Mar Muerto
Capítulo Cinco
No recuerdo mucho de aquella primera noche a bordo del Spratling.
Estábamos deshidratados y agotados por nuestra odisea, y todo se me antoja borroso. Cuando el barco se alejó lo suficiente de la ciudad, navegando por la bahía de Chesapeake, y el incendio era apenas un distante fulgor en el horizonte, todos nos relajamos un poco. Pero había muchas cosas por hacer. Mitch y yo buscamos habitación —el guardacostas de uniforme se empeñaba en que usáramos el término “camarotes”— para los chicos y para nosotros. Terminamos juntos en un cuartito con seis literas, tres a cada lado. Debajo del colchón de cada litera teníamos un pequeño espacio para guardar nuestras cosas, y cada uno disponía también de una pequeña taquilla donde almacenar pertenencias... aunque no es que tuviéramos muchas. Yo dejé mi cartera y mis llaves en la taquilla, pero me sentí raro. Para lo que me servían ahora, bien podía haberlas tirado por la borda. Las llaves eran todo lo que me quedaba de la vida que había dejado atrás, una vida que nunca recuperaría. Y la cartera estaba vacía: no tenía ni fotos ni dinero. Nunca había llevado fotos en ella. En cuanto al dinero...
bueno, nunca había tenido mucho y ahora tampoco lo necesitaba. ¿De qué sirve el dinero cuando no hay nada que comprar? ¿De qué sirven las fotos de familiares y amigos cuando todos están muertos? No tenía gente de la que preocuparme demasiado. Si tuviera fotos de ellos y las mirase, solo vería zombis.
Mitch sacó de su mochila un pequeño kit de limpieza y se puso a trabajar en su rifle y sus pistolas, utilizando palitos rematados por bolas de
algodón para eliminar los residuos de los cañones, y después los aceitó con cuidado. Nos explicó a los tres cada uno de los pasos, para que fuéramos capaces de imitarlo cuando fuera necesario. Al terminar, escondió las armas bajo su colchón, excepto una pistola que dejó bajo su almohada. No vació el contenido de su mochila, sino que la guardó entre su litera y el mamparo.
Se quitó las botas y se tendió en la cama. Todos hicimos lo mismo. Cada cama tenía una pequeña almohada de plumas, una sábana y una delgada manta grisácea, tan basta y áspera que tuve la impresión de que estaba hecha de pelo de caballo. Olía a moho y humedad.
—La almohada apesta —me quejé.
—La mía también. —Tasha arrugó la nariz—. Huele a zombi.
—No os extrañe —intervino Mitch—. Probablemente se han pasado en este barco los últimos veinte años.
— ¿Qué quieres decir? —pregunté, incorporándome sobre un codo.
—Ésta es una nave-museo —explicó—. El Spratling es parte de la historia norteamericana, así que en lugar de enviarlo al desguace para hacerlo pedacitos, el Museo Marítimo lo transformó en una trampa flotante para turistas, como todos los demás barcos de Inner Harbor.
—De acuerdo. ¿Y qué tiene que ver todo eso con que las almohadas huelan raro?
—Piénsalo, Lamar. Esto es un museo, una atracción para turistas.
¿Cuánto hace que vives en Baltimore?
Me encogí de hombros.
—Toda mi vida.
— ¿Y nunca has visitado ninguno de los barcos? ¿Ni siquiera el Taney cuando estaba fondeado aquí?
—No. Quiero decir, sé que existían, que estaban aquí, incluso sabía algo de su historia... pero nunca los visité.
—Maldita sea. Bueno, no puedo reprochártelo. Viví muchos años en Towson y nunca visité la tumba de Edgar Allan Poe.
Eso me dijo algo sobre él. Towson estaba en las afueras, más allá de los límites de la ciudad. Me pregunté qué habría llevado a Mitch hasta Fells Point.
— ¿Eres fan de Poe? —le pregunté.
—Claro. Leí toda su mierda cuando estaba en noveno. Mi abuelo me regaló una colección de sus obras, pero mi favorita siempre fue “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym”. —Se le escapó una risita—. Ahora que lo pienso, la novela estaba ambientada en un barco que navegaba rumbo al Polo Sur.
—Si tanto te gustaba lo que escribió, ¿por qué no visitaste nunca su tumba?
—No me gustaba tanto como para visitar aquella zona de la ciudad.
No era muy recomendable, ¿sabes?
Volví a encogerme de hombros.
—Cuando vives en una zona como la mía, todas te parecen poco recomendables, Mitch. Así son las cosas, acabas acostumbrándote.
—Sí, puedo imaginármelo.
Pero supe que no se lo imaginaba. No podía, no tenía referencias, solo lo que habría visto en series de televisión como Homicidio o The Wire. Tasha y Malik sí lo sabían, pero no dijeron nada. No hacía falta. La expresión de sus caras lo decía todo. Mitch había vivido en otro mundo.
—Bien —siguió Mitch—, el Spratling siempre ha sido una atracción muy popular, y no solo para los turistas. A bordo se celebraban bodas y cosas de este tipo. Así que por aquí ha pasado un montón de gente durante todos esos años. Cuando la gente visitaba este trasto, quería experimentar exactamente cómo era la vida de los marineros que servían aquí.
Embarcaban por la pasarela como hemos hecho nosotros, y la gira los traía bajo cubierta. Les enseñaban todo y respondían a todas las preguntas. Y
como en cualquier otro museo, podías ver fotos antiguas, el diario del capitán y mierda así. Y por supuesto las literas, tal como eran cuando el Spratling estaba en servicio activo.
—Quieres decir...
—Exacto. Las almohadas apestan porque miles de turistas han bajado a los camarotes y se han acostado aquí. Imagínate a una ama de casa de Illinois diciendo: “Oye, George, túmbate en la cama como lo haría un marinero y te sacaré una foto con los niños”. Piénsalo.
Arrugué la nariz.
—Eso es asqueroso.
Exhaustos por todo lo que habíamos pasado, Tasha y Malik cayeron dormidos casi al instante. Mitch y yo permanecimos tendidos en la oscuridad sin hablar para no molestarlos. Ellos se habían quedado con las literas superiores de cada lado, y Mitch y yo las inferiores. Las otras dos quedaron vacías y supuse que habría bastantes camarotes como para no tener que compartir el cuarto con dos extraños más. Tasha roncaba suavemente y Malik gritó una vez en sueños, pero se calmó. Me pregunté en qué soñarían. ¿Estarían reviviendo el día o imaginándose a sus parientes y amigos como zombis? A mí me había ocurrido, o eso deducía de los sueños de los demás, presumiendo de conocerlos y comprenderlos, dado que yo no me acordaba de los míos.
Mitch salió de su litera y agitó un paquete de cigarrillos ante mí, dando a entender que salía fuera a fumarse uno. Asentí. Caminó de puntillas hacia la salida y abrió la escotilla. A pesar de sus esfuerzos por hacerlo en silencio, la puerta de acero chirrió cuando la cerró tras él. Los chicos ni siquiera se movieron.
El guardacostas se mecía suavemente. Casi no lo notabas, a menos que intentases caminar o yacieras de espaldas; entonces, la sensación se hacía más fuerte. Era un balanceo constante y firme. Mi estómago se sacudía cada vez que se movía, una bilis amarga me subía por la garganta, mis tímpanos , latían. Me pregunté si solo sería el mareo y un shock retardado por los acontecimientos del día. Estaba exhausto pero no creía que pudiera dormir. Pero lo hice. Me dormí pensando en Alan, el supermercado y la puta a la que le volé la cabeza.
Si soñé algo, no lo recuerdo.
Nunca lo hacía.
Al día siguiente, descubrí por mí mismo lo que Mitch había querido decir la noche antes. El Spratling solo era un museo flotante. Todo el interior del barco había sido restaurado, pero gran parte del equipo no servía. Me pregunté qué funcionaría y qué no. Por suerte para nosotros, al
menos era capaz de navegar. Por toda la nave se exhibían recuerdos enmarcados de sus años de servicio: uniformes, réplicas de las armas, fotografías antiguas, páginas del diario de a bordo, menús y otras cosas.
Algunas se encontraban tras vitrinas de cristal, con efectos de sonido y una narración explicativa, y cuerdas de terciopelo rojo evitaban que los turistas se acercaran demasiado.
Encontramos las duchas fácilmente, pero no funcionaban. Un tipo blanco llamado Murphy estaba frente al fregadero, delante de un espejo roto, afeitándose sin agua, jabón o espuma de afeitar. Cada vez que se pasaba la hoja de afeitar por la cara hacía un gesto de dolor. Su nariz estaba llena de venitas rojas que delataban su alcoholismo. Tras presentarse, nos dio una botella de agua para que al menos pudiéramos lavarnos los dientes.
