Mentiras piadosas
Capítulo Nueve
Jay prácticamente esperaba que Steve se abalanzara sobre ella, pero, para inmenso alivio suyo, parecía tener otras cosas en mente. Durante la semana siguiente, se pasó el día recorriendo la cabaña y el cobertizo y explorando la pradera con la misma tensión de un gato en un lugar desconocido. Las horas que pasaba caminando por la nieve lo agotaban y era frecuente que se fuera a dormir poco después de cenar. Jay estaba preocupada, hasta que comprendió que aquello formaba parte del proceso de recuperación. La rehabilitación a la que había estado sometido en el hospital había sido un comienzo, pero todavía quedaba un largo camino hasta que recuperara sus fuerzas y aquellas caminatas servían a dos propósitos: lo ayudaban a familiarizarse con un territorio nuevo y a restablecer su capacidad de resistencia. Al final de la semana, Steve comenzó a relajarse, pero aun así, salía cada día a recorrer los alrededores de la cabaña y a comprobar si había llegado algún intruso.
Estaban tan aislados que Jay no podía entender tantas precauciones, pero suponía que era algo muy arraigado en él. Y observarlo la ayudaba a conocer mejor al hombre que era. ¡Parecía saber muy bien lo que hacía! Era increíble, lo hacía todo por instinto, sin necesidad de recurrir a la memoria.
Cuando estuvo más fuerte, comenzó a cortar madera con el fin de tener un buen suministro de leña para la chimenea. La utilizaban como principal fuente de calor, para ahorrar combustible. La cabaña estaba construida con buenos aislantes y bastaba con encender la chimenea para mantenerla a una temperatura agradable. Al principio, Steve terminaba con ampollas en las manos, a pesar de los guantes, pero poco a poco se le fue endureciendo la piel. Al cabo de un tiempo, sumó el deporte a sus actividades. Salía a correr todos los días, pero no lo hacía por la pradera, sino por la zona boscosa. Subía y bajaba colinas eligiendo deliberadamente la parte más abrupta del camino y cada día notaba las piernas más fuertes y la respiración menos alterada, de modo que continuaba forzándose.
A Jay le encantaron aquellos primeros días en la cabaña, en medio de aquella vasta y silenciosa pradera. A veces, lo único que se oía era el silbido del viento entre los árboles. Habiendo pasado la vida entera inmersa en el bullicio de la ciudad, aquel espacio y aquel silencio la hacían sentirse como si acabara de renacer a un nuevo mundo. Los últimos vestigios de tensión de su antigua vida fueron desvaneciéndose. Estaba sola en medio de las montañas con el hombre al que amaba. Y estaban a salvo.
Steve comenzó a enseñarle a conducir un coche con marchas. Para Jay era divertido ir rebotando con el jeep por la pradera. Para Steve, era una medida precaución, por si le ocurría algo y Jay tenía que verse obligada a conducir. Llegado el momento, aquello podría salvarle la vida.
Cuando llevaban tres semanas allí, cayó una fuerte nevada. Jay se despertó temprano en un mundo del que parecía haber desaparecido cualquier sonido. Se levantó y se asomó a la ventana para contemplar el manto por la nieve y volvió a la cama, donde se quedó inmediatamente dormida. Cuando se despertó por segunda vez, eran casi las diez y se sintió maravillosamente descansada, además de hambrienta.
Se vistió rápidamente y se cepilló el pelo, preguntándose por qué estaría tan silenciosa la cabaña. ¿Dónde estaría Steve? Fue a buscarlo a su dormitorio, pero lo encontró vacío. Había una cafetera preparada en la cocina. Jay se tomó una taza de café asomada a la ventana, buscando entre los árboles alguna señal de Steve. Pero no vio nada.
Cada vez más intrigada, se terminó el café y volvió al dormitorio a calzarse las botas; después se puso la cazadora y un gorro de lana. No era normal que Steve saliera sin decirle a dónde iba ni cuánto tiempo pensaba estar fuera. Se preguntó qué estaría haciendo y por qué no la había despertado. ¿Habría sufrido algún percance?
Angustiada, salió a la puerta trasera.
—¿Steve? —lo llamó quedamente, temiendo alzar la voz.
La pradera continuaba en silencio y, por primera vez desde que había llegado, la soledad le resultó amenazadora. ¿Habría alguien fuera?
