Mar Muerto
Capítulo Nueve
El jefe tuvo razón acerca del clima y, a la mañana siguiente, nos despertamos bajo una lluvia fría. Se había desatado una tormenta durante la noche, y enormes nubes grises y negras oscurecían el horizonte, difuminando la línea entre el mar y el cielo. Los truenos resonaban constantemente y gotas de lluvia, grandes como monedas de diez centavos, ametrallaban las cubiertas. Las olas eran cada vez mayores y parecía que el barco navegara sobre una montaña rusa. La mayoría todavía no nos habíamos acostumbrado a mantener el equilibrio y, cada vez que el Spratling era embestido por una ola especialmente grande, nos veíamos lanzados contra los mamparos. Durante el desayuno a base de pescado capturado el día anterior, tuvimos que sujetar fuertemente las bandejas para que no se deslizaran por toda la mesa y terminasen cayendo al suelo.
Incluso los que hasta entonces no se habían mareado, mareado, ahora tenían el estómago revuelto.
El tiempo reflejaba el estado de ánimo de la tripulación pero, a mediodía, las nubes se aclararon, cesó la lluvia y el océano se fue calmando hasta parecer una lámina de cristal, con el oleaje apenas visible. El sol volvió a brillar y la temperatura aumentó. Las gaviotas empezaron a sobrevolar el barco, esperando un regalo en forma de comida. Las viejas costumbres se resisten a morir, supongo, ya que tenían un montón de comida esperándolas en cualquier playa.
Según el jefe, seguíamos navegando en dirección a la plataforma.
Mitch, Basil, el profesor Williams y yo pasamos la mañana bajo cubierta ocupados en tareas diversas, pero intenté compartir parte de mi tiempo con Tasha y Malik. La conversación de la noche anterior con Mitch y el profesor seguía rondándome por la cabeza y había decidido intentar cumplir con cualesquiera que fueran las expectativas que los chicos hubieran depositado en mí. En cuanto pasó la tormenta, nos reunimos en la cubierta de aterrizaje, empuñamos nuestras cañas de pescar e intentamos conseguir alguna pieza .Tran y Nick habían guardado en un cubo las cabezas y las tripas de los peces pescados el día anterior para que pudiéramos usarlas como cebo. Nos situamos uno al lado de otro, con el cubo en medio, y lanzamos los sedales. El profesor había encontrado un sombrero de pescador en alguna parte y lo llevaba puesto para evitar que el sol le quemase la cabeza. Parecía un Gilligan de geriátrico. Basil, serio y abatido, no dijo ni media palabra sobre los planes de rebelión contra el jefe y nuestro destino actual, y nosotros tres no mencionamos lo que sabíamos. Mitch y el profesor intercambiaban bromas y yo me reía con ellos. Basil nos ignoraba completamente, permaneciendo lo más alejado posible de nosotros.
Sacamos media docena de lubinas, y Mitch incluso enganchó un tiburón pequeño, de casi metro y medio de largo. Después, el profesor atrapó un atún bastante grande, lo suficiente para que pudiéramos comer todos. No tenía fuerzas para alzarlo por encima de la borda, así que Mitch se hizo cargo de la caña y lo izó él. El atún se había tragado el anzuelo y la sangre manaba de su boca corriendo por cubierta. El animal se agitó, dando coletazos sobre la superficie, abriendo y cerrando convulsivamente las agallas, en un inútil esfuerzo por respirar.
— ¿Puede recuperar el anzuelo por mí, señor Bollinger?
Mitch sonrió.
—Ni hablar, profesor. He sacado el bicho, así que encárguese usted mismo de recuperar el anzuelo.
— ¡Ah, la juventud! —se lamentó burlonamente el profesor—. Ya no respetan a sus mayores.
—Ya conoce el dicho: hay que darle preferencia a los ancianos.
Arrugando la nariz de disgusto, el profesor se agachó y sujetó al atún con una mano, obligándole a abrir la boca con la otra. Viscosa sangre de pez corrió por sus dedos y por su muñeca hasta gotear sobre cubierta. Tiró del sedal, pero solo consiguió desgarrar la garganta del pez.
— ¡Cielos, realmente se ha tragado el anzuelo del todo! —exclamó el profesor—. A esto deben referirse cuando dicen “anzuelo, sedal y caña”.
Pobrecito, no parece estar en muy buena forma. Caballeros, ¿podría alguno de ustedes alcanzarme las tenazas de la caja de aparejos?
Basil se inclinó y cogió las tenazas. Se las estaba dando al profesor, cuando retrocedió repentinamente.
— ¿Qué diablos tiene en la cola?
Todos nos acercamos para mirar. Cerca del extremo de la cola se apreciaba una pequeña herida ulcerada. Parecía estar abierta, en carne viva, y supuraba un fluido pálido.
El profesor frunció el ceño.
—Parece que el atún se infectó con algo, un parásito o un hongo de algún tipo. O puede que sea la reacción a un contaminante.
—A mí me parece una mordedura —sugirió Mitch.
—No, no es una mordedura —negó Basil—. El profesor tiene razón, parece más bien una herida como la que haría un parásito, quizá un gusano de alguna especie. No lo sabremos seguro hasta que Tran y Nick lo limpien y lo despiecen.
El profesor tomó las tenazas de manos de Basil y las introdujo en la garganta del atún. El pez seguía sangrando, empapándole la mano, y, enseguida, las tenazas se volvieron resbaladizas; apenas podía asirlas con firmeza. Admití que el bicho era tenaz. Aunque su muerte pareciera inevitable seguía luchando, como nosotros. De repente, el atún se agitó y al profesor se le escaparon las tenazas de la mano. El anzuelo se liberó, arrancando un buen puñado de entrañas. El sedal se tensó y la punta del anzuelo se clavó en la mano del profesor, penetrando profundamente justo entre el pulgar y el índice. La lengüeta se deslizó bajo la piel. El profesor Williams gritó de dolor, y el atún, liberado, se alejó por la cubierta dando
coletazos. El profesor se miró la mano y vio cómo su propia sangre fluía sobre la del pez.
— ¡Dios, profesor! —exclamó Basil—. ¿Está usted bien?
Su cara estaba pálida como la cera.
—No, definitivamente, no estoy bien. Me duele mucho. ¿Podría alguien quitarme esto? Empiezo a marearme.
Lo sostuve mientras Mitch trabajaba con el anzuelo. El profesor estaba bañado en sudor, pero sentía su piel fría como el hielo. No bromeaba, parecía a punto de desmayarse.
—Se pondrá bien —le aseguré—. Solo es el shock. Respire profundamente e intente colocar la cabeza entre las rodillas.
—Lo siento —se disculpó—. Me temo que no reacciono muy bien ante el dolor. Me siento muy estúpido.
—No se preocupe. Si yo tuviera un anzuelo enganchado en la mano, estaría histérico.
Frunciendo el ceño, Mitch removió el anzuelo. El profesor gruñó.
—Va a ser complicado, la lengüeta se ha metido bajo la piel —dijo Mitch—. Tendré que sacárselo muy despacio.
El profesor tragó saliva, asustado.
— ¿Dolerá mucho?
—Sí.
—Entonces, sugiero que Lamar y Basil me sujeten bien fuerte.
Odiaría golpearlo por puro reflejo en el calor del momento, Mitch.
—Yo también, profesor. Ahora, no se mueva.
Basil sostuvo las piernas del profesor, mientras yo aferraba su mano libre. Apretó los dientes y gimió, mientras Mitch intentaba liberar el anzuelo. Fluyó más sangre y preferí apartar los ojos, buscando el atún con la mirada. Increíblemente, seguía dando coletazos contra la cubierta.
Parecía que intentase llegar hasta nosotros a saltitos, impulsándose con la cola, pero comprendí que solo quería regresar al agua. Basil también desvió la mirada hacia él, olvidando momentáneamente las piernas del profesor. El brazo de este dio una sacudida y el anzuelo le arrancó un buen pedazo de piel. El profesor aulló de dolor y Mitch maldijo a Basil.
— ¿Qué diablos estás haciendo? Te dije que lo sujetases.
—Es el atún. Mira esa maldita cosa, sigue viva.
—Lánzalo por la borda —le ordenó Mitch—. No vale la pena conservarlo, demasiados problemas. De todas formas, con esa herida en la cola nadie querrá comérselo.
Basil intentó sujetar el atún con ambas manos, pero el animal estaba tan resbaladizo a causa de su propia sangre, que se le escapó y cayó de nuevo sobre cubierta. Su boca se abría y se cerraba sin que emitiera ningún sonido. Volvió a cogerlo y lo lanzó por la borda; el pez impactó contra la superficie salpicando espuma y desapareció bajo la superficie. Basil se miró las manos con disgustó y las sostuvo en alto ante él para que las viéramos.
—¡Qué asco! Estoy lleno de sangre y escamas.
—Ve a lavarte —le indicó Mitch—. Y llévate al profesor, que lo laven a él también. Pregúntale al jefe si tenemos agua oxigenada o cualquier otro desinfectante a bordo.
—Estoy seguro de que sí —respondió Basil.
Ayudé al profesor a ponerse en pie.
— ¿Puede caminar?
—Sí… creo que sí —asintió débilmente—. Gracias a los dos.
¿Habéis visto? Tenía razón, Sois la encarnación del héroe y del guerrero.
Mitch flexionó los músculos y sonrió.
—Sí, señor. Esos somos nosotros.
El profesor se apoyó en Basil, y los dos desaparecieron bajo cubierta.
Mitch y yo seguimos pescando una hora más, pero no obtuvimos nada.
Resultó extraño, era como si el atún hubiera advertido a los demás peces del peligro. Al final, contamos nuestras piezas, decidimos que bastarían hasta el día siguiente, y tiramos el resto del cebo por la borda. Los despojos quedaron flotando en las aguas, como una sangrienta advertencia para los devoradores que pudieran acechar bajo la superficie. Unas cuantas aves se abalanzaron para apoderarse de las entrañas. Recogimos las cañas y descendimos para limpiarlas y limpiarnos nosotros mismos, ya que tanto Mitch como yo apestábamos a pescado. Recuerdo que pensé que, por lo menos, no teníamos las manos manchadas con sangre de atún.
