Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 12 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Doce

 

 

En cuanto oyó el primer pitido del busca que cada noche dejaba en la mesilla, Lucas se levantó y fue a buscar los pantalones. El tono le indicaba que era el busca y no la alarma que activaba el láser, pero el mero hecho de que Frank estuviera poniéndose en contacto con él en medio de la noche ya era suficientemente alarmante. Jay se incorporó en la cama y alargó la mano hacia la lámpara, pero Lucas la detuvo.

—Nada de luces.

—¿Qué está pasando? —preguntó Jay, quedándose muy quieta.

—Voy a ir al cobertizo. Está sonando el busca. Frank está intentando ponerse en contacto con nosotros.

—Entonces ¿por qué no quieres que encienda la luz?

—Frank no se pondría en contacto con nosotros en mitad de la noche a menos que hubiera surgido una emergencia. Podría ser demasiado tarde. Y si Piggot anda cerca de aquí, una luz podría alertarlo.

—¿Piggot?

—El tipo que intentó matarme, ¿recuerdas?

—Voy contigo.

Jay se levantó de la cama a la velocidad del rayo y comenzó a buscar su ropa en medio de la oscuridad. Lucas fue a detenerla, no quería que Jay abandonara la seguridad de la cabaña, pero si Piggot los había encontrado, la cabaña tampoco sería un lugar seguro. Bastarían una granada y un lanzacohetes en manos de un experto, como lo era Piggot, para que, en cuestión de segundos, la cabaña se convirtiera en un infierno.

Lucas se puso las botas y sacó la pistola de la pistolera que siempre tenía a mano. Mientras salía de la habitación, descolgó la cazadora del perchero de la puerta y se la puso mientras corría a través de la cabaña a oscuras hasta llegar a la puerta de atrás. Jay iba tras él después de haber conseguido ponerse los vaqueros, una camisa de franela de Lucas y las botas, sin preocuparse de los calcetines.

Caminaron por encima de la nieve hasta el cobertizo, procurando mantenerse entre las sombras todo posible. Aquel maltrecho cobertizo era toda una revelación. Jay se había quedado atónita la primera vez que Lucas le había enseñado lo que se escondía bajo su techo. Este apartó una bala de heno para enseñarle una trampilla con la anchura suficiente como para permitirle meter los hombros. Desde allí presionó el botón que abría la cerradura electrónica. La trampilla se abrió lentamente y reveló en su interior una escalera que descendía hacia un sótano, iluminado únicamente por las luces rojas colocadas al lado de cada escalón. Lucas la urgió a bajar, la siguió, cerró la trampilla tras él y no encendió las luces hasta que llegaron a la sala de comunicaciones.

La sala era pequeña y estaba repleta de aparatos. Había un ordenador con su correspondiente pantalla, una antena para las conexiones por vía satélite y una impresora apoyada en una de las paredes; frente a ella, se veía un complejo sistema de radio. Apenas quedaba espacio en la habitación para moverse, y parte de él estaba ocupado por una silla. Lucas tomó la silla y encendió la radio.

—Estoy en el aire.

—Haced las maletas. Han visto a Piggot en México capital y nos han comunicado que la localización de la cabaña ya no es segura.

La voz de Frank resonaba misteriosamente en la habitación, sin aquellos pequeños crujidos que normalmente acompañaban las transmisiones radiofónica, lo que daba fe de la calidad del equipo.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—El Hombre ha estimado que unas cuatro horas; menos si Piggot tiene cómplices por la zona.

—Lo que hace normalmente es colocar a sus hombres en la zona, pero mantenerlos a distancia hasta que él llega. Le gusta orquestar las cosas por sí mismo —la voz de Lucas sonaba distante y su mente corría a toda velocidad.

Se hizo un silencio absoluto en la sala, hasta que Frank preguntó quedamente:

—¿Luke?

—Sí —contestó Lucas.

Fue consciente del repentino movimiento de Jay, al que siguió una inmovilidad casi total. Él no pretendía decírselo de aquella manera, pero las cosas estaban sucediendo condenadamente deprisa. Cuatro horas no eran mucho tiempo y, ocurriera lo que ocurriera, quería que Jay supiera su nombre. Durante cuatro horas al menos, sabría de quién era la mujer.

—¿Cuándo lo has sabido? —preguntó Frank.

—Hace un par de días. ¿Hay alguna posibilidad de interceptar a Piggot antes de que llegue hasta aquí? Eso sería lo mejor.

—Pocas. Lo más probable es que lo agarremos allí. No sabemos dónde está, pero sí hacia dónde se dirige.

—No le gusta trabajar por encargo, y eso significa que probablemente a estas alturas estará viniendo hacia aquí en una avioneta y pretende aterrizar en cualquier pista privada de esta zona. ¿Tienes un lisio de las pistas de la zona?

—Ahora mismo lo estamos sacando en el ordenador. Pondremos agentes en todas ellas.

—¿Hay algún lugar seguro en el que pueda dejar a Jay?

Frank contestó en tono urgente.

—Luke, tú no estás de servicio. No te quedes como cebo. Móntate en el jeep, sal de allí con Jay y llámame dentro de cinco horas.

—El desastre de Piggot ha sido cosa mía. Yo lo arreglaré —contestó Lucas en tono frío y distante—. Si hubiera conseguido atraparlo el año pasado, ahora no estaríamos soportando todo esto.

—¿Y qué me dices de Jay?

—La sacaré de aquí. Pero después volveré por Piggot.

