos rayos de luz se filtraban por las rendijas. Otro grito resonó en la noche. Volví a sentarme y apoyé los pies en el suelo. En el cuarto hacía calor, mucho más que cuando me dormí. Esperé el siguiente grito, pero solo escuché un sonido crepitante.
Humo. Luz. Calor. Sonido.
Fuego.
Salté de la cama y corrí al comedor. Una de las placas de madera clavada en la ventana tenía un nudo con un agujero. No era lo bastante grande como para que los zombis pudieran ver el interior, pero sí para que yo vigilase el jardín y la calle. Alan y yo lo aprovechábamos para espiar el vecindario, asegurarnos que no había moros en la costa y comprobar el estado de nuestras defensas. Me arrodillé desnudo frente al agujero y miré al exterior. El cielo estaba ardiendo, iluminado con sombras anaranjadas, rojas y amarillas. Las casas al otro lado de la calle humeaban y, más allá, el barrio llameaba. Mi casa no era exactamente un adosado, pero la mayoría de las casas del barrio eran iguales en tamaño y forma: pequeñas cajas destartaladas de una sola habitación con un jardín minúsculo, tan cercanas
que las llamas saltaban de una a otra. La calle estaba llena de espesas nubes de humo y ambos, vivos y muertos, huían del infierno.
Era terrorífico y surrealista. Primero pasó el desfile de supervivientes; unos iban desnudos o en ropa interior, otros llevaban pijamas, y algunos vestían uniformes de supervivencia: chalecos de kevlar, botas del ejército, (ropa) de camuflaje y cosas así. Serían un par de docenas y todos intentaban escapar del infierno. Me pregunté de dónde habrían salido. Creía que Alan y yo éramos los únicos que quedábamos vivos en el barrio, pero obviamente estaba equivocado. Se me hacía extraño pensar que, mientras yo estaba en mi casa, mis vecinos hacían lo mismo, escondidos en sótanos o áticos, esperando, luchando por sobrevivir un día más. Todo ese tiempo me había sentido solitario y miserable y, probablemente (,) esa gente sintiera lo mismo.
La mayoría huía a pie, algunos incluso sin zapatos, corriendo sin mirar atrás. Los supervivencialistas iban armados con rifles de asalto, no sé de qué tipo, similares a los que salen en las películas. Otros empuñaban armas u objetos que servían como tales, pero la mayoría estaban desarmados. Un Lexus negro circulaba entre ellos haciendo sonar el claxon.
Un hombre vestido de cazador, dispuesto a disparar contra cualquier ciervo que se le cruzase en su camino, disparó tres veces contra el parabrisas del Lexus. La gente se dispersó gritando y el hombre se acercó tranquilamente al coche, abrió la puerta, lanzó al chófer sobre el pavimento y se puso al volante. Otro tipo en una moto esquivaba como podía a los peatones.
Después llegaron los muertos. La mayoría eran humanos, pero también había animales. A unos les faltaban miembros; otros mostraban heridas enormes de las que manaban sangre y pus, heridas que hubieran debido ser fatales; a otro cadáver, desnudo de cintura hacia arriba, le faltaba el estómago. Unos cuantos jirones de cartílago colgaban de su escroto y la cavidad estomacal estaba vacía, no contenía órganos, solo carne rosada y huesos. Me pregunté si seguiría devorando carne de los vivos y, de ser así, qué pasaría con ella después de tragársela. ¿Cómo podía digerir nada sin el jodido estómago? ¿Cómo podían procesar comida si estaban muertos? ¿Y
por qué no se comían los unos a los otros en lugar de perseguir a los vivos?
Un hombre desnudo surgió de un callejón y cruzó mi jardín. Iba cubierto de suciedad y sangre, con la piel de un púrpura azulado, el color de los moretones. Había algo extraño en él, algo más, pero no me di cuenta hasta que no se encaró con mi casa. Entonces, lo vi. No tenía genitales, solo un enorme y sangriento agujero en su lugar. Lo reconocí, era uno de mis antiguos vecinos. Nunca supe su nombre, nunca hablé con él cuando estaba vivo, solo los ocasionales asentimientos de cabeza cuando nos veíamos. Y
ahora allí estaba, muerto y sin polla.
