Mentiras piadosas
Capítulo Seis
Steve permanecía muy quieto, intentando despejar la neblina que la anestesia había dejado en su mente. Su quietud era instintiva, como la de un animal en la selva que no quisiera moverse hasta saber lo que iba a pasar a continuación. Un hombre podía llegar a perder la vida por moverse antes de saber dónde estaban sus enemigos. Si estos lo creían muerto, ganaba la ventaja de la sorpresa al permanecer inmóvil, impidiéndoles saber que continuaba vivo hasta estar suficientemente recuperado como para dar el siguiente paso. Intentó abrir los ojos, pero algo los cubría. Los tenía vendados. Aquello no tenía sentido, ¿por qué taparle los ojos a una persona que creían muerta?
Escuchó con atención, intentando localizar a sus captores. No se oía ninguno de los habituales sonidos de la selva y, poco a poco, comenzó a darse cuenta de que hacía demasiado frío para que estuviera en la jungla. El olor también era muy extraño. Un olor penetrante, a desinfectante, quizá. Aquel lugar parecía un hospital.
Al comprenderlo, tuvo la sensación de que caía un velo y, de pronto, se dio cuenta de dónde estaba y lo que había pasado. Todas las imágenes de la selva se esfumaron. La operación de la vista había terminado y estaba en la sala de recuperación.
—¡Jay!
Le costó un esfuerzo considerable llamarla, y su voz le sonaba extraña, más ronca de lo normal. Tan ronca y profunda, de hecho, como el grito de un animal.
—¡Jay!
—Todo ha salido bien, señor Crossfield —lo tranquilizó una voz sosegada—. Acaban de operarlo y está estupendamente. Permanezca tumbado sin moverse. Dentro de unos minutos lo llevaremos a su habitación.
No era la voz de Jay. Era una voz agradable, pero no era la que él quería escuchar. Tenía la garganta seca. Tragó saliva e hizo una mueca de dolor al sentir la garganta en carne viva. Claro, habían tenido que volver a entubarlo para la operación.
—¿Dónde está Jay? —graznó.
—¿Jay es su exesposa, señor Crossfield?
—Sí.
Su exesposa si querían atenerse a la terminología legal. A él le traían sin cuidado las etiquetas. Jay era su mujer.
—Probablemente estará esperándolo en su habitación.
—Lléveme allí.
—Espere un poco más…
—Ahora —fue una sola palabra y pronunciada de forma gutural, pero sin perder un ápice de su acerada fuerza.
Steve no intentó disimular su orden tras el velo de la educación porque eran pocas las palabras que podía pronunciar. Todavía estaba medio dormido, pero había fijado sus pensamientos en Jay con una absoluta determinación. Comenzó a buscar a tientas la barandilla de la cama.
—¡Señor Crossfield, espere! ¡Se va a sacar la aguja del suero!
—Mejor —musitó.
—Tranquilícese, vamos a llevarlo a su habitación. Pero permanezca tumbado hasta que venga un camillero.
Un minuto después, Steve notó que la cama comenzaba a moverse. Era una sensación relajante y empezó a quedarse dormido otra vez, pero se obligó a permanecer alerta. No podía permitirse el lujo de relajarse hasta que Jay volviera a estar con él. Sabía muy poco sobre quién era él exactamente o sobre lo que iba a pasar en el futuro, y Jay era la única constante de su vida, la única persona en la que confiaba. Y había estado allí desde el principio, o al menos desde que él podía recordar.
—Ya estamos aquí —le dijo la enfermera alegremente—. No podía esperar a volver a su habitación, señora Crossfield. Estaba preguntando por usted y ha armado un auténtico alboroto.
—Estoy aquí, Steve.
Él tuvo la sensación de que parecía nerviosa. Y advirtió también que no había corregido a la enfermera cuando se había dirigido a ella como si fuera su esposa, lo que le produjo una feroz satisfacción. En realidad, ese título no significaba mucho para él, pero era un indicativo de lo que en otro tiempo había compartido con Jay, de los vínculos que los habían unido.
Dejaron a Steve en su cama y este pudo sentir a las enfermeras revoloteando a su alrededor durante algunos minutos. Le resultaba muy difícil permanecer despierto.
—¡Jay!
—Estoy aquí.
Steve alargó la mano hacia la voz y sintió al instante los dedos largos y fríos de Jay.
