Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 5 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Cinco

 

Cuando a la mañana siguiente Jay abrió la puerta de la habitación de Steve, este volvió la cabeza en la almohada y dijo:

—Jay.

Su voz sonaba ronca, casi gutural, y ella se preguntó si acabaría de despertarse.

Se detuvo con toda la atención fija en las vendas que cubrían sus ojos.

—¿Cómo has sabido que era yo? —las enfermeras estaban fuera, no sabía cómo podía haberla reconocido.

—No lo sé —contestó lentamente—. Quizá haya sido tu olor, o la atmósfera que creas al entrar en la habitación. A lo mejor te he reconocido por el ritmo de tus pasos.

—¿Por mi olor? —preguntó Jay sin comprender—. No uso perfume, así que, si me has olido desde esa distancia, es que algo no va bien.

Steve curvó los labios en una sonrisa.

—Es un olor fresco y ligeramente dulce. Me gusta. ¿No vas a darme un beso de buenos días?

A Jay le dio un vuelco el corazón, al igual que había ocurrido el día anterior, cuando Steve le había pedido que lo besara. Ella le había dado un beso tierno y fugaz, apenas había rozado sus labios, mientras Frank, tras ella, fingía ser invisible. Pero después de aquel beso, Jay había tardado por lo menos diez minutos en recuperar el pulso. En ese momento, mientras su mente le gritaba que tuviera cuidado, cruzó la habitación y se inclinó hacia él para darle otro beso fugaz, permitiéndose detener sus labios sobre los de Steve durante apenas un segundo. Pero cuando comenzó a apartarse, él aumentó la presión, acopló su boca a la de ella y el corazón de Jay comenzó a latir violentamente. Una oleada de excitación recorrió todo su cuerpo.

—Sabes a café —consiguió decir cuando por fin se obligó a enderezarse para romper aquel contacto.

Steve tenía los labios ligeramente entreabiertos, con una perturbadora sensualidad, pero al oír las palabras de Jay, esbozaron un gesto de suficiencia.

—Pretendían que me tomara un té o un zumo de manzana —empleaba el mismo tono que hubiera utilizado para hablar de la cicuta—, pero los he convencido de que me dieran un café.

—¿Ah, sí? —preguntó Jay secamente—. ¿Y cómo? ¿Negándote a beber nada más hasta que te dieran ese café?

—Ha funcionado —respondió Steve sin parecer en absoluto arrepentido.

Jay podía imaginarse perfectamente lo impotentes que se habrían sentido las enfermeras ante su implacable voluntad.

A pesar de que ya no necesitaba comunicarse con él por el método del alfabeto, para Jay se había convertido en un hábito mantener la mano sobre su brazo. Estaba tan acostumbrada a aquel contacto que apenas lo notaba.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó.

Inmediatamente fue consciente de lo trillado de la pregunta, pero todavía estaba alterada como consecuencia del beso.

—Fatal.

—Ah.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Para sorpresa suya, Jay tuvo que pararse a contar los días. Había llegado a estar tan pendiente de Steve que el tiempo había dejado de tener importancia para ella y le resultaba difícil recordar.

—Tres semanas.

—¿Llevo tres semanas escayolado?

—Creo que sí.

—Muy bien —lo dijo como si estuviera dando permiso para esas tres semanas, pero no estuviera dispuesto a conceder ni un día más. Levantó el brazo izquierdo—. Hoy tengo un par de agujas menos. Me han quitado el suero hace una hora.

—¡Ni siquiera lo había notado! —exclamó Jay, sonriendo al advertir la nota de orgullo que se reflejaba en su voz. Se preguntó si alguna vez llegaría a acostumbrarse a su ronquera.

—Y también he renunciado a los calmantes. Quiero tener la cabeza despejada. Había muchas preguntas que quería hacerte, pero para eso necesitaba mucho tiempo y esfuerzo y tenía la cabeza tan confusa por culpa de la medicación que resultaba demasiado problemático. Ahora quiero saber todo lo que está pasando. ¿Dónde estoy? He oído que llamabas al médico «coronel», así que supongo que estoy en un hospital militar; la pregunta es por qué.

—Estás en Bethesda —contestó Jay.

—¿En el Hospital Naval? —el asombro enronquecía su voz todavía más.

—Frank me dijo que te habían traído a este hospital por cuestiones de seguridad. Hay dos guardias apostados en la entrada de esta ala del hospital.

—El coronel Lunning no pertenece a la Armada.

—No.

Era sorprendente que hubiera perdido la mayor parte de los recuerdos más básicos y aun así fuera capaz de recordar que Bethesda era un hospital naval y que el de coronel no era un grado de la Armada.

