Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 11 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Once

 

 

A la mañana siguiente, abandonaron temprano la cabaña para poder encontrarse con Frank en Colorado Springs esa misma tarde. A Jay la desgarraba tener que abandonar la cabaña; aquel había sido su mundo durante tanto tiempo que, al alejarse de él, se sentía expuesta. Solo saber que regresarían al día siguiente le daba el valor que necesitaba para abandonarla. Sabía que a la larga tendrían que dejarla para siempre, pero todavía no estaba preparada para enfrentarse a ese momento. Quería pasar más tiempo con el hombre al que amaba.

Pretendía preguntarle a Frank el nombre del agente que supuestamente había muerto el día de la explosión. Frank quizá no quisiera decírselo, pero tenía que preguntarlo. Porque aunque no pudiera pronunciarlo en voz alta, necesitaba saberlo, tenía que poner un nombre al hombre al que amaba. Lo miró mientras Steve conducía el jeep con manos expertas y sintió que su corazón se henchía. Era un hombre alto, de aspecto rudo, en absoluto atractivo con aquellas facciones operadas, pero le bastaba mirarlo a los ojos para embriagarse de puro placer. ¿Cómo podían haber imaginado que les sería posible hacer pasar a aquel hombre por Steve Crossfield?

Aquel subterfugio hacía aguas por todas partes, pero Jay no se había dado cuenta hasta que había estado demasiado enamorada de Steve como para que pudiera importarle. Se habían aprovechado del impacto de la noticia para evitar que Jay hiciera preguntas para las que no tenían respuesta. Preguntas tales como la razón por la que no utilizaban su tipo sanguíneo o alguna marca dental para determinar la identidad de su paciente. Desde el primer momento, Jay había sabido que Frank estaba ocultándole algo, pero estaba demasiado preocupada por Steve para pensar que era algo más que los detalles de una misión secreta. La verdad era que se había dejado engañar tan fácilmente porque en el fondo prefería que la engañaran; después de ver a Steve tumbado en la cama en el hospital, tan malherido y, al mismo tiempo, luchando con una determinación tan férrea a pesar de su inconsciencia, no había deseado otra cosa que estar a su lado y ayudarlo a luchar.

No podían alojarse en el mismo hotel en el que se habían quedado la primera vez porque Frank no quería arriesgarse a que el recepcionista los reconociera. Incluso utilizaron nombres diferente. Cuando llegaron, Frank ya estaba allí y había hecho las reservas con los nombres de Michael Carter y Faye Wheeler. Habitaciones separadas. Steve se mostró abiertamente disgustado, pero acompañó a Jay a la habitación de esta sin hacer ningún comentario y se dirigió después a la suya. El médico especialista examinó la vista de Steve inmediatamente. Luego lo llevaron a la óptica para que le hiciera unas gafas que estarían preparadas para la mañana siguiente. Jay permanecía en todo momento en un segundo plano, preguntándose qué resortes habría tenido que mover Frank, y cuántos brazos que retorcer, para que todo se hiciera tan rápido.

Regresaron al hotel poco después del anochecer y Steve se dirigió inmediatamente a la habitación de Jay.

—Hola, encanto —le dijo.

Entró en el dormitorio y cerró la puerta tras él. Antes de que Jay pudiera contestar, estaba agarrándola con fuerza por los brazos y devorando sus labios.

Estremecida de placer, Jay se estrechó contra él y hundió los dedos en su pelo. Steve olía a viento y a nieve, su piel estaba helada, pero su lengua era cálida y atrevida. Al final, alzó la cabeza con una mirada de masculina satisfacción estampada en el rostro. Deslizó el pulgar por los labios de Jay, enrojecidos por el beso.

—Cariño, es posible que me hiele el trasero al venir a tu habitación esta noche, pero no pienso dormir solo.

—Tengo una sugerencia que hacerte —ronroneó Jay.

—Oigámosla.

—No te desnudes hasta que no hayas llegado a mi dormitorio.

Steve soltó una carcajada y volvió a besarla. La boca de Jay lo estaba volviendo loco; tenía el más erótico de los efectos sobre él. Besarla era mucho más excitante que hacer el amor con otras mujeres. Y, solo durante un instante, antes de que se desvanecieran por completo, algunas de esas mujeres aparecieron en su mente.

—El médico ya está de regreso a Washington. Frank se quedará aquí hasta mañana, de modo que estamos los tres juntos otra vez. ¿Tienes hambre? El estómago de Frank continúa ajustado a los horarios de Washington.