Las huellas de Steve eran visibles en la nieve. Era evidente que había hecho algunos viajes hasta el montón de leña para reponer la que faltaba en la casa, porque tras las marcas de sus pasos se distinguía el rastro dejado por los troncos; después había subido la loma para adentrarse en el bosque. Jay sacó los guantes del bolsillo del abrigo y se los puso, y pronto deseó haberse puesto también una bufanda para protegerse la nariz y la boca. Hacía tanto frío que el aire parecía quebrarse. Se subió el cuello de la cazadora y comenzó a seguir el rastro de Steve, procurando posar el pie en sus huellas, porque de esa forma era más fácil abrirse camino entre la nieve.
La nieve no era tan profunda entre los árboles, de modo que lo más sencillo habría sido caminar por allí, pero no quería perder las huellas de Steve. Las ramas de los árboles se doblaban bajo el peso de la nieve. Jay apenas podía oír su propia respiración, su sonido sucumbía ahogado en el crujir de sus botas sobre la nieve. Quería volver a llamar a Steve, pero no se atrevía. Le parecía un sacrilegio quebrar aquel silencio.
Si acaso, procuraba incluso ser más silenciosa, caminaba camuflada entre los árboles, intentando convertirse en parte del bosque. De pronto, perdió el rastro de Steve. Se quedó quieta bajo las ramas de un abeto y miró a su alrededor, pero no había más huellas que seguir. ¡Era imposible caminar por la nieve sin dejar huella! Pero no había una sola huella bajo los árboles. Miró hacia arriba, preguntándose si Steve se habría subido a un árbol y estaría burlándose de ella. Pero nada.
El sentido común le decía que aquello era una especie de truco, pero las huellas de Steve deberían haber aparecido por alguna parte. Pensó un momento y comenzó a caminar lentamente, ampliando el círculo de sus pasos. En algún momento tendría que cruzarse con su camino.
Quince minutos después estaba furiosa. ¡Maldito fuera! Estaba jugando con ella, y aquel era un juego injusto, teniendo en cuenta su preparación. Se estaba quedando helada, y además tenía hambre. Dejaría que jugara él sólito a Daniel Boone; ella pensaba regresar inmediatamente a la cabaña y prepararse el desayuno… ¡para ella sola!
Ya solo por malicia, retrocedió con el mismo sigilo con el que había llegado hasta allí; quizá consiguiera dejarlo en el bosque, escondiéndose en medio de la nieve mientras ella estaba ya de vuelta en la cabaña, cómoda y calentita y disfrutando de un buen desayuno. Estaba convencida de que Steve volvería minutos después, todo inocencia, ¡y podría prepararse condenadamente bien su propio desayuno!
Emprendió el camino de vuelta a la cabaña, escondida entre los troncos de los árboles y deteniéndose de vez en cuando para escuchar algún sonido que traicionara a Steve antes de correr hasta el siguiente árbol y desde allí mirar en todas direcciones. Su indignación crecía y comenzó a pensar en posibles venganzas, pero casi todo lo que se le ocurría le parecía nimio y estúpido. Lo que de verdad le apetecía hacer era pegarle. Fuerte. Y más de una vez.
Acababa de comenzar a rodear un árbol cuando se le pusieron los pelos de punta y se quedó completamente paralizada. El corazón le dio un vuelco en el pecho, como si quisiera advertirle del peligro. No podía oír ni ver nada, pero podía sentir algo o alguien cerca de ella. ¿Habría lobos en aquellas montañas? ¿Osos? Sin mover nada, excepto los ojos, miró a su alrededor buscando cualquier cosa que pudiera utilizar como arma y al final distinguió el perfil de un tronco enterrado en la nieve. Agachándose centímetro a centímetro, alcanzó el palo. Tenía todos los sentidos alerta.
Y de pronto, algo duro y pesado la golpeó en medio de la espalda y sintió un golpe en el brazo. En menos de un segundo, se encontró tumbada en la nieve, con los pulmones luchando para tomar aire y el brazo completamente inutilizado. Ni siquiera podía gritar. Estaba tumbada de espaldas y vio un fogonazo de reluciente metal contra su cuello.
Atónita, asustada e incapaz de respirar, alzó la mirada hacia unos ojos entrecerrados y del mismo color que los de un águila.
Los ojos se abrieron como platos al reconocerla y volvieron a cerrarse otra vez. Steve guardó la navaja en su funda y levantó la rodilla del pecho de Jay.
—Maldita sea, ¡podría haberte matado! —rugió con una voz metálica —. ¿Qué demonios estás haciendo?
Jay jadeaba y se contorsionaba en el suelo mientras se preguntaba si podría morir por la falta de aire. El pecho le ardía y no conseguía fijar la vista.