—Eso significa que hay alguien con mucha influencia que quiere que me quede aquí. Langley, probablemente.

—¿Quién?

—Estamos hablando del cuartel general de la CÍA, encanto —Jay sintió un terror glacial al oírlo—. Quizá haya intervenido directamente la Casa Blanca, aunque yo apostaría a que esto ha sido cosa de Langley. ¿Y qué me dices de Frank Payne?

—Es del FBI; yo confío en él —contestó Jay con firmeza.

—Maldita sea, esto tiene que ser algo serio —musitó—. No es normal que se coordinen tantos departamentos y tantos cuerpos diferentes del ejército. ¿Qué está pasando aquí? Háblame de la explosión.

—¿Frank no te ha contado nada?

—Tampoco yo le he pedido ninguna información. No lo conocía.

Sí, eso era propio de Steve. Siempre había sido un hombre contenido, le gustaba contemplar las situaciones prudentemente desde la distancia, aunque Jay se había casado con él antes de comenzar a notar aquel rasgo de su carácter. Steve utilizaba sus encantos como una especie de coraza, de modo que la mayor parte de la gente lo definiría como un hombre sociable y espontáneo, cuando era justo lo contrario. Steve mantenía a la gente a distancia, no confiaba en nadie y no permitía que nadie se acercara a él, pero era tan buen actor que nadie lo notaba. En aquel momento, Jay tenía la sensación de que la coraza había desaparecido. La gente podía aceptarlo tal y como era o abandonarlo; no le importaba. Era una actitud dura, pero Jay descubrió que le gustaba mucho más que la anterior. Era real, sin falsedades ni subterfugios. Y, por primera vez, Steve le estaba permitiendo estar cerca de él. La necesitaba, confiaba en ella. Quizá fuera solo por aquellas agotadoras circunstancias, pero el caso era que la necesitaba, y eso la asombraba.

—¿Jay? —la urgió.

—No sé exactamente lo que ocurrió —le explicó—. Y tampoco sé por qué estabas tú allí. Ellos tampoco lo saben.

—¿Quiénes son ellos?

—Frank, el FBI.

—Y para quienquiera que esté trabajando —añadió Steve secamente—. Continúa.

—Frank me dijo que no estabas haciendo nada ilegal, al menos que ellos supieran. Quizá fueras solo un simple transeúnte que pasaba por allí, pero tienes fama de oler el peligro y creen que podrías saber algo sobre lo que sucedió en aquel operativo. Tenían preparado un golpe, o como quieras llamarlo, pero alguien había colocado una bomba en el lugar de la reunión. Tú eres el único superviviente.

—¿Qué clase de operación?

—No lo sé. Lo único que me dijo Frank es que se trataba de un asunto relacionado con la seguridad nacional.

—Y tienen miedo de que hayan desenmascarado a sus hombres, pero no lo saben porque los jugadores del otro bando también se han desintegrado —dijo para sí—. Podría haber habido un doble juego y quizá la bomba estuviera destinada a los otros. ¡Maldita sea! No me extraña que quieran que recupere la memoria. Pero hay algo que no termino de comprender, ¿por qué estás involucrada tú en todo esto?

—Me trajeron aquí para que te identificara —contestó Jay, acariciándole el brazo con aire ausente, como había hecho durante tantas horas.

—¿Para identificarme? ¿No me reconocían?

—No estaban seguros. Encontraron parte de tu carnet de conducir, pero aun así no estaban seguros de si eras tú… o su agente. Al parecer, tanto tú como ese agente tenéis una altura y un peso similares, y como tienes las manos quemadas, no podían tomarte las huellas dactilares para identificarte.

Se interrumpió, intentando concentrarse en un detalle que no conseguía recordar. Por un instante, estuvo a punto de acercarse, pero la pregunta de Steve interrumpió su concentración.

—¿Y por qué te pidieron a ti que lo hicieras? ¿No había nadie más que pudiera identificarme? ¿O es que estábamos muy unidos a pesar de estar divorciados?

—No, la verdad es que no. Era la primera vez que te veía desde hacía cinco años. Tú siempre has sido un solitario. No eras el tipo de hombre que hace fácilmente amigos íntimos. Y tampoco tienes familia, así que solo quedaba yo.

Steve se movió, inquieto, y su boca se convirtió en una dura línea mientras profería un breve pero contundente improperio.

—Estoy intentando encontrarle el sentido a todo esto —dijo con amargura—. Pero siempre me encuentro con ese condenado agujero negro. Parte de lo que dices me resulta familiar y pienso, «sí, ese soy yo». Pero hay otra parte que me resulta extraña, es como si estuvieras hablando de un desconocido y me pregunto si yo era realmente así. Diablos, ¿cómo puedo saberlo? —concluyó con frustración.