Consciente de la inutilidad de discutir con él a kilómetros de distancia, Frank contestó:

—De acuerdo. Ponte en contacto con Veasey en esta frecuencia, y ponte en marcha —recitó los números de la frecuencia solo una vez.

—Roger —dijo Lucas, y apagó el interruptor para cortar la comunicación entre ellos.

A continuación, dio media vuelta en la silla, se levantó y se volvió hacia Jay.

Esta sentía todo su cuerpo entumecido mientras lo miraba. Lucas lo sabía. Había recuperado la memoria. Su tiempo de gracia se había agotado, los espejos habían estallado en añicos: la farsa había terminado. La violencia que había llevado a Lucas a su vida estaba a punto de arrebatárselo otra vez.

Tras haber recuperado la memoria, volvía a ser Lucas Stone. Estaba en sus ojos, en el agresivo resplandor que brillaba en su mirada. Su rostro se había endurecido.

—No soy Steve Crossfield —dijo bruscamente—. Me llamo Lucas Stone. Tu exmarido está muerto.

Jay se había quedado blanca y estaba completamente helada.

—Lo sé —susurró.

Lucas esperaba oír todo tipo de cosas, pero jamás se había imaginado que aquella sería la respuesta de Jay. Lo dejó atónito, confuso, e irracionalmente furioso. Había pasado una auténtica agonía durante esos días, pensando en el momento de decírselo. Y ella ya lo sabía…

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó secamente.

Jay sentía entumecidos hasta los labios.

—Desde hace tiempo —contestó.

Lucas la agarró con fuerza del brazo.

—¿Cuánto tiempo es «desde hace tiempo»?

Jay intentó pensar. Llevaba tanto tiempo atrapada en aquella telaraña de mentiras que le resultaba difícil recordarlo.

—Tú… todavía estabas en el hospital.

Por la mente de Lucas pasaban toda clase de posibilidades. Lo habían entrenado para pensar siempre lo peor, para no dejar de machacarse hasta que las cosas tuvieran sentido. Y no le gustaban nada las posibilidades que aparecían en su mente. Desde el primer momento, él había asumido que Jay era completamente inocente, que lo ignoraba todo, y había sido utilizada por Sabin y por Frank Payne para protegerlo, pero era más probable que la hubieran contratado para hacer aquel trabajo. Una furia incontrolable comenzó a crecer en su interior y tuvo que dominar su genio.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

Dios, por un momento, había estado a punto de volverse loco con todos aquellos recuerdos que acudían a su mente sin que ninguno concordara con las cosas que Jay le había contado sobre él. Habría recuperado la memoria mucho antes si hubiera tenido algún dato sólido en el que apoyarse, en vez del cuento de hadas que Jay había inventado para él.

Le estaba haciendo daño, seguramente sus dedos terminarían dejándole marcas en los brazos. Jay intentó liberarse inútilmente y jadeó cuando Lucas incrementó la presión de su mano.

—¡Tenía miedo!

—¿Miedo de qué?

—Pensaba que Frank me diría que me fuera si se enteraba de que había descubierto que no eras Steve. Lucas, por favor, ¡me estás haciendo daño!

Por lo menos podía pronunciar su nombre. Incluso en medio del dolor, le gustaba saborear aquel sonido.

Lucas rebajó la presión, pero la agarró también del otro brazo y la sostuvo con firmeza.

—¿Así que Frank te contrató para que dijeras que yo era Steve Crossfield?

—No, no —tartamudeó—. Al principio yo también pensaba que eras Steve.

—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

—Tus ojos. Cuando vi tus ojos lo supe.

El recuerdo de aquel momento era claro como el cristal. Cuando los médicos le habían quitado las vendas de los ojos y había mirado a Jay por primera vez, la había visto tan pálida como lo estaba en aquel momento. Era extraño, porque sabía que Sabin jamás habría descuidado un detalle tan básico como el color de sus ojos.

—¿Tu marido no tenía los ojos castaños?

—Mi exmarido —susurró Jay—. Sí, pero los tenía oscuros. Los tuyos son prácticamente amarillos.

De modo que sus ojos eran diferentes de los de su exmarido. Casi llamaba a la risa el que Sabin, que tan cuidadosamente había preparado todo aquel chanchullo, hubiera fallado en algo como eso. Pero aun así, Jay no le había dicho a nadie que se había equivocado de hombre, lo cual habría sido lo más razonable. Ni siquiera se lo había dicho a él, ni entonces ni durante las semanas que habían compartido en la cabaña. El enfado y la frustración endurecían su voz.

—¿Por qué no me lo has dicho? ¿No se te ha ocurrido pensar que podía estar interesado en saber quién era?

—No podía arriesgarme. Tenía miedo… —comenzó a decir, suplicando comprensión.

—Sí, es cierto, tenías miedo de que se terminara el chollo. Frank te estaba pagando para que te quedaras conmigo, así que no podías renunciar a este trabajo.

—¡No! No es eso…

—Entonces ¿cómo es? ¿Tienes tanto dinero que no necesitas trabajar?

—Lucas, por favor. No soy una mujer rica.

—¿Y cómo has podido sobrevivir durante los meses que he estado en el hospital?

—Frank se ha hecho cargo de todos mis gastos —contestó frustrada—. Pero por favor, ¿quieres escucharme?

—Te estoy escuchando, cariño. Y acabas de decirme que Frank te pagó para que te quedaras conmigo.

