Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 8 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Ocho

 

Después de una serie de pequeños retrasos, era ya media tarde cuando el avión despegó del aeropuerto de Washington; el sol comenzaba a ocultarse en el pálido cielo invernal. Era imposible que llegaran a la cabaña aquella noche, de modo que Frank había hecho los arreglos necesarios para que pernoctaran en Colorado Springs. Jay iba sentada al lado de la ventanilla, con los músculos tensos y la mirada fija en aquel monocromático escenario que en realidad no veía. Tenía la sensación de estar saliendo de una vida para meterse en otra sin dejar ningún puente que le permitiera volver a la anterior. Ni siquiera le había dicho a su familia a dónde iba; aunque no eran una familia particularmente unida, siempre estaban al tanto de dónde se encontraba cada uno de sus miembros. Jay no había visto a ninguno de sus parientes en Navidad porque se había quedado en el hospital con Steve y en aquel momento se sentía como si sus vínculos con él se hubieran hecho mucho más fuertes.

Steve permanecía a su lado, con las piernas estiradas, repantingado en su asiento y enfrascado en una revista. Iba completamente concentrado, como si estuviera hambriento de palabras escritas. De pronto, bufó y dejó la revista que estaba leyendo a un lado.

—Había olvidado lo tendenciosa que puede llegar a ser la información —musitó y soltó una carcajada—. Al igual que todo lo demás.

La ironía de su tono sacó a Jay de su ensimismamiento y la hizo reír. Sonriente, Steve volvió la cabeza para observarla y se frotó los ojos para poder fijar la vista en ella.

—A no ser que se me estabilice la vista, voy a tener que usar gafas para leer.

—¿Te duelen los ojos? —le preguntó Jay, preocupada.

Steve se había puesto las gafas de sol al salir del hospital, pero se las había quitado cuando habían subido al avión.

—Los tengo cansados y todavía hay demasiada luz. Me cuesta fijar la mirada, pero el cirujano me dijo que eso podría mejorar con el tiempo.

—¿Podría?

—Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que necesite gafas —le tomó la mano y le frotó la palma con el pulgar—. ¿Seguirás queriéndome aunque tenga que llevar gafas?

Jay contuvo la respiración y desvió la mirada. El silencio se hacía cada vez más espeso. Entonces Steve le estrechó la mano y susurró con voz ronca:

—De acuerdo, no te presionaré. Todavía no. Ya tendremos tiempo más adelante.

De modo que pensaba presionarla en cuanto estuvieran solos en la cabaña. Jay se preguntaba qué querría exactamente de ella: ¿un compromiso sentimental o solo el disfrute de su cuerpo? Al fin y al cabo, llevaba dos meses sin tener relaciones sexuales. En ese momento, se preguntó con qué mujer se habría acostado por última vez y los celos la abrasaron, fundiéndose con el dolor. ¿Habría significado algo aquella mujer para él? ¿Estaría esperándolo, llorando por las noches porque no la llamaba?

Pasaron la noche en un hotel de Colorado Springs. Al llegar a Colorado, a Jay le había sorprendido descubrir que había solo una ligera capa de nieve en el suelo, en vez del espeso manto que esperaba, pero continuaba cayendo algún que otro copo, que prometía más nieve para la mañana siguiente. El frío penetraba a través de su abrigo y tuvo que levantarse las solapas para protegerse las orejas. Estaba deseando poder comprarse ropa que la protegiera realmente del frío.

Steve estaba cansado, aquel era el primer día que pasaba fuera del hospital, pero ella también estaba agotada. Había sido un día muy duro para ambos. Jay se quedó descansando en su habitación mientras Frank iba a comprar unas hamburguesas para la cena. Las comieron en la habitación de Frank y, en cuanto terminaron, Jay se excusó y se retiró a su dormitorio. Lo único que quería era relajarse y ordenar sus pensamientos. Con esa finalidad, se dio una larga ducha, y dejó que el agua aliviara la tensión de sus músculos, pero le resultaba difícil pensar coherentemente. El riesgo que estaba asumiendo la asustaba, aun así sabía que no podía retroceder. No podía y no lo haría.

Se ciñó con fuerza el cinturón de la bata, abrió la puerta del baño y se quedó completamente helada. Steve estaba tumbado en su cama, con los brazos detrás de la cabeza y la mirada fija en la televisión, a la que había quitado el sonido. Jay lo miró y desvió después la mirada hacia la puerta de la habitación, arqueando las cejas con expresión confundida.

