Mar Muerto
Capítulo Seis
—Norfolk queda definitivamente descartado —musitó el jefe Maxey, mordiendo la colilla de su puro—. ¿Tienen idea de la cantidad de personal asignado a esa base?
—No —reconoció Mitch—. ¿Cuántos?
—Bueno no estoy seguro del todo, pero un montón. Miles. La base naval es del tamaño de una ciudad pequeña.
—Eso es verdad —subrayó Hooper—. Diablos, Norfolk es la base.
El resto de la ciudad solo existe como apoyo de la base, estará atestada de zombis.
Estábamos en el puente de mando del barco, planeando nuestra excursión a tierra firme. Mitch, el jefe Maxey, Tum, el agente Runkle, Basil, Tony, Hooper y yo. El jefe le había dado a Chuck un cursillo acelerado de cómo pilotar la nave y le había dejado al mando mientras nos reuníamos.
—Tú mantenlo en línea recta —le dijo—. Lo más seguro es que no haya ningún barco por ahí con el que podamos chocar. Y si suena una alarma, avísanos.
Maxey y Tum estaban allí porque conocían la costa y sabían interpretar los mapas y las cartas de navegación; otros, porque tenían experiencia militar o con las fuerzas del orden, y además tenían armas. Yo solo estaba allí porque Mitch había insistido, y ya me iba bien. Los peces no estaban picando, y Tasha y Malik andaban ocupados con sus estudios...
curiosamente, tras unos cuantos días, les habían cogido gusto. Creo que les gustaba tener algo que hacer, un reto con el que ocupar sus mentes aunque se tratase del colegio. Carol encontró algo de papel y unos lápices pero, como no hallamos libros a bordo, improvisó unas guías de estudio. Los chicos se llevaban bien con ella, sobre todo Tasha. La noche anterior, Joan había comentado que el único momento en que los adolescentes parecían abrirse era cuando estaban con los niños. Después de navegar tres días, las cosas habían empezado a cuajar para todos. Éramos como una pequeña familia disfuncional.
Runkle sorbió un poco de agua de una botella de plástico.
—Antes de que todo se fuera a la mierda, la Agencia Federal para el Control de Emergencias estableció un puesto de socorro en South Point, lo escuché en la radio. Se supone que proporcionaba comida, agua y ayuda médica. South Point es casi rural, así que quizá no haya sido invadido.
Podríamos intentarlo.
El jefe Maxey sacudió la cabeza.
—South Point está en la bahía Chingoteague. Tendríamos que rodear la isla Assateague y eso nos situaría muy cerca de Ocean City que, en esta época del año, debía de estar atestada de turistas. Demasiados zombis potenciales. Además, si los caballos salvajes de Assategue han contraído la enfermedad, tendremos zombis en ambos lados. Los caballos se utilizaban para cruzar la bahía... y es probable que hayan seguido cruzándola después de morirse y revivir. Creo que es mejor no arriesgarse.
—Pero los caballos eran inmunes a la Venganza de Hamelin —
apunté—. Lo vi en las noticias antes de quedarnos sin energía. Las ovejas y las vacas no eran inmunes, pero los cerdos y los caballos, sí.
—Quizá fueran inmunes —interrumpió el jefe—, pero la enfermedad debe de haberse adaptado, porque yo vi un caballo muerto galopando por la ciudad. Era uno de esos caballos de la policía y estaba persiguiendo a un perro vivo.
—¿Seguro que era un caballo zombi?
—Sus costillas rotas le sobresalían de un costado y le habían arrancado la cola de raíz.
—Otra cosa a tener en cuenta —murmuró Tum—. Donde sea que atraquemos, aunque haya relativamente pocos zombis, será mejor que llevemos guantes y algún tipo de máscara para respirar a través de ella.
Quizá podamos improvisar algunas con lo que tenemos a bordo. Uno de los expositores contiene ropa hecha con estopa, que podríamos convertir en máscaras.
Basil, que no había estado prestando mucha atención, se irguió de repente:
— ¿Por qué necesitamos hacer eso?
—Por la enfermedad —explicó Tum—. Piénsalo. Aunque el ejército o quien sea haya matado a todos los zombis, no habrán podido quemar todos los cadáveres, son demasiados. Al principio, las hogueras funcionaron, pero cuando todo se les escapó de las manos, resultaban insuficientes. Ahora tenemos miles, quizá millones de muertos por todas partes, y los cadáveres son una fuente de infecciones. Todo zombi es un peligro biológico ambulante.
—Bien pensado —dije—. Pero, si ese es el caso, ¿por qué ninguno de nosotros ha caído enfermo? Hasta ahora hemos sobrevivido. ¿No deberíamos haber enfermado ya si incubamos alguna infección?
—No necesariamente. No estoy seguro porque no estaba en cubierta cuando os presentasteis e intercambiasteis vuestras historias, pero estoy convencido de que la mayoría os escondisteis en algún agujero y evitasteis a los zombis siempre que os fue posible. El fuego fue lo que os obligó a salir, y desde que estamos a bordo del Spratling no hemos tenido contacto con los muertos.
Basil seguía sin estar convencido:
— Todos recordáis el huracán Katrina, ¿verdad? En Nueva Orleáns, la gente tuvo que cruzar las aguas y había montones de cadáveres flotando en las calles. Y no se desató ninguna epidemia después de eso.
