Mar Muerto
Capítulo Trece
La tormenta terminó varias horas después. Se despidió de nosotros con unos cuantos rayos y algunos retumbantes truenos. En todo ese tiempo no vimos nada en el agua, ni en la superficie ni bajo ella. Quizá el clima mantenía las criaturas a distancia, o quizá se había entablado una guerra submarina y estaban demasiado ocupadas devorándose las unas a las otras para preocuparse de nosotros. Una repetición de lo que había pasado en nuestras ciudades, una cruenta lucha entre los vivos y los muertos, ahora bajo las aguas, como antes tuvo lugar en tierra firme.
El cielo se iluminó y pudimos ver de nuevo a nuestro alrededor. El sol aún no había emergido, pero sus primeros rayos ya eran visibles en el horizonte en forma de fulgor rojizo. Deseé que el sol se diera prisa en aparecer. Los cinco estábamos mojados y teníamos escalofríos debido a la lluvia y las olas. Los chicos hasta moqueaban y el jefe —aunque me pidió que lo llamara Wade, seguía pensando en él como jefe Maxey— no dejaba de toser. Cada vez que lo hacía, todo su cuerpo se convulsionaba espasmódicamente. Su nariz rota se había hinchado hasta parecer una pelota de golf y, cuando hablaba, lo hacía con una voz gangosa, como si hubiera pillado un resfriado.
La tormenta nos había castigado toda la noche. Por suerte, el bote resistía. Yo tuve razón sobre que las olas barrerían la sangre, y tras la primera media hora fuimos capaces de achicar el agua sin peligro aparente.
Lo intentamos Carol y yo, mientras el jefe montaba guardia y los chicos permanecían atentos con las armas preparadas. Cuando terminamos, ambos
reunimos todo lo que podía haberse manchado con la sangre de Runkle y lo lanzamos por la borda, incluida su pistola. Nos desprendimos del arma a regañadientes, pero no teníamos nada con qué limpiarla y desinfectarla. Se hundió como una piedra.
Después, esperamos. Y nos vigilamos mutuamente, buscando algún signo de la enfermedad. Todos estábamos muertos de sueño, pero no sentíamos náuseas, ni dolores internos y respirábamos con normalidad. Nos centramos especialmente en el jefe, asumiendo que era quien había corrido más riesgos de contagio, pero las horas transcurrieron monótonamente sin cambios aparentes. Si alguno habíamos contraído la Venganza de Hamelin, no mostrábamos ningún síntoma, todos parecíamos estar bien. Carol sugirió que quizá había algo en el agua salada que mataba la enfermedad, pero la verdad es que nadie tenía la más mínima idea. Yo era un simple obrero desempleado; Carol una ex encargada del control de calidad de una fábrica de plásticos y, últimamente, una maestra improvisada para los chicos; y el jefe, un ex guardacostas y guía de museo. Ninguno teníamos los conocimientos necesarios para comprender y diagnosticar la Venganza de Hamelin y mucho menos para erradicarla.
El sol apareció por fin y las gaviotas regresaron volando en círculos sobre nosotros, graznándole al amanecer. Me pregunté de dónde saldrían, ya que, según el jefe, no había tierra firme cerca. No vimos ninguna en toda la noche, ni tampoco luces en el horizonte. Quizá buscaron refugio durante la tormenta, pero ahí estaban de nuevo, como si se materializasen de entre las nubes.
Apagamos el motor otra vez para economizar combustible y volvimos a remar. Me sentía como una mierda, mugriento e irritado; tenía los oídos casi taponados por las explosiones de los disparos sin llevar protección y mi ropa seguía empapada. La sal del agua marina se había acumulado y cuarteado en mis labios y en mis párpados, y el viento arañaba mi piel como si fuera una lija. Al remar, tenía que acallar las protestas de brazos y espalda, y concentrarme en el mar, cuyo aspecto contrastaba enormemente con el de la noche anterior. Ahora parecía tranquilo y hermoso. El ritmo hipnótico de las olas invitaba a dormirse. Dejé de remar
por un momento y me froté los ojos inyectados en sangre, los sentí secos y llenos de costras. Los cerré y mi respiración se ralentizó. Me sentía relajado, en paz. Entonces, una ola lamió suavemente el costado del bote, agitándolo un poco y rompiendo el hechizo. Sacudí la cabeza para despejarme y volví a remar, obligándome a permanecer despierto. En la distancia, el intenso azul del agua se convertía en un gris verdoso, para terminar en un negro opaco. El mar parecía infinito, nada se movía. Daban ganas de saltar por la borda y hundirse en las profundidades para que te limpiase la suciedad del cuerpo. Una especie de bautismo.
Me di cuenta que el jefe también contemplaba esas mismas profundidades.
—Debemos estar sobre el Ethel C.
—¿Qué es eso? —preguntó Malik.