Mitch tenía pasta dentífrica en su mochila. Tasha, Malik y yo utilizamos los dedos para frotarnos los dientes. Tampoco teníamos ropa limpia; mis pantalones estaban sucios, rígidos. Estaba seguro que, si me los quitaba, se aguantarían de pie. Una mujer de mediana edad que ocupaba el camarote contiguo y que se presentó como Joan Barnett, le prestó a Tasha una camiseta, pero Malik y yo no tuvimos tanta suerte. Mitch tenía una muda de ropa interior, pero nada más. Me fijé en que después de lavarse los dientes y vestirse, se ciñó el cinturón con la cartuchera. El resto de las armas quedaron en su taquilla.
La mayoría de la gente de a bordo se congregó en la cocina. Un tipo llamado Cleveland Hooper y otro asiático llamado Tran estaban sirviendo el desayuno: cereales, piña en lata, barritas energéticas y mermelada. Ni bacon, ni huevos, ni tortitas, ni fruta fresca. Había café, pero no leche, solo bolsitas de azúcar y crema en polvo. Teníamos muchas botellas de agua y zumo de naranja concentrado, que me supo mejor que cualquier otro que hubiera bebido en mi vida. No podía acordarme de la última vez que bebí zumo de naranja.
—Me alegra verte, hermano —me saludó Hooper, mientras dejaba unos cuantos trozos de piña en almíbar sobre mi bandeja.
— ¿Por qué? —pregunté desconcertado.
—Porque somos los dos únicos negros a bordo. Todos los demás son blancos, menos Tran, y no habla inglés. Tú y yo podemos repartirnos las mujeres y demostrarles lo que es una buena polla.
— ¿Ah, sí? —fingí interesarme, aunque lo que realmente quería era comer. Cuanto antes pudiera terminar con aquella conversación, mejor.
—Sí, tío. Esto es la central de los coños, hermano. Tenemos unas cuantas tías aprovechables, solo espero que la mitad no sean bolleras.
¿Entiendes lo que quiero decir?
Mi expresión se endureció.
—No, no sé lo que quieres decir. Y no soy tu hermano, no vuelvas a llamarme así.
— ¿Cuál es tu problema, tío? —preguntó Hooper, soltando el cazo.
—Tú. Tú eres mi puto problema.
Preferí marcharme y no convertir aquello en una pelea. Oí como susurraba a mi espalda que yo era un jodido tío Tom. Me senté al lado de Mitch, con Tasha y Malik frente a nosotros. Tenía los hombros tensos y la mandíbula apretada.
—De toda la gente que ha quedado viva, hemos tenido que toparnos con un gilipollas homófobo. Tendríamos que haberlo dejado en el puerto.
Malik dejó de masticar y me miró.
— ¿Qué es lo que ha dicho? Bollera. ¿Qué significa eso?
—Es una palabra fea —le expliqué—. La gente la utiliza para referirse a las mujeres que son gays, pero resulta insultante.
— ¿Gays? —Malik le dio un mordisco a su barrita— ¿Así que una bollera es una mujer marica?
—Malik, no digas eso.
— ¿El qué?
—Marica. Maricón. No es una palabra agradable. ¿Sabes lo que significa?
Se encogió de hombros.
—Sí. Cuando dos hombres se besan, y se abrazan, y todo eso.
—Es una forma de describirlo, supongo. El caso es que no deberías emplearla.
— ¿Por qué no? Todos mis amigos la usan.
Suspiré.
— ¿Te acuerdas anoche, cuando estábamos en vuestro apartamento?
El rostro de los chicos adoptó una expresión huraña. Me sentí culpable por despertar en ellos malos recuerdos.
—Sí, me acuerdo —terminó aceptando Malik.
— ¿Te acuerdas cuando usaste la palabra negrata y te dije que no lo hicieras? ¿Cuándo te expliqué el significado que tenía?
—Ajá. Me sentí mal. Tú no eres un ignorante y él que la dice es un ignorante. No la diré nunca más.
—Seguro que algunos de tus amigos te han llamado negrata,
¿verdad? Seguramente les pasaba como a ti, que no sabían lo ofensiva que resulta. Pero, ¿alguien te lo ha llamado en serio?
Su expresión se endureció.
—Una vez, hace mucho. Fue un blanco en el tranvía, cuando volvíamos del súper. Mamá, Tasha y yo estábamos sentados en el mismo asiento, y él no encontró ninguno libre. Tuvo que quedarse de pie y sujetarse a la barra. Y dijo en voz baja: “Ahora resulta que los negratas pueden sentarse y la gente decente no”. Creo que no pretendía que lo oyéramos, pero lo oímos, y eso me cabreó. Estuve a punto de darle una patada, pero Tasha y mamá me dijeron que no lo hiciera.
—Sí, se lo dijimos —confirmó Tasha.
— ¿Cómo te sentiste cuando te lo dijo, Malik?
—Mal. Hirió mis sentimientos. Se... sentí ganas de llorar, pero me las aguanté.
—Bueno, pues pasa lo mismo cuando llamas a alguien marica. Hiere los sentimientos de los que son gays.
—Pero, Lamar, aquí no hay ningún gay.
Miré a Mitch y le guiñé un ojo. Él frunció el ceño, confuso. Entonces, volví a centrarme en Malik.
— ¿Cómo sabes que aquí no hay ningún gay?
El niño se encogió de hombros.
—Bueno, no lo sé. Solo supongo que no hay ninguno.
—Malik, yo soy gay.
Me contempló asombrado, con la boca abierta, mostrando un pedazo de barrita semimasticado.
¿T-tú eres gay, Lamar? ¿Te gustan los hombres?
Asentí, sonriendo.
—Sí, lo soy. Y sí, me gustan. Y cuando dices marica o maricón hieres mis sentimientos como hirieron los tuyos al llamarte negrata. Así que no lo digas más, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, lo siento. No sabía que significara algo tan malo.
—No importa, amigo. Ahora ya lo sabes.
—Exacto. Y no lo diré más.
Los chicos reanudaron su comida. Yo seguí con mi taza de café, mientras Mitch me miraba fijamente.
— ¿Qué? —le pregunté—. No me digas que tienes problemas con que sea gay...
Alzó las manos parodiando la señal de rendición y rió abiertamente.
—Oye, tío, como te dije antes, solo vendía Biblias. Eso no significa que crea todo lo que dice... especialmente lo que se refiere a los hombres que se acuestan con otros hombres. Me importa un pimiento. Hay demasiado odio en el mundo, no hay nada malo en un poco de amor.
—Entonces, ¿de qué te reías?
—De ti, tío. Estoy pensando en que eres muy bueno tratando con críos.
Debiste ser maestro, entrenador o algo así, ¿verdad?
—Ni de lejos —reconocí—. Trabajé en la fábrica Ford hasta que cerró.
No le conté el resto. No mencioné el robo del concesionario, ni el dinero que conseguí... Dinero que desapareció en cuanto pagué las facturas atrasadas.
—Sí, recuerdo que lo leí en el Baltimore Sun —dijo él—. Un montón de gente perdió sus trabajos.
—Fue duro. —Y cambié expresamente de tema—: ¿Cómo terminaste en Fells Point, Mitch? Está muy lejos de Towson, ¿no?
Cuando respondió, su voz estaba llena de emoción.
—Prefiero no hablar de eso. ¿Te importa, Lamar?
—Vale, tío. No importa.
—Gracias.
Al parecer, ambos teníamos secretos que no queríamos compartir.
Realmente no me importaba. Quizá estar en aquel barco, navegando lejos de nuestros hogares, era una oportunidad de reinventarnos a nosotros mismos, de descubrir qué y quiénes éramos. El pasado quedaba atrás. El pasado estaba muerto, o quizá, no muerto.
Mientras tomábamos nuestros desayunos, estudié a Hooper y a Tran, intentando dilucidar si se habían autoproclamado cocineros no oficiales del barco o si solo estaban echando una mano porque nadie más lo hacía. En la sala se congregaba una docena de personas, sin contarnos a nosotros ni a ellos dos, pero nadie tenía un aspecto militar. A juzgar por sus conversaciones, la mayoría se encontró en la misma situación que nosotros, huyendo de las llamas y de los zombis, y había descubierto el barco.
Aparentemente, el tipo con uniforme de guardacostas permaneció escondido a bordo desde que estalló el caos y, cuando vio que lo que ocurría ya no tenía remedio, decidió zarpar y salir a mar abierto. El mismo plan que yo había pensado. Ya sabes, las grandes mentes piensan cosas similares y toda esa mierda.
