Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 2 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Dos

 

Cuando Jay se despertó a la mañana siguiente, se quedó muy quieta en la cama y recorrió con la mirada la habitación de aquel hotel desconocido intentando orientarse. Los acontecimientos del día anterior le resultaban casi todos borrosos, excepto el recuerdo, nítido como el agua, de aquel hombre herido del hospital. Steve. Aquel hombre era Steve.

Debería haberlo reconocido. Aunque hubieran pasado cinco años, en otro tiempo lo había amado. Algo en él debería haberle resultado familiar a pesar de sus heridas. La asaltó un extraño sentimiento de culpa, aunque sabía que era ridículo. Pero era como si, de alguna manera, hubiera abandonado a Steve al reducirlo al nivel de algo tan insignificante para su vida que ni siquiera recordaba su aspecto.

Con una mueca, se levantó de la cama, pero volvió a tumbarse. Steve le decía constantemente que se animara, y utilizaba para ello un tono lleno de impaciencia. Ese era otro aspecto de su personalidad en el que eran incompatibles. Jay era demasiado intensa, se involucraba demasiado en lo que la rodeaba, mientras que Steve se deslizaba alegremente por la superficie.

Podía regresar a Nueva York esa misma mañana, pero no quería hacerlo. Era sábado, no tenía ninguna prisa, siempre y cuando llegara a tiempo de estar el lunes en el trabajo. No quería pasarse todo el fin de semana en su apartamento compadeciéndose por su despido, y quería volver a ver a Steve. Al parecer, también Payne lo deseaba. No había comentado nada de volver a Nueva York.

La noche anterior estaba tan cansada que, por vez primera desde hacía mucho tiempo, había dormido profundamente y, como consecuencia, las ojeras no estaban tan marcadas como el día anterior. Se miró en el espejo, preguntándose si su despido era un desastre o una bendición. Había estado forzándose hasta un punto peligroso para la salud. Había perdido más peso del que su constitución le permitía y su rostro aparecía demacrado y ojeroso, en especial sin maquillaje. Nunca había sido una belleza, pero en otra época era una mujer bonita. Sus ojos azules y su melena color miel eran sus rasgos más llamativos, y el resto de su rostro podía ser descrito como normal.

¿Qué diría Steve si la viera en aquel momento?

Pero ¿por qué no podía sacárselo de la cabeza? Era natural que estuviera preocupada por él, que lo compadeciera a causa de sus terribles heridas, pero lo cierto era que, no podía evitar preguntarse qué pensaría, qué diría Steve sobre ella. No el Steve de otra época, sino el hombre en el que se había convertido: un hombre más duro, más fuerte, con una fuerza de voluntad que lo había mantenido vivo en las peores circunstancias. ¿Qué pensaría aquel hombre de ella? ¿Todavía la desearía?

Ese pensamiento la hizo sonrojarse y se apartó del espejo para meterse en la ducha. ¡Debía de estar enloqueciendo! Steve era un inválido. Ni siquiera podían garantizar que fuera a sobrevivir, a pesar de su naturaleza luchadora. E incluso en el caso de que lo hiciera, tal vez no volviera a ser el mismo. La operación podía no haber funcionado, algo que no sabrían hasta que le hubieran quitado las vendas de los ojos. Incluso podía haber sufrido una lesión cerebral. Quizá no pudiera hablar, ni caminar, ni alimentarse por sí mismo.

Las lágrimas volvieron a deslizarse por sus mejillas. ¿Por qué no era capaz de dejar de llorar por él? Cada vez que pensaba en Steve, comenzaba a sollozar. Y era ridículo, teniendo en cuenta que ni siquiera había sido capaz de reconocerlo.

Payne le había dicho que iría a buscarla a las diez, de modo que se obligó a sí misma a dejar de llorar y a prepararse. Consiguió hacerlo con tiempo más que suficiente y entonces descubrió, para su sorpresa, que estaba hambrienta. Normalmente no desayunaba, sobrevivía con dosis interminables de café hasta la hora del almuerzo, y para entonces, el estómago le ardía de tal manera que no era capaz de comer mucho. Pero la tensión del trabajo comenzaba a desaparecer, y quería comer.