—¿Mitch va a ser tu nuevo novio?
La pregunta me sorprendió tanto, que me quedé un segundo mirando atónito a Malik, intentando descubrir si hablaba en serio o solo me tomaba el pelo. Su expresión traslucía interés.
—No —respondí por fin—. No creo que Mitch sea gay, Malik.
Habíamos cenado unas horas antes —excepto el profesor y Basil, ausentes de la cantina— y nos estábamos preparando para el turno de noche. Mitch jugaba otra vez a cartas con los chicos de ingeniería. La nave estaba tranquila, excepto por los ocasionales gruñidos de las tuberías, y la tripulación se había retirado para descansar y dormir. El profesor no se sentía bien, demasiada excitación para un solo día, según él. Su voz se notaba cansada y tenía vendada la mano herida. Basil no respondió cuando fui a su camarote. La curiosidad me pudo, así que abrí la escotilla y eché un vistazo. Estaba dormido y no me respondió cuando susurré su nombre. Tras la cena, Joan y Alicia se ofrecieron voluntarias para llevarles un plato de comida y comprobar su estado. No los había visto desde entonces, pero supuse que ambos estarían bien; de no ser así, las dos mujeres nos habrían avisado.
—Bueno, solo preguntaba... —dijo Malik—. Vosotros sois amigos y no sabía si eso significaba que también erais novios.
—Los gays podemos ser amigos de otros hombres, Malik, y eso no significa necesariamente que seamos pareja. Mitch me gusta, pero no en ese sentido. Es una buena persona y nos ha ayudado mucho. De no ser por él, nunca habríamos podido escapar de aquellos perros.
—A mí también me gusta —corroboró Malik, cerrando su ejemplar de The Walking Dead. Desde que se lo había dado, lo leía varias veces cada día—. Los dos me gustáis.
Tasha alzó la vista de un dibujo que estaba haciendo con los lápices y rotuladores que Carol lograra reunir.
—Malik nunca conoció a papá.
—Sí lo conocí.
—No, no es verdad. Me dijiste que no te acordabas de él.
—Sí me acuerdo… un poco… a veces…
Me senté a su lado.
—No importa que no te acuerdes. Yo tampoco recuerdo a mi padre, me abandonó cuando era pequeño.
— ¿De verdad? El nuestro hizo lo mismo. Mamá decía que no era bueno.
Sonreí.
—Mi madre decía lo mismo del mío y cuando tenía tu edad, solía preocuparme. Creía que era más débil o más tonto que los demás chicos de mi clase porque no tenía un padre que me enseñara cosas como se las enseñaban a ellos. Pero, ¿sabes qué?... Que algunos hubieran estado mejor sin un padre, porque muchos no eran más que unos borrachos, drogadictos o maltratadores. ¿Y sabes algo más?... Que yo estaba mejor sin mi padre.
Porque, según todo lo que había oído, habría sido un modelo bastante lamentable.
—¿Qué es un modelo? —preguntó Malik.
—Alguien al que imitar —explicó Tasha—. Como haces tú con Lamar y con Mitch.
Malik pareció incómodo, claramente avergonzado de que su hermana mayor hubiera revelado su pequeño secreto. Yo no supe qué decir, y antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y entró Mitch con una sonrisa de oreja a oreja. Al parecer, había tenido una buena noche con las cartas.
Cerró la puerta tras él, y se disponía a hablar cuando nos miró a los tres atentamente.
— ¿Qué pasa aquí? ¿Qué me he perdido?
—Nada. ¿Por qué? —pregunté a mi vez.
—Porque, por la forma de callaros y de mirarme cuando he entrado, cualquiera diría que estabais hablando de mí.
—Estás paranoico —sonreí—. Malik y yo estábamos hablando de lo que significa para un chico crecer sin un padre.
—A veces es mejor. —Mitch se sentó en la litera frente a nosotros—.
Mi viejo era un verdadero gilipollas. No me pegaba ni me maltrataba, no,
nada de eso, pero siempre estaba ausente. Siempre trabajando o en el bar con sus amigos del sindicato. Nunca tuvo tiempo para nosotros. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía diez años, y mi padrastro llegó a gustarme más de lo que nunca me gustó mi verdadero padre. Al menos, siempre estaba allí.
—¿Qué pasó con ellos?
—Mi verdadero padre murió de cáncer de próstata hace unos diez años.
Era uno de esos tipos que le tienen fobia a los médicos y nunca quieren ir al hospital. Normalmente, si se detecta a tiempo, puedes sobrevivir a ese tipo de cáncer; avanza tan lentamente que es fácil diagnosticarlo y tratarlo. Pero él era un hijo de puta tozudo, y no acudió al médico hasta que fue demasiado tarde. Mi padrastro y mi madre se retiraron en Arizona. Hablé con ellos una semana antes de que se propagara la Venganza de Hamelin y estaban bien. Ahora, ahora no lo sé.
Malik suspiró.
—Mierda, yo sería feliz teniendo aunque solo fuera un padre.
—Bueno, hay algo que aprendí con el tiempo —siguió Mitch—. Una familia no es únicamente un padre, una madre, un hermano y una hermana.
Puede ser cualquier combinación de ellos. Y, muchas veces, los miembros de una familia ni siquiera necesitan ser parientes. Diablos, yo diría que Tasha, Lamar, tú y yo hemos formado nuestra pequeña familia aquí mismo.
Hemos vivido muchas cosas juntos esta última semana y seguimos juntos, preocupándonos, cuidando unos de otros, ¿verdad? Eso es lo que hacen las familias…
Mitch le dio un puñetazo amistoso en el hombro y Malik dejó escapar una risita.
—Si somos una familia, ¿quién de nosotros es la mamá? —preguntó Tasha con una sonrisa.
Mitch y Malik me miraron con la misma sonrisa burlona en sus rostros y no pude evitar una carcajada.
—Ni siquiera lo insinuéis u os daré una patada en el culo.
Mitch se levantó.
—Necesito echar una meada y limpiarme los dientes. No sigáis sin mí, vuelvo enseguida. —Abrió la puerta, pero se detuvo de repente sin terminar de salir del camarote. Le oímos decir—: ¿Ocurre algo, Joan?
Y entonces gritó. Y dejamos de ser una familia.
Mitch trastabilló hacia atrás, con su antebrazo manando sangre por un enorme agujero. La herida era alarmantemente profunda. Su mano libre buscó la cartuchera, intentando desenfundar la pistola, pero el shock lo volvía torpe y los dedos resbalaron por la culata. Joan apareció en la puerta, masticando el pedazo de carne que le faltaba al brazo de Mitch. Estaba obviamente muerta. Le habían arrancado a mordiscos casi todo el lado izquierdo de la cara y del cuello. Los agujeros todavía sangraban, así que no hacía mucho que había muerto. Sus manos y lo que le quedaba del rostro estaban teñidos de escarlata.
Aullando de rabia, Mitch dio media vuelta y lanzó una patada contra las costillas de Joan. Más sangre brotó de su brazo. Oímos el ruido de las costillas de la mujer al partirse, sin que eso pareciera afectarle lo más mínimo. No obstante, salió proyectada hacia atrás y se estrelló contra el mamparo situado frente al camarote antes de desplomarse al suelo. Su destrozado cuerpo volvió a ponerse en pie lentamente, lamiendo la sangre de Mitch de sus labios.
—Cierra la compuerta —gritó Mitch. Con su mano sana apretaba el brazo mordido más arriba de la herida para intentar detener el flujo de sangre.
Conseguí cerrar la puerta cuando Joan ya se abalanzaba hacia ella, y escuché como sus uñas la arañaban al otro lado del acero. Después, empezó a golpearla con los puños. Me volví hacia Mitch, agazapado en un rincón contemplando su brazo. Tasha cogió una funda de almohada y se acercó a él.
—Mitch, tenemos que detener la hemorragia.
—No —gimió—. Tírame la funda y retrocede, no te manches con mi sangre. Y ten cuidado con la del suelo, ni siquiera te acerques.
—Pero necesitas ayuda, necesitas…
—¡Y yo necesito que escuches, niña!
Parpadeando asustada, Tasha retrocedió un paso.
—Lo siento —se disculpó Mitch—. No quería parecer tan brusco, Tasha, pero ya estoy infectado y no quiero que tú también te infectes.
Pude oír la voz de Carol en el pasillo. Sonaba apagada, pero alarmada.
—¿Qué ocurre? ¿Quién ha gritado?
—¡Carol, quédate en tu camarote! —Grité a través de la cerrada compuerta—. ¡Joan es una zombi!
—¿Qué?
—La tenemos justo delante de nuestro camarote. No abras tu puerta por nada del mundo.
Di un paso adelante, procurando esquivar las gotas de sangre de Mitch. Tenían el tamaño de una moneda de medio dólar.
—Mitch, quizá no sea demasiado tarde. Podríamos…
La mirada que me dirigió congeló las palabras en mi garganta.
—Has visto cómo funciona esto, Lamar, y yo también. Demasiadas veces. La infección es instantánea. No importa que me cortes el brazo, que me cauterices la herida o que viertas en ella varios litros de lejía. Ambos sabemos lo que acabará pasando.
Tasha empezó a llorar; un segundo después, Malik hizo lo mismo. El sordo golpeteo en la compuerta no se detuvo.
—¡Maldita sea! —Frustrado, le di un puñetazo a una taquilla—
¡Joder, maldita sea!
—Sí —confirmó Mitch, haciéndose un torniquete en el brazo con la funda de la almohada—. Opino lo mismo, créeme, pero eso ya no puede ayudarnos, Lamar. Hay que salvar a los niños, necesitamos un plan.
—Se suponía que aquí estábamos a salvo —sollozó Tasha—. Lo prometisteis. Dijisteis que en el barco estaríamos seguros… ¡dijisteis que aquí los zombis no podrían atraparnos!
Sacudí la cabeza.
—No lo sabíamos, chicos, os juro que no lo sabíamos. Esto no tiene sentido.
