Mar Muerto
Capítulo Tres
Las oscuras aceras humeaban por el calor. Incluso con la toalla en la cara, el sudor me brotaba de la frente y se metía en mis ojos. Mis pulmones parecían arder, pero intenté no toser para no revelar mi localización. Me costaba ver claramente, el aire estaba lleno de humo y mis ojos lagrimeaban. Para empeorar las cosas, podía escuchar gritos y disparos por todas partes, pero no sabía su procedencia exata. El infierno rugía a todo mi alrededor.
Solo había recorrido media manzana cuando me topé con el primer zombi, una anciana vestida con un manchado camisón. La olí antes de verla y supuse que si su hedor era más potente que el humo, debía de andar muy cerca. Tuve el tiempo justo para ocultarme tras un contenedor de basura verde antes de que surgiera de entre el humo. Había perdido la peluca, su cabeza parecía una cebolla pelada y sus venas varicosas habían estallado, surgiendo de la piel. Los labios del cadáver estaban hechos jirones y colgaban de su rostro en largas tiras grises. Dejé que la muerta pasara de largo. Se movía en silencio, el único sonido procedía de las moscas que revoloteaban en torno a sus heridas.
Cuando desapareció de la vista, reanudé mi camino. Las llamas iluminaban la noche, pero no vi a nadie más en la calle. O el éxodo masivo de supervivientes se había dirigido en otra dirección, o el fuego los había atrapado, o habían acabado de cena a los muertos. Me moví rápida pero
cautelosamente, consciente de lo que tenía a mis espaldas. A veces el humo se aclaraba. Pasé junto a los restos de un coche quemado. Una familia de cuatro personas había ardido dentro del vehículo, y ahora solo eran ennegrecidos bultos informes. Dos adultos y dos niños. Un Happy Meal para zombis. Me pregunté qué pudo pasar. ¿Era preferible una muerte horrible, agonizante, provocada por el fuego, a enfrentarse a lo que fuera que los había mantenido atrapados dentro? ¿Qué hizo que ardieran ellos y su coche? No pudo ser el incendio, las llamas todavía no habían llegado hasta esa calle.
Con el tiempo conseguí alejarme lo suficiente del fuego como para poder prescindir de la toalla. El humo se disipó y la visibilidad mejoró.
Inmediatamente deseé que no lo hubiera hecho. Más coches destrozados y abandonados bloqueaban la calle, y el asfalto manchado de sangre estaba sembrado de pedazos de cuerpos: cabezas cortadas, órganos arrancados y pedazos de carne humana. Reconocí una de las cabezas. Era del propietario de la licorería de la esquina. Aunque ya no tenía cuerpo sobre el que asentarse, seguía viva. Sus ojos se centraron en mí y su pálida lengua se abrió camino entre sus secos y agrietados labios. Intenté darle una patada, tal como había hecho Alan poco antes con otra cabeza, pero sus dientes se cerraron sobre mi bota. No traspasaron el cuero, pero su mordisco era firme.
Di saltitos sobre mi otro pie, intentando que se desprendiera. Cuando lo conseguí, la cabeza salió disparada por los aires destrozando el escaparate de una tienda. Sus dientes se desparramaron por el asfalto y crujieron bajo mis tacones cuando los pisé. Añoré los días en que lo único que ensuciaba las aceras eran los viales vacíos de crack.
Pasé por delante de una iglesia católica, un edificio de aspecto gótico con una cruz coronando el campanario. Varias de las cristaleras de colores estaban rotas y habían cubierto las puertas delanteras de pintadas con spray rojo. El graffiti decía: DIOS HA MUERTO. Al otro lado de la calle había una casa de empeños. Nuestro barrio tenía muchas casas de empeño, y licorerías, y tiendas de cobro de cheques, pero no bancos ni fábricas. La verdad es que me alegraba ver arder las licorerías, eran un cáncer. Estudié cuidadosamente la tienda de empeños, esperando que hubieran dejado
alguna arma, pero los saqueadores habían arrasado con casi todo. Lo único que dejaron eran unos cuantos instrumentos de música, un antiguo sistema de videojuegos y una mano cortada en el suelo. Me sequé el sudor de la frente y seguí adelante. Dejé atrás un quiosco, otra licorería y una hilera de casas. Un panfleto ensangrentado que anunciaba el Cuarto Fin de Semana Anual para Negros Solteros revoloteó, arrastrado por la calurosa brisa. Una camioneta se había empotrado en una barbería. Una pizzería seguía abierta a los elementos, pero saqueada; incluso le faltaban las mesas y el resto del mobiliario. Mi estómago rugió. A pesar de todo, a pesar del peligro, del hedor que flotaba en el aire y de los cuerpos despedazados, tenía hambre.
Unos pasos ahogados, seguidos de un gemido, atrajeron mi atención; después, llegó la fetidez. Me agaché junto a una puerta y esperé. Tres zombis surgieron de un callejón y pude oler la podredumbre que emanaba de ellos, incluso desde el lado opuesto de la calle. Aguanté la respiración, esperando que pasaran sin verme, pero mi plegaria no obtuvo respuesta. La pintada en las puertas de la iglesia tenía razón, Dios había muerto. Como todo el mundo. Dios era un zombi y ellos eran sus hijos predilectos.
Debió dedicarles una sonrisa.
Me vieron y avanzaron hacia mí tambaleándose y babeando. Me pregunté cómo era posible que los muertos pudieran seguir babeando.
El primer cadáver estaba en muy mala forma: había perdido ambos brazos, una oreja le colgaba de una tira de cartílago y le faltaba un ojo, cuya cuenca estaba llena de gusanos. Su rostro solo expresaba ansiedad. Sus dos compañeros lo seguían de cerca: una adolescente que apenas parecía muerta y un hombre de mediana edad con las muñecas cortadas longitudinalmente, a todo lo largo del antebrazo. Se había asegurado de hacerlo bien, lástima que eso no le impidiera regresar. Una marca de mordisco en su antebrazo, en medio del corte, era prueba suficiente. Me pregunté si primero lo mordieron y después se suicidó intentando detener la infección, o si se hizo los cortes antes de que el zombi lo atacase. No importaba. Fuera como fuese, había vuelto. La muerte no había sido el fin de todo.
—Maldita sea, tíos, apestáis.
Si me entendieron, no dieron muestras de hacerlo. Intenté reír, pero tenía la boca seca. El sonido que emití pareció más bien un gimoteo aterrorizado.
Eran lo bastante lentos y estúpidos como para poder escapar de ellos.
Pensé en trazar un arco a su alrededor, asegurándome de mantener una distancia prudencial. Pero, antes de poder moverme, en la calle aparecieron más criaturas. Ninguna portaba armas o mostraba el menor indicio de poseer habilidades tácticas. En ese caso, hubiera podido darme por muerto.
Uno llevaba un teléfono móvil en una mano. Cuando pude verlo de más cerca, comprendí que su brazo había ardido por alguna razón y la carcasa del teléfono estaba fundida con su piel. Carne fundida pegada al plástico, como un caramelo de toffe abandonado al sol.
Aspiré aire, alcé la pistola y disparé contra el primer zombi —el que tenía la cuenca del ojo llena de gusanos—, alcanzándole en la garganta. La verdad es que había apuntado a su cabeza. Sangre, carne y gusanos volaron por los aires. Eso me dejaba únicamente una bala y el muy cabrón seguía avanzando. Se acercó unos cuantos pasos más, casi hasta tocarme. Su cabeza se inclinaba a un lado como consecuencia del destrozo del cuello.
No le importó. Maldiciendo, me aparté de la puerta y quise correr, pero la criatura estiró los brazos y llegó hasta mí, sus rígidos dedos se clavaron en mi camiseta. El tejido se rasgó. Me lo sacudí de encima y me alejé de sus amigos mientras él masticaba ávidamente el pedazo de tela arrancado. La chica giró sobre sí misma y tropezó con sus propios pies. El muerto de las muñecas cortadas gimió ininteligiblemente y cayó sobre ella. Los dos cadáveres se arrastraron sobre el asfalto.
Mientras corría por el otro lado de la calle, no pude impedir volverme a reír. Eran tan torpes, tan... estúpidos. Todo cuanto tenía que hacer era seguir moviéndome y no dejar que me tocasen y todo saldría bien.
Pensar más deprisa que ellos no era ningún problema. Y moverse más deprisa tampoco.
No obstante, estar en desventaja numérica tenía sus problemas. Y un segundo después los descubrí.
Más criaturas acudían a la zona, atraídas por el tiro, y me rodearon antes de que pudiera escapar. El hedor era brutal. Mi risa se transformó en un grito de terror. Miré a mi alrededor, frenético, pero no tenía dónde ir. La situación había cambiado en un abrir y cerrar de ojos. Convergían hacia mí con las manos engarfiadas, abriéndolas y cerrándolas, codiciosas, haciendo rechinar sus podridos dientes.
Y entonces, todo cambió.