El jefe resopló para expulsar sangre seca de su nariz, y se explicó:
—El Ethel C. era un carguero libanés, un barco que transportaba mercancías de un sitio a otro. Se hundió por aquí, en abril de 1960. Había salido de Nueva York y se dirigía al mar Mediterráneo, llevando un cargamento de chatarra. Los historiadores creen que debió abrirse una brecha en el casco, algunos supervivientes así lo confirman pero otros disienten. El caso es que las bombas de achique no dieron abasto y se hundió. No enviaron ninguna señal de socorro y, según los informes, la velocidad a la que se hundió resultó sospechosa.
Malik se acercó a él.
—¿Más deprisa que el Spratling?
El jefe asintió con tristeza.
—Mucho más deprisa. A pesar de todo, la tripulación sobrevivió. En el bote salvavidas se hacinaban veintitrés hombres, imaginaos lo apretados que irían… ¡como sardinas enlatadas! ¿Pensabais que íbamos demasiados en este bote? Por supuesto, el suyo era mucho mayor que este. Estuvieron a la deriva durante trece horas antes de que un guardacostas los recogiera. La historia termina aquí, pero no es el final para la Ethel C. Sigue debajo nuestro, aguardando en el fondo del océano.
Malik contempló las aguas.
—¿A qué profundidad?
—Depende de nuestra posición exacta —respondió el jefe, encogiéndose de hombros—. Si no me equivoco, el fondo debe estar a unos setenta metros. El pecio está intacto, todos sus ciento diez metros de eslora, así que, si nos sumergiéramos y pudiéramos llegar hasta él, encontraríamos el puente de mando a unos cuarenta metros y el resto debajo.
—¿Intacto? —insistió Tasha—. ¿Quiere decir como nuevo?
—Bueno, casi. El Ethel C. se hundió hace mucho, así que no estará muy en forma. El casco se habrá corroído, pero, como he dicho antes, sigue en pie, y los buceadores dicen que el botín que se puede conseguir es impresionante. A través de los años han extraído el equipo de navegación y la mayoría de los ojos de buey, cubertería de plata, fotos enmarcadas, relojes de bolsillo, joyas… cosas así. La gente paga mucho dinero por tesoros como ésos.
—¡Mierda! —exclamó Malik—. Me encantaría explorar un naufragio. ¿Os imagináis todo lo que debe haber ahí abajo?
—Suena hasta romántico —corroboró Carol.
Pensé en el Ethel C. yaciendo muerto en el fondo oceánico, pero a la vez vivo para los buceadores que participaban en las operaciones de recuperación y para gente como el jefe Maxey. Era tristemente conmovedor.
Al fin y al cabo, la muerte ya no era el final de la vida, permanecer en la tumba estaba pasado de moda. Y si existía algo como un alma, ¿qué prueba teníamos de que pudiera seguir viviendo? ¿Y si nuestras almas quedaban atrapadas en aquellos cuerpos putrefactos, condenadas a contemplar con horror y repulsión como sus cuerpos se volvían contra los que amaban?
¿Qué clase de más allá era ese? No era el cielo, sino el mismísimo infierno.
Actualmente, la vida eterna era convertirse en zombi, pero cualquier otra forma de alcanzar la inmortalidad era mejor que aquella. No importaba qué religión profesases, no importaba en quién o en qué creyeras, la verdad pura y simple era que ninguno de nosotros tenía puta idea de lo que nos esperaba más allá de esta vida. El único tipo de vida eterna sobre la que podíamos asegurar algo, era la que disfrutaba el pecio de las profundidades, era formar parte del recuerdo de otros. Como mito. Como arquetipo. El
profesor tenía razón, éramos monomitos. Todos nosotros. Todos los supervivientes. Si la Humanidad era capaz de sobrevivir, si dentro de quinientos años los descendientes de Tasha y Malik se sentaban en una clase a estudiar historia antigua, nosotros sustituiríamos a Hércules y a Superman. Escucharían la historia de Mitch el Guerrero, de Runkle el Tramposo y de Lamar el Héroe.
Chorradas.
Una oronda gaviota se lanzó como una flecha contra la superficie del océano y reemprendió el vuelo un segundo después, con algo rojo colgándole del pico. Otras la imitaron. Se alimentaban de algo que flotaba en el agua, pero estábamos demasiado lejos para saber qué era.
Bostezando, el jefe comprobó el GPS y asintió satisfecho.
—Estamos cerca —dijo, despejando nuevamente su nariz—.
Tendríamos que ver la plataforma en cualquier momento, incluso ahora mismo. Aquí, en mar abierto, el sol será brutal hoy. Podríamos terminar achicharrados y llenos de quemaduras.
Carol sonrió.
—Entre las quemaduras del sol y un ejército de zombis, prefiero las quemaduras.
Él le devolvió la sonrisa, y Carol se sonrojó y apartó la mirada. Las orejas del jefe enrojecieron y tuve que contener una sonrisa. Quizá todavía quedaba esperanza para la raza humana.
