Mar Muerto
Capítulo Cuatro
Tras quince tensos minutos de callejones y calles laterales resguardados de la vista de los zombis, pudimos oler el agua salada y por fin emergimos en los muelles. A nuestra derecha quedaba una vieja fábrica que ocupaba toda la manzana y que habían convertido en un night-club.
Más allá estaba el viejo Centro Sylvan y varios hoteles de lujo que parecían tocar el cielo. En la distancia quedaba el Inner Harbor, el estadio y el perfil de Baltimore. Allí también ardían los edificios. A nuestra izquierda, el club privado —en su interior no se percibía ningún movimiento— y los yates.
Podían verse toda clase de barcos y yates de placer amarrados a los muelles.
Juguetes de yuppies. Oímos una campana repicar una sola vez, probablemente la de algún mástil. Nos pareció el sonido más solitario del mundo. Una cerca de cuatro metros de altura, rematada con alambre de espino, rodeaba todo el club, y las puertas tenían cadenas con candados.
Había cámaras de seguridad cada tres metros además de focos. Tanto unas como otros no funcionaban, por supuesto, como todo lo demás.
— ¿Qué pasa con los putos candados esta noche? —palpé uno de ellos y me volví hacia Mitch—. Supongo que no llevas un par de cizallas (tenazas?) en tu mochila...
—No. Ojalá las llevara. Deduzco que no es la primera vez que te frustra un candado esta noche.
Negué con la cabeza. Sobre nosotros, una gaviota levantó el vuelo emitiendo un furioso graznido. La envidié. Me descubrí tener alas para
poder elevarme por encima de la ciudad. Mitch también se quedó contemplando la gaviota unos segundos, antes de volver a concentrarse en la verja.
—Tampoco podemos escalarla —susurró—. Los chicos no podrían pasar por encima de ese alambre de espino.
—Puedo hacerlo —aseguró Malik—. No le tengo miedo al alambre de espino.
—Pues yo sí —replicó Mitch—. Y tú también deberías tenerlo. Es muy fácil quedarse enganchado y cortarse. Puede hacerte trizas los brazos y las piernas.
Malik pareció dubitativo.
Contemplé los yates. Tan cerca y al mismo tiempo tan lejos.
— ¿No podemos dispararle al candado?
—Es demasiado grande y de los caros. Acero norteamericano. La cerradura es pequeña, sí, pero funciona. Con un cuarenta y cinco no tendríamos problemas, tres o cuatro tiros y asunto arreglado, pero nuestros rifles ni siquiera arañarían esa maldita cosa. Podríamos usar una granada, pero atraería demasiada atención. —Le propinó una patada a la verja para descargar su frustración—. Los propietarios se aseguraron bien de que nadie pudiera entrar.
—No me extraña —dije—. Por esta zona rondan un montón de vagabundos. Suelen pedir a los turistas, a los colegiales y a los que trabajan en estos edificios. Seguro que (,) de poder entrar ahí, dormirían en esos barcos.
En vez de responderme, Mitch alzó la pistola y disparó. El casquillo vacío resonó al rebotar en el asfalto. Tasha, Malik y yo saltamos de sorpresa. Di media vuelta y vi a un zombi en el suelo manando sangre de su cabeza a pocos metros de nosotros. Se había acercado sin que nos diéramos cuenta.
—Será mejor que pensemos en algo —sugirió Mitch—. Y deprisa.
Ese disparo atraerá a más.
Señale hacia un pequeño edificio cilíndrico situado junto al nightclub. Un letrero indicaba que era un taller mecánico.
—Podemos probar ahí. Quizá encontremos algo con lo que cortar esa cadena.
—Buena idea.
—Vamos, chicos.
Hice señas a Malik y a Tasha de que nos siguieran y nos dirigimos al taller. La única entrada por este lado del edificio era una enorme puerta de garaje llena de pintadas. Supuse que estaría cerrada, pero cuando Mitch intentó levantarla, la puerta se movió unos centímetros. Quizá los propietarios no habían tenido tiempo de cerrarla, o quizá alguien la había forzado ya. Las poleas chirriaron y un horrible hedor a matadero surgió de la abertura.