Joan, la mujer que le había dado la camiseta a Tasha, se unió a nuestra mesa y nos contó su historia. Había estado recluida en un cuarto de baño las últimas dos semanas. Dos zombis la tenían acorralada, y cuando por fin perdieron el interés y se marcharon, la puerta estaba atrancada y no pudo abrirla. Las criaturas habían golpeado el pomo hasta dejarlo inútil. El cuarto de baño no tenía ventanas ni otra salida, así que tuvo que beber agua de la cisterna y sobrevivir a base de papel higiénico y caramelos para la tos.
Pensó en tomarse todo un tubo de pastillas de ibuprofeno, pero decidió guardárselo en caso de que lo necesitara para suicidarse. Por suerte para ella no tuvo que hacerlo. Otros tres supervivientes la encontraron mientras saqueaban la casa y la sacaron del lavabo. Dos de ellos murieron después: uno a manos de un zombi, y otro por el disparo de un francotirador. El tercero huyó durante el incidente del francotirador y no sabía lo que le pasó.
Si se quedó en Baltimore, lo más probable es que a estas horas estuviera muerto.
No hablamos mucho después de eso, pues estábamos demasiado ocupados comiendo. Joan se sentía famélica y nosotros también. Yo no había comido nada desde la macedonia de la tarde anterior en mi apartamento. Me parecía algo lejano, pero en realidad apenas habían pasado doce horas. Malik me preguntó si podía repetir, y yo le dije que no veía por qué no. Cuando se levantó de la mesa, Mitch tomó un sorbo de su café y se removió incómodo en su silla.
—¿Qué?
—Oh, solo estaba pensando. —Dejó la taza sobre la mesa, y ésta se deslizó casi una pulgada por una cabezada del barco. Mitch palideció.
— ¿Mareado? —le pregunté, intentando no pensar en que a mí me pasaba lo mismo.
—Puede que un poco —admitió—, pero no estaba pensando en eso.
Me preguntaba cuánta comida debe haber a bordo. Quiero decir, no me imagino que dispongan habitualmente de todo esto. Deben de haberlo cargado después de la Venganza de Hamelin.
—Pues yo estoy encantada —apuntó Joan.
—Yo también —se sumó Mitch—. Pero, ¿hay alguien a cargo del inventario o del racionamiento?
Antes de que Joan pudiera responder, oímos un ruido de estática y los altavoces del barco cobraron vida.
—Buenos días, damas y caballeros, les habla el capitán. Soy el jefe Maxey. Pueden llamarme Wade, Jefe o Capitán, como quieran. Me gustaría celebrar una asamblea en la cubierta de vuelo situada a popa a las nueve cero cero. Si tienen compañeros que aún están durmiendo, despiértenlos, por favor, y díganles que se unan a nosotros. Creo que se impone una charla de orientación, dado que todos compartimos una misma situación. Gracias.
Otro breve estallido de estática y los altavoces enmudecieron.
— ¿Qué quiere decir con una asamblea? —preguntó Joan.
— ¿Y qué es eso de la cubierta de vuelo? —intervino Tasha.
— ¿A qué hora ha dicho? —dijo un hombre al otro lado de la sala—.
¿A las nueve qué?
—Amigos, si me permitís... —dijo un anciano levantándose. Era bajo, y llevaba el pelo blanco despeinado. Vestía un traje sucio y gafas con gruesos lentes bifocales que le caían hasta la punta de la nariz. Se las colocó en su sitio y saludó—: Hola.
—Hola —respondió alguien. Y más gente se le unió.
El anciano parpadeo, sonriendo tímidamente, avergonzado. Se aclaró la garganta y continuó:
—Soy el profesor Williams. Bueno, en realidad mi verdadero nombre es Steven Williams, pero mis amigos y mi familia siempre me han llamado “Profesor” porque me dedico a la enseñanza, bueno, me dedicaba.
Antes de retirarme y antes de que..., antes de que pasara todo esto. Para aclarar lo que ha dicho el capitán, la popa es la parte trasera del barco. Creo que si salen por aquella escotilla de allí, aquella puerta para muchos de ustedes, y siguen la pasarela de ese lado de la nave, llegarán a la cubierta de vuelo. No pueden perderse, es una zona plana, grande y negra. La hora es las nueve en punto; o sea, dentro de diez minutos.
—Gracias, “profesor” —dijo otro hombre en un tono sarcástico. El anciano se ruborizó, se sentó rápidamente y se quedó contemplando su bandeja.
Yo me levanté y vacié mi bandeja en el cubo de la basura. Entonces me acerqué a la mesa del anciano y le propiné unos golpecitos amistosos en el hombro. Estaba ocupado llenando una pipa y dio un respingo de sorpresa al sentir el contacto, derramando tabaco sobre la mesa. El profesor me miró, sentado parecía más pequeño todavía.
—Lo siento —me disculpé—. No pretendía asustarlo.
—Oh, no es culpa tuya. Mis manos ya no son tan firmes como antes.
—Bueno, solo quería darle las gracias por las explicaciones. Nunca he sido militar, así que todo lo que dijo el capitán me sonaba a chino hasta que usted lo aclaró.
Sonrió, mostrando su dentadura postiza.
—Gracias, señor...
—Reed. Lamar Reed. —Extendí la mano y él me la estrechó.
—Profesor Steven Williams, pero puede llamarme Profesor. Bueno, ya lo sabe.
—¡Lamar! —gritó Malik desde la mesa que habíamos compartido—.
¿Puedo repetir otra vez?
—Calma, Malik. Tenemos que repartir la comida entre todos.
—Es que aún tengo hambre.
—No abuses —dijo Tasha, dándole un codazo en las costillas.
Me volví hacia el anciano, mientras Mitch calmaba a los hermanos.
—Son unos chicos encantadores —apuntó el profesor—. Es agradable volver a ver niños. Bueno, es agradable volver a ver gente en general. Me he pasado todo un mes en el almacén de una biblioteca pública.
Tenía muchas cosas que leer, pero nadie con quien hablar. Me sentí muy solo.
—Sí, eso puede ser muy duro —reconocí.
—Parecen muy bien educados.
—Son buenos chicos.
— ¿Es usted su padre?
—No, no. Solo cuido de ellos. Nos encontramos anoche y me ayudaron, así que los he acogido bajo mis alas.
El anciano volvió a sonreír.
—Ah, es su protector. El héroe arquetípico.
— ¿Perdón?
—El héroe. ¿No conoce la obra de Joseph Campbell?
—Me temo que no.
—Bueno, entonces debe leer El Héroe de las Mil Caras. Habla de los arquetipos míticos. Un material fascinante, se lo aseguro. Léalo y tendrá la llave para desentrañar el enigma de la vida misma. La mayoría de los intelectuales prefieren sus otros libros, La Imagen Mítica y Las Máscaras de Dios, pero a mí nunca me han convencido las convenciones populares.
Podemos hablar después de todo eso. Tiene una misión, señor Reed, y un papel que cumplir.
—Después hablamos —acepté. No tenía ni idea de lo que me estaba expicando pero no era el momento de aclararlo. Teníamos cosas más importantes de qué preocuparnos, como la idea de Mitch de racionar la comida y qué destino tenía en mente el jefe Maxey, si es que tenía alguno.
Lo descubrí muy pronto. Cuando terminamos de desayunar, los cuatro nos dirigimos a la salida con Joan, que se había unido a nuestro grupo.
Lentamente, el resto de los pasajeros se reunieron en la cubierta de vuelo.
El sol colgaba en lo alto, brillante y caluroso. El sudor perlaba mi frente.
Escudé mis ojos del resplandor y estudié a nuestros compañeros. Conté dieciocho personas y descubrí que había una más, un tipo llamado Tum, que mantenía el timón mientras el resto celebrábamos nuestro particular powpow. Al parecer , Tum era un práctico portuario retirado y el jefe Maxey lo había nombrado su segundo.
Mitch aspiró profundamente el aire marino.
— ¿Hueles el aire? Tío, me encanta la brisa marina.
—Y hay algo más —sonreí.
— ¿Qué?
—Por primera vez en un mes, no huelo a muertos podridos.
Se encogió de hombros.
—Tienes razón, ni siquiera lo había notado. Por horrible que suene, creo que me había acostumbrado.
Se abrió otra escotilla y el jefe Maxey pisó la cubierta. Su expresión era seria y decidida. Llevaba el mismo uniforme de la noche anterior y gafas de sol. Nos reunió en torno a él formando círculo y nos estudió un segundo a cada uno de nosotros.
—Buenos días —saludó sin alzar la voz. No gritó por encima del ruido de las olas, los motores o las gaviotas que seguían al barco, no necesitaba hacerlo. El hombre tenía presencia. Aunque le sobraba algo de peso, y era un blanco de mediana edad con un uniforme sucio y gorra, aunque olía como si no se hubiera duchado en varios días, el hombre atrajo nuestra atención. No había dudas de que estaba al mando.