—¡Hizo posible que me quedara contigo! Acababa de perder mi trabajo… —cuando ya era demasiado tarde, oyó sus propias palabras y supo cómo se las tomaría Lucas.

La rabia transformó los ojos y la boca de Lucas en una dura línea.

—Así que no desperdiciaste la posibilidad de conseguir un trabajo especialmente cómodo. Lo único que tenías que hacer era sentarte cada día al lado de mi cama para obtener todo lo que te apeteciera, porque Frank estaba dispuesto a pagar todas tus cuentas. Eso explica los motivos por los que no querías casarte conmigo, ¿verdad? Estabas encantada de aceptar tu salario, pero casarte con un desconocido era algo un poco más serio. Por no mencionar el hecho de que nuestro matrimonio no habría sido legal. Sí, te has ahorrado muchos problemas sacando a relucir todas esas excusas.

—No eran excusas. Teníamos muy poca información sobre ti, podía haber alguien a quien le importaras.

—¡Y lo había! —gritó Lucas—. ¡Mi familia! Ahora creen que estoy muerto.

Jay intentaba no perder el control y mantener la voz firme.

—No podía casarme contigo hasta que no hubieras recuperado la memoria y tuviera la certeza de que de verdad querías casarte conmigo. No podía aprovecharme de ti en una situación como esta.

—Un escrúpulo muy conveniente. Realmente te ennoblece, ¿verdad? Es una pena. Pero si querías conservar este chollo de trabajo, deberías haberte casado conmigo cuando todavía tenías oportunidad de fingir que yo era Crossfield. Después, cuando recuperara la memoria, podrías haberte hecho pasar por una pobre víctima y quizá hubieras conseguido que me quedara contigo sin sentirme culpable.

Jay se apartó bruscamente de él. De alguna manera, durante los largos meses que había pasado a su lado, había llegado a creer que Lucas la amaba, aunque nunca se lo hubiera dicho con aquellas palabras. Se mostraba tan posesivo, tan tierno y apasionado… Pero Lucas había recuperado la memoria y no podía haber dejado más claro que su enamoramiento había terminado. Ya no la necesitaba y era obvio que no iba a volver a pedirle matrimonio. Todo había terminado y no iban a separarse como amigos. Había pasado lo peor: Jay le había mentido, le había ocultado su verdadera identidad y él nunca se lo perdonaría. Lucas pensaba que lo había hecho porque el gobierno estaba dispuesto a pagarle hasta que hubiera terminado aquella farsa.

Lucas la soltó bruscamente, como si no pudiera soportar que continuara tocándolo y Jay se tambaleó. Cuando recuperó el equilibrio, se volvió hacia la escalera.

—Abre la puerta —le pidió.

Lucas apretó los puños. Todavía no estaba preparado para poner fin a la discusión. No tenía todas las respuestas que quería. Pero el gesto de Jay le recordó la necesidad de salir rápidamente de allí. Tenían que salir de la cabaña antes de que Piggot los encontrara. Lo último que quería era que Jay se viera atrapada en medio de un tiroteo.

—Yo iré primero —le dijo, y pasó por delante de ella.

Señaló la puerta abierta y subió la escalera pistola en mano. En cuanto sacó la cabeza de la trampilla, miró con recelo en todas direcciones, salió al piso de arriba y se arrodilló para ayudar a Jay a subir.

—Está todo en regla. Vamos.

Jay no lo miró mientras subía. Y tampoco lo hizo mientras aceptaba la mano que él le tendía. Lucas cerró la trampilla y volvió a colocar la bala de heno sobre ella. Jay comenzó a caminar hacia la puerta del cobertizo, pero él la agarró y le hizo retroceder.

—¡Cuidado! —le dijo con un susurro furioso—. Volveremos por el mismo camino por el que hemos llegado hasta aquí. Procura mantenerte entre las sombras.

Lucas fue abriendo camino y Jay lo seguía sin decir una sola palabra.

Continuaba negándose a encender la luz de la cabaña, de modo que Jay tuvo que ir a tientas por su dormitorio mientras buscaba algo de ropa en medio de la oscuridad. Cuando estaba quitándose la camisa de Lucas para ponerse su propia ropa, él entró en el dormitorio. Tras un momento de cierto embarazo, Jay se volvió con torpeza para ponerse el sujetador. Sentía las manos torpes y en la oscuridad no conseguía encontrar los tirantes. Desesperada, terminó dejando el sujetador sobre la cama y poniéndose directamente el jersey.

Lucas la observaba con atención. La piel pálida de sus senos resplandecía bajo la tenue luz que entraba por la ventana y, a pesar de su enfado, de la sensación de traición y la necesidad de odiarla, deseó acercarse a ella y estrecharla contra él. Solo unas horas antes había tenido aquellos senos entre sus manos, los había acariciado ávidamente con su boca. Había hecho el amor con Jay hasta la agonía. Jay le había dicho que lo amaba. Y, sin embargo, en aquel momento se volvía como si quisiera esconder el cuerpo de su mirada.

Aquello le dolió, lo sacudió por dentro. Le dolió mucho más que lo que Jay acababa de decirle, mucho más que los motivos mercenarios que le había echado en cara. Necesitaba saber por qué, pero no tenía tiempo. Maldita fuera. Si al menos Jay no se mostrara tan dolida y distante. Lucas tenía que luchar contra la urgencia de estrecharla en sus brazos y besarla para que cambiara de expresión. Diablos, ¿qué podía importarle por qué lo había hecho? Quizá al principio hubiera actuado motivada por el dinero, pero, maldita fuera, tenía la condenada certeza de que en aquel momento no era esa la razón, o por lo menos no lo era del todo. Pero aunque así hubiera sido, pensó despiadadamente, no permitiría que se marchara. Intentaría arreglar las cosas entre ellos en cuanto hubieran atrapado a Piggot, pero hasta entonces, lo más importante era asegurarse de que Jay estuviera a salvo.

