Mar Muerto
Capítulo Siete
Corrimos hacia el bosque y nos abrimos camino entre la vegetación.
Enredaderas y espinos nos azotaban y se enganchaban en nuestra ropa.
Unos cuantos metros más allá de la primera línea de árboles, el follaje se aclaró de repente. La arena dejó paso a una alfombra de hojas y los troncos se distanciaron lo suficiente como para podernos mover con libertad.
Hooper volvió a gritar, esta vez mucho más cerca.
—¡Cleveland! —gritó Hooper—. ¿Dónde estás?
Respondió con otro chillido.
— ¡Hooper, necesitamos saber dónde estás! —gritó Mitch.
—Aquí... ¡aquí! Oh, joder. Casi habéis llegado.
Seguimos sus gritos y emergimos en un claro circular. Hooper se encontraba en medio de él, mirando hacia el cielo. Nos quedamos helados, jadeando horrorizados. Sentí un extraño regusto en la garganta, así que corrí hasta el límite del claro y vomité.
Exceptuando la zona por la que habíamos entrado, los límites más alejados del claro estaban llenos de cruces. Alguien las había levantado, usando troncos y postes de cercas. Un zombi colgaba de cada cruz, con muñecas y tobillos, piernas, brazos y cintura atados a ella mediante un grueso cable eléctrico. El hedor era terrible, pero lo peor eran las moscas; su zumbido llenaba el claro. Los gusanos se retorcían en el interior de los cadáveres y aparecían por diversos orificios, cayendo al suelo. Las aves se posaban en las cruces y también en los hombros y en las cabezas de las criaturas; habían arrancado la mayor parte de la piel de las criaturas
crucificadas. Lo que quedaba eran unas formas rosadas, húmedas, que recordaban vagamente a un ser humano sin labios, lenguas, globos oculares ni órganos internos. Sus venas y nervios pendían como espaguetis y los huesos asomaban a través del escaso tejido. Uno de los zombis alzó su ciega cabeza al sentir nuestra presencia y gimió. Sus cavidades oculares estaban llenas de gusanos y excrementos de ave cubrían la parte expuesta de su cráneo. La fetidez de las criaturas hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas.
—¡Cristo bendito...! —Mitch se dobló sobre sí mismo y vomitó encima de sus zapatos.
Me limpié la bilis de los labios y me reuní con los demás. Mi estómago volvió a dar una sacudida. Los comic-books rozaron mi espalda, me había olvidado de ellos; incluso me sorprendí que siguieran allí.
El zumbido de las moscas aumentó de volumen. Otro pájaro alzó el vuelo llevándose un pedazo de intestino que parecía un enorme y gordo gusano.
—Alguien... —dijo Runkle entrecortadamente—, alguien ha tenido que hacer esto... Los zombis no han podido crucificar a varios de los suyos, no son tan inteligentes, no funcionan así. Esto ha tenido que hacerlo un ser humano vivo...
—¿Cómo? —preguntó Tony—. ¿Cómo ha podido traerlos hasta aquí? Si los cuerpos ya estaban muertos e infectados, deben de haberse convertido en zombis antes de que terminase la crucifixión.
—Y si estaban vivos mientras los crucificaba —añadió Rinkle—,
¿por qué se convirtieron en zombis? ¿Cómo pudieron infectarse aquí con la Venganza de Hamelin?
—Quizá se vieron expuestos y alguien los ató a las cruces antes de que murieran —sugirió Mitch boqueando, buscando aire—. Pero eso no nos dice por qué.
—Fue por voluntad de Dios.
La voz nos llegó desde atrás. Hooper volvió a gritar de pánico con una voz mucho más ronca, y todos nos dimos media vuelta con las armas preparadas. Un hombre surgió lentamente de la espesura. Era pequeño y
delgado, y parecía a punto de cumplir los cincuenta. Unos cuantos mechones de pelo blanco colgaban en ambas sienes. El resto de su cabeza estaba calva y brillante. Llevaba unos pantalones negros y una camisa blanca, de manga corta, rematada por un alzacuellos. Una pequeña cruz de plata colgaba de su cuello. Manchas de sudor cubrían la camisa y otras de tierra manchaban sus pantalones. Sus largas uñas amarillentas estaban llenas de suciedad.
Mitch dio un paso al frente y apuntó a la cabeza del hombre con su pistola.