Gimiendo de dolor, Mitch apretó el nudo de la funda ya empapada en sangre. Tasha arrancó una sábana de su cama, sacó la navaja de bolsillo de la taquilla y empezó a cortarla a tiras. Joan seguía golpeando la puerta.
—¿Crees que podrá abrirla? —preguntó Malik mirando hacia la compuerta.
—No, no creo —respondí, antes de volverme hacia Mitch—. Tiene que haber alguna manera. ¿Amputación? ¿Fuego? No puedes rendirte.
Mitch terminó de hacerse el torniquete sujetando una punta con los dientes. La funda de la almohada estaba completamente roja, pero la hemorragia parecía haberse detenido.
—No estoy rindiéndome, solo aprovechando el tiempo que me queda. No sé cuánto será, así que no lo perdamos. Saca las pistolas. Todas.
Malik dejó de llorar de golpe.
— ¿Las granadas también?
—Sí, Malik —sonrió Mitch, a pesar del dolor—. Las granadas también.
Levanté el colchón, y saqué el rifle y la escopeta; después, la munición y las granadas. Mitch se apoyó contra el mamparo y asintió.
—Tendrás que cargarlas. Y, Tasha, esta vez tendrás que llevar tú el rifle. Con este brazo inútil solo puedo usar una pistola.
—Puedo hacerlo —aceptó Tasha—, pero tendrás que enseñarme.
—No tenemos mucho tiempo, pero lo intentaré.
—Quizá sería mejor que tú no fueras armado, Mitch —sugerí—. No pretendo ofenderte, pero tú mismo has dicho que no sabes cuánto tiempo te queda para…
—Lo sé, pero aún no estoy muerto. ¿Crees que voy a atacaros? Antes de eso, Lamar, tengo que morirme y convertirme en zombi. Así que antes de que suceda, pienso llevarme por delante a tantas de esas malditas cosas como pueda. ¡Quién sabe cuántas hay en el barco!
—¿Cómo habrán llegado a bordo? —pregunté, haciéndome eco de las preguntas de los chicos.
—Pensemos un momento. Sea lo que sea que haya pasado, su primera víctima ha sido Joan. Y por su aspecto, no hace mucho que está
muerta. Cenamos con ella, ¿no?
Los tres asentimos.
—Bien. Entonces, todo se ha desmadrado entre que terminamos de cenar y ahora.
—¿Había alguien más en el pasillo?
—Creo que no —respondió Mitch apretando los dientes cuando un espasmo de dolor recorrió su cuerpo—. La verdad es que apenas me dio tiempo a ver nada… Me atacó en cuanto crucé el umbral. Debía de estar acechándonos.
—¿Te acuerdas de en qué dirección venía? —pregunté, frunciendo el ceño.
Mitch se esforzó por recordar.
—De delante.
—Su camarote está en popa, así que no debía venir de él. Después de cenar, Joan y Alicia dijeron que le echarían un vistazo al profesor y a…
Mi voz se fue apagando, a medida que la comprensión se abría paso.
Se me revolvió el estómago y la cabeza me dio vueltas. Estaba a punto de desmayarme, así que me senté en el suelo.
—¿Qué pasa, Lamar? —se interesó Tasha.
—Los camarotes del profesor y de Basil están a proa. Joan venía de allí.
—Pero eso no explica…
—El atún. El que se tragó el anzuelo, ¿no lo veis? A pesar de estar mucho tiempo fuera del agua seguía moviéndose y dando coletazos. Y
estaba herido. Y sangraba. Y el profesor se hizo una herida en la mano…
¡la mano que estaba cubierta de sangre del atún!
Malik frunció el ceño.
—¿De qué estáis hablando?
—¿Os acordáis cuando los muertos comenzaron a resucitar? Eso significó un salto entre especies. Bueno, pues ha vuelto a ocurrir. La Venganza de Hamelin ha saltado a los peces, ahora también está en los putos océanos. El atún estaba muerto, pero no nos dimos cuenta. ¿Os acordáis de aquella herida en su cola? Supusimos que sería debida a un
hongo o a un parásito, pero tú tenías razón, Mitch ¡era un mordisco!
Debimos hacerte caso, debimos prestar más atención, sobre todo después de todo lo que hemos visto. Se suponía que los caballos eran inmunes pero, el otro día, el jefe dijo que había visto un caballo zombi. La enfermedad puede saltar entre especies… ¡tendríamos que haberlo pensado!
—Lamar… —La voz de Mitch apenas era un susurro—. Contrólate, tío… Estás histérico y eso… eso no nos va a ayudar nada.
—Lo siento. —Aspiré profundamente—Lo siento, chicos. Es que no es justo.
—No, no lo es… —aceptó Mitch—. Pero ha pasado… y no podemos cambiarlo. Ahora tenemos... que acabar con los zombis… antes de que muera alguien más…. Por favor, Lamar... mientras aún pueda pensar y moverme…
—De acuerdo. —Y me obligué a calmarme.
Mitch sonrió.
—Tú sigues preguntándole a todo el mundo por qué... seguimos luchando por sobrevivir, cuando todo parece estar en nuestra contra. ¿Por qué seguimos? Por esto… porque eres un héroe… y eso es lo que hacen los héroes; se rebelan ante este tipo de situaciones…
Asentí, incapaz de superar el nudo que tenía en la garganta.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Malik, acariciando las granadas.
—Bueno, lo primero… —sugirió Mitch—… es no usar las granadas.
Si las lanzas en el lugar equivocado, hundirás el barco. Han de ser el último recurso... para una situación desesperada…
—Entonces, ¿qué diablos puedo usar? Necesito algo con lo que luchar, quiero luchar contra esas cosas, como vosotros.
—Ya te buscaremos algo... De momento, puedes usar la bayoneta que tengo en mi taquilla.
—Tío, yo no quiero un estúpido cuchillo. Dáselo a Tasha.
—Ya tengo su navaja —dijo Tasha.
—Malik, no discutas conmigo… —gruñó Mitch.
Malik obedeció enfurruñado, pero su actitud cambió al ver el tamaño de la bayoneta. Era militar, medía unos treinta centímetros y parecía muy
afilada. Yo ni siquiera sabía que Mitch la tenía.
—Esto sí que es un cuchillo —exclamó Malik, mucho más contento.
—Genial, ¿eh? —sonrió Mitch.
—Rayos, sí.
—Bien. Lamar alcánzame las armas y la munición… Tasha, pégate a la puerta y dinos lo que oyes…
Mientras él repasaba y cargaba las armas —teniendo cuidado de no mancharlas con su sangre—, Tasha pegó la oreja a la compuerta. Su labio superior temblaba de miedo y tenía los ojos muy abiertos.
—Joan sigue ahí afuera —susurró—, oigo como araña la puerta.
Parece como la maestra de nuestra escuela, la señorita Price. Cuando quería que le hiciéramos caso, arañaba la pizarra para llamar nuestra atención. Y
también oigo algo como si fueran golpes, pero mucho más lejanos.
—¿Ni gritos ni disparos? —preguntó Mitch, llenando un cargador de balas.
Tasha negó con la cabeza.
—¿Y Carol?... ¿La oyes a ella?
—No.
—Bien. Eso significa que le ha hecho caso a Lamar y se ha encerrado en su camarote. Veamos, Joan está infectada así que debemos suponer que Alicia también lo está. Eso nos da unos cuatro zombis a bordo… como mínimo.
—¿Cuatro? —me extrañé—. Tenemos a Joan, al profesor y quizá a Alicia.
—Exacto.
—¿Y quién es el cuarto?
—Basil. También se empapó... de sangre del atún…
—Mierda, me había olvidado de él. Pero si no tenía una herida abierta o no le cayó ninguna gota en la boca, podría estar bien.
—Es posible. Pero, de momento, asumiremos que es uno de ellos, por si acaso…
Carol nos llamó a gritos y le respondimos que permaneciera encerrada en su camarote.
—Probablemente, el profesor y Basil tienen capacidad de movimiento, ya que murieron por la enfermedad, y no destrozados por un cadáver infectado. Alicia es un enigma. Quizá la hayan despedazado o quizá también pueda moverse...
—O puede que haya escapado de los zombis —sugirió Malik—.
Puede que haya podido llegar hasta el puente de mando y haya avisado al jefe.
Por la expresión de Mitch, estaba seguro que el dolor era cada vez peor, y cuando habló, pude notarlo en su voz.
—Ojalá… tengas razón. Pero… debemos suponer… lo contrario. B-bien, éste es el plan… Abriremos… la p-puerta y nos encargaremos de ella… Después, revisaremos… el barco… D-Dejadme ir primero… Ya estoy infectado, a-así que no importa si nos s-sorprenden… Una vez c-comprobemos que… los p-pasillos están libres, seguiremos hacia p-proa…
Lamar, si nos s-separamos… nos reuniremos a-aquí. Chicos, en c-cuanto salgamos… quiero que c-cerréis la p-puerta… y no la abráis a n-nadie…
— ¡Y una mierda! —protestó Tasha—. No nos quedaremos aquí, iremos con vosotros. Mírate, apenas puedes hablar.
—Es verdad —la apoyó Malik—. Seguro que necesitaréis nuestra ayuda.
Gruñendo, Mitch intentó incorporarse.
—No… no pienso d-discutir… Tasha, ven a-aquí… y te enseñaré c-cómo se dispara… el r-rifle. Si no tienes c-cuidado… cuando d-dispares, podrías h-hacerte mucho d-daño…
—No. —Y Tasha dio una patada en el suelo para reafirmar su negativa—. Iremos con vosotros y yo tampoco pienso discutir.
—T-Tasha… —suspiró Mitch—. N-no te-tenemos… tiempo p-para eso… P-Presta atención… o haré q-que Lamar os encierre… a los dos… e-en el c-camarote…
Tasha se mordió el labio para no responder y cerró las manos, furiosa, hasta convertirlas en puños.
Mitch le dio un curso tan básico como rápido sobre cómo sostener el rifle y cómo apuntar, le enseñó dónde estaba el seguro y cómo cambiar el
cargador. Después, me ofreció la escopeta.
