México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 5 de 10 · parte 2/5

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México mutilado

Primer capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Santa Anna observó el envoltorio. Giró la cabeza para obtener alguna información del rostro del enviado, hombre de toda su confianza ganada con consistente lealtad. Éste bajó sin más la mirada. Esquivó la de su patrón. Con dificultad podía respirar y mantenerse de pie. ¿Quién, quién ya no está?, hubiera querido sacudir por las breves solapas al hombre que tal vez había venido a arrebatarle la paz para siempre.

—¿Quién se ha ido…? —agregó con la voz ya entrecortada, paralizado por el miedo.

Silencio. Temblores de labios. La muerte había sido tan alevosa y cruel con él… Miraba fijamente el sobre. No le retiraba la vista. ¿Qué nueva realidad escondería esa breve nota? Sólo dos o tres renglones podrían modificar su suerte. Imposible tocarlo. Permanecía desafiante sobre el escritorio. ¿Mientras no lo leyera no se alteraría su destino? ¿De dónde sacar agallas para abrirlo? El connotado héroe militar se encontraba ahí sentado, acobardado, incapaz de hundir el abre-cartas en una esquina del maldito envoltorio. Al hacerlo cambiaría su vida para siempre. ¿Para siempre? ¿Qué es esa terminología en boca de Antonio López de Santa Anna? ¿Su Excelencia no era el amo de pueblos, ciudades, personas y sociedades y hasta de la nación en su conjunto? ¿Cómo dejarse intimidar así cuando él dictaba el destino de millones de hombres y mujeres?

Despachó al mensajero con un breve giro de muñeca. Corrió el pestillo. Cerró con doble llave la puerta tallada en encino que custodiaba el despacho presidencial. Instintivamente revisó sus botas perfectamente lustradas. Se dirigió a la ventana. Pocas veces había visto tan limpia la Plaza. Observó con detenimiento la estatua ecuestre de Carlos IV ejecutada magistralmente por Tolsá. ¿A quién le iba a interesar en esos momentos que dicho soberano español le hubiera cedido a Napoleón el trono de España y, por lo mismo, hubiera impulsado, sin pensarlo, el estallido de un primer movimiento de independencia de México? ¿A quién…?

Tolsá, Carlos IV y su amadísimo Napoleón, con todas sus batallas inenarrables y su imperio, bien podrían irse en ese momento al mismísimo carajo. A ver quién se atrevía a leer la carta…

Soy capaz, se dijo en silencio, de desafiar a golpes a cada uno de los generales mexicanos, de atacar a todo el ejército yanqui, de batirme a espadazos con cada uno de los tejanos anexionistas, de retar a duelo a mil Sam Houston si fuera necesario, pero por lo que Dios más quiera, no me obliguen a abrir este sobre. No tengo tanta fuerza…

Rodeó una y otra vez el escritorio como quien busca asirse de un objeto, algo, lo que fuera antes de hundirse. Se sentó. Respiró profundamente. Permaneció inmóvil unos instantes y finalmente tomó entre sus manos un abre-cartas de obsidiana negra con el escudo nacional tallado en el mango de plata. Tan pronto había leído dos líneas cuando un par de manos largas le sujetaron por la garganta impidiéndole respirar. Se asfixiaba. Inés, no, no, Inés. Su mujer se había dejado vencer por una mortal neumonía. Era el 23 de agosto de 1844 cuando las campanas de la catedral tocaron lentamente a duelo con un tañido macabro. El clero estaba bien informado. Inés había muerto, bien lo sabían ellos, confortada, bendecida y con todos los auxilios espirituales…

Santa Anna apoyó la cabeza sobre la cubierta de su escritorio. Su aspecto era el de un suicida que se hubiera dado un tiro. Dejó caer los brazos a los lados de la silla. Así permaneció largo rato como si atrajera todos los recuerdos después de su fructífera relación matrimonial. Las risas, los perfumes, la textura de aquella piel hechizada, el aliento a agua de rosas, el tacto imperceptible de sus pequeños dedos invariablemente candorosos, la inocencia injustificable a su edad, el sentido maternal, el Toño, Toño, aquí no, nos ven los niños o las empleadas o ya sabes, problemas de mujeres que muy poco le importaban al general-presidente…