—La verdad es que estoy hambrienta. Y no me gustaría que nos acostáramos tarde, ya sabes.

Steve miró hacia la cama.

—Sí, ya sé.

—Jay esperaba tener alguna oportunidad para preguntarle a Frank por el nombre del agente. No quería arriesgarse a preguntar aquello en presencia de Steve porque oír su propio nombre podría activarle la memoria y ella todavía no podía enfrentarse a aquella posibilidad. Quería que Steve recordara, pero quería que lo hiciera cuando estuvieran solos en la pradera. Si no surgía ninguna oportunidad de hablar con Frank, lo llamaría cuando se hubieran retirado cada uno a sus habitaciones, siempre y cuando Steve no fuera directamente a la de ella. Pero probablemente, este se ducharía antes en su propia habitación y se cambiaría de ropa. Suspiró cansada de tener que anticiparse a todo. Ella no estaba preparada para aquel mundo.

Steve advirtió aquel suspiro y también la desesperación que reflejaban sus ojos. Jay no había dicho nada, pero esa expresión estaba allí desde que había tenido su primer recuerdo el día anterior. Aquello lo intrigaba. No se le ocurría ninguna razón por la que Jay pudiera lamentar que recuperara la memoria. Y precisamente porque no lo entendía y porque no había ninguna razón lógica, no podía olvidarlo. Cuando algo le preocupaba, pensaba en ello hasta encontrarle el sentido. Jamás renunciaba, nunca lo dejaba pasar. Su hermana muchas veces le decía que debía de tener alma de bulldog…

¿Su hermana?

Steve se quedó muy callado mientras cenaban los tres en un restaurante italiano. Parte de él estaba disfrutando de aquella sabrosa comida y otra parte estaba activamente involucrada en la conversación, pero una tercera estaba examinando aquel recuerdo desde todos los ángulos posibles. Si tenía una hermana, ¿por qué le había dicho Jay que no tenía familia? ¿Y por qué Frank no le había hablado de ningún pariente? Aquello era de lo más disparatado. Steve podía aceptar que Jay tuviera una versión diferente de su vida porque no sabía en qué circunstancias se habían separado, pero era imposible que Frank no supiera quiénes eran sus amigos y familiares. Eso suponiendo siempre que las cosas que estaba recordando fueran reales.

Una hermana. La lógica le decía que era imposible. Y sus entrañas le decían que la lógica podía engañarlo.

Una hermana. Amy. «¡Tío Luke! ¡Tío Luke!». Las voces de los niños reverberaban en su mente mientras se reía por algo que Frank acababa de decir. «Tío Dan. Tío Luke. Tío, Luke, Luke, Luke…».

—¿Estás bien? —le preguntó Jay.

La preocupación ensombrecía la mirada de este cuando ella posó la mano en su muñeca. Podía sentir la tensión que emanaba de Steve y la sorprendía que Frank no pareciera notar que estaba pasando algo anormal.

En el momento en el que Steve se volvió hacia Jay y sonrió, dejó de palpitarle la cabeza. Se sabía dispuesto a dar su pasado por perdido siempre y cuando pudiera tener a Jay. El cordón umbilical que los unía era tan sensible como las cuerdas de un Stradivarius.

—Me duele un poco la cabeza —contestó—. Supongo que se me ha cansado la vista al conducir.

Ambas cosas eran ciertas, aunque la segunda no era la causa de la primera. Además, no había tenido que forzar la vista para conducir. El único problema lo tenía para leer de cerca; su visión a larga distancia continuaba siendo tan precisa como siempre. En ese aspecto, tenía la vista de un piloto de aviación.

Jay volvió a concentrarse en la conversación, pero fue tan consciente de que Steve comenzaba a relajarse como lo había sido de su creciente tensión. ¿Habría ocurrido algo aquella tarde que no le había contado? La sensación de miedo era casi sobrecogedora y deseaba con todas sus fuerzas que volvieran a la cabaña.

Cuando regresaron al hotel, advirtió aliviada que Steve se dirigía a su propia habitación en vez de quedarse hablando con Frank o de seguirla a ella directamente a la suya. En cuanto estuvo en su cuarto, Jay se abalanzó sobre el teléfono y marcó el número de la habitación de Frank.

—Soy Jay —se identificó a sí misma.

—¿Ocurre algo? —Frank se puso inmediatamente en alerta.

—No, todo va bien. Es solo que hay algo que me inquieta, pero no quería preguntártelo delante de Steve.

Frank se tensó en su habitación. ¿Habría cometido algún fallo?

—¿Es sobre Steve?