—Creía que había cerrado con cerrojo.

—Y lo has hecho. Pero yo lo he forzado.

Jay no se movió.

—¿Has recordado la técnica?

Steve la miró, giró las piernas en la cama y se sentó.

—No, no la he recordado; sencillamente, sabía cómo se hacía.

Dios santo, ¿qué otros talentos tendría? En aquel momento, Steve le parecía un hombre peligroso, con aquel rostro duro y los ojos resplandecientes. Probablemente era capaz de hacer cosas que a ella le provocarían pesadillas, pero no le tenía miedo. Lo amaba demasiado. Lo había amado desde el momento en el que había posado la mano en su brazo y había sentido su voluntad de vivir vibrando en su interior. Los nervios se le pusieron de punta cuando Steve se levantó y salvó con unos pocos pasos la distancia que los separaba. Estaba tan cerca de ella que tenía que alzar la mirada para poder verle la cara. Podía sentir el calor que emanaba su cuerpo y percibir el olor masculino, a almizcle, de su piel.

Steve le enmarcó el rostro con las manos y acarició con el pulgar las sombras que el cansancio había dejado bajo sus ojos, y que los hacía parecer de un azul mucho más profundo. Jay estaba pálida y nerviosa, su cuerpo temblaba. Había estado cuidando de él durante meses, pasando todo el día al lado de su cama, deseando que reviviera, que saliera de la oscuridad. Aquella mujer había llenado su vida de tal manera que incluso el impacto de sufrir amnesia palidecía frente al hecho de tenerla cerca de él. Jay lo había sacado del infierno, y en aquel momento era ella la que estaba sometida a una fuerte presión y él era el elemento fuerte de la relación. Podía sentir su tensión vibrando como una cuerda a punto de romperse. Deslizó la mano por su cintura y la estrechó contra él. La otra mano la hundió en su pelo y presionó suavemente, solo lo suficiente para que apoyara la cabeza en su hombro.

—No creo que esto sea una buena idea —susurró Jay. La camisa de Steve amortiguaba el sonido de sus palabras.

—A mí me parece que es una idea estupenda —murmuró él en respuesta.

Todos sus músculos estaban en tensión y en sus entrañas crecía un ardiente deseo. Dios, la deseaba. Deslizó las manos a lo largo de su cuerpo.

—Jay —susurró con aspereza, y se inclinó hacia ella.

La tórrida y ansiosa presión de su boca la hizo enloquecer. La caricia de su lengua contra la de ella provocó en su interior un placer tan penetrante que era casi insoportable. Jay alzó las manos a lo largo de la espalda de Steve y se aferró a él con todas sus fuerzas. Apenas fue consciente del momento en el que él dio media vuelta, con ella todavía en brazos, y la hizo echarse hacia atrás mientras deslizaba el brazo por debajo de sus rodillas.

Perdió la sensación de equilibrio, pero los brazos de Steve la sujetaron mientras caía hacia atrás y sentía a continuación todo su peso descendiendo sobre ella.

Había olvidado ya lo que era sentir la presión de un hombre sobre su cuerpo e inhaló profundamente al notar la rápida respuesta que fluía por sus venas. Sentía la presión del pecho de Steve sobre sus senos y la protuberancia de su sexo contra el montículo de su feminidad. Steve la besaba una y otra vez, deteniéndose apenas par dejarla respirar antes de que su boca volviera a apoderarse de ella una vez más. Se estrechaban el uno contra otro enfebrecidos, deseando mucho más. Steve tiró del cinturón de la bata hasta aflojar el nudo y dejar que apareciera la delicada tela del camisón. Emitió un gemido de frustración al encontrarse con aquella barrera adicional, pero en ese momento, estaba demasiado impaciente para enfrentarse a ella. Cerró la mano sobre su seno mientras le acariciaba el pezón con el pulgar.

Jay gimió suavemente en su boca.

—No podemos —gritó. La desesperación y el deseo la desgarraban.

—Y un infierno —replicó Steve, tomándole la mano y acercándola a la parte de su cuerpo que se tensaba contra la tela del pantalón.

Jay retrocedió ante aquel contacto. Una mueca de dolor cruzó su pálido rostro y extendió la mano involuntariamente, explorando las dimensiones de su excitación. Steve contuvo la respiración.

—Jay, cariño, no te detengas ahora.