—Mucha gente enfermó en Nueva Orleáns —apuntó Tum—. La diferencia es que había puestos de socorro y hospitales de campaña que los atendieron.
Tony encendió un cigarrillo.
—Es posible que seamos inmunes a la Venganza de Hamelin. Quizá ya hemos estado expuestos, pero no nos hemos infectado.
—Sí, es posible —admitió Hooper—. Cuando desembarquemos, quizá deberías ir el primero y dejar que te muerda uno de esos cabrones. Así comprobaremos si somos inmunes.
—No, gracias.
—Creo que deberíamos vigilarnos los unos a los otros... —sugirió Mitch—. Para asegurarnos que nadie se siente enfermo.
—De acuerdo —aceptó Runkle—. Y si alguien muestra signos de alguna enfermedad, lo pondremos en cuarentena.
Ninguno de nosotros se lo discutió. Runkle podía ser un capullo, pero tenía razón. No podíamos arriesgarnos a que nadie enfermara de hepatitis o de la jodida peste bubónica. El jefe Maxey dio unos golpecitos en el mapa.
—Más razones para encontrar un lugar en el que reaprovisionarnos.
Además de comida y agua, necesitamos medicinas y material de primeros auxilios. Si hubiéramos tenido insulina, esa pobre mujer seguramente seguiría viva.
—No tiene sentido culparse por eso, jefe —dijo Tony—. Stephanie solo tuvo mala suerte. No podíamos hacer nada.
—Supongo que no —admitió el jefe—, pero que me aspen si voy a perder a alguien más por una cosa como esa. Tenemos un pequeño frasco de aspirinas y el jarabe para la tos de Murphy... que se está acabando como si fuera una botella de Nov Creek. Si alguien enferma o se hiere, vamos a necesitar algo más que eso.
—De acuerdo —intervino Mitch—. Así que Norfolk y Portsmouth quedan descartadas. Y también Virginia Beach, Hampton Roads, Little Creek y Ocean City.
—Virginia Beach es una posibilidad —le corrigió el jefe Maxey—.
Pasada la zona turística, tenemos una reserva nacional. Y allí hay una pequeña estación que podríamos probar.
— ¿Qué hay más al norte?—preguntó Runkle.
—La isla de Wight. —Maxey siguió la línea costera con el dedo—.
Y más al norte todavía, en Delaware, están Rehobeth Beach, Betany Beach y South Bethany... pero todas estarán llenas de zombis.
Le tocó el turno a Tum.
— ¿Y el faro de Fenwick Island? Debería estar bastante desierto. Creo que el faro es automático, así que solo habrá un hombre de mantenimiento, si es que hay alguien.
—Pero está muy lejos —suspiró el jefe Maxey—. Estamos más cerca de Carolina del Norte. Creo que deberíamos considerar ir allí o a una de esas estaciones cercanas a Virginia Beach, y dejar Fenwick como último recurso. Incluso podríamos ir a una de las islas que pueblan la costa de Carolina.
—No sé, jefe —dudó Tum—. Todas esas islas están habitadas y tienen contacto regular con tierra firme, lo que incrementa las oportunidades de infección. Creo que nuestra mejor posibilidad en Fenwich Island.
Mientras hablábamos, me fijé en una pequeña mancha roja del mapa.
Parecía que alguien la hubiera pintado con un rotulador.
— ¿Qué es esto? —pregunté, señalándola.
—Una plataforma de prospección petrolífera —gruñó el jefe Maxey.
— ¿Hay plataformas petrolíferas en la costa este? —seguí preguntando sorprendido.
—Claro —aseguró Tum—. No hay muchas en Florida por una cuestión política, pero sí en casi todo el Atlántico. La mayoría se encuentra lejos de la orilla. La que señala es una plataforma autoelevable de perforación. Es móvil, por eso está señalada en el mapa con rotulador. Esa es su última situación conocida.
— ¿Qué es una plataforma autoelevable? —se interesó Basil.
Hooper sonrió.
—Es cuando le enseñas el culo a Lamar y se le levanta.
—Inténtalo cuando quieras —respondí, manteniendo el tono bajo y tranquilo. Las cosas no se habían calmado entre nosotros desde nuestra presentación inicial. Creyó que yo solo era un tío Tom hasta que descubrió
que era gay. Ya tenía dos cosas en mi contra. A cambio, yo creía que era un hijo de puta ignorante y racista.
—A mí también me gustaría ver cómo lo intenta —añadió Mitch.
—Estáis locos —susurró Hooper—. Solo era una broma.
—Una plataforma autoelevable es una torre de perforación de superficie —explicó Tum—. Básicamente, es una enorme barcaza con una perforadora y alojamientos para la tripulación y los trabajadores. Las compañías petrolíferas necesitan perforar allí donde sea necesario, así que una vez llegan al lugar elegido, extienden una especie de patas que elevan la plataforma y la estabilizan en la superficie. Es más pequeña que una plataforma estable, y tiene motores que compensan la deriva y toda esa mierda. Pero, bueno, el caso es que ahí hay una. Y seguramente hay más en el golfo. Las compañías petrolíferas siempre están haciendo prospecciones para comprobar qué hay en el fondo del océano.