—Eh, amigo. —La voz de un niño, al menos parecía la voz de un niño—.Si no quiere morir de un balazo, será mejor que se agache.
No podía ver al que hablaba. Esperando que mi última bala sirviera de algo, alcé la pistola y apunté al zombi más cercano. Antes de que pudiera apretar el gatillo, un trueno recorrió la calle. Salté. Vi un fogonazo en la ventana del segundo piso de una hilera de casas cercanas y la cabeza de la criatura explotó, haciendo volar sus sesos. El segundo zombi se lamió los labios, allí donde le habían salpicado trozos de cerebro. Por suerte, a mí no me cayó ninguno.
— ¡Malik, podrías haberle dado a él! —gritó una voz de niña.
—Le dije que se agachara. No sería culpa mía si le hubiera acertado.
Agaché la cabeza y cargué contra los zombis, intentando apartarlos.
Fue como empujar sacos de carne. Varios trastabillaron, y cayeron unos encima de otros. Unos cuantos lograron aferrarse a mi ropa, desgarrándola todavía más. Corrí hacia la casa desde la que habían disparado. Sonó otro disparo y oí el sonido de un impacto a mis espaldas. Esperé un tercer disparo, pero no sonó ninguno más.
— ¡Se ha atascado!
— ¡Empuja esa cosa de ahí! —gritó la chica.
—No puedo.
—Dámela.
— ¡Deja de tirar!
Preguntándome de qué diablos estaban hablando, salté a la acera e intenté abrir la puerta. Estaba cerrada. Me di media vuelta y vi que los zombis se acercaban. Por encima de su fetidez capté un ligero tufillo a humo. El fuego también se aproximaba.
— ¡Eh! —Grité incapaz de ver a los niños—. ¡Abrid la puerta!
—No puedo —respondió a gritos el niño.
—¿Por qué?
—Porque no te conocemos. Y se supone que no debemos abrirles la puerta a los desconocidos. Podrías ser uno de esos que abusan de los niños.
Los muertos ya estaban llegando a la acera. Varios de ellos tenían problemas para subir el bordillo. Uno tropezó y cayó sobre el asfalto.
Cuando volví a mirar, me di cuenta que sus pies estaban torcidos, con las puntas mirando hacia atrás. Algunos gemían, pero la mayoría seguía acercándose en silencio. No había el menor rastro de inteligencia en su expresión, solo una cruda y desnuda ansiedad. Una cruda y desnuda necesidad. Disparé mi última bala y el más cercano se desplomó. El tiro resonó en mis oídos.
—Por favor —supliqué—. Dejadme entrar.
El niño no respondió, y pensé que había llegado mi fin. Estaba muerto... y poco después estaría no muerto. Extraje mi cuchillo, intentando decidir si tendría las agallas suficientes para abrirme la garganta antes de que las criaturas llegaran hasta mí o la fuerza necesaria para apuñalar el cráneo de un zombi y traspasarlo. Y si, de conseguirlo, podría liberar el cuchillo lo bastante deprisa para repetir la maniobra con otro. Entonces oí un chasquido al otro lado de la puerta. El primero de la horda, un zombi gordo con una costilla rota surgiéndole de un costado, llegó hasta los escalones de entrada. Lo apuñalé con el cuchillo. Eso pareció sorprenderlo, y bajó sus manchados brazos, pero un segundo después avanzó de nuevo.
La puerta se abrió con un crujido. Una jovencita de unos once o doce años se asomó por la rendija que quedó abierta. Sus ojos se abrieron como platos al ver a los zombis.
— ¡Ábreme!
— ¿Prometes que no nos harás daño?
— ¡Sí! —Me costaba oírla porque todavía resonaba en mis orejas la explosión del último disparo—. ¡Te prometo todo lo que quieras, pero abre la maldita puerta ahora mismo!
Quitó la cadena y empujé la puerta para entrar; la chica la cerró tras de mí y volvió a colocar la cadena. Entonces, dio la vuelta al pestillo para asegurar la puerta. Por último, deslizó un grueso tablón de madera entre dos soportes clavados en la pared a ambos lados de la entrada. Alguien había reforzado la puerta del edificio y dudaba que hubiera sido ella.
—Gracias —susurré, intentando recuperar el aliento.
La chica cogió un trozo de tubería que estaba apoyado contra el muro lo empuñó dispuesta a atacar, y me miró de arriba abajo.
— ¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—Tasha. Tasha Roberts.
—Gracias por dejarme entrar, Tasha. Yo me llamo Lamar.
Miró hacia mi vacía pistola.
— ¿Esa cosa tiene más balas?
—No —respondí, agitando la cabeza.
—Arriba tenemos una escopeta. La encontramos en el apartamento del señor Washington, pero casi nos hemos quedado sin balas y no sabemos cómo hacer que funcione.
Unos puños golpearon la puerta lenta y pesadamente. Ambos nos sobresaltamos.
— ¿Resistirá la puerta? —pregunté...
—No lo sé —respondió Tasha encogiéndose de hombros—. Es la primera vez que intentan entrar. Hemos procurado no hacer ruido, así que nunca se han enterado de que vivíamos aquí. Nos han dejado en paz... hasta ahora.
Busqué por el vestíbulo algo más con lo que reforzar la puerta —un tiesto grande, un banco, incluso un perchero—, pero no encontré nada.
Estaba completamente vacío. Y oscuro. Un horrible y medio desprendido papel verde colgaba de las agrietadas paredes, y los polvorientos tablones del suelo crujían a cada paso. El edificio olía a moho y a orina. Fuera, los golpes resonaron más fuertes. Me volví hacia Tasha.
— ¿Has dicho que arriba tenéis una escopeta? —Ella asintió—.
Bien, enséñamela.
Subimos los escalones de dos en dos. Yo tenía que correr para mantenerme a la altura de la chica, ya que recorría los oscuros rellanos con la confianza del que los conoce de sobra por vivir allí. Era delgada y llevaba muchos mechones de pelo adornados con cuentas de múltiples colores.
Unos pendientes de oro colgaban de sus orejas. Sus pantalones cortos estaban sucios, así como su camiseta blanca y rosada, y uno de sus tacones resonaba a cada paso que daba.
Al llegar al segundo piso se detuvo frente a una puerta y alzó la mano para llamar. La detuve antes de que pudiera hacerlo.
—Tus padres... ¿no les importará que me hayas abierto? Quizá debas advertirles de que vienes con un extraño. No quiero que me peguen un tiro.
—Nuestros padres no están aquí. Solo estamos Malik, mi hermano pequeño, y yo. Mamá...
El tono de su voz fue descendiendo progresivamente, mientras se miraba fijamente los pies. Le puse una mano en su huesudo hombro intentando confortarla. Se sobresaltó un poco, pero eso fue todo.
—Lo siento. No quería traerte malos recuerdos...
—No importa. —Se sorbió los mocos y llamó a la puerta—. Malik, abre.
— ¿Estás bien? —preguntó el niño desde el otro lado de la puerta.
Su voz tenía un tono desafiante, aunque no desprovisto de miedo—. ¿Está ese tipo contigo?
—Sí, está conmigo. Se llama Lamar y está bien. No nos hará daño, solo quiere ayudarnos. Ahora, obedece y abre la puerta.
— ¡No me des órdenes!
—Malik...
La puerta se abrió, revelando a un niño de unos siete u ocho años, con unos pantalones vaqueros llenos de rotos y una camiseta de Spiderman.
Fruncía el ceño al mirarme, negándose a apartarse.
— ¿Eres de fiar? —preguntó.
—Sí, tío. Soy de fiar —respondí, sin poder evitar una sonrisa.
—Será mejor que lo seas. No soy ningún crío, soy un tipo duro. Si intentas hacernos daño a mi hermana o a mí, yo te lo haré a ti. Y si te crees
que no hablo en serio, inténtalo y verás.
Me aguanté la carcajada para no ofenderlo. La sinceridad y la ferocidad de su voz impresionaban, y no tenía dudas de que llegado el momento intentaría cumplir su palabra.
—Malik, tú mandas. Te lo prometo —le dije, alzando las manos—.
Solo necesito esconderme aquí un tiempo, ¿vale?
—Vale. —Su atención se vio atraída por la pistola—. Guai. ¿Puedo probarla?
—No, no me quedan balas.
—Mierda. ¿De qué te sirve entonces?
—Me ha servido hasta ahora. Gasté la última bala ahí abajo.
Tasha, furiosa, hizo un gesto desdeñoso con la mano para que se apartara.
—Malik, haz el puñetero favor de apartarte y dejarnos pasar.
—No me des órdenes —repitió el niño—. ¿Qué es ese ruido?
—Son los muertos golpeando la puerta de abajo.
Los ojos de Malik se abrieron desmesuradamente.
—Oh, mierda. Te dije que no debíamos dejarlo entrar. Ahora saben que estamos aquí.
—No importa —les aseguré—. Dadme un momento para que recupere el aliento y pensaremos en algo.
—Puta madre, tío.
—Oye, ¿no os advirtió vuestra madre que no debíais hablar así?