Jay estaba asombrada de la rapidez con la que la pasión había explotado entre ellos; un solo beso y ya estaban tumbados en la cama. Los labios le temblaban mientras lo miraba a los ojos. ¡Ni siquiera sabía cómo se llamaba! Los ojos se le llenaron de lágrimas y pestañeó para apartarlas.

Steve gimió al ver las lágrimas que empañaban su mirada y volvió a besarla con tormentosa pasión.

—No llores. Sé que estamos yendo muy rápido, pero todo va a salir bien. Nos casaremos en cuanto podamos y haremos que nuestro matrimonio funcione.

Jay tragó saliva compulsivamente y apenas consiguió decir:

—¿Casarnos? ¿Estás hablando en serio?

—Esto es tan serio como un ataque al corazón, encanto —contestó y esbozó una sonrisa.

Las lágrimas volvieron a los ojos de Jay y de nuevo se obligó a reprimirlas. La inundaba la tristeza. No había nada que deseara más que casarse con él, pero no podía. Tendría que casarse con él bajo una falsa identidad, fingiendo que era alguien que no era. Probablemente, un matrimonio así ni siquiera sería legal.

—No podemos —susurró, y una lágrima se deslizó por su mejilla antes de que pudiera detenerla.

Steve le secó la lágrima con el pulgar.

—¿Por qué no podemos? —le preguntó con ternura—. Ya lo hicimos en otra ocasión. Y esta vez, después de la experiencia anterior, seguro que sabremos resolverlo todo mucho mejor.

—¿Y si has vuelto a casarte? —Jay se tragó un sollozo mientras buscaba frenéticamente alguna excusa—. Ni siquiera sabes si hay otra persona en tu vida. Y hasta que no recuperes la memoria, no podremos estar seguros.

Steve se quedó completamente paralizado y con un suspiro, dio media vuelta y se tumbó de espaldas, con la mirada fija en el techo. Soltó una maldición.

—De acuerdo —dijo por fin—. Le pediremos a Frank que lo averigüe. Diablos, Jay, ¡seguro que eso ya lo han investigado! De hecho, ¿no es esa la razón por la que te pidieron que fueras tú a identificarme?

Jay vio la trampa que ella misma se había tendido cuando ya era demasiado tarde y comprendió también que Steve no iba a renunciar. Con su habitual y avasalladora determinación, estaba derribando todos los obstáculos que se encontraba en su camino.

—Podría haber alguien… que te amara. Alguien que te estuviera esperando.

—No puedo prometerte lo contrario —respondió Steve, volviendo la cabeza para mirarla con aquellos ojos de depredador—. Pero no hay ningún obstáculo legal. No dejaré que te apartes de mí por culpa de una mujer desconocida que puede seguir amándome en alguna parte.

—Pero hasta que no recuperes la memoria tú tampoco puedes saber si estás enamorado de otra mujer.

—Lo sé —respondió Steve apoyándose sobre un codo e inclinándose hacia ella—. Puedes utilizar cualquier excusa, pero la verdadera razón es que te doy miedo, ¿verdad? ¿Por qué? Maldita sea, sé que estás enamorada de mí, entonces ¿cuál es el problema?

Steve estaba tan arrogantemente seguro de su devoción que Jay sintió rabia. Aunque solo por un instante. Era cierto. Se lo había revelado de mil maneras diferentes. Admitió con voz temblorosa:

—Sí, te amo —no le servía de nada negarlo y diciéndolo en voz alta atenuaba su propio dolor.

El semblante de Steve se suavizó. Posó la mano en su seno y lo sostuvo bajo la palma con delicadeza.

—¿Entonces por qué no podemos casarnos?

A Jay le resultaba difícil concentrase con la mano de Steve haciendo arder su seno bajo la tela de algodón. Su cuerpo volvió a despertar a esa caricia. Deseaba a Steve tanto como él a ella y negarse a hacer el amor con él era lo más difícil que había hecho en su vida, pero no tenía otra opción. Hasta que no recuperara la memoria, ella estaría en una especie de limbo. No podía aprovecharse de él y dejar que se casara con ella pensando que era su exmujer.

—¿Y bien? —le exigió Steve con impaciencia.

—Te amo —repitió Jay con labios temblorosos—. Vuelve a pedirme que me case contigo cuando hayas recuperado la memoria y te diré que sí. Hasta entonces, hasta que ambos tengamos la seguridad de que eso es lo que quieres… yo, sencillamente, no puedo.