—Bueno, no, en realidad no. El agente que murió… ¿Cómo se llamaba? Últimamente pienso mucho en eso, en que se murió y ni siquiera sé su nombre.

—No tienes por qué saberlo. Nunca lo conociste.

—Lo sé —contestó suavemente—. Solo quería saber algo sobre él. Steve podría haber estado en su lugar. Además, ahora que está muerto, no hay ningún motivo para mantener oculta su identidad, ¿verdad?

Frank pensó en ello. Podía darle un nombre ficticio, pero decidió decirle por lo menos algo cierto. Con el tiempo, Jay conocería aquel nombre y podría ayudar que creyera que en realidad todo había sido un simple error.

—Se llamaba Lucas Stone.

—Lucas Stone —Jay repitió aquel nombre con voz suave—. ¿Estaba casado? ¿Tenía familia?

—No, no estaba casado —contestó Frank, eludiendo intencionadamente la segunda pregunta.

—Gracias por decírmelo. Me molestaba no saberlo.

Y Frank nunca sabría hasta qué punto, pensó mientras colgaba lentamente el auricular. Lucas Stone. Repitió el nombre una y otra vez, asociándolo al rostro de Steve y sintiendo que su corazón volvía a latir de nuevo. Lucas Stone. Sí.

Solo entonces se dio cuenta del error que acababa de cometer. Si hasta entonces le había resultado difícil referirse a él como Steve, a partir de ese momento le resultaría casi imposible. Steve era un nombre robado, pero Jay se había acostumbrado a él porque no había alternativa. ¿Qué ocurriría si en algún momento se le escapaba el nombre de Lucas?

Permaneció sentada en la cama durante largo rato, debatiéndose en medio de aquel laberinto de espejos que la atrapaban con sus falsos reflejos. Las cosas que no sabía la paralizaban tanto como las que sabía, hasta el punto de que temía confiar en su propia intuición. No era una persona hecha para la mentira; era una mujer franca. Precisamente, esa era una de las razones por las que no había encajado en el mundo de la banca.

Al final, cansada de asomarse a tantas puertas sin salida, se metió en la ducha y se preparó para acostarse. Cuando salió del baño, Lucas… ¡Steve!, se recordó, frenética, estaba tumbado en la cama, parcialmente desnudo.

Jay miró hacia la puerta.

—¿No hemos hecho esto mismo en otra ocasión?

Lucas se levantó y la estrechó contra él.

—Con una diferencia. Una gran diferencia.

Lucas olía a jabón, a loción de afeitado y al aroma almizcleño de los hombres. Jay se aferró a él, presionó el rostro contra su cuello e inhaló aquella fragancia. ¿Qué haría si la dejaba? Sería como vivir en un mundo del que había desaparecido el color, se sentiría incompleta eternamente. Lentamente, deslizó las manos por su pecho, enredando los dedos en el vello rizado y sintiendo el calor de su piel y los músculos de hierro que escondía. Tenía unos músculos tan fuerte que apenas cedían bajo la presión de sus dedos. Desconcertada, Jay presionó experimentalmente el brazo izquierdo de Steve y observó cómo palidecía su propia uña por la presión, pero él continuaba sin notar nada.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Lucas con curiosidad.

—Ver lo duro que estás.

—Cariño, ese no es el lugar indicado.

Jay soltó una carcajada y alzó rápidamente la mirada hacia él.

—Creo que en otras partes de tu cuerpo ya sé lo duro que estás.

—¿Ah, sí? Hay partes y partes del cuerpo. Y algunas necesitan muchas más atenciones que otras.

Mientras hablaba, comenzó a desplazarla hacia la cama. Estaba excitado. Jay, sintiendo la presión de su excitación contra ella, deslizó la mano hacia la protuberancia de sus vaqueros.

—¿Esa es una de las partes de tu cuerpo que necesita atención?

—Mucha atención —le aseguró él mientras se tumbaba junto a ella en la cama.

Sintió que Jay movía las piernas y alzaba las caderas para amoldarse a él y toda la diversión desapareció de su rostro para ceder el paso a una expresión feroz e intensa. Era una mirada que hacía estremecer a Jay de exquisita anticipación.

Alzó la mirada hacia él. El rostro de Steve también perdió toda la tensión mientras Jay deslizaba las manos delicadamente a lo largo de su cuerpo.

—Te quiero —le dijo. Y su corazón añadió: «Lucas».

