Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 7 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Siete

 

Su corazón dejó de latir. Jay. El rostro se adecuaba perfectamente a aquel nombre, a su voz, a la delicadeza de sus caricias y a su fragancia esquiva. La descripción que había hecho Jay de sí misma era precisa, pero aun así, estaba lejos de la realidad. La realidad era que tenía una espesa melena del color de la miel oscura, los ojos de un azul profundo como el del mar y una boca grande, suave y vulnerable. Dios, qué boca, era una boca de labios rojos y llenos, inmensamente seductora. Era la boca más apasionada que había visto en su vida y le bastaba pensar en besarla o en que aquellos labios acariciaran su cuerpo para que le dolieran las entrañas. Jay permanecía inmóvil, con el rostro completamente blanco excepto por los pozos profundos de sus ojos y su exótica y maravillosa boca. Lo miraba como si estuviera fascinada, como si no pudiera apartar la mirada de su rostro.

—¿Qué tal ve? —le preguntó el cirujano—. ¿Ve halos de luz, se le difumina la silueta de los objetos?

Sin responder, Steve se levantó con la mirada fija en Jay. Jamás se cansaría de mirarla. Dio cuatro pasos hacia ella y Jay abrió los ojos como platos en medio de aquel semblante cada vez más pálido. Steve intentó ser delicado mientras la tomaba por los brazos, invitándola a levantarse, pero la excitación era cada vez más fuerte y sabía que le estaba clavando los dedos en su delicada piel. Jay musitó algo incoherente. Él cubrió su boca. La erótica sensación de acariciar sus labios llenos le hizo gemir de placer. Quería quedarse a solas con ella. Jay temblaba entre sus brazos y se aferraba a él como si tuviera miedo de caerse.

—Bueno, parece que tu sentido de la orientación no sufre ningún problema —comentó Frank con ironía.

Steve alzó la cabeza sin dejar de estrechar a Jay contra él. Ella continuaba temblando violentamente.

—Y que están bastante claras sus prioridades —intervino el coronel Lunning.

Sonreía y miraba a su paciente con profunda satisfacción. Semanas atrás, tenía serias dudas sobre la posible recuperación de Steve. Y verlo allí en aquel momento era casi milagroso. Todavía no estaba completamente recuperado, todavía tenía que recobrar todas sus fuerzas y no había ningún síntoma que indicara que fuera a recuperar la memoria. Pero estaba vivo y en camino de conseguir una salud de hierro.

—Lo veo todo estupendamente —contestó Steve con una voz más ronca de lo habitual mientras recorría con la mirada la habitación que se había convertido en su hogar durante más días de los que le gustaba recordar.

Pero incluso el aspecto de la habitación le gustaba. Durante su convalecencia, había ejercitado la disciplina de recrear todo en su mente para hacerse una idea de las relaciones espaciales y poder saber en todo momento el lugar de la habitación en el que se encontraba. Y su imagen mental había sido increíblemente correcta. Aunque los colores lo sorprendían un poco; en realidad no había imaginado colores, solo presencias físicas.

El cirujano se aclaró la garganta.

—Eh, ¿podría sentarse un momento, señor Crossfield?

Steve soltó a Jay. Esta se sentó, temblorosa, aferrándose a los brazos de la silla con tanta fuerza que palidecieron sus nudillos. ¡Se habían equivocado! ¡Aquel hombre no era Steve Crossfield! Se había quedado muda de la impresión, pero mientras observaba al cirujano examinando a Steve, o comoquiera que se llamara, recuperó el control y abrió la boca para explicar el terrible error que habían cometido.

Pero entonces Frank se movió, e inclinó la cabeza para observar al cirujano y aquel movimiento atrapó la atención de Jay. La sangre se le heló en las venas mientras surgía en su mente un solo pensamiento: si les decía que habían cometido un error, que aquel hombre no era su exmarido, dejarían de utilizarla. Apartarían al que ella creía Steve de su lado y no volvería a verlo.

Comenzó a temblar convulsivamente. Ella amaba a aquel hombre. No sabía quién era, pero lo amaba. Y no podía renunciar a él. Necesitaba pensar en ello, pero no podía hacerlo en aquel momento. Necesitaba estar sola, lejos de aquellos ojos vigilantes, para poder enfrentarse al impacto de saber que Steve… O, Dios, ¡Steve estaba muerto! Y aquel hombre era un desconocido.