—¿C-crees que ahora… la m-manejarás mejor…?
—Soy el héroe, ¿recuerdas? Solo dime qué cartuchos son los adecuados para este trasto o bajaré de categoría y me convertiré en un jodido inútil.
—V-vale, héroe… En m-marcha… Malik, a-apártate de… de la puerta.
—Mitch, Lamar, un segundo, por favor —pidió Tasha mientras empuñaba el rifle.
Nos giramos hacia ella. Oí que Mitch tomaba aire para volver a hablar con la chica, pero eso no era lo que ella pretendía. En cambio, corrió hacia la escotilla.
—¡Abre la puerta, Malik!
El niño siguió las instrucciones de su hermana y abrió de golpe, agachándose y escondiéndose detrás de la puerta. Joan casi cayó de bruces por el agujero. Tasha se echó el rifle al hombro, tal como Mitch le había enseñado, y apretó el gatillo. Su puntería fue perfecta. La cabeza de Joan explotó, bañando compuerta y mamparos de sangre, pelo, sesos y pedacitos de cráneo. El rifle saltó en las manos de la chica y la fuerza del retroceso la impulsó hacia atrás. Tasha gritó de sorpresa y de dolor, pero permaneció en pie.
Fuera, Carol gritó. Su voz seguía llegando ahogada, lo que significaba que aún estaba en su camarote.
Malik volvió a cerrar la escotilla, teniendo cuidado de evitar los restos de Joan. Los dos chicos se revisaron cuidadosamente para asegurarse que estaban libres de manchas de sangre y de restos de la mujer, y después se giraron hacia nosotros.
—Dijisteis que éramos una familia —dijo Malik en un tono muy serio—. Dijisteis que debíamos permanecer unidos.
Tasha asintió, frotándose el hombro.
—Ahora, en marcha. O Malik y yo os encerraremos en el camarote.
Mitch y yo nos miramos incrédulos.
—De acuerdo, vamos —acepté finalmente—. Pero quedaos detrás de Mitch y de mí, ¿entendido?
Los dos asintieron.
Mitch y yo intentamos contener la risa, pero fracasamos. Los chicos rieron con nosotros.
Preparé la escopeta. Mitch desenfundó la pistola con dificultad, y logró mantenerla empuñada con su mano sana. Malik enarboló la bayoneta y se relamió los labios. Los brazos de Tasha temblaban por el peso del rifle.
Uno a uno pasamos por encima del cuerpo ya inmóvil de Joan, abrimos la compuerta de nuevo y salimos al pasillo.
Alicia nos esperaba allí.
Estaba muerta.
Y muy hambrienta.
CAPÍTULO DIEZ
Alicia se encontraba al fondo del pasillo, apoyada en el mamparo de estribor, con la cabeza oscilando a un lado a otro por el balanceo del barco.
El que la mató—ya fuera Basil o el profesor—, se había empleado a fondo.
Uno de sus brazos apenas tenía carne del codo a la muñeca y parecía que le habían arrancado la piel a mordiscos; lo único que le quedaba eran huesos y tendones. También le habían arrancado un lado de la cara, y no solo la piel, sino el ojo, la oreja, los labios y parte de la cabellera. Los restos de su camiseta estaban tan empapados de sangre que era imposible saber cuál había sido su color original, ahora era de un rojo oscuro. Bajo esos restos se adivinaban más heridas de mordiscos. Su otra mano estaba teñida de rojo, pero era imposible saber si de su propia sangre o de la de alguien más.
Alicia levantó la cabeza y se tambaleó hacia nosotros, dejando un rastro
escarlata a lo largo del mamparo. Sin labios que los ocultasen, sus dientes y encías se abrían y cerraban sin sonido. Dio unos vacilantes pasos, casi tropezando con sus propios pies.
Carol dejó escapar un grito ahogado.
—¿Lamar? ¿Mitch? ¿Niños? ¿Estáis ahí?
—Quédese en su camarote, señorita Beck —respondió Tasha—.
Aquí fuera hay otro zombi.
— ¡¿Qué está ocurriendo?! —gritó Carol.
Mitch disparó contra Alicia y ella cayó al suelo de cara, desplomándose como un saco de carne. El impacto de la bala y el del suelo se sumaron para hacer que su cráneo se partiera en dos. Los cuatro retrocedimos mientras la sangre se derramaba por el suelo y los mamparos.
Uno de sus dientes rotos rodó hacia nosotros.
— ¡Oh, Dios mío! —gritó Carol desde su camarote. Costaba oírla por encima del eco del disparo—. ¿Quién ha disparado? ¿Qué ocurre? ¡Que alguien me conteste!
Me acerqué a su puerta y di unos golpecitos con mi mano libre.
—Todo va bien, Carol. Puede salir, ya no hay moros en la costa.
Ella abrió la compuerta y atisbó el exterior.
— ¡Lamar! ¿Qué sucede?
—La Venganza de Hamelin ha vuelto a dar un salto entre especies.
— ¿Qué?
—Se ha extendido a los peces. El profesor se infectó esta tarde, pero no lo sabíamos y ahora anda por algún lado convertido en zombi. Joan y Alicia fueron atacadas, y creemos que Basil también puede ser uno de ellos.
— ¿El profesor Williams? ¿Ese anciano tan encantador?... ¿Y Joan, y A-Alicia?
Salió al pasillo, le echó un vistazo a los cuerpos de las dos mujeres y gritó aterrorizada, hundiéndose los dedos en las mejillas y abriendo los ojos desmesuradamente. Su chillido pareció interminable.
Mitch gruñó.
—N-no tenemos… t-tiempo p-para eso…
Su brazo volvía a sangrar. La sangre se deslizaba por la manga y goteaba hasta el suelo. El sudor le pegaba el pelo al cráneo y su barba estaba salpicada de saliva.
—¡Oh, no, Mitch! —Exclamó Carol— ¿Ta-también te han mordido?
Mitch asintió.
—Vu-vuelve… a tu c-camarote… y q-quédate ahí… ha-hasta que v-volvamos… El b-barco no es s-seguro…
Le costaba mucho esfuerzo pronunciar cada palabra, su rostro estaba bañado en sudor y los tendones de su cuello se tensaban a cada ramalazo de dolor.
— ¿Cómo te sientes? —le pregunté. Reconocí inmediatamente que era una pregunta estúpida. Sabía lo que sentía. Sentía que se estaba muriendo.
—M-Mal… —respondió Mitch, aferrándose el estómago con su brazo herido—. S-se está e-expandiendo más r-rápido… de lo que puedas i-imaginar… Puedo s-sentirlo… C-como si m-mil gusanos r-reptasen por mis v-venas…
Se derrumbó, cayendo sobre el cadáver de Alicia. La pistola se le escapó de las manos y rebotó ruidosamente en el suelo.
—¿Mitch?
Tasha dio un paso hacia él, pero la sujeté y la aparté antes de que lo alcanzase.
—Entra en el camarote con la señorita Beck. Entrad los dos. Ahora.
—Pero, Mitch está…
—¡Ahora!
Los chicos se asustaron por mi grito. Carol los empujó hasta el camarote y cerró la puerta. Di unos pasos vacilantes hacia Mitch, esquivando todo lo posible los restos humanos esparcidos por el suelo. Los brazos y las piernas de Mitch se agitaron convulsivamente, y dejó escapar un gruñido.
—¿Mitch? Mitch, tío, ¿puedes oírme?
Levantó la cabeza lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su rostro tan blanco como la cáscara de un huevo.
—H-hazlo… —susurró entrecortadamente—. N-no dejes q-que…
Sacudí la cabeza.
—No puedo. No puedo disparar contra ti. No me obligues.
—P-por fa-favor… —siseó—. Ha-hazlo, Lamar… D-demuestra que… e-eres un héroe…
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza. Su cuerpo dio unas cuantas sacudidas más, hasta que se quedó inmóvil.
—Oh, Mitch —susurré. Tenía ganas de llorar, pero no podía—. Lo siento, tío. Esto es una putada.
Entonces, empezó a moverse de nuevo. Sus piernas y sus brazos se tensaron, y levantó la cabeza para contemplarme fijamente con sus ojos muertos. No reflejaban ni un átomo de inteligencia o reconocimiento, solo una pura y devoradora ansiedad, una descarnada necesidad. Su boca se entreabrió en la parodia de una sonrisa. Sus manos se movieron hacia mí, flexionando los dedos. Gimió.
Y le disparé. Ni siquiera fui consciente de haber apuntado, ni apretado el gatillo. No fue algo consciente… sucedió sin más.
El tiro levantó ecos por todo el pasillo. Mientras el casquillo saltaba por los aires y el humo se elevaba en remolinos, corrí hacia el salón en dirección a proa. Mi plan era encontrar primero al profesor, se lo debía.
Después, le tocaría el turno a Basil. Rodeé la esquina, todavía incapaz de oír nada y casi choco contra Tony y Chuck. Los tres dimos un salto atrás y, por un segundo, estuve seguro de que Tony iba a dispararme, pero me reconoció a tiempo. Chuck soltó un grito aterrorizado. El antiguo conductor de carretillas elevadoras iba armado con una pistola.
Tony bajó su arma.
— ¿Qué cojones está pasando, Lamar? Hemos oído disparos.
Tuve que esforzarme por entenderlo debido al zumbido de mi cabeza.
—Tenemos zombis sueltos por la nave. Joan y Alicia fueron infectadas, y una de ellas infectó a Mitch.
— ¿Por qué estás gritando?
—Lo siento —me disculpé—. No puedo oír bien por culpa de los disparos. El profesor es uno de ellos, tenemos que encontrarlo antes de que
infecte a los demás. Y Basil puede que ya lo esté.
—Zombis —repitió Chuck—. ¿Cómo diablos han podido llegar a bordo?