— ¿A qué te refieres?
—Me refiero a los tacos.
—Mierda, tío, ya tengo ocho años y puedo hablar como me dé la gana. Antes de ponerse enferma, mamá dijo que yo era el hombre de la casa.
—No, no dijo eso —rectificó Tasha—. Mamá te dijo que me cuidaras, como si eso fuera posible. Si te oyera decir tacos, te habría lavado la boca con jabón y después te hubiera dado una paliza.
—No es verdad.
—Sí lo es.
—Basta —corté—. Cerrad el pico.
Tasha calló de inmediato, pero Malik frunció el ceño.
—No puedes darme órdenes. No eres mi padre.
Suspiré y dejé la pistola sobre una mesa. Entonces, me arrodillé y lo miré directamente a los ojos.
—No, Malik, no soy tu padre. Ni siquiera te conozco. Pero soy un adulto y sé cosas, y puedo ayudaros a tu hermana y a ti... si me dejas. Me gustaría ayudaros. ¿Te parece bien?
—Supongo —admitió, encogiéndose de hombros.
—Bien.
Me levanté y le eché un vistazo al deprimente apartamento. Era pequeño, apretujado y polvoriento. Latas de comida y platos sucios cubrían prácticamente todo el suelo y la mesa. El mobiliario parecía raído. Ropa sucia se amontonaba en varios montones. En una estantería podía verse la foto de una mujer obesa, sonriente, de ojos alegres tras gafas de montura dorada. Sus brazos rodeaban a Malik y Tasha.
—¿Es vuestra madre?
Tasha asintió con la cabeza.
— ¿Queda alguien más vivo en este edificio?
—No —negó Tasha—. No hay nadie más. Todos se han ido o...
No necesitó terminar la frase.
—El señor Lahav nos ayudó al morir mamá —explicó Malik—. Nos dejó quedarnos en su apartamento y nos leía cuentos al irnos a la cama. Nos gustaba... menos cuando nos obligaba a lavarnos los dientes. Decía que teníamos que ser nuestros propios dentistas y que era importante que nos los laváramos tres veces al día, aunque no comiéramos nada. Pero una vez salió a buscar agua y no volvió.
— ¿Cuánto tiempo hace de eso?
El niño se encogió de hombros.
—No sé. ¿Cinco días?
—Está muerto —añadió Tasha—. Esas cosas lo cogieron.
—No lo sabemos —insistió Malik—. Puede que esté herido o escondido en algún sitio. Deberíamos salir a buscarlo.
—No seas idiota, Malik. Ahora es uno de ellos, un zombi.
—No, no lo es.
—Sí lo es.
—Chicos, chicos... —Levanté las manos—. No nos peleemos, ¿vale?
Eso no nos ayudará a seguir vivos. Además del señor Lahav, ¿había alguien más en el edificio?
Ambos negaron con la cabeza.
— ¿Algún zombi?
Tasha se estremeció.
—No, gracias a Dios.
—Y esa escopeta, ¿es vuestra única arma?
—Sí —reconoció Malik—, pero ya no sé hacerla funcionar.
—Déjame verla. —Le cogí la escopeta de las manos y la abrí como había visto hacer en las películas. Un cartucho vacío saltó de uno de los cañones y rebotó en la pared.
—Intenté hacer eso, pero no pude —dijo Malik, haciendo un puchero
—. ¡Estúpida escopeta!
Antes de que pasara todo esto, no tenía mucha experiencia con los niños. Una de mis parejas tenía una hija (estuvo casado varios años antes de terminar aceptando que era gay), pero nunca interactué con ella y, tras unas cuantas citas, su padre y yo cortamos.
— ¿Sabéis qué? —les dije—. De momento, me quedaré con la escopeta Ya buscaremos más y te conseguiré una de tu tamaño. ¿Te parece bien?
Él pareció reacio.
—Bueno, pero será mejor que no intentes engañarme. Que no sea lo bastante fuerte para usar esa escopeta, no quiere decir que no sea mía.
—Es toda tuya, hombrecito. Solo me la estás prestando hasta que encontremos un lugar más seguro.
— ¿Más seguro? —preguntó Tasha, confusa—. Un momento. No vamos a ir a ninguna parte, Malik y yo nos quedaremos aquí. El señor Lahav y mamá nos dijeron que...
—Escucha —la interrumpí—. ¿Oyes eso abajo? Van a entrar. Si no pueden romper la puerta, tarde o temprano alguno de ellos tendrá suerte y romperá una ventana. Entonces, estaremos jodidos. Además, hay algo más.
— ¿Qué?
—La ciudad está ardiendo. Por eso os encontré, porque estaba huyendo del fuego cuando me acorralaron ahí abajo.
— ¿Fuego? —repitió Malik, abriendo mucho los ojos—. ¿Cuánto fuego?
—Todo mi barrio ha desaparecido. Avanza de manzana en manzana y se dirige hacia aquí. Llegará pronto, no tenemos mucho tiempo.
—Pero si salimos, los zombis nos pillarán —protestó Tasha.
—Y si nos quedamos aquí, arderemos.
—Así que estamos jodidos —refunfuñó Malik, cruzándose de brazos.
—No del todo —le aseguré dándole un golpecito en la cabeza y sonriendo.
Mis rodillas crujieron al levantarme. En el piso de abajo, los golpes continuaban. Miré por la ventana y vi que más zombis convergían hacia nuestro edificio. Había cuatro frente a la puerta empujándose mutuamente, y más aparecían continuamente de calles y callejones laterales. No sabía cómo se comunicaban, ni siquiera si lo hacían, pero de algún modo sabían que su cena estaba en aquel edificio. Lo único que tenían que hacer, era entrar.
El fuego también se expandía. Todo el horizonte brillaba amarillo y naranja. Por mucho que costara creerlo, parecía que toda la ciudad ardía. La lluvia que cayera poco antes no había hecho nada por frenar las llamas. Y, ni los bomberos, ni ningún otro personal de emergencia iban a combatirlas.
Una vez, en la tele, vi un documental sobre la Guerra Civil. Allí narraban cómo el general Sherman había quemado Atlanta hasta los cimientos. En aquel momento intenté imaginármelo y me pareció inconcebible, irreal.
Ahora tenía una buena idea de lo que podía haber sido.
Los niños habían alineado los cartuchos de la escopeta en la repisa de la ventana. Había cuatro, muchos menos de lo que esperaba. Y tampoco
tenía ni idea de cuántos cabían en la escopeta. Hasta me sorprendió haber podido sacar el cartucho vacío tan fácilmente. Antes de intentar cargar el arma y arriesgarme a encallarla, los metí en el bolsillo de mi pantalón.
Malik frunció el ceño.
— ¿No vas a cargarla?
—Ahora no. Después.
— ¿Después? ¡Hazlo ahora, negro!
— ¡Eh! —le regañé—. No deberías usar esa palabra.
— ¿Negro? ¿Por qué no?
—Porque no es una palabra agradable. Demuestra que eres un ignorante.
— ¿Yo, un ignorante?
—Exactamente.
El niño dio una patada en el suelo.
—No soy un ignorante.
—No he dicho que lo fueras. Pero cuando usas esa palabra, es eso lo que llamas a los demás... y a ti mismo.
Me volví hacia Tasha.
— ¿No hay más armas en el apartamento? ¿Algo que vosotros podáis usar contra los zombis?
—No, pero creo que Malik tiene razón. Tendrías que cargar la escopeta ahora. Puede que después no tengas oportunidad.
—De acuerdo —admití—. La cargaré.
Saqué los cartuchos del bolsillo. Palpé el arma, preguntándome cómo introducirlos. A un lado había una ranura del mismo tamaño que la munición, pero no estaba seguro de cuál era el extremo adecuado de los cartuchos. Los chicos me miraban desconcertados.
Malik sonrió burlonamente.
—No sabes cómo cargarla, ¿verdad?
—No —admití—. No sé mucho de armas.
— ¿Y tú me llamas a mí ignorante? Déjame enseñarte.
Me cogió el arma de las manos e insertó rápidamente los cartuchos con sus pequeños dedos. Entonces, con una sonrisa satisfecha, me devolvió
la escopeta.
—Gracias.
—El señor Washington me enseñó.
— ¿Qué le pasó?
—Se lo comieron.
El niño calló y se dedicó a contemplar el suelo. Era obvio que no quería decir nada más.
Volví a mirar al exterior. Seguían llegando más criaturas. Los golpes en la puerta de entrada aumentaban y se volvían más insistentes. Oímos el crujido de la madera. De repente, Tasha y Malik parecieron tan asustados como lo estaba yo.
—Vale, ¿tiene otra salida este edificio? —susurré.
Tasha asintió con la cabeza.
—Por la lavandería, en el sótano. Tiene un par de contrapuertas que llevan al callejón. Y hay una escalera de incendios, pero está rota. No llega hasta el suelo.
— ¿Y no podemos descolgarnos?
—No, es demasiado alta.
— ¿En qué lado del edificio está el callejón?