—Querría darles a todos la bienvenida al guardacostas Spratling de los Estados Unidos, lamentando que no sea en mejores circunstancias. Anoche
no pudimos presentarnos adecuadamente y también lamento eso. La situación era muy tensa y no teníamos tiempo para cortesías, mi prioridad era zarpar y alejarnos del puerto. Quiero darle las gracias a los que anoche se ofrecieron para ayudar. Su contribución probablemente ayudó a salvarnos la vida a todos.
La multitud susurró unas gracias generalizadas y Maxey volvió a aclararse la garganta antes de proseguir.
—Tenemos muchas cosas que discutir, así que tomémoslo con calma y pongámonos cómodos. Supongo que lo primero es...
Un hombre frente a mí levantó la mano. Era pequeño y su calva estaba enrojecida por el sol. Me pregunté dónde se habría escondido de los zombis. ¿En algún tejado?
— ¿Sí? —preguntó Maxey, señalándolo—. ¿Alguna pregunta?
—Una, jefe. Si esto va para largo, ¿por qué no volvemos a la cocina?
Estaremos más cómodos.
La sonrisa de Maxey fue tensa.
—Lo siento, señor...
—Basil. Me llamo Basil Martin.
—Bien, señor Martin, la razón de que no nos reunamos dentro, es que necesito toda su atención. Si se sienten demasiado cómodos, es muy probable que su atención se disperse. Incluso podrían dormitar. No les culparía, por supuesto, estoy seguro que todos y cada uno de ustedes han vivido toda una odisea. Pero si no prestan atención, será mejor que salten por la borda ahora mismo, porque intento seguir vivo. Y como capitán de esta nave, mi trabajo es asegurarme de que ustedes hagan lo mismo. No puedo protegerlos a menos que me ayuden, y para conseguirlo necesito que sean conscientes de nuestra situación. Así que necesito toda su atención.
¿De acuerdo?
Basil asintió ruborizado y retrocedió hasta colocarse al fondo.
—Como iba diciendo —siguió el capitán—, supongo que tendremos que empezar por lo básico. Les diré quién soy y les hablaré un poco sobre la Spratling, una perspectiva general de la situación. Después, me gustaría
conocerlos un poco más a todos ustedes, especialmente sus habilidades, si tienen experiencia militar o policial. Empecemos por un recuento general.
Hizo una pausa para contarnos. Entonces, señaló con la cabeza a Hooper.
— ¿Dónde está el otro?... Tran, ¿no? ¿No le estaba ayudando con el desayuno?
—Se ha quedado en la cocina limpiando los platos. Pero no importa, el hijo de puta ni siquiera sabe hablar inglés.
El jefe frunció el ceño, pero siguió con su recuento. Me dio la sensación de que opinaba lo mismo que yo sobre Hooper.
—Bien —dijo por fin—, contando al ausente señor Tran y a nuestro segundo Tum, que está pilotando la nave, somos veinte.
Joan alzó tímidamente la mano.
—¿Sí?
—Perdone pero anoche, cuando zarpamos, creo que conté veintiuno.
—Sí, señora, contó bien.
—Pero ha dicho que éramos veinte, contando con los dos que no están aquí. ¿Falta alguien más?
—Éramos veintiuno. Un miembro del grupo fue mordido antes de subir a bordo. Intentó ocultarlo, pero lo descubrimos esta mañana antes de que todos despertasen. Lo sacamos del barco de inmediato.
— ¿Qui-quiénes? —tartamudeó Joan—. ¿Quiénes lo sacaron del barco?
—Tum y yo. Y el señor Runkle.
— ¿El señor Runkle?
—Sí, el hombre que tiene a su izquierda.
Todos desviamos nuestra mirada hacia el tal Runkle, un hombre alto en sus últimos treinta, físicamente en forma y el pelo muy corto. Aposté a que era policía. El jefe Maxey confirmó mis sospechas un segundo después.
—El señor Runkle es... era policía en Baltimore. En cuanto nos enteramos de la situación, le pedimos ayuda.
—Hola, soy Steve Runkle. Pueden llamarme Steve.
Unos cuantos lo saludamos con un asentimiento de cabeza, pero nuestra atención estaba centrada en el jefe Maxey. Me fijé en que el
profesor se alejaba un paso del grupo. Frunciendo el ceño, encendió su pipa y le dio unas cuantas chupadas. El humo olía a cerezas. Las gaviotas posadas en una de nuestras antenas graznaron ruidosamente.
—Lo siento —dijo una mujer pelirroja—, pero, ¿qué quiere decir exactamente con que lo sacaron del barco? ¿No habíamos zarpado ya?
El capitán asintió.
—Correcto. ¿Cómo se llama, señora?
— ¡Mi nombre no importa! ¿Lo lanzaron por la borda? ¿Lo asesinaron?
—No —negó Runkle—. No lo matamos, lo mató el mordisco. Ya estaba muerto. Todos hemos visto lo rápido que se extiende la enfermedad.
El tiempo varía según la persona, pero al final el resultado siempre es el mismo. A menos que incineres por completo el cadáver o destruyas su cerebro, volverá después de morir. Habría muerto en pocos minutos, así que...
No acabó la frase. No hacía falta.
—Si les sirve de consuelo, nos aseguramos que no sufriera —susurró Maxey.
Me preparé para el posible griterío, pero sorprendentemente no se produjo ninguno. Unos cuantos miraron incómodos a su alrededor y otros pocos parecían intranquilos, pero nadie protestó en voz alta. Este era un mundo nuevo con leyes nuevas. Para seguir vivo hacías lo que tenías que hacer, todos los que habíamos sobrevivido hasta ese momento lo sabíamos.
Para seguir siendo humano, tenías que perder una pequeña parte de humanidad. Yo mismo había hecho cosas de las que no me sentía orgulloso... disparar contra Alan, por ejemplo. Pero había algo más que me molestaba. Si mordieron a aquel tipo, pero seguía vivo cuando lo tiraron por la borda, ¿qué le pasó cuando se ahogó? ¿Se convirtió en un zombi? La Venganza de Hamelin ya corría por sus venas. ¿Se despertó en el fondo del océano y empezó a devorar peces? Me pregunté de nuevo si la enfermedad podría extenderse a la vida marina.
—Así que quedamos veinte —repitió el jefe Maxey—. Eso me da una idea de lo que durarán los víveres que tenemos almacenados, aunque la verdad es que no tenemos muchos. Llegaremos a eso en un momento.
Primero, déjenme que les cuente algo sobre mí mismo y sobre su nuevo hogar. Por si no me han oído antes, soy el GMJ Wade Maxey, guardacostas retirado de Los Estados Unidos. Concretamente, era un guardiamarina.
GMJ son las iniciales de guardiamarina-jefe. Serví a bordo del Spratling en los años 80 y, cuando finalmente fue retirado del servicio activo en 1987 y transformado en atracción histórica, el Museo Marítimo me contrató como conservador y guía turístico. Créanme si les digo que nadie conoce este barco mejor que yo. Soy parte de él y él es parte de mí, y me alegra que lo salvaran del desguace. Normalmente, cuando ya no sirven para navegar, estos viejos barcos suelen ser cortados en pedazos y vendidos como chatarra por sus propietarios antes de que se vuelvan completamente inútiles. Solo unos cuantos han sobrevivido, la mayoría de las veces por pura suerte y otras a causa de su significado histórico, como es el caso del Spratling. Los guardacostas creyeron que era importante.
Mientras Maxey hablaba, me pregunté qué parte de su discurso era el que ofrecía normalmente a los turistas y cuál estaba improvisando para nosotros. Pero tenía su mérito. A pesar de su advertencia del riesgo que corríamos de dormirnos, lo cierto es que nos tenía a todos hechizados.
Incluidos los niños.
—El USCGC Spratling es significativo —continuó orgulloso—, porque es uno de los últimos guardacostas de alta resistencia de la flota.
Con excepción de nuestros rompehielos polares, son —mejor dicho, eran—
los barcos de mayor tamaño de nuestra flota de guardacostas. El Spratling tiene ciento treinta metros de eslora y quince de manga, y pesa algo más de tres mil doscientas cincuenta toneladas. Es hermano gemelo del USCGC
Taney, el único que quedó flotando tras el ataque japonés a Pearl Harbor.