Mitch expresó en voz alta lo que yo estaba pensando:
— ¿Por qué no vamos directamente a esa plataforma?
—Igualmente podría haber zombis —explicó el jefe Maxey—. Hasta una plataforma pequeña tiene su tripulación: el representante de la compañía, el perforador, el encargado de la grúa, ayudantes, cocineros y peones. A menos que los evacuasen antes de que todo se fuera al traste en tierra firme, seguirán allí.
—Sí —corroboró Mitch—. Pero no tienen por qué ser necesariamente zombis. Si no tienen contacto habitual con tierra firme, no han tenido forma de contagiarse de la Venganza de Hamelin. Tienes que verte expuesto —ser mordido o entrar en contacto con sangre infectada—
para convertirte en uno de ellos, ¿no es así? Ellos solo podrían haberse contagiado a través de las aves y de los peces, y ni unas ni otros son portadores. Esa gente podría seguir viva, podrían ayudarnos.
—Bien pensado —intervino Tum—. En el golfo son comunes los pescadores de gambas, y suelen intercambiar parte de su pesca por combustible. Lo mismo ocurre con las plataformas del Atlántico. Nosotros también podríamos intercambiar los suministros que necesitamos. Seguro que seríamos bienvenidos, especialmente ahora.
—Pero... no tenemos nada para intercambiar.
—Tenemos transporte —aclaró Tum—. Dudo que la compañía les mande un helicóptero para sacarlos de la plataforma, pero nosotros sí podemos. Somos su billete de salida.
—¿Y si no quieren marcharse? —Planteó el jefe—. Si prefieren quedarse, ¿qué hacemos? ¿Qué más podemos ofrecerles?
—Mujeres —sugirió Runkle, sin el menor rastro de humor en su voz.
El tipo lo decía muy en serio.
Lo miramos incrédulos.
—Una puta mierda —saltó Hooper—. Las mujeres son nuestras, no vamos a cambiarlas por nada. Las necesitamos para poder reproducirnos.
—¿De qué cojones estáis hablando los dos? —gritó Mitch, dando un golpe en la mesa con la palma de la mano—. ¿Os estáis oyendo? Lo que decís es pura esclavitud... como si tuviéramos que compartir obligatoriamente las mujeres de a bordo o formaran parte de un harén.
— ¿Es que no lo son? —sonrió Hooper, tan abiertamente que hasta enseñó los agujeros en su dentadura.
Mis manos se cerraron hasta formar puños, pero las mantuve en mis costados, aunque me resultó difícil controlarme. Noté como Mitch también se tensaba. Temblaba de rabia y su rostro se puso rojo. El jefe Maxey intentó aliviar la tensión.
— ¡Basta, todos! Agente Runkle, señor Hooper, aunque su contribución a esta nave sea valiosa y necesaria, no pienso permitir una locura así. No quiero volver a oírles hablar de esa forma mientras sigan en este barco. ¿Ha quedado claro?
Hooper se encogió de hombros.
—Como quiera, jefe. Solo era una broma.
—Ya son demasiadas bromas —dijo Tum.
— ¿Runkle? —Maxey lo miró fijamente, esperando su respuesta—.
¿Me ha entendido?
Runkle asintió, pero no dijo nada.
—Bien, entonces, ¿cuál es el plan? — Insistió Tum—. Tenemos que tomar una decisión.
—Probaremos en la pequeña estación de socorro cerca de Virginia Beach, la que está rodeada por el parque nacional. Seguramente estará desierta. Si no tenemos suerte, consideraremos la sugerencia de Mitch y de Lamar e intentaremos llegar a la plataforma. ¿Le parece justo a todo el mundo?
Todos estuvimos de acuerdo y planeamos la expedición. Según el jefe Maxey, tendríamos que ir hasta la orilla en bote porque el Spratling calaba demasiado para la profundidad del agua. Tras alguna discusión acordamos que bastaría con seis personas, así quedaría bastante espacio en el bote para cargar los suministros. El jefe Maxey y Tum eran las dos únicas personas de a bordo cualificadas para gobernar el bote, así que Tum fue elegido para desembarcar. Mitch, Tony y Runkle se presentaron voluntarios.
Hooper aceptó con reticencia unirse al grupo.
—Necesitamos uno más —dijo Maxey—. ¿Qué tal usted, Basil?
¿Quiere unirse a la patrulla?
Basil lo miró, sorprendido.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Se entrenó con la Guardia Nacional. Puede ser de ayuda.
—Sí —apoyó Mitch—. Sabe cómo usar un arma de fuego, ¿no?
—Mi-miren —tartamudeó Basil—, gracias por el voto de confianza, pero no puedo hacerlo. Ni hablar. He pasado las últimas dos semanas encerrado en un puto lavabo del zoo de Baltimore, y apenas conseguí salir vivo de allí. No pienso volver a mezclarme con esa mierda de zombis nunca más.
— ¡Cobarde! —escupió Hooper—. ¡Cagado cabrón de mierda!
— ¡Que te jodan!
Basil cargó contra él con los puños en alto y la mandíbula apretada.
Runkle se apartó, relamiéndose los labios. Parecía ansioso por verlos pelear entre sí. Maxey y Tum intervinieron, situándose entre ambos. Basil intentó apartar al jefe, pero Maxey se negó a moverse.