Se levantó tan bruscamente que la silla se tambaleó. Cinco rostros sorprendidos se volvieron hacia ella mientras Jay se dirigía hacia la puerta como si fuera una prisionera intentando escapar.

—Yo… necesito un café —consiguió farfullar con voz tensa.

Abrió la puerta y salió, sin hacer caso de la llamada de Steve.

No, no era Steve. No era Steve. Aquel simple hecho era devastador.

Corrió hacia la sala de espera y se acurrucó en uno de sus incómodos asientos. Se sentía fría, con el cerebro entumecido y ligeramente mareada, como si estuviera a punto de vomitar.

¿Quién era aquel hombre? Tomó aire varias veces e intentó pensar con coherencia. No era Steve, de modo que tenía que ser el agente por el que Frank estaba tan preocupado. Eso significaba que estaba directamente involucrado en la operación, que era el único hombre que sabía exactamente lo que había pasado… o lo sería si recuperaba la memoria. ¿Correría peligro si alguien, quizá la persona o las personas que habían provocado aquella explosión que había estado a punto de matarlo, se enteraba de que estaba vivo? Hasta que no recuperara la memoria, no podría reconocer a sus enemigos. Su mejor protección en aquel momento era esconderse bajo la falsa identidad que le habían asignado. Jay no podía ponerlo en un peligro mayor. Y tampoco podía renunciar a él.

No era correcto fingir que aquel hombre era alguien que no era. Además, guardando su secreto estaría traicionando a Frank, un hombre al que apreciaba. Pero, sobre todo, estaría traicionando a Steve… ¡Maldita fuera! Odiaba llamarlo de ese modo, pero ¿de qué otra forma podía llamarlo? Tenía que continuar pensando en él como Steve. Estaba traicionándolo al asignarle una vida que no era la suya, quizá incluso estuviera impidiendo su completa recuperación. Y, si alguna vez recuperaba la memoria, jamás se lo perdonaría. Sabría que le había mentido, que lo había obligado a vivir una mentira colocándolo en el lugar de su exmarido. Pero no podía ponerlo en una situación de riesgo. Sencillamente, no podía. Lo quería demasiado. Por mucho que le costara, tenía que mentir para protegerlo.

—Jay.

Era su voz. Aquella voz grave y descarnada que la perseguía por las noches en sus sueños más dulces. Volvió la cabeza hacia él y lo miró. Todavía estaba tan impactada que no era capaz de disimular su impresión. Lo amaba. Y si amar a Steve sabiendo que no podía entregarse a él ya había sido suficientemente malo, ¿cómo podría amar a un hombre cuya vida consistía en enfrentarse al peligro? Había estado caminando al borde de un precipicio emocional y en aquel momento estaba cayendo al vacío sin poder hacer nada para impedirlo.

El supuesto Steve llenaba la puerta de la sala de espera. Tras saber que no era su exmarido, Jay percibía claramente sus diferencias. Era un poco más alto que Steve, tenía los hombros más anchos y el pecho más musculoso. Su barbilla era más cuadrada, sus labios más llenos. Debería haberse fijado antes en su boca, que no había estado sometida a los cambios de la cirugía plástica. Un extraño dolor la inundó al comprender que nunca sabría el aspecto que tenía antes aquel hombre.

—¿Qué te pasa, encanto? —preguntó él en voz baja; caminó hasta ella y buscó sus manos.

Jay tragó saliva. Los temblores continuaban sacudiendo su cuerpo. Incluso agachado, era más alto que ella. La sensación de poder, de peligro, era sobrecogedora. Cuando tenía los ojos vendados, quedaba amortiguada de alguna manera, pero en aquel momento, con la determinación resplandeciendo en aquellos ojos de color ámbar, Jay sentía toda la fuerza de su personalidad.

—Estoy bien —consiguió decir—. Es solo que… ha sido todo muy repentino. Estaba tan preocupada…

Steve le soltó las manos y comenzó a acariciarle los brazos.

—Yo deseaba tanto poder verte que no he tenido tiempo de preocuparme —musitó Steve—. Me dijiste que tenías los ojos azules, pero no me habías dicho nada de tu boca.

Tenía la mirada fija en su boca. A Jay comenzaron a temblarle los labios.

—¿Qué tenía que decirte de mi boca?

—Lo erótica que es —susurró, y se inclinó sobre ella.