Pidió un desayuno al servicio de habitaciones que recibió con premura. Se lanzó sobre la bandeja como si estuviera muerta de hambre y devoró la tortilla y la tostada en un tiempo récord. Había terminado de desayunar media hora antes de que Payne llamara a la puerta.

Disimuladamente, este estudió su rostro y analizó cada detalle. Había estado llorando. Aquella situación la estaba afectando, y aunque eso era precisamente lo que querían, todavía le dolía que estuviera sufriendo. Pero también era cierto que su aspecto era muchísimo mejor aquella mañana. El color había vuelto a su rostro. Sus ojos parecían más grandes y brillantes de lo que recordaba, aunque en parte era consecuencia de las lágrimas. Esperaba que no tuviera que derramar muchas más.

—Ya he llamado al hospital para comprobar su estado —la informó, agarrándola del brazo—. Buenas noticias. Sus constantes vitales están mejorando. Continúa inconsciente, pero las ondas cerebrales se encuentran en creciente actividad y los médicos cada vez son más optimistas. Está mejorando mucho más de lo que nadie esperaba.

Jay no contestó que, teniendo en cuenta que esperaban que muriera, cualquier cosa significaba una mejoría. No quería pensar en lo cerca que había estado Steve de morir. No lo comprendía, su exmarido se había convertido en alguien inesperadamente importante para ella en los pocos minutos que había permanecido al lado de su cama.

El hospital estaba mucho más concurrido por la mañana que la noche anterior. Los dos guardias que custodiaban las puertas de la UCI habían cambiado, pero también ellos parecieron reconocer a Payne nada más verlo. Jay se preguntó cuántas veces habría ido Payne a ver a Steve y si realmente necesitaría estar de nuevo allí. Podría haberse limitado a recibir información sobre el herido telefónicamente. Fuera cual fuera el lío en el que Steve se había metido, debía de ser extremadamente importante y Payne parecía desear estar presente en el momento en el que recuperara la conciencia… Si eso llegaba suceder.

Payne dejó que Jay entrara sola en la habitación con la excusa de que quería ir a hablar con alguien. Ella asintió con aire ausente y toda su atención concentrada en Steve. Empujó la puerta semiabierta y entró, dejando a Payne en el pasillo, prácticamente con la palabra en la boca. Una sonrisa de cansancio asomó a los labios del policía mientras miraba la puerta cerrada de la habitación; a continuación, se volvió y caminó con paso enérgico por el pasillo.

Jay miró fijamente al hombre tumbado en la cama. Steve. Al volver a verlo, le resultaba más difícil aceptar que aquel fuera su exmarido. Ella había conocido a un Steve vibrante, rebosante de energía; y aquel hombre permanecía tan inmóvil que estuvo a punto de hacer perder a Jay su precario equilibrio.

Estaba en la misma postura que la noche anterior; las máquinas seguían zumbando y los sueros continuaban alimentándolo, fluyendo hasta su cuerpo a través de las agujas. El fuerte olor a antiséptico le irritó la nariz y, de pronto, se preguntó si, en algún rincón de su mente, Steve sería consciente de aquel olor. ¿Podría oír aunque fuera incapaz de responder?

Se acercó a la cama y le tocó el brazo como había hecho la noche anterior. El calor de su piel le provocó un cosquilleo en las yemas de los dedos. ¿Sentiría algo Steve? ¿Sería consciente de sus caricias?

—¿Steve? —susurró con voz temblorosa.

Le resultaba extraño hablar con una momia inmóvil, sabiendo además que estaba en un coma tan profundo que no era consciente de nada y que, si por alguna suerte de milagro fuera capaz de oírla, no podría nunca responder. Pero incluso sabiéndolo, algo la impulsó a intentarlo.

—Soy Jay. Estás herido —le explicó, sin dejar de acariciarle el brazo—. Pero te pondrás bien. Te has roto las piernas y las tienes escayoladas, por eso no puedes moverlas. Además te han insertado un tubo en la garganta para ayudarte a respirar, por eso no puedes hablar. Y no puedes ver porque tienes los ojos cubiertos por las vendas. Pero no te preocupes de nada, aquí te están cuidando muy bien y estás mejorando.