Jay deslizó los dedos a lo largo de su brazo, ofreciéndole todo el consuelo que podía. No quería desperdiciar ni tiempo ni saliva intentando reconfortarlo con tópicos y lugares comunes porque sabía que lo único que conseguiría sería ponerlo más furioso. En cualquier caso, Steve parecía haber agotado su pequeña reserva de energía con las preguntas que le había hecho y permaneció en silencio durante algunos minutos, respirando agitadamente. Al final, cuando su respiración recuperó el ritmo normal, musitó:

—Estoy cansado.

—Te has forzado demasiado. Solo llevas aquí tres semanas.

—Jay.

—¿Qué?

—Quédate conmigo.

—Me quedaré, sabes que me quedaré.

—Es… curioso. Ni siquiera soy capaz de recordar tu rostro, pero parte de mí te conoce. Quizá el conocimiento de los cuerpos sea más profundo que la propia memoria.

La ronquera de su voz confería cierta dureza a sus palabras, pero Jay sintió que una descarga eléctrica sacudía su cuerpo y dejaba un agradable cosquilleo en su piel. Su mente se llenó de imágenes, pero ninguna de ellas pertenecía al ámbito de los recuerdos; su imaginación estaba creando otras nuevas… Imágenes de aquel hombre con el alma endurecida y la voz destrozada inclinándose sobre ella, abrazándola y moviéndose entre sus piernas hasta poseerla con una plenitud que hasta entonces Jay nunca había conocido. Su propia respiración pareció entrecortarse, sus senos se hinchieron anhelantes y el interior de su cuerpo pareció licuarse. Un nuevo estremecimiento la sobresaltó y la hizo sentirse como si estuviera al borde del éxtasis… y para todo eso habían bastado las palabras de Steve, su voz. La violencia de aquella respuesta la impactó y se apartó bruscamente de la cama antes de poder dominarse.

—¿Jay?

Steve parecía preocupado, e incluso un poco alarmado, como si hubiera sentido su deseo de distanciarse de él.

—Duérmete —consiguió decir Jay con un casi completo control de su voz—. Necesitas descansar. Estaré a tu lado cuando te despiertes.

Steve levantó una mano.

—¿Me das la mano?

—No puedo, te haría daño.

—Así se fundiría con el resto del dolor —contestó somnoliento. Estaba perdiendo rápidamente las fuerzas—. Solo acaríciame hasta que me quede dormido, ¿de acuerdo?

Esa petición llegó directamente hasta el corazón de Jay. El hecho de que Steve pudiera querer cualquier cosa de ella todavía la conmovía, pero su necesidad de acariciarlo era más de lo que podía soportar. Volvió a acercarse a la cama y posó la mano en su brazo. En cuanto lo acarició, sintió que comenzaba a relajarse. Dos minutos después, estaba completamente dormido.

Jay salió de la habitación. Sentía la necesidad de escapar, aunque no sabía exactamente de qué, si de Steve o de otra cosa, de algo que estaba creciendo en su interior y era cada vez más poderoso. La asustaba. No quería, pero se sentía incapaz de controlarlo. Jamás había respondido a Steve como lo estaba haciendo en aquellos momentos. Ni siquiera durante los apasionados primeros días de su matrimonio. Era por culpa de la situación, se decía a sí misma intentando encontrar algún consuelo en aquel pensamiento. Era su tendencia a entregarse completamente, a concentrarse en todo lo que le ocurría con intensidad la que la hacía sentirse así. Pero el consuelo la eludía y la desesperación invadía su corazón, porque no bastaba con analizar los sentimientos para cambiarlos. Durante la mayor parte de las tres semanas anteriores, Steve había sido poco más que una momia, incapaz de moverse, de hablar. Pero aun así, se había sentido arrastrada hacia él, atada a él; y enamorarse de Steve en aquella situación era mucho más peligroso que años atrás. Ahora era un hombre diferente, más fuerte, más duro. Incluso cuando estaba inconsciente, había podido sentir su fuerza interior. La necesidad que Jay tenía de saber qué le había sucedido para cambiar hasta ese punto era tan fuerte que casi le dolía.

Una enfermera, la primera que había notado la mejoría de Steve ante la presencia de Jay, se detuvo a su lado.

—¿Qué tal está? Esta mañana se ha negado a tomar los calmantes para el dolor.

—Ahora está dormido. Se cansa muy rápidamente.

La enfermera asintió y miró a Jay con los ojos brillantes.