 

La mañana siguiente era distinta. Era como si el mundo hubiera cambiado durante la noche, pero Steve no era capaz de señalar cuál era la diferencia. Era una sensación extraña, como si estuviera más a gusto consigo mismo. Tenía a Jay entre los brazos, su melena sedosa rozaba su hombro. Si hubieran estado en la cabaña, se habría levantado para encender el fuego y habría vuelto a la cama dispuesto a hacer el amor con ella. Pero no estaba en la cabaña y tenía que regresar a su dormitorio para afeitarse y vestirse. Ese maldito Frank… Había reservado habitaciones separadas sabiendo que solo necesitaban una. Pero Jay no era como las demás mujeres; Jay era especial. Y quizá aquel hubiera sido su tributo a ese ser tan especial.

Otras mujeres. La idea continuaba aguijoneándolo cuando dejó a Jay y regresó a su dormitorio. Estaba recuperando la memoria, no de una forma melodramática, como si de pronto se hiciera la luz, sino como si fueran aparecieron una serie de piezas desconectadas entre sí. Surgían nombres, rostros. Sin embargo, en vez de sentirse eufórico, iba experimentando una creciente sensación de recelo. No le había dicho a Frank que había recuperado la memoria, esperaría hasta que la hubiera recuperado plenamente y hubiera tenido tiempo de considerar su situación. La cautela era casi una segunda naturaleza en él, al igual que la rápida revisión que hizo en su habitación para asegurarse de que nadie había entrado en su ausencia.

Se duchó y se afeitó, pero mientras se duchaba, se descubrió a sí mismo mirándose fijamente en el espejo, intentando averiguar su pasado en aquel reflejo. ¿Pero cómo podía reconocerse a sí mismo cuando su rostro había cambiado? ¿Qué aspecto tendría anteriormente? Se preguntaba si Jay tendría alguna fotografía suya; si la había conservado, sería una fotografía antigua. Las mujeres tendían a conservar los recuerdos y su divorcio no había sido muy desgarrador, de modo que quizá Jay no hubiera roto ninguna de sus fotografías. Y a lo mejor verla podía proporcionarle algún vínculo con el pasado.

Diablos, ¿realmente serviría para algo? Se miró disgustado. No había reconocido ni a Jay ni a Frank, ¿por qué entonces iba a reconocer su viejo rostro? El único rostro que conocía era el que podía ver en aquel momento y, realmente, no era gran cosa. Daba la sensación de que había jugado demasiadas veces al rugby sin casco.

Aun así, continuaba experimentando la sensación de estar al borde de algo… Estaba allí, pero más allá de su alcance.

Era una sensación que lo asaltaba en muchos momentos, como cuando se había puesto con extraordinaria facilidad la pistolera en el hombro, o al percibir la familiaridad con la que había agarrado la pistola. Aquella facilidad, aquella familiaridad, habían estado antes allí, pero en aquel momento eran algo diferente, como si el vínculo entre el pasado y el presente estuviera volviendo. Pronto. Sucedería pronto.

El día transcurrió sin incidentes, pero la sensación de anticipación no lo abandonaba. Se reunieron los tres durante el desayuno; Frank y él se acercaron después a la óptica para ir a buscar las gafas. Durante el trayecto de vuelta, Steve preguntó:

—¿Habéis encontrado ya a ese tal Piggot?

—No, todavía no. Se supo algo de él hace un mes, pero desapareció de nuevo antes de que pudiéramos atraparlo.

—¿Es bueno?

Frank vaciló un instante.

—Condenadamente bueno. Uno de los mejores. Su perfil psicológico dice que es un psicópata, pero muy controlado, muy profesional. Para él, sus trabajos son motivo de orgullo. Esa es la razón por la que quiere atraparte. Tú le has apretado las tuercas como nadie. Le has estropeado varios trabajos, has matado a sus hombres y has conseguido darle un golpe tan fuerte que se ha visto obligado a desaparecer del mapa durante unos meses para recuperarse.

—Es posible que le haya dado duro, pero no lo suficiente —dijo Steve con aire ausente—. ¿Tienes alguna fotografía suya?

—Aquí no. Solo hay una. La tomamos con un objetivo telescópico y está bastante borrosa. Es un hombre rubio, de cuarenta y dos años, le falta el lóbulo de la oreja izquierda, también por culpa tuya. Ese fue un duro golpe para su reputación.

—Sí, bueno, hay días en los que no estoy de muy buen humor.

Una respuesta propia de Lucas Stone. Frank sintió el impacto como si fuera una bofetada, pero mantuvo las manos firmemente aferradas al volante.

—¿Estás recuperando la memoria?

—Todavía no —mintió Steve.

Estaba viendo ya a Geoffrey Piggot, un rostro delgado, maligno y frío. Un nuevo rostro asociado a un nombre.