Quizá no fuera cierto que fuera a recuperarse, pero no sabía qué otra cosa decirle. Si podía oírla, quería tranquilizarlo y no darle nuevos motivos de preocupación.

Se aclaró la garganta y comenzó a hablarle de los últimos cinco años, de lo que había estado haciendo después de su divorcio. Le contó incluso que la habían despedido y le habló de las ganas que tenía de darle a Farrell Wordlaw un buen puñetazo en la nariz.

Era una voz serena e increíblemente tierna. No

comprendía las palabras, porque la inconsciencia continuaba envolviendo su mente en capas y capas, de oscuridad, pero oía la voz, la sentía, al igual que algo cálido en la piel. Y aquel minúsculo y tenue contacto le hacía sentirse menos solo. Algo intenso y vital en su interior se concentraba en aquel contacto y lo obligaba a abandonar la oscuridad, a pesar de que continuaba sintiendo la presencia de los monstruos que estaban esperando para destrozarlo con sus temibles garras y sus dientes brutales. Seguramente tendría que soportar esa tortura antes de alcanzar aquella voz, y estaba muy débil. Quizá nunca llegara hasta ella. Pero la voz lo atraía como un imán y lo sacaba de la profunda sensación de aislamiento que lo envolvía.

—Me acuerdo de la muñeca que me regalaron por Navidad cuando tenía cuatro años —dijo Jay, hablando con voz baja y soñadora—. Era muy blandita, como un niño de verdad, tenía el pelo rizado y los ojos castaños con unas pestañas enormes. Cuando la tumbaba, cerraba los ojos. La llamé Chrissy en honor a la que era mi mejor amiga. Arrastraba esa muñeca por todas partes, hasta que llegó un momento en el que cobró el aspecto de una dama vieja y desgastada. Dormía con ella, la sentaba a mi lado cuando comía y le hice recorrer kilómetros y kilómetros sentada en mi triciclo. Después, comencé a crecer y perdí el interés por Chrissy. La dejé en la estantería, con el resto de mis muñecas, y me olvidé de ella. Pero la primera vez que te vi, Steve, pensé que tenías los ojos de Chrissy. Así era como de pequeña llamaba a los ojos castaños. Sí, Steve, tú tienes los ojos de Chrissy.

La respiración de Steve parecía haberse hecho más reposada, más profunda. Jay no podía estar segura, pero tenía la sensación de que había cambiado el ritmo con el que se elevaba y descendía su pecho. El sonido de su respiración silbaba a través del tubo que tenía conectado a la garganta. Ella seguía acariciándole delicadamente el brazo, a pesar del intenso dolor moral que le causaba aquel contacto.

—Creo que incluso llegué a decirte en un par de ocasiones que tenías los ojos de Chrissy, pero me parece que no te gustaba —rio, y el sonido de su risa pareció caldear aquella habitación presidida por el impersonal zumbido de las máquinas—. Siempre te gustó proteger tu imagen de hombre. Y un aventurero no podía tener los ojos de Chrissy, ¿verdad?

De pronto, Steve tuvo un espasmo en el brazo. Aquel movimiento sorprendió a Jay de tal manera que apartó la mano y palideció. Era la primera vez que se movía, aunque ella sabía que probablemente hubiera sido un espasmo muscular completamente involuntario. Sus ojos volaron hacia el rostro del herido, pero no vio nada nuevo en él. Las vendas cubrían al menos dos tercios de su cabeza y sus labios heridos continuaban inmóviles. Lentamente, alargó la mano y volvió a tocarle el brazo, pero Steve permanecía completamente quieto ante su contacto y, al cabo de unos segundos, Jay comenzó a hablarle otra vez, sacando a relucir recuerdos de su infancia.

Frank Payne abrió sigilosamente la puerta de la habitación y se detuvo al oír la voz de Jay. Esta continuaba al lado de la cama; diablos, no se había movido ni un milímetro y llevaba allí, el policía miró el reloj, cerca de tres horas. Si hubiera sido la esposa del tipo lo habría comprendido, pero se suponía que era su exesposa, y había sido ella la que había decidido poner fin a su matrimonio. Pero aun así, seguía allí, con toda su atención centrada en él, como si estuviera animándolo a mejorar.