Tasha se aferró a mi brazo.
—Eso huele como...
— ¡Mitch, espera! —susurré.
Pero mi aviso llegó demasiado tarde. Mitch dio un estirón y la puerta se disparó hacia arriba, desapareciendo en el techo. El interior estaba oscuro, pero algo se movía en las sombras. Primero vimos pies; después, piernas. Los zombis surgieron de la oscuridad —dos, seis, doce...—, el taller estaba repleto de ellos. Supongo que se vieron atrapados dentro, incapaces de abrir la puerta, pudriéndose, esperando que alguien los liberara. A unos cuantos les había explotado el abdomen; a otros les faltaba un miembro u otro, y de la herida les goteaba un fluido negro y espeso.
Mitch retrocedió rápidamente y los zombis se desparramaron por la calle. Y
había más dentro, tambaleándose hacia la luz.
Mitch conservó la sangre fría. Sujetó la pistola con ambas manos, abrió las piernas para asentar mejor su posición y disparó seis veces seguidas. Cada bala dio en el blanco y seis zombis cayeron sobre el pavimento. Tasha gritó cuando uno de los cadáveres avanzó hacia ella, pero alzó la pistola y disparó. El arma saltó en sus manos y la bala falló. Volvió a disparar y abrió un agujero en el hombro del zombi, que siguió avanzando hacia ella. Me lancé contra él y le golpeé la mandíbula con la culata de mi rifle. El monstruo retrocedió, tropezó y cayó al suelo. Tasha dio un paso adelante, apoyó el cañón de la pistola en la cabeza del zombi y disparó. El
pelo del cadáver empezó a arder. Sangre, sesos y trozos de cráneo saltaron por los aires.
—Buena chica —la animé—. No te ha salpicado sangre en la boca o en los ojos, ¿verdad?
—No —respondió ella. Entonces, se dobló sobre sí misma y vomitó en sus zapatos.
Entretanto, Malik, aferrando su granada en una mano, saltaba adelante y atrás esquivando zombis, procurando no interponerse en la línea de fuego de Mitch. El chico parecía muy excitado, incluso frenético, pero no temeroso. A pesar de todo, tuve que sonreír.
—Dentro hay más —avisó Malik—. Demasiados para que los matéis todos a tiros.
— ¡Lamar, no te quedes ahí quieto! —gritó Mitch, mientras cambiaba de cargador—. ¡Dispara contra esos cabrones!
Sujeté el brazo de Tasha.
— ¿Estás bien?
—No —respondió liberando su brazo y volviendo a empuñar la pistola—. Estoy mojada, tengo frío, huelo a humo y he vomitado sobre mis zapatos.
Mi respuesta se vio ahogada por otro disparo cuando Tasha apretó el gatillo. No importaba si estaba bien o mal, al menos podía disparar contra los zombis. A mí me valía. Me di la vuelta, apoyé el rifle en el hombro, acerqué un ojo a la mira telescópica y apunté a una zombi con un mordisco en la mejilla. Apreté el gatillo. La culata del rifle golpeó contra mi cuerpo dejándome el brazo entumecido. A través de la mirilla pude ver en resplandecientes colores cómo explotaba la cabeza de la mujer. Sonriendo, escogí otro blanco y repetí la operación. Después me centré en otro, y en otro. El hombro me dolía, pero era un dolor reconfortante. A pesar de lo grave de la situación, me sentía con más confianza que antes. Gracias a la mira telescópica era mucho mejor tirador. La quinta vez que apreté el gatillo no sucedió nada, y recordé que Mitch me había dicho que el cargador contenía cuatro balas. Al mismo tiempo, la pistola de Tasha enmudeció.
— ¡Mitch, necesitamos más munición! —grité.