—Date prisa —le dijo bruscamente.

Jay se sentó en el borde de la cama, se quitó las botas, se puso rápidamente unos calcetines y volvió a calzarse. A toda velocidad, agarró el bolso y la chaqueta y dijo:

—Ya estoy lista.

Lucas no veía la necesidad de que se llevara nada más. Tendrían oportunidad de regresar a la cabaña cuando se hubiera hecho cargo de Piggot y le gustó que Jay no perdiera ni un segundo más. Jay era una buena compañera incluso cuando no estaba en su mejor momento.

Lucas tenía que encontrar un lugar seguro en el que dejarla. Dudaba de que en Black Bull, la población más cercana, hubiera un hotel, pero no podían ir más lejos. Condujo el jeep a una velocidad de vértigo a través de la pradera. Era un trayecto peligroso, especialmente si se tenía en cuenta que no quería arriesgarse a encender las luces del coche. Pero temiendo encontrarse en algún momento en aquella tesitura, durante su estancia en la cabaña, Lucas había recorrido la pradera una y otra vez, dibujando mentalmente la ruta que tomaría, estimando la máxima velocidad que podía resultar segura y tomando nota de todas las piedras y baches del camino. Conducía tan cerca de la línea de los árboles que las ramas rozaban el lateral del jeep.

—No veo nada —dijo Jay con voz tensa.

—Yo sí.

No veía demasiado, pero sí lo suficiente como para conducir. Tenía buena visión nocturna.

Jay se aferró a la puerta cuando el vehículo saltó al atravesar un montículo de piedras. Lucas tendría que encender las luces para bajar la montaña, pensó; el camino solo tenía anchura suficiente para un vehículo y a uno de los lados había una caída completamente vertical. Incluso a la luz del día, Jay apenas se atrevía a respirar hasta que habían superado aquel tramo. Pero cuando llegaron hasta allí, Lucas continuó conduciendo sin luces. La oscuridad que tenían ante ellos era absoluta.

Jay cerró los ojos. El corazón le latía con tanta fuerza que no podía oír otra cosa. No podía hacer nada. Lucas había decidido no encender las luces, arriesgarse a conducir en la oscuridad, y ella no podía hacer nada para hacerlo cambiar de opinión. Su arrogante confianza en su habilidad era tan admirable como aterradora. Jay preferiría haber bajado la montaña con diez metros de nieve en el camino que hacerlo a aquella velocidad espeluznante, pero Lucas había decidido que era así como había que hacerlo y no había más que hablar.

Era incapaz de calcular el tiempo que tardaron en recorrer aquel camino. A ella le parecieron horas. Al final, los nervios no fueron capaces de soportar tanta tensión y terminaron adormecidos. Jay incluso abrió los ojos. Ya nada importaba. Si terminaban cayendo por el precipicio, morirían juntos, tanto si tenía los ojos cerrados como abiertos.

Pero entonces llegaron a la segunda pradera. De pronto, Steve pisó los frenos y soltó un improperio. Jay vio lo mismo que acababa de ver él: un haz de luces frente a ellos, en el otro extremo de la pradera. Afortunadamente, todavía estaban fuera del alcance de las luces, pero Jay sabía tan bien como Lucas lo que significaban. Los hombres de Piggot se estaban acercando, preparando el terreno para la llegada de su jefe.

Lucas dio media vuelta para regresar por donde habían llegado, manteniendo el coche siempre cerca de la línea de árboles. Cuando llegaron al final de la pradera, giró hacia el norte y se salió del camino. Las ruedas del jeep se hundían casi por completo en la nieve.

—¿Ahora vamos a ir campo a traviesa?

—No, es imposible. La nieve es demasiado espesa —dejó el jeep escondido entre los árboles y salió—. Quédate aquí —le ordenó, y desapareció.

Jay giró nerviosa en su asiento y forzó la vista intentando ver lo que Lucas estaba haciendo. Apenas distinguía su silueta en la nieve. Un instante después, Lucas había desaparecido.

A los dos minutos regresó. Se montó de nuevo en el jeep, cerró la puerta y bajó la ventanilla.

—Escucha —siseó.

—¿Qué has hecho?

—He borrado el rastro de nuestro coche. Solo había un coche. Si pasa de largo, todavía estamos a tiempo de volver al camino y alcanzar la autopista.

Escucharon con atención. El sonido del motor de un coche llegaba nítidamente hasta ellos a través del aire de la noche. El coche se movía lentamente mientras se abría camino en aquel trayecto para él desconocido. Las luces penetraban en la oscuridad de la noche y parecían a punto de alcanzarlos.

—No te preocupes —susurró Lucas—. No pueden vernos desde allí. Si no notan nada en el lugar en el que hemos girado y continúan avanzando, todo saldrá bien.

Dos condiciones. Dos grandes condiciones. Jay apretaba los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas. Las luces estaban tan cerca de ellos que iluminaban el interior del jeep. Jay advirtió entonces que Lucas se había puesto la cazadora, pero no la camisa. Aquel extraño detalle la afectó de tal manera que se preguntó si no estaría al borde de la histeria.

