Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 10 de 13

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Mentiras piadosas

Capítulo Diez

 

 

Permanecieron juntos, muy quietos. Lo único que se movía a su alrededor era el viento que removía el aire. El único sonido el de las hojas de los árboles. Jay todavía estaba aturdida por lo que acababa de ocurrir, con los sentidos tan afectados como si acabaran de soportar una tormenta. Era completamente incapaz de moverse.

Steve, apoyándose sobre sus manos, se incorporó y bajó la mirada hacia ella con expresión tan fiera que Jay casi se encogió sin saber muy bien por qué. Él soltó una maldición, con voz grave y profunda, mientras separaba sus cuerpos y se colocaba de rodillas a su lado. La inseguridad la paralizaba mientras se devanaba los sesos intentando encontrar las razones de su enfado.

Steve se subió los pantalones, pero no se molestó en abrochárselos; levantó a Jay en brazos y se incorporó con una agilidad que dejaba traslucir sus recuperadas fuerzas. Subió los escalones del porche y entró a grandes zancadas en la casa sin decir una sola palabra. Una vez allí, se dirigió al baño. Tras dejarla en la alfombrilla, se inclinó para abrir el grifo de agua caliente, se enderezó y se colocó tras ella.

El vestido estaba desabrochado. Con mucha delicadeza, se lo sacó por la cabeza, dejándola desnuda y temblando tanto por el frío como por lo ocurrido. Jay permanecía muy quieta, con los brazos caídos a ambos lados de su cuerpo, los ojos abiertos como platos, aturdida y un poco asustada mientras lo miraba. ¿Qué había hecho mal?

Steve la desnudó rápidamente, la metió en la bañera, se metió con ella y cerró la mampara de la ducha. Jay retrocedió desconcertada por la cantidad de espacio que Steve ocupaba, y observó los tensos músculos de su espalda mientras ajustaba la temperatura del agua. El agua caliente comenzó a caer sobre sus cabezas, llenando aquel pequeño cubículo de vapor. Steve la colocó bajo el agua y allí la mantuvo a pesar de sus protestas.

—Tienes que entrar en calor —le dijo con voz dura mientras le frotaba los brazos y los hombros—. Date la vuelta y déjame lavarte el pelo.

Jay obedeció, comprendiendo que debía estar cubierta de barro. Steve le enjabonó y le enjuagó el pelo con delicadeza.

La combinación del agua caliente con las caricias jabonosas de Steve fue ayudando a Jay a entrar en calor. Primero Steve deslizó las manos por sus senos y su abdomen, después por sus piernas y su trasero y, al final, la deslizó entre sus piernas.

La respiración de Jay se aceleraba mientras bullía en su interior un intenso calor.

Steve disminuyó el ritmo de sus caricias y de pronto, una especie de espasmo tensó sus músculos faciales. Jay contuvo la respiración mientras él accedía tentativamente al interior de su cuerpo; apenas la rozaba con las yemas de los dedos y deslizó un solo dedo en su interior. Jay se aferró a sus hombros, clavando las uñas en la piel húmeda y sedosa de Steve. Sentía los senos henchidos y anhelantes mientras lo abrazaba con agónica expectación, esperando aquella pequeña invasión y deseando mucho más. Sintió cómo se endurecía el sexo de Steve contra su muslo y un repentino estremecimiento de placer sacudió su cuerpo.

Steve musitó algo, pero el sonido fue tan brusco que Jay no fue capaz de comprenderlo. De pronto, se descubrió entre sus brazos y sintió su boca devorando la de ella. Cediendo completamente al deseo, deslizó las manos por su espalda y su cuello.

Sus cuerpos empapados se fundían, el vello hirsuto del pecho de Steve rozaba los pezones de Jay; los músculos del estómago se ondulaban contra la suavidad de su vientre.

—Sí, sí —gimió Jay.

—Lo siento, encanto —contestó Steve con frenética urgencia. Deslizó la boca por su cuello, mordisqueando aquella sensible piel y lamió suavemente el rincón en el que se hacía visible el palpitar de su pulso—. No quería ser tan brusco.

Así que esa era la razón por la que estaba enfadado. En realidad no estaba furioso con ella, sino consigo mismo. Pero ni siquiera eso había sido suficiente para evitar que deseara hacer el amor otra vez.

Jay podía sentir el deseo en aquel enorme y poderoso cuerpo. Y una vez más, aquella pérdida de control la emocionó y excitó de una manera casi primitiva. Jay había estado casada, pero Steve nunca había perdido cierta frialdad, como si quisiera mantener siempre una parte de sí mismo fuera de su alcance. Y la faceta más apasionada de Jay se resentía, porque ella necesitaba más. Sin embargo, el deseo parecía haber convertido en un salvaje al hombre que en aquel momento tenía entre sus brazos, el deseo le había hecho perder completamente el control y la ferocidad de su pasión estaba a la altura de la naturaleza apasionada de Jay. Durante toda su vida, había necesitado reacciones intensas para encontrar cierto equilibrio; pero al no poder contar con ellas, había tenido que refugiarse tras una máscara de rígido control de la que solo en aquel momento estaba comenzando a liberarse.