— ¡Vamos, cobarde! —gritó Hooper—. Quieres pegarme, ¿eh? Ven, ven si te atreves, Venga, a ver si eres capaz... ¡maldito miedoso!
Tum empujó a Hooper hacia atrás. Este lanzó el puño, pero Tum se apartó y falló. De repente, Mitch sacó la pistola de su cartuchera y apoyó el cañón en la cabeza de Hooper.
—Parad. Los dos. —Y amartilló el arma—. Ahora.
Los ojos de Hooper se abrieron llenos de asombro, pero retrocedió.
— ¿Te atreves a apuntarme con eso?
—Eso parece, ¿no? —Mitch se volvió hacia el jefe—. ¿Ha visto por qué era una buena idea no mantener bajo llave todas las armas?
El jefe Maxey se enjugó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Me importa una mierda quién haya sido el responsable de esto.
Cálmense o los arrojaré a todos por la borda. Esto no es una democracia, joder, y yo estoy al mando de este barco. ¿Qué les pasa? ¿Quieren pelearse?
¿Quieren encañonarse los unos a los otros con sus armas? Sabía que pasaría algo así... ¡ojalá los hubiera abandonado a todos en el muelle!
—Lo siento. —Mitch guardó su arma—. Pensé que le gustaría que su primer oficial no se destrozara los puños o algo peor en una pelea.
—Gracias —susurró Tum.
—Yo también lo siento —añadió Basil—. Pero no pienso desembarcar en esa playa y no me importa lo que diga nadie. No puedo hacerlo.
— ¿Por qué? —preguntó Tony—. ¿Qué te pasó en el zoo, tío? Todos hemos pasado más o menos por lo mismo. ¿Cuál es tu historia?
Basil se estremeció.
—No quieras saberlo.
—Sí, quiero saberlo —insistió Tony—. Creo que merecemos saberlo.
Los que formamos esta patrulla de desembarco nos vamos a jugar el cuello por todos los que están a bordo, así que creo que nos debes una explicación... sobre todo porque también te beneficiarás de lo que podamos traer.
Basil no respondió. Se acercó a uno de esas ventanas redondas de los barcos —ojos de buey, creo que los llaman—, cruzó las manos en la espalda
y contempló el mar. Cuando por fin habló, lo hizo en voz tan baja que nos costó oírlo:
—Siempre me gustó el zoo. Cuando era pequeño, era mi lugar favorito. Crecí en Glen Burnie. Todas las semanas les rogaba a mis padres que me llevaran y, al final, íbamos por lo menos seis o siete veces al año. Ya de adulto, conseguí uno de esos pases de socio-colaborador e iba siempre que tenía oportunidad, una vez al mes, por lo menos. Y cuando mi esposa y yo empezamos a salir, también solía llevarla al zoo. A ella le gustaba tanto como a mí. Le propuse matrimonio frente al pabellón de los monos. Era nuestro lugar favorito, ¿sabéis? Todas las parejas tienen un lugar favorito, el nuestro era el zoo de Baltimore.
Ninguno de nosotros dijo nada. El único sonido fueron los constantes graznidos de las gaviotas y el mechero de Tony al encender un cigarrillo.
—Llevábamos una buena vida. Yo me encargaba de la página web de Northrop y mi esposa, Kelly, trabajaba para la Southwest Airlines.
Teníamos una casa en Glen Burnie, cerca de donde habíamos crecido los dos. Todo iba bien, y entonces su periodo se retrasó. Compró una de esas pruebas que venden en la farmacia, en la que se tiene que orinar encima, y resultó que estaba embarazada. Entonces estalló la jodida Venganza de Hamelin. Ya sabéis cómo fue al principio. Estaba más o menos localizada y Nueva York quedaba lejos de nuestra calle noventa y cinco, ¿vale?
Estábamos seguros de que no llegaría hasta allí, pero llegó. La última vez que vi a Kelly fue cuando se marchó a trabajar por la mañana. Esa noche iba a llegar un poco tarde, tenía una cita con el médico después del trabajo para asegurarse si el test del embarazo era correcto o no. Yo volví a casa e hice la cena. Incluso paré un momento en la tienda y compré una botella de sidra, por si estaba realmente embarazada. No quería que bebiera vino.
Encendí algunas velas y esperé. Llamó desde el coche, la conexión del móvil era mala. Estaba en el túnel de la autopista que pasa bajo el cinturón de ronda, atascada en medio del tráfico. Una ambulancia había sufrido un accidente. No estaba herida, ni siquiera se había visto involucrada en el accidente, pero habían cerrado la autopista y no podía ni avanzar ni retroceder. Fue la última vez que hablé con ella.
—El túnel de la autopista —susurró Mitch—. ¿No fue ahí donde...?
Basil asintió, con voz ahogada por la emoción.
—Sí. La ambulancia transportaba a un zombi. Se liberó y mató a alguien. Más zombis surgieron de los bosques y atacaron a los coches de la autopista. Supongo que todos visteis el reportaje por la tele. Mi esposa estaba allí.
—Lamento oír eso —dije. Y era verdad. Basil podía haberse comportado como un gilipollas en el poco tiempo que lo conocía, pero, aún así, no puedes enfadarte con alguien cuando está contándote como murió su esposa.