—Los peces. La enfermedad se ha extendido por el océano. El profesor se contagió esta tarde por culpa de un atún infectado. Cuando lo pescamos no nos dimos cuenta que era un zombi, parecía normal. Debió morir poco antes porque no estaba podrido. Basil y él se mancharon las manos con su sangre y, además, el profesor se clavó en la mano el anzuelo con el que habíamos pescado el atún, así que la sangre debió penetrar por esa herida
Tony y Chuck me miraron como si me hubiera vuelto loco. Tony se echó el rifle al hombro y se asomó por la esquina para ver los cadáveres. Se acercó a ellos con precaución, contempló sus heridas y después se volvió hacia mí.
—Vale, te creo —admitió—. Alicia está casi destrozada, pero las marcas de los mordiscos son claras.
—Me importa una puta mierda que me creas o no. Voy a buscar al resto de esos cabrones antes de que maten a nadie más.
—Entonces, voy contigo —dijo Tony.
—Y yo también —aseguró Chuck.
Las bisagras de la compuerta de Carol rechinaron al abrirse. Tasha y Malik asomaron las cabezas.
—Vamos a ir todos. —El tono de Tasha era desafiante.
Tras ellos oímos la voz de Carol urgiéndoles a que volvieran dentro y cerrasen la puerta.
—Vosotros os quedáis —les ordené a los chicos—. Y basta de tonterías.
Malik dio una patada al suelo.
—Pero Mitch dijo que…
—No me importa lo que dijera Mitch —lo interrumpí—. Si de verdad somos una familia, tenéis que obedecerme cuando os digo que hagáis algo. Ahora, adentro. No me hagáis repetirlo.
—Deberíamos llevarnos las armas de Mitch —sugirió Chuck—. Al menos las granadas.
—Están manchadas de su sangre —advertí, haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Es mejor no arriesgarse a una infección. ¿Tenéis suficiente munición?
—Sí.
—Entonces, vamos.
Tony, Chuck y yo enfilamos el corredor, con ellos dos pisándome los talones. No sabía exactamente cómo, pero estaba al mando del grupo. El profesor tenía razón, mi viaje me estaba cambiando. Ni siquiera era consciente de haber asumido el liderazgo. Como dispararle a Mitch. No lo había pensado, solo lo había hecho. Sin miedos ni dudas. Ahora me movía con un aire de seguridad que nunca había tenido. Sentía el arma como una extensión de mi propio cuerpo. Mi cabeza estaba clara. Mi consciencia también.
Seguimos adelante, separados por un par de metros, siempre conmigo en primera posición y aferrando fuertemente la escopeta, con Tony detrás y Chuck en último lugar. Volvía a oír de nuevo, el zumbido había desaparecido, pero tampoco había nada que escuchar. El barco estaba en silencio. El único sonido que atender eran los latidos de mi corazón resonándome en la cabeza.
—Chicos, ¿sabéis algo de los demás? —pregunté.
—El jefe Maxey y el agente Runkle están en el puente —dijo Chuck
—. O estaban cuando me fui a la cama. Hacían pruebas con la radio, intentando contactar con algún otro barco que navegue por estas aguas.
— ¿Respondió alguno?
Chuck negó con la cabeza.
—Recapitulemos —propuso Tony—. Carol y los chicos están a salvo. El jefe y Runkle están arriba. Eso nos deja a Nick, Cliff, Murphy y Tran. Y Nick y Cliff probablemente están durmiendo.
La nave tenía un pequeño aparato de televisión y vídeo, que el jefe y diversos guardias de seguridad utilizaban cuando el Spratling estaba atracado en el puerto. Sin ninguna señal de televisión que captar,
actualmente teníamos que conformarnos con visionados repetidos de Patos Salvajes, El Jinete Pálido de Clint Eastwood, El Viaje de nuestra vida, con Tom Skerrit, y Delta Force, con Chuck Norris. Todas las cintas estaban gastadas y con mucho grano. Nick, Cliff y Tum (cuando vivía) solían discutir quién ganaría en una pelea: si Chuck Norris o los zombis. Yo apostaba por Chuck.
—No tengo ni idea de dónde puede estar Murphy —siguió Tony—.
En cuanto a Tran…
Se calló. Sabía en qué estaba pensando.
—Ninguno de nosotros sabe una mierda de él —dije—. Ni siquiera sabemos si es coreano, japonés o chino. Siempre nos referimos a él como
“el chico asiático”. Y es una putada, se merece algo mejor. Quiero decir, imaginaos en su situación. Un extraño entre extraños, viviendo con un puñado de personas que no hablan una sola palabra de su idioma. Apesta, tíos.
Tony sonrió amargamente.
—Sí, menuda situación.
—En caso de que siga vivo —susurró Chuck—. Reconozcámoslo, chicos, no sabemos cuántos quedamos, quién está muerto y quién no.
El pasillo terminaba en una compuerta cerrada. La abrí y me topé de bruces con Nick Kontis.
Estaba hecho pedazos. Le habían arrancado los brazos y las piernas, separado la cabeza del cuerpo y abierto en canal, desparramando sus entrañas por todas partes. De su ropa apenas quedaban jirones. Su frente y sus mejillas estaban cortadas o desgarradas. Largos y sangrientos surcos recorrían su carne. Los miembros de Nick estaban parcialmente devorados, mordisqueados como los muslos de un pavo en Acción de Gracias. Su sangre salpicaba las paredes y sus entrañas habían dejado un rastro por todo el pasillo, como si el que las estuviera devorando hubiera escupido los pedazos cada pocos pasos. A pesar de todo, había tenido suerte. Su atacante había logrado machacarle el cráneo para devorar su interior, de forma que su cabeza sin cuerpo nunca volvería a despertar. Sus ojos muertos nos contemplaban.
Levanté el pie y examiné la suela de mi zapato. No, no había pisado la sangre. Estaba bien, no corría riesgo de infección… en caso de que Nick se hubiera infectado antes de ser desmembrado. Lanzando un suspiro de alivio, me abrí paso entre aquella carnicería.
—Cuidado —advertí a los otros—. No toquéis las paredes, hay sangre por todas partes. No os manchéis.
Tony y Chuck vadearon aquel desastre. Algo se aplastó bajo el tacón de la bota de Chuck y éste gimió. Al examinar la suela, se quedó pálido.
—¿Quién creéis que hizo esto? —preguntó.
—Joan o Alicia —contestó Tony—. O puede que las dos a la vez.
—¿Cómo lo sabes? —dije extrañado.
—Mira los arañazos en la cara de Nick. El que los hizo tenía las uñas bastante largas.
—Eso significa que quizá solo tengamos que enfrentarnos con un zombi más. Quizá dos, si Basil es uno de ellos.
Frente a la siguiente escotilla, encontramos un teléfono rojo de emergencia, que enlazaba directamente con el puente demando. Lo descolgué y escuché cómo sonaba un timbre. Al tercer timbrazo, el jefe Maxey respondió.
—Puente. —Sonaba cansado y frustrado.
—Jefe, soy Lamar. Tenemos un problema.
—¿Qué sucede?
Le expliqué rápidamente todo lo que había ocurrido. El jefe respondió con una sarta de blasfemias muy creativas.
—¿Dónde estáis ahora? —preguntó, cuando dejó de maldecir—. Hay una serie de números grabados junto a la escotilla. Eso me dará vuestra posición.
Los encontré y los leí en voz alta.
—Vale. Seguid avanzando, Runkle ya va para allá. Os encontrará a mitad de camino. Quiero que me informéis periódicamente, utilizad los teléfonos de emergencia como el que estáis usando ahora. Y otra cosa, Lamar…
— ¿Qué?
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
Colgué y me volví hacia Chuck y Tony.
— ¿Están bien? —preguntó el segundo.
Asentí.
—Runkle está viniendo hacia aquí desde el otro extremo del barco.
—¿Él solo? —Chuck soltó una risita—. Ese tipo puede ser un capullo, pero tiene pelotas.
Abrí la siguiente escotilla.
—Intentemos localizar al resto de los zombis, antes de que se encuentre con ellos. Así no tendrá que usar sus pelotas.
De repente, el barco saltó bajo nuestros pies y los tres tuvimos que apoyarnos en los mamparos para mantener el equilibrio. Me dio la impresión de que el jefe había aumentado la velocidad. Cuando estuvimos seguros de que la nave no volvería a derribarnos, seguimos avanzando, aunque, al acercarnos al camarote de Basil, adoptamos más precauciones.
La escotilla estaba abierta y el interior iluminado. Tony y Chuck se pegaron al mamparo y yo me precipité dentro del camarote con la escopeta preparada. Estaba vacío. No había ni rastro de Basil, ni signos de lucha. La manta y las sábanas estaban revueltas y en la almohada todavía podía verse el hueco producido por su cabeza. Junto a la cama pude ver sus zapatos.
—No está aquí —anuncié, retrocediendo de nuevo al pasillo—.
Vamos al camarote del profesor.
Reanudamos la marcha, esta vez con Tony liderando el grupo. Basil nos esperaba. Debía encontrarse en algún otro camarote. Seguramente nos había oído, pero se había visto bloqueado por alguna compuerta. El cadáver de Basil estaba en bastante buen estado, sin marcas de arañazos o mordiscos. Aparentemente había muerto mientras dormía y la Venganza de Hamelin corría por sus venas. Sus labios tenían costras sanguinolentas y una de sus manos aferraba un corazón semidevorado. Seguramente el de Nick.
Tony alzó su rifle e intentó disparar, pero el zombi estaba demasiado cerca y el cañón del rifle chocó contra el mamparo. Chuck y yo nos
encontrábamos al otro lado de la compuerta, y como Tony tapaba casi todo el umbral, no podíamos disparar sin alcanzarle a él también. Basil extendió la mano y se apoderó del cañón del rifle. Tony luchó por liberarlo, pero el otro era más fuerte. Dio un tirón, acercó a Tony hacia él, y éste no pudo impedir que los dientes del zombi se cerrasen sobre su nariz. La sangre salpicó los labios de Basil. Por encima de los gritos agónicos de Tony, pudimos oír como crujía su cartílago. Este soltó el rifle y empujó al zombi.
Basil retrocedió tropezando, llevándose con él la nariz, el labio superior y parte de la cara. Los gritos de Tony se convirtieron un aullido interminable.
Basil frenó inmediatamente su ataque y se dedicó a devorar ansiosamente su trofeo.