Más muertos vivientes surgieron del edificio obligándonos a retroceder. Unos cuantos gimieron de ansiedad, pero la mayoría permaneció en silencio. Algunos alcanzaban tal grado de descomposición que no quedaba mucho de ellos: solo brazos, piernas y enormes bocas desdentadas.
Otro grupo de zombis apareció al final de la calle. Reconocí a unos cuantos de la batalla que habíamos presenciado poco antes. Y otros más salieron del nightclub, atraídos por los disparos.
Un hombre corrió a lo largo de la calle. No supe de donde había salido, pero sí que era uno de los nuestros —un vivo— por la forma en que gritaba. Una rata muerta colgaba de su cara, con sus pequeñas garras arañándole la carne y sus amarillentos incisivos desgarrándole las mejillas, infectándolo con la enfermedad. El pobre bastardo ya estaba muerto aunque no lo supiera.
— ¡Ayudadme! —rogó, arrastrando las palabras. Me recordó a Alan. La rata siguió royéndole la carne—. ¡Ayudadme, por favor!
Mitch disparó, matando con la misma bala a la rata y a su víctima.
Cuando volvió a mirar, sus ojos se abrieron como platos al darse cuenta del número de zombis que convergían lentamente hacia nosotros.
— ¡Mitch, munición! —volví a pedir.
—No hay tiempo —respondió—. Esas cosas son demasiadas.
Larguémonos de aquí.
—Os olvidáis de algo —dijo Malik, dando un paso adelante.
Tiró de la argolla de la granada, tal como le había enseñado Mitch y la lanzó con todas sus fuerzas. Pasó por encima de las cabezas de las criaturas y desapareció en el interior del taller mecánico.
Me quedé helado.
—Oh, mierda...
— ¡Moveos! —gritó Mitch, empujándonos y corriendo hacia la verja.
Tasha y yo lo seguimos, pero Malik no se movió. Ni siquiera supe si nos había oído. Su atención estaba centrada en el taller, sus ojos brillaban de anticipación y no dejaba de relamerse los labios. Como cualquier otro chico de su edad, quería ver como algo estallaba y volaba por los aires, sabiendo
que había sido él el artífice. Yo hacía lo mismo de pequeño, cuando le comprábamos los petardos más potentes al coreano de la tienda del barrio.
Lo aferré del brazo y tiré de él.
—Vamos, Malik.
—Pero, quiero...
— ¡Ya!
Corrimos. Segundos después, la granada estalló detrás nuestro. Un breve fogonazo y un ahogado thump. Oí cómo caía una lluvia de escombros y algo caliente me rozó la oreja. Cuando llegamos a la verja, los cuatro nos dimos la vuelta. Del taller mecánico surgían llamas y humo, pero no zombis. Puede que Malik hubiera destruido a los que estaban dentro, pero había muchos más. Al menos cuatro docenas llenaban la calle y seguían avanzando con su estilo lento pero firme.
—Mierda —exclamó Mitch, cogiendo otra granada de su cinturón—.
Alguien ha tocado la campana, avisando que la cena está lista.
— ¿Qué piensa hacer? —preguntó Tasha.
—Lo que teníamos que haber hecho desde el principio. Voy a volar ese maldito candado. Vosotros tres, apartaos.
Retrocedimos hasta la calle, pero los zombis se aglomeraron hacia nosotros. A cada paso crecía su fetidez. Y no dejaban de aparecer más y más: humanos, perros, gatos, ratas y algo que se había quedado sin piel, algo tan rosado y brillante que no sabía distinguir qué había sido. Fuera lo que fuese, ahora era uno de ellos, una máquina de devorar.
—Olvídalo —le dije a Mitch—. Un minuto más y los tendremos encima.
—Chorradas, son lentos. Volaré la verja y seremos libres.
—Míralos, Mitch. No podremos salir del radio de alcance de la granada sin mezclarnos con ellos... ¡no hay tiempo!
—Por favor, señor Bollinger —rogó Tasha—. Vámonos.