Como seguramente recordarán, el Taney también estuvo amarrado en Inner Harbor hasta hace un año, cuando fue enviado a los astilleros de Norfolk para trabajos de reacondicionamiento y conservación. Tras eso, el Spratling se convirtió en la única atracción militar del puerto. Se llama así en honor del antiguo Ministro de Asuntos Exteriores William B. Spratling, ex compañero de habitación del presidente Jeffrey Tyler durante sus años universitarios. Por favor, no le echen la culpa al barco.
El grupo sonrió cortésmente, y Joan hasta aplaudió.
—Es uno de los últimos tres guardacostas clase Tesoro que aún se mantienen a flote. El Spratling y sus distintas tripulaciones han servido al país durante sesenta años. Durante ese tiempo, ha combatido en la 2ª Guerra Mundial y en Vietnam, y también fue movilizado en misiones de ayuda tras el paso del huracán Agnes en los años 70 y, más recientemente, enviado al golfo tras la devastación provocada por el huracán Katrina. Durante mi servicio a bordo del Spratling, ha sido fundamental en la lucha contra el tráfico de drogas, en operaciones de rescate, vigilancia de fronteras y protección a pesqueros. Aunque todo eso pueda parecerles mundano, no lo es. Podían ser —y lo fueron— operaciones peligrosas. También participó en la búsqueda de John F, Kennedy Jr. cuando su avión se estrelló. Ha vivido mucha historia y me siento orgulloso de haber servido a bordo. Espero que todos ustedes también se sientan orgullosos de estar en él. Ahora, si miran hacia delante, verán ese enorme domo sobre el puente de mando. Ya que estamos aquí saluden a Tum, por favor.
Lo hicimos y tras la ventana del puente de mando, Tum nos devolvió el saludo. Parecía avergonzado.
—Ese domo es una antena especial que rastrea las tormentas —
explicó Maxey—. Además de los deberes que ya les he explicado, el Spratling ayudó a localizar y rastrear tormentas durante muchos años, hasta que otros radares más sofisticados y los satélites tomaron el relevo. La antena fue reinstalada con posterioridad, al convertirse en museo. Por desgracia, no está activada.
Contemplé el domo. Una gaviota estaba posada en él, mirándonos con interés.
—Bien —continuó el jefe Maxey—, para aquellos a los que les pueda interesar, les diré que estamos equipados con dos motores diesel y dos turbinas de gas con hélices de velocidad controlable, y tenemos suficiente combustible a bordo para dos semanas. Nuestra velocidad máxima es de veintiún nudos por hora. No está mal, amigos. También tenemos dos calderas Boyle y Zinder, un fabricante muy prestigioso y fiable. Por suerte, las calderas están operativas y sé cómo manejarlas o
todavía estaríamos en el puerto. La verdad es que no hay mucho que no sepa sobre el equipo de este barco.
Como pueden ver, tenemos una cubierta de vuelo para que puedan aterrizar helicópteros. Bueno, de hecho, están en ella. También tenemos un hangar retráctil operativo, aunque no dispongamos de instalaciones de apoyo para el despliegue de dichos helicópteros. Los sistemas de armamento también están operativos. Tras años de servicio, el Spratling fue totalmente remodelado y devuelto al servicio activo en 1965. Uno de los expositores de la cantina contiene recortes de periódico sobre ese tema. Fue modernizado de nuevo gracias al Programa de Rehabilitación y Modernización de 1979. En realidad, fue uno de los primeros guardacostas en mejorar sus prestaciones. Con ese programa, las armas originales fueron sustituidas por versiones mucho más modernas, capaces de provocar mucho más daño.
Mitch y otro hombre silbaron apreciativamente.
—Por último —dijo el jefe—, también estamos equipados con un cañón de 76 milímetros y un sistema de armamento de proximidad Phalanx de 20 milímetros, o SAP en lenguaje militar. Por desgracia, aunque el armamento está operativo no tenemos munición para él. Tras el once de septiembre, el museo prefirió no mantener explosivos a bordo, supongo que lo comprenden. Ya he dicho antes que el Spratling fue un gran barco.
El profesor Williams exhaló una nube de humo con olor a cerezas y lo interrumpió.
—Todo eso es muy impresionante, Jefe. ¿Cuáles son las malas noticias?
—Ahora llegaba a ellas, y por desgracia hay muchas. El Spratling hace años que no ha salido a navegar y me da miedo forzarlo. De momento vamos bien, pero la verdad es que algo puede fallar en cualquier momento.
Si eso ocurre... bueno, digamos que lo tenemos muy mal para conseguir piezas de repuesto. Pero los motores y las calderas están en buen estado.
Como he dicho antes, tenemos dos motores diesel y dos turbinas de gas y, si somos cautos, el combustible nos durará unas dos semanas. Pero si surgen problemas, no tenemos armas para un combate naval y deberemos huir. Y
cuanto más rápidos naveguemos, antes gastaremos nuestras reservas de combustible.
—¿Qué clase de problemas podrían surgir? —Preguntó Mitch—. Los zombis no saben pilotar un barco y no pueden llegar hasta nosotros.
—No, no pueden. Pero los zombis no son los únicos de los que debemos preocuparnos. Sin ley ni patrullas costeras, me temo que el mar puede ser tan peligroso como las ciudades. Hay gente perversa que puede intentar aprovecharse de situaciones así, gente que disfruta abusando de otras personas. Estoy seguro que todos nos hemos topado en tierra con ese tipo de personas estas últimas semanas, y podríamos toparnos con ellas también aquí. Podemos ser atacados por piratas o saqueadores en cualquier momento. Y, si eso ocurre, tendremos que huir porque no disponemos de armamento pesado y no podremos defendernos, a menos que nos aborden con armas de fuego pequeñas. Volveré a ese punto en un momento, pero primero necesitamos hablar de los suministros.
Se volvió hacia Hooper.
—Cleveland, cuando acabemos aquí, me gustaría que Tran y usted hicieran un inventario de la comida. Obviamente, no zarpamos del puerto con la despensa llena. Esto era un museo. La poca comida de la que disponemos, es la que conseguí subir a bordo poco a poco durante los primeros días de la ley marcial.
— ¿Se quedó aquí durante el colapso? —preguntó Murphy, el tipo que nos había prestado el dentífrico.
El jefe Maxey asintió.
—No tenía ningún otro lugar dónde ir. No estoy casado, ni tengo hijos. Ni siquiera una mascota. Mi apartamento solo era un lugar al que iba a dormir, todo mi tiempo libre lo pasaba aquí, a bordo del Spratling, porque aquí era donde quería estar. Por entonces, ni siquiera estábamos abiertos ya al público. Primero, saqué todo lo que pude de la tienda Whole Foods, de la cafetería del acuario y de los restaurantes de Inner Harbor. Pero estaba solo y no podía cargar demasiadas cosas a la vez. Y, para ser sincero, tampoco contaba con que tendría que alimentar a veinte personas. La comida y el agua deben ser nuestra prioridad. Las buenas noticias son que tenemos a
bordo equipo de pesca... yo mismo solía pescar por las tardes, cuando cerrábamos al público. Y una de las vitrinas tiene cañas para pescar a gran profundidad que solían utilizar los marineros. Así que podremos complementar nuestra dieta con pescado. Debemos reunir y almacenar toda el agua de lluvia posible, ya que la que queda en el depósito del barco es más bien escasa, y las preferencias son la cocina y las letrinas... los servicios, para los que no están acostumbrados a la jerga militar. Ya he cortado el agua de las duchas y los fregaderos para ahorrar todo lo posible.
Los servicios tampoco tienen agua, excepto el del departamento de ingeniería. Luego les mostraré donde se encuentra. Es el único que funciona y les ruego que, cuando lo utilicen, recuerden la siguiente regla: “si es amarillo, fluye; si es marrón, obstruye”. Eso ayudará a ahorrar agua.
Reímos ante la broma y él esperó unos segundos antes de continuar:
—Las duchas de proa también funcionan. Les ruego de nuevo que su tiempo de uso sea estrictamente limitado: no más de dos minutos por persona. Una vez llenemos los tanques, seremos más flexibles. Mi plan es encontrar una base o alguna instalación naval donde reaprovisionarnos.
Puede que probemos en la base naval de Norfolk, en Hampton Roads o en Portsmouth. Hay cierto número de bases militares o puertos comerciales que podemos visitar. Puede que incluso fondeemos en Ocean City o en cualquier otro de los resorts que existen a lo largo de la costa, y nos traslademos a la orilla en bote.
—Pero la situación en esos lugares será muy similar a la de Baltimore —intervino Mitch—. ¿Tenemos suficiente gente como para abrirnos paso a la fuerza hasta algún almacén o estación de aprovisionamiento si están plagados de zombis?
—No lo sé —admitió Maxey—. Pero me alegro que me haya hecho esa pregunta, señor...
—Perdón. Me llamo Mitch Bollinger.