Steve la sentó bruscamente y le golpeó con fuerza en la espalda. Le dolía, pero por lo menos consiguió que el aire regresara a sus pulmones. Estuvo a punto de ahogarse cuando sus pulmones volvieron a expandirse y los ojos se le llenaron de lágrimas. Jadeó, tosió y Steve continuó palmeándole la espalda mientras le decía con dureza:
—Te pondrás bien. En cualquier caso, es menos de lo que mereces. E infinitamente menos de lo que podría haber sucedido.
Jay no lo había planeado. Vio el palo por el rabillo del ojo, el que pretendía agarrar cuando Steve la había golpeado, y lo siguiente que supo fue que lo tenía en la mano. La sangre le nublaba la visión mientras se giraba hacia Steve con toda la fuerza que le daba su rabia. Este esquivó el primer golpe con una maldición y retrocedió para escapar del segundo. Jay se movió hacia la izquierda, intentando acorralarlo contra un árbol para que no pudiera escapar tan fácilmente y volvió a girar. Steve intentó quitarle el palo, pero ella lo agarró por la muñeca e intentó darle un nuevo golpe. Maldiciendo otra vez, Steve escapó y ella lo golpeó en la espalda con el palo justo en el momento en el que la embestía con suficiente fuerza como para tumbarla otra vez.
—¡Maldita sea! —gritó, arrodillándose a su lado y sujetándola por las muñecas—. Tranquilízate. Maldita sea, Jay. ¿Qué demonios te pasa?
Jay se retorcía bajo sus manos, intentando liberarse. Steve tensó las rodillas a ambos lados de su cuerpo mientras continuaba agarrándola por las muñecas. Al final, ella dejó de resistirse y, en medio de su impotencia, lo fulminó con la mirada. Sus ojos parecían de fuego azul.
—¡Suéltame!
—¿Para que puedas pegarme con ese palo? Ni lo sueñes.
Jay tomó aire e intentó decir con voz relativamente serena:
—No te pegaré.
—Por supuesto que no —gruñó Steve.
La soltó, agarró el palo y lo lanzó a varios metros.
Con la mano libre, Jay se limpió la nieve de la cara y lentamente, Steve fue disminuyendo la presión sobre su pecho. Ella se sentó y se quitó el gorro para sacudirle la nieve.
Arrodillado a su lado, Steve le frotaba la espalda.
—Ahora me explicarás qué se supone que estabas haciendo —le espetó.
Con la furia bullendo todavía en su interior, Jay se volvió hacia él. Steve apartó la cabeza justo a tiempo para escapar de su puño, pero el gorro empapado que Jay tenía entre las manos golpeó su rostro con fuerza suficiente como para que le escociera. Y Jay terminó de nuevo de espaldas en el suelo.
—Una vez más —le advirtió Steve entre dientes—, y no podrás sentarte en todo un mes.
Jay lo fulminó con la mirada.
—¡Inténtalo! Cuando me he despertado y no te he visto, he pensado que podía haberte ocurrido algo y he venido a buscarte. Después has empezado a esconderte en la nieve con tus trucos de Super Espía, para que no te encontrara hasta que me he cansado y he decidido regresar a la cabaña. ¡Y después me tiras al suelo, me pones un cuchillo en el cuello y me gritas! Te merecías que intentara pegarte con un palo.
Steve la miró reparando entonces en su pelo revuelto, en la furia de sus ojos azules y en la determinación que reflejaban aquellos suculentos labios. Soltó una maldición, hundió los dedos en la espesa melena y buscó su boca. Fue un beso entre furioso y hambriento. Se había apoderado de él la necesidad salvaje de sentir sus labios, de deslizar la lengua en el interior de su boca, de saborearla. Jay le dio una patada y él se movió rápidamente. Colocó la rodilla entre sus piernas y se instaló entre ellas, apresándola contra la nieve.
Jay gimió y Steve deslizó la lengua en su boca.
De pronto, Jay se sintió arder. Su furia se transformó en algo distinto, en una pasión candente. Hundió las manos en su pelo y le sujetó por la nuca mientras le devolvía el beso con un ardor idéntico al de él. Steve movía las caderas contra ella con un ritmo primario, embistiendo como si de esa forma quisiera negar las capas de tela que los separaban, y Jay sentía que su sangre se encendía como la lava de un volcán.