—No esté tan segura —siguió el jefe—. Hemos pasado toda la noche a merced de las inclemencias del tiempo y estamos casi deshidratados. Unas cuantas horas de sol y nuestra condición física se deteriorará. Primero nos llenaremos de ampollas, y después…
—Está bien, está bien —cortó Carol, levantando las manos—. Puede ahorrarme los detalles escabrosos, le creo.
—Lo siento.
—Ha perdido su sombrero. Si tuviéramos crema de protección solar, se la pondría por toda la cabeza para que no se quemase.
El jefe se ruborizó todavía más.
Reprimí otra sonrisa. Si iba a ser el último jugador sobre la Tierra, tenía mucho que aprender sobre cómo hablarle a las mujeres. Decidimos descansar un poco y me incliné sobre la borda, dejando que mis dedos rozasen el agua. Estaba fría y era un alivio sentirla en la piel. El sol ya estaba alto y se reflejaba en la superficie de las aguas lanzando destellos, como las luces de cualquier calle de una ciudad.
Y, entonces, algo me mordió el dedo.
Grité y saqué la mano del agua, mientras los otros me miraban alarmados. Tasha y Malik se acercaron apresuradamente, haciendo que el bote diera bandazos peligrosos.
—¿Qué ha pasado? —se interesó Malik—. ¿Qué has visto?
Volví a mirar el agua. Un pez muerto flotaba a unos centímetros por debajo de la superficie. Cuando le di la vuelta, vi que su vientre había desaparecido pero seguía boqueando. No tenía dientes, pero eso no le había impedido intentar arrancarme el dedo. Sostuve la mano frente a mis ojos y examiné mi dedo en busca de arañazos o heridas sangrantes. No tenía nada.
Lo sequé frotándolo contra mi camiseta y estremeciéndome.
—Apártate, déjame que lo mate —gritó Malik, intentando alejar a su hermana.
—Deja de empujarme, Malik. Nos tirarás por la borda.
—Calmaos los dos —ordené. Me costaba hablar, seguía teniendo el corazón en la garganta y mi piel hormigueaba. Si el pez hubiera tenido dientes… Bueno, todo habría acabado para mí. Aspiré profundamente e intenté calmarme. Otro pez muerto ascendió hasta la superficie sin dejar de agitar la cola. Podíamos ver claramente que estaba cubierto de heridas abiertas, y que lo rodeaban multitud de escamas y pedacitos de carne.
Apareció un tercero. Y un cuarto. Y después todo un banco de tipos y tamaños distintos. La superficie hervía de ellos. El jefe se inclinó sobre la proa y Carol con él.
—Aquí hay más —advirtió ella.
—Y aquí también —gritó el jefe—. Docenas y docenas de peces.
Que todo el mundo se siente y se sujete donde pueda.
Encendió el motor. Se oyó un sonido chirriante bajo el casco del bote y un cúmulo de sangre, escamas y una cabeza de pescado afloraron a la superficie. La hélice había despedazado a uno de los peces zombis. El jefe Maxey forzó el acelerador y la proa se elevó por los aires, lanzándonos hacia atrás, mientras el bote cobraba velocidad. Cuando volvió a nivelarse, miré hacia atrás y descubrí más peces muertos… y algo más. Una forma oscura y sinuosa que nos estaba siguiendo desapareció bajo el bote y algo nos embistió desde abajo. Una aleta triangular reapareció en la superficie frente a la proa.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Carol.
—¡Un tiburón! —aulló Malik, saltando nervioso—. ¡Es un tiburón!
Más aletas emergieron a ambos lados del bote. Nos flanqueaban y, al parecer, no tenían ningún problema para mantener nuestra velocidad. El jefe pulsó el acelerador a fondo y nos lanzó hacia delante. Por un instante, las aletas quedaron rezagadas, pero las criaturas estaban dispuestas a seguir con la caza.
Carol se aferró al banco.
—¿Están vivos o muertos?
—No importa, son tiburones —le gritó Malik—. ¿Es que no ha visto las películas? Nos comerán igualmente.
Tasha había dejado el rifle junto a mí. Lo cogí, lo apoyé en mi hombro y observé por la mira telescópica. Lo veía todo borroso y tuve que ajustar la mira. Entonces, empecé a buscar desesperadamente una aleta.
Encontré una e intenté deducir dónde estaría la cabeza de aquella bestia.
Fue un esfuerzo inútil, el cuerpo del tiburón seguía sumergido y su cabeza resultaba invisible. Maldiciendo, apreté el gatillo. El rifle me golpeó el hombro y el dolor recorrió todo mi pecho. A través de la mira telescópica vi la salpicadura de agua producida por la bala, pero debí fallar porque el tiburón no aminoró su marcha. Moviendo a un lado la cabeza para tener una mejor visión, descubrí varias aletas más en la superficie. Uno de los tiburones estaba lo bastante cerca como para percibir que le faltaba un gran pedazo de piel. La herida confirmó lo que ya sospechaba. Los tiburones estaban muertos.