Aquella vez fue un beso duro, exigente, que la obligó a ceder ante la arremetida, a abrir los labios para permitir el acceso de la lengua al interior de su boca. A pesar de que comenzaron a sonar los timbres de alarma, Jay se estremeció de placer.

Mientras se estaba recuperando y necesitaba su apoyo, Steve se había mostrado suplicante, era él el que pedía sus besos y la intimidad de su contacto. Pero ya no le estaba pidiendo nada y Jay fue consciente de que se había estado conteniendo durante mucho tiempo. La deseaba y había ido a buscarla con intención de conseguir lo que quería.

Steve se levantó y tiró de ella para que lo imitara sin perder en ningún momento el contacto de sus labios. La besaba con la intimidad de un hombre que pretendía hacer el amor, aflojando las riendas del control, exigiendo más. Jay se aferraba a sus hombros; sus sentidos enloquecían ante la dura presión de aquel cuerpo. Steve movía las caderas buscando las de Jay y gimió cuando su sexo henchido encontró el cálido vértice que escondía el de ella. Jay podría haber gemido también si hubiera sido capaz de respirar. Un calor salvaje corría por sus venas, tentándola a olvidarse de todo, salvo de la urgencia de satisfacer la anhelante excitación de Steve.

Entraron un hombre y una mujer en la sala de espera. El hombre pasó por delante de ellos limitándose a mirarlos de reojo, pero la mujer se detuvo y se sonrojó violentamente antes de desviar la mirada y acelerar el paso. Steve alzó la cabeza y aflojó la presión de sus manos mientras una sonrisa asomaba a su boca.

—Creo que deberíamos ir a casa —dijo.

El pánico volvió a asaltarla. ¿A casa? ¿De verdad esperaban que se lo llevara a ese diminuto apartamento que había estado utilizando durante los últimos dos meses? ¿O lo separarían definitivamente de ella para que terminara el proceso de recuperación en cualquier otra parte?

Abandonaron la sala de espera y encontraron a Frank apoyado contra la pared de la habitación, esperándolos pacientemente. Se enderezó y sonrió, pero miraba a Jay con expresión compasiva.

—¿Te encuentras mejor?

Jay tomó aire.

—No lo sé. Dime lo que va a pasar ahora y seguramente podré decirte cómo me siento.

Steve le rodeó la cintura con el brazo.

—No te preocupes, cariño. No me van a enviar a ninguna parte sin ti, ¿verdad, Frank? —formuló la pregunta amablemente, pero sus palabras escondían una determinación de acero y miraba a Frank con los ojos entrecerrados.

Frank lo miró con ironía.

—Jamás se me habría ocurrido hacer algo así. Volvamos a la habitación y hablaremos.

Una vez en la habitación, Frank se acercó a la ventana, abrió las cortinas y pestañeó ligeramente ante la luz del sol.

—En primer lugar, tendrás que dejar que el cirujano termine de examinarte la vista —le dijo, y miró a Steve—. La semana que viene tendrán que hacerte una revisión, pero eso ya lo arreglaremos.

Steve hizo un gesto de impaciencia que Frank interpretó perfectamente; alzó las dos manos.

—Ya me estoy ocupando de eso. Nos gustaría mantenerte a salvo, pero que, al mismo tiempo, pudiéramos acceder fácilmente a ti. Si estás de acuerdo, hemos pensado trasladarte a una casa situada en Colorado.

A Jay le daba vueltas la cabeza. Se sentó bruscamente. ¿Colorado? Durante los dos últimos meses, su vida parecía haberse vuelto del revés, de modo que creía que un cambio tan drástico no la afectaría. Pero la afectaba. ¿Cómo iba a irse a vivir a Colorado? Entonces miró a Steve y supo que iría a cualquier parte con tal de poder estar a su lado. Era una ironía. Cuando se había casado, lo más importante para ella era contar con algún tipo de estabilidad para poder construir su relación con Steve, pero su matrimonio no había sobrevivido. Y en aquel momento, cuando tenía que fingir que aquel hombre era Steve, estaba dispuesta a alejarse de todos y todo lo que conocía con tal de estar con él. Una dolorosa tristeza inundó su corazón porque aquello indicaba claramente que, aunque hubiera querido hacerlo, no había amado de verdad al auténtico Steve Crossfield. Steve se había alejado de ella, había continuado en solitario su camino y había muerto sin que nadie estuviera realmente cerca de él.