—Bien, señor Bollinger, ese es un punto que necesitaremos aclarar.
El agente Runkle y yo hemos hablado esta mañana sobre el problema de la ley y el orden a bordo. Nos guste o no, este va a ser nuestro hogar en un futuro inmediato. Estoy seguro que todos ustedes son gente decente y
agradable, pero el hecho es que no nos conocemos. Con la excepción del señor Bollinger y sus tres amigos —hizo un asentimiento de cabeza hacia los chicos y hacia mí—, todos llegaron anoche individualmente, ninguno de ustedes viajaba en compañía. Fue la suerte —y el fuego, por supuesto—, lo que les congregó en el puerto al mismo tiempo. Algunos han traído armas: rifles, pistolas, cuchillos... incluso creo haber visto alguna granada, pero no recuerdo quién la llevaba. El agente Runkle y yo consideramos que lo mejor es mantener las armas bajo llave en la armería del Spratling. Es por la seguridad de todos los que estamos a bordo. Hay niños entre nosotros, y no me gustaría que ninguna de las armas cayera en sus manos.
—¡Eh, que yo sé cómo manejar una pistola! — Protestó Malik—. Y
también una granada. Anoche volé a un montón de zombis.
Unos cuantos rieron, lo que hizo que Malik se enfureciera. Se apoyó en la barandilla sin dejar de fulminarlos con la mirada.
—Seguro que eres muy valiente, hijo —concedió el jefe Maxey—. Y
si anoche utilizaste una granada, asumiré que han sido tu padre o el señor Bollinger los que las han subido a bordo.
Iba a decir que no era el padre de Tasha y Malik, pero Mitch se me adelantó.
—Las granadas son mías —reconoció Mitch—. Y no me siento cómodo con la idea de entregar mis armas, aunque sea temporalmente.
Como usted ha dicho, no nos conocemos bien. ¿Y si nos atacan unos piratas? ¿Cómo vamos a defendernos si nos abordan?
—Si nos atacan, lo sabremos de antemano —intervino Runkle—. El jefe tiene la llave de la armería y distribuirá las armas.
Mitch seguía sin estar conforme.
— ¿Es la única llave?
—Sí —admitió Maxey—. Tengo un juego completo de llaves para los distintos departamentos de la nave. Los duplicados se quedaron en las oficinas del Museo Marítimo.
—No quiero ofenderlo, jefe, pero si algo le sucediera, si se cayera por la borda o perdiera las llaves o algo parecido, y nos atacaran, ¿qué haríamos entonces? ¿Abrir la puerta de la armería con un soplete?
—Bueno, eso no sería muy viable...
—No, no lo sería —corroboró Mitch—. Y aquí no tenemos medios para hacer duplicados de las llaves. Mire, a mí tampoco me gusta la idea de que todos vayamos por ahí con armas cargadas y a punto, pero la verdad es que me siento más cómodo teniendo las mías.
Me fijé en que el agente Runkle miraba la cartuchera de Mitch, como si estuviera pensando apoderarse de su pistola. Intenté no llamar la atención, pero lentamente me fui interponiendo entre los dos... por si acaso.
Runkle me clavó furioso la mirada, pero dio un paso atrás. Le dediqué una sonrisa, pero él no me la devolvió. Debía ser heterosexual. Lástima, era bastante atractivo. Me habría gustado conocerlo mejor, pero las vibraciones que emitía eran un claro aviso. Además, nunca salgo con polis. Quizá el mundo se hubiera acabado, pero yo seguía teniendo mis principios.
El policía pidió la palabra:
—Con el debido respeto al señor Bollinger, no creo que podamos...
—Tiene razón —le interrumpió el jefe Maxey—. No me gusta tener que admitirlo, pero su razonamiento es absolutamente correcto. ¿Y si algo nos ocurre a las llaves o a mí? Si nos atacaran, estarían jodidos. Pero, que conste, no me sienta bien que todos andemos por ahí armados hasta los dientes.
—Si puedo hacer una sugerencia... —El profesor dio un paso adelante—. ¿Por qué no acordamos mantener nuestras armas personales en nuestros camarotes y a no llevarlas siempre que estemos a bordo? A menos, por supuesto, que se produzca algún incidente en esos camarotes.
—Si nos atacan —añadió el jefe—, todos oirán una sirena de alerta por los altavoces.
—Estoy de acuerdo con la idea del profesor —dijo Mitch—. ¿Qué le parece al resto?
—A mí me parece justo —apuntó Murphy—. Solo tengo una pequeña pistola calibre 22, pero no me gustaría tener que entregarla. Es lo que me ha mantenido vivo hasta ahora.
—Yo opino lo mismo —corroboró Basil.
El agente Runkle no parecía contento con la decisión, pero todos los demás la aceptaron. El jefe terminó aceptándola también, aunque palpablemente reluctante:
—Bien, es justo. Un barco no es precisamente una democracia, pero la verdad es que ustedes no tuvieron mucha mas elección que subir a bordo.
Si quieren guardar las armas en sus camarotes, de acuerdo. No obstante, creo que necesitamos establecer algún castigo para aquellos que rompan esa regla.
Mitch frunció el ceño.
— ¿Por ejemplo?
—El Spratling está equipado con celdas. Se encuentran abajo, en el nivel inferior, entre la lavandería y la sala de calderas.
— ¿Y quién estará a cargo de ellas?
—Yo —dijo Runkle, dando un paso al frente—. A menos que a alguien le parezca mal. Al fin y al cabo fui policía.
Tendríamos problemas: era un complejo de inferioridad con placa, desesperado porque los demás aceptáramos su autoridad. Me conocía el tipo. Lo había visto antes y odio a esa clase de hijos de puta. Los había tenido que soportar toda mi vida.
La asamblea siguió. Discutimos las rutinas necesarias y el jefe Maxey nos dio algunos consejos sobre cómo afrontar cosas como el mareo, la forma adecuada de almacenar nuestras pertenencias, sobrevivir a las inclemencias del tiempo, qué hacer si alguien se caía por la borda o si teníamos que abandonar el barco. Dijo que Tum y él revisarían los mapas y las cartas náuticas e intentarían buscar un puerto con la menor población posible. Así tendríamos menos oportunidades de vernos abrumados por los muertos cuando buscáramos suministros.
Tras responder a las preguntas, el jefe quiso saber algo más sobre cada uno de nosotros, especialmente sobre nuestras habilidades y lo que éramos capaces de ofrecer. Ya sabíamos que Runkle había sido policía y no ofreció más detalles personales. Basil Martín era diseñador de páginas web y se negó a revelarnos nada más de su vida personal, excepto que había estado en la Guardia Nacional antes de ir a la universidad. El profesor
Williams nos reveló que sus campos de especialización eran la literatura inglesa y la mitología; era viudo, su esposa había muerto hacía dos años, y sus hijos adultos vivían por su cuenta, el varón en Tailandia y la chica en California. No sabía nada de ellos desde que las comunicaciones a nivel nacional quedaron cortadas. Nuestra nueva Amiga, Joan Barnett, fue la siguiente. Era higienista dental. Su esposo había muerto de cáncer de pulmón en el Greater Baltimore Medical Center, mientras los primeros muertos empezaban a rondar por las calles. Murió solo y ella fue incapaz de reunirse con él por culpa de la ley marcial, pero el hospital le había confirmado su defunción. Murphy se llamaba Ollie de nombre, y era un especialista en calderas —el jefe Maxey se sintió excitado por la noticia—, y había pasado las últimas semanas en un bar de Pratt Street, lo que no era ninguna sorpresa en vista de las reveladoras venas alcohólicas de su nariz.
Cleveland Hooper había sido cocinero. Dos veces divorciado, se había escondido de los ayudantes del sheriff que lo buscaban para entregarle una citación por no cumplir con la pensión alimenticia de sus hijos y, al principio, ni siquiera se había enterado de lo de los zombis. Hooper también había servido cuatro años en la Marina. Nadie sabía nada sobre Tran, y aunque no hubiera estado ocupado lavando los platos, tampoco habría podido decirnos nada. Mitch le contó a todo el mundo que era un vendedor de Biblias y un entusiasta de las armas de fuego. Después me tocó el turno a mí. Me presenté y después a los chicos.
Más tarde conocimos al resto de los pasajeros. La pelirroja era Carol Beck. Encargada del control de calidad en una fábrica de plásticos inyectados, había intentado huir de la ciudad hasta que se encontró en un atasco monumental en la Interestatal 83. Salió del coche buscando una mejor señal para su móvil y, entonces, los zombis inundaron la autopista obligando a la gente a huir, así que se escondió en una fábrica. El siguiente fue Cliff Shatner, un veinteañero. Había estudiado periodismo en la Towson University y estaba en Fells Point cuando todo se desmoronó, escondiéndose en el sótano de una tienda de instrumentos musicales.