Los zombis se acercaban. El jefe se inclinó hacia delante, como pretendiendo impulsar el bote. Volví a apuntar con la mira y disparé de nuevo. La aleta cambió de rumbo, desviándose hacia un lado. Disparé otra vez, pero no obtuve ninguna reacción aparente. Entretanto, otra de las criaturas nos atacó por delante como si intentase embestirnos. El jefe pidió a gritos que le pasaran la escopeta, pero, antes de que Carol o Tasha tuvieran tiempo de moverse, Malik corrió hacia proa con el arma y apuntó.
El tiburón emergió de las aguas con la boca abierta, mostrando filas y filas de dientes blancos y afilados como navajas de afeitar. Malik apretó el gatillo. Su ojo negro explotó y parte del morro se hizo pedazos. El retroceso derribó a Malik. Parecía atontado, pero mantenía la escopeta firmemente sujeta entre sus manos. Yo apunté con el rifle. Del destrozado ojo del tiburón manaba sangre y carne, pero el animal no frenó su ataque y clavó los dientes en la borda. Carol se apartó de ella gritando aterrorizada. Alineé la cruz de la mirilla con el agujero donde había estado el ojo y disparé. El tiburón cayó al agua y se hundió entre las olas. La espuma se volvió roja.
Mientras Malik se ponía en pie, busqué rápidamente otro blanco. El chico apoyó esta vez el cañón en la borda y apuntó un poco por delante de una de las aletas. A pesar del caos, volví a sorprenderme ante su adaptabilidad. Era como si supiera intuitivamente cómo apuntar.
Malik y yo hundimos dos tiburones zombis más, antes de que el jefe consiguiera dejarlos atrás. Incluso entonces, no dejaron de perseguirnos.
Volví a pensar en la carnicería que estaría teniendo lugar bajo el mar.
¿Cuántas especies diferentes de peces y de crustáceos vivían en el Océano Atlántico? ¿Cuántos estarían ya muertos y cazando a los otros? Mientras Malik y yo recargábamos, el GPS emitió una serie de rápidos y potentes
“bips”.
—Buscad a nuestro alrededor —gritó el jefe—. Ya deberíamos ser capaces de ver la plataforma.
Buscamos expectantes en todas las direcciones, pero no pudimos ver más que mar gris y cielo azul fundiéndose en la distancia. Los horizontes estaban vacíos, excepto por las aves que nos sobrevolaban en enormes bandadas.
Un delfín emitió un silbido desde babor. Centré la mira en su cabeza pero me contuve, no parecía muerto. Entonces, saltó casi dos metros fuera del agua y volvió a caer provocando una lluvia de espuma. Cuando la visibilidad mejoró, vi que el agua se volvía roja allí donde había impactado.
Algo lo estaba atacando desde abajo. El cuerpo del delfín giró sobre sí misma una y otra vez. Al tercer giro su blanco vientre era puro escarlata.
Apunté, pero me quedé asombrado al ver cómo un grupo de delfines zombis destrozaban a su compañero. Lo manipulaban con sus hocicos haciéndolo girar, embistiéndolo y después despedazándolo mediante mordiscos salvajes. Uno de ellos nos descubrió y se lanzó contra el bote. El aumento de la mira telescópica hizo que la mirada de la criatura pareciera malévola.
Antes de que pudiera disparar, se sumergió desapareciendo de la vista.
Fui girando sobre mí mismo, intentando descubrir el delfín antes de que actuara.
Y entonces, Carol gritó.
El delfín zombi se impulsó fuera del agua y voló literalmente por los aires hasta caer dentro del bote, provocando que los remos cayeran al agua.
Carol volvió a gritar, retrocediendo con pies y manos como un cangrejo. El jefe pegó su espalda al costado del bote, incapaz de aumentar la potencia del motor porque, de hacerlo, podría calarse. Si caíamos al agua estaríamos muertos en más de un sentido. Valiente pero desarmada, Tasha miraba temerosa hacia el delfín. Alcé el rifle, pero Malik se me adelantó de nuevo.
Apoyó el cañón en la cabeza de la criatura y apretó el gatillo. La cola del delfín golpeó un par de veces más los costados del bote, mientras sesos y sangre se derramaban en el fondo. Y entonces, murió.
—Apartaos de eso —les advertí a todos—. No dejéis que su sangre entre en contacto con vosotros.
De repente, el GPS emitió un estridente sonido de alarma, distrayéndonos un segundo.
—La veo —gritó el jefe—. La plataforma. La veo a babor.
Todos miramos en la dirección que señalaba y pudimos ver un puntito negro en el horizonte.
—¿Eso? —preguntó Carol, entrecerrando los ojos.
—Sí, eso mismo. Es la plataforma. Señoras y caballeros, lo conseguimos.