—¿A Denver? —aventuró Steve.

—No. La población más cercana está a cuarenta kilómetros por carretera. Es un lugar tranquilo, solitario, donde nadie podrá presionarte.

—Sois muy amables al tomaros tantas molestias solo para que pueda contaros lo que sé cuando recupere la memoria —contestó Steve, observando a Frank con un brillo duro en la mirada.

Este soltó una carcajada, pensando que algunas cosas nunca cambiarían. Incluso sin haber recuperado la memoria, aquel agente era suficientemente astuto como para haber encajado las piezas del difícil rompecabezas.

—¿Por qué no vas al apartamento y empiezas a hacer las maletas? —le sugirió a Jay—. Si es que quieres irte, claro.

—Vendrá conmigo —respondió Steve con rotundidad, y se cruzó de brazos—. Si no viene ella, no pienso ir yo.

Jay asintió, desesperada como estaba por tener una oportunidad de quedarse a solas para pensar. Salió de la habitación sin mirar a ninguno de los dos hombres, temiendo que pudieran ver el terror que reflejaban sus ojos.

Steve miró a Frank en silencio durante algunos segundos antes de musitar malhumorado:

—Me habías dicho que no estaba en peligro. ¿Por qué necesito irme a un lugar seguro?

—Por lo que sabemos hasta ahora, no estás en una situación de peligro…

—Déjate de estupideces —lo interrumpió Steve—. Era un agente. Sé que todo esto… —señaló el hospital con la mano— no lo habéis hecho porque el gobierno tenga un gran corazón. Los guardias de la puerta no forman parte de la decoración, y no os gastaríais tanto dinero escondiéndome a no ser que alguien estuviera amenazándome y además necesitarais desesperadamente la información que poseo.

Frank lo miró con sincero interés.

—¿Cómo sabías que había alguien vigilando tu habitación?

—Los oía —contestó Steve secamente.

¿Qué hacer a continuación? Frank miró al hombre que había sido su amigo durante una década preguntándose qué podía contarle. No mucho, de eso estaba condenadamente seguro. Hasta que el Hombre no derrotara a Piggot, aquella farsa tendría que continuar porque era la mejor protección frente a cualquier ataque contra su vida. Steve sabía demasiado sobre ellos como para correr riesgos en cuanto a su seguridad y, para que la farsa fuera completa, había que incluir en ella a Jay. El Hombre no corría ningún riesgo ni con sus agentes ni con sus amigos, y Steve era ambas cosas.

—Tienes razón —dijo Frank—. Eres un agente. Un agente altamente preparado y pensamos que la información que conseguiste en tu última misión es crítica.

—¿Por qué una casa de seguridad? —volvió a preguntar Steve sin renunciar a una respuesta.

—Porque el tipo que intentó hacerte saltar en pedacitos ha desaparecido. Y hasta que no lo encontremos, queremos estar seguros de que estás a salvo.

La furia encendió los ojos de Steve como un relámpago de luz.

—¿Y habéis metido a Jay en esto?

Frank lo miró con recelo, consciente de lo rápido que podía llegar a extraer una conclusión.

—Piggot no sabe que hubo alguien que sobrevivió a la explosión. Y no queremos correr ningún riesgo contigo.

Los ojos de Steve volvieron a relampaguear cuando oyó mencionar a Piggot.

—Ese Piggot, ¿cómo se llama?

—Geoffrey.

Volvió a aparecer aquel brillo en su mirada y Frank lo observó atentamente, preguntándose si la mención de aquel nombre podría desencadenar algún recuerdo. Pero si así era, Steve lo guardó para sí.

—Quiero ver el informe que tenéis sobre él.

—Veré si puedo conseguir una autorización.

—Y ahora dime, Frank, ¿por qué tenéis que meter a Jay en esto? Ella no sabe que soy un agente, ¿verdad?

—No. La trajimos aquí para que te identificara. Así de sencillo. Y una vez estuvo aquí, respondiste a su voz de una forma tan positiva que los médicos decidieron que podría ayudarte tenerla cerca. Así que se quedó.

Eso era cierto, por lo menos en gran parte. Frank esperaba que Steve no hiciera muchas más preguntas. Le había dicho todo lo que podía sin contar con la autorización de su superior.