Con gestos bruscos, Steve le desabrochó la cazadora y buscó sus senos, pero la camisa y el sujetador continuaban separándolo de su piel. Aquel contacto no era suficiente. Le desabrochó la camisa con precipitación, haciendo saltar tres botones, y también la abrió. El aire gélido acarició su piel y Jay gritó, pero Steve amortiguó su grito con un beso. El sujetador era de cierre delantero; Steve lo desabrochó con facilidad y apartó las copas de sus senos henchidos. Los pezones de Jay se endurecieron al contacto con el frío y Steve los sintió clavarse contra las palmas de sus manos cuando quiso acariciarla.
Alzó la cabeza.
—Déjame entrar dentro de ti —le pidió—. Ahora.
Posó la boca sobre uno de los pezones y succionó con fuerza al tiempo que lo rodeaba con la lengua y escuchaba los sonidos de placer que escapaban de la garganta de Jay.
Esta creyó que iba a morir de deseo, a pesar de lo mucho que Steve la había asustado; a pesar de que la había hecho enfadar como no recordaba que lo hubiera hecho ningún otro ser humano. Pero Steve había desatado también una pasión que había formado siempre parte de su naturaleza y que en aquel momento estaba escapando a su control. Las manos le temblaban, el cuerpo entero le temblaba. Y quería más.
Steve apartó la boca de su seno y Jay gimió al recibir el impacto del aire gélido sobre su piel desnuda. Sus ojos se encontraron; los de Jay aturdidos y rebosantes de aquella repentina pasión. Los de Steve entrecerrados y ardientes. Y Jay supo lo que él deseaba; sabía que estaba pidiéndole en silencio permiso. Y sabía que al menor gesto de aquiescencia, Steve haría el amor con ella sobre la nieve. Y todo su cuerpo vibraba pidiéndole que le diera permiso. Jay comenzó a susurrar su nombre; y el terror la bañó como un jarro de agua helada mientras alzaba la mirada hacia su duro rostro mientras él esperaba una respuesta.
¡No sabía cómo se llamaba! Podía llamarlo Steve, pero sabía que no era Steve. Su rostro no era el de Steve. Sabía que lo amaba, pero era un desconocido.
Steve encontró la respuesta en la repentina rigidez del cuerpo de Jay. Soltó un juramento mientras se levantaba y se frotaba el cuello con la mano, como si así pudiera aliviar la tensión. Jay intentaba abrocharse la camisa, pero le faltaban tres botones y las manos le temblaban haciendo que resultara imposible la tarea, así que al final se limitó a abrocharse la cazadora y se levantó. Minutos antes estaba ardiendo, pero en aquel momento, se sentía completamente helada. Estaba cubierta de nieve. Se sacudió la nieve del pelo, de los pantalones y de la cazadora lo mejor que pudo y volvió a ponerse el gorro de lana, pero estaba empapado, así que era preferible no llevar nada en la cabeza. Sin decir una sola palabra y sintiéndose incapaz de mirarlo, comenzó a caminar hacia la cabaña.
Steve la agarró con fuerza por el hombro y la hizo dar media vuelta.
—¡Dime por qué, maldita sea!
Jay tragó saliva. No pretendía detenerlo y en realidad no tenía forma de explicar el miedo con el que vivía cada momento del día.
—Ya te lo dije en otra ocasión —consiguió decir por fin—. Tengo buenas razones —una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla. Hacía tanto frío que terminó convertida en cristales de sal antes de llegar a su barbilla.
El rostro de Steve cambió. Parte del enfado y la frustración desapareció mientras secaba la lágrima de Jay con su mano enguantada.
—¿De verdad? Esas buenas razones no tienen ningún sentido para mí. Es normal que nos deseemos el uno al otro. ¿Durante cuánto tiempo crees que podré vivir como un monje? ¿Y durante cuánto tiempo podrás vivir como una monja? Esa no es mi vocación, encanto, y maldita sea, al fin y al cabo, esta no va a ser la primera vez que hagamos el amor.
Jay pensó que iba a ponerse a gritar de un momento a otro. Quería llorar y quería reír, pero ninguna de las dos cosas tenía sentido. Quería decirle la verdad, pero su mayor miedo era perderlo. Así que al final le dijo la verdad, o por lo menos parte de ella.
—Será la primera vez —gimió con la voz estrangulada—. Y tengo miedo.