Gritamos y aplaudimos sin acabar de creérnoslo. Tasha se abalanzó sobre mí y me abrazó, Carol empezó a llorar de alegría y Malik levantó la escopeta por encima de su cabeza, aullando y riendo sin parar.
—Sujetaos fuerte, chicos, Allá vamos —nos animó el jefe.
Antes de terminar la frase, Maxey hizo que el bote trazara un amplio arco, lanzándonos a todos contra un costado. Tuvimos que aferrarnos a la borda para no resbalar y caer sobre la sangre del delfín. El bote surcó la superficie de las aguas a toda velocidad, rebotando sobre las olas, con la proa apuntando hacia la plataforma. Los zombis fueron quedando cada vez más atrás, y una mancha escarlata fue extendiéndose tras nosotros mientras las criaturas marinas, a falta de mejor presa, se revolvían las unas contra las otras.
—Podemos lograrlo —gritó el jefe por encima del rugido del motor.
Me pregunté a quién intentaba animar, si a nosotros o a sí mismo.
Esperé angustiado a que algo más saliera mal: que el motor ardiera, que nos quedáramos sin gasolina o que otro banco de tiburones zombis emergiera de pronto frente a nosotros... Ya podíamos ver claramente la plataforma: un enorme barco negro con una perforadora y unos habitáculos unidos a él. Su tamaño era impresionante, parecía una pequeña ciudad. Cuando nos acercamos todavía más, me di cuenta que incluso tenía un camión-cuba y varias carretillas elevadoras aparcadas en la plataforma. Recordé que tanto el jefe como Tum nos habían dicho que la prospección era una operación de poca envergadura. Me pregunté cómo sería una grande.
—Normalmente —explicó el jefe—, las compañías petrolíferas traen a su personal en helicópteros o en lanchas. La plataforma dispone de una zona de aterrizaje y hay muelles a varios niveles sobre la superficie del agua. Guiaré el bote hasta uno de ellos mientras tú, Lamar, vigilas con el rifle a punto, y Carol y los chicos desembarcan. Quizá alguna de esas criaturas intenté atacarnos en el último momento.
Asentí, y se giró hacia los demás para seguir dando instrucciones.
—Una vez los tres estéis seguros en el muelle, Lamar y yo os lanzaremos los suministros. Entonces, estaremos todos a salvo.
A menos que haya zombis a bordo, pensé.
— ¿Cómo subiremos a los niveles superiores? —preguntó Carol—. La estructura parece terriblemente alta. Espero que no sea mediante escaleras, mis piernas me están matando y me di un golpe en la rodilla cuando el delfín saltó a bordo.
El jefe se frotó suavemente su nariz herida.
—No se preocupe, no hay escaleras… al menos no parece haberlas en esta sección. Pero no estoy seguro de lo que tendrán. Algunas plataformas disponen de ascensores y otras utilizan grúas con cestas especiales para elevar a su personal hasta lo más alto. Nada de qué preocuparse. Si quedan tripulantes a bordo y no hay ascensores, les pediremos que nos suban en las grúas.
—¿Y si se niegan?
—Lamar y yo les dispararemos.
Carol pareció sorprendida, hasta que el jefe exhibió una sonrisa burlona. Ella se la devolvió.
Busqué algún rastro de nuestros perseguidores, pero habían desaparecido de la vista. Solo se percibían rastros de las batallas que se libraban bajo la superficie: salpicaduras, espuma y manchas de sangre, pero nada lo bastante cerca del bote como para preocuparse. Deseé que siguieran peleándose entre ellos y nos ignorasen el tiempo suficiente para poder abordar con tranquilidad la plataforma.
La inmensa estructura se alzó sobre nosotros. Estudiamos cubiertas y pasarelas buscando signos de vida, pero solo descubrimos pájaros. Cubrían la plataforma, posados en cada antena, grúa, estructura o red de seguridad.
Había cientos. Ahora sabíamos de dónde habían salido los que vimos antes.
Antes debían de ir y venir desde tierra firme; ahora, con todos los despojos que flotaban en la superficie del océano, se ahorraban el viaje.
El jefe se alineó con el muelle más cercano y apagó el motor. Monté guardia con el rifle mientras Carol, Tasha y Malik desembarcaban en la plataforma. La superficie del océano seguía tranquila, pero los signos de la
batalla submarina aumentaban. Las manchas de sangre que flotaban como las de combustible se estaban haciendo inmensas. Cabezas cortadas, colas y órganos diversos eran arrastrados por las olas. Una gaviota se zambulló y capturó con sus garras las entrañas de algún pez, pero antes de que pudiera alzar de nuevo el vuelo, un enorme ejemplar azul y verde saltó del agua, y la atrapó con la boca. La gaviota graznó alarmada, sus alas batieron el aire y el agua, pero terminó siendo arrastrada a las profundidades. Me giré para comentarlo con los otros, pero nadie más había visto lo que pasó.