—No hagas un puto movimiento más.
El hombre levantó las manos y sonrió con tristeza.
—No tienes ninguna razón para temerme, hijo. Soy un hombre de Dios. —Tenía acento hispano.
— ¿Qué diablos ha pasado aquí? —preguntó Runkle, mientras lo registraba a fondo—. ¿Quién ha hecho esto?
El hombre no perdió su sonrisa.
—Ya os lo dije, fue voluntad de Dios. Esto es obra del Señor. Solo Él puede garantizar la vida después de la muerte.
—Está completamente loco —susurró Hooper—. Dispárale y acabemos con esto, Runkle. Al cuerno con toda esa mierda.
—Por favor —rogó el hombre—. Como ya le he dicho a su otro amigo, no pretendo hacerles ningún daño.
— ¿Nuestro otro amigo? —Runkle dio un paso atrás y enfundó su arma
—. ¿Qué coño está diciendo? Será mejor que empiece a hablar con sentido.
—El hombre del bote. Es su amigo, ¿no? Dijo que se llamaba Tum y me habló de sus sufrimientos, de cómo escaparon de Baltimore y llegaron hasta aquí buscando un puerto seguro. Mientras ustedes estaban aquí, en el bosque, charlé con él y le expliqué todo lo que había pasado. Le hablé de la resurrección y la vida. Ahora está en la capilla, descansando. Vengan, los llevaré con él.
El dedo de Mitch presionó ligeramente el gatillo.
— ¿Le ha hecho algún daño?
—No, no —negó el hombre, como si le hablara a un niño—. ¿Por qué iba a hacerle daño? Soy un hombre de paz. Solo le hablé de la gloria de Dios.
—Hacedme caso, deberíamos pegarle un tiro a ese viejo chiflado y largarnos de aquí —sugirió Hooper.
—Cállate —le ordenó Mitch, sin apartar los ojos del cura.
Maldiciendo de frustración, Hooper le dio una patada a la base de la cruz más cercana. El terreno donde estaba clavada debía ser blando, porque el poste se ladeó, y el zombi que estaba atado a él se agitó convulsivamente.
Antes de que pudiéramos avisar a Hooper, el alambre de cobre que sostenía el cadáver seccionó la podrida carne y el zombi cayó hacia delante cortado en pedazos. Los pies y las manos quedaron atados a la cruz, pero todo lo demás explotó y se derramó sobre Hooper, cubriéndolo de sangre y fluidos.
Me recordó el estallido de un globo relleno de agua. Gritando, Hooper agitó los brazos y las piernas. La sangre y el tejido casi licuado goteó de su nariz, barbilla y labios. Babas pútridas bañaban sus ojos y su boca.
— ¡Oh, mierda! —chilló—. Ayudadme, cabrones, estoy lleno de esa mierda... ¡ayudadme!
La cabeza y los hombros del zombi seguían unidos por músculos, nervios y tendones putrefactos. La boca de la criatura se abría y se cerraba sin emitir un solo sonido. Hooper daba saltitos, sacudiéndose a palmetazos la masa licuada y aplastando con sus botas los restos del cadáver derramados en el suelo. La mandíbula de la cosa se desprendió, provocando una lluvia de gusanos.
—Oh, mierda —susurró Tony, contemplando a Hooper—. Oh, joder.
Que alguien haga algo. ¡Ayudadlo!
Runkle y yo solo podíamos mirar. Hooper se inclinó hacia delante y vomitó sangre. Sacudió la cabeza como un perro, lanzando gotas de aquella asquerosidad en todas direcciones. El cura no parecía alterado por lo que estaba pasando, solo observaba, con una mirada vacía y las manos cruzadas frente a él, como si estuviera rezando.
—Oh, joder, cabrones... —Largos hilos de baba colgaban de la boca de Hooper—. Que alguien busque una manguera. Tengo que lavarme toda
esta mierda antes de que me infecte.
Mitch se acerco a él, lo que pareció aliviar su ansiedad.
—Mitch, tío... ayúdame. Estoy empapado de esta puta mierda.
Consígueme algo de agua y desinfectante, tengo que lavarme... ¡joder, esto apesta!
—Lo siento, Cleveland.
—Yo también lo siento, hijo de puta. Ahora, ayúdame.
—No —susurró Mitch—. Quiero decir que... lo siento.