Unas cuantas de las criaturas procedían obviamente de la parte alta de la ciudad. Me pregunté qué los habría traído hasta mi barrio. ¿Llegaron el gueto, a un lugar que jamás habrían pisado en condiciones normales, mientras aún estaban vivos? ¿O lo hicieron después de morir, buscando comida? El cadáver de un yuppie blanco recorría la calle con los brazos extendidos y la boca abierta, su distendido vientre lleno de gas. Dos pedazos de cristal rojo surgían de su frente como si fueran cuernos. A pesar del horror, no pude reprimir una carcajada. Parecía el diablo vestido de Burberry. Otro zombi llevaba los restos desgarrados de una sotana de cura.
Aparentemente, ellos tampoco eran inmunes.
Las criaturas avanzaban tras sus huidizas presas arrastrando los pies, ajenos a las llamas. A los muertos no les importaba una mierda el fuego, solo se preocupaban por comer... y la comida la tenían servida. Podría pensarse que, siendo lentos y torpes, los zombis no serían capaces de atrapar a nadie vivo. Pero lo eran. Solo hacía falta un traspiés, un paso en falso, un arrinconamiento inesperado, una pausa para esperar a un pariente o un amigo, una caída, un tobillo torcido... y ya estaba. Acababas devorado.
Lo vi con mis propios ojos. Una mujer, por ejemplo, simplemente pareció rendirse. Miró por encima de su hombro, vio su casa envuelta en llamas, y se sentó en medio de la calle lenta, tranquilamente. Un hombre intentó levantarla, tirar de ella, pero la mujer se resistió. Cuando él insistió, ella lo abofeteó. Al final, el hombre se resignó a que quisiera suicidarse y se marchó corriendo. No lo culpo. Tampoco se me ocurrió salir e intentar rescatarla.
El primero de los cadáveres cayó sobre ella y le mordió la cabeza con sus dientes amarillentos. El siguiente fue un perro muerto. El monstruo le hundió su hocico en el vientre y le arrancó algo húmedo y púrpura que brilló bajo la luz de la luna. La mujer ni siquiera gritó. Parecía conforme y en paz.
La envidié.
Desde que todo se desmoronó, había querido rendirme muchas veces. Tirar la toalla y ver qué pasaba. No soy un tipo religioso, no creo en Dios ni creo en el Más Allá. Pero cualquier cosa, incluso el olvido, tiene que ser mejor que esto. Como he dicho antes, el instinto de supervivencia es un hijo de puta. ¿Por qué seguir viviendo, cuando la vida se ha convertido en un horror así? Alan y yo lo discutimos mucho, antes incluso de nuestra conversación en el supermercado, y ninguno de nosotros encontró una razón válida. No teníamos familia ni seres queridos que nos necesitaran. No teníamos fe en que la Humanidad diera la vuelta a la tortilla y saliera triunfante. Por lo que a nosotros respectaba, la civilización se había derrumbado pero aún así seguíamos luchando. La voluntad de sobrevivir era fuerte, incluso cuando no queríamos hacerlo... hasta que mordieron a Alan, por supuesto. Y no porque así lo hubiera escogido.
¿Por qué seguir? No lo sé. No tenía respuesta para esa pregunta, pero seguía. Cada vez que me enfrentaba con los muertos ambulantes, luchaba por seguir viviendo.
A unas cuantas manzanas de distancia había hectáreas de casas y edificios abandonados. Antes de la Venganza de Hamelin, servían de refugio a traficantes de droga, okupas y criminales. Muy a menudo, los ancianos del barrio comentaban que toda aquella zona tendría que ser arrasada hasta los cimientos, que solo se necesitaba una cerilla porque los edificios se encontraban en un estado lamentable. Me pregunté si era eso lo que había pasado. El fuego venía de aquella dirección.
Me aparté de la ventana y volví al dormitorio. El humo era cada vez más espeso y el fuego se acercaba. La nariz y la garganta me ardían y ya respiraba entrecortadamente. Las llamas aumentaban de tamaño, crepitando y lamiendo las casas vecinas. Oí como una de ellas se derrumbaba, oí a un
niño que lloraba, oí un claxon atronando, oí un tiro. Y, por encima de todo aquello, oía los gritos de los vivos. Y, por encima de la peste a humo, olía la hediondez de los muertos.