—Los médicos han dicho que todo ha ido perfectamente —dijo ella—. Te quitarán las vendas dentro de unas dos semanas.
—Y entonces me iré de aquí —musitó Steve.
Tensó la mano alrededor de la de Jay y volvió a entregarse a los efectos de la anestesia.
Cuando despertó, había desaparecido la confusión inicial, pero continuaba somnoliento. La impaciencia lo obligó a salir de su aletargamiento. Estaba tan habituado a convivir con el dolor de su destrozado cuerpo que ni siquiera lo notaba. En algún momento de su vida, del que no conseguía acordarse, había aprendido que el cuerpo humano podía ser forzado hasta límites insospechados si la mente aprendía a sobreponerse al dolor. Y era evidente que había aprendido tan bien aquella lección que se había convertido para él en una segunda naturaleza.
Una vez despierto, no tuvo necesidad de llamar a Jay para saber si estaba o no en la habitación. La oía respirar, y cómo pasaba las páginas de una revista mientras permanecía al lado de la cama. Podía distinguir la dulce fragancia de su piel, una esencia que la identificaba inmediatamente, cada vez que entraba en la habitación. Y había además otro tipo de percepciones. Como aquella conciencia física que era como una suerte de descarga eléctrica, una descarga que le provocaba un cosquilleo de excitación y placer cada vez que Jay se acercaba, o incluso cada vez que pensaba en ella.
No había vuelto a besarla desde que habían discutido la semana anterior, pero estaba esperando que llegara el momento de hacerlo. Jay se había enfadado y no quería que eso volviera a ocurrir, no quería presionarla. Quizá no se hubiera portado muy bien con ella en el pasado, pero continuaba sintiendo algo por él; en caso contrario, no estaría allí en aquel momento. Y cuando llegara el momento oportuno, Steve pretendía capitalizar aquellos sentimientos. Jay era suya, lo sabía con una certeza que invalidaba todo lo demás.
La deseaba. La fuerza de su propio deseo lo sorprendía, teniendo en cuenta el estado físico en el que se encontraba. La tensión que experimentaba su sexo cada vez que Jay lo tocaba era la prueba evidente de que ciertos instintos eran más fuertes que el dolor. El dolor disminuía día a día, y día a día aumentaba la intensidad de su deseo. Era algo básico. Cuando dos personas se atraían, la urgencia de fundirse llegaba a ser sobrecogedora; era la forma que tenía la naturaleza de perpetuar la especie. El deseo físico servía con mucha frecuencia para reforzar los vínculos entre dos personas. Se convertían en pareja porque miles de años atrás, durante los primeros tiempos de la especie humana, eran necesarias al menos dos personas para proporcionarle a los recién nacidos todos los cuidados que necesitaban. Siglos después, una sola persona podía criar perfectamente a un niño y los adelantos de la medicina permitían que una mujer no se quedara embarazada si no lo deseaba, pero el instinto continuaba presente. Un hombre necesitaba hacer el amor con su mujer y tener la certeza de que ella se sabía suya. Steve comprendía los fundamentos de aquella necesidad biológica programada en los genes, pero comprenderla no implicaba que fuera menos poderosa.
La amnesia era algo curioso. Cuando la examinaba con desapasionamiento, era capaz de interesarse por sus peculiaridades. Había perdido completamente la conciencia de lo que había pasado antes de salir del coma, pero era evidente que gran parte de las cosas que sabía no se habían visto afectadas.
Podía recordar datos sobre la liga de béisbol, y rememorar el aspecto de las cataratas del Niágara. No era nada importante. Interesante, pero no importante.
Igualmente interesantes, y mucho más importantes, eran las cosas que sabía sobre los países del tercer mundo y sus principales autoridades, aunque no recordara de dónde había sacado aquellos conocimientos. No podía recordar su propio rostro, pero, de alguna manera, eso no impedía que supiera otras muchas cosas. Conocía el desierto, aquel calor seco bajo un sol abrasador. También conocía la selva, su calor sofocante y su humedad, y los insectos y reptiles, las sanguijuelas y el olor pestilente de la vegetación pudriéndose en el suelo.
Con los escasos datos que podía reconocer sobre sí mismo, era capaz de recomponer parte del rompecabezas. Lo de la selva le resultaba fácil. Jay le había dicho que tenía treinta y siete años; la edad justa para haber estado en Vietnam durante los últimos años de la década de los sesenta. Para el resto solo había una explicación lógica; estaba mucho más involucrado en la operación en la que había terminado herido de lo que Jay le había dicho.