Mitch alzó la pistola y los ojos de Hooper se abrieron como platos.
En el transcurso de un segundo, Mitch apartó la cara, cerró los ojos y la boca, y apretó el gatillo.
No supimos qué partes pertenecían a la cabeza de Hooper y cuáles al zombi. Parecían iguales.
Mitch se volvió hacia mí.
— ¿Me he manchado, Lamar? ¿Me ha salpicado?
El disparo todavía resonaba en mis oídos y me costaba oírlo. Lo revisé cuidadosamente y le hice dar media vuelta.
—No —dije—. Estás limpio, tío. Estás bien.
Prisioneros de las cruces, el resto de los zombis tiraron con más fuerza de sus ligaduras, agitados por el ruido.
—Le has disparado a Hooper —musitó Tony—. No lo has dudado ni un segundo. Solo te acercaste a él y... bang. Lo mataste.
—No —replicó Mitch—. Ya estaba muerto. Tú mismo viste lo que pasó.
Tony asintió.
—Sí, lo vi. No hay problema. Solo quería señalar que... que tuviste las pelotas de hacerlo. Era un capullo y todo eso, pero creo que yo no habría podido hacerlo.
Mitch miró a Runkle, antes de señalar con la cabeza al hombre del alzacuellos.
— ¿Y él?
Runkle aferró el brazo del hombre y se lo retorció. El cura gritó de sorpresa y dolor.
—Él va a explicarnos qué cojones pasó aquí —gruñó Runkle junto a la oreja del hombre—. ¿Verdad, papi?
—Por favor —suplicó el otro—. No me hagas daño, joven.
Suéltame, por favor. Os ayudaré como he ayudado a vuestro amigo. Es lo que quiere el Señor, lo que quiere que hagamos todos. Y me llamo Daniel, no papi. Soy el reverendo Daniel Ortega.
Runkle le soltó el brazo y le hizo dar media vuelta. Se inclinó sobre él y su nariz casi rozó la del cura.
—Bien, reverendo Daniel Ortega. Ha dicho que se encontró con nuestro amigo Tum. ¿Dónde está ahora?
—Está descansando en la capilla. Le administré la Sagrada Comunión y vine a buscaros a vosotros. Venid conmigo, seguidme, os llevaré con él. Podemos compartir las hostias.
Runkle se hizo a un lado y lo dejó pasar. Ortega se zambulló en el bosque. Los demás nos miramos con reticencia, pero lo seguimos, primero Runkle, después Mitch, y luego yo. Tony cerraba la procesión. Detrás de nosotros, los crucificados se debatían inútilmente en sus cruces.
Ortega hablaba tranquilamente mientras se abría camino entre la maleza, parecía que no le hubiera afectado lo sucedido con Hooper. El cura no lo conocía, de acuerdo, pero había sido jodidamente espeluznante. Era de esperar algún tipo de reacción.
—Corintios quince, versículo doce, nos dice: “Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo algunos de vosotros os atrevéis a decir que no existe la resurrección de los muertos?
Porque si no existe la resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra prédica y vana es nuestra fe”. Siempre ha sido mi versículo favorito.
—Maravilloso —dijo Runkle—. Pero creo que ahora mismo no estamos de humor para aguantar un sermón. ¿Qué tal si nos cuenta lo que ha pasado? ¿Quién ha crucificado a esos zombis del bosque?
—Fui yo.
— ¿Usted?
—Sí. Bueno... yo, gracias al poder de Dios. Puedo resucitar a los muertos, igual que Cristo resucitó a Lázaro, igual que nuestro salvador cuando descendió de la cruz.
Mitch frenó en seco.
—Está loco.
— ¿Lo estoy?
Ortega dio media vuelta y nos guiñó un ojo; después, reemprendió el camino. Emergimos de los árboles y nos acercamos a la parte trasera del almacén.
—Ustedes mismos lo han visto —siguió Ortega—. Allí, en el claro.
Ustedes han visto a los resucitados, ustedes han contemplado el misterio encarnado. Ellos se durmieron —murieron— y ahora han cambiado.
Vuelven a vivir en la muerte. Cristo nos dijo: “Yo soy la resurrección y la vida”. Él actúa a través de sus fieles, concediéndonos a todos el don de la vida eterna. Está pasando en todo el mundo. No todos dormiremos, pero todos cambiaremos.