—Adelante —susurraba Lucas para sí—, adelante.

Por un momento, pareció que el otro coche estaba a punto de detenerse. El haz de luz se elevó ligeramente hacia ellos. Pero el coche de pronto giró y oyeron cómo se iba alejando el ruido del motor.

Jay soltó el aire que estaba conteniendo. Lucas puso el motor en marcha, sabiendo que no se oiría por encima del otro motor y giró, rezando para que estuvieran suficientemente escondidos y las luces de freno no revelaran su situación. Por lo menos llevaban al otro coche tras ellos. En el caso de que tuvieran que hacerlo, podrían huir por la carretera. Y teniendo en cuenta lo abrupto del camino, las posibilidades de que acertaran a dispararlos en una persecución eran pocas.

El jeep se tambaleó entre la nieve y volvieron de nuevo al camino. Ninguna otra luz quebraba la oscuridad y, de vez en cuando, a través de los árboles, veían las luces del otro coche, que continuaba avanzando lentamente por aquellas traicioneras montañas.

Jay permanecía en silencio, y continuó callada cuando llegaron a la carretera y Lucas encendió las luces. Se sentía como si la hubieran anestesiado.

Llegaron a Black Bull a las dos de la madrugada. Todos los habitantes de aquel pueblo de ciento treinta y tres almas estaba en la cama. Ni siquiera había una tienda que abriera por las noches y, según el letrero que colgaba de la gasolinera, esta cerraba a las diez de la noche. El coche del sheriff estaba aparcado a un lado de la gasolinera.

Lucas detuvo el jeep.

—¿Crees que puedes conducir suficientemente bien como para salir de aquí? —le preguntó bruscamente.

Jay bajó la mirada hacia la palanca de marchas, pero no miró a Lucas.

—Sí.

—Entonces conduce hasta la próxima población en la que puedas encontrar un hotel. Desde allí llama Frank. Él lo arreglará todo para que vayan a buscarte. ¿Tienes su número de teléfono?

Así que había llegado el momento. Todo había terminado.

—Dame un bolígrafo. Te lo escribiré.

Jay buscó con torpeza en el bolso y sacó un bolígrafo, pero no tenía ningún pedazo de papel en el que apuntar el número. Al final, Lucas le agarró la mano, le dio media vuelta y le escribió el número en la palma.

—¿Adónde vas? —le preguntó Jay con voz tensa.

—Voy a abrir ese coche del sheriff para llamar a Veasey. Después iré a buscar a Piggot y terminaré con esto de una vez por todas.

Jay fijó la mirada en el parabrisas. Apretaba la mano con fuerza, como si quisiera evitar que el número que Lucas le había apuntado en la mano se borrara.

—Ten cuidado —consiguió decir.

Era una frase trillada, pero la estaba diciendo de todo corazón. Se preguntaba si Frank alguna vez le contaría lo ocurrido. Si llegaría a enterarse de lo que le había sucedido a Lucas.

—Ya consiguió tenderme una emboscada en una ocasión. No volverá a ocurrir.

Lucas salió del jeep y se dirigió a grandes zancadas hasta el coche del sheriff. Estaba cerrado, pero eso no fue ningún impedimento. Abrió la puerta en menos de diez segundos. Miró hacia el jeep y se quedó observando a Jay a través de la ventanilla. Tenía el rostro blanco como el de un fantasma. En aquel momento, no había nada que Lucas deseara más que estrecharla entre sus brazos y besarla con tanta fuerza que ambos pudieran olvidar aquel desastre, pero si la besaba, no sería capaz de detenerse y lo más importante era ocuparse de Piggot. Sin embargo, la quería tan profundamente que habría estado dispuesto a utilizar el vínculo del sexo para asegurarse de que Jay supiera que era suya. Una sensación de vacío le iba devorando las entrañas. No habían sido capaces de resolver la difícil situación con la que se habían encontrado, pero eso tendría que esperar. Quizá fuera mejor de esa manera. Al cabo de unas pocas horas, ya no tendría que volver a preocuparse por Piggot y habría podido controlar su impaciencia. Sería capaz de pensar con claridad, de dejar de comportarse como si Jay lo hubiera traicionado. Todavía no comprendía las razones por las que ella lo había engañado, pero, a pesar de todo, sabía que lo amaba.

En vez de pasar a ocupar el asiento del conductor, Jay abrió la puerta, salió y miró a su alrededor. Se detuvo delante del jeep. Su esbelta silueta se recortaba contra las luces.

—Era la única forma que se me ocurría de protegerte —le dijo, después, se volvió a montarse en el jeep y puso el motor en marcha.

Lucas observó las luces que se alejaban rumbo a la autopista. Estaba estupefacto. ¿Para protegerlo?

Él estaba acostumbrado a tomar solo sus decisiones, la idea de que alguien pudiera protegerlo sin su conocimiento le resultaba completamente extraña. ¿Qué creía Jay que podía hacer para protegerlo?

De ella había dependido mantener esa farsa. Jay tenía razón; Frank se la habría quitado del medio en cuanto le hubiera dicho que había cometido un error, que él, Lucas, no era su exmarido. Jay no tenía ni las armas ni el entrenamiento necesario, pero eso no le había impedido asumir, literalmente, el papel de guardaespaldas. Toda aquella farsa dependía de ella, de modo que había decidido guardar silencio y continuar protegiéndolo con su presencia.