Se había preguntado si el Penthoal podría tener algún resultado con los enfermos de amnesia o si esta continuaría ocultando los recuerdos incluso a las drogas más poderosas. Y si lo que quizá supiera era suficientemente importante como para merecer aquellos cuidados, dignos de un rey, seguramente habrían intentado reactivarle la memoria mediante esa clase de medicación. No lo habían hecho y eso indicaba algo más: Frank Payne sabía que Steve había sido entrenado para resistirse a la influencia de cualquier producto químico que penetrara su cerebro. Por lo tanto, debía estar de servicio cuando había tenido lugar la explosión.
Jay no lo sabía. Ella pensaba que, sencillamente, estaba en el lugar equivocado en el momento inoportuno. Le había dicho que cuando estaban casados, él andaba constantemente en busca de aventura. De modo que, seguramente, él mismo había decidido mantenerla en la ignorancia y dejarle pensar que era un hombre que no soportaba los compromisos para evitar que se preocupara al saber hasta qué punto era peligroso su trabajo o las muchas posibilidades que había de que no regresara vivo de alguno de sus viajes.
Steve había conseguido encajar algunas piezas de aquel rompecabezas, pero todavía había muchas cosas que no tenían sentido para él. Había notado, en cuanto le habían quitado las vendas, que tenía las yemas de los dedos inusualmente suaves. Y no era la suavidad propia de una cicatriz; tenía las manos tan sensibles que podía reconocer perfectamente la diferencia entre las zonas quemadas y las yemas de sus dedos. Estaba seguro de que no se había quemado los dedos; aun así, sus huellas dactilares parecían haber sido alteradas o borradas, probablemente lo último. Y tenía la sensación de que aquella operación había sido realizada durante su estancia en el hospital. La pregunta era: ¿por qué? ¿Quién estaba intentando ocultar su identidad? Sabían quién era, y era evidente que lo apreciaban, en caso contrario no se habrían tomado tantas molestias para intentar salvarle la vida. Jay también sabía quién era. ¿Habría alguien persiguiéndolo? Y si así era, ¿correría Jay algún peligro por el mero hecho de estar a su lado?
Eran demasiadas preguntas y no tenía respuesta para ninguna de ellas. Podía preguntarle a Payne, pero no estaba seguro de poder sonsacarle ninguna respuesta sincera. Payne ocultaba algo. Steve no sabía lo que era, pero percibía el dejo de culpabilidad que teñía la voz de aquel hombre, sobre todo cuando hablaba con Jay. ¿Por qué habrían involucrado a Jay en aquel asunto?
Oyó que la puerta de la habitación se abría y permaneció inmóvil, intentando identificar a su visitante antes de que este supiera que estaba despierto. Se había descubierto tomando aquella precaución en otras ocasiones; y esa actitud encajaba con todo lo que había deducido de sí mismo.
—¿Ya está despierto?
Era la voz queda de Frank Payne; y volvía a aparecer aquella nota, aquel dejo de culpabilidad… y también de afecto. Sí, eso era. A Payne le gustaba Jay y estaba preocupado por ella, pero aun así, continuaba utilizándola. Eso hacía sentirse a Steve mucho menos inclinado a colaborar. Lo enfurecía pensar que estaban poniendo a Jay en peligro.
—Se ha dormido en cuanto lo han dejado en la cama y no se ha despertado desde entonces. ¿Has hablado con el médico?
—No, todavía no. ¿Cómo ha ido la operación?
—Maravillosamente. El médico ha dicho que no habrá ningún daño irreversible. Tiene que permanecer tumbado varios días durante todo el tiempo que pueda, y en cuanto le quiten las vendas, sus ojos volverán a acostumbrarse a la luz. Posiblemente ni siquiera necesite gafas.
—Esa es una buena noticia. Si todo sale bien, podrá salir del hospital dentro de un par de semanas.
—Me cuesta imaginarme sin venir aquí diariamente —reflexionó Jay—. No me parecerá normal. ¿Qué ocurrirá cuando Steve salga del hospital?
—Tendré que hablar con él de eso —contestó Payne—. Pero todavía puedo esperar unos días, hasta que esté más recuperado.