—¿Le apetece un café? —le preguntó Payne suavemente, intentando no asustarla.

Pero Jay volvió bruscamente la cabeza hacia él, con los ojos abiertos como platos.

Al verlo, sonrió.

—Sí, buena idea —se apartó de la cama, se detuvo y se volvió de nuevo hacia Steve con el ceño fruncido—. Odio dejarlo solo. Si comprende algo, debe de ser terrible estar ahí, atrapado y herido, sin saber por qué, creyéndose completamente solo.

—No es consciente de nada —le aseguró Payne—, está en coma y, ahora mismo, es preferible que permanezca así.

—Sí —se mostró de acuerdo Jay.

Sabía que Payne tenía razón. En su situación, si Steve estuviera consciente, sufriría de manera terrible.

Aquel trémulo rayo de conciencia se había desvanecido;

la voz había desaparecido y lo había dejado sin rumbo. Sin aquella guía, volvió a hundirse en la oscuridad. En la nada.

Frank se detuvo largo rato frente a la pésima comida de la cafetería y el café, sorprendentemente bueno. No era un gran café; en realidad, ni siquiera podía decirse que fuera bueno, pero era mucho mejor de lo que esperaba. La siguiente tanda podría no ser tan buena, de modo que quería disfrutar del café durante tanto tiempo como pudiera. No estaba alargando el café únicamente por eso; no sabía exactamente cómo sacar el tema que había estado rondando por su cabeza durante todo el almuerzo, pero tenía que hacerlo. El Hombre lo había dejado muy claro: Jay Granger tenía que quedarse. No quería que identificara al paciente y se fuera. Quería que se sintiera emocionalmente involucrada en lo que veía, al menos lo suficiente como para sentirse obligada a quedarse. Y cuando el Hombre quería algo, lo conseguía.

Frank suspiró.

—¿Y qué ocurrirá si se enamora de él? Diablos, ya sabes cómo es. Las mujeres lo persiguen, son incapaces de resistirse —le había preguntado.

—Es posible que sufra —le había contestado él, con su voz acerada—. Pero su vida está en peligro y las opciones son limitadas. Por alguna razón, Steve Crossfield estaba allí cuando ocurrió todo. Lo sabemos nosotros y lo saben ellos. No tenemos una lista de posibilidades entre las que elegir. Crossfield es la única opción.

No necesitaba decir nada más. Si Crossfield era la única opción, su exesposa también lo era, puesto que era la única persona que podía identificarlo.

—¿McCoy se lo ha tragado? —le había preguntado bruscamente el Hombre.

—Completamente —había contestado Frank. Y había endurecido la voz para añadir—: No creerás que Gilbert McCoy es…

—No, sé que no lo es. Pero McCoy es un agente muy bueno. Si él se lo ha tragado, eso significa que estamos haciendo un buen trabajo.

—¿Y qué ocurrirá si ella está a su lado cuando recupere la conciencia?

—Eso es lo de menos. Los médicos dicen que estará demasiado confundido y desorientado para encontrarle sentido a nada. Nos avisarán en cuanto comience a salir del coma. No podremos mantenerla fuera de la habitación sin levantar sospechas, pero estaremos atentos. Si comienza a recuperar la conciencia, la sacaremos de allí hasta que podamos a hablar con él. Aunque no hay muchas posibilidades de que ocurra.

—Lleva una eternidad removiendo ese café —la voz de Jay interrumpió sus pensamientos.

Frank Payne alzó la mirada hacia ella y volvió a bajarla hacia el café. Llevaba tanto tiempo removiéndolo que se había quedado frío. Esbozó una mueca al dar un trago a aquel café supuestamente no tan malo.

—Estaba intentando pensar la forma de pedirle algo —admitió.

Jay lo miró con extrañeza.

—Solo hay una forma de hacerlo. Pídamelo.

—De acuerdo —tomó aire—. No vuelva mañana a Nueva York. Quédese aquí con Steve. La necesita, y pronto la necesitará mucho más.