Se aferraba a Steve como si fuera una lapa, todo su cuerpo se ondulaba contra el de él.

—Te amo —gimió.

Era lo único que podía decir; la única verdad en aquel laberinto de mentiras y subterfugios.

Steve apartó la boca de su cuello. Su rostro estaba tan cerca del de Jay que lo único que podía ver ella era su ardiente mirada.

—Te he hecho daño —gruñó.

Jay no podía negarlo.

—Sí —contestó, y buscó sus labios para deslizar la lengua en el interior de su boca.

Steve la abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar. Pero ni siquiera respirar importaba en aquel momento. Lo único que importaba era besarlo. Amarlo.

Al final, Steve consiguió rescatar los últimos vestigios de control que le quedaban. Los suficientes para cerrar el agua y sacarla de la bañera.

Jay no dejó de aferrarse a su cuello ni un solo instante mientras la llevaba hasta la cama. Estaban empapados, pero no le importaba. Lo único que le importaba era sentir la boca ardiente de Steve sobre sus senos, la caricia de los dedos sobre su piel sedosa y, por fin, la poderosa invasión de su cuerpo.

Y cuando Steve se hundió en ella, fue tal el impacto para todos sus sentidos que gritó mientras, instintivamente cerraba los muslos, hundiéndolo todavía más con aquel movimiento.

Steve apretaba los dientes, intentando obligarse a permanecer quieto cuando todos sus instintos lo impulsaban a moverse. El deseo era tan urgente que borraba todo lo demás. El mundo quedaba reducido a la mujer que sostenía entre sus brazos, a aquella mujer que ceñía su cuerpo de tal manera que lo estaba llevando al borde de la locura. Pero por el bien de Jay, intentó dominarse hasta que estuviera más cómoda con él en su interior. Apoyándose sobre los codos para no dejar caer en ella todo su peso, bajó la mirada hacia su rostro y se estremeció de placer al descubrir la intensa y arrebatada expresión de Jay mientras alzaba tentativamente las caderas.

Escapó de su pecho un ronco gemido. Sabía que la vez anterior había sido demasiado rudo y rápido como para permitir que ella disfrutara, pero aquella vez, estaba compartiendo su placer.

Entreabría los labios en una sonrisa tan femenina que Steve contuvo la respiración.

—¿A qué estás esperando? —susurró Jay, devorándolo con la mirada.

—A ti —contestó Steve.

E incluso mientras se perdía en el arrebatado éxtasis de hacer el amor con ella, aquella verdad siguió resonando en el aire. La había estado esperando desde siempre.

Steve era un hombre de sueño ligero. Hasta tal punto que, incluso cuando se quedó dormido tras hacer el amor, notaba la humedad de las sábanas, una incomodidad en la que hasta entonces ninguno de ellos había reparado. Jay permanecía entre sus brazos, exhausta y profundamente dormida; Steve no quería molestarla, pero tampoco quería que se quedaran helados por culpa de la humedad de las sábanas. De modo que se levantó de la cama, agarró a Jay en brazos y la llevó al otro dormitorio para que pudiera dormir entre sábanas secas. Ella gimió mientras la dejaba en la cama, pero volvió a relajarse en cuanto Steve comenzó a acariciarle la espalda. Él se reunió con ella en la cama y Jay se acurrucó entre su fuerte y posesivo abrazo.

Lo que Steve sentía por ella era tan intenso que podía resultar casi doloroso. Incluso sin haber recuperado la memoria, sabía que ninguna otra mujer le había hecho perder el control de ese modo. Jamás había deseado a una mujer tan intensamente y jamás habría esperado tanto tiempo como había esperado por ella. Jay eclipsaba el resto de sus preocupaciones. Gracias a ella, no se había dejado hundir por la pérdida de memoria y los efectos de la amnesia se habían reducido a una peculiar irritación y a cierto interés y curiosidad por lo que había olvidado. Su vida pasada no le importaba porque Jay formaba parte de su presente. Y estaban unidos de una forma que iba mucho más allá de la memoria.

Frunció ligeramente el ceño mientras la abrazaba y deslizaba la mano desde la curva de su cintura hasta el montículo de su seno.