—A la derecha.
— ¿Alguna de las ventanas da a él?
Ella señaló a un lado.
—La de allí. La del dormitorio de mamá.
—Quedaos aquí.
El cuarto de su madre aún estaba impregnado de su presencia. Olí a perfume de lavanda, polvos de talco y loción corporal de vainilla. Los aromas eran leves pero persistentes. Eso hizo que me sintiera triste, unas cuantas semanas más y desaparecerían para siempre. El sentimiento me sorprendió. Pensé en mi propia madre y aparté las emociones a un lado. No quería ponerme sensiblero, no mientras siguiéramos en peligro. El dormitorio era oscuro, pero la luz de los fuegos lo iluminaba débilmente. La cama estaba hecha con una colcha blanca y unas sábanas verdes, dos almohadas y un viejo peluche. Una capa de polvo cubría las fotos en la que
aparecían los chicos sonrientes. Vi unos cuantos libros, la mayoría ediciones de bolsillo de Toni Morrison, Chesya Burke, y algunas novelas románticas baratas junto a una gastada Biblia.
Me acerqué a la ventana y miré al callejón, una estrecha franja de pavimento que separaba los edificios. Una bolsa vacía de papel revoloteaba por él, pero no se movía nada más. De momento, el callejón estaba libre de zombis. Se amontonaban estúpidamente en el frontal de la casa. Se me ocurrió que quizá les estaba concediendo demasiado mérito. No sabían nada de tácticas ni de planes. Solo sentían el ansia. La necesidad. Veían a su presa en la parte delantera y allí acudían. En cierto modo, resultaba patético.
Bien, el callejón estaba despejado. El problema era si seguiría así cuando llegásemos a él. Incluso entonces, ¿qué nos esperaba en las calles?
Paso a paso, pensé. Primero hay que llegar a la lavandería.
Volví al comedor. Los chicos me miraron expectantes.
— ¿Todavía tenéis agua?
—Sí.
Tasha me llevó a la cocina, donde tenían cubos de plástico y jarras llenas de agua de lluvia. En algunos de los recipientes se retorcían larvas de mosquito. Me explicó que habían colocado cubos en el tejado. Empapé la ropa de los niños e hice lo mismo con la mía. También cogí tres toallas y las humedecí. Les expliqué que si el fuego se acercaba demasiado, eso les ayudaría con el humo. Ya estábamos preparados. Ellos seguían pareciendo aterrorizados, pero no discutieron ni protestaron.
—Bien, escuchadme atentamente —les dije—. Permaneced juntos, pero siempre detrás de mí. Respirad a través de las toallas y agachaos tanto como podáis. El humo tiende a elevarse, así que cuanto más cerca estéis del suelo, mejor. E intentad permaneced tranquilos. ¿Dispuestos?
Ambos asintieron. Tasha cruzó los brazos y se estremeció.
— ¿Tienes miedo? —le pregunté.
—No. Bueno, sí. Claro que tengo miedo. Pero el escalofrío no era por eso, es que tengo frío. La ropa está toda mojada.
—Lo siento —me disculpé—. Cuando estemos a salvo, ya buscaremos ropa seca.
— ¿Dónde vamos? —preguntó Malik.
Hice una pausa, sin saber qué contestar.
—No lo sé. A otra parte. Donde sea menos aquí.
— ¿A un sitio en el que no haya zombis?
—Sí, eso —mentí—. A un sitio sin zombis ni incendios. A un lugar donde podamos estar tranquilos un tiempo y podamos descansar. No sé vosotros, chicos, pero yo estoy agotado. Me gustaría dejar de correr y de luchar, ya he tenido bastante por una noche. Iremos donde no tengamos que hacer nada de eso.
Me pregunté dónde estaría ese lugar, me pregunté si existiría algún lugar así y, de existir, cómo llegaríamos hasta él.
Salimos del apartamento y Tasha cerró la puerta. Pensé en preguntarle por qué, pero me lo pensé mejor. Aquél era su hogar. No es que fuera gran cosa, ninguno de los apartamentos lo era, pero probablemente también fuera el único que habían conocido y todos sus recuerdos estaban allí. Y ahora lo abandonaban con un extraño, mientras un montón de gente muerta intentaba derribar la puerta. En su interior, Tasha debía creer que nunca volverían a aquel apartamento. No lloro con facilidad, pero al mirar a la chica casi se me parte el corazón.
Cuando salimos al pasillo y empezamos a bajar las escaleras, los golpes en la puerta empeoraron. Y siguieron empeorando todavía más a medida que nos acercábamos a la planta baja, hasta llegar a ser abrumador.
Quería gritarles a los muertos, aullarles que dejaran de joder. Un cristal se rompió en alguna parte, quizá en uno de los apartamentos del primer piso, no estaba seguro. Era difícil concentrarse. El hedor de los zombis llenaba el recibidor y el humo se espesaba cada vez más. La puerta delantera temblaba a cada golpe y largas astillas de madera se desprendían de ella. Mientras mirábamos, empezaron a aparecer grietas.
— ¿Por dónde?
Tasha señaló hacia la parte trasera del vestíbulo . Nos deslizamos hacia el pasillo; rápidamente, pero en silencio. Yo iba el primero, seguido por Tasha y Malik. Hermano y hermana iban cogidos de la mano. Miré
hacia ellos y sonreí, intentando darles ánimos. No es que sintiera mucha confianza, pero ambos me devolvieron la sonrisa.
Fue entonces cuando la puerta reventó. Cayó contra la pared con un sonoro “bang”, derramando zombis en el vestíbulo. La primera oleada cayó por los suelos, pero más y más criaturas entraron, pisoteando a los caídos.
Su hediondez asaltó mi sentido del olfato, la sentí como una fina capa de podredumbre en mis senos nasales y mi garganta. Tasha y Malik gritaron de terror, pero no tan alto como yo. Se quedaron congelados contemplando la pútrida horda.
— ¡Corred!
Los empujé para que se colocaran detrás de mí y alcé la escopeta. Un primer zombi se destacó de la multitud y cargó contra nosotros a través del vestíbulo . Antes había sido una mujer. Un hinchado y púrpura seno se había escapado de su blusa y avanzaba mediante una serie de espasmos.
Había ansiedad en sus ojos muertos y me pregunté cómo pensaba devorarme, ya que su mandíbula le colgaba de apenas unos cuantos cartílagos. La mandíbula se balanceaba de un lado a otro a cada paso.
Resolví el problema apretando el gatillo. La cabeza de la zombi desapareció. Se produjo una rociada roja de restos, y después nada. El cuerpo se desplomó en el suelo. Mi brazo quedó entumecido por el retroceso del arma, pero conseguí cargar de nuevo el arma. Disparé contra una segunda criatura que antes fuera un niño de la edad de Malik. A pesar de lo horripilante de la situación, sentí un punto de excitación mientras cargaba un tercer cartucho. La escopeta se me daba mucho mejor que la pistola.
Manteniendo el arma apuntada a los invasores, me retiré al pasillo.
Tasha mantenía abierta la puerta que daba al sótano, mientras Malik ya bajaba las escaleras. Llegué a los escalones y cerré la puerta. No tenía cerradura.
— ¡Mierda!
— ¡Por aquí! —urgió Tasha, estirándome de la manga.
Bajó corriendo las escaleras delante de mí hasta que llegamos al oscuro y húmedo sótano, abarrotado de cajas y de basura: una bicicleta de
diez velocidades, un colchón con muelles rotos surgiendo por todas partes, varios juegos de patines, una pelota de baloncesto deshinchada, una televisión con la pantalla rota, ropa llena de moho, montones de periódicos y revistas atados con cuerdas... El suelo de cemento era desigual y lleno de grietas. La humedad se extendía por las paredes en pautas grises. Me guiaron hasta una pequeña sala de lavandería que contenía tres lavadoras y secadoras que funcionaban con monedas. Varias cestas para la ropa se amontonaban junto a la pared más lejana, ropa limpia que ya nadie usaría estaba desparramada por el suelo. Más allá podían verse unas pequeñas escaleras y un par de puertas cerradas.
Las puertas estaban provistas de unos relucientes candados.
Por encima de nosotros, los muertos empezaron a aporrear la puerta del sótano, que estaba en mucho peor estado que la principal. No tardarían ni un minuto en hacerla pedazos... puede que menos. Contemplé los cerrojos con la mandíbula colgando, antes de volverme hacia Tasha incrédulo.
— ¿Por qué diablos no me dijiste que las puertas estaban cerradas con candado?
La chica hizo un gesto displicente con la mano.
— ¿Crees que somos idiotas? Las cerramos nosotros. El señor Lahav nos hizo cerrar todas las puertas. Como no teníamos candado para la puerta delantera, usamos la madera.
Los golpes se incrementaron, acoplándose al ritmo de mi pulso. En la esquina, tras una pila de cajas, algo se deslizó entre las sombras. Me pregunté si el sótano estaba infestado de ratas y, de ser así, si serían de las vivas o de las muertas.