Aquellas palabras la golpearon con dureza. Steve nunca la había necesitado. Era ella la que necesitaba y esperaba mucho más de su relación de lo que su exmarido podía darle. Él siempre había querido mantener cierta distancia entre ellos, tanto mental como emocionalmente, alegando que Jay lo asfixiaba. Ella recordó el momento en el que le había gritado aquellas palabras. Y pensó después en el hombre que permanecía quieto e inmóvil en una cama de hospital. Volvió a experimentar aquella inquietante sensación de irrealidad.

Sacudió la cabeza lentamente.

—Steve es un solitario. Debería saberlo por la información que tiene sobre él. No me necesita ahora y no me necesitará cuando despierte. Probablemente, ni siquiera le guste la idea de que alguien tenga que cuidar de él, y mucho menos su exesposa.

—Estará muy confundido cuando despierte. Usted es la única que puede ayudarlo, es el único rostro que conoce, alguien en quien puede confiar, que le proporcionará cierta seguridad. Los médicos dicen que cuando se despierte estará muy confundido y nervioso, que quizá incluso delire. Lo ayudará tener a su lado a alguien que conoce.

Jay volvió a negar con la cabeza.

—Lo siento, señor Payne. No creo que Steve quiera que me quede a su lado, pero incluso en ese caso, no podría quedarme aunque quisiera. Ayer me despidieron. Me quedan dos semanas en la oficina y no puedo permitirme el lujo de dejar de trabajar durante ese tiempo. Además, tengo que encontrar otro trabajo.

Payne dejó escapar un silbido.

—Debió de ser un día infernal, ¿verdad?

Jay no pudo menos que reír a pesar de la seriedad de la situación.

—Sí, esa es una buena descripción.

Cuanto más conocía a Frank Payne, más le gustaba. Había algo excepcional en él. Era un hombre de peso y estatura medios, pelo castaño con algunas canas y ojos claros. Tenía un rostro agradable, aunque no especialmente atractivo. Aun así, había en él una firmeza que inspiraba confianza.

Parecía pensativo.

—Es posible que podamos hacer algo por usted. Déjeme investigarlo antes de reservar un vuelo de vuelta. ¿Le gustaría tener la oportunidad de mandar a su jefe a paseo?

Jay contestó con una dulce sonrisa y en aquella ocasión fue Payne el que se rio.

Un rato después, Jay comprendió que aquella petición significaba que estaban convencidos de que Steve sobreviviría. Estaba de nuevo en la habitación, al lado de la cama, y le presionó suavemente el brazo mientras experimentaba un inmenso alivio.

—Vas a conseguirlo —le susurró.

Estaba a punto de anochecer y había pasado todo el día junto a la cama. De vez en cuando, una enfermera le pedía que saliera, pero a excepción de aquellos minutos y los que había pasado almorzando con Frank, había estado en todo momento con Steve. Le había hablado hasta terminar con la garganta seca, hasta que ya no era capaz de pensar en nada que hacer o decir, pero incluso entonces, había continuado posando la mano en su brazo. Quizá así él supiera que estaba allí.

Entró una enfermera y miró a Jay con curiosidad, pero no le pidió que abandonara la habitación. Revisó los indicadores de los monitores y tomó notas en una libreta.

—Es extraño —musitó—. Aunque quizá no. Los latidos de su corazón son más fuertes y la respiración más pausada cuando usted está con él. Cuando ha salido a almorzar, sus constantes vitales han empeorado y han vuelto a remontar cuando ha regresado. Y he comprobado que ha ocurrido lo mismo cada vez que le hemos pedido que abandonara la habitación. Al coronel Lunning le van a interesar mucho estos gráficos.

Jay miró de hito en hito a la enfermera y después se volvió hacia Steve.

—¿Sabe que estoy aquí?

—No de una forma consciente —contestó precipitadamente la enfermera—. Con la dosis de barbitúricos que le estamos suministrando, no va a despertarse de pronto para ponerse a hablar con usted. Ha estado hablándole durante todo el día, ¿verdad? Seguramente, parte de su conversación le llega de una u otra manera. Y usted debe ser muy importante para él para que haya respondido tan positivamente.