De todos los conocimientos que todavía conservaba, ¿por qué ninguno tendría nada que ver con Jay? Aquellos eran los recuerdos que más le dolía olvidar. Quería recordar todos y cada uno de los minutos que había pasado con ella, y quería recordar por qué había permitido que escapara de su lado. Quería acordarse del día de su boda, de la primera vez que había hecho el amor con ella. Y la carencia de todo recuerdo relacionado con Jay lo devoraba. Ella era el centro de su vida, ¿por qué no había nada que le resultara familiar? ¿Por qué no había sentido ninguna clase de familiaridad al acariciar la textura sedosa de su piel o las curvas redondeadas de sus senos? ¿Por qué no había experimentado ninguna sensación de familiaridad al hundirse en el interior de su cuerpo?

Se había sentido como si todo fuera completamente nuevo.

Jay se movió ligeramente contra él y Steve dejó de acariciarla para limitarse a mirarla. Se casarían en cuanto pudiera convencerla. Y después de lo que habían compartido, tenía una poderosa arma a su disposición.

De pronto estalló una imagen en su mente. Había una novia riendo y un novio que parecía emocionado, orgulloso, nervioso e impaciente al mismo tiempo. El novio sacudía la cabeza, con una sonrisa resplandeciente, y la novia lo abrazaba con fuerza.

«¡Lo has hecho!», gritaba exultante, «sabía que lo harías».

Una mujer mayor y un hombre de la misma edad lo abrazaban con fuerza.

«Me alegro de que hayas vuelto, hijo», decía el hombre y la mujer dejaba caer algunas lágrimas a pesar de su sonrisa, una sonrisa llena de amor.

Después aparecía otro grupo de gente que le estrechaba la mano y le palmeaba la espalda y la escena se disolvía en una confusión de voces.

Steve permanecía completamente quieto, apretando la mandíbula por el esfuerzo que estaba haciendo para no levantarse inmediatamente de la cama. ¿De dónde diablos había salido aquel recuerdo? El hombre le había llamado «hijo», pero aquella expresión podía ser una muestra de afecto más que la evidencia de un tipo de relación. Él no tenía familia, de modo que todos aquellos debían de ser amigos íntimos, pero Jay le había contado que siempre había sido un solitario. ¿Quiénes serían aquellas personas? ¿Estarían preocupadas por él? ¿Sabría Jay algo sobre ellas?

Diablos, ¿aquel recuerdo formaría parte de algo que realmente había pasado, o sería una escena procedente de alguna película?

Una película. Le bastó pensar en aquella palabra para que se desencadenara un nuevo recuerdo. En aquella ocasión con títulos de crédito incluidos. Era un programa especial sobre Afganistán. Después apreció otra película, protagonizada por un aclamado actor. Era una buena película. Pero de pronto, la escena comenzaba a transcurrir a cámara lenta. Steve se vio a sí mismo en un tejado, con el mismo actor, cuando este estaba manipulando una 45 automática y apuntándole con ella. Una 45 era un asunto serio. Pero el tipo estaba demasiado cerca y demasiado nervioso. Steve se vio a sí mismo abalanzándose contra sus pies y haciendo que saliera volando la pistola. El actor retrocedía tambaleándose, tropezaba y caía gritando hasta el suelo desde un edificio de cinco pisos.

Steve fijó la mirada en el techo de la habitación, sintiendo el cuerpo empapado en sudor. ¿Aquello era otra película? ¿Lo único que era capaz de recordar eran series de televisión o películas? ¿Y por qué eran tan realistas? Tenía que preguntarle al médico al respecto, pero por lo menos aquello era una señal de que estaba recuperando la memoria, justo como le habían dicho que con mucha probabilidad ocurriría. En cualquier caso, necesitaba hacer un viaje para que le revisaran la vista. Le costaba mucho leer y esa dificultad no estaba disminuyendo con el tiempo. Necesitaba gafas. Gafas…

Un hombre mayor le sonreía bondadosamente, se quitaba unas gafas y las dejaba sobre un escritorio.

«Felicidades, señor Stone», le decía.

Steve dominó un juramento cuando aquella escena desapareció de su cerebro. Aquello sí que era un misterio. ¿Por qué iba a llamarlo aquel hombre señor Stone? A no ser que estuviera utilizando un nombre ficticio. Sí, aquello tenía sentido, a no ser que fuera la escena de otra película. Quizá fuera algo que había presenciado, y no algo que le hubiera ocurrido a él mismo.

Jay se estiró entre sus brazos y se despertó bruscamente. Alzó la mirada hacia él y preguntó alarmada:

—¿Qué te pasa?

Había percibido su tensión, como la había sentido desde el primer momento. Steve consiguió esbozar una sonrisa y acariciarle la mejilla con el dorso de la mano. Un tipo de tensión muy diferente se apoderó de sus músculos.

—Nada —le aseguró.