—Tiene la constitución física más increíble que he visto en mi vida. Continúa sufriendo fuertes dolores, pero parece desentenderse de ellos. Normalmente, haría falta por lo menos otra semana antes de que empezáramos a reducir los analgésicos —su voz sonaba cargada de admiración—. ¿Le ha hecho daño al estómago el café?

Jay no pudo menos que echarse a reír.

—No. Y está muy orgulloso de habérselo tomado.

—Estaba completamente decidido a conseguir ese café. Quizá podamos empezar a darle mañana una dieta suave para que pueda ir recuperando las fuerzas.

—¿Sabe cuándo saldrá de la UCI?

—La verdad es que no. El coronel Lunning es el que tiene que tomar esa decisión —la enfermera le sonrió antes de marcharse.

Jay se dirigió a la sala de espera en busca de un refresco. Aprovechó que estaba vacía para disfrutar de la intimidad que tanto necesitaba. Se sentía vagamente inquieta y no acertaba a comprender la razón. O las razones, pensó. Parte de su inquietud se debía a Steve, por supuesto, y a la descontrolada respuesta que su cercanía despertaba en ella. No quería volver a enamorarse de él, no sabía cómo luchar contra aquel sentimiento, pero sabía que tenía que hacerlo. No podía volver a enamorarse de Steve. Era demasiado arriesgado. Lo sabía y se repetía con fiereza una y otra vez que no permitiría que eso ocurriera, aunque en el fondo temía que pudiera ser demasiado tarde.

El otro motivo de su inquietud también estaba relacionado con Steve, aunque no estaba segura de por qué. Aquello agravaba la sensación de estar olvidando algo importante, algo que debería haber visto o comprendido. A juzgar por las preguntas que le había hecho, quizá también Steve tuviera aquella sensación. No parecía confiar en Frank, aunque Jay suponía que era de esperar, teniendo en cuenta su situación. Ella, sin embargo, pondría tanto su vida como la de Steve en manos de Frank. Pero entonces, ¿a qué se debía esa sensación de que debería saber algo más de lo que sabía? ¿Estaría Steve en peligro a causa de lo que había visto?, ¿estaría realmente involucrado en todo aquel asunto? Jay no era tan ingenua como para no haberse dado cuenta de que le habían ocultado la mayor parte de los detalles sobre lo ocurrido, pero en ningún momento había esperado que Frank le contara todo lo que sabía. No, no era eso. Era otra cosa, algo que debería haber visto, algo que era obvio y a ella le había pasado completamente desapercibido. Era un detalle que no terminaba de encajar, y hasta que no pudiera determinar exactamente lo que era, no podría deshacerse de esa constante incomodidad.

 

Steve salió de la unidad de cuidados intensivos dos días después y fue trasladado a una habitación individual. Los guardias también cambiaron de ubicación. En la habitación nueva tenía televisión, algo con lo que no había podido contar en la UCI, e insistía en ver todos los programas que podía, como si estuviera buscando en ellos alguna pista que pudiera ayudarlo a localizar las piezas perdidas que componían su personalidad. El problema era que parecía estar interesado en todas las grandes cuestiones mundiales y hablaba sobre los políticos de otras naciones con la misma facilidad con la que opinaba de los de su país. Aquello también inquietaba a Jay. Steve nunca había sido un hombre particularmente aficionado a la política y la profundidad de sus conocimientos sobre el tema revelaba que había llegado a involucrarse seriamente en aquel mundo. Así que era cada vez más probable que estuviera involucrado en la operación que había estado a punto de matarlo, y quizá el propio Frank lo sabía. O quizá no lo supiera. Frank había mantenido una larga conversación privada con Steve, pero este último permanecía en guardia. Solo con Jay parecía haber bajado la guardia.

Sus lesiones lo mantenían atado a la cama durante mucho más tiempo del que habría querido, pero no fue capaz de negociar la obtención de unas muletas por culpa de las quemaduras de sus manos. La inactividad física lo destrozaba, erosionaba su paciencia y agotaba su buen humor. Muy pronto decidió qué tipo de programas televisivos le gustaba, descartó los deportes y los culebrones. Pero incluso a los espacios que le gustaban les faltaba algo, puesto que la mayor parte de la acción transcurría de forma visual. Lo frustraba no poder verlos, así que no tardó en renunciar a todos, salvo a las noticias. Jay hacía cualquier cosa que estuviera en su mano para entretenerlo. A Steve le gustaba que le leyera el periódico, pero, durante la mayor parte del tiempo, prefería que le hablara.

—Dime qué aspecto tienes —le pidió una mañana.