Steve endureció su semblante.

—Maldita sea, Jay. Sé perfectamente lo que quieres.

—¡Han sido las circunstancias las que nos han obligado a estar juntos! No nos conocemos en condiciones normales. Tú no eres el mismo hombre con el que me casé —¡y no podía saber hasta qué punto era cierto!—, y yo no soy la misma mujer. ¡Necesitamos tiempo! Cuando recuperes la memoria…

—No me han garantizado que vaya a recuperarla —la interrumpió, frustrado—. ¿Qué ocurrirá si no la recupero nunca? ¿Si el daño cerebral es permanente? Entonces ¿qué? ¿Continuarás diciéndome que no el año que viene? ¿O dentro de cinco años?

—No creo que tengas una lesión permanente —respondió Jay con voz temblorosa—. Has recuperado el habla y las funciones motoras muy rápidamente.

—¡Eso no tiene nada que ver con la amnesia!

Estaba furioso. Antes de que Jay pudiera moverse, Steve se colocó sobre ella y le sujetó las manos. Estaban tan cerca que Jay podía ver las motas doradas de su iris, sus pestañas rizadas y una cicatriz en la ceja izquierda en la que hasta entonces no se había fijado. Steve tomó aire y lo soltó lentamente, dejando que el enfado se disolviera mientras se movía contra el cuerpo suave de ella, permitiéndole sentir la dureza de su excitación.

—No pienso pasarme toda la vida esperando —le dijo suavemente—. Voy a hacer el amor contigo; si no es ahora, será más adelante.

Dio media vuelta y se levantó, moviéndose con aquella agilidad tan particular que se había hecho más evidente desde que le habían quitado las vendas de los ojos. Había indicios de ella cuando todavía no veía, se manifestaba en el absoluto control que tenía sobre sus movimientos, pero en aquel momento era apabullante. Steve no solo se movía, era como si fluyera, como si sus músculos tuvieran una suerte de calidad líquida. Jay permanecía tumbada en la cama, con el cuerpo ardiendo de frustración y el recuerdo del contacto de sus cuerpos, con la mirada fija en la puerta que Steve acababa de cerrar tras él.

¿Quién era realmente Steve? El miedo volvió a apoderarse de ella, pero era miedo por él. Steve era una agente, eso era obvio, pero no cualquier agente. Era evidente que había recibido un entrenamiento de alto nivel. Y valía lo suficiente como para que el gobierno estuviera dispuesto a gastarse una fortuna en protegerlo y organizar aquella elaborada farsa. Si no hubiera sido por sus ojos, Jay nunca habría sospechado nada. Pero si para el gobierno era tan valioso, por lógica, debía de serlo también para sus enemigos. Cuantas más medidas tomaran sus amigos para protegerlo, más medidas intentarían tomar sus enemigos para encontrarlo y acabar con él.

Y a medida que iban revelándose nuevos rasgos de su personalidad, iba comprendiendo lo mucho que estaba en juego.

Su forma de moverse, por ejemplo, era tan grácil y controlada como la de un bailarín. Pero los movimientos de un bailarín eran poéticos, mientras que los de Steve eran cautelosos.

Y su mente. No se le escapaba ningún detalle. Estaba entrenado para fijarse en todo. Y era evidente el respeto que Frank le profesaba, otro signo de su importancia.

Y estaba en peligro. Quizá no fuera un peligro inminente, pero sabía que estaba allí, esperándolo.

A las dos de la madrugada, sonó el teléfono de la habitación de Frank. Este soltó un improperio somnoliento mientras alargaba la mano con torpeza hacia el auricular. No encendió la luz, algo que podría alertar a cualquiera que estuviera vigilándolo. Y tampoco tuvo que preguntar quién era, porque solo una persona sabía dónde estaban.

—¿Sí? —contestó en medio de un bostezo.

—Piggot ha vuelto a aparecer —contestó el Hombre—. En Berlín Este. No hemos podido atraparlo a tiempo, pero hemos averiguado que está al corriente de que hay un hombre que sobrevivió a la explosión y ha estado haciendo averiguaciones.

—¿Ha funcionado nuestra tapadera?

—Si Piggot ha estado haciendo preguntas, es porque debe de tener alguna duda. Procura asegurarte de que nadie os sigue el rastro. No quiero que nadie sepa dónde estáis. ¿Cómo van las cosas?