Jay parecía tan somnolienta y sensual… Tenía los párpados semicaidos y la seductora boca henchida por el contacto de sus labios. Miró a su alrededor.

—Estamos en mi habitación —dijo perpleja.

—Mmm. Las sábanas de mi cama estaban húmedas, así que he decidido traerte aquí.

Un intenso rubor tiñó las mejillas de Jay cuando pensó en el motivo por el que estaban mojadas las sábanas, pero esbozó una sonrisa de satisfacción. Levantó la mano para acariciar el rostro de Steve de la misma forma que él había acariciado el de ella: con anhelante ternura, examinando cada línea de su rostro y alimentando el deseo de su corazón. Ella no era consciente de su expresión, pero Steve la vio y su corazón se contrajo. Habría querido decirle que no lo quisiera de aquella manera, pero no lo hizo porque era esencial para él que Jay lo quisiera como lo quería.

Se aclaró la garganta.

—Tenemos que tomar una decisión.

—¿Ah, sí? Y sobre qué.

—Podemos levantarnos y comer lo que has preparado… —se interrumpió para alzar la cabeza y mirar el reloj— hace tres horas, o podemos intentar revolver también esta cama.

Jay consideró ambas opciones.

—Creo que será mejor que comamos; si no, no tendré energías para ayudarte a revolver esta cama.

—Buena idea.

Steve la abrazó, sin ganas de levantarse a pesar de su propia hambre, y deslizó las manos por la cintura de Jay. Después, se interrumpió un instante y posó las manos en su vientre.

—A menos que quieras que nos casemos este fin de semana, deberíamos hacer algo para evitar un embarazo.

Jay se sentía como si el corazón se le hubiera henchido de tal manera que llenara todo su pecho. Durante unas horas gloriosas, se había olvidado de hasta qué punto estaba constreñida su relación por aquel tortuoso laberinto de mentiras. Nada le habría gustado más que poder decir que sí, que quería casarse con él, pero no se atrevía. No podía hacerlo hasta que tanto él como ella supieran quién era realmente Steve. De modo que se limitó a contestar a la parte referida a los anticonceptivos.

—No tenemos que preocuparnos por eso. Estoy tomando la píldora. El médico me la recetó hace siete meses porque estaba teniendo muchos desajustes con la regla.

Steve la miró con los ojos entrecerrados y posó la mano en su vientre.

—¿Te ocurre algo malo?

—No, era uno de los efectos del estrés que me causaba el trabajo. Probablemente ahora podría prescindir de ella —sonrió y volvió el rostro hacia él—, si no fuera por el repentino rumbo que han tomado los acontecimientos.

—Repentino… ¡y un infierno! —gruñó Steve—. He tenido que esperar dos interminables meses. Aun así, p podríamos casarnos este fin de semana.

Jay se liberó de su abrazo y se levantó. Su rostro reflejaba preocupación mientras se ponía ropa interior limpia y sacaba un jersey del armario.

Steve la observaba desde la cama.

—Quiero una respuesta —le pidió.

Jay se metió el jersey por la cabeza y se apartó precipitadamente el pelo de la cara.

—Steve… —se interrumpió. Casi le dolía verse obligada a utilizar aquel nombre. Más que nunca quería… necesitaba saber cuál era el verdadero nombre de su amante—. No puedo casarme contigo hasta que hayas recuperado la memoria.

Steve apartó las sábanas y se incorporó en toda su magnífica desnudez. A Jay se le aceleró el pulso al verlo. Todos los kilómetros que había recorrido y toda la madera que había cortado habían servido para cubrir su cuerpo de músculos. Salvo por las cicatrices, Steve no tenía el aspecto de un hombre que acabara de sufrir un grave accidente. El corazón de Jay latía a un ritmo lento, pesado. Ella había acunado su sexo, había disfrutado de su palpitante invasión y había avivado el fuego con su propio fuego. Al igual que sentía la lasitud de diferentes partes de su cuerpo, podía sentir cómo crecía su calor cuando lo miraba.

—¿Qué importancia puede tener que haya recuperado o no la memoria? —le espetó Steve.

Jay alzó la mirada bruscamente al comprender que estaba enfadado.

—Ninguna otra mujer ha venido a buscarme y lo sabes, así que no vuelvas a utilizar esa estupidez como excusa. ¿Por qué vamos a tener que esperar?

—Quiero estar segura —contestó Jay con voz nerviosa.

—¡Maldita sea, yo estoy seguro!

—¿Y cómo puedes estarlo cuando no sabes lo que ocurrió? No quiero que te arrepientas de haberte casado conmigo cuando recuperes la memoria —intentó sonreír, pero apenas consiguió mover los labios—. Estamos juntos y tenemos mucho tiempo por delante. Y por ahora, tendremos que conformarnos con eso.