Una vez Carol y los chicos desembarcaron, el jefe les alargó los suministros y ellos los fueron apilando en cubierta. Malik quería comenzar a explorar, pero Carol le advirtió que no se alejara y el chico cedió a regañadientes. Para distraerlo, el jefe le dio la escopeta antes de volverse hacia mí.
—¿Todo sigue despejado?
—De momento, todo bien —asentí.
—Bien. Sube tú y después amarraré el bote.
—¿Esa cosa es estable? —le pregunté, mirando desconfiadamente la plataforma—. Da la impresión de que solo flota.
—Lo es. Básicamente, navega hasta donde la compañía quiere perforar, pero tiene unos gatos hidráulicos que llegan hasta el suelo oceánico, alzándola y estabilizándola a modo de ancla, así que no se va a ir a ninguna parte.
Le pasé mi rifle a Carol, que lo aceptó a desgana. Era obvio que las armas la ponían nerviosa. Cuando subí al muelle y la recuperé, su postura y su expresión volvieron a relajarse. Si la plataforma seguía ocupada, ¿por qué nadie había salido a saludarnos? Quizá estaba abandonada o quizá llena de muertos.
En el bote, el jefe empezó a silbar mientras reunía las cuerdas.
—Oiga, Wade —susurré—, seguimos sin saber a ciencia cierta si la plataforma está desierta. Será mejor que no hagamos mucho ruido.
—Tiene razón, lo siento —reconoció, bajando el tono—. Supongo que no debería silbar. Además, hace que me duela la nariz.
Volvió a reunir las cuerdas y las lanzó sobre el muelle, gruñendo por el esfuerzo. Volví mi atención a la plataforma, y Malik y Tasha me imitaron.
Carol, en cambio observaba al jefe.
Ninguno lo vimos a tiempo.
Nuestro único aviso fue la aparición de la criatura. El sonido fue como una descarga de vapor emitida por la plancha más grande del mundo y congeló al jefe con un extremo de las cuerdas en la mano. La superficie del océano se agitó y no a causa de las olas. Una enorme masa negra surgió de las profundidades, embistiendo la barca y el muelle al mismo tiempo. El impacto hizo que el jefe perdiera el equilibrio y cayera.
El agua resbalaba por los costados de la criatura a medida que se alzaba. Era una ballena. Una ballena muerta. Estaba llena de horribles heridas y el hedor que desprendía era peor que cualquiera que hubiera olido jamás, como si hubieran embotellado el de todos los cadáveres de Baltimore y soltado aquí. Las náuseas me obligaron a doblarme sobre mí mismo y vomitar. Y Carol hizo lo mismo. Los chicos se dieron media vuelta tosiendo. Cuando volví a mirar, capté la mirada de un ojo enorme y sin alma, mayor que un plato y negro como la noche. El bote volcó y lanzó al jefe al mar. Una boca del tamaño de un coche se abrió bajo él y se lo tragó entero. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar, Carol lo hizo por él. Carol gritó por todos.
Haciendo caso omiso de la peste a podrido de la bestia, empuñé el rifle y disparé. Fue como lanzarle escupitajos a un dinosaurio. La ballena volvió a embestir el muelle y toda la plataforma tembló. Vacié el cargador en la criatura y Malik hizo lo mismo, pero no sirvió de nada. El zombi se hundió, llevándose al jefe Maxey con él. El empuje del agua desplazada por la zambullida alejó el bote del muelle y solo el aire atrapado bajo él impidió que se hundiera. No teníamos forma de recuperarlo, ya estaba fuera de nuestro alcance.
Carol cayó de rodillas y sollozó en silencio. Incrédulos, Tasha y Malik se quedaron contemplando fijamente el agua. Sabía como se sentían Todo había pasado tan rápidamente que no parecía real… Quiero decir,
¿una jodida ballena zombi? Si las circunstancias fueran otras, habría
estallado en carcajadas. Había vivido creyendo únicamente en aquello que podía ver, en lo que la ciencia podía demostrar. Cosas como los fantasmas y los monstruos eran pura fantasía. Pero una mañana te despiertas, y los muertos recorren las calles persiguiendo y matando a los vivos. Cuando pasa algo así, todo tu mundo se derrumba. Pero, aunque te acostumbres a la idea de que los muertos pueden volver a caminar, una ballena zombi sigue siendo algo increíble. En cierta forma, creo que eso vuelve a derrumbar todo tu mundo. Tu nuevo mundo.
El bote salvavidas se fue alejando mientras lo miraba, y me pregunté dónde terminaría y si alguien lo encontraría.
—¿Por qué él? —sollozaba Carol—. ¿Por qué Wade? ¡Era un hombre tan amable, tan agradable…! Nos salvó a todos. ¿Por qué ha tenido que morir?
Puse mi mano en su hombro.
—No lo sé, Carol. No lo sé.
Habíamos perdido a otro miembro de nuestro grupo. Y, además, estábamos atrapados en aquella plataforma, incomunicados. Si había zombis no podríamos escapar, solo defendernos con las armas de que disponíamos.