Stephanie Pollack no parecía encontrarse bien cuando se presentó. Tenía la piel pálida y sudaba demasiado, sus pupilas estaban dilatadas. Al principio,
creímos que se debía al calor, pero pronto descubrimos que era diabética y se había quedado sin insulina. El fuego la había obligado a huir rápidamente y su insulina ardió junto a su apartamento. Nos preocupaba, pero no podíamos hacer nada al respecto. Era una sensación de impotencia, desmoralizadora. Parecía injusto que lograra sobrevivir al fuego y a los zombis, solo para que luego su propio cuerpo se volviera contra ella. Aún así, era dura. Se mantuvo en la cubierta de vuelo todo el tiempo, soportando el calor, y escuchándonos hablar y discutir sin quejarse ni una sola vez. Por otra parte, Basil y Hooper no habían hecho más que protestar desde que estábamos allí. El jefe le dijo a Stephanie que bajara a tumbarse, asegurándole que haría todo lo posible porque se sintiera cómoda y le rogó a Joan que la acompañara. Le prometió que si tocábamos un puerto pronto, lo primero que haríamos sería buscar insulina. Pensé que las posibilidades eran más bien escasas, pero me callé.
Teníamos dos adolescentes en el grupo: un chico y una chica. El chico se llamaba Nick Kontis y su padre era propietario de un restaurante griego en President Street. Presenció como esas cosas despedazaban a toda su familia y él logró sobrevivir escondiéndose en la nevera. La noche de los incendios salió en busca de agua, pero se topó con un zombi. No tenía piernas y se arrastraba por el comedor, masticando carne rancia o directamente podrida.
La chica se llamaba Alicia Crawford. Era vergonzosa y hablaba en voz baja, mirando al suelo, sin dejar de limpiarse las gafas con la tela de la camiseta. Aparte de su nombre, poco más supimos de ella. Los últimos dos pasajeros eran Chuck Mizello y Tony Giovanni. Chuck manipulaba una carretilla elevadora y tenía cuatro años de experiencia en el ejército, incluida una estancia en Irak. Se había refugiado en un almacén y sobrevivido gracias al contenido de las máquinas expendedoras. Tony era conductor de camiones y se atrincheró en la habitación de un hotel de Inner Harbor; como Mitch, era un entusiasta de las armas. Me fijé en que, tras confesar su admiración por la pistola de Mitch, habían estado charlando animadamente.
Una vez terminadas las presentaciones, nos asignaron nuestros deberes. Según el jefe Maxey, el mayor peligro en el mar era el aburrimiento, así que todos y cada uno de nosotros necesitábamos mantener la mente y el cuerpo ocupados. Hooper y Tran se encargarían de la cantina y Nick los ayudaría, dado que tenía experiencia con los restaurantes. Runkle ayudaría al jefe Maxey y a Tum en el puente. Murphy era la elección obvia para la sección de ingeniería, dado que conocía las calderas. Chuck, Tony y Cliff se ofrecieron voluntarios para ayudarlo. Cliff no pareció muy contento cuando Murphy le advirtió que sería un trabajo sucio y caluroso, pero no cambió de opinión. Creo que quería encajar, dar buena impresión. Mitch, Basil, el profesor Williams y yo nos encargaríamos de la pesca. Carol sugirió que alguien debería trabajar con los chicos, crear una especie de escuela naval. Maxey dudaba, no parecía muy entusiasmado; por supuesto, Tasha y Malik tampoco. Creo que algo bueno del fin de la civilización es que no tienes que ir al colegio nunca más. Al final acordamos que Carol, ayudada por Alicia, les daría clases por las mañanas; por las tardes se dedicarían a otras cosas. Joan fue asignada temporalmente al cuidado de Stephanie.
Después de repartirnos las tareas, el jefe se excusó, prometiéndonos ponernos al día en cuanto Tum y él decidieran un destino seguro, y el grupo se disolvió. Chuck tenía una pelota de tenis (no supe de dónde diablos la había sacado) y se la ofreció a Tasha y Malik para que jugaran con ella. Les advertí que no se acercasen mucho al borde de la cubierta de vuelo y los dejé divertirse. Resultaba agradable ver que se lo pasaban bien, aunque solo fuera por un rato. Se lanzaban la pelota el uno al otro haciéndola botar sobre la cubierta bañada por el sol. Me alejé de los demás y me apoyé en la barandilla contemplando el mar. Nunca había estado en mar abierto y, a pesar del mareo y del recuerdo de lo que nos había congregado en el Spratling, lo estaba disfrutando. Cuando miraba al agua, no veía nada en ninguna dirección. Ni edificios, ni montañas, ni tierra. Solo una lámina plana e infinita de gris y blanco, únicamente rota por las olas. Me era bastante fácil imaginar que, más allá del horizonte, no había nada más: ni ciudades, ni países, ni gente. Ni muertos. Mientras miraba, algo —creo que
fue un delfín— saltó del agua, giró en el aire y volvió a caer en el océano, desapareciendo bajo su superficie. Sonreí. Tres más aparecieron e hicieron lo mismo. Fue una de las mejores cosas que había visto nunca.
—Delfines —gritó alguien a mi lado, confirmando mi suposición.
Me giré y vi a Tony Giovanni, el chofer de camiones. Se había acercado a mí siguiendo la barandilla mientras yo miraba las olas, por eso no me había dado cuenta.
—No estaba seguro de qué diablos eran —admití—. Se parecen a los tiburones.
—A veces cuesta distinguirlos —reconoció—. Sobre todo cuando solo puedes ver su aleta dorsal surgiendo del agua.
— ¿Hace mucho que estabas aquí?
Se encogió de hombros mientras rebuscaba en los bolsillos de sus pantalones, hasta que encontró medio paquete de cigarrillos. Se puso uno en la boca y después me ofreció el paquete.
—No, gracias. No fumo.
—Yo tampoco creo que fume mucho más. Cuando se me acaben estos, la cosa se pondrá fea. No tanto como cuando a Murphy se le acabe la bebida, pero...
Utilizó su encendedor, escudando la llama con la otra mano para que el viento no la apagase, y después prosiguió:
—Mi esposa y yo solíamos viajar por mar... ya sabes, para ver a las ballenas o nadar con los delfines. A ella le encantaba la Naturaleza y a mí también. Pagábamos sesenta pavos al mes por la televisión por cable y lo único que veíamos era el Discovery Channel. Así que sí, los he tenido muy cerca. Normalmente siguen a los barcos buscando las sobras de comida, igual que hacen los pájaros.
Señaló a lo alto. Una bandada de gaviotas volaba en círculos sobre nuestras cabezas, graznándose las unas a las otras.
—Nos seguirán durante días, esperando que les lancemos las migajas. A las muy cabronas les gusta comer y están casi entrenadas. Si las aves pudieran infectarse, estaríamos jodidos.
Asentí y volví a centrarme en el mar. Los delfines habían desaparecido.
— ¿Nunca habías estado en un barco? —me preguntó Tony, exhalando una bocanada de humo.
—No, es la primera vez. Aún me siento un poco mareado.
—La próxima vez que vayas a la cantina, pregúntale a Hooper si tiene esas galletas que llaman crackers. Las saladas van muy bien. Cómete un puñado e intenta no beber demasiado, estarás bien. Absorben todo el líquido que puedas tener en el estómago.
—Gracias, lo probaré.
La pelota de tenis rodó hasta nosotros, rebotó en el zapato de Tony y casi saltó por la borda. Él se agachó, la recogió y se la devolvió a Tasha.
—Gracias —gritó la chica.
Tony sonrió viéndolos jugar.
—Unos chicos agradables —comentó—. Iba a decírtelo cuando nos presentamos antes. Habría jurado que eras su padre.
—No lo soy —reí—. Es divertido, porque no eres la primera persona que me lo dice. El profesor me dijo lo mismo y el jefe también hace unos minutos.
—Os parecéis.
No estuve seguro de cómo tomarme aquel comentario. ¿Era inocente o implicaba que todos los negros le parecíamos iguales? Debió deducir lo que estaba pensando:
—Oye, tío, no te equivoques. No me refería a eso.
—Perdona —me disculpé—. Las viejas costumbres tardan en morir...
supongo.
—Sí, tranquilo. No quiero que te hagas una idea equivocada. Me refería a que parecéis una familia.
—No tengo familia, solo un hermano. Y a estas alturas supongo que estará muerto.
—Bueno, pues ahora la tienes —dijo él—. Esos chicos te adoran, lo veo en sus ojos, en la forma que te miran cuando hablas. Mis chicos solían...