Steve se obligó a conformarse con eso. Y en muchos aspectos, «eso» era mucho más que suficiente.

Vivieron juntos en el pleno sentido de la palabra, como pareja, como amigos y como amantes. Las nieves tardaron una semana en volver a aparecer y ellos aprovecharon aquellos días para explorar hasta el último rincón de la pradera. Steve le enseñó el sensor que habían instalado en el camino y le enseñó a utilizar la radio y el ordenador. Era un alivio no tener que ocultarle completamente hasta qué punto estaba involucrado en el mundo del espionaje, aunque Jay se enfadó un poco con él porque hasta entonces no le había hablado del ordenador que había en el cobertizo.

A Steve le gustaba hacerle perder la paciencia. Era emocionante ver cómo estrechaba aquellos ojos azules como si fuera un gato. Aquella era la señal de que estaba dispuesta a atacar. El día que Steve la había confundido con un intruso y la había tirado al suelo, la rabia que había visto en sus ojos lo había sorprendido, pero al mismo tiempo le había parecido excitante. La mayoría de las personas que conocían a Jay jamás la creerían capaz de esa clase de enfado, y mucho menos de pegar a alguien. Aquella reacción le había dicho muchas cosas sobre ella. Le había revelado un aspecto apasionado e imprevisible de su personalidad, además de la manera de sacarlo a relucir. Probablemente eran muy pocas las personas capaces de hacerla enfadar, pero él podía hacerlo porque Jay lo amaba. Y después de enfadarla, a Steve le encantaba pelear con ella y terminar haciendo el amor.

Físicamente, aquella mujer le encantaba. Continuaba estando demasiado delgada, a pesar de que comía bien, pero a Steve le encantaba ver sus esbeltas caderas y su trasero embutidos en unos tejanos estrechos, de modo que jamás se quejaba. Su piel era suave como la seda; sus pechos, erguidos; su boca, llena y mimosa. Le daba igual cómo fuera o dejara de ir vestida, porque conocía lo que escondía bajo la ropa. Y también sabía que lo único que tenía que hacer era tenderle la mano para que Jay acudiera a sus brazos cálida y dispuesta. Aquel tipo de respuesta le encantaba; había algo nuevo en ella, era como si hasta entonces no hubiera conocido nada parecido.

Una mañana, descubrieron al levantarse que había estado nevando durante la noche. Continuó nevando a lo largo del día, aunque no con fuerza, sí con la suficiente intensidad como para que los copos formaran un manto blanco que cubría toda la pradera. Excepto por algunos viajes para ir a buscar más madera, Jay y Steve pasaron el día en el interior de la cabaña, viendo películas antiguas. Esa era otra de las ventajas de contar con una antena parabólica; siempre podían encontrar algo interesante que ver en el caso de que les apeteciera. Algo perfecto para un día como aquel en el que no tenían nada mejor que hacer que sentarse a ver la tele mientras caía la nieve.

Justo antes del anochecer, Steve salió a revisar la zona como siempre hacía. Mientras estaba fuera, Jay se puso a cocinar. Canturreaba mientras lo hacía, porque estaba contenta. Aquello era el paraíso. Sabía que no duraría; cuando Steve recobrara la memoria, incluso en el caso de que continuara queriendo casarse con ella, sus vidas cambiarían. Se marcharían de allí, tendrían que encontrar otra casa. Y ella debería buscar un trabajo. Y serían otras las cosas que ocuparían su tiempo. Aquel era un tiempo que estaba fuera del mundo real, pero Jay pretendía disfrutar cada minuto. Durante un instante, la asaltó una idea sombría. Tal vez eso fuera todo lo que tuvieran. Y si así era, aquellos días eran todavía más preciosos.

Steve entró por la puerta trasera, sacudiéndose la nieve de los hombros y del pelo antes de quitarse el abrigo.

—No he visto nada salvo huellas de conejo —la miró pensativo—. ¿Te gusta el conejo?

Jay se volvió bruscamente hacia él, olvidándose del queso que estaba gratinando para los espaguetis.

—Como se te ocurra disparar a un solo conejo… —comenzó a decir en tono amenazador.

—Solo era una pregunta —replicó Steve, la agarró para darle un beso y frotó su fría mejilla contra la de ella—. Hueles muy bien. A cebolla, ajo y salsa de tomate.

En realidad olía a ella misma, a esa fragancia dulce, cálida y femenina que Steve asociaba con Jay y con nadie más. Enterró la nariz fría en su cuello e inhaló con fuerza. Inmediatamente, sintió una tensión familiar que crecía en sus entrañas.