Volvió a dar media vuelta y Steve la dejó marchar. Para cuando llegó a la cabaña, Jay estaba temblando de frío. Se dio una larga ducha de agua caliente y se puso ropa seca. Desde la cocina, llegaba hasta ella el olor a café recién hecho. Dejándose guiar por el olfato, fue hasta allí y encontró a Steve friendo beicon y batiendo huevos en un cuenco. Él también se había cambiado de ropa y Jay se sintió vacilar por el impacto que le produjo el encuentro y por algo de lo que de pronto fue consciente. Steve era un hombre alto y musculoso, ágil como un puma; los hombros y la pechera de la camisa se tensaban bajo sus fuertes músculos. Durante las semanas que habían pasado allí, había ganado peso y musculatura. El pelo le había crecido. Tenía un aspecto tan salvaje, peligroso y acusadamente viril que Jay tembló. Steve ya no era un paciente. Había recuperado su salud y su fuerza. Jay lo había seguido hasta allí porque estaba preocupada por él, porque, en el fondo, para ella continuaba siendo un guerrero herido. Pero ya no lo era. Su subconsciente lo había reconocido minutos antes, cuando había peleado con él. Algo que no se le habría ocurrido hacer unos días antes.
Steve la miró con expresión calculadora.
—Acabo de hacer café. Tómate una taza. Todavía estás un poco temblorosa. ¿Tanto te asusta la idea de hacer el amor conmigo?
—Eres tú el que me asusta —no fue capaz de contenerse—. Quién eres, lo que eres.
Steve se quedó paralizado al darse cuenta de lo que acababa de sugerir Jay.
—Antes has dicho que estaba empleando trucos de Super Espía.
—Sí —susurró Jay, y decidió que necesitaba una taza de café.
Se la sirvió y fijó la mirada en el vapor que se elevaba del café antes de dar el primer sorbo. ¿Por qué habría dicho eso? No pretendía hacerlo. Vivía angustiada, temiendo decir algo que pudiera activar su memoria y que Steve la dejara, y temiendo al mismo tiempo que jamás recuperara la memoria. Estaba atrapada porque no podría querer a Steve hasta que este recuperara la memoria y realmente la eligiera. Si es que lo hacía. Por que quizá decidiera marcharse para volver a su vida real.
—Yo creía que no lo sabías —respondió Steve rotundamente.
Jay alzó la cabeza bruscamente.
—¿Qué quieres decir?
—Tenía que haber algo más que la posibilidad de que hubiera visto algo antes de la explosión. El gobierno no funciona de esa manera. Me lo imaginaba y Frank me lo ha confirmado.
—¿Qué te ha dicho? —le preguntó Jay con un hilo de voz.
Steve contestó con una sonrisa despiadada.
—Ese es el problema. No puede decirme nada más debido a las circunstancias. ¿Tú cómo te lo has imaginado?
—De la misma manera. Sabía que tenía que haber algo más en todo esto.
—¿Esa es la verdadera razón por la que me rechazas?
—No —susurró ella.
El deseo y el dolor se reflejaban en su mirada mientras lo miraba. ¿Cómo podía doler tanto amar a un hombre? Pero dolía, sobre todo cuando el hombre era ese.
Todo el cuerpo de Steve estaba tenso. Su boca se había convertido en una dura línea.
—Deja de mirarme así —le dijo con voz dura—. Apenas puedo dominar las ganas de quitarte los pantalones y terminar haciendo el amor contigo en la mesa, y no quiero que las cosas sean así entre nosotros. Esta vez no. Así que deja de mirarme como si fueras a derretirte en el caso de que te tocara.
Jay desvió la mirada. Le había provocado escalofríos pensar en el acto que Steve acababa de describir. Sería un acto desnudo, apasionado, puramente sexual. Sabía que bastaría con que él la tocara para que los dos ardieran de deseo.
Steve pasó fuera la mayor parte del día, pero la tensión que había entre ellos no cedió. Permanecía allí, tan espesa como la niebla. Cuando la oscuridad lo obligó a regresar al interior de la cabaña, los ojos parecían arderle cada vez que la miraba. Instintos que Jay ni siquiera sabía que poseía, la impulsaban hacia él, a pesar de que la razón se inclinaba por no dejar que su relación progresara. Aquella noche estaba sola, en la cama, con tantas ganas de ir a buscarlo y pasar aquella larga y oscura velada entre sus brazos que le dolía. Steve tenía razón, ¿qué importaban sus razones? Ya era demasiado tarde. Para bien o para mal, se había enamorado de él. Ese era el verdadero peligro, y hacía demasiado tiempo que lo estaba corriendo. Mantenerse alejada de él no haría que fuera menos doloroso el momento de perderlo.
Pero no podía ir a su lado. Habitualmente, a la luz del día las cosas se veían de forma muy distinta a cuando se estaba sola por la noche en la cama. Sin embargo, la prudencia no era la única razón que la retenía. Las circunstancias en las que se encontraban ya eran suficientemente difíciles. Tenía que llamar a aquel hombre por un nombre que no era el suyo y fingir que era otra persona, pero ella quería poder mirarlo a los ojos cuando hicieran el amor. Y deseaba, más que ninguna otra cosa, saber su verdadero nombre, ser capaz de pronunciarlo de corazón.