Tony cayó hacia atrás, moviendo espasmódicamente los brazos para intentar sujetarse en los mamparos del pasillo, y le dio sin querer una patada al rifle mandándolo en dirección a Basil. Este lo ignoró. Chuck pudo sujetar a Tony antes de que se desplomase y lo arrastró por el suelo. Ahora yo tenía un tiro limpio y apreté el gatillo de la escopeta. Los perdigones impactaron en la cara de Basil, pero no lo derribaron. A pesar de hallarse cerca, el ángulo de dispersión era demasiado amplio y, en lugar de caer, Basil se limitó a tragar. Pude ver como parte de la cara de Tony descendía por su esófago muerto. Imperturbable a pesar de la descarga de perdigones, Basil avanzó hacia nosotros en busca de más carne. Hice saltar el casquillo para colocar otro cartucho en la recámara y volví a disparar. Esta vez le infringí más daño y Basil cayó de espaldas.
Chuck gritó. Me giré y vi como daba vueltas sobre sí mismo, golpeándose contra los mamparos, en un esfuerzo inútil para sacarse de encima a Cliff. Me pregunté de dónde diablos había salido, pues el pasillo estaba desierto un segundo antes. El cadáver de Cliff debía de haberse escondido en algún lugar detrás de nosotros. Chuck siguió dando vueltas con las piernas del zombi aferradas a su cintura y su oreja derecha entre los dientes. Despatarrado en el suelo junto a Chuck, Tony intentaba taponar la hemorragia de su cara con las manos. Cuando Chuck volvió a girar sobre sí mismo una tercera vez, tropezó con el cuerpo de Tony, y él y Cliff cayeron al suelo.
—¡Dispárale al muy cabrón! —gritó.
Volví a recargar la escopeta con dedos temblorosos. Cliff terminó de arrancarle media oreja a Tony y brotó un chorro de sangre que los bañó a ambos. No es que importase mucho —ambos estaban ya casi empapados—
pero Cliff se sentó tranquilamente y nos ignoró a ambos, limitándose a masticar encantado la oreja de Tony.
—Agáchate, Chuck —le ordené—. Estás en mi línea de tiro.
—¡No importa, ya me ha mordido! —aulló—. ¡Aprieta el puto gatillo!
Antes de que pudiera hacerlo, algo se clavó en mi hombro. Grité, al tiempo que me daba la vuelta. Basil se había levantado y lo tenía casi encima. Por increíble que pareciera, mi segundo disparo tampoco había bastado. Los perdigones le habían causado mucho daño —el lado izquierdo de su cara parecía un queso gruyere—, pero sin penetrar en su cráneo ni destruir el cerebro.
Sus fríos y sangrientos dedos tantearon mi pecho. Asustado, le golpeé la mandíbula con la culata de la escopeta y aproveché el segundo de vacilación para meterle el cañón en la boca. Lo mordió con tanta fuerza que vi cómo algunos de sus dientes saltaban por los aires.
—Vete a la mierda, Basil, y reúnete con tu esposa.
Cerrando los ojos y apartando la cara, apreté el gatillo. La cabeza de Basil explotó. Algo húmedo salpicó mi mejilla. Histérico, intenté limpiármelo con la manga.
—Lamar, encárgate tú de Tony —gimió Chuck a mis espaldas.
Un segundo disparo restalló en el pasillo. Cuando me di la vuelta, Cliff resbalaba de espaldas contra un mamparo, con un agujero en la cabeza. Antes de que pudiera reaccionar, Chuck se metió el humeante cañón de la pistola en su boca y volvió a apretar el gatillo. Su cuerpo sufrió un espasmo cuando la parte trasera de su cráneo voló en mil pedazos. El resto de su cabeza parecía un melón podrido tras estar expuesto demasiadas horas al sol, sus brazos y sus piernas se agitaron como si recibieran una descarga eléctrica y la entrepierna de su pantalón se oscureció. Después, quedó inmóvil.
Tanteé a Tony con la punta del pie. No respondió. No sabía si estaba muerto o solo inconsciente, tampoco es que importase demasiado. El veneno corría por sus venas y, a todos los efectos, ya estaba muerto. Pronto volvería a levantarse. Apoyé el cañón de la escopeta en su frente y me aseguré de que eso no pasase.
El silencio volvió a reinar en el pasillo lleno de humo, o quizá era yo que me había quedado sordo. Contemplé conmocionado los cuatro cadáveres. Todo había pasado demasiado rápidamente, sin tiempo para pensar, solo para actuar, para dejarse arrastrar impulsiva, instintivamente.
Tanteé mis bolsillos, intentando contar los cartuchos que me quedaban.
Incluso pensé en llevarme las armas de Tony y de Chuck, pero ambas estaban machadas de sangre y no quise arriesgarme. Ya lo había hecho cuando le disparé a Basil.
Tras asegurarme que el pasillo estaba desierto, volví al camarote de Basil y abrí su taquilla. En el fondo encontré una camiseta limpia con la inscripción MALCASA POINT ES IDEAL PARA LOS AMANTES.
También una maquinilla de afeitar, una pastilla de jabón, un frasco de loción para después del afeitado y un tubo de pomada antibacteriana.
Limpié mi escopeta con un par de calcetines y la desinfecté con el aftershave. Después lo utilicé para lavarme las manos, las froté con el jabón y terminé de secármelas con parte de su ropa interior. Tras comprobar que estaban limpias, me froté la cara con la loción para después del afeitado. El alcohol hizo que me ardiera, pero era un dolor soportable y bien recibido.
Me miré en el espejo, buscando arañazos o cortes, lo que fuera que hubiera permitido la entrada de la infección. Cuando no descubrí nada peligroso, solté un suspiro de alivio. Me quité mi ensangrentada camiseta, desgarrándola para no tener que pasarla por encima de la cabeza; después, me puse la nueva que encontré en la taquilla. Me quedaba un poco apretada en la cintura y en los hombros, pero podía pasar. Finalmente, me extendí en la cara y en las manos un poco de pomada antibacteriana, solo por precaución. Había visto con mis propios ojos los efectos de la Venganza de Hamelin. Cuando Tum y Mitch se infectaron, la enfermedad se propagó
muy rápidamente, enfermando en pocos minutos. Yo no me sentía enfermo, así que supuse que todo iba bien.
Cerré los ojos y le recé a un Dios en el que no creía. Durante toda mi vida, estuve seguro que no se preocupaba por la gente como yo, que había enviado a un ángel para aniquilar Sodoma y Gomorra precisamente por la gente como yo. Pero deseé que, si existía, esta vez hiciera una excepción…
si no por mí, por los chicos. Tasha y Malik no le habían hecho nada, no se lo merecían. Se merecían un mundo mejor que el que teníamos ahora.
—Amén —exclamé en voz alta, aunque apenas pude oírme a mí mismo.
No me sentí diferente. No aprecié esa calma o esa paz que aporta una plegaria, según dice la gente religiosa. Recordé la pintada que alguien hizo en aquella iglesia de Baltimore: DIOS HA MUERTO. Quizá era verdad. De ser cierto, quizá no era más que otro zombi. Su hijo había resucitado de entre los muertos, ¿no? Quizá había resucitado hambriento.
Abrí los ojos, recogí la escopeta y me alejé de aquel matadero.
Cuando estaba cruzando la escotilla, sucedieron dos cosas simultáneamente: una explosión sacudió el barco y alguien disparó contra mí.
CAPÍTULO ONCE
Al principio, creí que los dos estallidos eran una sola explosión. El primero fue ahogado y procedía de otra parte de la nave, pero lo bastante potente como para hacerme perder el equilibrio. El Spratling se inclinó a estribor y me vi lanzado contra el mamparo, perdiendo la escopeta. La segunda explosión fue mucho más cercana. Algo rozó mi cabeza, zumbando como un mosquito y se estrelló en la compuerta con un sonido seco. Fue entonces cuando comprendí que alguien había disparado contra mí.
— ¡Eh! —grité de rodillas—. ¡Alto el puto fuego!
— ¿Lamar? —La voz pertenecía a Runkle. Un segundo después, asomó por una esquina del pasillo—. Oh, mierda.
— ¡Maldito racista hijo de puta! —escupí, mientras me ponía en pie.
Mis piernas seguían temblando y tuve que apoyarme en un mamparo para conservar la vertical. Entonces me di cuenta que no era por culpa de mi falta de equilibrio, sino que el barco se estaba escorando a estribor.
—Lo siento, tío —se disculpó Runkle, bajando su arma y mostrando la palma de la otra en señal de apaciguamiento—. Creí que eras un zombi.
Oí disparos y vine corriendo, cuando olí el humo supuse que…
—Sí, bueno. Vale —lo interrumpí—. Ya sabes lo que suele decirse de las suposiciones, Runkle. Casi me vuelas la puta cabeza. De no ser porque el barco se inclinó…
—Sí, ¿por qué se inclinó? Sentí una vibración bajo mis pies.
— ¿Cómo cojones voy a saberlo? Estaba demasiado ocupado esquivando tu bala, estúpido gilipollas.
—Oye, ya te he dicho que lo siento —respondió ofendido y alzando la voz—. Ahora podemos quedarnos aquí y seguir discutiendo, o averiguar qué diablos ha pasado. ¿Qué prefieres?
—Tienes razón, necesitamos concentrarnos. Ya acabaremos de discutir después.
—Si hay un después. ¿Qué coño ha pasado aquí?
Le hice un resumen rápido de lo que había ocurrido hasta entonces, terminando con el suicidio de Chuck y la muerte definitiva de Tony a mis manos.
Runkle contó con los dedos:
—Eso nos deja a nosotros dos, Carl, Tran, Murphy y el jefe Maxey...
a la espera de saber lo que le ha pasado al profesor, ¿correcto?
Asentí.
— ¿No has visto a nadie que no sea el jefe?
—No. Los pasillos están desiertos. Suponía que todo el mundo estaba durmiendo hasta que escuché los disparos.
El guardacostas se inclinó todavía más a estribor. Escuchamos un gruñido pesado, metálico, bajo el casco. Una alarma se disparó y la voz del jefe surgió por los altavoces.