—No vas a ganar ningún punto diciéndome que huelo a ajo y cebolla — respondió Jay, retornando a sus tareas, aunque Steve continuaba reteniéndola por la cintura.

—¿Aunque te diga que me vuelven loco las cebollas y los ajos?

—Todos los hombres sois iguales. Cuando tenéis hambre sois capaces de decir cualquier cosa.

Riendo, Steve la soltó, se sentó a la mesa y comenzó a extender mantequilla en los panecillos.

—¿Te gustaría hacer un viaje?

—Me encantaría ir a Hawai.

—Estaba pensando en algo así como Colorado Springs. O quizá Denver.

—Yo ya he estado en Colorado Springs —contestó, y lo miró con curiosidad por encima del hombro—. ¿Por qué tenemos que ir a Colorado Springs?

—Estoy dando por sentado que Frank no quiere que regresemos a Washington a corto plazo y pronto tendré que ir a que el médico me revise la vista. Eso significa que, lógicamente, tendremos que decidir entre Colorado Springs y Denver, y yo apuesto por Colorado. Y también apuesto a que Frank no quiere que el médico sepa dónde está la cabaña, y eso significa que tendremos que desplazarnos nosotros.

Jay ya sabía que tenían que volver a revisarle la vista, pero hablar de aquel tema era como introducir el mundo real en su paraíso particular. Le resultaría extraño ver a otras personas, y todavía más hablar con ellas. Pero Steve todavía tenía que forzar mucho la vista para leer y ya había pasado tiempo suficiente como para darse cuenta de que su agudeza visual no iba a mejorar. Pensó en el aspecto que tendría Steve con gafas y un agradable calor se extendió por su vientre. Atractivo, estaría muy atractivo. Le dirigió una sonrisa.

—Sí, creo que me gustaría hacer un viaje. Llevo demasiado tiempo comiendo lo que yo misma cocino.

—Me pondré en contacto con Frank después de cenar.

Podría haberlo hecho en aquel momento, pero llenar el estómago era más importante. Jay había preparado una pasta magnífica y ponerse en contacto con Frank le llevaría tiempo. Lo primero era lo primero.

Después de cenar y haber lavado los platos, Steve se fue al cobertizo para ponerse en contacto con Frank, y Jay se tumbó en la alfombra frente a la chimenea. Por primera vez, estuvo pensando en el pequeño y moderno apartamento de cuyos gastos se estaba ocupando Frank. No tenía nada que ver con aquella rústica cabaña, pero Jay prefería con mucho la cabaña. Odiaría tener que marcharse. Aquel lugar debía de ser maravilloso en verano, pero se preguntaba si para entonces continuarían allí. Seguramente Steve ya habría recuperado la memoria a esas alturas, y aunque no fuera así, ¿cuánto tiempo podía pasar Frank sin decirle la verdad? No podían permitir que viviera eternamente la vida de otro hombre. ¿O sí? ¿Sería ese el plan?, ¿sabrían quizá que nunca recuperaría la memoria?

Los espejos de su particular laberinto continuaban ofreciéndole todo tipo de respuestas, diferentes piezas para el rompecabezas, diferentes soluciones. Y ninguna de ellas parecía encajar.

—¿Estás dormida? —preguntó Steve suavemente.

Jay se sobresaltó. Dio media vuelta en el suelo con el corazón en un puño.

—No te he oído entrar. No has hecho ningún ruido.

Steve siempre se movía sigilosamente, como un gato, pero en otras condiciones, Jay habría oído abrirse la puerta de atrás. Estaba tan profundamente absorta en sus pensamientos que no había oído nada.

—Para poder acercarme más ti, cariño —contestó Steve con su mejor imitación de la voz de un lobo feroz.

Se reunió con ella en la alfombra, hundió las manos en su pelo y buscó sus labios. La besó lenta, profundamente, tomándose todo el tiempo del mundo y utilizando la lengua para acariciar el interior de su boca. Jay tenía problemas para respirar y los ojos se le cerraban. El deseo era como un calor intenso que iba expandiéndose en su interior hasta llenarla.

No tenían ninguna prisa. Y era maravilloso estar allí tumbados, al calor del fuego y saboreando sus besos. Pero al cabo de un tiempo, el calor comenzó a resultar excesivo. Jay gemía mientras Steve le desabrochaba los botones de la camisa de franela y la abría para presionar los labios contra las curvas de sus senos. Se colocó encima de ella, controlando con sus piernas las de Jay, mientras ella las movía inquieta. Quería más. Volvió a gemir, con la voz rebosante de deseo, y giró en el suelo hasta que su pezón rozó los labios de Steve. Este deslizó lentamente la lengua sobre el pezón, lo cubrió con la boca y succionó con fuerza, dándole lo que necesitaba.