Aquella petición la hizo sonrojarse. Le resultaba extrañamente embarazoso tener que describirse a sí misma.

—Bueno, tengo el pelo castaño claro —comenzó a decir vacilante.

—¿Castaño rojizo, dorado…?

—Castaño dorado, pero más bien oscuro. Es un color parecido a la miel oscura.

—¿Lo llevas muy largo?

—No, a la altura de los hombros. Y es muy liso.

—¿De qué color tienes los ojos?

—Azules.

—Vamos, sigue —la regañó Steve al cabo de un minuto de silencio—. ¿Cómo eres de alta?

—Altura media. Mido uno setenta más o menos.

—¿Y yo cómo soy de alto? ¿Hacíamos buena pareja?

Al pensar en ello Jay sintió que se le cerraba la garganta.

—Tú mides uno metro ochenta y sí, hacíamos muy buena pareja de baile.

Steve volvió su cabeza vendada hacia ella.

—No estaba hablando de bailar, pero ¿qué más da? En cuanto me quiten las escayolas, saldremos un día a bailar. A lo mejor no he olvidado cómo hacerlo.

Jay no sabía si soportaría volver a estar en brazos de Steve, teniendo en cuenta las miles de reacciones que se desencadenaban en su interior cada vez que oía su voz. Pero Steve estaba esperando una respuesta, así que contestó alegremente:

—Trato hecho.

Él alzó las manos.

—Mañana me quitan las vendas. Y la próxima semana me operarán los ojos. Dentro de dos semanas, podré olvidarme de las escayolas. Dame un mes para recuperar fuerzas. Para entonces, me habrán quitado las vendas de los ojos y podremos ir a la ciudad.

—¿Solo te das un mes para recuperarte? ¿No te parece un poco ambicioso?

—Ya he pasado por esto otras veces —contestó él, y se quedó muy quieto. Jay contuvo la respiración mientras lo observaba, pero al cabo de un minuto, Steve soltó una maldición—. Maldita sea, sé cosas, pero no puedo recordarlas. Sé la comida que me gusta, de la misma forma que conozco el nombre de todos los jefes de Estado que mencionan en las noticias, y puedo incluso recordar su aspecto, pero no recuerdo mi propio rostro. Sé quién ganó la última liga de béisbol, pero no sé dónde estaba yo cuando se jugaba. Conozco el olor de los canales de Venecia, pero no puedo recordar haber estado allí —se interrumpió un momento y dijo con voz queda—: A veces me entran ganas de destrozar este lugar con mis propias manos.

—El coronel Lunning dijo que tendrías que esperar —contestó Jay, todavía conmovida por lo que Steve acababa de decir.

¿Hasta qué punto estaría Steve relacionado con aquel mundo que Frank apenas había insinuado? Mucho se temía que había dejado de ser un aventurero para pasar a jugar muy seriamente en ese terreno.

—Deja de compadecerte. El coronel dijo que irías recuperando la memoria poco a poco.

Una lenta sonrisa asomó a los labios de Steve, profundizando las arrugas que rodeaban su boca y arrastrando la impotente y fascinada mirada de Jay. Sus labios parecían más firmes, más llenos, como si todavía estuvieran ligeramente hinchados. O quizá fuera debido a que su rostro estaba más delgado.

—Lo siento —contestó Steve—, tendré que vigilarme.

Su humor irónico, sobre todo cuando tenía buenas razones para compadecerse a sí mismo, le hizo recordar a Jay la fuerza interior de aquel hombre. Y aquel fue un nuevo golpe contra la fortaleza con la que pretendía proteger su corazón. Se rio con Steve, de la misma forma que se reía años atrás con él, pero había cosas que habían cambiado. Antes, Steve utilizaba el sentido del humor como un muro tras el que se ocultaba; en aquel momento, el muro había desaparecido y Jay podía ver al hombre real.

 

Estaba con él a la mañana siguiente, cuando fueron a quitarle las vendas que cubrían sus manos. Jay también había estado presente cuando le habían cambiado las vendas y había visto las ampollas de las palmas de las manos y los dedos cuando tenían mucho peor aspecto que el que presentaban en aquel momento. Las zonas de piel enrojecida eran visibles hasta la altura de los codos, pero las manos se habían llevado la peor parte. Una vez superado el peligro de infección, la piel se regeneraría más rápidamente sin las vendas, aunque durante algún tiempo le resultaría demasiado doloroso utilizar las manos.