—No sabía si... —continuó—. Seguí buscándola en las imágenes de televisión, seguí buscando su coche mientras los helicópteros que enviaban las imágenes realizaban una pasada tras otra, pero no descubrí lo que le había pasado. Su teléfono no funcionaba. Esperé toda la noche, pero no volvió a casa, y me dormí hacia las cuatro de la mañana. Cuando desperté, creí que ya habría vuelto, pero no era así. Intenté llamarla al trabajo pero las líneas se habían caído, así que decidí ir a buscarla yo mismo. Pensé en ir primero a la autopista y si no tenía suerte allí, buscaría en los hospitales.
Viajé en coche hasta que la Guardia Nacional me hizo dar media vuelta.
Cogí un desvío y llegué al centro. Entonces, me fui al zoo. Tenéis que comprenderlo... no podía encontrarla y pensé que quizá ella también estaba buscándome. Así que fui al zoo y esperé. Estaba cerrado, pero salté la valla y la esperé. No apareció. Estaba ahí fuera, en alguna parte, con nuestro bebé.
—Basil —interrumpió Tony—. Siento mucho lo que os pasó a tu esposa y a ti, tío. En serio, lo siento, pero eso no explica porqué tienes miedo de ir a la orilla y desembarcar. Si quieres formar parte de este grupo, has de poner de tu parte. Yo también perdí a mi jodida familia, incluso tuve que aplastar la cabeza de mi hija con una maldita pala y...
Su voz se quebró. Basil lo miró con ojos enrojecidos.
—Al menos tú sabes lo que les pasó, yo no... ¡ No tengo ni idea!
¿Comprendes lo que siento? Me escondí en un lavabo del zoo. Era demasiado tarde para marcharme, los zombis aparecían por todas partes, no
podéis ni imaginarlo. Lo sé, lo sé, vosotros también tuvisteis que esconderos. Todos habéis visto zombis, pero no lo que yo vi. Los animales, los elefantes, las cebras, los monos... Todos se habían convertido. Las ratas se habían colado entre los barrotes de las jaulas y los habían atacado, convirtiéndolos en zombis. La mayoría se había podrido dentro de sus jaulas, pero cuando el león escapó...
Runkle frunció el ceño.
— ¿Había un león zombi suelto?
Basil asintió con la cabeza.
—Sí, una banda le abrió la jaula. Creo que estaban buscando a alguien. Iban armados y yo no tenía ni una mierda, así que me oculté. Oí que un tipo decía que habían soltado al león por accidente. Y entonces apareció, y fue horrible. La forma en que olía, los sonidos que hacía, su aspecto... Mientras el león los mataba uno a uno, corrí...
Hizo una nueva pausa y pidió agua. Tum le pasó su botella.
—Gracias. Mientras huía por el zoo, vi a una mujer muy delgada, vestida como una prostituta. Era una zombi, pero parecía recién convertida,
¿sabéis? Parecía... fresca. Llevaba un bebé con ella, también muerto... y lo estaba amamantando.
—Eso es imposible —protestó Runkle—. ¿Estás diciendo que esas cosas son más inteligentes de lo que pensábamos?
—No lo sé —admitió Basil—, probablemente no. Uno de sus pezones había sido mordido o cortado, y ella sostenía al bebé contra él y... y lo amamantaba. ¿Tenéis idea de lo jodido que eso me dejó? Mi esposa y mi futuro hijo estaban perdidos, pero esas... esas malditas cosas...
Cerró los ojos y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—Después de eso, solo sé que huí. Le quité la pistola a uno de los pandilleros muertos, pero cuando llegué a Inner Harbor ya me había quedado sin balas. Había zombis por todas partes, creo que huían del fuego.
Pero muchos eran niños. ¡Había tantos niños...!
Contempló a Tony sin parpadear.
—Si desembarco y veo otro niño muerto, me suicidaré. Así de simple. No quiero morir, pero conozco mis límites y no puedo hacerlo.
¿Responde eso a su pregunta, señor Giovanni?
—Sí —aceptó Tony, colocando una mano en el hombro de Basil—.
Sí, tío. No hace falta que digas nada más. Tranquilo.
—Es extraño —dijo Mitch—. De todos los zombis que vi antes de abordar el barco, ninguno tenía rasgos similares. ¿Instinto maternal? ¿Eso significa que pueden aprender? ¿Que pueden evolucionar?
—Si pueden hacerlo, estamos realmente jodidos —sentencié.
—Como he dicho antes —repitió Basil—, parecía recién cambiada.
Quizá aún le quedaba algún instinto rudimentario.
El jefe Maxey se aclaró la garganta antes de hablar.
—Bien, ¿quién sustituirá a Basil en esta misión?
—Iré yo —respondí, alzando la mano.
— ¿Tú? —se burló Hooper—. No te quiero guardándome las espaldas.
—Es una lástima, porque tienes un culo muy bonito —reí.
—Hijo de puta...
—Corta el rollo, Hooper —le advirtió el jefe—. ¿Estás seguro, Lamar?
Asentí y Mitch me dio una palmada en la espalda. Los otros se mostraron de acuerdo.