Steve advertía preocupación en la voz de Jay y aquello lo intrigaba. ¿Estaría al corriente de algo? ¿Por qué si no iba a preocuparse por lo que pudiera ocurrirle cuando saliera del hospital? Pero tenía noticias para ella: fuera donde fuera, pretendía seguirla y Frank Payne haría bien en quitarse sus estúpidas ideas de la cabeza.
Dos semanas más de espera. No sabía si podría soportarlo. Era duro ejercitar la paciencia que necesitaba para permitir que su cuerpo sanara, y todavía le quedaban varias semanas de rehabilitación por delante hasta que recuperara todas sus fuerzas. Tendría que forzarse más de lo que lo forzarían los propios fisioterapeutas, él conocía sus propios límites y sabía que eran mucho más elásticos de lo que los fisioterapeutas podían pensar. Y esa era otra pieza más de su rompecabezas.
Decidió despertarse y comenzó a moverse, inquieto. Sintió el tirón de la aguja del suero en la mano.
—¿Jay? —la llamó con voz somnolienta. Se aclaró la garganta y volvió a intentarlo—: ¿Jay?
Nunca se acostumbraría a oír su nueva voz, dura, tensa y con una textura particularmente áspera. Otra pequeña curiosidad. No podía recordar su voz, pero sabía que no era aquella.
—Estoy aquí —sintió el tacto de unos dedos en el brazo.
¿Cuántas veces habría oído aquellas dos palabras? ¿Y cuántas veces habría conseguido devolverle la conciencia? Parecían estar grabadas en su mente como si fueran uno de sus recuerdos. Diablos, probablemente lo fueran. Alargó la mano para buscar la mano libre de Jay.
—Tengo sed.
Oyó el ruido del agua al caer en el vaso; después, sintió el roce de una pajita en los labios y succionó agradecido el frío líquido que ascendió hasta su boca reseca y descendió desde allí por su garganta. Después de que hubiera bebido varios sorbos, Jay le quitó la pajita.
—No bebas tanto al principio —dijo, con aquella voz tan serena—. La anestesia puede hacerte vomitar.
Steve movió la mano y sintió el tirón de la aguja.
—Dile a la enfermera que me quite esta maldita cosa.
—Necesitas glucosa después de la operación —replicó Jay—. Y probablemente te estén suministrando antibiótico junto al suero…
—Pueden dármelo en pastillas —respondió—. No me gusta sentirme limitado.
Ya era suficientemente insoportable tener las piernas escayoladas; ya era bastante con tener que pasarse tumbado veinticuatro horas al día.
Jay permaneció en silencio y Steve sintió que le estaba transmitiendo su comprensión. A veces era como si no necesitaran las palabras, como si hubiera un vínculo entre ellos que trascendía el lenguaje verbal. Jay sabía exactamente hasta qué punto lo frustraba tener que estar tumbado en la cama día tras día; no solo era aburrido, sino que iba en contra de todo lo que le dictaba el instinto de supervivencia.
—De acuerdo —dijo por fin, deslizando los dedos por su brazo—. Voy a llamar a una enfermera.
Steve la oyó abandonar la habitación y permaneció muy quieto en la cama, esperando a que Frank se identificara. Era un juego sutil, y ni siquiera sabía por qué estaba jugando. Pero Payne estaba ocultándole algo y Steve no confiaba en él. Y haría todo lo que estuviera en su mano para colocarse en una situación de ventaja, aunque fuera algo tan trivial como fingir que dormía cuando estaba oyendo todo lo que ocurría en la habitación. Aunque hasta entonces no le había servido de nada, salvo para saber que Payne tenía algunos planes para él.
—¿Te duele? —preguntó Frank.
Steve volvió prudentemente la cabeza.
—¿Frank?
Otra parte del juego: fingir que no había reconocido su voz.
—Sí.
—No, no me duele mucho. Pero tengo sueño.
Eso era cierto; la anestesia lo había dejado débil y somnoliento. Pero podía obligarse a sí mismo a mantenerse en estado de alerta, y esa era la parte más importante. Prefería soportar el dolor a que lo drogaran de tal manera que no pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor. El coma inducido por los barbitúricos había sido una pesadilla que no quería volver a experimentar, ni siquiera de una forma más atenuada. Incluso la amnesia era preferible a la falta de conciencia total.
—Esta ha sido la última operación. Ya no habrá ni más operaciones ni más tubos ni más agujas. En cuanto te quiten la escayola, podrás recuperar la forma.
Frank mantenía la voz queda y, a menudo, Steve percibía en ella cierto deje de familiaridad, como si se conocieran muy bien el uno al otro.