Porque lo amaba. Lucas soltó un improperio. Su respiración pareció cristalizarse en el aire gélido de la noche. Su maldita preparación como agente le había jugado una mala pasada, haciéndole ver una traición en donde no había ninguna, haciéndole cuestionarse los motivos de la actitud de Jay y asumiendo lo peor. Le bastaba mirarse a sí mismo para comprender por qué Jay no le había dicho nada. ¿Acaso no había permanecido él en silencio durante los dos días anteriores porque temía perderla en el caso de que le dijera la verdad? La amaba demasiado como para aceptar siquiera la posibilidad de perderla, hasta que Piggot había forzado la situación.

Soltó un nuevo juramento, se metió en el coche y lo puso en marcha.

 

El amanecer lanzaba sus primeros rayos rosados sobre la nieve, una imagen de la que Lucas había disfrutado muchas veces en las montañas. Pero aquella mañana en particular, la escena no era tan bucólica. La pradera estaba llena de hombres y vehículos. La prístina nieve había sido pisoteada. De vez en cuando aparecía alguna mancha rojiza. A la izquierda de la cabaña había un helicóptero cuyas hélices removían lentamente el aire de la mañana.

Diez hombres armados avanzaron hacia él cuando apareció de entre los árboles, pero alzaron sus armas en cuanto lo reconocieron. Lucas caminó con paso firme hacia ellos, sosteniendo su propia pistola con la mano manchada de sangre. El hedor a cordita, un explosivo compuesto principalmente por pólvora y nitroglicerina, le irritaba la nariz y una nube de humo gris descansaba sobre la pradera, como si estuviera resistiendo los esfuerzos de la brisa por disiparla.

Había un hombre alto, de pelo oscuro, cerca del helicóptero, supervisando la escena con los ojos entrecerrados.

Lucas se acercó a él.

—Has corrido un gran riesgo al alojarnos en tu propia cabaña —le espetó.

Kell Sabin miró a su alrededor.

—Era un riesgo calculado. Tenía que encontrar al infiltrado. En cuanto se supo el lugar en el que estaba localizada la cabaña, supe quién era, porque el acceso a la información era muy restringido —se encogió de hombros—. Ya encontraré otro sitio para pasar las vacaciones.

—¿Ese infiltrado descubrió mi tapadera?

—Sí. Hasta entonces, yo no tenía ni idea de quién era —la voz de Sabin era gélida y sus ojos parecían dos tizones.

—Entonces ¿qué sentido tenía seguir con la farsa? ¿Y por qué meter a Jay en todo este lío?

—Para que Piggot continuara intentando averiguar si estabas vivo. Tu coartada ya no nos servía. Conocía a tu familia y podía intentar llegar hasta ellos. Estaba intentando ganar tiempo para mantener a todo el mundo a salvo hasta que Piggot saliera de nuevo a la superficie y pudiéramos atraparlo —Sabin miró hacia los árboles—. Supongo que no volverá a molestarnos.

—Ni a nosotros ni a nadie.

—Este ha sido tu último trabajo. Ya estás fuera…

—Desde luego que sí —se mostró de acuerdo Lucas—. Tengo cosas mejores que hacer, como casarme y formar una familia.

De pronto Sabin sonrió y la frialdad desapareció de su mirada. Muy pocas personas habían visto a Sabin así, las únicas a las que realmente podía llamar amigos.

—Cuanto más grandes son… —se burló, pero no terminó la frase—. ¿Ya se lo has dicho a ella?

—Ella ya lo sabía. Lo averiguó cuando todavía estaba en el hospital.

Sabin frunció el ceño.

—¿Qué? Pero no dijo nada… ¿Cómo es posible que lo supiera?

—Por mis ojos. Mis ojos no son del mismo color que los de Crossfield.

—Diablos. Un detalle tan pequeño… ¿Y aun así siguió adelante?

—Creo que averiguó que toda esta farsa era para protegerme.

—Mujeres —musitó Sabin suavemente.

Pensó en su propia esposa, que había luchado como una tigresa para salvarle la vida cuando ni siquiera lo conocía. No le sorprendía que Jay Granger se hubiera puesto en peligro para proteger a Lucas.

Este se frotó la barbilla.

—Ni siquiera le importa verme con esta cara tan fea.

—Los cirujanos hicieron lo que pudieron. Tenías la cara destrozada — Sabin volvió a sonreír—. De todas formas, eras demasiado guapo.

Los dos hombres continuaron observando todo el proceso de limpieza y sus semblantes volvieron a ensombrecerse ante tantas vidas perdidas. Habían muerto tres hombres, entre ellos Piggot, y cuatro más habían sido detenidos.

—Notificaré a tu familia que estás vivo —dijo Sabin por fin—. Siento que hayan tenido que pasar por todo esto, pero con Piggot suelto, era lo más seguro para ti y para todos ellos, siempre y cuando la farsa funcionara. Ahora todo ha terminado. Vete a buscar a Jay a dondequiera que la hayas escondido y salid los dos de aquí.

Lucas lo miró. El color abandonó lentamente su rostro.

—¿Todavía no ha llamado a Frank? —preguntó con voz ronca.

Sabin permaneció en silencio durante algunos segundos.

—No, ¿dónde está?

—Se suponía que tenía que conducir hasta la ciudad más cercana, buscar un hotel y llamar a Frank. ¡Maldita sea!

Dio media vuelta y salió corriendo hacia el cobertizo seguido por Sabin. De pronto, se había quedado helado. Era posible que Piggot hubiera localizado a Jay antes de llegar hasta allí, y existía también la ligeramente menos terrorífica posibilidad de que Jay hubiera tenido un accidente. Dios santo, ¿dónde estaba Jay?