Steve se frotó la barbilla mientras analizaba lo que Frank acababa de contarle. Si hubiera sentido que su presencia estaba poniendo a Jay en peligro, se habría alejado de ella inmediatamente, pero tenía la sensación de que Frank era sincero. Pensaba que estarían seguros en aquella casa de seguridad. El factor decisivo fue la idea de vivir en un lugar aislado con Jay, ellos dos solos. De esa forma tendría otra oportunidad. Podría volver a aprender lo que a Jay le gustaba y lo que la hacía enfadar. Sería como empezar de nuevo. Y cuando recuperara todas sus fuerzas, permanecerían durante las frías mañanas de Colorado tumbados en la cama, haciendo el amor hasta que sus cuerpos estuvieran empapados en sudor y Jay le hubiera entregado toda la fiera pasión que podía sentir dentro de ella. Jay presentaba al mundo una fachada serena y controlada, pero, quizá porque no había podido verla y había tenido que confiar en otros sentidos, Steve había llegado a percibir la profundidad de los sentimientos que se escondían tras aquel autodominio. Quizá hubiera sido suficientemente estúpido como para permitir que escapara de su lado en una ocasión, pero no pensaba permitir que volviera a alejarse.

—De acuerdo —dijo, exhalando lentamente—. Entonces nos iremos a esa casa. ¿Con qué medidas de seguridad contamos?

—Cristales a prueba de balas y puertas blindadas. La cabaña está bastante aislada, en lo alto de una pradera. No hay carreteras que lleguen hasta allí, solo se puede acceder en un vehículo cuatro por cuatro. La cabaña cuenta con un generador de electricidad y una antena parabólica para la comunicación por radio y ordenador.

Steve adoptó una expresión distante y concentrada mientras consideraba aquella información.

—¿Hay algún sistema de seguridad activo, o todos son de carácter preventivo?

—Solo cuenta con medidas de carácter preventivo.

—¿Por qué no hay sensores que detecten el movimiento o los cambios de temperatura?

—Para empezar, esa cabaña es tan segura que ni siquiera es necesario. Y hay tanta vida silvestre en aquella zona que estarían saltando constantemente las alarmas.

—¿Hasta qué punto es inaccesible ese lugar?

—Solo hay un sendero que lleva hasta la casa, y creo que incluso exagero al llamarlo sendero. Sale de la cabaña, cruza la pradera y desciende por la montaña antes de dar a una pista. Después hay que recorrer unos diez kilómetros por esa pista hasta llegar a la primera carretera asfaltada.

—En ese caso, la instalación de un láser en el camino podría alertarnos de la llegada de visitas. Y cubriendo solo una parte del camino, eliminaríamos la posibilidad de que los animales de la zona estuvieran activando constantemente las alarmas.

Frank sonrió.

—Supongo que eres consciente de que hay muchas posibilidades de que cualquier conejo atraviese el rayo y active la alarma, ¿no? Pero de acuerdo, instalaremos un sistema de alarma por láser. ¿Prefieres una alarma visual o sonora?

—Sonora, pero que no sea muy escandalosa. Y también quiero un busca para cuando tenga que abandonar la casa.

—Para ser alguien que tiene amnesia, te acuerdas de un montón de cosas —murmuró Frank mientras sacaba una libreta del bolsillo interior de su chaqueta y comenzaba a tomar notas.

—Recuerdo los nombres de todos los jefes de estado y de casi todos los países del mundo también —contestó Steve—. He tenido mucho tiempo para pensar, para ir encajando las diferentes piezas del rompecabezas e ir clasificando todo lo que sé. He perdido casi toda la información personal, pero continúo sabiendo muchas cosas relacionadas con mi trabajo.

—Tu trabajo significaba mucho para ti. Cuando se tiene una relación así con el trabajo, este ocupa tanto espacio que la vida personal prácticamente desaparece.

—¿Es lo que te ocurre a ti?

—Me ocurría antes. Ahora no.

—¿Cómo te has visto involucrado en todo esto? Tú eres agente del FBI y estoy condenadamente seguro de que esta operación no tiene nada que ver con tu departamento.

—En eso tienes razón. Hay que mover muchos hilos, pero son muy pocas las personas que tienen el poder para manejarlos.

—Muy pocas. ¿Entonces soy un agente de la CÍA?

Frank sonrió.

—No —contestó con calma—. No exactamente.

—¿Qué demonios significa eso? O soy de la CÍA o no soy de la CÍA, no creo que haya muchas más alternativas.