No pudo terminar. Su manzana de Adán subió y bajó, pero no emitió sonido alguno. Asomaron lágrimas en sus ojos.
—Perdona —logró decir tras unos segundos—. Cada vez que pienso en ellos... Mierda. Creo que debería bajar a la sala de calderas y que Murphy me enseñé lo que hay que hacer. Si es que puedo encontrarla, este barco es un maldito laberinto. Me alegra haber charlado contigo, Lamar.
—Y a mí, Tony.
Lo vi alejarse con los hombros hundidos, evitando mirar a nadie, especialmente a los chicos. Sentí lástima por él, por todos nosotros.
Habíamos sobrevivido. Habíamos derrotado a las posibilidades en contra.
Seguíamos vivos. Pero, ¿valía la pena?
Contemplé a Tasha y a Malik mientras jugaban y decidí que sí.
Aunque solo fuera por ellos.
Cerré los ojos y me apoyé en la barandilla, dejando que la brisa del océano me acariciara la piel. Escuché el rumor de las olas, los graznidos de las gaviotas, la risa de los chicos.
Con los ojos cerrados, parecían gritos.
* * *
Stephanie murió durante la noche. Débil y deshidratada, se deslizó en un coma diabético poco antes del anochecer. No pudimos hacer mucho por ella. Joan la mantuvo caliente y le colocó toallas frías en la frente.
Sostuvo su mano y habló con ella. La vimos irse y nos aseguramos que no se fuera sola. A veces, es lo único que puedes hacer por los demás.
Stephanie Pollack vivió en un apartamento de Baltimore y era diabética. Eso fue todo lo que supimos de ella. Joan dijo que, antes de caer en coma, Stephanie le susurró algunos nombres, pero esos nombres murieron con ella. Fue triste. Desmoralizador y deprimente. Al fin y al cabo seguíamos siendo seres humanos y cuando otro ser humano moría, aunque fuera un desconocido, nos sentíamos reflejados en él. Pero, ¿qué reflejaba Stephanie excepto nuestra propia jodida situación? ¿Cómo recordarla? No llevaba bolso ni identificación, nada que nos diera una pista sobre su vida o
sobre quién había sido. Su taquilla estaba vacía y su espacio entre las literas también. ¿Se casó? No llevaba anillo de casada, así que, probablemente, no.
¿Divorciada? ¿Viuda? ¿Gay? ¿Tuvo hijos? Y, de haberlos tenido, ¿seguirían vivos en alguna parte o se habrían unido a las filas de los otros? ¿Hermanos, hermanas? Por lo menos debió de tener padres. ¿Estaban vivos o muertos?
Nunca lo sabríamos.
Me encontré preguntándome de nuevo qué coño estaba haciendo.
¿Por qué seguir luchando, seguir peleando por sobrevivir? Al final, moriría junto a un puñado de extraños que ni siquiera podrían pronunciar un panegírico apropiado porque no sabrían una mierda de mí. Se suponía que, cuando morías, seguías vivo en el recuerdo de los demás. Al menos, es lo que siempre nos decían. No importaba cuáles fueran tus creencias, qué religión profesases o a qué Dios adorases. La verdad es que ninguno sabíamos lo que nos aguardaba. ¿La inmortalidad y la vida eterna? Lo único seguro era tu recuerdo en la gente que dejabas atrás, en tus amigos y tu familia. Pero si no tenías ni los unos ni la otra, si estabas solo en el mundo,
¿quién te recordaría cuando murieras? Si ese recuerdo era tu única oportunidad de alcanzar una vida eterna y nadie te recordaba, ¿qué pasaba entonces? Si existía algo llamado alma, ¿qué le pasaba? Quizá lo único definitivo era la muerte. Pero ahora, por culpa de la Venganza de Hamelin, ni siquiera la muerte era definitiva. ¿Seguían teniendo alma los zombis o solo eran cascarones vacíos? ¿Podrían las personas que habitaron aquellos cuerpos seguir vivas dentro de ellos, seguir conscientes después de la muerte? Y si era así, ¿gritaban?
¿Por qué no salir al exterior, subirse a la barandilla y saltar al océano? Después de todo lo que habíamos visto y hecho en la vida, de todo lo que nos había pasado, lo bueno y lo malo, los triunfos y las tragedias,
¿para qué? ¿Para morir entre extraños que solo conocían tu nombre? ¿Para acabar en el estómago de un zombi? O, peor todavía, ¿para ser uno de ellos, pudriéndote hasta descomponerte?
La noticia de la muerte de Stephanie se extendió rápidamente por toda la nave. Murphy nos despertó a Mitch y a mí para contárnoslo. Se quedó en el pasillo, apoyado en la compuerta y silueteado por la luz roja. Su
aliento olía a jarabe para la tos y arrastraba las palabras. Si ya tenía que recurrir al jarabe para la tos, ¿qué haría cuándo se le acabara? Me pregunté si a bordo habría alcohol de quemar.
Cuando Murphy se marchó, Mitch y yo no hablamos. Los chicos no se habían despertado y no quisimos molestarlos. No tardé en oír a Mitch roncando y me sorprendió lo rápidamente que se había vuelto a dormir. Yo seguí tendido en la oscuridad, con las manos en la nuca, contemplando el techo. Mi litera se movía con el barco, pero no me sentí mareado. La sugerencia de Tony había funcionado. Me había comido un puñado de crackers saladas y ya no sentía mareos.
No conseguí dormirme.
Pero los otros dormían como muertos. Me pregunté si estarían soñando y deseé poder hacerlo, aunque solo fuera para escapar un ratito del mundo. Hasta una pesadilla sería bienvenida. No podía ser tan horrible como la realidad.
A la mañana siguiente, enterramos a Stephanie en el mar. Había muerto de causas naturales, así que no volvería, no teníamos que preocuparnos de eso. Haría lo que se supone que deben de hacer los muertos a la vieja usanza. Deslizarse entre las olas, hundirse y descansar eternamente.
Era la afortunada.
Antes de entregar su cuerpo al mar, el jefe Maxey nos preguntó si alguien quería decir algo. Quizá una plegaria o algún versículo de la Biblia.
Todo el mundo miró a Mitch. Avergonzado, explicó que él solo vendía Biblias, pero que en realidad no sabía mucho de lo que había escrito en ellas. Cliff se presentó voluntario.
—No quiero ser grosero, señor Bollinger, pero usted debería volver a entrar en contacto con Dios. Es obvio que, en algún momento de su vida, creía en Él.
Mitch lo miró desconcertado.
— ¿Por qué es obvio?
—Bueno, probablemente, es un buen vendedor, y un buen vendedor siempre debe conocer su producto. Intente volver a conectar con Dios,
puede proporcionarle consuelo por todo lo que ha pasado. A mí me lo ha dado. Puede ser una fuerza poderosa.
—Se lo preguntaré muy claro —escupió Mitch—. ¿Sigue creyendo en Dios después de todo lo que ha pasado?
—Por supuesto. Y ahora más que nunca.
—Bien por usted. Ahora, váyase a la mierda.
Cliff se estremeció como si Mitch le hubiera dado una bofetada.
— ¿Perdón?
—Efectivamente, debería pedir perdón. Felicidades.
—Oiga, ¿cuál es su problema?
Mitch sonrió sin una gota de humor.
—Sigue teniendo fe, pero yo no tengo nada. Así que déjeme en paz, antes de que lo tire por la borda y descubramos de una vez por todas si Dios vela por usted.
Cliff se marchó enfurruñado. Cuando se hubo ido, le di un codazo a Mitch.
— ¿No crees que has sido un poco duro con él?
—Que se vaya al Infierno —respondió, encogiéndose de hombros—.
Mira, no me importa que sea cristiano. Me alegro por él, en serio. No veo nada malo en que lo sea. Pero no tiene derecho a hacer proselitismo conmigo, odio esa mierda. Solo porque él sea creyente, no es obligatorio que yo también tenga que serlo.
—Quizá su fe es lo que le mantiene en marcha.
—Oh, sí, estoy seguro. ¿Y sabes algo más?... Admito que me siento jodidamente celoso.
Asentí. Lo comprendía.
—Sí, te entiendo. ¿Qué te mantiene a ti, Mitch?
Miró hacia el agua, apurando su cigarrillo hasta el filtro. Pasó un buen rato hasta que habló y, cuando lo hizo, me costó oírlo por encima del sonido de las olas y los gritos de las gaviotas.
—No lo sé, Lamar. No sé lo que me mantiene en marcha. Pero a veces desearía que, sea lo que sea, deje de hacerlo.
Volví a asentir. Una vez más lo comprendí demasiado bien.
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