Mitch sacudió la cabeza, incrédulo.
— ¿Los crucificó usted solo?
—Bueno, no fue fácil. Ya no soy tan joven o tan fuerte como era antes, pero el Señor es mi fuerza, mi espada y mi escudo. Él me da la fuerza para cumplir su voluntad.
Nos acercamos a la capilla. El cura se disponía a abrir la puerta, pero Mitch lo detuvo, agitando su pistola para que el hombre se apartara.
—Yo entraré primero.
Ortega sonrió.
—Como desee, joven. Esta es la casa del Señor. Todos pueden entrar libremente. Le dije lo mismo a su amigo, antes de administrarle la Sagrada Comunión.
Era la segunda vez que Ortega mencionaba que Tum había comulgado. No conocía muy bien a Tum, pero no me parecía alguien especialmente religioso. Aquello no me sonaba cierto.
— ¿Qué quiere decir? —le pregunté—. ¿A que viene toda esa mierda de la comunión?
Ortega frunció el ceño.
— ¿No está familiarizado con el rito de la Sagrada Comunión?
Simboliza el pacto de Cristo con el hombre. Él nos da su carne y su sangre, y a través de ellas volvemos a nacer. Su sangre es responsable de lo que han visto. Gracias a eso los muertos volvieron a la vida... gracias a su sangre.
—Son zombis, joder —gritó Tony—. Ni su dios ni usted tienen nada que ver con esto. Todo el mundo está regresando por culpa de un jodido virus, ¿es que no se ha enterado?
La expresión del cura se endureció.
—El Señor nos ha dado pruebas, nos ha mostrado milagros... como el milagro de la resurrección, y aún así no cree en él. Usted es como el primero que crucifiqué. Tuve que arrancarle los ojos y la lengua antes de atarlo a la cruz. “Si tu ojo te ofende, arráncatelo. Si tu lengua te ofende, córtatela” No son palabras mías, son palabras de Dios. ¿Cómo puedo no estar de acuerdo con ellas?
Runkle se estremeció, pero empujó la puerta de la capilla. Mitch entró tras él. Oí como ambos llamaban a Tum a gritos. Entretanto, Tony y yo manteníamos a raya al cura a punta de pistola.
—No pienso ir a ningún sitio —confesó el cura—. No hasta que muera, entonces...
— ¡¿Por qué no cierra la puta boca?!
Tony lo abofeteó con el dorso de la mano y Ortega cayó de rodillas.
Un hilo de sangre resbaló por la comisura de sus labios. Entrecerró los ojos, y cuando volvió a hablar, su tono amable había desaparecido.
—Me has pegado. Acudí a ti en son de paz, dispuesto a compartir la gloria de Dios, y me lo agradeces con violencia. Pero algún día comprenderás que tengo razón. Ahora, en este mismo momento, tu amigo se está transformando. La sangre de Cristo corre por sus venas.
— ¿De qué está hablando? —Levanté la mano como si fuera a pegarle otra vez, y Ortega retrocedió gimoteando.
—Se lo dije —gimoteó—. Le administré la Sagrada Comunión. Le hice comer la carne y beber la sangre. La carne y la sangre de nuestro Señor. El sacramento. No quería aceptarlo, por supuesto. Nunca quieren, así
que tuve que obligarle a que las aceptase. Lo golpeé en la cabeza, y después le metí la carne y la sangre por la garganta antes de que recuperase la consciencia.
Le arranqué furioso el alzacuellos.
— ¿La sangre de quién? ¿La carne de quién? ¿Qué diablos está diciendo?
—La carne y la sangre del que tiene el poder... ¡la carne y la sangre de Cristo!
Runkle y Mitch salieron de la iglesia, llevando a Tum entre ellos.
Estaba pálido y parecía sentirse muy débil.
—Algo le pasa a Tum —dijo Mitch, preocupado—. Parece enfermo.
Arrojé a Ortega al suelo, y le apunté a la cara con mi arma.
— ¿De dónde sacó la sangre?
— ¿Qué sangre? —preguntó Runkle—. ¿De qué estáis hablando?
Entre ellos, Tum gruñó. Mitch dejó que Runkle soportara todo el peso y se acercó a nosotros.
—Lamar, ¿qué ocurre?