—Mucho mejor de lo que me habrían ido a mí si fuera mi primer día fuera de un hospital en el que hubiera estado ingresado durante dos meses. Es mucho más fuerte de lo que me imaginaba. Y otra cosa; jamás lo habría creído, pero creo que se ha enamorado de ella. No es solo que dependa de ella, creo que es algo verdaderamente serio.

—Vaya, vaya —contestó sorprendido su interlocutor. Soltó una carcajada—. En fin, eso nos pasa a todos. Tengo el informe médico definitivo. Si tiene alguna lesión cerebral, es mínima. El hecho de que haya vuelto a caminar tan rápidamente es casi un milagro. Con el tiempo recuperará la memoria, pero hará falta algo que la desencadene. Podríamos llevarlo a ver a su familia, o hacerlo volver a casa, pero no podemos arriesgarnos hasta que hayamos encontrado a Piggot. Hasta entonces, tiene que continuar escondido.

—El día que agarremos a Piggot se lo diremos. Pero Jay… ¿Qué va a pasar con ella?

Su interlocutor suspiró. Parecía cansado.

—Esperemos que haya recuperado la memoria para entonces. Maldita sea, necesitamos saber lo que ocurrió y todo lo que averiguó. Pero, con memoria o sin ella, tiene que quedarse donde está hasta que atrapemos a Piggot. De momento, tendrá que seguir siendo Steve Crossfield.

 

Steve se despertó temprano y continuó tumbado en la cama, sintiendo la fatiga que continuaba castigando su cuerpo, al igual que la frustración sexual que lo asolaba desde hacía varias semanas. Lo había intentado, pero ni siquiera el régimen de riguroso ejercicio al que había estado sometido había conseguido devolverle las fuerzas hasta el punto que le habría gustado. El día anterior lo había dejado agotado. Esbozó una amarga sonrisa, pensando que probablemente había sido mejor que Jay lo rechazara, porque había muchas posibilidades de que hubiera terminado derrumbándose encima de ella mientras hacían el amor. Maldita fuera.

No pretendía ceder tan rápidamente ante sus negativas, pero la falta de fuerza era otra cosa. Tenía que volver a estar en forma. Y no era solo porque lo disgustaran su falta de fuerza y sus limitaciones físicas; que tenía la sensación de que debía estar en plena forma por si acaso… Por si acaso ¿qué? No sabía qué podía esperar que sucediera, pero tenía una sensación incómoda. Sabía que si surgía algo, tenía que estar en forma para proteger a Jay y poder manejar cualquier situación.

Después de levantarse de la cama, tomó la pistola que le habían dejado en la mesilla de noche y la colocó en el suelo, para tenerla a mano. A continuación, se tumbó él en el suelo y comenzó a hacer flexiones de brazos, contando en silencio. Treinta era el límite. Jadeando, dio media vuelta y apoyó los pies en la cama, colocó las manos detrás de la cabeza e inició una serie de abdominales. Las nuevas cicatrices de su abdomen le latían cada vez que se estiraba y el sudor empapaba su frente. Cuando llegó a la número diecisiete, tuvo que levantarse. Maldiciendo, bajó la mirada hacia su cuerpo. Estaba en una forma física penosa. Antes era capaz de hacer más de cien flexiones y abdominales sin que se le alterara siquiera la respiración.

Se quedó muy quieto, a la espera de que aquel brumoso recuerdo se hiciera nítido, de que se abriera la puerta de la memoria, pero no ocurrió nada. Por un instante, había podido vislumbrar apenas lo que había sido su vida anterior, pero la puerta del pasado había vuelto a cerrarse. Los médicos le habían dicho que no intentara forzar la memoria, pero aquella puerta cerrada era como una provocación. Había algo que necesitaba saber y la cólera crecía en su interior porque no podía forzar su camino hacia el pasado.

De pronto, oyó pasos en el exterior de la habitación y rodó en el suelo, tomando la pistola mientras lo hacía. Estirado en la alfombra, apuntó hacia la puerta. Los pasos se detuvieron y una voz dijo:

—June, vamos. Necesitamos empezar temprano y ya has perdido demasiado tiempo.

Steve dejó escapar una bocanada de aire y se levantó. La pistola encajaba en su mano como si siempre hubiera estado allí. Era una Browning automática de alto calibre. Frank se la había entregado en el hospital, mientras esperaban a que Jay volviera, y le había dicho que se la quedara solo por precaución. Cuando Steve la había tomado, se había sentido como si, de alguna manera, hubiera vuelto a ser el que era antes. No había sido consciente de lo poco habitual que era para él no ir armado hasta que se había visto con aquella pistola entre las manos.