—Eres miembro de la CÍA. No puedo decirte nada más, salvo que todo lo que haces es completamente legal. Cuando recuperes la memoria comprenderás por qué no puedo darte más información.

—De acuerdo.

Steve se encogió de hombros, mostrando su conformidad. En realidad no importaba, hasta que no recuperara la memoria, aquella información no le serviría de nada.

Frank señaló la bolsa que había llevado con él.

—Te he comprado algo de ropa para que puedas cambiarte, pero antes déjame que le pida al cirujano que vuelva para terminar de examinarte; después, creo que te darán el alta.

—Necesitaré comprar más ropa antes de ir a Colorado. Por cierto, ¿dónde vivía antes?

—Tenías un apartamento en Maryland. He encargado que empaquetaran tu ropa y la lleven al avión, pero no te servirá hasta que no hayas ganado algo de peso. Hasta entonces, tendrás que comprarte ropa nueva.

Steve sonrió de oreja a oreja, sintiéndose repentinamente animado.

 

Jay permanecía sentada en la cama del apartamento que había estado utilizando durante los últimos dos meses. El corazón le latía con fuerza y sentía escalofríos recorriéndole continuamente la espalda. Las implicaciones, las complicaciones de su situación la aterrorizaban.

De pronto, había comprendido lo que llevaba inquietándola dos meses, lo que no había sido capaz de precisar hasta entonces. Cuando la habían llevado hasta allí y le habían pedido que identificara al hombre que yacía en la cama, no había sido capaz de afirmar rotundamente que se trataba de Steve Crossfield. Entonces, Frank le había dicho que el herido tenía los ojos castaños y ella había basado en aquel dato todo el proceso de identificación, porque Steve tenía los ojos castaños con un brillo aterciopelado.

Los ojos de Chrissy. Probablemente, para un hombre, unos ojos castaños eran simplemente unos ojos castaños. A Frank nunca se le habría ocurrido hablar de unos ojos oscuros como el chocolate, o unos ojos castaño claro, o unos ojos de color ámbar.

Jay se llevó las manos a las sienes y cerró los ojos con fuerza. Probablemente, Frank debía de saber el color de ojos de su propio agente y seguramente también sabía que Steve tenía los ojos castaños, de manera que tenía que haber sido consciente de que Jay no podía basar su identificación en un simple color de ojos. Y, sin embargo, aquel había sido el dato que le había proporcionado. En aquel momento, se dio cuenta de la delicadeza con la que Frank la había manipulado para que terminara declarando que aquel hombre debía ser Steve Crossfield. Y él tenía que saber perfectamente que había por lo menos un cincuenta por ciento de probabilidades de que no fuera Steve. Pero ¿por qué habría hecho algo así?

La única respuesta que se le ocurría, y que además la aterraba, era que Frank había sabido durante todo aquel tiempo que el hombre que estaba hospitalizado era un agente del gobierno, y no Steve. Le habían asignado la identidad de Steve y, para darle más consistencia a aquella usurpación de identidad, habían hecho que su exesposa la confirmara y después la habían colocado en una situación que habría confundido a cualquiera.

De modo que Steve, el verdadero Steve, estaba muerto, y aquel agente había asumido su identidad… ¿por una cuestión de seguridad?

Todo encajaba. La cirugía plástica para cambiar su rostro, las vendas en las manos para evitar que le tomaran las huellas dactilares. ¿Le habrían operado también las huellas dactilares? Era una idea terrible; ¿habrían dañado deliberadamente su laringe para que le cambiara la voz? No, seguramente no. No podía creer una cosa así. Todos los médicos habían luchado duramente para salvarle la vida y Frank estaba muy preocupado por él. Cosa que no le extrañaba. ¡Seguramente Frank era amigo de aquel hombre!

Pero ¿la amnesia era real? ¿O la fingía para no tener que recordar ningún detalle de su supuesta vida en común? Sí, la amnesia podía ser una excusa muy conveniente.

Pero ella tenía que creer que aquella amnesia era real si no quería terminar volviéndose loca. Tenía que creer que Steve estaba tan al margen de todo lo que estaba ocurriendo como ella, quizá incluso más. Y Frank le había parecido sinceramente disgustado cuando el coronel Lunning les había hablado por primera vez de la amnesia.