Malik se acercó a Mitch, mientras miraba como se iban acercando las hordas.
—Deme otra granada y me encargaré de ellos.
Mitch miró la verja, después a los zombis y por último a mí.
—Maldita sea, tienes razón. Vamos.
—Manteneos pegados a la verja —les advertí a los chicos—. No dejéis que os arrinconen. Pueden ser más lentos que nosotros, pero si son suficientes, nos atraparán.
— ¿Dónde vamos? —gritó Tasha mientras corría.
—Al puerto. Quizá podamos escondernos un tiempo en el acuario.
Sabía que sonaba estúpido y fútil. El Acuario Nacional era el centro principal de atracción de la zona turística de Baltimore. Estaría atestado de zombis, pero no sabía qué hacer y Mitch tampoco ofrecía ninguna alternativa.
— ¿Y un patín a pedales? —sugirió Tasha—. Nosotros montamos en uno el año pasado, cuando mamá nos trajo al Inner Harbor. Caben cuatro personas.
—Buena idea —asentí, intentando recuperar el aliento.
Los no muertos nos siguieron con determinación inquebrantable. Sus pasos levantaban ecos en las calles. Su hedor nos envolvía como una nube.
—Dadme las armas —ordenó Mitch. Seguía llevando mi inútil escopeta, encajada entre la mochila y el hombro. Corrí a su lado, mirando como eyectaba el cargador de mi arma y lo reemplazaba con otro, sin aminorar el paso. Me sentí impresionado. Me lo devolvió e hizo lo mismo con la pistola de Tasha.
Los pulmones me ardían y sentía que mis piernas empezaban a fallarme. Parecía que hubiera estado corriendo horas, y la verdad es que lo había hecho. No habíamos dejado de huir desde que abandonamos el apartamento de los chicos, perseguidos por unos zombis u otros sin tener la más mínima oportunidad de descansar. Me sorprendía que los chicos aguantasen como lo hacían, personalmente estaba desecho. Y Mitch, aunque en buena forma, también parecía agotado. Me pregunté cuánto pesaría su mochila y qué llevaba dentro.
Tasha miró hacia atrás y amartilló su pistola. Supuse que quería disparar de nuevo, pero en vez de eso se quedó helada contemplando a la avalancha de cadáveres que nos perseguía.
— ¡Hay tantos...! Mirad.
No parecía aterrorizada, solo conmocionada.
Le di un codazo de ánimo.
—Sigue corriendo, Tasha. No los mires más. Solo corre.
Tres cadáveres semidestrozados emergieron de los arbustos frente al edificio del Centro de Aprendizaje Sylvan. Mitch disparó tres veces en rápida sucesión, derribándolos antes de que nos cortaran el paso.
Tres menos, pensé. ¿Hasta dónde podremos llegar antes de que los demás nos atrapen?
Mi cargador tenía cuatro balas, una para cada uno de nosotros... de ser necesario.
Mitch se metió por un callejón situado entre una agencia de viajes y una tienda de alimentación.
—Por aquí —gritó.
—No —insistí—. Tenemos que ir al puerto. Ese callejón nos lleva de vuelta al gueto.
—Espero que tengas razón. Seguid, os cubriré.
Mitch volvió sobre sus pasos y nos siguió. Sus botas de motero resonaban en el pavimento, cada paso puntuado por un tiro de su pistola, disparando por encima del hombro. Era como querer vaciar el océano con un vaso. Las criaturas prosiguieron su lento avance.
No se cansan, pensé. Les llevamos ventaja, pero ellos tienen las malditas pilas del puto conejito. Siguen y siguen y siguen. Pero nosotros no.
Tarde o temprano no seremos capaces de seguir corriendo. Entonces nos atraparán y...
Malik y Tasha me adelantaron. Contemplé sus nucas y aferré el rifle con más fuerza. ¿Podría hacerlo? Si llegaba el momento, ¿sería capaz de dispararles, de disparar a Mitch, de dispararme a mí? No lo sabía. Y en aquellos momentos no importaba.