—Ya lloraremos al jefe más tarde —dije—. Ya los lloraremos a todos. Ahora, contemos la munición y asegurémonos que este lugar es seguro.
Malik se acercó a mí arrastrando los pies, mientras yo abría una bolsa y contaba las balas que nos quedaban.
—Si hay muertos a bordo, ¿cómo vamos a librarnos de ellos?
Llené mi cargador, negándome a mirarlo.
—Encontraremos una forma… estoy seguro de que la encontraremos.
El suelo de la plataforma se elevaba a unos siete metros del océano, pero por debajo de ella se extendían algunos niveles. Dejamos los suministros en el muelle, ya los recogeríamos cuando comprobáramos que
la plataforma era segura. Una placa metálica clavada en una de las vigas decía: PROPIEDAD DE LA COMPAÑÍA BLACK LODGE OIL & GAS—
UNA DIVISION DE GLOBE CORPORATION—SOLO PERSONAL
AUTORIZADO. Jamás había oído hablar de Black Lodge, pero Globe Corporation era una compañía gigantesca, una de esas corporaciones internacionales que parecían estar en todas partes. Antes de que la sociedad se colapsara tenía negocios de electrónica, de sistemas de defensa, de financiación, de fuentes de energía, de telecomunicaciones… Era una de las niñas bonitas de Wall Street. Sus acciones costaban cientos de dólares; ahora no valían ni un centavo.
Nos acercamos al ascensor. Tomé aliento y presioné el botón marcado con una flecha ascendente. Aún había energía, oímos el quejido de un motor eléctrico al ponerse en marcha y el chasquido de los cables cuando la cabina empezó a descender. Las puertas se abrieron y entramos.
El ascensor ascendió lentamente. Aferré con fuerza el rifle e intenté tranquilizar a los demás con una sonrisa. Mi cansancio había desaparecido, sustituido por pura energía nerviosa.
Exploramos la plataforma, nivel por nivel, juntos, como grupo. Tasha y Carol tomaban toda clase de precauciones, pero Malik se sentía excitado y aventurero. Descuidado. Quería explorar por su cuenta y tuve que frenarlo, advirtiéndole una y otra vez que no lo hiciera. Hablábamos en susurros y, siempre que podíamos, nos comunicábamos mediante signos con las manos.
El silencio resultaba escalofriante. Allí donde íbamos, las aves parecían mirarnos con recelo. Encontramos los huesos de un brazo y una cabeza entre dos bidones de combustible. La cabeza apenas se movía, descarnada casi completamente por las gaviotas. No tenía ojos para vernos, y su boca sin labios se abría y se cerraba silenciosamente. Tampoco le quedaba lengua. La lancé al agua de una patada y miré cómo se hundía; después me limpié el zapato con un trapo grasiento que encontré sobre uno de los barriles. Finalmente, volvimos al ascensor para registrar el piso superior.
Cuando las puertas se abrieron, un zombi nos dio la bienvenida.
Carol gritó. El muerto iba vestido con un sucio y descolorido peto de loneta y una camisa roja de franela. Un sombrero amarillo brillante le
cubría la cabeza. El zombi estaba en un avanzado estado de descomposición, su carne se había fundido con la ropa y su rostro era una brillante calavera desprovista de carne. Unos cuantos jirones de piel y algún que otro mechón de pelo asomaban del sombrero. Sin ojos en las cuencas, daba la impresión de guiarse por los sonidos, como los zombis crucificados de la estación de socorro. Seguramente se había visto atraído por el ruido del ascensor. El grito de Carol le había confirmado nuestra presencia y ahora nos buscaba con los brazos extendidos, tanteando con las puntas de los dedos, por las que asomaban las falanges de los huesos. Malik le apuntó con la escopeta, pero la aparté.
—No —susurré—. Está demasiado cerca. Nos salpicaría de sangre.
El zombi quiso entrar torpemente en el ascensor y tuvimos que apartarnos pegándonos a las paredes. Las puertas empezaron a cerrarse, rebotaron contra el zombi y volvieron a abrirse. La criatura se giró hacia ellas, confuso, manoteando ciegamente. Aproveché la distracción para empujarlo con la culata de mi rifle. Retrocedió hasta la plataforma, moviendo espasmódicamente los brazos. Antes de que las puertas del ascensor pudieran cerrarse de nuevo, di un paso para colocarme entre ellas y volví a golpearle la cabeza con la esperanza de atontarlo lo suficiente como para retirarme hasta una distancia de seguridad y dispararle. El zombi se derrumbó sobre la cubierta y perdió el sombrero, derramando un líquido espeso. Un segundo después, algo grumoso y de un color gris rosáceo —su cerebro— cayó sobre aquella especie de pasta. Se había descompuesto tanto, que el sombrero era lo único que mantenía su cerebro intacto. Cuando se desprendió sobre la cubierta, el zombi dejó de moverse. Tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar, a pesar de que ya no me quedaba nada que expulsar en el estómago.