— ¿Tenéis la llave de los candados? Si no la tenéis, retroceded y dejadme que dispare.
Sonriendo, Tasha rebuscó en los bolsillos de sus pantalones y sacó una llave. Se dirigió hacia las puertas, pero la detuve.
—Espera. Puede que haya zombis en el callejón. Dejadme salir primero.
Ella se hizo a un lado. Yo tenía los dedos sudorosos y me costó sostener la escopeta y manipular al mismo tiempo la llave. Además, las manos me temblaban, lo que hacía que todo fuera más difícil. Cuando el candado se abrió con un chasquido, solté un suspiro de alivio. Abrí la puerta lentamente y saqué la cabeza al exterior... precedida por la escopeta. No había moros en la costa.
—Vamos.
Los ayudé a salir al callejón y cerré la puerta tras ellos. Los chicos se colocaron las toallas sobre la cara y me esperaron. Tras echar un vistazo a nuestro alrededor descubrí un viejo monopatín y arranqué la tabla de las ruedas antes de cruzarla entre los picaportes de la puerta.
—Eso los frenará un buen rato.
Malik me dio un apretón en la mano.
— ¿Y ahora, qué?
Miré hacia ambos extremos del callejón. Uno llevaba a la calle principal, donde antes me habían rodeado los zombis; el otro daba a otro callejón, que recorría la parte posterior de la oficina de un agente de fianzas.
Fuimos hacia allí lo más cuidadosa y silenciosamente posible. Detrás de nosotros escuchamos golpes ahogados. Los zombis del sótano habían descubierto las puertas que daban al callejón.
—Seguidme —susurré, apremiando a los chicos.
Giramos a la izquierda y después a la derecha, en dirección a los muelles, más por necesidad que por sentido de la orientación. No pretendía llegar al puerto, nunca fue ése mi plan, solo intentábamos adelantarnos al fuego y a los zombis. Varias veces nos encontramos el paso bloqueado por una cosa u otra. Yo prefería las llamas. Siempre que nos era posible, tomábamos calles laterales y callejones traseros.
Recorrimos varias manzanas antes de ser atacados de nuevo. Nos encontrábamos en la parte trasera de una tienda de deportes y yo intentaba esquivar el fuego. Cada vez que el viento cambiaba de dirección, el humo nos envolvía.
Un cadáver surgió de la parte posterior de un contenedor de basura sin emitir un solo sonido. La única razón por la que lo descubrimos, fue
porque le dio una patada accidentalmente a una botella de leche vacía mientras avanzaba hacia nosotros. Su rostro estaba oculto por una máscara de hockey. También empuñaba un palo de hockey, pero nunca intentó utilizarlo como arma. Creo que lo llevaba más por instinto que otra cosa. Su mano libre buscó mi cabeza, intentando acercársela a la boca abierta. Me agaché, di un paso a un lado y ataqué con la escopeta por delante. La culata le destrozó la mandíbula y el cadáver retrocedió unos pasos a causa del impacto. Aferré el cañón con ambas manos y golpeé las piernas de la criatura, rompiéndole las rodillas. Mientras caía, descargué otro golpe en su cabeza. La cara del zombi explotó/implosionó tras su máscara. Una especie de fango negro, que debía ser sangre coagulada, rezumó por los agujeros de la boca y los ojos como arcilla húmeda. Quedó en el suelo, retorciéndose.
—Pégale otra vez —gritó Malik—. Machaca a ese hijo de puta.
Lo hice. Volví a golpear al zombi en la sien y la máscara se desprendió de su cabeza. Su cara parecía un montón de espaguetis hervidos, y una especie de moho negro le cubría casi toda la piel. Volví a golpearlo con la culata y el cráneo se partió. El zombi dejó de agitarse y quedó inmóvil. Le arranqué el palo de hockey de la mano, y lo limpié de barro y de sangre.
—Toma —dije, entregándole el palo a Malik—. ¿Crees que podrás manejarlo?
—Sí, claro que podré. —Sonrió como un niño que acaba de recibir un regalo de Navidad, ensayó unos cuantos golpes al aire con el palo, produciendo un sonido parecido al de los sables-láser de las películas.
—Basta, Malik —protestó Tasha—. Vas a salpicarme de sangre.
—No, sé lo que me hago. Al próximo zombi que veamos le partiré la cabeza como ha hecho Lamar.
—Así me gusta —lo animé—. Pero ten cuidado de no darnos a tu hermana o a mí con eso.
—Tendrías que habérmelo dado a mí —protestó Tasha—. Él es demasiado pequeño para pegar con la fuerza suficiente.
—Porque tú lo digas —cortó Malik.
—No es justo.
—Ya encontraremos algo para ti —le prometí a Tasha—. No te preocupes.
Tras limpiar la culata de la escopeta para no infectarme por accidente, proseguimos nuestro camino. Me sequé el sudor de la frente y deseé tener a mano una cerveza bien fría. O un poco de agua por lo menos.
La ardiente temperatura veraniega sumada al calor del incendio convertían el ambiente en algo poco menos que insoportable. Si añadimos a eso que habíamos tenido que correr, pelear con un zombi y volver a correr... estaba exhausto. El sudor me goteaba de la punta de la nariz y empapaba mi ya mojada ropa.
Al acercarnos a Fells Point, una zona de la ciudad a la que acudían los chicos blancos y ricos de los suburbios para beber y divertirse durante los fines de semana, nos cruzamos con algunos supervivientes. La zona estaba llena de bares, tiendas de discos, y tiendas de ropa que llamaban vintage. (O sea, que la llamaban vintage y pagaban un montón de pasta por una mierda vieja. Podías comprar el mismo par de pantalones, nuevos de trinca, en Goodwill por un pavo). Todas las noches veías a imitadores de Eminem borrachos, gritándose unos a otros, sobando a sus chicas, meando en los callejones y vomitando sobre las aceras.
Ahora, Fells Point era un campo de batalla. Cortamos a través de un estrecho callejón lleno de cascotes. Oímos disparos y gritos, pero amortiguados por los edificios que se levantaban a ambos lados. No fue hasta que llegamos al final del callejón, que vimos realmente lo que estaba sucediendo. En la zona central de comercios tenía lugar una verdadera batalla. Humanos contra zombis, e incluso humanos contra humanos. A veces era difícil distinguir a los unos de los otros. Levanté el brazo y lo moví hacia atrás para asegurarme de que los chicos no se adelantaran.
Entonces, incrédulo, me dediqué a contemplar la escena.
La calle estaba llena de pedazos de cuerpos y cadáveres inmóviles, y las alcantarillas rebosaban de sangre. Los disparos levantaban ecos entre los edificios y el humo llenaba la atmósfera. El hedor, los gritos, el sonido de la masticación. Podías oír alimentarse a los zombis, incluso por encima de las explosiones.
Vi un coche boca abajo, con los neumáticos apuntando al aire como las patas de un animal muerto. Debía de haberse volcado justo antes de nuestra llegada porque todavía tenía gente dentro. Gritaron mientras los zombis los sacaban a través de las destrozadas ventanillas y les arrancaban la carne con uñas y dientes. Otro cadáver contemplaba inmóvil cómo ardía una tienda de antigüedades. No tenía brazos. Alguien le disparó desde el interior de la tienda. El escaparate saltó hecho pedazos y el zombi cayó sobre la acera. Entonces, el techo de la tienda se derrumbó, lanzando brasas ardientes al cielo nocturno. Alguien, probablemente el que había disparado, gritó dentro del edificio ardiendo.
En la calle, un par de perros no muertos persiguieron a una mujer y a su bebé. Un pitbull zombi arrancó al pequeño de los brazos de su madre y lo desgarró al sacudirlo como si fuera un muñeco de trapo. Una bala perdida impactó en la madre un segundo después. Al menos, supuse que era una bala perdida. Quizá el tirador estaba apuntando a los perros y acabó matándola a ella. O quizá, después de todo, sí que apuntaba contra ella: un tiro de gracia. En medio de aquel caos podían verse muchos animales zombis. La mayoría eran ratas y perros, pero también unos cuantos gatos y lo que tomé por una iguana. Los perros zombis se movían más deprisa que sus contrapartidas humanas y me pregunté el motivo. Quizá porque tenían cuatro patas en vez de dos piernas, o quizá es que no llevaban mucho tiempo muertos.
Un hombre trastabillaba cerca de nosotros, tan cerca que, de haber querido, habría podido tocarlo con solo alargar la mano. No estaba muerto, pero le faltaba poco. Sus manos aferraban su sangrante estómago, intentando retener las tripas dentro de su cuerpo. Gotas de sangre del tamaño de medio dólar moteaban el asfalto tras él. Un niño zombi lo seguía sin dejar de masticar lo que parecía un trozo de intestino. El hombre parecía ajeno a su perseguidor y el zombi no parecía tener prisa. Cuando pasó frente a nosotros le disparé en la nuca; el hombre no se detuvo, siguió caminando. Me tiré al suelo, temiendo que mi acto de buen samaritano descubriera nuestro escondite.