Esas palabras proporcionaron un nuevo dato a Steve; no era un hombre de músculos voluminosos, sino que tenía una complexión ágil y rápida y un corazón de acero que lo mantenía en pie cuando otros ya se habrían derrumbado.
—¿Jay está en peligro? —preguntó, dejando de lado toda precaución para averiguar lo que en aquel momento era más importante para él.
—¿Por algo que tú puedas haber visto?
—Sí.
—No prevemos ningún peligro —respondió Frank con prudencia—. Eres importante para nosotros por que sabes exactamente lo que ocurrió y podrías proporcionarnos algunas respuestas.
Steve sonrió con ironía.
—Sí, lo sé. Lo suficientemente importante como para haber merecido toda clase de cuidados, para que se hayan coordinado tres agencias diferentes y para que hayan traído hasta aquí médicos de diferentes cuerpos del ejército e incluso algún que otro privado. Y se supone que pasaba casualmente por allí, ¿verdad? Es posible que Jay se lo haya tragado, pero yo no me lo creo. Así que deja de decir estupideces y dame un sí o un no por respuesta. ¿Jay corre algún peligro?
—No —contestó Frank con firmeza.
Al cabo de un segundo, Steve asintió. A pesar de lo que Frank le estaba ocultando, sabía que apreciaba a Jay y quería protegerla. Jay estaba a salvo. Del resto ya se ocuparía él más adelante. Lo único que en aquel momento le importaba era Jay.
Después de haberlas tenido envueltas en escayola durante seis semanas, sus piernas habían adelgazado. Pasó las manos sobre ellas, intentando acostumbrarse a su peculiar delgadez. Podía moverlas, pero sus movimientos eran bruscos y espásticos. Durante los dos días anteriores, había estado sentado en una silla de ruedas, dejando que su cuerpo se acostumbrara al movimiento y a las diferentes posturas. Las manos estaban suficientemente recuperadas como para poder utilizar un andador como soporte durante varios minutos al día. Su cúmulo de conocimientos iba incrementándose continuamente. Entre otras cosas, había aprendido que, incluso cuando estaba inclinado hacia adelante con el fin de apoyarse en el andador, era varios centímetros más alto que Jay. Estaba deseando abrazarla y estrecharla contra él para sentir la suavidad de su cuerpo amoldándose contra el suyo y poder inclinar la cabeza para besarla. Hasta entonces había estado controlándose, tomándose las cosas con calma, pero estaban a punto de llegar al final.
Jay lo observó acariciarse los muslos y las pantorrillas. Sus largos dedos amasaban los músculos con movimientos precisos. Steve tenía concertada una sesión de fisioterapia esa misma tarde, pero no parecía dispuesto a esperar a que otro hiciera el trabajo por él. Era como un resorte a punto de soltarse desde que había salido del quirófano tras la operación de los ojos. Tenso, expectante, pero siempre sometido a un férreo control. Había pasado un mes y medio desde la explosión y quizá muchas otras personas en sus circunstancias estarían todavía en la cama y tomando calmantes contra el dolor, pero él había estado forzándose a sí mismo desde el momento en el que había recuperado la conciencia. Sus manos debían estar todavía demasiado sensibles, pero las utilizaba sin quejarse ni una sola vez. Seguramente le dolían las costillas y las piernas, pero no dejaba que eso lo detuviera. Nunca se había quejado de sufrir dolores de cabeza, aunque el coronel Lunning le había dicho a Jay que probablemente los soportaría durante meses.
Jay miró el reloj. Steve llevaba media hora dándose masajes en las piernas.
—Creo que ya es suficiente —le dijo con firmeza—. ¿No quieres volver a la cama?
Steve se enderezó en la silla de ruedas y le dirigió una sonrisa resplandeciente.
—Estoy tan cansado de estar en la cama que para conseguir que volviera tendrías que acostarte tú conmigo.
Tenía un aspecto tan perversamente masculino que Jay sintió que se derretía por dentro, a pesar de lo prevenida que estaba contra sus encantos. Ni siquiera podía mirarlo sin sentir que se le debilitaban las rodillas y a veces, lo que sentía hacia él cobraba la forma de una marea de placer y dolor tan intensamente fusionados que debía contenerse para no gemir.