Porque habíamos encontrado la salvación.
Doblamos una esquina. El Acuario quedaba a nuestra izquierda, y el Hard Rock Café y la librería Barnes and Noble detrás nuestro. Enfrente, amarrado al muelle, teníamos el USCGC Spratling. Lo esperaba, por supuesto, pero no contaba con que estuviera operativo... o eso parecía desde
nuestra posición. Tenía las luces encendidas, los motores zumbaban y se veía gente a bordo... gente viva, no zombis. Se movían demasiado deprisa para estar muertos, y además, algunos empuñaban armas. Algunos estaban soltando las amarras que mantenían la nave unida al muelle de cemento.
Pesadas cadenas resonaban mientras el ancla se alzaba lentamente de las negras aguas. Un hombre estaba inclinado sobre la barandilla con un rifle al hombro, apuntando a un zombi en los escalones de Barnes and Noble.
—Ostia puta, estamos salvados... —exclamó Mitch.
Un buen resumen.
Nos detuvimos un segundo, sudando e intentando recuperar el aliento, olvidándonos de los zombis y el infierno que teníamos detrás. Tasha empezó a llorar. La rodeé con un brazo, antes de darme cuenta de que yo también lloraba.
— ¡Están zarpando! —advirtió Mitch—. ¡Vamos!
Nos lanzamos tras él con la muerte pisándonos los talones y las llamas consumiéndolo todo a su paso. La peste de la descomposición aumentó, lo que significaba que los muertos nos ganaban terreno.
Mitch movió los brazos sin soltar la pistola.
–¡ Eh, aquí! ¡Eh, los de a bordo!
La tripulación no dio muestras de habernos visto. Quizá, debido a la distancia, pensaban que éramos cuatro zombis más. Dos de las sogas de amarre ya estaban recogidas y el ancla completó su ascenso con un sonoro
“clang”. Los motores rugieron más fuerte y el agua de la parte trasera del barco empezó a burbujear.
— ¡Hijos de puta! —aulló Mitch—. ¡Esperadnos! ¡Eh, aquí! ¡Esperad!
Una plancha de acero unía la nave a la pasarela de cemento. Mi estómago se hundió al ver que comenzaban a retirarla.
— ¡Se marchan! —Susurró Tasha—. Se marchan sin nosotros. ¿Por qué no nos esperan?
Dejé de correr, apunté al cielo con mi rifle y vacié el cargador de una vez.
Eso captó la atención de los ocupantes del barco.
Inmediatamente, todas las manos de los que estaban en cubierta señalaron en nuestra dirección. No estábamos lo bastante cerca como para distinguir sus expresiones, pero las imaginábamos porque, cuando me giré para ver lo cerca que estaban nuestros perseguidores, grité. Antes de la Venganza de Hamelin, Baltimore tenía una población de 700.000
habitantes. Ahora, exceptuando la gente del barco, daba la impresión de que todos estaban muertos y venían a por nosotros. No sabía si había sido por el incendio o por el ruido que habíamos provocado durante nuestra huida, pero el número de criaturas había aumentado durante la persecución. Todos los zombis con capacidad de movimiento parecían converger hacia nosotros.
No solo los humanos, sino también los animales. Montones de perros y ratas. Otra criatura destacaba entre la multitud. Un tigre. Un puto tigre muerto. Seguramente escapado del zoo de Baltimore y que ahora estaba cazando por la ciudad.
—Cázame si puedes —susurré, antes de dar media vuelta y seguir a los demás—. Mitch, voy a necesitar más munición.
—Y yo otra granada —añadió Malik.
Otro zombi humano surgió de un contenedor de basura, cortándonos el paso hacia la nave. Llevaba los ensangrentados restos de una camisa azul.
Algo se movía bajo la ropa, casi dando la sensación de que estaba embarazado. La criatura dio otro paso y la camisa se desgarró. Donde había estado su estómago, solo quedaba una cavidad vacía... a excepción de la rata que seguía royendo sus entrañas. Mitch disparó una vez, pulverizando a la rata; después se encargó del zombi.