Se incorporó lentamente. Se enjugó las lágrimas. Muy pronto todas las campanas de las basílicas, iglesias, parroquias, monasterios y conventos llamarían a duelo. En cada oficina de gobierno, empresas, escuelas, negocios, despachos y periódicos aparecieron crespones negros. Todo el país se puso de luto. Las banderas fueron descendidas indefinidamente a media asta en toda la República Centralista. El dolor, intenso y constante, lo perseguía de día y de noche, al extremo de tener que retirarse una vez más a su hacienda de El Encero a llorar tan dolorosa pérdida a solas… El pretexto necesitado había hecho acto de presencia. ¿Y la campaña de Tejas por la que había regresado a la presidencia? ¿Y la defensa inclaudicable de los supremos intereses patrios? ¿Y las iniciativas de recaudación tributaria? ¿Y la resistencia abierta del Congreso y la encubierta de la iglesia católica? ¿Y la Patria mutilada? ¡Ah!, sí, la Patria, sí, sí, bueno, que espere: yo me voy con mi pena al campo veracruzano y a extrañar a mi Inés, Inés. ¡Ay Inés! ¿Cómo te has ido…? De seguro la encontraré en el arroyo, en los manglares, tejiendo un nuevo rebozo mientras se columpia colgada de la rama de un roble, leyendo bajo la sombra protectora de los hules, perdiéndose en el encinal o pidiendo que le corten los aguacates maduros o, bien, preparando en la cocina unas enmoladas con picadillo, las favoritas del Presi, o haciendo agua de tamarindo para poder soportar los calores del trópico…

Mi general, ¿y la presidencia…?

¡Ah!, sí también eso… Me ocuparé que vuelva Canalizo.

—Que ensillen mi caballo. Que sea La Morena: no viajaré en carroza. Quiero respirar el aire puro de Puebla. Me iré a El Encero por la ruta de Cortés.

Su querida y legítima esposa, adorada madre de sus hijos, había fallecido después de 19 años de feliz matrimonio. Cuando ambos se casaron, él ostentaba 31 años y ella apenas 16. ¡Que si había adorado a aquella mujer exquisita y virtuosa…! Jamás pensó en ser dueño de la fortaleza necesaria para poder soportar su doloroso paso por la vida, un peso similar al que cargó hasta el límite de sus fuerzas, el día negro de la batalla de San Jacinto… ¿De dónde sacar ahora la garra para resistir semejante pena? A tal extremo llegó la sensación de vacío y de pérdida de tan entusiasta compañera, leal y devota a lo largo de buena parte de su vida, un luto imposible de conllevar, que tan sólo un mes y medio más tarde, es decir, seis semanas después, víctima de un terrible pesar, con 50 años a cuestas, volvió a contraer nupcias, esta vez con María

Dolores de Tosta, quien contaba tan solo con 15 años de edad [8] y que, decepcionando todos los vaticinios respecto a la duración del fausto enlace, sería la mujer que enterraría a Su Alteza Serenísima, en la más patética soledad después de padecer verdaderos ataques de diarrea, ya entrado el año de 1876, en el gobierno de Lerdo de Tejada.

Debe saberse que Santa Anna se casó por poder el 3 de octubre de ese mismo 1844. De la misma manera en que no se presentaba a tomar posesión como presidente de la República, tampoco asistió a sus segundas nupcias. Una vez nombrado don Juan de Dios Cañedo apoderado para efectos matrimoniales, organizó, a la distancia, una fastuosa ceremonia religiosa y un suntuoso banquete para agasajar a sus invitados, lo más selecto y distinguido de la alta sociedad de la época. Entre tanto, él, instalado en su rancho El Encero, en Veracruz, su estado natal, intentaba exitosamente escapar de los recuerdos fúnebres y del pesar del duelo, capacitando en la crianza de gallos de pelea a una joven singularmente hermosa, a quien descubrió una feliz tarde mientras la bella mulata pasaba frente a él con los hombros descubiertos y una falda colorida de gran vuelo, cargando una penca congestionada por plátanos machos, hasta perderse entre los interminables callejones de las bananeras.