“Esto no es un simulacro. Repito, no es un simulacro. Se ha abierto una brecha en el casco por la sección de popa. Reunión inmediata en la cubierta de vuelo. ¡Prepárense todos para abandonar el barco!”.
Runkle encontró un teléfono de emergencias y contactó con el puente. Mientras hablaba con el jefe Maxey, me pregunté qué rayos estaba pasando. Su rostro se quedó en blanco, dejó de hablar y solo escuchó. Pero, poco a poco, adquirió una expresión preocupada.
—De acuerdo —terminó accediendo—. Comprendo. Se lo diré.
Colgó el teléfono y se quedó contemplando el suelo.
— ¿Qué sucede? —pregunté—. ¿Qué diablos está pasando? ¿Tenemos que abandonar la nave?
—Tenemos una brecha en el casco.
—Eso ya lo sé, lo ha dicho el jefe por los altavoces.
—Está entrando mucha agua. Nos hundimos.
—Oh, mierda.
—Sí, mierda. —Se secó el sudor de la frente—. La explosión que oímos… El jefe dice que, lo que sea que la haya provocado, ha abierto un agujero enorme y… Bueno, y que tuvo lugar en la zona de los camarotes.
Empecé a correr, incluso antes de que terminase de hablar.
—¡Lamar, espera! —gritó—. ¡No puedes hacia proa!
—Tasha, Malik y Carol están allí.
—El camarote debe estar inundado… puede que todo el pasillo lo esté. ¿Y qué pasa con el profesor? ¡Tenemos que encontrarlo antes de que mate a nadie más!
— ¡Búscalo tú! ¡Tengo que cuidar de los míos!
— ¡Lamar, maldita sea! ¡Vuelve aquí! Eso no nos ayudará.
Lo ignoré. Corrí a través de los pasillos, franqueando compuerta tras compuerta, con la escopeta preparada por si acaso el profesor o cualquier otro infectado saltaba sobre mí, pero no vi a nadie. Sorteé los restos de Nick y vi a Carol, Tasha y Malik corriendo hacia mí.
— ¡Lamar, el barco se está hundiendo! —gritó Tasha.
—Lo sé, lo sé. —Apoyé la escopeta en el mamparo y abrace a los chicos. Y después a Carol. La sentí temblar contra mi cuerpo, aterrorizada e hiperventilada.
— ¿Todo el mundo bien? —pregunté.
—Sí —reconoció Malik—. Pero estamos jodidos por culpa de las granadas.
Suspiré.
—Creí haberos dicho que os quedaseis en el camarote. ¿Qué hacías con las granadas de Mitch? Podías haberte infectado o…
—No hacía nada. De verdad.
—Entonces, ¿cómo…?
—Fue Tran.
— ¿Tran?
Malik asintió.
—Sí, se había convertido en una de esas cosas.
—Lamar, el nivel del agua sigue subiendo —advirtió Carol—.
Tenemos que movernos.
Rehicimos el camino que había recorrido unos segundos antes, en dirección a la escalera más próxima, para reunirnos en cubierta con el resto de los supervivientes.
—No fue culpa nuestra —explicó Tasha, mientras corríamos—.
Estábamos en el camarote como nos ordenaste. Pero entonces, oímos ruidos fuera. La señorita Beck creyó que eras tú que volvías y echamos un vistazo.
Pero no eras tú, era Tran. Estaba todo… lleno de sangre y le faltaban algunos dedos.
—Intenté volver a cerrar la escotilla —siguió Carol—, pero los niños insistieron que teníamos que defendernos. Salieron al pasillo antes de que pudiera detenerlos.
Fruncí el ceño.
—Os dije que obedecierais a la señorita Beck. Podrían haberos matado.
—Todo lo contrario, Lamar —me contradijo Carol—. Seguimos vivos gracias a eso. Si no hubieran salido al pasillo, odio pensar lo que hubiera pasado.
—Tran se estaba comiendo a Mitch —dijo Tasha en voz baja— No nos hizo caso. Intenté dispararle, pero el rifle no funcionó. No me acordé que tenía el seguro puesto.
—Debiste darte cuenta —la interrumpió Malik—. Mitch debió de darme el rifle a mí, y no este cuchillo.
—Tú calla —protestó Tasha, antes de seguir hablando conmigo—. El caso es que Tran cogió una de las granadas y empezó a lamerla, supongo que porque estaba llena de sangre de Mitch. Como no podía disparar, decidimos venir a buscarte. Teníamos miedo. Tran tenía la granada y no sabíamos si sabía cómo usarla o no.
Cada vez que llegábamos a un nuevo tramo de pasillo, Carol cerraba la compuerta detrás de nosotros y se aseguraba de que permaneciera así.
Llegamos a una escalera y ascendimos de nivel. El aire parecía extrañamente cargado, como la atmósfera antes de una tormenta de rayos.
Probablemente se había desatado un fuego eléctrico en alguna parte del barco. Jirones de humo flotaban contra el techo.
—Empezamos a correr —dijo Malik, siguiendo con su relato—, y ya llegábamos al final del pasillo cuando tiró de la anilla. No creo que supiera lo que estaba haciendo. Fue pura mala suerte.
—¿Y qué hicisteis entonces?
Malik rió.
—Salimos corriendo de allí, claro.
—Fue horrible —dijo Carol con un escalofrío—. Tran, el pobre…
explotó, y sus restos quedaron diseminados y pegados a los mamparos. Las otras granadas estallaron por simpatía y toda la zona de camarotes quedó destruida. Si no hubiéramos cruzado ya una escotilla, estaríamos muertos.
Todo el pasillo… simplemente desapareció. Lo último que vi antes de cerrar la escotilla fue el agua entrando a raudales. No pudimos ver nada más a causa del humo. El agua se coló por las rendijas de la primera escotilla y de
la segunda. Las fuimos cerrando todas a medida que las cruzábamos para frenar la inundación todo lo posible.
Me detuve frente a un teléfono de emergencia para llamar al puente, pero no funcionaba. No emitía la señal del tono, solo silencio, el humo se iba espesando sobre nuestras cabezas.
— ¿Pudisteis escuchar el aviso del jefe por los altavoces?
—No —respondió Carol—. Los altavoces no funcionaban en nuestra sección, la explosión debió dañarlos.
—Ordenó abandonar la nave, así que conocía la brecha del casco.
Debe de haber sensores o algo así que le pusieron sobre aviso. Se supone que debemos encontrarnos con él en la cubierta de vuelo.
— ¿Cómo va a reparar la nave? —preguntó Malik.
—No creo que pueda —reconocí—. Por eso dio la orden de abandonar el barco. Tendremos que usar el bote salvavidas.
Tasha se alarmó.
— ¿En el agua? Pero tú dijiste que ahora también había zombis en el océano, que los peces también se habían infectado. ¿Qué les impedirá atacarnos en un bote salvavidas?
Los tres me miraron fijamente.
—Vamos, tenemos que movernos —ordené, intentando ocultar mi preocupación—. No creo que los peces puedan hacernos daño. Son pequeños y la mayoría no tienen dientes.
—Mierda —exclamó Malik—. ¿No has visto esa película de Samuel L. Jackson en la que se pelea con unos tiburones? Eran muy grandes y tenían muchos dientes.
El humo seguía espesándose y su olor era amargo, acre. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Una lluvia de chispas cayó sobre nosotros, procedente de un conducto de ventilación. Levantando nuestras armas para protegernos, nos dirigimos a una nueva escalera que conducía a cubierta.
—En serio, Lamar —insistió Tasha—. ¿Cómo vamos a protegernos en medio del mar? Seremos como peces en un barril.
—Ya nos preocuparemos de eso después —respondí—. Además. Es imposible quedarse en el barco, nos ahogaríamos.
Malik no parecía nada convencido.
—Prefiero ahogarme que ser mordido por un zombi.
Le cedí la escopeta a Carol, ascendí por la escalera y abrí la escotilla.
Frías gotas de lluvia cayeron sobre mis manos y mi cara.
—Maravilloso —exclamé—. Por si fuera poco, tenemos tormenta.
—¡Lamar! ¡Carol! ¡Esperad!
Era Runkle. Descendí por la escalera y esperé que llegara a nuestra altura; parecía sin aliento, con el pelo pegado a la cabeza a causa del sudor.
Por lo visto, había encontrado un viejo chaquetón de marino y lo llevaba puesto. Era por lo menos dos tallas mayor de la suya.
—¿Algún rastro del profesor? —le pregunté.
—No, pero encontré a Murphy. Era uno de ellos.
—¿Lo…?
Asintió.
—Tran también estaba infectado —le informé—. Hizo estallar las granadas. Ellas provocaron la explosión que oímos.
Desvió la vista hacia Carol y los chicos.
—¿Vosotros estáis bien?
—Sí —admitió Carol—, pero deberíamos reunirnos con el jefe, ¿no creéis? Nos estará esperando.
—Buena idea —admití. Volví a ascender por la escalera y me giré hacia Runkle—. Será mejor que te levantes el cuello de ese chaquetón. Está lloviendo.
—Lo sé. Por eso cogí el chaquetón.
Hice una pausa.
—¿Y cómo sabías que estaba lloviendo? ¿No habías bajado a las cubiertas inferiores para buscar al profesor?
—Claro, pero hablé con el jefe por teléfono —explicó, frunciendo el ceño—. Él me dijo que había estallado una tormenta.
—¡Qué raro! Nosotros intentamos hablar con el jefe, pero los teléfonos de emergencia no funcionaban. La explosión los estropeó.
—¿En serio? —se encogió de hombros—. Debieron estropearse algunos, no todos. No tuve ningún problema para hablar con el jefe.
Yo había crecido en el gueto, sabía cuando alguien intentaba tomarme el pelo. Y Runkle estaba mintiendo pero no sabía por qué o sobre qué. ¿Por qué había robado el chaquetón? Parecía algo estúpido dadas las circunstancias. Claro que él había sido policía. Quizá para Runkle robar algo supusiera un dilema moral. O quizá solo estaba asustado. Yo lo estaba, así que, ¿por qué no podía estarlo él? Decidí dejar correr el tema.