La luz del fuego arrancaba destellos dorados del pelo de Jay y teñía su piel de un resplandor rosado mientras Steve le desabrochaba los pantalones para quitárselos. Su boca estaba roja, húmeda, brillante por la humedad de los besos. De pronto, Steve ya no fue capaz de aguantar ni un segundo más y se desnudó rápidamente. Jay todavía tenía la camisa de franela colgando de los hombros, Steve se la quitó, se arrodilló entre sus piernas y se inclinó para entrar en ella, para fusionar sus cuerpos de la misma manera que habían fusionado sus vidas.

Permanecieron juntos mucho tiempo después, demasiado satisfechos como para moverse. Steve echó otro leño al fuego, se puso los pantalones y tapó a Jay con su propia camisa para protegerla del frío. Ella permaneció sentada en el círculo de sus brazos, apoyando la cabeza en su hombro y deseando que no ocurriera nunca nada que pudiera alterar su felicidad.

Steve fijaba la mirada en las llamas mientras frotaba la barbilla una y otra vez contra el pelo de Jay.

—¿Quieres tener hijos? —le preguntó en tono ausente.

Aquella pregunta la sobresaltó lo suficiente como para apartar la cabeza de su hombro.

—Yo… creo que sí —contestó—. La verdad es que nunca he pensado en ello porque no me parecía una posibilidad, pero ahora… —se le quebró la voz.

—Antes no pudimos disfrutar de un verdadero matrimonio. Pero quiero que esta vez sea diferente. Quiero llegar a casa cada noche, vivir una vida normal —tensó los brazos a su alrededor—. Me gustaría tener un par de hijos, pero eso tiene que ser una decisión de los dos. Y no sé qué piensas al respecto.

—Me gustan los niños —dijo Jay suavemente, pero la culpa la asaltaba. ¡Ellos no habían estado casados! Steve se estaba sintiendo culpable de la conducta de otro hombre.

—Sí, a mí también me gustan —sonrió, sin dejar de mirar el fuego—. Disfruto muchísimo viendo a Amy…

Jay se apartó bruscamente de él, con los ojos rebosantes de pánico.

—¿Quién es Amy?

El rostro de Steve se endureció. Su boca era una fría mueca.

—No lo sé —musitó—. Me siento como si acabara chocar contra un muro. Surge una palabra y después, ¡plas! Me golpeo contra el muro y no encuentro nada.

Jay se sentía morir. ¿Se habría equivocado al pensar que Frank no habría sido capaz de hacer algo así si Steve hubiera sido un hombre casado?, ¿sería Steve padre, además de marido?

Steve la observaba con atención y pareció adivinar el rumbo que estaban tomando sus pensamientos.

—No, no estoy casado y no tengo hijos —dijo bruscamente, y la hizo volverse hacia él—. Probablemente sea la hija de algún amigo —la estrechó de nuevo contra él—. ¿Conoces a alguien que tenga una hija llamada Amy?

Jay negó con la cabeza sin atreverse a mirarlo. El miedo había vuelto, lo sentía crecer dentro de ella. ¿Estaría Steve recuperando la memoria? Y cuando lo hiciera, ¿se marcharía? El paraíso no podía durar, lamenté.

Steve se quedó despierto mucho después de que se hubieran ido a la cama aquella noche. Jay dormía entre sus brazos como había hecho cada noche desde que habían llegado los vientos cálidos. Su pelo se extendía sobre el hombro izquierdo de Steve, que sentía también el calor de su aliento en el cuello. Presionaba su cuerpo sedoso y desnudo a lo largo del de Steve y deslizaba el brazo alrededor del pecho de este, quien recordó el pánico que por un instante se había reflejado en sus ojos cuando él había mencionado a Amy, fuera quien fuera aquella niña. La abrazó con fuerza, intentando mitigar sus miedos, aunque estuviera dormida.

Probablemente tendrían que pasar por muchos momentos como aquel, en los que una palabra casual activaba antiguos recuerdos. Esperaba que no la asustaran demasiado. ¿Realmente tenía tanto miedo de que no la quisiera cuando recuperara la memoria? Dios, ¿acaso no se daba cuenta de lo mucho que la amaba? Sus sentimientos iban mucho más allá de su memoria. Estaban grabados en sus huesos, enterrados en las profundidades de su existencia.

Amy. Amy.

Aquel nombre atravesó su mente como un rayo y de pronto vio a una niña pequeña, de pelo oscuro y brillante, riendo mientras se mordisqueaba la mano.

El corazón le latió con fuerza. Su memoria acababa de suministrarle un rostro a aquel nombre. No sabía quién era aquella niña, pero conocía su nombre y su rostro. La imagen mental desapareció, pero Steve se concentró y comprendió que podía recuperarla como si fuera un recuerdo real. Tal como le había dicho a Jay, debía de ser la hija de una amiga, una niña a la que seguramente había conocido después de su divorcio.