 

Steve estuvo muy callado durante el camino de vuelta a la cabaña. Jay lo miraba de reojo, pero las gafas de sol le ocultaban los ojos y no podía ver su expresión. Todavía sentía la tensión que lo embargaba, de la misma manera que la había sentido la noche anterior durante la cena.

—¿Vuelves a tener dolor de cabeza? —le preguntó por fin.

—No —contestó Steve, y suavizó la brusquedad de su respuesta alargando la mano para acariciarle la barbilla—. Me encuentro bien.

—¿Frank te ha dicho algo que te haya molestado?

Steve consideró las desventajas de dejar que alguien llegara a estar tan unido a él que pudiera interpretar perfectamente sus cambios de humor, pero después comprendió que en el caso de Jay, aquella batalla estaba perdida, porque siempre quería que estuviera más cerca de él. Y además, no había permitido que se acercara a él, sencillamente, había ocurrido.

—No. Solo me ha contado algunas cosas sobre el tipo que intentó convertirme en un pedazo de carne asada.

—¡Uf, qué bruto eres! —contestó Jay, palmeándole la mano.

Steve soltó una carcajada.

Al cabo de unos minutos, Jay se acurrucó en el asiento, con la cabeza apoyada en el respaldo.

—Tengo ganas de volver a casa.

Steve estaba completamente de acuerdo con ella.

Llevaban tanto tiempo solos que aquel viaje había significado prácticamente un choque cultural. Las luces de neón y el tráfico habían supuesto un auténtico sobresalto para sus sentidos, acostumbrados a los abetos plateados, la nieve y un profundo silencio. Aunque no le importaría nada regresar a la civilización si fuera para que Jay y él se hicieran análisis de sangre y consiguieran la licencia de matrimonio.

Análisis de sangre.

De pronto, se sintió alerta, como se había sentido miles de veces cuando su vida estaba pendiente de un hilo. La adrenalina chisporroteaba por sus venas y el corazón le latía a toda velocidad, aunque no iba tan rápido como su cerebro. Un análisis de sangre. Maldita fuera, aquello no encajaba. ¿Por qué había tenido Jay que identificarlo cuando ellos tenían todos los medios para hacerlo? Era su agente. Por supuesto, sus huellas dactilares habían desaparecido, estaba inconsciente y sin voz, pero aun así, tendrían su tipo sanguíneo, conocerían sus piezas dentales. Para ellos debía ser relativamente sencillo establecer su identidad. Por lo tanto, no necesitaban a Jay en absoluto, pero era evidente que habían querido contar con ella por alguna razón.

Steve repasó mentalmente lo que Jay le había dicho. Querían que lo identificara porque no tenían ningún documento y necesitaban saber si era su exmarido el que había sobrevivido porque él y uno de sus agentes se habían visto atrapados en una explosión y uno de ellos estaba muerto. Eso significaba que debía haber dos agentes en el lugar, pero eso no cambiaba el hecho de que Frank tuviera todos los métodos para identificarlos a ambos. Supuestamente, él y el otro agente se parecían físicamente, debían pesar y medir lo mismo, además de tener el mismo color de pelo y de ojos. Pero aun así, eso no tendría que haber supuesto ningún problema para identificarlos, incluso en el caso de que hubieran coincidido sus tipos sanguíneos. Porque todavía podían acudir a la información que proporcionaba la dentadura.

Maldita fuera, se sentía como un estúpido. ¿Por qué no se habría dado cuenta con anterioridad? Habían metido a Jay en aquel asunto por alguna razón, pero desde luego, no era porque tuviera que identificarlo. ¿Qué demonios estaba tramando Frank?

Pensar. Tenía que pensar. Se sentía como si estuviera intentando recomponer un rompecabezas al que le faltaban todas las piezas, de modo que, por mucho que las moviera, no terminaban de encajar. Si al menos pudiera recordar, ¡maldita fuera!

¿Por qué Frank le habría mentido a Jay? ¿Por qué inventarse esa historia de que él y el otro agente se parecían extraordinariamente el uno al otro? ¿Por qué habían insistido en que necesitaban a Jay?

¿Y por qué podían necesitar a Jay?

Las voces retumbaban en su interior.

«Felicidades señor Stone… Me alegro de que hayas vuelto, hijo… ¡Tío Luke!… Stone… hijo… Tío Luke… Hijo… Luke… Stone».

Luke Stone.