—Bien, entonces hagamos inventario —propuso Maxey—. ¿De cuántas armas disponemos a bordo?
Mitch hizo un recuento de pistolas y granadas, y de la munición de cada uno. Además de Runkle, Tony y Hooper, algunos más tenían armas.
También contaba la pistola descargada de Basil, ya que Mitch aseguró disponer de balas para ella. Nos dividimos las armas de fuego y acordamos que Runkle actuaría como jefe del equipo.
—De acuerdo —dijo el jefe Maxey—. Tum, prepara el bote salvavidas. El resto terminad de preparaos mientras relevo a Chuck en el puente de mando.
Debimos olerlos, pero teníamos la brisa en contra; en cambio, los vimos casi enseguida. En fila, uno al lado del otro, a lo largo de la
barandilla que daba a la orilla, contemplamos el panorama con horror y disgusto gracias a los prismáticos que cogimos de uno de los expositores.
El calor del verano, la exposición a la luz solar y a los elementos, habían hecho su efecto en ellos. Los muertos parecían hinchados, hormigas descomunales que se arrastraban por la playa. Reptaban a través de la arena, vagando sin rumbo en busca de presas. Las gaviotas se dejaban caer del cielo y arrancaban pedazos de carne podrida e insectos que hurgaban en el interior de los zombis. Entonces, volvían a emprender el vuelo y se peleaban en el aire por los bocados más sabrosos: ojos, mejillas, orejas y narices colgaban de sus picos. De vez en cuando, una gaviota se movía demasiado lentamente o saltaba del hombro de un zombi un segundo demasiado tarde. Entonces, unas manos la atrapaban, la desmembraban y era devorada en un amasijo de sangre y plumas. Mientras mirábamos por los prismáticos, vimos más zombis en los balcones y en los patios de los edificios. El paseo marítimo de Virginia Beach se encontraba tras una fachada de hoteles, restaurantes y estúpidas tiendas de recuerdos, y captamos retazos entre los edificios mientras navegábamos. Tanto el paseo marítimo como las calles estaban atestados de cadáveres ambulantes, no podíamos creer que hubiera tantos. No percibimos ni rastro de seres vivos.
El alimento de los zombis tenía que haberse terminado, ¿cómo podían seguir existiendo y moviéndose?
—Fijaos —jadeó Chuck—. Si no supiéramos que están muertos, parecería un día de playa normal.
Le pasó los prismáticos a Nick, se inclinó sobre la barandilla y vomitó. Nick ajustó el enfoque; después cerró los ojos y dio media vuelta.
— ¡Dios! —Sonaba como si él también estuviera a punto de vomitar.
—Yo quiero mirar —pidió Malik, intentando quitarme mis binoculares.
—No —protestó Carol—. No necesitas ver eso.
—Mierda, claro que sí. Dámelos, Lamar.
—Malik. —El tono de Carol era severo—. ¿Qué acordamos sobre las palabrotas?
—Dijiste que no tenía que decirlas, pero no recuerdo que acordáramos nada.
Tasha le dio una colleja.
—No seas idiota.
— ¡Deja de pegarme! Lamar, Tasha me ha pegado.
Suspirando, le pasé mis prismáticos a Basil. Me agaché y pasé un brazo por los hombros de los chicos.
—Escuchadme, Mitch y yo tenemos que ir con los demás a tierra firme. Así que, mientras no estemos aquí, tenéis que portaros bien. No os peleéis. No echéis mierda encima de Carol y Alicia.
Carol movió los labios, frunciendo el ceño.
—Er... quiero decir…que no les causéis problemas.
— ¿Por qué tenéis que ir Mitch y tú? —preguntó Tasha.
—Porque necesitamos cosas. Comida, agua, medicinas... No queremos que lo que le pasó a Stephanie le pase a nadie más.
— ¿Puedo ir yo también? —se animó Malik.
—Esta vez, no.
—Pero... sé pelear con los zombis. Soy muy bueno. Dadme otra granada y ya veréis.
—Sé que sabes hacerlo, Malik, pero necesitamos que estés aquí.
Necesitamos que alguien de tu experiencia se quede aquí protegiendo el barco. ¿Harás eso por nosotros? ¿Protegerás el barco?
El niño asintió entusiasmado.
—Cuenta conmigo.
—Bien. —Le di otro apretón en el hombro y él me abrazó.
Poco a poco, fuimos dejando atrás Virginia Beach. Los hoteles y demás edificios fueron desapareciendo, sustituidos por dunas y árboles.
Tras unas cuantas millas el bosque se espesó, los pinos llegaron hasta casi la orilla. El único rastro de civilización era la punta de una torre telefónica que asomaba entre las copas de los árboles y, poco después, apareció la estación ante nuestros ojos. No era gran cosa, tan solo una cala con un pequeño amarradero, unos cuantos bloques blancos de cemento y un largo almacén con techo de hojalata. También se veía una pequeña capilla. Alguien había
montado una cesta de baloncesto en el aparcamiento; tras ella, solo se veía un vehículo, un Ford Explorer verde oscuro. Una bandera norteamericana izada en el extremo de un mástil se agitaba bajo la brisa en el centro del recinto.