Se relajó complacido con aquel recuerdo que había conseguido materializar. La satisfacción del sexo hacía que sintiera el cuerpo laxo y pesado y su respiración fue haciéndose más profunda y regular, adaptándose al ritmo del sueño.

«¡Tío Luke! ¡Tío Luke!»

Resonaban en su mente unas voces infantiles y la película comenzó a desarrollarse. Dos niños, cruzando por el césped, saltando y llamándolo tío Luke con toda la fuerza de sus pulmones.

Otra escena. Irlanda del Norte. Belfast. Reconoció aquel lugar mientras un escalofrío de terror recorría su espalda. Dos niños pequeños jugaban en la calle. De pronto, se levantaban vacilantes y echaban a correr.

Una imagen. El primero de los dos niños alzaba la mirada hacia él con labios temblorosos y lágrimas en los ojos y decía: «por favor, tío Duncan».

Otra imagen. Dan Rather amontonaba periódicos en la redacción mientras pasaban los títulos de crédito.

Una nueva imagen. Un enorme letrero en una estación que decía Preferiría estar en Disney World.

Mickey Mouse bailando… Un ratón rebuscando entre los cubos de basura de un callejón… Una granada moviéndose lentamente en el aire y cayendo sobre el cubo de basura con un ruido sordo; un ruido mayor y el cubo salía disparado… Otra imagen: un barco de vela blanco acercándose a la orilla y un jo0ven moreno alzando la mano…

Las escenas iban abriéndose camino en su conciencia, eran como fogonazos que se sucedían uno tras otro, como si alguien estuviera hojeando a toda velocidad las páginas de un libro ante sus ojos.

Estaba sudando otra vez. Maldita fuera. Aquella libre asociación de recuerdos era un infierno. ¿Qué significaban aquellos recuerdos? ¿Habrían ocurrido de verdad? No lo inquietarían tanto si pudiera discernir cuáles eran reales y cuáles se referían a cosas que había visto en la televisión o en el cine, o que quizá había imaginado a partir de la lectura de un libro. De acuerdo, algunas eran obvias, como aquella en la que aparecía Dan Rather con los títulos de crédito en el rostro. Pero desde que le habían quitado las vendas de los ojos había visto muchos informativos, de modo que aquel podía ser un recuerdo reciente.

Pero cuando se referían a él como «tío Luke» o «tío Dan»… Había algo en esos niños, en esos nombres, que le parecía muy real. De la misma forma que se lo parecía Amy.

Se levantó de la cama, con mucho cuidado de no despertar a Jay, y se dirigió hacia el salón, donde permaneció durante largo rato frente a la chimenea, observando los rescoldos. Estaba a punto de recuperar plenamente la memoria y lo sabía. Se sentía como si lo único que tuviera que hacer fuera doblar una esquina para que todo apareciera de nuevo ante él. Pero doblar aquella esquina mental no era tan fácil como parecía. Steve se había convertido en un hombre diferente desde la explosión. Estaba intentando conectar a dos personas separadas para fundirlas en una.

Había estado frotándose los dedos con el pulgar. Cuando lo advirtió, alzó la mano y la miró. Había recuperado los callos gracias a los constantes cortes de leña, pero las huellas dactilares continuaban borradas. ¿Cuánto de sí mismo habría dejado, o cuánto de su identidad habrían borrado de la misma manera que habían hecho desaparecer sus huellas? Cuando se miraba en el espejo, ¿hasta qué punto seguía siendo Steve Crossfield, en vez del producto de una reconstrucción facial? Su rostro había cambiado, su voz había cambiado y sus huellas dactilares habían desaparecido.

Era un hombre nuevo. Había renacido desde la oscuridad, había sido devuelto a la vida por la voz de Jay que lo llamaba hacia la luz.

Pero pudiera o no pudiera recordar, todavía tenía a Jay. Jay era una parte de él que la cirugía no podía cambiar.

La habitación fue quedándose fría a medida que fuego se apagaba y Steve sintió por fin el frío en su propio cuerpo. Volvió al dormitorio, se deslizó bajo las sábanas y sintió el cálido cuerpo de Jay acurrucándose contra él. Ella musitó algo, se estrechó contra él y buscó su postura habitual.

Inmediatamente, lo atravesó un deseo tan intenso como si no hubieran hecho el amor una hora antes.

—Jay —susurró con voz ronca, y la colocó debajo él.

Jay se despertó, alargó los brazos hacia él, le rodeó con ellos el cuello y se amaron el uno al otro en medio de la oscuridad hasta que Steve no fue capaz de conservar otros recuerdos que los que habían construido en común.

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