Se aferró con fuerza al volante. Se sentía como si acabaran de darle un golpe en el pecho. Luke Stone. Lucas Stone. ¡Que se fuera al infierno el maldito Frank Payne! ¡Se llamaba Lucas Stone!

En cuanto hubo atravesado mentalmente ese umbral, todos los recuerdos fluyeron de forma confusa, creándole tanto ruido mental que apenas podía conducir. No se atrevía a parar. No se atrevía a dejar que Jay supiera lo que estaba sintiendo. Sentía… Dios, no sabía cómo se sentía. Le dolía la cabeza, pero al mismo tiempo experimentaba una enorme sensación de alivio. Había recuperado su identidad, la sensación de ser él mismo. Por fin se conocía.

Era Lucas Stone. Tenía familia y amigos, un pasado.

Pero no era el exmarido de Jay. No era Steve Crossfield. No era el hombre del que Jay se había enamorado.

Así que ese era el motivo por el que la habían involucrado en aquel enredo. Había un solo agente en la explosión, y era él. Steve Crossfield debía estar allí por cualquier otra razón y había muerto. Lucas intentó recordar los momentos anteriores a la explosión, pero aparecían borrosos, fragmentados. Probablemente nunca los recordaría. Pero sí recordaba haber visto a un hombre alto y delgado caminando por la calle; la luz de las farolas dibujaba su silueta en el pavimento empapado. Ese podía ser Steve Crossfield. No recordaba nada de lo que había ocurrido después, aunque en aquel momento se acordaba de haber hecho un contacto para concertar un encuentro con Minyard. Y también se recordaba a sí mismo yendo al lugar de la reunión. Había alzado la mirada, había visto a ese hombre… y después nada. Todo lo demás era el vacío, hasta que la voz de Jay lo había sacado de la oscuridad.

Evidentemente, su tapadera había fallado. Piggot andaba tras él; esa era la razón de toda aquella farsa. Forzar a Jay para que creyera que él era su exmarido y hacer que él asumiera la identidad de Steve Crossfield era la mejor forma que había encontrado el Hombre de ocultarlo hasta que pudieran neutralizar a Piggot. El Hombre jamás subestimaba a sus enemigos y Piggot era, como el propio Frank había dicho, muy bueno. Y la extensión de aquel engaño también le indicaba a Lucas que el Hombre sospechaba que había algún infiltrado entre sus hombres y no confiaba en los canales tradicionales.

Así que había decidido enterrarlo y Lucas había despertado convertido en otro hombre, con otro rostro, con otra vida, incluso con otra mujer.

¡No, maldita fuera! La furia lo inundaba y sus nudillos palidecían mientras esquivaba como un autómata la nieve helada de la carretera. Quizá él no fuera Steve Crossfield, pero Jay era suya. Suya. Era la mujer de Lucas Stone.

En silencio, vapuleó al Hombre y a Frank con los peores insultos que acudieron a su mente, que aplicó a varias generaciones de sus antepasados. Frank fue el mejor parado, pero Lucas podía ver la fina mano del Hombre en todo aquello. Nadie tenía una mente tan intrincada como Kell Sabin; ese era el motivo que le había valido el sobrenombre de el Hombre. Probablemente, no, con toda seguridad, le habían salvado la vida si había un infiltrado que le estaba pasando información a Piggot, pero no eran ellos los que tendrían que decirle a Jay que no era su exmarido. No eran ellos los que tendrían que decirle que el hombre al que amaba estaba muerto y ella había estado acostándose con un desconocido.

¿Qué diría Jay? Y más importante todavía, ¿qué haría?

No podía perderla. No podría soportarlo. Esperaba, y probablemente sabría cómo manejarlo, sorpresa, enfado, miedo incluso, pero no podría soportar que aquellos ojos azules lo miraran con odio. Y no podía permitir que Jay se alejara de él.

Inmediatamente, comenzó a analizar la situación desde todos los ángulos posibles, buscando una solución. Pero incluso mientras pensaba, sabía que no había ninguna. No podía casarse con Jay utilizando el nombre de Steve Crossfield porque en ese caso el matrimonio no sería legal. Además, no estaba dispuesto a permitir que su mujer llevara el apellido de otro hombre.

Tendría que decírselo.

Probablemente, su familia lo creía muerto, y no había manera de desmentirlo sin ponerlos en peligro. Pondría a su familia en situación de riesgo si alguna vez Piggot llegaba a enterarse de que en realidad estaba vivo. En cualquier caso, tal y como iban las cosas, iba a tener que emplear mucho tiempo en convencer a su familia de cuál era su identidad; ya no tenía ni el aspecto ni la voz que ellos habían conocido. Tenía las manos atadas hasta que Piggot cayera. Después, suponía que Sabin haría los arreglos necesarios para notificar a su familia que habían cometido un error en la identificación y que debido a una serie de circunstancias poco habituales, etcétera, etcétera, solo entonces habían podido corregir el error. Probablemente, el Hombre ya tendría hasta pensado el telegrama.