Hasta en la redacción de la invitación nupcial se veía la mano del novio, tan ilusionado como ausente de la boda:

El jueves 3 de octubre, a las siete de la noche, se celebrará en el salón

principal de Palacio Nacional, el matrimonio del Excelentísimo Señor

Presidente Constitucional de la República, general de división, Benemérito de

la Patria, don Antonio López de Santa Anna, con la Excelentísima señora

doña Dolores de Tosta. El presidente interino, general de división, don

Valentín Canalizo, que tiene el honor de apadrinarlo, suplica a U. se sirva dar

lustre a tan augusta ceremonia, con su personal asistencia. [9]

 

El primer encuentro íntimo entre una chiquilla inexperta, tímida, ignorante y curiosa y todo un señor garañón que ya venía por lo menos diez veces de vuelta en las artes de la seducción y en el conocimiento de las técnicas del lecho, matrimonial o no, es una experiencia digna de ser contada y recreada al extremo de detener al menos unos párrafos la narración histórica y política y dedicar unas líneas como un breve homenaje a esta feliz pareja… ¿Acaso hay una experiencia más importante en la vida de las personas?

Como todo veracruzano de tierra caliente, López de Santa Anna necesitaría muy buenas patas para demostrar ser un gran gallo de combate… ¿Qué parecía ser el abuelo de María Dolores o Lola, Lolita, Lola…? Ya veríamos…

—Mírenme bien y cierren el hocico, ¡envidiosos!

La joven novia, doña Lola, le fue remitida de inmediato al presidente de la República antes de que concluyera el baile y se encendieran los fuegos artificiales. No se había retirado el último plato del banquete ni se había partido el pastel de varios pisos de merengue blanco entre el ilustre apoderado y la novia, cuando un elegante asistente de Su Excelencia ya le hablaba al oído a doña Dolores requiriendo su presencia en la carroza personal del jefe del Estado Mexicano. Ella todavía escuchaba los acordes de la banda de guerra cuando cruzaba apresurada, casi tirada del brazo del jefe de ayudantes, por el patio de honor, rumbo a la puerta central del Palacio Nacional.

—¿Viajaremos de noche? —preguntó la joven esposa sin ocultar su preocupación.

—Sí, señora…

—¿Y los bandidos de Río Frío y los de todos los caminos que conducen a Veracruz? ¿Qué tal si nos encontramos con el diablo de Manuel Domínguez?

—No tema usted, señora mía: de sobra saben que si asaltaran esta carroza sería lo último que harían en sus vidas. Ellos escogen muy bien a sus víctimas para robarlas sin mayores consecuencias… El escudo con el águila nacional en la puerta es inconfundible, además, conocemos al dedillo a todos los rateros…

—¿Y mis padres…?

—Tengo instrucciones —repuso el oficial sin ocultar una sonrisa sardónica— de enviarlos a El Encero a su mejor conveniencia —su lenguaje esquivo era insuperable.

—¿Y cuándo será eso…?

—Cuando el señor presidente lo resuelva.

Amor, amor, sé de sobra que tenemos toda la vida por delante, pero hoy, hoy te necesito más que nunca a mi lado… Ven, ven, vuela a este nido glorioso que las alondras del campo han hecho día a día para ti… ¿Oyes su canto? Es tuyo, al igual que la luz de las estrellas…

Santa Anna esperó a doña Dolores con todo su séquito de ayudantes en la puerta misma de la residencia de la hacienda de El Encero. Ahí estaban las nanas, las damas de llaves, las recamareras, las cocineras, las pizcadoras, los caballerangos, los galleros, los rancheros, los tríos, los músicos, las arpistas, los macheteros, los campesinos y los peones, todos formados y con la cabeza descubierta en espera de su nueva patrona. Habían sido debidamente instruidos para ocultar la menor presencia de luto. ¿Será como la señora Inés? ¿Le gustará el campo o será una citadina amante de las barajas? ¿Creerá que somos sus esclavas y nos pateará?

El presidente vestía todo de blanco: pantalón y camisa de manga larga con unas mancuernillas de rubíes, brillantes y esmeraldas, los colores de la bandera tricolor. Su indumentaria contrastaba con un paliacate rojo anudado alrededor del cuello y, sin faltar obligatoriamente, su sombrero de cuatro pedradas, su favorito, el más conocido en su tierra. Había puesto especial atención en los botines del mismo corte y aspecto, igualmente blancos, para que en ningún caso se pudiera distinguir cuál de sus piernas era la de madera.