—Díganoslo, Ortega, o juro por Dios que le volaré su puta cabeza.
¿De dónde sacó la sangre?
—De los muertos —gimoteó el cura—. Tomé el cuerpo y la sangre de Cristo de aquellos que él ha tocado. Y alimenté a vuestro amigo, como los alimenté a todos, uno por uno. Estoy cumpliendo la tarea del Señor, tal como dice la Biblia.
—Cabrón de mierda...
Me mordí el labio y cerré los ojos. Mi dedo se tensó en el gatillo.
Sentía el peso del arma en mi mano. Mi respiración se aceleró pero, entonces, mi dedo se relajó. No podía hacerlo. Incluso ahora, después de saber exactamente lo que había hecho aquel loco, no podía matarlo a sangre fría... y eso me cabreó. Cuando aquella mala puta mordió a Alan, no tuve ningún problema en dispararle. Ni cuando tuve que acabar con otros zombis. Ortega era tan malo o peor que ellos, y no podía hacerlo. Cuando aquella mujer fue prácticamente despedazada frente a mi casa, no sentí remordimientos por no salir a ayudarla. Pero ahora los sentía. Y también
sentía lástima por aquel anciano enloquecido, que asesinaba a la gente en nombre de un Dios loco y homicida.
—Los muertos viven —balbuceó Ortega con las manos engarfiadas
—. Debemos morir para volver a nacer. Los muertos son hijos de Dios, son los elegidos. Ellos heredarán la Tierra. Esto no es el fin. Hay muchas puertas y la muerte solo es otra puerta que todos debemos atravesar. Esta es mi carne y esta es mi sangre. Comedla, bebedla y viviréis eternamente.
Di un paso atrás.
—No puedo hacerlo. Merece morir, chicos, lo sé, pero no puedo hacerlo.
—No tienes de qué avergonzarte —dijo Mitch.
Y le disparó. No se acobardó, no dudó. Lo hizo mecánicamente y sin emoción, como había hecho con Hooper. La primera bala impactó en la nuca de Ortega; la segunda le destrozó el cráneo. Mitch sacó el cargador vacío y colocó uno nuevo.
—¡Joder! —susurró Tony.
—Cuando vendía Biblias, los cabrones como este eran los que más me jodían —confesó Mitch—. Nadie quiere comprar Biblias, si piensa que leer es una tontería.
— ¿Está consciente? —le pregunté a Runkle, señalando a Tum.
—Viene y va. Está enfermo. ¿Quieres explicarnos qué cojones ha pasado?
—Está infectado —interrumpió Tony—. El cura le dio carne y sangre infectadas de los zombis.
— ¡Oh, Dios...! —exclamó Runkle. Apoyó al semiinconsciente Tum contra la pared de la capilla y se alejó de él rápidamente—. ¿Y si le hacemos vomitar?
—No funcionará —sentenció Mitch en voz baja—. No hubiera funcionado con Hooper y no funcionará con él.
—Chicos, me siento horrible... —gimió Tum—. ¿Qué me ocurre?
Mitch se quedó contemplándolo.
—Adelantaos y cargad el bote, yo me quedaré con Tum. Esta infección es rápida como el rayo, no durará mucho.
Nadie dijo nada. Si Tum se daba cuenta de lo que ocurría, no lo demostró.
—Mis entrañas están ardiendo —dijo. El sudor le empapaba la frente. Abría y cerraba los dedos, y sus piernas temblaban—. Y me duelen los músculos y las articulaciones. También tengo un dolor de cabeza brutal.
¿Qué diablos me pasa? ¿Me ha envenenado ese cura?
—Te pondrás bien, amigo —intentó tranquilizarlo Mitch—. Debe de ser algo que has comido, me quedaré contigo hasta que te sientas mejor.
Runkle se volvió hacia Tony y hacia mí.
—Vamos, larguémonos de aquí. Los del barco cuentan con nosotros.
Tum se dobló y se abrazó las piernas.
— Solo necesito descansar un poco. Solo cerrar los ojos y descansar un poco.
Runkle desvió la mirada.
—Eso mismo, Tum. Descansa.
—Dile al jefe Maxey que quizá llegue tarde para relevarlo. Dile que lo siento.
—Shhh —Mitch puso un dedo en los labios de Tum—. No hables, tío. Descansa, intenta dormir un poco. Después te sentirás mejor.