De manera que estaba como al principio. Si le decía a Frank que sabía que Steve no era el verdadero Steve, el juego terminaría y no podrían seguir utilizándola. Ella era una pantalla, la prueba irrefutable de que el hombre que había sobrevivido a la explosión era Steve Crossfield.

Tenía que seguir adelante con aquel engaño y continuar fingiendo que aquel era Steve porque lo amaba. Se había enamorado de él incluso antes de conocer su aspecto; se había enamorado de su voluntad irreductible, de su determinación de no entregarse al dolor, de su continua lucha. Se había enamorado de su capacidad de superar aquel proceso de recuperación sin una sola queja. Excepto por la frustración que le provocaba la falta de memoria, jamás se había derrumbado. Jay se había enamorado de aquel hombre en un momento en el que estaba mostrando los rasgos más irreductibles de su carácter, sin ninguna de las capas que añadían los procesos de socialización.

No podía renunciar a él; pero tampoco podía considerarlo algo suyo. Estaba atrapada en la telaraña conformada por aquellas extrañas circunstancias, igual que él. Steve confiaba en ella, pero ella se veía obligada a mentirle sobre algo tan básico como su propia identidad. Conocía a aquel hombre, sí, pero no sabía nada de su vida. Dios santo, ¿y si estuviera casado?

No, no podía estar casado. Fuera cual fuera el juego que estaban jugando, estaba segura de que no serían capaces de decirle a una mujer que había enviudado para poder asignarle a su marido una nueva identidad. Sencillamente, Jay no podía creer que Frank fuera capaz de algo así. Pero podía haber una mujer en la vida de Steve, una mujer a la que él quisiera y que a su vez lo quisiera aunque no estuvieran casados. ¿Habría alguna mujer esperándolo y sufriendo por el tiempo que estaba durando su desaparición? ¿Temiendo quizá que no volviera?

Jay se sentía enferma: sus únicas opciones eran igual de malas, todas significarían un puro tormento.

Podía decirle la verdad y perderlo, además de, muy posiblemente, exponerlo a un gran peligro, o podía mentirle para protegerlo. Por primera vez en su vida, amaba a alguien con toda la fuerza de su corazón, sin contención alguna, y sus sentimientos la impulsaban hacia la única opción que podía tomar. Precisamente porque lo amaba, lo único que podía hacer era protegerlo, por mucho que le costara.

Al final, se levantó y metió su ropa desordenadamente en la maleta, sin preocuparse de que pudiera arrugarse. Dos meses atrás, se encontraba en un laberinto de espejos, sin saber si los reflejos que veía eran una versión precisa de sí misma o una ilusión cuidadosamente construida. Pensó en su moderno apartamento de Nueva York y en lo mucho que había sufrido ante la perspectiva de perderlo cuando se había quedado sin trabajo; de pronto, era incapaz de recordar por qué era tan importante para ella. Su vida entera estaba desbaratada, había comenzado a girar alrededor de un nuevo eje. Steve era el centro de su vida y habían dejado de serlo su apartamento, el trabajo o la certeza de que había que luchar para ganar. Después de años de duro trabajo, lo estaba tirando todo por la borda por la sencilla razón de que quería estar con él, y no había arrepentimiento ni momentos de nostalgia de aquella vida. Lo amaba. Amaba a Steve, que en realidad no era Steve. Pero a quienquiera que fuera, lo amaba.

Buscó una caja y guardó en ella algunos objetos personales, como los libros y las fotografías que se había llevado de Nueva York. Le llevó menos de una hora prepararse para marcharse para siempre.

Mientras guardaba las cosas en el coche, miró cuidadosamente a su alrededor, preguntándose si alguna de aquellas personas que en realidad parecían estar pendientes solo de sus cosas estarían en realidad vigilándola. Quizá estuviera volviéndose paranoica, pero habían pasado demasiadas cosas para dar nada por sentado, ni siquiera la apariencia de normalidad. Esa misma mañana, había cruzado la mirada con unos ojos fieros y dorados y se había dado cuenta de que todo lo que había pasado durante los dos meses anteriores era una burda mentira. Le habían arrancado las vendas de los ojos y se había convertido en una mujer recelosa.