Pero no importaba porque, un segundo después, las cosas empeoraron.
Civiles montados en un vehículo-oruga circulaban en medio de la multitud, aplastando tanto a vivos como a muertos. Un zombi adolescente intentó subirse al vehículo, pero uno de los hombres le dio una patada en la cara y lo tiró de nuevo a la calle. Otro de los hombres abrió fuego con una ametralladora. Los cuerpos de vivos y muertos se agitaron y bailaron por el impacto de las balas. Jadeé entrecortadamente. A aquellos tipos no les importaba contra qué disparaban. Eran tan malos como los zombis... incluso peores. Los muertos no podían usar armas. El vehículo avanzó por el sendero abierto por las balas. Los humanos que habían matado siguieron muertos. Ésos fueron los afortunados.
Otro hombre corrió hacia nosotros. Llevaba un rifle.
— ¡Eh! —grité, intentando atraer su atención.
—Largaos de aquí —exclamó sin dejar de correr.
Quise decirle que no sabíamos dónde ir, quizá él conociera algún lugar seguro. Pero dobló la esquina y desapareció.
La parte central de la calle estaba cuidadosamente diseñada, llena de árboles, flores y arbustos para separar los carriles de ambas direcciones.
Mientras miraba, las copas de los árboles estallaron en llamas Más balas perdidas se estrellaron contra el asfalto. Algo destrozó el parabrisas de un coche cercano a nosotros y pedazos de cemento volaron por los aires. El hedor se hizo más fuerte. Podredumbre, cordita, gasolina y carne quemada.
Los gritos aumentaron.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Malik. Ya no parecía nada valiente, solo un niño aterrorizado a punto de llorar.
Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de ir al puerto. Me cabreé conmigo mismo por no haberlo pensado antes, cuando huíamos en esa dirección. Fells Point limitaba con una dársena llamada Inner Harbor, que era la principal atracción turística de Baltimore. Allí estaban el Acuario Nacional, un Hard Rock Café, una librería Barnes and Noble de tres pisos, un World Trade Center, el fuerte McHenry, el centro científico Maryland, el Pabellón de Conciertos del Muelle Seis (el año pasado había ido allí para
ver a Eric B y a Rakim, además de a otros cantantes de hip-hop), montones de tiendas, restaurantes y bares, y accesos rápidos a hoteles, al estadio y al centro de convenciones. Pero Inner Harbor también era lo que su nombre implicaba, un jodido puerto. Y tenía comunicación con la bahía de Chesapeake. Mar abierto, un lugar donde los zombis no podrían alcanzarnos, justo lo que les había prometido a los niños.
Había barcos y botes a todo lo largo de los muelles, como El Orgullo de Baltimore II, la reproducción de una nave de 1812, la época de los clippers, o El USS Constelación, el último barco de la Guerra Civil en seguir a flote, construido en 1854 y todavía capaz de navegar. Pero ambos estaban descartados. No sabía absolutamente nada de navegación, pero sí que barcos de ese tipo necesitaban toda una tripulación. También había un guardacostas, el USCGC Spratling, que admitía visitas de los turistas. Había sustituido permanentemente al cutter Taney, que se llevaron hacía un año para ser restaurado. Antes de eso, ambos guardacostas estaban abiertos al público. También el Spratling quedaba descartado, como los otros dos. Pero había botes más pequeños: ferris, taxis acuáticos y lanchas de alquiler.
Rayos, incluso había patines a pedales y yo sí sabía utilizar uno de ésos.
También tenía cerca puertos deportivos llenos de yates, barcos de pesca y cruceros de placer.
No sabía una mierda sobre navegación, pero, ¿tan difícil era...
contando sobre todo con la alternativa? Si podíamos llegar hasta Inner Harbor o hasta uno de los puertos deportivos sin que nos mataran o nos devoraran, y si conseguíamos apoderarnos de un bote pequeño, nos alejaríamos de tierra firme antes de que la ciudad ardiera hasta los cimientos. Aunque solo pudiéramos llegar al muelle, seríamos capaces de adentrarnos en la bahía y los zombis no podrían alcanzarnos. Hasta el océano, hasta el mar abierto sería mejor que quedarse allí.
Inner Harbor estaba a pocas manzanas de distancia. No sabía cuantos zombis y locos cabrones con pistolas encontraríamos en el camino. Sería duro, pero, ¿teníamos elección? Debíamos intentarlo.
Alejé a los chicos hasta las sombras y nos arrodillamos. El humo se había vuelto realmente peligroso y al hablar me noté la garganta reseca.
—Escuchad, tengo una idea —grazné—. Pero tenéis que manteneros junto a mí y hacer exactamente lo que diga. Intentaremos conseguir un barco y...
— ¿Qué barco? —interrumpió Tasha.
—No importa. Cualquiera. Hay cientos en el puerto. Solo tenemos que llegar hasta allí.
— ¿Cómo?
—Bueno, tendremos que correr. Por eso...
— ¿Correr? —Tasha parecía asombrada—. ¿Por ahí fuera? ¿Meternos en ese lío? ¿Estás loco?
—Sé que es peligroso, pero no hay otra salida. Todos están peleando entre sí. Si nos damos prisa, los zombis ni siquiera se fijarán en nosotros.
—Yo no tengo miedo —dijo Malik, pero sus ojos decían lo contrario.
—Yo, sí —admitió Tasha—. No quiero salir ahí fuera, señor Reed.
Por favor, no nos obligue.
Apreté cariñosamente su mano deseando calmarla. Pero solo conseguí hacerla llorar.
—No quiero salir. Nos atraparán como a todo el mundo, como a nuestros amigos, a mamá y a...
Tasha se arrojó contra mí sollozando y me abrazó con fuerza. Malik se sorbió la nariz y también empezó a llorar. Abrí los brazos para un abrazo a tres. Los mantuve firmes contra mi pecho mientras sus lágrimas y sus mocos empapaban mi ya mojada camiseta. En la calle se oyeron más tiros y más gritos, seguidos por el tableteo de una ametralladora.
—Chicos, no se me ocurre nada más —dije calmadamente—. La ciudad está en llamas, ¿no lo veis? Hemos llegado hasta aquí, pero no podemos quedarnos ni tampoco luchar contra todos. Solo podemos huir y llegar hasta el agua es nuestra única oportunidad. Os prometo... os prometo que no dejaré que esas cosas os atrapen, antes moriré.
Sabía que, en el fondo, lo sentía de verdad. No soy un héroe. Antes de esa noche vi como mataban a una mujer frente a mi apartamento y no hice nada por ayudarla. Unos minutos atrás, cuando maté al niño zombi, lo hice más por instinto que por deseos de ayudar a la presa de la criatura.
Pero, en el poco tiempo que conocía a Malik y a Tasha, me había encariñado con ellos. Me parecían buenos chicos, valientes, llenos de recursos. No se merecían las cartas que la vida les había repartido, sino algo mejor, una oportunidad de pelear. Además, me habían salvado la vida.
Supongo que era justo que les devolviera el favor.
O sea, que hablaba en serio. Moriría antes de dejar que la muerte los reclamase. Pero mi promesa era una mentira porque, en cuanto muriera, no podría hacer nada por protegerlos. Es más, los perseguiría, los cazaría como los otros zombis.
Malik se separó de mí y se enjugó la nariz con el dorso de la mano y se lo frotó en la camiseta para limpiárselo. Un momento después, Tasha también se separó.
— ¿Cuántas balas nos quedan?
—No lo sé, Malik —respondí, encogiéndome de hombros—. He perdido la cuenta.
—No importa. Aún tengo mi palo de hockey. Si se acercan, me encargaré de ellos mientras vosotros huís.
Me levanté sonriendo.
—Bien, éste es el plan. Saldremos y giraremos a la derecha. Seguid por la acera y no os separéis. En la siguiente calle, giraremos a la izquierda.
Eso nos llevará hasta el Centro de Aprendizaje Sylvan. Cerca de allí hay un puerto deportivo, una especie de club privado para gente rica. Si las puertas están cerradas, tendremos que escalarlas. Si no recuerdo mal, la verja tiene unos cuatro metros de altura. ¿Tenéis miedo a las alturas?
Los chicos negaron con la cabeza al unísono.
— ¿Podréis escalar la verja?
Asintieron.
—Bien. Una vez pasemos la verja, deberíamos estar a salvo y todo irá bien.
— ¿Viento en popa? —preguntó Tasha.
Tardé un segundo en darme cuenta que había hecho un juego de palabras. Los dos chicos empezaron a reírse dándose codazos de
complicidad, y yo terminé riéndome con ellos... hasta que un gruñido cortó de raíz mi carcajada.