— ¡Tiraos al suelo!
La orden llegó del Spratling, con la impaciente voz amplificada por un megáfono o por el sistema de altavoces del puerto, no lo sabíamos. Fuera como fuese, el tipo no parecía de humor para bromas. Hicimos lo que nos ordenaban y nos aplastamos contra el cemento. La tripulación abrió fuego y la ráfaga de disparos pasó por encima de nuestras cabezas. Las balas se estrellaron contra el cemento y destrozaron las ventanas de los edificios cercanos mientras los tiradores centraban su puntería. Detrás de nosotros
escuchamos los golpes de la carne contra el cemento a medida que los muertos se desplomaban.
Cuando el tiroteo terminó, volvimos a escuchar la misma voz de antes:
— ¡Levantaos y corred, rápido! ¡No podemos esperaros!
Los cuatro encontramos nuevas fuerzas y nos lanzamos hacia el barco. Eché una rápida mirada por encima del hombro. La segunda oleada de criaturas ya trepaba por encima de los caídos, pero el tiroteo los había frenado un poco. Aunque los zombis humanos tenían problemas para trepar o rodear los cadáveres, los animales eran más veloces. Las ratas muertas ya habían sobrepasado la barrera y seguían la persecución. El tigre, más rápido que los demás, cargaba contra nosotros.
Llegamos al borde del muelle y enfilamos la plancha. El acero se combó bajo nuestros pasos. Mientras cruzábamos el umbral, Mitch saludó a un anciano rechoncho, enfundado en un uniforme de guardacostas y con una pistola enfundada en su cadera.
—Permiso para subir a bordo, señor —sonrió.
—Permiso concedido. Ahora, salid de ahí cagando leches.
Reconocí la voz del hombre como la que nos había ordenado que nos tiráramos al suelo. Le estreché la mano.
—Gracias por salvarnos. Me llamo...
—Amigo, sugiero que busque un lugar seguro para esos chicos y para usted, y que se quede allí. Ya habrá tiempo para las presentaciones... si sobrevivimos a todo esto. Y si no lo conseguimos, da igual cómo nos llamemos.
Me rozó al pasar y empezó a dar órdenes.
Malik y Tasha contemplaron el barco con incredulidad. La gente corría por las cubiertas: algunos armados y disparando contra los zombis; otros, ayudando a preparar el barco. Me fijé en que, excepto el hombre que había hablado con nosotros, nadie llevaba uniforme sino ropa civil. Unos pocos parecían inseguros sobre lo que tenían que hacer y no dejaban de preguntar a gritos.
—Esto no es una tripulación —le susurré a Mitch—. Son como nosotros... supervivientes.
—Quizá sean reservistas —sugirió él.
—No. Están confusos. Y mira el pelo de algunos, un militar no podría llevarlo tan largo.
—Bueno, busca un lugar para los chicos. Yo intentaré ayudar y averiguar qué está ocurriendo, y quiénes son exactamente nuestros salvadores.
—Cuídate.
—Tú también.
Guié a los chicos a lo largo de una pared del barco, lo que los marineros llaman un mamparo. Sobre nosotros teníamos una pasarela, lo que nos proporcionaba una especie de techo. Nos recostamos sobre el mamparo y observamos como los ocupantes del barco se disponían a soltar amarras. Quedaban dos sogas y un enjambre de ratas no muertas trepaba por ellas. Mitch y otro hombre disparaban sin secar, eliminándolas una por una. No obstante, una de las ratas logró llegar a bordo y recorrió la barandilla a toda velocidad. Una tercera persona pudo empujarla y lanzarla al agua con una fregona. Antes de que el resto de las criaturas alcanzase la cubierta, las cuerdas fueron liberadas y lanzadas a las negras y sucias aguas.
Las ratas cayeron con ellas.