La enfermera salió de la habitación y Jay miró a Steve completamente atónita. Incluso en el caso de que hubiera sentido su presencia, ¿por qué iba a afectarlo de aquella manera? Aun así, no podía desechar la teoría de la enfermera, pues ella misma había notado que el ritmo de su respiración había cambiado. Le resultaba prácticamente imposible creerlo, porque Steve jamás la había necesitado. Había disfrutado con ella durante un tiempo; sin embargo, algo le hacía mantenerla siempre a una pequeña, pero significativa distancia. Y como no era capaz de amarla en profundidad, no se había permitido tampoco aceptar el amor que ella le ofrecía. Lo único que Steve quería era una relación superficial, un amor ligero al que pudiera poner fin sin remordimientos. Así había acabado su relación y ella apenas había pensado en Steve después de su separación. ¿Por qué de pronto iba a haberse convertido en alguien tan importante para él?

Rio con tristeza al comprenderlo. Steve no estaba respondiendo a su presencia, estaba respondiendo a una caricia y a una voz que se dirigían expresamente a él y se diferenciaban del contacto y las voces distantes de los médicos y enfermeras que lo rodeaban. Cualquier otra persona en su situación habría mejorado. Si Frank Payne hubiera permanecido hablándole al lado de la cama, el resultado habría sido el mismo.

Y así lo dijo una hora después, mientras el coronel Lunning estudiaba las gráficas, frotándose la barbilla y mirándola de vez en cuando con expresión pensativa. Frank permanecía a su lado, procurando mantener el semblante inexpresivo, pero sin perder un solo detalle.

El coronel Lunning era un hombre que vivía entregado a la vida militar y a la medicina. No estaba destinado en Bethesda, pero no había cuestionado las órdenes cuando lo habían llamado en mitad de la noche para llevarlo hasta allí. A un grupo de médicos entre los que él se encontraba, se les había asignado la tarea de salvar la vida de aquel hombre. En un principio, ni siquiera sabían cómo se llamaba. Ahora figuraba un nombre en su historial, pero continuaban sin saber por qué era tan importante salvar su vida. Pero no importaba. El coronel Lunning utilizaría todos los medios que estuvieran a su alcance para ayudar a su paciente. Y en aquel momento uno de los medios era aquella mujer delgada de ojos azul oscuro y boca apasionada.

—No podemos pasarlo por alto, señorita Granger —le dijo el coronel con franqueza—. Es a su voz a la que responde, no a la mía ni la del señor Payne ni a las de las enfermeras. El señor Crossfield no está en un coma profundo. Respira por sí mismo y todavía tiene reflejos. No es ilógico pensar que puede oírla. Es posible que no la comprenda y, desde luego, no puede responder, pero es del todo posible que la oiga.

—Pero tengo entendido que su coma está inducido por las drogas — protestó Jay—. Cuando la gente está drogada, ¿no está completamente inconsciente?

—Hay diferentes niveles de conciencia. Permítame explicarle sus lesiones de una forma más precisa. Las piernas las tiene únicamente rotas, no hay nada que pueda impedirle caminar en un futuro. Tiene quemaduras dé segundo grado en las manos y en los brazos, pero las peores quemaduras son las de las palmas de las manos y las de los dedos. Es como si hubiera agarrado una tubería caliente, o quizá utilizó las manos para protegerse el rostro. Tenía el bazo destrozado y tuvimos que quitárselo. Uno de los pulmones fue punzado, pero las heridas más graves son las de la cabeza y el rostro. Tenía el cráneo fracturado y los huesos de la cara hechos añicos. Le operamos inmediatamente y para controlar la hinchazón del cerebro y evitar futuros daños, hemos tenido que administrarle grandes dosis de barbitúricos. Es eso lo que lo mantiene en coma. Ahora, cuanto más profundo es el coma, menos son las funciones cerebrales. En un coma profundo, el paciente ni siquiera es capaz de respirar por sí mismo. El nivel del coma depende en parte de la tolerancia del paciente a las drogas, que varía en cada persona. La tolerancia del señor Crossfield parece ser superior a la media, de modo que su coma no es tan profundo como debería. No hemos incrementado la dosis porque no ha sido necesario. Con el tiempo, iremos disminuyéndola gradualmente y terminaremos con el estado de coma. Él puede superar la situación con sus propios medios, pero, francamente, se encuentra definitivamente mejor cuando está usted con él. Todavía desconocemos muchas cosas sobre el comportamiento de la mente y su influencia sobre el cuerpo, pero sabemos que existe relación entre ambos.