Durante aquella noche, sopló un viento cálido que alejó el frente de nubes que los había cubierto de nieve. La Madre Naturaleza debía de estar riéndose de sí misma porque con aquella repentina subida de las temperaturas comenzó a derretirse la nieve, ofreciendo un avance de la primavera para la que todavía faltaba más de un mes. La nieve fundida goteaba desde los árboles y hacía un ruido similar al de la lluvia. Se oían crujidos en medio de la oscuridad de la noche y las ramas dejaban caer su carga blanca al suelo.
Aquella repentina subida de las temperaturas aumentó la inquietud de Jay, que aquel día se levantó al amanecer. Apenas podía creer lo que veía cuando se asomó a la ventana. El viento cálido había transformado el paisaje invernal en una húmeda pradera salpicada por parches de nieve. La nieve derretida continuaba goteando desde el tejado y el calor le producía la sensación de que la piel le iba a explotar. ¿Cómo podía haber ocurrido tan rápido?
—Esto es un chinook, una repentina oleada de vientos cálidos —explicó Steve tras ella.
Jay se volvió con el corazón palpitante. No le había oído acercarse; aquel hombre se movía con el sigilo de un gato. Parecía tan malhumorado que Jay casi retrocedió. Sus ojos eran duros, gélidos, y una sombra de barba cubría su mandíbula. Steve desvió la mirada hacia la ventana.
—Disfrútalo mientras puedas. Será como una primavera mientras duren los vientos, pero en cuanto se vayan, regresará la nieve.
Desayunaron en silencio y Steve abandonó la cabaña inmediatamente después. Más tarde, Jay oyó el golpe sólido del hacha sobre la leña y se asomó a la ventana de la cocina. Steve se había quitado la cazadora y estaba trabajando en mangas de camisa, dejando los antebrazos al descubierto. Por increíble que pareciera, el sudor había dejado marcas oscuras bajo sus brazos y en la espalda. ¿De verdad hacía tanto calor?
Jay salió al porche y elevó el rostro hacia el cielo para disfrutar de aquel cálido y dulce viento. ¡Era increíble! La temperatura parecía haber subido más de diez grados y el sol brillaba con fuerza en un cielo sin nubes. De pronto, los vaqueros y la camisa de franela le parecieron demasiado calurosos y en su piel comenzó a brillar una pátina de humedad.
Como una niña atolondrada por la llegada de la primavera, corrió al interior de su dormitorio y comenzó a deshacerse de aquellas prendas tan abrigadas. No podía aguantarlas ni un minuto más. Quería sentir el aire en los brazos desnudos; quería sentirse fresca y libre como el viento. ¿Qué importancia tenía que el invierno fuera a regresar en muy poco tiempo? ¡En ese momento estaban en primavera!
Sacó del armario su vestido favorito y se lo metió por la cabeza. Era de algodón blanco, sin mangas, con el cuello redondo y demasiado ligero para aquella temperatura que probablemente no llegaba ni a quince grados, pero era el vestido que mejor se adecuaba a su humor. Algunas cosas se hacían con el único propósito de celebrar y esa era una de ellas.
Jay estaba tarareando mientras comenzaba a preparar el almuerzo; fue entonces cuando reparó en que Steve ya no estaba cortando leña. Si había decidido marcharse justo a la hora de comer, comería sola. Todavía no le había perdonado lo ocurrido el día anterior.
Al oír ruido en la parte delantera de la casa apartó la sopa del fuego y salió. Steve había acercado el jeep hasta allí y lo estaba lavando. Era una escena tan doméstica que Jay se sintió impulsada a salir al porche y sentarse en el último escalón para verlo trabajar.
Steve alzó la mirada hacia ella. Sus ojos resplandecieron al ver el vestido.
—Un poco forzado, ¿no crees?
—Estoy cómoda —contestó Jay, y era cierto.
El aire era al mismo tiempo frío y cálido y el sol brillaba con fuerza, provocándole una sensación deliciosa. Steve también se había entregado a aquella agradable subida de la temperatura desabrochándose la camisa y sacándola de la cintura del pantalón.
Jay lo observaba mientras enjabonaba y enjuagaba el coche alternativamente, agachándose en cada ocasión para tomar la manguera. Al final, abandonó el escalón y se acercó hasta él.
—Tú enjabona, yo me encargo del agua.