Steve era más fuerte cada día; cada día conquistaba un nuevo territorio, volcaba toda su voluntad en otro aspecto de su vida. Era admirable y casi aterrador observarlo y ser consciente de la fuerza de voluntad con la que se enfrentaba a su situación. Se mostraba tan fieramente controlado y decidido que resultaba casi inhumano, pero, al mismo tiempo, le permitía ver a Jay lo humano que era. Dependía de ella mucho más de lo que hubiera creído nunca posible, y la vulnerabilidad que mostraba resultaba mucho más devastadora porque era consciente de lo inhabitual que era en él.
—Acércame el andador —le ordenó en aquel momento, volviéndose hacia ella expectante, como si estuviera esperando una protesta.
Jay apretó los labios, lo miró, se encogió de hombros y colocó el andador delante de él. Si sufría un retroceso la culpa sería de él por negarse a aceptar sus limitaciones.
—De acuerdo —dijo con calma—. Adelante, cáete. Rómpete las piernas otra vez, pártete la cabeza y pasa en el hospital unos cuantos meses más. Estoy segura de que a las enfermeras les hará mucha ilusión.
Steve se echó a reír ante su sarcasmo, una reacción que se hacía más frecuente a medida que iba recuperándose. Lo contemplaba como una muestra de su propia recuperación; mientras estaba enfermo e indefenso, ella había evitado negarle nada. Y a Steve le gustaba aquel nuevo aspecto de su personalidad. Las mujeres pasivas no lo atraían. Jay, en cambio, lo atraía en todos los momentos y de todas las maneras.
—No me caeré —le aseguró mientras se erguía.
Tuvo que apoyar la mayor parte de su peso en los brazos, pero sus pies se movieron cuando les ordenó que lo hicieran. Con torpeza, era cierto, pero obedecían las órdenes de su cerebro.
—¡Y aquí llega tambaleante…! —gritó Jay, emulando una retransmisión deportiva. Su irritación era evidente.
Steve soltó una carcajada y se tambaleó, pero consiguió mantenerse en pie agarrándose al andador.
—Se supone que deberías guiarme, no reírte de mí.
—Me niego ayudarte a que te castigues de esa forma. Si te caes, la culpa será solo tuya.
A los labios de Steve asomó una sonrisa y el corazón de Jay comenzó a latir a toda velocidad.
—Ah, pequeña —intentó engatusarla—, no me estoy castigando, te lo prometo. Sé hasta dónde puedo llegar. Vamos, llévame hasta el pasillo.
—No.
Dos minutos después, Jay caminaba lentamente por el pasillo mientras Steve maniobraba con el andador. Al final del pasillo estaba uno de los vigilantes, pendiente de todo y de todos los que pasaban por allí. Ocurría lo mismo cada vez que Steve salía de su habitación, aunque hasta entonces no había sido consciente de que estaba siendo vigilado tan de cerca. Jay sintió un escalofrío cuando cruzó la mirada con la del vigilante y este asintió educadamente. Por tranquilo que pareciera todo, la presencia de aquellos guardias le recordaba que Steve estaba involucrado en algo altamente peligroso. ¿Lo estaría poniendo su amnesia en una situación de peligro mayor? Él ni siquiera sabía que estaba amenazado. ¡No le extrañaba que fueran necesarios los guardias! Eso la aterrorizaba. Formaba parte de la gran zona gris que Frank no le había explicado.
—Ya es suficiente —dijo Steve, y se volvió lentamente.
Giró exactamente ciento ochenta grados y dio dos pasos antes de detenerse y volver la cabeza hacia ella.
—Lo siento —se acercó rápidamente a su lado.
¿Cómo habría sabido hasta donde debía girar? ¿Por qué no mostraba más inseguridad en sus movimientos? Caminaba lentamente, apoyando la mayor parte de su peso en brazos y manos, pero parecía completamente seguro. Las heridas, no la frustración, aminoraban el ritmo de sus pasos. No se permitiría renunciar; no parecía considerar sus heridas como algo de lo que tuviera que recuperarse, sino como algo que debía ser conquistado. Estaba dispuesto a manejar las cosas a su manera y a ganar, no iba a conformarse con menos.
Jay continuó siendo testigo de su determinación durante los días que siguieron. Los fisioterapeutas intentaban contenerlo, pero Steve insistía en seguir su propio ritmo. Caminaba durante horas y horas, guiado por la voz de Jay. Para el tercer día de la rehabilitación, ya había prescindido del andador y lo había sustituido por Jay. Sonriendo mientras le rodeaba los hombros con el brazo, le explicó que por lo menos ella sería una superficie blanda si se caía.