Recuperé la escopeta de manos de Carol y terminé de ascender hasta cubierta. Tasha y Malik me siguieron, después le tocó el turno a Carol, y por fin a Runkle. Nos vimos azotados por la lluvia y el viento, y la sal nos irritó los ojos. La temperatura había descendido y me estremecí. La fina camiseta de Basil se pegó a mi piel húmeda. La visibilidad era muy limitada, pero la cubierta de vuelo estaba desierta, no había nadie ni vivo ni muerto. El Spratling seguía inclinado por estribor y, cuando intentamos acercarnos al bote salvavidas, nos dio la impresión de estar escalando por una colina. Peor aún, ya que la cubierta estaba húmeda y resbaladiza. Cada vez que el barco remontaba una ola, teníamos que luchar para mantener el equilibrio.
— ¿Y ahora qué? —gritó Carol por encima del rugido de la tormenta.
Miré a nuestro alrededor y capté movimiento por el rabillo del ojo.
Preparé mi escopeta, pero solo era el jefe Maxey avanzando trabajosamente hacia nosotros, sujetándose a la barandilla. Llevaba una pequeña radio en los brazos y luchaba porque no se le cayera.
—GPS —dijo, sosteniendo la radio en alto para que la viéramos bien
—. Global Positioning Satellite. Os lo creáis o no, esta maldita cosa aún funciona. Supongo que el satélite debe seguir activo ahí arriba, esperando que alguien le diga lo que tiene que hacer. He programado las coordenadas de la plataforma petrolífera y deberíamos llegar por la mañana.
— ¿Por la mañana? —Carol pareció sorprenderse—. ¿Tendremos que pasar toda la noche en el océano?
—No tenemos elección, señorita Beck —asumió el jefe—. Usted puede quedarse a bordo si lo prefiere, pero yo no pienso hacerlo. Si viene conmigo, le prometo que haré todo lo posible para mantenerla a salvo.
Me limpié la lluvia de los ojos.
— ¿No se supone que el capitán es el último en abandonar el barco?
—No soy capitán, señor Reed —sonrió—. Solo un contramaestre, pero sigo manteniendo que las mujeres y los niños van primero. ¿Listos para subir al bote salvavidas?
El jefe Maxey nos indicó lo que debíamos hacer. Mientras preparábamos el bote, me fijé en que Runkle no dejaba de hacer muecas como si algo le doliera mucho. Y por la forma en que se inclinaba, parecía afectarle el costado izquierdo.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Me duele el costado —jadeó—. Demasiada excitación para una noche, solo necesito descansar.
El jefe me dio unos golpecitos en el hombro llamando mi atención.
—Necesitaremos algunos suministros. Agua y comida para unos cuantos días, por ejemplo. ¿Quiere echarme una mano?
—Por supuesto.
Dejamos a Runkle para proteger a Carol y a los chicos, y nos dirigimos a la cantina. La inclinación del barco empeoraba a cada segundo y podíamos oír cómo el casco se quejaba y gruñía por la presión del agua.
Un espeso humo negro salía de las compuertas abiertas.
Tasha había dicho que al cadáver ambulante de Tran le faltaban dedos. Los encontramos en la cantina, tirados en el suelo en medio de un charco de sangre; uno de ellos conservaba el anillo de casado. Ni siquiera me había fijado en él antes, ni me había molestado en averiguar cosas de su dueño… ahora ya no podía. Volví a sentir lástima por Tran. Morir ya era malo de por sí, morir y convertirse en un cadáver animado era peor. Pero, de alguna forma, su muerte anónima me parecía mucho peor todavía. ¿Cuál era el monomito de Tran? ¿Qué clase arquetipo representaba? ¿El olvidado, el cordero del sacrificio, el extra de película, el camiseta roja de Star Trek destinado a ser mera carne de cañón?
Me llevé los dedos a los labios reclamando silencio y me acerqué al jefe.
—Runkle ha dicho que se encargó de Murphy, así que el profesor debe andar por aquí. Tenga cuidado.
Él asintió, y nos dirigimos al compartimento de la comida deshidratada. Yo llevaba la escopeta cargada y preparada. Estaba desierto.
Cada uno cogimos un saco de arpillera que antes había contenido patatas y los llenamos con tantas botellas de agua y paquetes de comida como podíamos transportar. Cargamos los sacos al hombro y volvimos a sumergirnos en la tormenta.
—¿Habéis encontrado al profesor? —nos preguntó Runkle. Parecía faltarle el aliento.
—No —respondí—. ¿Nada por aquí afuera?
—Nada. Y como ya dije antes, me encargué personalmente de Murphy.
Otro temblor recorrió el barco, derribando a Malik y a Carol sobre cubierta. Las olas ya sobrepasaban la barandilla. Los rayos surcaban el cielo.
—Se nos está acabando el tiempo —advirtió el jefe Maxey—.
¿Seguro que no queda nadie más vivo a bordo?
Runkle y yo asentimos al unísono.
—Entonces, sugiero que embarquemos. Carol y los niños primero, Después ustedes, caballeros.
Subimos al bote y el jefe Maxey manipuló el cabestrante, mientras amontonábamos los suministros en lugar seco bajo un banco. El jefe le echó una última mirada al Spratling, parecía a punto de llorar. Las poleas crujieron cuando el bote empezó a descender hacia la agitada superficie del océano. El jefe saltó a bordo y el añadido de su peso hizo que se balanceara y chocara contra el costado del guardacostas. Carol gritó y los demás buscamos dónde sujetarnos. Éramos seis y solo había cuatro chalecos salvavidas. Runkle rechazó el suyo y el jefe insistió en que yo aceptase uno; el resto fue para Carol, Tasha y Malik.Cuando el bote impactó contra la superficie, el jefe soltó las sogas y encendió el motor.
—Gracias a Dios que volvimos a llenar el depósito cuando volvisteis de la estación —comentó—. Si no, sería un viaje muy corto.
Cuando nos alejamos del Spratling, pude echarle un buen vistazo al agujero del costado. Era un agujero enorme, con los bordes en forma de
dientes de acero, tan retorcidos como ennegrecidos. Por él se colaba ola tras ola de agua. Casi la mitad del barco se encontraba ya bajo la superficie y me pregunté si habría peces nadando por los pasillos. La popa se elevó por los aires. Una humareda negra y espesa, y unas llamas anaranjadas surgían del pantoque.
— ¡Cristo, fijaos en eso! —musité.
La proa se zambulló en el océano y la popa se elevó todavía más. El Spratling perforó el agua como una flecha mientras nos alejábamos para evitar que nos arrastrara con él. El jefe Maxey aumentó la velocidad.
Manchas de aceite en llamas cubrían la superficie a pesar de la lluvia. Un remolino circundó el naufragio, absorbiendo algunos escombros flotantes que habían sido parte de la cubierta de vuelo.
— ¡Mirad! —Malik se puso en pie y señaló algo. El bote se zarandeó por el repentino movimiento, sorprendiéndonos a todos.
—¡ Malik! —protestó Carol—. ¡Siéntate antes de que nos vuelques!
—Pero… ¡es el profesor Williams!
Todos miramos hacia el punto que señalaba. El cadáver animado del profesor ascendía y descendía en el agua, atrapado por la succión del Spratling. Agitaba los brazos inútilmente, como si estuviera despidiéndose de nosotros y, de repente, desapareció bajo la superficie. El dolor me oprimió el corazón. Me gustaba aquel anciano, nunca podría volver a oler tabaco de pipa sin pensar en él. Pero, incluso en mi tristeza, supe que había muerto mucho antes: murió en el mismo momento en que fue infectado por el atún.
El guardacostas no tardó en desaparecer también bajo las aguas y enormes burbujas reventaron en la superficie señalando su partida. Las lágrimas corrían por las mejillas del jefe Maxey mientras lo veía hundirse.
—Ahí va todo lo que tenía —confesó—. Ese barco le daba significado a mi vida, toda ella estaba ligada al Spratling. Mis mejores amigos fueron los chicos con los que serví a bordo. Un buen equipo, todos jóvenes por entonces. No siempre mantuve el contacto, pero solía pensar en todos ellos. Creo que suele pasar a menudo entre el personal militar.
Servimos juntos y convivimos juntos más tiempo que la mayoría de la
gente; se forman lazos, lazos inquebrantables que es difícil que comprendan o aprecien los civiles. Pones en sus manos tu propia vida, confías en ellos más de lo que nunca confiarás en otras personas, incluidos tu esposa y tus hijos. Pero, cuando todo termina, pierdes el contacto. Intentas escribirte con ellos, y algunos incluso te contestan, te envían postales por Navidad o las fotos de sus hijos, y luego, con el paso de los años, ni siquiera eso.
Supongo que se agotan los temas, da la impresión de que todo cuanto haces o dices es rememorar los viejos tiempos. Cuando el Museo Marítimo me contrató como conservador y guía turístico, pensé mucho en ellos. Ese barco estaba embrujado, veía fantasmas en todos los rincones.
— ¿Fantasmas? —se interesó Malik, volviendo a sentarse.
El jefe Maxey le guiñó un ojo.
—No fantasmas de verdad, Malik, no de los que asustan. Más bien los fantasmas de mis recuerdos. Nadie llegó a conocer ese barco mejor que yo, formábamos parte el uno del otro. Cuando lo salvaron del desguace, nunca pensé que terminaría así. No después de todo lo que hemos pasado juntos. Nunca pensé que moriría.
—Mire el lado bueno —apunté.
—¿Qué lado bueno, señor Reed?
—Puede que el Spratling haya muerto, pero al menos seguirá así. No regresará de la tumba.
—Bien pensado.
Maxey siguió pilotando a través de la tormenta. Carol y los chicos se acurrucaron bajo una tela plastificada, intentando conservar el calor. Yo me froté los cansados ojos e intenté permanecer alerta. Runkle se recostó contra la borda y cerró los ojos.
Los rayos surcaban el cielo por encima nuestro y la muerte acechaba bajo las aguas… Flotamos en la oscuridad.
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