Cuando Jay comparaba el aspecto de Steve con el que tenía la primera vez que lo había visto, conectado a todas aquellas máquinas y monitores y con tantos tubos entrando y saliendo de su cuerpo, le parecía que su recuperación era una especie de milagro. Solo habían pasado cuatro semanas y un hombre que entonces era prácticamente un vegetal, era capaz de desplegar toda la fuerza de su personalidad sobre cualquiera que entrara la habitación, médicos incluidos. Un mes atrás, su rostro estaba hinchado y herido; en aquel momento, el corte de la mandíbula y el contorno preciso de sus labios la fascinaban. Jay sabía que un cirujano plástico había reconstruido su rostro y se preguntaba por los cambios que notaría cuando le quitaran las vendas y pudiera verlo realmente por primera vez. La barbilla la encontraba ligeramente diferente, más cuadrada, pero suponía que era lógico teniendo en cuenta el peso que había perdido. La barba parecía más oscura, seguramente debido a la palidez de su rostro. Jay estaba más que familiarizada con aquella barbilla y esa barba, puesto que tenía que afeitarlo cada mañana. Las enfermeras había sido las encargadas de hacerlo hasta que Steve había recuperado la conciencia y había dejado claro que quería que fuera Jay la que lo afeitara.

Ya no tenía la venda que antes cubría su cráneo. En su lugar, se veía una enorme cicatriz que cruzaba desde la parte superior de su cabeza hasta un punto situado justo encima de su oreja derecha, y desde allí hasta la parte izquierda del cráneo, pero el pelo comenzaba a crecer y a cubrir la cicatriz. Le salía un pelo oscuro, brillante. Los ojos continuaban cubiertos por las vendas, al igual que el puente de la nariz y la curva de sus pómulos. Aquellas vendas eran toda una tentación para Jay. Estaba deseando ver su rostro, juzgar por sí misma el trabajo hecho por el cirujano plástico. Quería aplicar la nueva personalidad de Steve a su rostro, quería mirarlo a los ojos y ver en ellos todas aquellas cosas que había buscado durante su matrimonio y no había sido capaz de encontrar.

—Ahora mismo sus manos son muy sensibles —dijo el médico que se había ocupado de las quemaduras de Steve cuando le quitó la última venda —. Tenga cuidado con ellas hasta que se haya endurecido la piel. Las notará un poco rígidas, pero con el ejercicio irán recobrando la elasticidad. No tiene ningún tendón ni ningún ligamento dañado, de modo que, con el tiempo, podrá volver a utilizarlas sin problemas.

Steve flexionó los dedos lentamente con una mueca de dolor. Esperó a que las enfermeras y el médico abandonaran la habitación para decir:

—¿Jay?

—Estoy aquí.

—¿Qué aspecto tienen?

—Están rojas —contestó Jay con sinceridad.

Steve volvió a abrirlas y cerrarlas con mucho cuidado, se frotó los dedos de la mano derecha con la izquierda. Cuando terminó, repitió la operación cambiando de manos.

—Las siento extrañas —dijo, sonriendo ligeramente—. Están mucho más sensibles, como ha dicho el médico, pero siento la piel como el trasero de un bebé. No me queda un solo callo —su sonrisa se desvaneció de repente para ser reemplazada por un ceño fruncido—. Tenía las manos callosas…

Volvió a examinar sus manos, como si estuviera intentando encontrar algo que le resultara familiar en su tacto, frotándose unos dedos contra otros.

Jay rio suavemente.

—Hubo un verano en el que jugaste tanto al béisbol en la playa que al final tus manos parecían de cuero. Te salieron callos en los callos.

Steve continuó pensativo durante algunos segundos. De pronto, cambió de humor y dijo:

—Siéntate conmigo en la cama.

Jay obedeció con curiosidad, sin dejar de mirarlo. Había levantado el cabecero de la cama de manera que Steve quedara en posición erguida, así que estaban al mismo nivel. De pronto, Jay fue consciente de lo mucho que tenía que alzar la vista para mirarlo a los ojos. Sus hombros y su pecho desnudos, a pesar del peso que había perdido, continuaban pareciéndole enormes y volvió a preguntarse una vez más qué clase de ejercicio habría hecho para desarrollar el torso hasta tal punto.

Él alargó la mano con gesto vacilante y acarició su pelo. Al comprender por qué quería que se sentara en la cama, Jay permaneció muy quieta mientras él deslizaba la mano por su melena. Steve no decía nada, levantó la otra mano y enmarcó el rostro de Jay; deslizó los dedos suavemente por su frente, descendió por el puente de la nariz y siguió por los labios y la barbilla antes de acariciar su cuello.

Jay dejó de respirar sin darse siquiera cuenta de ello. Lentamente, Steve le rodeó el cuello con los dedos, como si estuviera midiéndolo, y continuó palpando los huecos y los huesos de sus hombros.