Aquellas reacciones explicaban mucho del tipo de vida que hacía hasta entonces; para él, debía de ser algo habitual tener una pistola a mano incluso cuando hacía ejercicio, al igual que el considerar unos pasos que se acercaban como un posible peligro. Quizá Jay había actuado de manera inteligente al divorciarse de él la primera vez. Y quizá no le estuviera haciendo ningún favor al obligarla a volver a su vida, teniendo en cuenta los muchos peligros que implicaba.

La pistola que tenía en la mano era una pieza lograda, pero aquella sensación no era comparable a la de sentir el cuerpo de Jay entre sus brazos. Si tuviera que elegir entre Jay y su trabajo, perdería su trabajo. La primera vez había sido un maldito estúpido, pero no iba a dejar escapar una segunda oportunidad. Su jefe, quienquiera que fuera, tendría que cambiarle de misión, a no ser que quisiera que abandonara para siempre. Ya no quería más reuniones clandestinas, ni más asesinos tras él. Diablos, ya era hora de que descansara y dejara que otros más jóvenes tuvieran una oportunidad. Tenía treinta y siete años, había rebasado con creces la edad en la que la mayoría de los hombres se casaban con sus mujeres y fundaban una familia.

 

Compraron botas, medias de lana y ropa interior aislante en Colorado Springs; vaqueros y camisas de franela en otra ciudad, y los gorros y las cazadoras en una tercera. Jay se compró también un chaquetón con capucha y dos camisones largos de franela. Los dos vehículos que Frank había conseguido eran dos jeeps con tracción en las cuatro ruedas y neumáticos especiales para la nieve, de modo que, a pesar de que las nevadas iban haciéndose más intensas a medida que avanzaban, hicieron el recorrido en un tiempo aceptable.

Frank conducía uno de los coches, seguido por Steve y por Jay. Esta última nunca había conducido un coche con marchas, así que le había dejado el volante a Steve. Al principio estaba un poco preocupada por sus piernas, pero él no parecía tener ninguna dificultad con los pedales, de manera que, al cabo de unos minutos, había dejado de preocuparse y había prestado atención al magnífico paisaje que atravesaban. El cielo, que al principio del día estaba despejado, iba adquiriendo gradualmente un color plomizo y de vez en cuando dejaba caer algún que otro copo de nieve. El tiempo no empeoró mucho más y continuaron haciendo un buen viaje hasta que salieron de la autopista y tomaron una carretera secundaria con mucho menos tráfico y mucha más nieve que los obligó a disminuir la velocidad. A continuación, Frank tomó una pésima carretera por la que atravesaron las montañas durante lo que a Jay le parecieron horas y, al final, volvió a girar. Ella no era capaz de discernir carretera alguna, ni siquiera un sendero. Simplemente, estaban conduciendo a través de las montañas por la ruta que parecía menos difícil.

—Me pregunto si sabrá adonde vamos —comentó, aferrándose a su asiento mientras el jeep daba un bote.

—Lo sabe. Frank es un buen agente —contestó Steve con aire ausente mientras cambiaba de marcha para subir una loma.

Cuando llegaron al final, se detuvieron ante una enorme pradera que se extendía varios kilómetros ante ellos. Condujeron junto a una línea de árboles hasta que la pradera se interrumpió bruscamente y desde allí descendieron al otro lado de las montañas. Después subieron una nueva montaña en la que el camino era un sendero apenas suficientemente ancho para que cupiera el jeep. A un lado tenían la fachada rocosa de la montaña y al otro, nada, salvo una distancia cada vez mayor hasta el fondo del precipicio. Recorrieron después la cumbre de una montaña y llegaron hasta otra pradera. Mientras el sol se ponía tras las cumbres del oeste, Steve miró con los ojos entrecerrados la línea de árboles que tenían a la izquierda.

—Allí debe de estar la cabaña.

—¿Dónde? —preguntó Jay, irguiéndose en su asiento, y deseando poder salir del coche para estirar las piernas.

—En ese grupo de pinos, justo a la izquierda.