De pronto, sintió la urgente necesidad de volver a estar con él. La inseguridad le hacía desear desesperadamente su compañía. Steve ya no era un paciente que necesitaba sus cuidados y atenciones, sino un hombre que, a pesar de haber perdido la memoria, conocía mucho mejor que ella aquella realidad. La intuición y las reacciones de Steve, que tanto la habían intrigado, se explicaban de pronto por sí mismas, al igual que la amplitud de sus conocimientos sobre el mundo de la política. Había perdido la memoria, pero continuaba teniendo la misma preparación de siempre.

Frank y Steve la estaban esperando pacientemente en la habitación del hospital. Jay apenas consiguió saludarlos con una sonrisa; sus ojos volaron inmediatamente hacia Steve. Este se había puesto unos pantalones caqui y una camisa blanca remangada hasta los codos. A pesar de lo delgado que estaba, continuaba transmitiendo una impresión de poderío. Y, una vez desaparecidas las vendas de sus ojos, lo último que parecía era una persona necesitada de cuidados.

Steve la recorrió con la mirada de la cabeza a los pies, entrecerrando los ojos con una carga de sexualidad tan antigua como el mundo. Jay se sintió como si estuviera acariciando todo su cuerpo, una sensación que consiguió asustarla y excitarla al mismo tiempo.

Steve se levantó lentamente, se acercó a su lado y deslizó el brazo por su cintura en un gesto indiscutiblemente posesivo.

—Has llegado muy rápido. No debes de haber guardado muchas cosas en la maleta.

—La verdad es que no puede decirse que me haya esforzado mucho haciendo las maletas, lo he guardado todo de cualquier manera.

—No tenías por qué darte prisa. No pensaba ir a ninguna parte sin ti — contestó Steve, arrastrando las palabras.

—En cualquier caso, los dos tendréis que ir de compras —añadió Frank —. Yo no había pensado en ello, pero Steve ha comentado que ninguno de los dos tenéis ropa apropiada para el invierno de Colorado.

Jay miró a Frank, fijó la mirada en sus ojos claros y serenos, en su amistoso rostro. Durante aquellos dos meses, había sido una roca en la que apoyarse. Frank hacía todo lo que estaba en su mano para que las cosas le resultaran más fáciles, para que se sintiera cómoda. Y durante todo aquel tiempo, había estado mintiéndole. Incluso sabiéndolo, no podía creer que tuviera otra razón para ello que intentar proteger a Steve. Y por eso lo perdonaba por completo. Ella estaba dispuesta a hacer lo mismo, de modo que ¿qué podía argumentar contra él?

—No es necesario que vayamos de compras aquí —dijo Steve—. Ni siquiera en Denver. Si vamos a la ciudad, terminaremos comprando lo que cualquier dependiente de unos grandes almacenes considere que es la moda para este invierno. Será mejor que paremos en cualquier tienda de alguna ciudad mediana, aunque procurando que no esté demasiado cerca de la cabaña. Quizá en algún pueblo situado a unos cincuenta kilómetros de allí.

Frank asintió ante su implacable lógica, y también ante el tono autoritario que comenzaba a adquirir la voz de Steve. Estaba tomando las riendas de la situación a pesar de que nadie esperaba que lo hiciera. La amnesia no había alterado los principales rasgos de su carácter y Steve era un experto en logística. Sabía perfectamente lo que había que conseguir y cómo había que hacerlo.

Jay no mostró sorpresa alguna ante aquel tipo de precauciones. Su mirada permanecía serena. Tras haber tomado una decisión, estaba perfectamente preparada para cualquier cosa que ocurriera.

—¿Necesitaremos armas? —preguntó—. Al fin y al cabo, vamos a estar en un lugar muy solitario.

Jay odiaba las armas y la violencia, pero al imaginarse viviendo en un lugar tan aislado del mundo veía las cosas de manera diferente.

Steve bajó la mirada hacia ella y tensó el brazo alrededor de su cintura. Él ya hablaría de las armas con Frank.

—No sería una mala idea contar con un rifle.

—Tendrás que enseñarme a disparar. Jamás he agarrado una pistola — comentó Jay.

Frank miró la hora.

—Haré una llamada y nos iremos. Para cuando lleguemos al aeropuerto, el avión ya estará listo.

—¿De qué aeropuerto saldremos?

—Del nacional. Volaremos hasta Colorado Springs y haremos el resto del trayecto en coche.

Satisfecho con el desarrollo de los acontecimientos, Frank fue a hacer aquella llamada. En realidad hizo dos llamadas. Una al aeropuerto, y otra al Hombre para ponerlo al corriente de todo lo ocurrido.

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