—Tú también estás muy delgada —musitó, posando las manos en sus hombros—. ¿No comes bastante?

—La verdad es que he engordado un poco —susurró Jay, que había empezado a temblar bajo sus caricias.

Con deliberada lentitud, Steve descendió hasta sus senos y los moldeó con ambas manos. Jay tomó aire bruscamente y él intentó calmarla.

—Tranquila, tranquila —susurró mientras acariciaba aquellos suaves montículos.

—Steve, no.

Pero ya había cerrado los ojos mientras un cálido placer crecía en su interior y sentía palpitar lenta y poderosamente la sangre a través de sus venas. Steve le acarició los pezones con los pulgares y Jay se estremeció al tiempo que sus senos comenzaban a tensarse.

—Eres tan suave… —la voz de Steve era cada vez más ronca—. Dios, cuánto he deseado tocarte. Ven aquí, cariño.

Sobreponiéndose al dolor de las manos, la estrechó contra él y la envolvió con sus brazos como tantas veces había soñado hacer desde que la voz de Jay lo había cautivado ayudándolo a abandonar la oscuridad. Sentía su delgadez, su suavidad, su calor, y el delicioso contacto de sus senos presionados contra la dureza de su pecho. Steve aspiró el aroma dulce que emanaba de su piel, sintió el tacto sedoso de su pelo y con un amortiguado gemido de deseo, buscó su boca.

Ya la conocía. No había pasado un solo día en el que no le hubiera suplicado o engatusado para que le diera un beso por las mañanas y otro antes de irse por las noches. Sabía que tenía los labios suaves, llenos. Y que temblaban cada vez que la besaba. En aquel momento, frotó su boca contra la de ella y presionó con dureza hasta hacerle entreabrir los labios y ofrecerle la entrada que buscaba. Podía sentirla temblar entre los brazos mientras él movía la lengua en el interior de su boca, saboreando su extrema dulzura. Maldita fuera, ¿cómo había podido ser tan tonto como para permanecer alejado de aquella mujer durante cinco años? Lo irritaba no recordar lo que era hacer el amor con ella, porque quería saber lo que le gustaba, lo que se sentía al estar en su interior, si realmente eran tan compatibles como su intuición le decía. Aquella mujer tenía que estar con él; lo sabía, lo sentía. Era como si estuvieran atados el uno al otro. Profundizó el beso, para obligarla a responder como sabía que haría, como quería que hiciera. Al final, Jay se estremeció convulsivamente, entrelazó la lengua con la de él y cerró los brazos alrededor de su cuello.

Steve no debería ser tan fuerte, pensó Jay, y menos después de todo lo que había pasado. Pero sus brazos eran musculosos y los cerraba a su alrededor con tanta intensidad que comenzaban a dolerle las costillas. Nunca había sido tan agresivo; por supuesto, no había sido un hombre pasivo, pero en aquel momento la estaba besando con una demanda desnuda, forzando en su relación una intimidad que la asustaba. La deseaba más de lo que la había deseado durante su matrimonio, pero seguramente era porque, en aquellas circunstancias, toda su atención estaba centrada en ella.

—No deberíamos hacer esto —consiguió decir Jay, volviendo la cabeza para liberar su boca de la hambrienta presión de la de Steve.

Apartó las manos y lo empujó suavemente por los hombros.

—¿Por qué no? —musitó Steve, y decidió aprovecharse de la vulnerabilidad del cuello de Jay para cubrirlo de besos.

Acarició con la lengua la parte del cuello próxima a la oreja y Jay tensó las manos en sus hombros mientras una oleada de placer caldeaba toda su piel. La falta de visión no suponía ningún obstáculo para Steve. Sabía abrirse camino hacia el cuerpo de una mujer; la intuición era más profunda que la memoria.

La conciencia y el sentido de la supervivencia hicieron que Jay volviera a empujarlo suavemente por los hombros. Y, en aquella ocasión, Steve la soltó.

—No podemos volver a estar juntos —dijo en voz baja.

—Los dos estamos solteros —señaló Steve.

—No lo sabemos. Es muy posible que durante estos cinco años hayas conocido a una mujer a la que quieras de verdad. Una mujer que a lo mejor está esperándote en casa. Hasta que no recuperes la memoria, no podrás estar seguro de que eres soltero. Y… y creo que deberíamos ser prudentes y no lanzarnos a mantener una relación sin saber algo más de lo que sabemos.

—No hay nadie esperándome —contestó Steve con absoluta certeza.