Jay vio entonces la cabaña y suspiró aliviada. Era una cabaña como otra cualquiera, pero su visión le resultó tan grata como la del más lujoso de los hoteles. Estaba escondida bajo los árboles y como había sido construida en cuesta, la fachada principal era más alta que la trasera; seis escalones de madera conducían a un porche que rodeaba la casa. Adosado a ella, había un techado para dejar los coches y una pradera que conducía hasta un cobertizo.

Aparcaron los coches y salieron rápidamente, estirando la espalda y los músculos doloridos. El aire era tan frío que casi hacía daño respirar, pero la puesta de sol teñía los picos nevados de las montañas de una gama de tonos rojos, dorados y violetas que dejó a Jay absorta en la entrada, hasta que Steve le dio un codazo para que se pusiera en movimiento.

Tuvieron que hacer tres viajes para llevarlo todo al interior. Después, Frank condujo a Steve al cobertizo para enseñarle cómo funcionaba el generador. Evidentemente, alguien lo había encendido, porque había luz en la casa y se oía su zumbido ininterrumpido. Jay revisó el contenido de la despensa y la nevera, que encontró llenas de latas y comida congelada.

Decidió dar una vuelta por la casa. Al lado de la cocina, había un pequeño lavadero con una lavadora y una secadora. No había comedor, sino una mesa de madera redonda con cuatro sillas colocada en una esquina de la cocina. El salón estaba acogedoramente amueblado en estilo rústico, con los sofás tapizados en pana. Una enorme alfombra de tonos azules y marrones cubría el suelo de madera y una de las paredes estaba completamente ocupada por una chimenea de piedra. Había dos dormitorios de igual tamaño, conectados a través del único cuarto de baño de la cabaña. Jay se quedó mirando de hito en hito uno de los dormitorios. El corazón se le aceleró al pensar que tendría que compartir el cuarto de baño con Steve. Conocía la intimidad de las toallas húmedas colgando lado a lado, de los artículos de tocador que terminaban mezclándose, y sabía lo que significaba compartir la pasta de dientes. Aquellos pequeños detalles de la convivencia podían ser tan seductores como la intimidad física y terminarían fusionando sus vidas en cada momento del día.

Oyó que se cerraba la puerta trasera. Steve la llamó inmediatamente.

—¿Dónde estás? —a causa del frío, su voz sonaba más ronca de lo habitual.

—Explorando la casa —contestó, saliendo del baño y cruzando la puerta del dormitorio—. ¿Te importa que me quede con el dormitorio que da a la fachada principal? Tiene las mejores vistas.

La leña ya estaba colocada en la chimenea. Steve se inclinó, encendió una cerilla con la que prendió un papel que colocó debajo de los troncos y no contestó hasta que se enderezó.

—Déjame verlas primero.

Vagamente sorprendida, Jay se apartó para dejarle entrar. Steve estudió la localización de las ventanas y las cerraduras. Abrió el armario, lo miró y a continuación se dirigió al cuarto de baño.

—El cuarto de baño conecta los dormitorios —señaló Jay.

Steve gruñó algo y abrió la puerta del segundo dormitorio. Las ventanas estaban situadas en una de las paredes laterales, pero debido a la inclinación de la pradera, era más fácil acceder a las ventanas del dormitorio trasero desde fuera.

—Muy bien —contestó tras revisar las cerraduras—. Pero quiero que te quede muy claro que si oyes algo durante la noche tienes que despertarme, ¿de acuerdo?

—Sí —contestó Jay con un nudo a la garganta.

Aquella cautela era como una segunda naturaleza en él. Steve debía opinar que, a pesar de todas las precauciones que Frank había tomado, continuaban corriendo algún peligro. Jay quería pensar que en aquel lugar estaban a salvo, pero quizá no lo estuvieran. Lo mejor que podía hacer era no discutir con él.

Steve la miró y suavizó ligeramente su expresión dura.

—Lo siento, supongo que estoy exagerando ante una situación extraña. No quería asustarte.

Como la tensión continuaba sin desaparecer de los ojos de Jay, se acercó hasta ella, enmarcó su rostro con las manos y la besó. Jay abrió sus suntuosos labios y Steve deslizó la lengua en el interior de su boca. Ella posó las manos en sus hombros y disfrutó al sentir el cuerpo de Steve. En la cabaña no hacía frío, pero desde luego tampoco calor.

Steve la sostuvo contra él durante unos segundos y la soltó con desgana.

—Veamos si hay algo comestible en este lugar. Si no como algo pronto, voy a desmayarme.

No estaba exagerando, comprendió Jay. Podía sentir el débil temblor de sus músculos, una señal de la tensión a la que había sometido su cuerpo durante todo el día.