Era un perro zombi, un pitbull, el que había matado al bebé hacía unos minutos. Aparentemente seguía hambriento y buscaba el postre. Se encontraba en la boca del callejón, bloqueándonos la salida a la calle y convirtiendo mis planes en quimeras. Dio un paso adelante, con las uñas resonando sobre el pavimento. No volvió a gruñir, solo nos miró en silencio con sus ojos muertos. Una pálida lengua blanquecina le colgaba a un lado de la boca, una costilla rota asomaba de su cuerpo pútrido y había perdido gran parte de su pelaje, quizá debido a los gusanos que lo infestaban. Las tripas colgaban de su abierto estómago. Una placa en su collar anunciaba que su nombre era Fred. A pesar de mi terror, casi sonreí al ver la placa.
Fred no era nombre para un pitbull. La gente de mi barrio llamaba a sus pitbulls Asesino, Carnicero o Satán. Fred era nombre para un perro bueno, un perro vergonzoso y tímido, el tipo de perro que se acerca a los extraños con la cola entre las patas y las orejas gachas.
Fred no era nada de eso. Fred era todo colmillos sobre cuatro patas.
Y unos colmillos muy afilados.
Un chisporroteo resonó por encima de nosotros cuando el tejado del edificio más cercano empezó a arder. Las llamas se expandían rápidamente, recorriendo los cables eléctricos conectados al tejado y por ahí saltaban a los edificios contiguos. Los cables cayeron al suelo; por suerte, ya no conducían electricidad. Sonó otro disparo.
El perro seguía acercándose paso a paso. Tras él, en la entrada del callejón, aparecieron dos perros zombis más. Después, otro. Y otro. Alcé la escopeta. Fred se tensó, flexionando las ancas bajo la manchada piel. Los otros cuatro perros penetraron en el callejón y se alinearon a su lado.
—Chicos...
Fred saltó, arrastrando sus entrañas tras él.
—... ¡corred!
Apreté el gatillo... y no pasó nada. Solo se oyó un sonoro “clic”
metálico. La escopeta no disparó. Se debía de haber encasquillado.
Gritando, golpeé la mandíbula de Fred con la culata del arma cuando
todavía se encontraba en el aire. Sangre y dientes caninos saltaron por los aires. El perro aterrizó sobre los ladrillos del pavimento, y yo di media vuelta y corrí, empujando a los niños, sin atreverme a mirar por encima del hombro. Malik soltó su palo de hockey, pero siguió corriendo. Oí como, detrás nuestro, la jauría empezaba a trotar iniciando la caza en silencio, sin gruñidos, sin ladridos. Ni siquiera jadeaban por el esfuerzo.
Si damos un traspiés, estamos acabados, pensé. Se acabó todo.
— ¡La escopeta! —jadeó Tasha—. ¡Dispárales!
— ¡No puedo, no funciona! ¡Sigue corriendo!
Salimos del callejón al otro lado de la calle, libre de luchas y caos.
Otro edificio estalló en llamas junto a nosotros. Zigzagueamos entre vehículos destrozados y abandonados, mientras los perros se acercaban cada vez más. Me estaba quedando sin aire y a los dos chicos les costaba respirar. El humo y el hedor lo empeoraban todo. Tenía claro que no podríamos evitar ni esquivar a la jauría. Aunque estuvieran muertos, cuatro patas seguían moviéndose más deprisa que dos piernas.
—Altura, necesitamos encontrar un terreno alto —grité—. Algún lugar al que no puedan subir.
Tasha se dirigió hacia un SUV aparcado y trepó a la capota. Alargó la mano hacia su hermano y lo ayudó a subir. La capota se combó bajo el peso de ambos. Escalaron hasta el techo mientras yo saltaba sobre el mismo vehículo. Dándole la vuelta a la inútil escopeta, la utilicé como garrote contra los perros. Saltaban lanzando mordiscos, pero sin conseguir alcanzarme. Fred saltó torpemente en el aire y sus patas delanteras se apoyaron en la capota. Las aplasté con la culata y el perro resbaló hasta el suelo, con un horrible gemido y las uñas rascando la pintura.
Nos acurrucamos en el techo del SUV, mientras la jauría rodeaba el vehículo. Mi garganta ardía. Intenté producir saliva para tragar y recuperar el habla.
— ¿Qué... qué hacemos ahora? —tartamudeó Tasha.
—No lo sé.
— ¿Pueden subir hasta aquí?
—No creo. De momento, estamos a salvo.
— ¿Cómo escaparemos?
—No lo sé, maldita sea. Dejadme pensar.
Los perros dieron unos cuantos saltos más y se rindieron... pero no se marcharon. Se sentaron sobre sus ancas y esperaron. Sus ojos negros, muertos, no se apartaron de nosotros. La muerte es paciente. Desesperado, examiné la escopeta intentando descubrir qué le pasaba. No sabía si se había quedado sin munición, si se había encasquillado o qué diablos le ocurría. Como he dicho antes, no tenía experiencia con las armas hasta el robo.
— ¿Puedes arreglarla? —se interesó Malik.
—No creo —admití—. Pero aún puedo reventarles los malditos sesos con la culata.
Tasha contempló la jauría aterrorizada.
— ¿Seguro que no pueden subir hasta aquí?
—Creo que no. De momento, estamos a salvo.
—Pero, ¿cómo nos libraremos de ellos?
—Quizá pierdan interés en nosotros. Quizá se cansen y busquen una presa más fácil. O quizá aparezca alguien que nos ayude.
— ¿Y el fuego? —preguntó Malik.
No tenía respuesta para eso. Las llamas saltaban de edificio en edificio convirtiendo la noche en día. Los chicos habían perdido sus toallas y sus rostros estaban tiznados por el hollín. Me pregunté si el humo nos mataría antes que los zombis.
Un muerto emergió de una librería incendiada. La manga de su camisa estaba envuelta en llamas. Mientras mirábamos, el fuego se extendió desde el brazo al pecho y a la cabeza, hasta envolver todo el cuerpo. El cadáver siguió caminando hasta que su cerebro hirvió y se derrumbó en medio de la calle.
Varios zombis más aparecieron por el extremo de la manzana. A uno le faltaba una pierna y se arrastraba por la acera gracias a la fuerza de sus brazos. Ya no tenía uñas y las puntas de los dedos se habían abierto como uvas aplastadas. Otro ni siquiera parecía muerto, bien podía ser un repartidor de pizzas dando un paseo, pero sus movimientos lentos,
mecánicos, lo delataban. Al vernos sobre el techo del SUV empezaron a converger hacia nosotros. Los perros hicieron caso omiso de los recién llegados y siguieron con la mirada fija en nosotros, goteando baba de sus bocas.
Cuando oí el tiro, no le di mucha importancia. Supuse que era uno más de los muchos que se disparaban en la batalla. Pero, entonces, me di cuenta que una de las criaturas se desplomaba de cara sobre el asfalto. Un segundo después, sonó otro disparo y la cabeza de uno de los perros explotó literalmente. Una de sus puntiagudas orejas voló por los aires y fragmentos de cráneo tintinearon por toda la calle. Un tercer tiro impactó en una puerta del SUV, asustándonos a los tres y haciendo tambalear el vehículo. Con el cuarto, el tirador recuperó la puntería y derribó a otro perro.
— ¿Desde dónde dispara? —dijo Malik, mirando a nuestro alrededor.
—No lo sé.
Estudié los edificios y los tejados. Era difícil ver nada por culpa del fuego y sobre todo del humo. Al quinto disparo seguí el sonido, y al sexto descubrí al tirador. No podía distinguir si era un hombre o una mujer, pero estaba agachado entre un quiosco y un buzón de Correos. Se levantó lentamente y caminó hacia nosotros sin dejar de disparar. Era un hombre y, mientras se acercaba, pude fijarme en algunos detalles. Caucásico. Bien parecido. Lo que algunos de mis amigos llamaría un “osito”. No era mi tipo, pero reconocí que podía considerarse guapo, a pesar de que había estado viviendo como nosotros, sin poder ducharse o cambiarse de ropa…
Parecía tener unos cuarenta años pero se conservaba en forma. Medía casi dos metros, y vestía vaqueros y un chaleco de cuero típico de motorista. No llevaba camiseta y su pecho estaba lleno de espesos rizos de pelo negro. En sus brazos se veían tatuajes y varios aros de oro colgaban de sus orejas. Una barba de varias semanas cubría su cara. Empuñaba una pistola y el cañón todavía humeaba por los disparos realizados contra los zombis. Un rifle colgaba de su hombro, así como una pequeña mochila, y llevaba dos cananas (una de ellas con una pistola enfundada) en la cintura; de ella también colgaban unos objetos redondos. Tras un momento comprendí que se trataban de granadas. Fuera quien fuese, el tipo no estaba para bromas.
Se movió rápidamente, siempre vigilante. Uno de los perros trotó hacia él y la pistola saltó en sus manos. El perro se desplomó. Otro humano zombi se le acercó por la derecha. La pistola rugió y la cabeza de la criatura estalló en mil pedazos. Fue liquidando a los zombis uno a uno, hasta que la calle quedó sembrada de cadáveres. Entonces, nos miró y sonrió.
—Bajad de ahí. Ya no hay moros en la costa.