Y empezamos a movernos.
—A toda potencia —gritó el hombre de uniforme—. Maniobra como te enseñé, ya voy hacia allí.
Fue una extraña sensación. Parecía que nosotros permanecíamos quietos y era la tierra la que se alejaba poco a poco. Cruzamos lentamente la bahía, dejando la ciudad y el puerto atrás. Los zombis se quedaron en el muelle contemplándonos. Algunos incluso dieron un paso al frente sobrepasando el borde y cayendo al agua, hundiéndose bajo la superficie; a otros les ocurrió lo mismo, pero empujados por la presión de los que tenían detrás. El resto simplemente se quedó allí, inexpresivos, excepto por su mirada de perenne ansia. Me pregunté qué ocurriría con los que habían caído al agua. Los zombis no necesitan respirar, no necesitan oxígeno.
Estaban muertos. ¿Qué les impediría perseguirnos, caminando por el fondo de la bahía de Chesapeake, de la misma forma en que lo habían hecho por las calles de Baltimore? ¿No podían caminar por el fondo, alimentándose de cangrejos o de peces hasta llegar al mismísimo océano? Y entonces, ¿qué?
¿Tiburones contra zombis? La imagen era ridícula, pero, ¿y si....? ¿Y si...?
¿Y si la Venganza de Hamelin contagiaba la vida marina?
—Ya no pueden alcanzarnos —dijo Malik—. ¡Nada puede alcanzarnos aquí!
Abracé a Tasha y ella me devolvió el abrazo. Ambos sonreímos.
Miré hacia tierra firme y vi arder la ciudad, contemplé el paisaje anaranjado y rojizo. Por la mañana ya no quedaría nada, Baltimore sería un montón de cenizas. Port Discovery y la parte de la ciudad que albergaba bares populares, como el Carnero o El Búho y la Luna, estaban oscurecidos por el humo. El centro comercial y el puerto escupían llamas hacia lo alto. Ayer, el horizonte de la ciudad estaba compuesto de edificios altos, incluso rascacielos: oficinas, garajes, aparcamientos, bancos, museos y complejos de apartamentos; hoy, solo eran enormes antorchas, infiernos humeantes. El horizonte de la ciudad parecía una hilera ininterrumpida de velas romanas.
Y bajo ellas, empequeñeciéndose a medida que el Spratling tomaba velocidad, estaban los muertos. A medida que nos alejábamos del puerto, la gente de a bordo estalló en vítores, se abrazó, se palmeó las espaldas, alzó los puños al aire... fue una verdadera celebración. Y cuando, unos minutos después, la fábrica de azúcar Dominó explotó, incluso disfrutamos de fuegos artificiales. Escombros llameantes llovieron del cielo y desaparecieron en el agua.
— ¿Sabéis una cosa, chicos?
— ¿Qué, señor Reed?
—Lamar. Llamadme Lamar.
—Vale. ¿Qué querías decirnos, Lamar?
—Ha sido la huida más larga que he visto en mi vida.
—Ya no importa —dijo Tasha—. Ahora estamos a salvo. Como ha dicho Malik, ya no pueden atraparnos.
Los muertos siguieron mirando cómo nos alejábamos. Algunos más cayeron al agua mientras las gaviotas los sobrevolaban graznando. El cielo estaba casi cubierto de humo, oscureciendo la Luna y las estrellas. Hasta el mismo océano parecía sin vida, ningún pez saltaba sobre las aguas y ningún delfín seguía la estela de nuestro barco. Solo las olas se movían, y hasta éstas parecían minúsculas. Los motores de la embarcación vibraron con fuerza a medida que ganábamos velocidad. La superficie de la bahía parecía negra, pero la intermitente luna llena iluminaba un sendero plateado para nosotros, reflejando las llamas en las olas. Entonces, una nube se interpuso entre la luna y nosotros, y las luces fueron apagándose poco a poco.
Bajo el manto de la oscuridad, navegamos en un mar aparentemente muerto.
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