Su familia asumiría todo lo ocurrido; se alegrarían de volver a verlo, aunque hubiera cambiado su aspecto o el hecho de que tuviera la voz arruinada.

Jay era la víctima. La habían utilizado como última tapadera. ¿Cómo demonios iba a poder perdonarlo?

Jay se quedó dormida y no se despertó hasta que Lucas giró para tomar el camino que llevaba a la pradera.

—Ya estamos en casa —musitó, echándose el pelo hacia atrás. Se volvió y le dirigió a Lucas una sonrisa. Lucas volvía a estar tenso otra vez, supervisaba cada detalle del camino. Había vuelto a caer la nieve, las huellas que habían dejado los neumáticos el día anterior, así como cualquier otro rastro que hubiera podido dejar alguien después de que ellos se fueran, se habían borrado. Estaba poniendo en juego todos sus años de preparación y Lucas Stone no era un hombre al que le gustara correr riesgos. Riesgos innecesarios, por supuesto. En más de una ocasión, se había encontrado en situaciones en las que su vida pendía de un hilo, pero solo porque no tenía otra opción. Sin embargo, correr riesgos con la vida de Jay era otra cosa.

Como siempre, ella advirtió la tensión de su rostro y se quedó en silencio, con un ceño de preocupación ensombreciendo su frente.

La nieve que rodeaba la cabaña estaba inmaculada, pero después de aparcar el coche, Lucas posó la mano en el brazo de Jay para impedir que saliera.

—Quédate aquí hasta que haya revisado la cabaña —le dijo con voz dura.

Sacó la pistola de debajo de la chaqueta y se alejó sin mirarla siquiera. Sus ojos no se detenían ni un solo segundo. Se deslizaban de ventana en ventana, examinaban cada milímetro de tierra, buscaban tras el traicionero movimiento de una cortina.

Jay se quedó paralizada. Aquel hombre que avanzaba como un gato sigiloso hacia la puerta trasera de su casa era el hombre al que amaba, un depredador, un cazador. Un hombre innatamente cauteloso, tan ágil como el viento mientras, pegado a la pared de la casa, alargaba la mano izquierda hacia el picaporte de la puerta trasera con la pistola preparada en la mano derecha. Sin hacer un solo ruido, abrió la puerta y desapareció en el interior de la cabaña. Dos minutos después, aparecía de nuevo en la puerta, mucho más relajado.

—Pasa —le dijo, y se acercó hasta el jeep para buscar las maletas.

A Jay la irritó que la hubiera asustado de aquella manera por nada; le hizo acordarse de la mañana en la que había estado siguiéndole el rastro en la nieve.

—No me hagas eso —le espetó.

Abrió la puerta del coche y salió. La nieve crujió bajo sus botas.

—¿Hacerte qué?

—Asustarme de esa manera.

—Asustarte es infinitamente mejor que meterte en una emboscada — respondió Lucas con vehemencia.

—¿Cómo podría saber nadie que estamos aquí? ¿Y por qué debería importarle a nadie?

—Si Frank no pensara que hay alguien a quien le importa, y mucho, no se habría tomado tantas molestias en escondernos.

Jay subió los escalones de la entrada y se sacudió la nieve de las botas antes de entrar en la cabaña. Hacía frío, pero no mucho, porque habían dejado encendida la calefacción. Le quitó a Lucas una de las bolsas, la llevó al dormitorio y comenzó a deshacerla mientras él encendía el fuego.

Lucas observaba las llamas que lamían los troncos que había colocado en la chimenea e iban devorando poco a poco la madera. No podía decírselo, todavía no. Aquella podría ser la última oportunidad que tendría para estar con ella, un período de gracia indefinido que terminaría el día en el que los hombres de Sabin atraparan a Piggot. Él utilizaría ese período para unir a Jay tan intensamente a él que, cuando descubriera su verdadero nombre, cuando supiera que Steve Crossfield estaba muerto, continuaría queriéndolo. Jay le había dicho que lo amaba, pero era a Steve Crossfield a quien iban dirigidas aquellas palabras. Y, curiosamente, era Steve Crossfield el que las estaba oyendo. Él era Lucas Stone, y quería a Jay para él.