—¿Está diciéndome que se recuperará antes si me quedo?

El coronel sonrió.

—En pocas palabras, sí.

Jay se sentía cansada y confundida, como si hubiera pasado horas en un laberinto de espejos, intentando encontrar la salida y encontrándose una y otra vez con un reflejo. Y no era solo por todas aquellas personas que insistían en que se quedara; en parte, era también por ella misma. Algo había ocurrido en su interior cuando había tocado a Steve, algo que no comprendía. Estaba segura de que nunca había sentido nada parecido, ni siquiera cuando estaban casados. Era como si de pronto Steve fuera más de lo que había sido, como si hubiera cambiado de una forma que ella sentía, pero no podía definir.

Jay deseaba no tener que asumir tamaña responsabilidad. No quería quedarse. Aquel extraño sentimiento que experimentaba hacia Steve la hacía sentirse amenazada. Si se iba en aquel momento, no le daría oportunidad de desarrollarse. Pero si se quedaba…

Cinco años atrás, no había sufrido por su divorcio porque el amor entre ellos jamás había llegado a ser profundo y al final, simplemente, se había desvanecido. Pero Steve era un hombre diferente; había cambiado durante esos cinco años, se había convertido en alguien cuya fuerza podía sentirse incluso a través de su inconsciencia. Si volvía a enamorarse de él, nunca podría superarlo.

Pero si se marchaba, se sentiría culpable por no haberlo ayudado.

Necesitaba otro trabajo. Tenía que volver a Nueva York y hacer algo para impedir que su vida se desintegrara. Además, estaba cansada de aquellas presiones constantes. No quería marcharse, pero le daba miedo quedarse.

Frank advirtió la tensión que reflejaba su rostro, la sintió vibrar a través de ella.

—Salgamos a la sala de espera —dijo, dando un paso adelante para agarrarla del brazo—. Necesita descansar. Lo veré más tarde, coronel Lunning.

El coronel asintió.

—Intente convencerla. Este hombre la necesita.

Una vez en el pasillo, Jay musitó:

—Odio que la gente hable de mí como si yo no estuviera. Y estoy harta de que me manipulen —al decir aquella última frase, estaba pensando en su trabajo, pero Frank le dirigió una intensa mirada.

—No quiero ponerla en una situación difícil —contestó diplomáticamente—. Pero necesitamos que continúe hablando con su marido. Perdón, su exmarido, siempre lo olvido. En cualquier caso, estamos deseando hacer todo lo que esté en nuestras manos para ayudar a su recuperación.

Jay hundió las manos en los bolsillos y aminoró el paso, como si estuviera pensando en algo.

—¿Van a arrestar a Steve?

Frank no vaciló.

—No —contestó con absoluta certeza.

Aquel hombre iba a contar con los mejores médicos y la mejor protección que el país pudiera proporcionarle. A Frank le habría encantado poder decirle a Jay los motivos, pero no era posible.

—Creemos que, simplemente, estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Pero teniendo en cuenta su pasado, es posible que intentara hacerse cargo de la situación. Incluso es posible que intentara ayudar cuando todo le estalló en pleno rostro. Y cualquier cosa que pueda recordar, nos ayudará.

Llegaron a la sala de espera y Frank abrió la puerta para que Jay lo precediera. Afortunadamente, estaban solos. El policía se acercó a la máquina del café y metió varias monedas.

—¿Café?

—No, gracias —contestó Jay cansada mientras se sentaba.

Tenía el estómago inusualmente tranquilo y no quería fastidiarlo con el nocivo brebaje que normalmente salía de aquellas máquinas. No había sido consciente de lo cansada que estaba, pero en ese momento, la fatiga era tal que incluso se mareaba.

Frank se sentó frente a ella con una taza de café entre las manos.