Malik se frotó la nariz.
—¡Joder, tío, cómo apesta!
Asentí, luchando contra las arcadas.
—A pesar de todo lo que hemos visto, el hedor sigue siendo lo peor…
—Esperemos que sea el último —suspiró Carol—. Sería estupendo.
Y lo fue. El resto de la plataforma estaba desierto. Una vez terminamos de explorar, Carol y los chicos descansaron mientras yo subía nuestros suministros del muelle. Básicamente, la plataforma era una barcaza gigantesca. En un extremo se encontraba todo el mecanismo de la perforadora; en el otro, una especie de edificio de tres pisos. Sobre ese edificio podía verse el helipuerto y varias antenas. Incluso tenían una para recibir televisión por satélite y una unidad de radio Sirius también vía satélite, aunque dudaba que recibieran alguna señal. En el edificio encontramos los habitáculos para la tripulación, una cantina, un gimnasio completo con pesas y una bicicleta estática, una lavandería con tres lavadoras y secadoras, varios cuartos de baño y duchas, y una sala de estar con sofás, una televisión, un DVD y —para alegría de Malik— una Xbox, un futbolín y una mesa de billar. En el último piso también había varios despachos. Las placas de la puerta indicaban cosas como AGENTE DE LA COMPAÑÍA y EXTRACTOR. Me pregunté qué querría decir exactamente; en mi barrio, los agentes de la compañía y los extractores significaban cosas completamente distintas.
También encontramos media docena de almacenes. Uno contenía artículos de limpieza y piezas de repuesto para el mantenimiento del equipo; otro estaba repleto de medicinas y otras cosas que necesitábamos desesperadamente, como artículos de aseo y vitaminas. Pero, cuando abrimos la puerta del último, emitimos un suspiro de alivio. Estaba lleno de comida —cajas y cajas de alimentos deshidratados y enlatados— del suelo al techo. El jefe había dicho que el personal de aquel tipo de plataformas podía oscilar entre los quince y los veinte tripulantes. Calculé que allí habría suficiente comida para un mes y, dado que nosotros éramos solo cuatro personas, nos duraría mucho más. Un dato importante, ahora que ya no podíamos confiar en lo que nos pudiera proporcionar el mar. No con la Venganza de Hamelin infectando la pesca.
En la superficie de la barcaza, entre la perforadora y el edificio, había una zona vallada donde se guardaban las tuberías por las que se movía el taladro y otro equipo técnico, un compactador de basura y diversas piezas de maquinaría; la valla impedía que cayeran al océano. El camión-
cuba que habíamos visto también se encontraba en aquel recinto con las ruedas inmovilizadas. Miré dentro de la cabina del conductor, y encontré las llaves colgando del encendido. En el extremo más alejado de la zona de mantenimiento vimos un gigantesco tanque con miles y miles de litros de combustible diesel y un pequeño tráiler con un generador. Más allá, según indicaba un cartel colocado en un costado, otro tanque contenía agua potable.
Una cosa que me seguía preocupando, era cómo habían conseguido llegar los zombis hasta allí. Habíamos encontrado uno y visto rastros de otros, como el brazo y la cabeza. ¿El zombi que habíamos destrozado había sido el responsable de todas las demás muertes? De no ser así, ¿dónde se encontraba el resto de las criaturas? Ahora la plataforma estaba desierta, eso era seguro. Y si ese único zombi del sombrero había sido el responsable,
¿cómo llegó a infectarse? No tenía respuestas y pensar en ellas hacía que me doliera la cabeza. Seguro que tras aquellos misterios había toda una historia, pero no era la mía. Era el monomito de alguien más, y había terminado muy mal.
Volví al edificio y nos instalamos en los camarotes de la tripulación y permanecimos allí un buen rato sin hacer nada. Estábamos exhaustos, así que nos sentamos y descansamos, agradecidos de tener un respiro. Después decidimos adecentarnos un poco. Yo pasé veinte minutos bajo la ducha, dejando que el agua caliente me acariciara, que mis contusiones y mi dolor fueran remitiendo poco a poco, como si todo eso fuera arrastrado al desagüe junto con la suciedad y la mugre. Cuando salí de la ducha y me sequé, me sentí un hombre nuevo.
Seguíamos sin ropa limpia, pero encontramos algunos uniformes de la tripulación y nos apropiamos de ellos. Cuando todo el mundo estuvo duchado y relajado, cenamos judías verdes y maíz enlatado, salchichas de Frankfurt, galletas, mantequilla de cacahuete, patatas fritas, cereales y varias botellas de zumo y agua. Un verdadero festín.
Esa noche me desplomé en la cama como una piedra. Y cuando desperté a la mañana siguiente, por primera vez en mi vida, recordé lo que había soñado.
Había soñado que era un héroe.
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