Jay le rodeó la cintura con el brazo mientras se dirigían al salón.

—Ya he revisado la despensa. Tenemos todo lo que podamos desear, siempre y cuando nos conformemos con una comida sencilla. Si quieres langosta o trufas, mala suerte.

—Me conformaré con una lata de sopa —dijo cansado, y gimió mientras se sentaba en una de las cómodas sillas del salón. Estiró las piernas y se frotó los muslos.

—Podemos comer algo mejor —dijo Frank al oír aquel comentario—. Creo. Reconozco que no soy muy buen cocinero —miró a Jay con expresión esperanzada y esta soltó una carcajada.

—Veré lo que puedo hacer. La verdad es que soy un as con el microondas, pero no he visto que aquí tengamos, así que ando un poco perdida.

Estaba demasiado cansada para tomarse muchas molestias, pero no le costó ningún esfuerzo abrir dos latas de carne guisada y calentarlas, ni tampoco descongelar unos panecillos en el horno.

Comieron casi en completo silencio. Cuando terminaron, Frank recogió la mesa y fregó los platos y se ducharon por turnos. Para las ocho, Jay y Steve estaban en sus respectivos dormitorios y Frank se envolvió en una manta en el sofá.

Se levantaron temprano a la mañana siguiente y después de un apetitoso desayuno, Frank y Steve fueron a dar un paseo por la nieve. La cocina y el calentador funcionaban con butano y el depósito estaba lleno. No tendrían que volver a rellenarlo hasta la primavera. El tanque de gasolina del generador habría que rellenarlo, pero lo único que podía hacer Steve era llamar a Frank y les llevarían el combustible en helicóptero. No querían que se acercara nadie a la cabaña y, en cualquier caso, el camino era demasiado abrupto para que pudiera acceder hasta allí una camioneta normal. Era una ubicación complicada, pero eso significaba también que era un lugar extraordinariamente seguro. Aun así, y aunque contaban con todo lo necesario para una estancia prolongada, Frank no podía evitar desear que Steve recuperara pronto la memoria para poder poner fin a todo aquello, o que Piggot fuera detenido cuanto antes.

—La población más cercana es Black Bull, que está a unos cincuenta kilómetros —dijo Frank—. Tienes que ir por la pista y girar a la derecha. Allí hay una tienda donde podréis encontrar comida y algunas cosas básicas. Si quieres algo especial, tendréis que ir algo más lejos, pero procura no dejarte ver mucho. Os he dejado dinero suficiente para dos meses, pero si necesitas algo, házmelo saber.

Steve miró hacia la pradera nevada. El aire era claro y el sol de la mañana brillaba con tanta fuerza en un cielo sin nubes que le dolían los ojos. El aire helado abrasaba sus pulmones. Aquel lugar era tan grande y estaba tan vacío que le transmitía una sensación inquietante, pero, al mismo tiempo, se sentía casi satisfecho. Estaba impaciente porque Frank se fuera para poder quedarse por fin solo, completamente solo, con Jay.

—Aquí estás a salvo —añadió Frank—. El Hombre lo utiliza de vez en cuando —miró hacia la cabaña—. No habría traído a Jay hasta aquí si no fuera un lugar seguro. Ella es una civil, así que cuídala.

Steve experimentó una especie de nueva conciencia cuando Frank mencionó al Hombre. No era una sensación de peligro, sino más bien de emoción. El recuerdo estaba allí, pero los efectos de la explosión continuaban impidiendo que fuera consciente de él. Y el Hombre era otra pieza de aquel rompecabezas.

Estrechó la mano a Frank y se miraron a los ojos con la camaradería de dos hombres que habían corrido muchos peligros juntos.

—Probablemente no volverás a verme hasta que todo esto haya terminado, pero estaremos en contacto —le dijo Frank—. Será mejor que me vaya. Se supone que esta tarde va a volver a nevar.

Regresaron al interior de la cabaña, Frank reunió sus cosas y se despidió de Jay. Esta lo abrazó con los ojos sospechosamente brillantes. Frank había sido un sólido apoyo durante esos dos meses y lo echaría de menos. Y también había sido una especie de barrera entre ella y Steve; cuando se fuera, se quedarían completamente solos.

Miró a Steve y lo descubrió observándola intensamente. Sus ojos resplandecían como los de un depredador que acabara de distinguir a su presa.

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