—He hablado con mi superior y le he explicado su situación —comenzó a decir—. ¿Se quedaría si no tuviera que preocuparse por el trabajo?

Jay cerró los ojos mientras se frotaba la frente, en un esfuerzo por concentrarse en lo que acababa de decirle. No recordaba haber estado nunca tan cansada, era como si toda su energía la hubiera abandonado. Tenía la mente entumecida. A lo largo de todo el día, había estado tan concentrada en Steve que todo lo demás parecía haberse borrado y cuando por fin se permitía relajarse, el cansancio la dejaba en un estado de lasitud física y mental.

—No lo comprendo —musitó—. Necesito trabajar para ganar dinero.

—Quedarse aquí podría convertirse en su trabajo —le explicó Frank, deseando no tener que presionarla.

Jay parecía incapaz de hacer nada más que permanecer sentada. Pero quizá fuera más fácil convencerla en aquel momento, con la fatiga interponiéndose en su capacidad de razonamiento.

—Nos haremos cargo del alquiler de su apartamento y de todos sus gastos. Para nosotros es muy importante.

Jay abrió los ojos y lo miró con incredulidad.

—¿Me pagarían por quedarme aquí?

—Sí.

—¡Pero yo no quiero que me den dinero para estar con él! Quiero ayudarlo, ¿no lo comprende?

—Pero no puede por culpa de su situación económica —dijo Frank, asintiendo—. Lo que le estamos ofreciendo es hacernos cargo de su situación económica. Si tuviera dinero suficiente, ¿vacilaría a la hora de quedarse?

—¡Por supuesto que no! Haría cualquier cosa para ayudarlo, pero la idea de aceptar ese dinero me parece repugnante.

—No vamos a pagarle para que se quede con él, vamos a pagarle para que pueda quedarse con él. ¿Entiende la diferencia?

Jay debía estar volviéndose loca, porque era capaz de ver la diferencia. Y la mirada de Frank era tan amable que instintivamente confiaba en él, aunque tenía la sensación de que allí estaban ocurriendo muchas cosas que ella no alcanzaba a comprender.

—Le conseguiremos un apartamento cerca de aquí, para que pueda pasar más tiempo con él —continuó Frank en tono amable y razonable—. También nos haremos cargo del apartamento de Nueva York, para que pueda volver después a él. Si me dice que sí en este momento, podrá trasladarse el mismo lunes a su apartamento.

Tenía que haber algún argumento en contra, pensó Jay, pero no se le ocurría ninguno. Frank estaba suprimiendo todos los obstáculos del camino; le haría sentirse mezquina si se negaba a hacer lo que le proponía cuando se había tomado tantas molestias por ella y ellos, quienesquiera que fueran, tenían tanto interés en que se quedara.

—Tendré que volver a casa —dijo, impotente—. Tendré que volver a Nueva York a buscar más ropa, y tendré que despedirme de mi trabajo —de pronto, soltó una carcajada—, si es que es posible despedirse de un trabajo del que ya te han despedido.

—Me encargaré de organizarle el viaje.

—¿Cuánto tiempo cree que estaré aquí?

Frank le sostuvo la mirada.

—Un par de meses por lo menos. Quizá más.

—¡Meses!

—Steve tendrá que someterse a rehabilitación.

—Pero para entonces ya estará consciente. ¡Yo pensaba que solo querían que me quedara hasta que lo peor hubiera pasado!

Frank se aclaró la garganta.

—Nos gustaría que se quedara hasta que pueda abandonar el hospital.

—Pero ¿por qué?

—La necesitará. La recuperación será muy dolorosa. No se lo he dicho hasta ahora, pero habrá que volver a operarle los ojos. Probablemente, a las seis semanas de la operación podremos quitarle las vendas. Cuando recupere la conciencia estará muy confundido, sufrirá dolores y, además, no podrá ver. Jay —la tuteó—, tú vas a ser su tabla de salvación.

Ella permanecía sentada, como atontada, mirando al policía de hito en hito. Era como si, de pronto, fuera demasiado tarde. Steve iba a necesitarla mucho más de lo que ni ella ni él podrían haber imaginado.

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