Steve gruñó:
—¿Esperas acaso que lleguemos a un pacto similar para lavar los platos?
—Sería lo más justo. Al fin y al cabo, yo me estoy encargando de cocinar.
—Sí, claro. Y yo tengo que comer lo que preparas.
Jay lo miró con fingido horror.
—Pobrecito. Intentaré hacer algo para quitarte esa horrible carga de los hombros.
—Todas las mujeres sois iguales. En cuanto uno se ríe un poco de vosotras, os volvéis desagradables. Hay gente que no sabe aguantar una broma.
Jay apuntó con la manguera hacia la parte del jeep que Steve acababa de enjabonar. Él no tuvo tiempo de retroceder y el agua empapó su rostro y su ropa. Retrocedió entre maldiciones.
—¡Maldita sea, Jay, mira lo que haces!
—Hay gente que no sabe aguantar una broma —dijo Jay con dulzura, y giró la manguera hacia él.
Steve soltó un grito al sentir el impacto del agua helada y corrió hacia ella cubriéndose la cara con las manos para esquivar el chorro de agua. Jay reía y corría alrededor del jeep y volvió a atrapar a Steve.
Este se echó el pelo empapado hacia atrás; sus ojos habían adquirido un brillo peligroso.
—Ahora verás —dijo, comenzando a sonreír.
De un solo salto, subió al capó del jeep. Jay soltó un grito y comenzó a correr hacia la parte de atrás, pero la manguera quedó atrapada entre las ruedas del coche. Y estaba tirando frenéticamente de ella cuando Steve saltó al suelo y soltó una carcajada que hizo que Jay gritara, soltara la manguera y saliera corriendo en busca de refugio.
Steve se apoderó de la manguera y rodeó el jeep para sacarla de las ruedas. Y prácticamente se chocó con Jay.
—Espera —dijo ella, riendo y suplicando al mismo tiempo mientras alzaba la mano—. Es la hora de comer. He venido a decirte que la sopa ya está lista… —un chorro de agua empapó su rostro.
El agua estaba insoportablemente fría. Jay soltó un grito e intentó huir en busca de un escondite, pero cada vez que se volvía, Steve estaba tras ella. Terminó empapada de la cabeza a los pies.
Al final, comprendió que la mejor defensa era el ataque y salió corriendo tras él. Steve reía como un loco, un sonido que cesó bruscamente cuando Jay consiguió elevar la manguera de manera que el agua cayera directamente sobre su boca. Los dos se retorcían intentando recuperar el control de la manguera, y los dos reían y gritaban mientras el agua helada caía sobre ellos.
—¡Tregua, tregua! —gritó Jay, retrocediendo.
Ella no podía estar más mojada, pero tampoco Steve.
—¿Te rindes? —preguntó Steve.
—¿Qué es eso de rendirse? —gritó Jay—. Los dos estamos empapados.
Steve consideró su respuesta y asintió. A continuación, se acercó a la llave del agua para cerrarla y comenzó a recoger la manguera.
—Sabes pelear sucio. Es una cualidad que aprecio en las mujeres.
—Sí, claro, ahora intenta adularme para asegurarte de que no deje de cocinar para ti.
—La situación es la que es: aceptaré de ti todo lo que pueda conseguir.
De pronto, desapareció toda diversión de su rostro. Steve dejó caer la manguera y se enderezó, mirándola con expresión dura.
Jay sintió que se quedaba sin respiración. Jamás le había parecido tan atractivo como en aquel momento, completamente empapado, con el pelo pegado a la cabeza, una patente necesidad de afeitado y un brillo intensamente viril en la mirada.
Lentamente, él deslizó la mirada por el rostro de Jay y fue descendiendo a lo largo de su cuerpo, tomándose todo el tiempo del mundo en dibujar su silueta con la mirada.
Entonces Jay se dio cuenta de que Steve estaba viendo mucho más que su silueta. El vestido de algodón blanco parecía casi transparente y se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Bajó la mirada. Tenía los pezones endurecidos y erguidos, plenamente visibles bajo la tela de algodón que moldeaba también su cintura y sus muslos. Con el sol brillando a través de la tela, la protección que le proporcionaba el vestido era la misma que si hubiera estado desnuda.
Jay alzó los ojos hacia él y se quedó helada al mirar a Steve a la cara. Este estaba mirándola con una expresión tan salvaje que el corazón le dio un vuelco y la sangre comenzó a correr a toda velocidad por sus venas. Las piernas le temblaban mientras se sentía cada vez más húmeda y caliente. Tomó aire.