El Spratling aminoró la velocidad hasta detenerse, y el jefe Maxey soltó el ancla. Tum, Mitch, Tony, Runkle, Hooper y yo subimos al bote y ocupamos nuestros asientos. Chuck y el jefe Maxey lo hicieron descender hasta la superficie y nos soltamos del barco. Tum puso en marcha el motor y nos dirigimos a la cala. Ya en camino, conectó la radio a pilas y comprobó las comunicaciones. El jefe Maxey le respondió y pudimos escuchar su voz, alta y clara.
La playa estaba desierta. La bandera flameaba levemente contra el mástil. Unos cuantos pájaros estaban posados sobre el techo del almacén, pero no se movían. Pude oler la brisa salina, pero no capté ningún rastro del hedor de los zombis. Tum nos situó junto al embarcadero y apagó el motor.
Hooper se encargó de las amarras mirando nervioso a su alrededor. Tras confirmar que la costa seguía desierta, los demás desembarcamos.
Acordamos que Tum se quedase junto al bote por si teníamos que huir precipitadamente.
—Mitch, tú primero —dijo Runkle—. Hooper, vigila la retaguardia.
El resto avanzaremos dejando un espacio de tres metros entre nosotros.
¿Todos de acuerdo?
Asentimos.
—Bien. Empezaremos por el edificio más cercano. Una vez lo revisemos, iremos al siguiente y así sucesivamente. Actuaremos como grupo. No quiero que nadie vaya por libre. Si nos topamos con alguna mierda de esas, cuidado con los disparos. Lo último que necesitamos es matarnos unos a otros en un fuego cruzado. ¿Entendido?
Volvimos a asentir. Una bandada de cuervos emprendió el vuelo entre los árboles, asustándonos. A punto estuve de apretar el gatillo.
—Revisad las armas —advirtió Runkle—. Que todo el mundo se asegure que están cargadas y con el seguro puesto.
Una vez terminamos las comprobaciones, nos pusimos en marcha.
Mitch se acercó primero al Explorer y miró al interior mientras el resto retrocedíamos. Abrió la puerta e introdujo la cabeza. Un instante después, la retiró.
—Vacío.
— ¿Algo útil? —preguntó Runkle.
—No, a menos que os gusten Fallout Boy, John Tesh o la música gospel. Hay un montón de CDś, pero son pura mierda. Se acaba el mundo, y lo único que legamos a nuestros descendientes es Fallout Boy.
Tony y yo soltamos una risita. Runkle se dirigió al primer edificio de cemento y Mitch le tomó la delantera, tal como habíamos planeado. El resto los seguimos. Yo tenía las palmas de las manos sudorosas y debía cambiarme constantemente la pistola de mano para secármelas en mi camisa. Sentía el calor en mis orejas y el pulso retumbaba en mis sienes, anunciando un dolor de cabeza.
Mitch se pegó de espaldas contra la pared del primer edificio, junto a la puerta, y escuchó. Nos miró, asintió con la cabeza, y probó el pomo. No estaba cerrada con llave. Aspiró todo el aire que pudo y cargó con el hombro contra la puerta, abriéndola de golpe. Runkle y Tony corrieron hacia el edificio con los brazos extendidos y las armas preparadas; Hooper y yo los seguimos. Mitch cerró el grupo. El interior, una especie de centro de comunicaciones, estaba desierto. Una considerable capa de polvo cubría lo que parecía una radio, situada en un estante frente a la mesa de escritorio.
Un micrófono colgaba de un cordón, balanceándose. También había dos teléfonos, una caja, que aparentemente contenía recambios para la radio, y varios mapas y cartas náuticas. Clavada en la pared, podía verse una lista de señales marítimas y números de teléfono para emergencias. La pared opuesta tenía otra puerta.
Hooper descolgó uno de los teléfonos y se lo acercó a la oreja. El resto lo miramos esperanzados.
—Muerto —sentenció—. Suponía que no funcionaba, pero nunca está de más asegurarse.
Mitch se acercó a la segunda puerta, pegó la oreja y probó el pomo.
La puerta se abrió, haciendo rechinar las bisagras. Mitch buscó a tientas el interruptor de la luz, lo pulsó y se encendió una bombilla. Entonces, lanzó un silbido de admiración.
—Creo que aquí hay un montón de cosas que pueden sernos útiles.
Runkle le dijo a Tony que vigilase la entrada, y los demás entramos en la segunda habitación. Estaba repleta de cajas de cartón apiladas contra las paredes. Mitch sacó su cuchillo de la funda y abrió una. Estaba llena de pilas tamaño D. La siguiente contenía las de tamaño AA. Seguimos abriendo cajas y encontramos más pilas, bengalas de emergencia, radios portátiles, cables extensores, cuerdas, cadenas de acero, palas, rastrillos, escobas y herramientas diversas. Algunas contenían enchufes, aceite de motor, grasa y varias baterías marinas para un bote pequeño.
—Cargad las cajas de pilas y sacadlas fuera —ordenó Runkle—. Las bengalas, los walkie-talkies y el aceite también. Esperaremos y veremos qué hay en los demás edificios antes de sacar todo lo demás.
Llevamos las cajas al exterior y las apilamos contra el muro. Vi unas cuantas revistas frente al escritorio, viejos números de Time, Newsweek y Vida al Aire Libre. Ojeé uno de ellos y suspiré.