—Sí, tío —susurró Tony—. Tú descansa. Mitch se encargará de ti.
—No siento el sol, tíos —dijo Tum—. ¿Dónde se ha ido el sol?
Runkle se alejó. Sin mirar atrás, lo seguimos hasta la enfermería y empezamos a empaquetar cajas de medicamentos para llevarlas al bote.
Durante nuestro segundo viaje, sonó un disparo. Nos detuvimos temblando un segundo, y después reanudamos la marcha.
—Joder —exclamó Tony.
—Un viaje más y empezaremos con la comida —ordenó Runkle—.
Cargaremos toda la que podamos, pero quiero volver al Spratling antes de que anochezca.
Entonces sonó otro disparo. Y un tercero. Y después toda una descarga, levantando ecos en la estación, rebotando en los edificios y ahuyentando a los pájaros de los árboles.
Runkle miró por encima del hombro.
— ¿Qué diablos?
Sonaron cuatro disparos más en rápida sucesión, y Mitch apareció corriendo por una esquina. En sus ojos podía verse el terror. Su cabello aleteaba con el viento.
—Zombis —jadeó—. En los bosques. A montones.
Runkle soltó la caja que llevaba en los brazos y sacó su arma.
—¿Los de las cruces?
—No. —Mitch aspiró profundamente—. Diferentes... De tierra adentro. Hay muchos más que en el claro. Centenares. Debían de estar cazando en el bosque y habrán oído todo el jaleo.
—Bien, tomemos posiciones y...
—No hay tiempo —gritó Mitch—. Y no tenemos bastantes balas.
Son demasiados, os lo aseguro. ¡Tenemos que huir!
El viento volvió a cambiar y nos trajo su olor. Miraba hacia la capilla cuando apareció el enjambre de muertos. Y comprobé que Mitch no había exagerado, su número me recordó al de las hordas que vimos en el puerto de Inner Harbor. Avanzaban lentamente, pero con determinación. Me pregunté cuándo fue la última vez que habían comido, parecían muy hambrientos.
—Mierda —exclamó Tony, soltando su caja y empezando a correr.
Runkle levantó su arma y apuntó hacia el grupo. El arma saltó en sus manos. Uno de los zombis cayó al primer disparo. Cinco más ocuparon su lugar.
—Vamos, Runkle —apremió Mitch—. No nos obligues a abandonarte aquí.
Corrimos hacia el embarcadero y Tony fue el primero en llegar al bote. Cuando los demás saltamos al interior, ya estaba intentando arrancar el motor que petardeó y se ahogó. Durante un terrible instante pensé que iba a fallar, pero no lo hizo. Los zombis avanzaron tambaleantes hacia nosotros, moviendo los brazos ante ellos, babeando por sus bocas abiertas. Mitch y Runkle se encargaron del fuego de cobertura mientras yo soltaba las amarras. Más y más criaturas cayeron. Desaté la soga. Tony ni siquiera esperó a que me sentara, aceleró el motor y la sacudida casi me tiró por la
borda. Mitch me sujetó por el cinturón y lo evitó. Nos lanzamos a través de la bahía, dejando atrás a los zombis y a nuestros muy necesarios suministros. Solo llevábamos a bordo dos cajas de naranjas y una de pilas.
Runkle manipuló la radio hasta que descubrió cómo funcionaba, llamó al Spratling y le explicó al Jefe Maxey lo que había ocurrido.
Tony soltó el acelerador el tiempo suficiente como para sacar su paquete de cigarrillos y encender uno. Inhaló y expulsó el humo con un suspiro. Tras guardar el encendedor en el bolsillo, hizo una pelota con el paquete de cigarrillos y lo tiró al mar. Flotó sobre el océano y lo miramos alejarse al compás de las olas.
—Bueno, ese era mi último paquete —se quejó Tony—. Creo que a partir de aquí, todo será cuesta abajo.
—Quizá encontremos más en la siguiente parada —sugerí yo.
—No. —Tony sacudió la cabeza pesimista—. No creo que haya más paradas, Lamar.
No respondí. Mitch contemplaba en silencio el océano y Runkle seguía hablando con el capitán.
—Sí —suspiró Tony—. Las cosas solo pueden empeorar.
Se fumó su último cigarrillo hasta el filtro y, tras tirar la colilla al mar, empezó a llorar.
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