Mentiras piadosas

Linda Howard · Capítulo 13 de 13

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Mentiras piadosas

Epílogo

 

 

—¿De verdad ha muerto Piggot?

Lucas observó el rostro de Jay detenidamente a través de la mesa. Había bajado a comprar lo necesario para el desayuno y ambos estaban comiendo como si estuvieran muertos de hambre, que era exactamente como estaban. Lucas tampoco había probado bocado desde el día anterior. Encontrar a Jay y conseguir que volviera con él había sido mucho más importante que la comida.

—Sí. Fui yo el que le puso fin a la misión —la verdad era dura, pero Jay tenía derecho a saber el tipo de hombre con el que estaba a punto de casarse.

Jay bebió un sorbo de café y alzó sus increíbles ojos azules hacia él.

—Me alegro de que esté muerto —dijo con ferocidad—. Intentó matarte.

—Y estuvo a punto de conseguirlo.

Jay se estremeció, pensando en los días en los que la vida de Lucas pendía de un hilo y él alargó la mano hacia ella.

—Eh, cariño, todo ha terminado. Esa parte de nuestras vidas ya se ha acabado. Y esta… —le estrechó la mano— no ha hecho más que empezar, si estás segura de que soportarás ver todos los días esta cara a la hora del desayuno.

Jay esbozó una sonrisa que iluminó su rostro como la luz del sol.

—Bueno no eres especialmente guapo, pero te aseguro que eres un hombre muy sexy.

Lucas gruñó, tiró suavemente de ella y la sentó en su regazo. Jay le rodeó el cuello con los brazos mientras él inclinaba la cabeza para darle un beso.

—Por cierto, ya no soy agente.

Jay lo miró sobresaltada.

—¿Qué?

—Que ya no soy agente. Estoy oficialmente retirado desde ayer. Sabin me ha sacado de esto. Una vez descubierta mi tapadera, no podía volver a la agencia sin poner en peligro a mi familia. En realidad estaba fuera desde la explosión, pero Sabin no lo ha hecho oficial hasta que hemos acabado con Piggot.

—Entonces supongo que los dos tendremos que buscar trabajo.

¡Se había retirado! A Jay le entraban ganas de ponerse a cantar aleluyas. Ya no tendría que preocuparse cada vez que Lucas saliera de casa de no volver a verlo otra vez.

Él le acarició el labio con el pulgar.

—Ya tengo un trabajo, encanto. Soy un hombre de negocios, soy socio en la firma de ingenieros de mi hermano. He trabajado por todo el mundo, era una buena tapadera para las misiones que me encargaban. A estas alturas, Sabin ya habrá hablado con mi familia y les habrá contado que hubo un error en la identificación de las víctimas de la explosión y que estoy vivo. La impresión va a ser tremenda para todos, especialmente para mis padres. Y teniendo en cuenta cómo ha cambiado mi rostro y mi voz, les costará acostumbrarse.

—Y además vas a llevar a una mujer desconocida a tu familia —dijo Jay, con la preocupación oscureciendo su mirada.

—Ah, eso. No te preocupes por eso. Mi madre lleva años diciéndome que tengo que sentar cabeza. Antes no era siquiera una posibilidad, pero eso ha cambiado —le dirigió una sonrisa traviesa—. En cualquier caso, ya he decidido retirarme, así que podré dedicar todo mi tiempo a satisfacerte.

Y desde luego lo hacía. Jay posó la cabeza en su hombro, absorbiendo su calor y su cercanía. Lucas tensó los brazos.

—Te quiero —le dijo con voz firme.

—Yo también te quiero, Lucas Stone —jamás se cansaría de decirlo, y él nunca se cansaría de oírlo.

Lucas se levantó y la abrazó.

—Vamos a hacer una llamada de teléfono. Quiero que mis padres sepan que tienen una nuera.

Hizo esa llamada de teléfono, pero no directamente. Antes la besó y cuando alzó la cabeza, la expresión de sus ojos se había intensificado. La llevó al dormitorio; allí, el espejo reflejó la imagen de dos personas entrelazadas mientras se amaban.

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