Jay se levantó bruscamente de la cama y se acercó a la ventana. El cielo tenía un tono plomizo y los copos de nieve volaban sin rumbo arrastrados por el viento.

—Eso no puedes saberlo —insistió, y se volvió para mirarlo.

Aunque no podía verla, Steve también había vuelto el rostro hacia ella. La dura línea de su boca indicaba que estaba enfadado. La sábana lo cubría hasta la cintura, dejando al descubierto sus hombros y su pecho; había desdeñado los pijamas del hospital, aunque al final había consentido en que le pusieran unos pantalones cortos y abiertos para poder deslizados por encima de las escayolas. Estaba delgado, pálido y débil por todo lo que había pasado, pero aun así, la imagen que transmitía era de gran fortaleza. Si servía de referencia la fuerza con la que acababa de abrazarla, no podía decirse que estuviera especialmente débil, lo que indicaba que, antes de aquel accidente, debía de tener una fuerza extraordinaria. Lo que había ocurrido en aquellos cinco años durante los cuales no se habían visto, le resultaba cada vez más misterioso.

—Así que te has quedado conmigo durante todo este tiempo porque tienes complejo de Florence Nightingale —comentó con aspereza.

Era la primera vez que Jay le negaba algo y no le había gustado en absoluto. Si hubiera podido andar, se habría levantado tras ella, estuviera débil o no y, a pesar de los dolores que soportaba durante la mayor parte del tiempo. Nada lo habría detenido y, por vez primera, Jay agradeció que tuviera las piernas rotas.

—Nunca te he odiado —intentó explicarle, sabiendo que le debía por lo menos aquel esfuerzo—. No creo que estuviéramos profundamente enamorados o, por lo menos, no lo suficiente como para que nuestro matrimonio funcionara. Frank me pidió que me quedara porque pensaba que me necesitarías, teniendo en cuenta tu estado. Y el coronel Lunning decía que te ayudaría tener cerca a alguien familiar, a una persona a la que hubieras conocido antes del accidente. Por eso me quedé.

—Deja de decir tonterías. No soy ningún idiota —se impacientó él.

Su intento de explicarse lo había puesto incluso más furioso. Aquel era un tipo de enfado que Jay nunca le había conocido. Steve permanecía muy quieto, con todos los sentimientos bajo control, y su voz gutural era poco más que un suspiro. Ella sentía escalofríos al percibir el fuego y el hielo del enfado con el que arremetía contra ella sin necesidad de moverse de la cama.

—¿Crees que porque no puedo verte no sé lo excitada que estabas hace un momento? No me has convencido, cariño.

Jay empezaba enfadarse ante el tono exigente que había en la voz de Steve.

—De acuerdo, si quieres saber la verdad, ahí va. No confío en ti. Siempre fuiste demasiado inquieto como para sentar cabeza e intentar construir una vida en común. Andabas constantemente detrás de la aventura, buscando algo que yo no podía darte. Pues bien, no quiero volver a pasar por nada parecido. No quiero volver a mantener una relación contigo. Ahora me quieres, y es posible que incluso me necesites, pero ¿qué sucederá cuando estés bien? ¿Me darás de nuevo una palmadita y un beso en la mejilla antes de volver a perderte? Gracias, pero no. Ahora tengo más sentido común del que tenía entonces.

—¿Y esa es la razón por la que tiemblas cada vez que te toco? Quieres que volvamos a estar juntos, Jay, pero tienes miedo.

—He dicho que no confío en ti, no he dicho que te tenga miedo. ¿Por qué debería confiar en ti? Al fin y al cabo, también estabas buscando aventuras cuando esa explosión estuvo a punto de matarte.

De pronto, se dio cuenta de que estaba gritándole cuando él no había alzado en absoluto la voz. Se volvió, salió de la habitación y estuvo apoyada contra la pared hasta que cesaron tanto los temblores como la fuerza de su enfado. Se sentía enferma, y no por culpa de la discusión, sino porque Steve tenía razón. Tenía miedo. Estaba aterrorizada. Y ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto, porque había vuelto a enamorarse de él a pesar de todas sus advertencias, a pesar de lo mucho que se había regañado a sí misma. Ya no conocía a su exmarido. Había cambiado; era más duro, más fuerte… y mucho más peligroso. Continuaba siendo un hombre inquieto, y probablemente estaba mucho más involucrado en todo lo relacionado con la explosión de lo que Frank quería que dar a entender.

Pero nada de eso importaba. Se había enamorado de él años atrás por encima de toda lógica y había vuelto a enamorarse de él a pesar del sentido común. Que el cielo la ayudara, porque estaba exponiéndose de nuevo al dolor y no podía hacer nada para evitarlo.

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