— ¿Te pasa algo? —Preguntó Tony.
—Solía leer estas revistas. Era un adicto.
—Yo no, tío. Nunca compre estupigrafía.
— ¿Estupiqué?
—Estupigrafía. Cuanto más lees los medios, más estúpido te vuelven. Todo el mundo dice que los medios son tendenciosos y parciales, tanto los de derechas como los de izquierdas. Lo que no comprenden es que todos beben de la misma fuente. Querían que permaneciéramos aletargados y mira lo que ha pasado.
Y volvió al trabajo. Dejé la revista en el montón, pero entonces descubrí cuatro comic-books: Los Nuevos Vengadores, Spiderman, Los Simpson y The Walking Dead. Me guardé los tres primeros en el bolsillo trasero de mi pantalón, creyendo que a Tasha y a Malik podrían gustarles, y dejé el último donde estaba. Supuse que a los chicos no les interesaría leer
nada sobre zombis, pero al final cambié de opinión. A juzgar por lo mucho que a Malik le gustaba destrozar cosas, un comic sobre cómo destruir muertos vivientes podía ser exactamente lo que le hiciera disfrutar. No creí que le provocara pesadillas, al menos, no más de las que le podía provocar la vida real.
Nos dirigimos al siguiente edificio y allí encontramos el premio gordo. Era un barracón y, en la parte trasera, contaba con una pequeña cocina y una despensa llena de estanterías metálicas repletas de latas y comida deshidratada, sacos de harina y fideos, barritas de proteínas y cajas de soda y agua embotellada.
— ¡Ostia puta! —jadeó Tony, ante las hileras de comida enlatada—.
Judías verdes, maíz, mantequilla de cacahuete, mermeladas, cócteles de frutas... ¡todo para nosotros!
—No puedo creer que abandonaran todo esto —dijo Runkle—. No tiene sentido.
Mitch asintió.
—Pienso lo mismo. Si sabes que se acercan los zombis y tienes toda esta comida, ¿no la esconderías? Tiene sentido, ¿no? Pero todo el recinto parece desierto, no hay gente, y definitivamente no hay muertos. Ni siquiera los huelo cerca. No hay sangre por ninguna parte, ni signos de lucha.
Runkle cogió un tarro de mermelada.
—Quizá el personal de esta estación tuvo que acudir a un rescate en el mar y nunca volvió.
—Mmm, es posible —aceptó Mitch—. Mala suerte para ellos y buena para nosotros.
—Revisemos el resto del recinto —sugirió Runkle—. Asegurémonos de que no hay nadie. Después llevaremos todo esto hasta el bote.
El siguiente edificio era una pequeña enfermería y encontramos muchas medicinas. Ya que ninguno de nosotros éramos médicos, no sabíamos para qué servían la mayoría, pero cogimos todo lo que nos resultó familiar y lo trasladamos hasta la puerta. El almacén estaba lleno de vehículos y equipo: un cortacésped, una carretilla elevadora, un tractor, varias viejas camionetas y una lancha marina sobre un trailer; otro bote
estaba suspendido del techo y parecía que alguien había estado trabajando en el casco. Fuera, detrás del almacén, encontramos varios palés con latas de aceite de motor, gasolina normal, diesel y keroseno, además de bombonas de propano, una bomba y diversas garrafas vacías de gasolina.
—El jefe flipará cuando le llevemos todo esto —comentó Runkle—.
Es increíble.
Palmeé un bidón.
— ¿Cómo vamos a trasladar todo esto hasta el bote?
—Con la carretilla elevadora —rió Tony—. Tendríamos que haber traído a Chuck con nosotros. Él conducía una de esas carretillas para ganarse la vida, pero mientras tenga gasolina y las llaves puestas, me las apañaré.
Por un momento creí oír la voz de Tum llamándonos pero, cuando alcé la mirada, no lo vi y nadie dijo nada. Supuse que había sido mi imaginación.
—Tengo que ir a mear —dijo Hooper—. Ahora vuelvo.
—Un momento. —Mitch lo sujetó por el hombro—. Aún nos falta la capilla.
Hooper se libró de su presa.
—Tío, no hay nada en la capilla. Mira a tu alrededor, este lugar está desierto. Quienquiera que estuviera aquí, se largó hace tiempo.
—Aún así, es mejor que nadie se separe del grupo —advirtió Runkle.
—Tengo que mear, y no pienso sacarme la polla delante de Lamar. El muy cabrón podría intentar meterme mano y toda esa mierda.
—Créeme, Cleveland... no estoy interesado.
Me hizo un gesto obsceno y se metió entre los árboles murmurando obscenidades. Lo miramos alejarse, sacudiendo las cabezas.
—Gilipollas —escupió Mitch.
—Puede ser un capullo pero tiene razón, tío —le apoyó Tony—.
Estamos en tensión y estresados, pero esto está libre de zombis.
Un cuervo pasó volando sobre nosotros, llevando algo rosado colgado de su pico. Creí adivinar de qué se trataba pero, antes de poder
abrir la boca, el viento cambió y sopló del interior hacia nosotros.
Mitch se encogió.
— ¿Ah, sí? Si tan seguro estás, dime de dónde viene ese olor.
En el interior del bosque, Hooper gritó.
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