 

Después de dejar a Lucas, Jay continuó conduciendo como una autómata, siguiendo las diferentes indicaciones de la carretera. Al cabo de varios kilómetros, tomó la autopista que los había llevado hasta Colorado Springs, pero en dirección contraria. No prestaba ninguna atención a la hora; sencillamente, se limitaba a conducir. La autopista la condujo hasta Leadville y, desde allí, a través de otra carretera, se dirigió hacia Denver.

El sol comenzaba a elevarse en el cielo, dificultándole la visión, y prácticamente no le quedaba gasolina. Saldría en la siguiente salida de la autopista y llenaría el depósito.

De momento, eso sería todo.

Estaba agotada, pero no podía detenerse. Si paraba, tendría que pensar, y en aquel momento no podía soportarlo. Revisó su cartera, no tenía mucho dinero, unos sesenta dólares, pero conservaba las tarjetas de crédito. Con ellas podría regresar a Nueva York, el único hogar que le quedaba, su único refugio.

Esa misma carretera la llevó hasta el aeropuerto internacional de Stapleton, en Denver. Jay aparcó el jeep y tras anotar mentalmente el lugar en el que había aparcado para decírselo a Frank, entró en la terminal. Lo primero que hizo fue comprar el billete y tuvo la suerte de encontrar sitio en un avión que salía al cabo de una hora. Después fue a buscar un teléfono para llamar a Frank.

Él contestó al primer timbrazo.

—Frank, soy Jay —se identificó a sí misma—. ¿Ya ha terminado todo?

—¿Dónde diablos estás? —gritó Frank.

—En Denver.

—¡En Denver! ¿Y qué estás haciendo allí? Se suponía que tenías que haberme llamado hace horas. Luke está a punto de volverse loco y tenemos a toda la policía de Colorado buscándote.

Jay sintió que se quitaba un peso enorme del corazón.

—¿Está bien, Frank? ¿No está herido?

—Sí, está bien. Se ha hecho un rasguño en el brazo, pero nada que no pueda curar una tirita. Mira, ¿dónde estás exactamente? Iré a buscarte…

—¿Todo ha terminado? —insistió Jay—. ¿De verdad que ha terminado todo?

—¿Te refieres a Piggot? Sí, todo ha terminado. Luke ha acabado con él. Dime dónde estás y…

—Me alegro —las piernas parecían incapaces de seguir aguantando su peso durante mucho más tiempo—. Cuídalo.

—¡Dios mío, no cuelgues! —gritó Frank—. ¿Dónde estás?

—No te preocupes —consiguió decir Jay—. Puedo volver a casa yo sola.

Y, olvidándose completamente del jeep, colgó el teléfono. A continuación, se dirigió al baño y se lavó la cara con agua fría. Mientras se cepillaba el pelo, advirtió la palidez de sus mejillas y las ojeras que ensombrecían sus ojos.

—Desde luego, esta gente sabe cómo hacer disfrutar a una mujer — musitó a su reflejo.

El Yogi Berra había dicho «nada termina hasta que realmente termina», pero, definitivamente, aquello había terminado. A pesar de su agotamiento, Jay no pudo dormir durante el vuelo. Tampoco fue capaz de comer, aunque tenía el estómago vacío. Consiguió acabarse un refresco de cola, pero nada más.

Después de la soledad de la pradera, el aeropuerto de Nueva York le pareció un auténtico manicomio. Le entraban ganas de acurrucarse contra una pared y decirle a toda aquella gente que se fuera. Pero en vez de gritar, se metió en un autobús y una hora y media más tarde, entraba en su apartamento.

No lo había pisado desde hacía meses; y había dejado de ser para ella un hogar. Lo habían cuidado en su ausencia, tal y como Frank le había prometido, pero estaba tan vacío como ella. Ni siquiera tenía allí su ropa. Rio con tristeza; la ropa era la menor de sus preocupaciones. Frank se aseguraría de que se la enviaran.

Pero había sábanas y toallas en el baño. De modo que se metió en la ducha y después hasta fue capaz de reunir fuerzas para hacerse la cama. El sol de la tarde comenzaba a descender mientras se tumbaba desnuda entre las sábanas limpias. Como una autómata, dio media vuelta, buscando el calor de Lucas, pero él no estaba allí. Todo había terminado y Lucas ya no la quería. Las lágrimas afloraron a sus ojos mientras cerraba los párpados, pero casi inmediatamente se quedó dormida.

 

—Janet Jean. Janet Jean, despierta.

La voz se habría camino hasta su conciencia, intentando arrancarla del sueño. Jay no quería despertarse. Mientras continuara dormida, no tendría que enfrentarse a una vida sin Lucas. Pero aquella parecía su voz. Frunció el ceño.

—Janet Jean, despierta, encanto —una mano fuerte le sacudió el hombro desnudo.

Jay abrió los ojos lentamente. Era Lucas el que estaba sentado al borde de la cama, mirándola con el ceño fruncido. Sus ojos amarillos parecían casi criminales, aunque su tono había sido todo lo delicado que su voz rota le permitía. Tenía un aspecto infernal; necesitaba urgentemente un afeitado, estaba despeinado y una venda empapada de sangre cubría su antebrazo izquierdo. Pero por lo menos llevaba una camisa, y su ropa parecía limpia.