Se produjo una serie de explosiones. Distantes al principio, pero cada vez se acercaban más. Me vestí, me puse las botas y busqué la mochila. Lo más rápidamente posible metí en ella toda la comida enlatada que era capaz de transportar sin ir sobrecargado, así como botellas de agua, cerillas y otras cosas necesarias. Abrí el cilindro del revólver y saqué los casquillos vacíos.
Como había disparado contra Alan y la zombi que le mató, , ahora me quedaban dos balas (tal como él lo traduce, parece una incorrección: la pistola tenía cuatro balas; una la empleó contra la zombi y la otra contra su amigo y, por eso, solo le quedan dos balas, pero si solo se menciona a la zombi, el lector no tiene porque recordar que también disparó a Alan). Cogí un cuchillo de la cocina y lo fijé con cinta aislante a mi pierna para no cortarme con él. Se produjo otra explosión más potente que las anteriores y la casa tembló. Las estanterías se sacudieron derramando DVDś y compactos al suelo, las fotos se desprendieron de las paredes. Algo pesado cayó sobre el tejado.
Terminé de reunir el agua y vacié algunas botellas sobre mí mismo, asegurándome de que la ropa, el pelo y la piel se humedecieran todo lo posible. Empapé una toalla, y la mantuve sobre la boca y la nariz con una mano, empuñando el arma con la otra. Entonces me detuve allí, en medio de mi comedor(.) y me pregunté qué más cojones podía hacer.
¿Salir tranquilamente por la puerta delantera? No. El humo me mataría antes de poder desmontar la barricada. Y aunque lo consiguiera, la calle estaba llena de zombis. Podía disparar contra dos de ellos, pero, ¿y después? ¿Apuñalarlos con mi cuchillo? No funcionaría. Una de las cosas raras de la Venganza de Hamelin es que tienes que destruir el cerebro del cuerpo infectado. Nada más funciona, excepto quizá la incineración. Podía huir corriendo y conseguir cierta ventaja, pero acabaría agotándome o el humo me asfixiaría.
Quédate, susurró una voz en el interior de mi cabeza. Siéntate y relájate. Duérmete. Deja de huir. Es más fácil, ¿Por qué seguir luchando?
¿De verdad importa? ¿De verdad importa nada? Quizá Alan tenía razón.
Quizá así todo será más fácil.
La idea era tentadora, tenía que admitirlo. Volver a la cama y esperar que el incendio devorase la casa. Con suerte, estaría muerto antes de que me alcanzasen las llamas. Pero había visto un documental sobre víctimas de incendios, y lo último que ardía eran el corazón y el cerebro. Si el humo no me mataba, seguiría vivo hasta el mismísimo final.
No. Tampoco era una opción.
Al final me decidí. Cogí un martillo y me dirigí a la cocina. Sobre el fregadero había una pequeña ventana con un tablón cruzado y clavado sobre ella. Seis clavos se interponían entre la libertad y yo. Rechinaron mientras los sacaba. Rompí el tablón y lo tiré al suelo. Solo entonces eché un vistazo al exterior. El estrecho callejón que recorría la parte trasera de la casa estaba lleno de humo, pero desierto. Golpeé el cristal con la culata del revolver y lancé la mochila por el agujero. Trepé hasta la ventana. Manteniendo la toalla húmeda sobre la cara, me agaché, recuperé la mochila y repté a través de la oscuridad, lo más agachado posible, donde el aire era más respirable.
El callejón estaba repleto de toda clase de basura, que crujió bajo mis pies: latas de cerveza, condones usados, envoltorios de chocolatinas y colillas de cigarrillos. Un hombre muerto yacía de espaldas sobre el asfalto, su piel grasienta y rajada como la de una salchicha. En su frente podía verse un agujero redondo. No iba a volver. Pasé por encima de él aguantando la respiración.
Las llamas crepitaban a mi alrededor. El vecindario era un cóctel molotov y Dios lo había lanzado e inflamado. El fuego llegaba de tres direcciones a la vez, el único camino de huida era el que se dirigía al puerto.
Corrí hacia la noche, directo al infierno.
Directo al infierno...
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