Su deseo era intenso, urgente, como si de pronto se hubiera encendido una hoguera en su vientre. Caminó hasta el dormitorio y observó a Jay un instante mientras esta se inclinaba para quitarse las botas y los calcetines. Jay era una mujer delgada, esbelta como un junco, con la piel suave como la seda.

Lucas se acercó hasta ella, le rodeó la cintura con el brazo y la tumbó en la cama.

Jay se echó a reír. Había desaparecido la irritación de sus ojos.

—Este año deben de estar de moda estos acercamientos más propios del hombre de las cavernas —bromeó.

Lucas no pudo devolverle la sonrisa. La deseaba terriblemente y necesitaba que le dijera esas palabras a él, no a un fantasma. Sus ojos resplandecían mientras la desnudaba y recorría con la mirada su desnudez. Los pezones de Jay se irguieron al contacto con el frío de la noche, sus senos se mantenían firmes, henchidos. Lucas los rodeó con las dos manos y alzó los pezones hacia su boca para succionarlos alternativamente.

Jay jadeó y arqueó la espalda. Aquella receptividad hacía añicos toda la capacidad de control de Lucas, le hacía desearla con la misma impaciencia que un adolescente. Apenas soportaba apartar las manos de ella durante los segundos que necesitaba para desprenderse de su propia ropa.

—Dime que me quieres —le pidió mientras le colocaba las piernas alrededor de sus caderas y comenzaba a hundirse en ella.

Jay se retorcía voluptuosamente, frotando sus senos contra el vello hirsuto de su pecho.

—Te amo —hundió las manos en su espalda y sintió la tensión de sus músculos—. Te amo.

Lucas empujó suavemente y ella lo aceptó sintiendo cómo crecía el placer en su interior hasta convertirse en un deseo extremo. Su cuerpo estaba tan en sintonía con el de él que cuando Lucas comenzó los rítmicos movimientos del amor, la tensión sensual de Jay alcanzó rápidamente su punto máximo. Lucas la abrazó con fuerza hasta que dejó de temblar y comenzó de nuevo a moverse.

—Otra vez —susurró Jay.

Quería gritar su nombre, pero no podía. No podía llamarlo Steve y no se atrevía a llamarlo Lucas. Tenía que morderse los labios para no decir su nombre. Un gemido se elevaba en su garganta. Lucas la controlaba, sus movimientos lentos y estudiados la elevaban solamente hasta determinada altura, negándose a permitir que llegara más alto. Jay estaba encendida, todas sus terminaciones nerviosas parecían a punto de explotar de placer.

—Dime que me quieres —dijo Lucas con voz grave.

La tensión se evidenciaba en su rostro mientras continuaba moviéndose con exasperante lentitud.

—Te quiero.

—Otra vez.

—Te quiero.

Lucas quería oír su nombre, pero aquella posibilidad le estaba negada. Y se prometió que, alguna vez, en el futuro, cuando todo aquello hubiera terminado, volvería a estar con Jay en la misma situación, y ella gritaría su nombre. De momento, tenía que conformarse con saberlo él y con la forma en la que Jay clavaba la mirada en sus ojos mientras susurraba esas palabras una y otra vez, hasta que él perdió el control y una dulce locura los arrastró a los dos.

Nunca tendría bastante de Jay, y saber que podía perderla le resultaba insoportable. Los vínculos físicos eran los más básicos e, instintivamente, los estaba utilizando para fortalecer los lazos que los unían. Estaba decidido a convertirse en parte de Jay de tal manera que llegaría un momento en el que los nombres dejarían de importar.

 

Dos noches después, Frank acababa de meterse en la cama cuando sonó el teléfono. Con un suspiro, alargó la mano hasta el auricular.

—Payne —contestó.

—Piggot está en México D.F. —dijo el Hombre.

Olvidándose inmediatamente de la tranquila noche de sueño que había estado prometiéndose, Frank se sentó en la cama completamente a alerta.

—¿Tienes a alguien detrás de él?

—No, todavía no. Pero a estas alturas ya parece claro quién está tirando del hilo. Yo me ocuparé de ese pequeño detalle, pero tú encárgate de sacar a Luke de allí. Ya han averiguado la localización de la cabaña.

—¿Qué quieres que le cuente exactamente a Luke?

—Todo. Ahora ya no importa. Me pondré en contacto contigo a lo largo de las próximas veinticuatro horas. Tú encárgate de poner a Luke y a Jay a salvo.

Inmediatamente después, Kell Sabin colgó el teléfono preguntándose si no habría puesto en peligro a un amigo, además de a una mujer inocente.

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