—Sé que he cerrado con cerrojo —el sueño todavía le impedía pensar con claridad. En Nueva York a nadie se le ocurría dejar la puerta sin cerrar.

Lucas se encogió de hombros.

—Vamos, cariño, ve al baño y lávate la cara con agua fría. Yo prepararé café.

¿Qué estaba haciendo allí? A Jay no se le ocurría ninguna razón, y aunque parte de ella se regocijaba al verlo, no importaba por qué, otra parte sufría al saber que tendría que volver a despedirse de él. Quizá en aquella ocasión no fuera capaz de soportarlo.

—¿Qué hora es?

—Casi las nueve.

—Imposible, todavía es de día.

—Las nueve de la mañana —le explicó Lucas con paciencia—. Vamos, levántate.

Le tiró de las manos para sentarla en la cama y las sábanas cayeron hasta su cintura, exponiendo su cuerpo desnudo. Jay agarró rápidamente las sábanas para ocultar sus senos; no se atrevía a mirarlo a los ojos mientras sentía el rubor que cubría sus mejillas.

Con un semblante completamente inexpresivo, Lucas se puso de pie y se desabrochó la camisa.

—Toma, ponte esto. Te he traído tu ropa, pero está toda revuelta en las maletas.

Jay miró la camisa y se la puso. Sin decir una sola palabra, se levantó, se metió en el baño y cerró con firmeza la puerta tras ella. Empezó a echar el cerrojo, pero decidió no perder el tiempo. Los cerrojos no servían de nada con Lucas.

Cinco minutos después, estaba mucho más despierta tras haber seguido su consejo y haberse lavado la cara. Después de haber pasado tanto tiempo sin beber, estaba también sedienta, y bebió varios vasos de agua. Se habría sentido mucho más segura si hubiera llevado encima algo más que esa camisa. La tela estaba impregnada del olor de Lucas. Se la llevó a la cara, inhaló profundamente y decidió regresar a la seguridad de su dormitorio.

Lucas estaba tumbado en la cama. Jay se quedó paralizada al verlo.

—Creía que ibas a hacer café.

—No tienes café.

Se levantó, posó las manos en sus hombros y la sacudió.

—Maldita sea —dijo con voz temblorosa—. He pasado por un auténtico infierno cuando me he enterado de que no habías llamado a Frank. ¿Por qué has huido? ¿Qué te ha hecho volver aquí?

Jay inclinó la cabeza; el pelo le caía sobre la cara.

—No tenía donde ir —le dijo, con la voz rota.

Él la estrechó entre sus brazos.

—¿De verdad creías que iba a dejar que te alejaras de mí tan fácilmente?

—¿Qué es lo que he hecho tan mal? —preguntó suplicante—. ¡No sabía otra manera de protegerte! Cuando te vi los ojos, supe que tenías que ser el agente que supuestamente había muerto, y comprendí también que se habían tomado muchísimas molestias para esconderte, lo que quería decir que estabas en peligro. Tenías amnesia, ¡ni siquiera sabías quién andaba detrás de ti! Pensé que mentir era la única forma que tenía de mantenerte a salvo.

Los ojos de Lucas resplandecieron.

—¿Y por qué te importaba lo que pudiera pasarme?

—¡Porque estaba enamorada de ti! ¿O crees que también eso es mentira?

Lucas la acarició con delicadeza.

—No —le dijo con voz queda—, creo que siempre he sabido que me amabas, casi desde el principio.

Las lágrimas asomaban por los lagrimales de los ojos de Jay.

—La primera vez que te toqué —susurró—, sentí el calor de tu piel, y también la fuerza con la que estabas luchando para conservar la vida. Empecé a quererte en aquel momento.

—Entonces ¿por qué te has marchado?

Se mostraba implacable, pero aquel era un rasgo muy propio de él.

—Porque todo había terminado. Tú no me querías. A mí me aterrorizaba lo que pudieras hacer cuando recuperaras la memoria. Tenía miedo de que me alejaras de tu lado, como lo hiciste. Así que decidí marcharme.

—Yo solo quería alejarte del peligro, ¡maldita sea! No pretendía que te marcharas a más de mil kilómetros —la levantó en brazos, la dejó en la cama y se tumbó a su lado—. Esta vez no quiero excusas. Esta vez vamos a casarnos en cuanto podamos hacerlo legalmente.

Jay lo miró tan sorprendida como la primera vez que Lucas había hablado de matrimonio.

—¿Qué… qué? —farfulló.

—Me dijiste que volviera a preguntártelo cuando hubiera recuperado la memoria. Bueno, pues ya la he recuperado. Ya podemos casarnos.

Lo único que pudo decir Jay fue:

—Eso no es una pregunta, es casi una orden. Y si crees que me debes…

Lucas, que había comenzado a desabrocharle la camisa, alzó bruscamente la mirada hacia ella.

—Te amo tanto que me has hecho perder la cabeza…

Jay estaba completamente estupefacta.

—Nunca me lo has dicho. Yo pensaba que… Pero luego tú me dijiste que me marchara.

—Creía que no podía dejarte más claro lo que sentía —gruñó Lucas.

—¿A ti te hace falta que te lo diga? —le preguntó Jay.

—Claro que me hace falta.

—Pues a mí también.

Lucas inclinó la cabeza y la besó mientras acariciaba su cuerpo desnudo. Acercó a Jay sus musculosas piernas y esta sintió la dureza de su sexo contra el muslo.

—Te amo, Lucas Stone.

Por lo menos, ya podía pronunciar su nombre con todo su amor.

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