Lo contemplé receloso, lleno de dudas. Los chicos se escondieron detrás de mí. Sabía que si pretendía hacernos daño, poco podría hacer para impedírselo. Debió captar nuestra sospecha, porque enfundó rápidamente la pistola.
—No pienso haceros daño —confesó—. Solo quería salvar vuestros patéticos culos, así que bajad de ahí y larguémonos mientras podamos.
Llegarán más en cualquier momento.
Como en respuesta (¿), otro grupo de zombis apareció calle abajo y se dirigió directamente hacia nosotros. Con un movimiento fluido, el motorista arrancó una granada de su cinturón, tiró de la argolla y la lanzó contra los zombis.
—Seguro que querréis agacharos.
La explosión fue masiva, más estruendosa que nada que hubiera oído antes. Hasta pude sentir la presión contra mis tímpanos. Suciedad, sangre, trozos de ladrillo y mutiladas partes de cuerpo llovieron por toda la calle.
—¡Eh! —Exclamó Malik—. ¿Me das una de esas granadas?
—Será mejor que se lo preguntes a tu padre —rió el motorista.
Malik desvió su mirada hacia mí.
—No es mi padre. El señor Reed solo nos está ayudando.
—Después de que le salváramos la vida —añadió Tasha.
El motorista arqueó una ceja y me miró irónico. Yo me encogí de hombros.
—Es verdad, lo hicieron. Si no me hubieran ayudado, estaría sirviendo de cena a un zombi. Y ahora tú nos has salvado a los tres.
Gracias.
—No tiene importancia.
Bajé del techo del SUV y ayudé a los chicos a bajar. El motorista me estrechó la mano. El apretón era fuerte, y tenía las palmas de las manos callosas y sudorosas. Me fijé en los tatuajes que le cubrían los brazos: una serpiente alada, una mujer semidesnuda, el logotipo de Harley-Davidson y diversos diseños tribales.
Apretó un poco más fuerte al tiempo que se presentaba:
—Mitch Bollinger.
—Lamar Reed. Y ellos son Tasha y Malik Roberts.
Hice una pausa, sin saber qué más decir a continuación. Vivir como un eremita, con Alan como única compañía, parecía haber afectado a mi habilidad para relacionarme con la gente.
—Salgamos de la calle —sugirió Mitch, soltándome la mano—. Y
alejémonos de los edificios incendiados. Si nos quedamos aquí, el humo nos ahogará antes de que nos encuentren más zombis.
—Estábamos intentando llegar al puerto —expliqué—. No hay zombis en el agua. ¿Sabes navegar?
Mitch asintió con expresión emocionada.
—Un amigo del trabajo tenía una barca, y salíamos mucho de pesca a la bahía. No sé todo lo que debería saber pero puedo navegar, si es eso lo que quieres decir.
—Pensé que si navegábamos hasta la bahía, estaríamos a salvo del fuego y de los zombis.
—Buen plan —aceptó Mitch—. ¿Puedo unirme a vosotros?
Me pareció sorprendente que lo preguntara. Él no nos necesitaba, nosotros lo necesitábamos a él. Supuse que también se daba cuenta y que solo quería ser cortés.
—Esperaba que lo preguntaras —sonreí.
—Entonces, seguidme. Conozco un atajo hasta el puerto deportivo.
Se encaminó hacia una calle lateral y lo seguimos sin más preguntas.
No sabíamos nada sobre él, pero, ¿qué elección teníamos? Mis entrañas me decían que era un buen tipo. Si hubiera querido robarnos o hacerles algo a los chicos, le habría bastado con pegarme un tiro en medio de la calle.
Volvió a desenfundar su pistola y la mantuvo empuñada mientras nos
guiaba por otro callejón. Malik estaba fascinado con las armas de Mitch y volvió a pedirle que le diera una granada. Mitch le prometió que cuando estuviéramos a salvo le enseñaría a usarlas.
— ¿Te has quedado sin munición? —me pregunto, señalando mi escopeta.
—No lo sé —admití—. Para ser sincero, no sé una mierda sobre armas. Simplemente no funciona. Se ha encasquillado o algo así.
—Ya le echaré un vistazo después... si quieres. De hecho, creo que llevo algunos cartuchos en la mochila que puede que te sirvan.
Miró a su espalda y descargó el rifle que llevaba colgando. Me lo ofreció. Le pasé la escopeta y acepté el rifle. Era gris, pesado y tenía mira telescópica.
—Es un Remington siete-diez —explicó Mitch— Se parece mucho al setecientos, pero más fiable. Al menos, a mí me lo parece. Solía discutir del tema por Internet con otros aficionados. Lo encontré en la tienda de un prestamista hace unos cuantos días, como todo lo que llevo en la mochila.
Tiene un gatillo suave, buen tiempo de recarga y un cerrojo de sesenta grados que te permite disparar más rápidamente. No es que lo necesites con esa mira, aunque puede que tengas que ajustarla un poco para ti. Las tres anillas marcan realmente la diferencia. El cargador interno lleva cuatro balas, después tendrás que recargarlo, ¿de acuerdo?
Dejé de caminar y lo contemplé sin habla.
—Mitch, no he entendido una mierda de lo que has dicho, ¿vale? ¿Te importaría repetirlo en un idioma inteligible?
—Lo siento, tío —se disculpó tras estallar en carcajadas—. A veces me olvido que mucha gente no sabe tanto de armas como yo. Mi esposa solía decirme lo mismo, tuve que darle un curso acelerado. Mira, he quitado el seguro. Tú simplemente apoya bien el rifle en el hombro, mira a través de la mirilla, centra el blanco en la cruz y aprieta el gatillo. Haz una prueba.
Mientras yo apuntaba a una botella de vidrio junto a una alcantarilla, le dio su segunda pistola a Tasha. Necesitó menos instrucciones que yo, y mis mejillas y mis orejas me ardieron de vergüenza.
— ¿Y yo qué? —protestó Malik.
Mitch me miró, pero yo me encogí de hombros. Se mesó la barba pensando la respuesta.
— ¿Sabes lanzar una pelota de béisbol?
—Claro —respondió Malik—. Soy el mejor de mi calle lanzando.
— ¿Y puedes lanzarla realmente lejos?
—Muy lejos.
—Entonces, toma. —Mitch le ofreció una granada—. Ahora, escúchame bien. Esto es muy, muy peligroso. Has de tirar de esta anilla, y lanzarla lo más deprisa y lo más lejos que puedas, y luego esconderte detrás de algo. ¿Podrás hacerlo?
Malik hinchó el pecho orgullosamente.
—Tráeme unos cuantos muertos de esos y te lo demostraré.
—Espero que no tengas que hacerlo —dije yo—. Si conseguimos llegar al puerto sin tropezarnos con más de esas cosas, por mí estupendo.
Seguimos avanzando lentamente, atentos a la aparición de más zombis. Detrás nuestro oíamos el crepitar de las llamas, puntuado por ocasionales gritos y disparos. El humo se fue aclarando, quizá porque la mayoría de edificios en Fells Point tenían dos pisos y podía elevarse fácilmente en lugar de verse encajonado por los cañones de cemento de la ciudad.
—Debías tener una tienda de armas, ¿verdad? —le pregunté a Mitch.
—No.
—Entonces, ¿las vendías?
—No, pero casi. Era vendedor, sí, pero no de armamento. Solo soy un entusiasta de las armas. Siempre me gustó cazar y tirar al blanco.
—¿Qué vendías pues?
Mitch sonrió ampliamente, antes de contestar.
—Biblias.
— ¡No jodas! ¡Pero si pareces un Ángel del Infierno...!
—Hablo en serio, Lamar. Era un vendedor de Biblias. Las vendía sobre todo a librerías cristianas, a iglesias y a academias privadas. Cuando era necesario, me tapaba los tatuajes con camisas de manga larga y me
quitaba los pendientes. Las Biblias eran mi negocio; las armas solo mi pasión.
Fruncí el ceño. No podía hablar por boca de otros gays, pero según mi experiencia, los cristianos que conocía no eran precisamente comprensivos con mi sexualidad. De todos los supervivientes con los que podríamos escapar de la ciudad, habíamos unido nuestras fuerzas con las de un posible fundamentalista que me juzgaría según las leyes de un libro antiquísimo, supuestamente escrito por el intolerante más omnipotente del mundo.
Mitch debió descifrar la expresión de mi cara porque habló antes de que pudiera decir nada.
—No te preocupes, no soy creyente. Solo soy un vendedor.
— ¿No crees en Dios? —resoplé.
Hizo un ademán con la mano abarcando el entorno.
— ¿Y tú sí, viendo toda esta mierda?
—No, pero tú vendes Biblias.
—Vendía —me corrigió—. Creo que ya no queda mucho mercado para mi producto. Sí, las vendía como vendí otras muchas cosas: televisiones, coches, ordenadores, seguros y aspiradores. Pero las Biblias daban más dinero.
Seguimos caminando entre risas.
Por detrás el fuego seguía extendiéndose, empujando a los muertos hacia nosotros.
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