Steve alzó bruscamente la cabeza. Permaneció inmóvil un instante. Jay entreabrió ligeramente los labios sin dejar de temblar. Los ojos parecían pesarle. Sus pezones se habían convertido en pequeños círculos plenamente visibles a través de la tela del vestido. Sus brazos caían flácidos a ambos lados de su cuerpo mientras permitía que Steve la mirara.
Steve se estremeció. Y desapareció su capacidad de control.
Jay no podía moverse. Steve avanzaba hacia ella sin apartar la mirada de su cuerpo, sin ver ni oír ninguna otra cosa, como si fuera un animal en celo.
La respiración de Steve era fuerte, profunda, las aletas de su nariz se abrían. El agua goteaba por su cuerpo mientras él se movía. Jay esperaba, temblando de miedo y de deseo, porque Steve estaba fuera de control y ella lo sabía. Era un terror excitante el que sentía, la paralizaba y al mismo tiempo la llenaba de una sensación de anticipación tan aguda que resultaba casi dolorosa.
Entonces Steve posó sus manos sobre ella y Jay gimió en voz alta, liberando repentinamente toda la tensión.
Ella esperaba que Steve la levantara en brazos y la llevara a la cama, pero él no estaba para sutilezas. En aquel momento no le importaba nada, salvo hacer el amor en ese mismo instante. De modo que la dejó sobre la fría y húmeda tierra que, a pesar de los vientos cálidos, conservaba todavía el frío del largo invierno. Jay gritó al sentir el frío glacial en la espalda. Se arqueó involuntariamente, intentando evitarla. Pero Steve presionó, invitándola de nuevo a tumbarse mientras se colocaba sobre ella y le subía la falda hasta la cintura.
—Abre las piernas —le pidió.
La excitación se extendía a una velocidad vertiginosa por todo el cuerpo de Jay.
—Sí —susurró, clavándole las manos en los hombros.
Lo deseaba tanto que no le importaba el lugar en el que estuvieran ni lo urgente que fuera el deseo de Steve. Más adelante, ya tendrían tiempo para la seducción. Y para preocuparse por lo ocurrido. En aquel momento, lo único que importaba era aquella rápida y primitiva unión.
No hubo estimulación erótica, ni caricias, ni besos. Los cuatro meses que habían pasado negándose aquella intimidad habían sido más que suficientes. Y por fin se habían derrumbado las barreras. Steve se deshizo de las bragas de Jay por el simple procedimiento de desgarrarlas. A continuación, se desabrochó los pantalones y se los bajó solo lo necesario. Instó a Jay a separar un poco más las piernas y se hundió en ella.
Jay soltó un pequeño grito de dolor cuando Steve intentó penetrarla sin conseguirlo. Él cambió inmediatamente de postura y presionó otra vez; en aquella ocasión, se hundió plenamente en ella. El impacto reverberó en el cuerpo entero de Jay, y en aquella ocasión, gimió.
Él se apoyaba sobre los codos y Jay alzaba su mirada deslumbrada hacia él. Los ojos de Steve brillaban con ferocidad, su rostro era duro e intenso.
Jay arqueó la espalda para aceptarlo en su interior con el corazón a punto de explotarle de amor. Aquello era lo que quería, ver su rostro, ver aquellos ojos de águila, grabar aquella imagen en su mente y en su corazón mientras Steve imprimía huella en su cuerpo. Con la tierra helada en la espalda y el cielo azul sobre sus cabezas, con el sol resplandeciente iluminando su rostro, eran tan puros y primitivos como el paisaje que los rodeaba. No importaba cómo se llamara, ni tampoco lo que hiciera: aquel era su verdadero amor, su hombre.
Y ella quería entregarse a él. Alzaba las caderas para recibir la fuerza de las embestidas de Steve y sentía cómo temblaban sus entrañas.
Steve gimió algo ininteligible y deslizó los brazos bajo Jay para elevarla un poco más, como si quisiera que sus cuerpos se unieran hasta fundirse, y se vació en ella.
Jay lo abrazó con fuerza, con las piernas alrededor de su cintura y los brazos en sus hombros mientras Steve se derrumbaba tembloroso sobre ella.
—Te amo —le dijo una y otra vez.
Pero se limitaba a mover los labios y el único sonido que los rodeaba era el del viento. Jay cerró los ojos, sintiendo el viento cálido en las mejillas y el peso de Steve sobre ella, y supo que, pasara lo que pasara cuando aquel hombre recuperara la memoria, con aquel rápido y apasionado acto la había hecho suya de una forma que nada podría alterar.
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