Había ganado peso desde que le habían quitado el tubo de la garganta y estaba recuperando fuerzas a la misma velocidad. Jay tenía la sensación de verlo mejorar de un día para otro. Excepto por las vendas que cubrían sus ojos, parecía casi normal, pero Jay no olvidaba las cicatrices que escondían los chándals que Frank le había llevado. Todavía tenía enrojecida la piel de las manos a causa de las quemaduras y su voz no parecía mejorar. Tampoco su memoria mostraba ningún síntoma de recuperación. No había fogonazos de memoria ni atisbos de reconocimiento alguno. Era como si hubiera nacido el día que se había abierto camino a través de la niebla de su inconsciencia para responder a su voz y no existiera un pasado antes de aquello.
A veces, mientras lo veía hacer ejercicio incansablemente, se descubría a sí misma deseando que no recuperara la memoria, y entonces el sentimiento de culpa la devoraba. Pero Steve dependía tanto de ella en aquel momento… Y si comenzaba a recordar, la intimidad que había entre ellos se desvanecería. A pesar de que intentaba protegerse a sí misma de aquella cercanía, Jay atesoraba cada uno de aquellos momentos y deseaba más. Estaba atrapada en su propio dilema y no era capaz de decidir cómo debía liberarse. Podía protegerse a sí misma y alejarse de allí, o podía aferrarse a todo aquello que pudiera conseguir. Pero no sabía cuál de las dos opciones tomar. Lo único que podía hacer era esperar.
El día que se suponía que tenían que quitarle las vendas de los ojos, Steve se despertó al amanecer y estuvo recorriendo incansable la habitación. Jay se había presentado en el hospital a primera hora de la mañana y, aunque estaba tan nerviosa como él, se obligaba a sí misma a permanecer quieta. Al final, Steve encendió la televisión y escuchó las noticias de la mañana con el ceño fruncido.
—¿Por qué demonios no se da prisa ese maldito médico? —musitó.
Jay miró el reloj.
—Todavía es temprano, ni siquiera has desayunado.
Steve soltó una maldición y se pasó la mano por el pelo. Todavía lo llevaba muy corto, pero al menos cubría la cicatriz que recorría su cráneo. Continuó caminando, se detuvo frente a la ventana y tamborileó con los dedos el alféizar.
—Hace un día soleado, ¿verdad?
Jay miró hacia el cielo azul.
—Sí, y no hace demasiado frío. Pero el pronóstico del tiempo dice que se esperan nevadas para el fin de semana.
—¿Qué día es hoy?
—Veintinueve de enero.
Steve continuó tamborileando con los dedos.
—¿Adónde vamos a ir?
—¿Qué adónde vamos a ir? —repitió Jay sin comprender.
—Cuando me suelten. ¿Adónde vamos a ir?
Jay se sintió como si le hubieran dado una bofetada en pleno rostro al comprender que, si no tenía ningún problema de visión, Steve saldría del hospital al cabo de solo unas horas. El apartamento que Frank había alquilado era pequeño, solo tenía un dormitorio, pero no era eso lo que la asustaba. ¿Qué sucedería si a Frank se le ocurriera separarlo de ella? En una ocasión Frank había comentado que debería quedarse con Steve hasta que este hubiera recuperado la memoria, pero no había vuelto a mencionarlo desde entonces. ¿Continuaría siendo ese su plan? Y si así era, ¿dónde pretendía que viviera Steve?
—No sé dónde iremos —respondió débilmente—. A lo mejor quieren enviarte a alguna parte…
—No creo que les convenga.
Steve se apartó de la ventana. Sus movimientos poseían la elegancia y el poderío de un depredador. Jay observó su silueta recortada contra la luz de la ventana y sintió que se le secaba la garganta. Era mucho más duro que años atrás, tanto que casi la asustaba. Pero, al mismo tiempo, lo encontraba excitante. Lo amaba tanto que le dolía, y la situación empeoraba día a día.
Entró una enfermera con la bandeja del desayuno y le guiñó un ojo a Jay.
—He visto que había llegado temprano, así que he traído una bandeja de más —entró con otra bandeja y sonrió a Jay mientras esta le daba las gracias—. Hoy es el gran día —añadió alegremente—, así que esto puede ser una especie de banquete de celebración.
Steve sonrió.
—¿Están deseando deshacerse de mí?
—Digamos que se ha comportado como un auténtico ángel. Vamos a echar de menos su trasero, pero en fin, las cosas vienen y se van.
Un suave rubor cubrió las mejillas de Steve y la enfermera soltó una carcajada mientras salía de la habitación. Jay rio mientras sacaba sus cubiertos y colocaba las bandejas.
—Trae hasta aquí tu maravilloso trasero y siéntate a desayunar —le ordenó, sin dejar de reír.
—Si te gusta, puedes mirarlo a placer —la invitó. Se volvió y levantó los brazos, ofreciéndole una excelente vista de su espalda—. Incluso puede que te deje tocarlo.
—Gracias, pero prefiero comer. ¿Tú no tienes hambre?
—Estoy que devoro.
Invirtieron poco tiempo en el desayuno y, muy pronto, Steve estaba de nuevo caminando por una habitación que su propio nerviosismo hacía parecer más pequeña. Su impaciencia era palpable. Había pasado demasiadas semanas tumbado, ciego y completamente inmóvil. Ya había recuperado la movilidad y solo faltaban unos minutos para que recuperara también la vista. Los médicos estaban seguros del éxito de la operación, pero hasta que no le quitaran las vendas y pudiera ver realmente, él no se lo creería. Eran la espera y la inseguridad las que lo devoraban. Quería ver. Quería saber qué aspecto tenía Jay; quería ser capaz de ponerle un rostro a su voz. Aunque nunca pudiera volver a ver, necesitaba al menos ver su rostro. Cada una de las células de su cuerpo la conocía, podía sentir su presencia. Y aunque Jay se había descrito a sí misma, necesitaba tener su rostro grabado en la mente.
Alzó la cabeza como un animal receloso cuando oyó que la puerta se abría. El propio cirujano le comentó riendo:
—Casi esperaba que te hubieras quitado tú mismo las vendas.
—No quería robarle ese placer —contestó Steve.
Jay estaba completamente quieta. La tensión creció en su interior cuando vio que el coronel Lunning, Frank y una de las enfermeras entraban en la habitación. Frank llevaba una bolsa de plástico en la que figuraba el nombre de unos grandes almacenes. La dejó encima de la cama. Sin necesidad de preguntar, Jay supo que contenía ropa para Steve y le agradeció que hubiera pensado en ello.
—Siéntese aquí, de espaldas a la ventana —dijo el cirujano, conduciendo a Steve hacia una silla.
Cuando este estuvo sentado, el cirujano tomó un par de tijeras y cortó la gasa.
—Incline un poco la cabeza —le pidió.
Jay apretaba las manos con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas. Sentía un fuerte dolor en el pecho. Estaba viendo por primera vez el rostro de Steve sin las gasas que cubrían sus sienes, sus cejas, parte de sus pómulos y el puente de su nariz. Antes era un hombre atractivo, pero quizá ya no lo fuera. Su nariz no era del todo recta y le habían dejado el puente ligeramente más pronunciado que antes de la explosión. Sus pómulos parecían más prominentes. De hecho, todo su rostro parecía más anguloso que antes.
El cirujano fue quitando las gasas lentamente y a continuación limpió los ojos de Steve.
—Cierren las cortinas —pidió quedamente.
La enfermera se acercó a la ventana y corrió las cortinas para dejar la habitación a oscuras. Después encendió la luz del cabecero de la cama.
—Muy bien, ahora ya puede abrir los ojos. Lentamente, deje que vayan acostumbrándose a la luz. Después, pestañee hasta que sea capaz de fijar la mirada.
Steve abrió los ojos y los cerró con fuerza. Volvió a intentarlo.
—Maldita sea, qué luz tan fuerte —dijo.
Y entonces, abrió los ojos por completo, pestañeó hasta aclarar la visión y se volvió hacia Jay.
Esta se quedó completamente helada. Era como estar viendo los ojos de un águila, encontrándose con la fiera mirada de un depredador. Aquellos eran los ojos del hombre al que amaba con una intensidad casi dolorosa. El terror le helaba la sangre. Ella recordaba unos ojos castaños, con un brillo aterciopelado, pero aquellos eran unos ojos claros que relucían como el ámbar. Eran los ojos de un águila.
Aquel era el hombre al que amaba, pero era un hombre al que no conocía.
Aquel hombre no era Steve Crossfield.
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