Finalmente, después de varias horas de espera, que fue posible soportar gracias al abasto permanente de agua de chía, hizo su entrada triunfal la carroza en la que viajaba doña Dolores. La abundante temporada de lluvias impidió que el vehículo presidencial produjera a su paso enormes remolinos de polvo. Se escuchaban a lo lejos los latigazos del conductor sobre los doloridos lomos de las bestias negras. ¡Ay de aquél que hubiera enganchado a un animal de otro color…!

Al detenerse los caballos, uno de los asistentes de mi general-presidente abrió la pequeña puerta del carruaje para que descendiera la nueva primera dama de México. Los comentarios en torno a su edad se castigarían con chicotazos húmedos y estruendosos. Doña Dolores dejó ver, antes que nada, una zapatilla forrada de seda color pistache y al descender mostró un gran sombrero verde oscuro confeccionado con varios holanes de donde se desprendía un velo transparente que le cubría todo el rostro. En ese momento empezaron a sonar cinco marimbas traídas del puerto especialmente para la ocasión. Su vestido regio, igualmente de seda, cubierto de pliegues para ajustar la cintura de acuerdo a la joven anatomía de aquella mujer, casi una niña, lucía impresionante gracias al gran volumen de las crinolinas. El escote pronunciado permitía observar el nacimiento de unos senos pletóricos, saturados, obsequiosos al mirón, quien bien debería cuidarse de no ser descubierto en esos menesteres de gratísimo espionaje, so pena de pasar hasta el último de sus días recogiendo, de la alcoba presidencial, cada mañana y después de la siesta, los bacines repletos de doña Lola y de Su Excelencia.

La primera dama extendió su mano enguantada al presidente Santa Anna, quien la recibió con exquisita cortesía entre las suyas, obsequiándola igualmente, por elemental caballerosidad, con una breve genuflexión, seguida de una reverente inclinación de cabeza. Santa Anna se abstuvo de besar aquella frágil extremidad, porque él sólo estaba dispuesto a conceder un homenaje semejante cuando se le ofrecían manos desnudas. En ningún caso haría una excepción; ni siquiera tratándose de su propia esposa. Las formas eran las formas. Los manuales de etiqueta eran los manuales de etiqueta y habría que respetarlos como si se trataran de una ley…

Se produjo entonces un silencioso cruce de miradas entre ambos. Miradas escrutadoras, ávidas, temerosas, curiosas, desafiantes. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. El abanico hacía juego con los zapatos. Sí que la ilustre señora tenía una expresión virginal. El ciudadano jefe de la Nación tomó entre sus manos la derecha de la primera dama y, colocándola sobre el dorso de su izquierda, como quien se dispone a bailar un vals, se dirigió parsimoniosamente hacia el interior de la hermosa casona. Por un instante el novio pensó en cargar a la novia estrechándola firmemente entre sus brazos, pero el solo recuerdo de la pata de palo, imaginar una escandalosa caída con su mujer a cuestas, le hizo desistir de sus planes. No se podía permitir una pérdida de dignidad de semejantes proporciones. ¿El ridículo? ¡Nunca! Mucho menos en ese día y a esa hora…

El enorme grupo de empleados daba por descontado que el primer acto oficial de la pareja consistiría en una visita a la finca y que, antes que nada, le presumiría sus gallos a doña Dolores, uno de los grandes orgullos de su existencia, pero la escena concluyó cuando ambos entraron directamente a la habitación más grande y luminosa, que daba al patio principal. Con un sonoro portazo cayó el telón para todos los asistentes y curiosos. No volverían a saber de doña Lola por lo menos en tres días.

La muy joven señora de Santa Anna esperaba un vaso con agua de chía o de horchata, un caballito de jerez o de tequila para hacerse de fuerza, un breve refrigerio, un baño de tina tan reconfortante como reparador, algo, tal vez un intercambio de opiniones en relación a la boda en Palacio Nacional, al banquete, la fiesta en sí misma, la decoración, la banda de música, los comentarios de los invitados, el primer baile de casados escuchando la pieza favorita de la pareja, mientras ella era tomada y abrazada rítmicamente a lo largo y ancho del salón por don Juan de Dios Cañedo. Todo ello habría cabido en los términos de una conversación protocolaria, pero no, una vez solos, López de Santa Anna, empezó a desanudarle el sombrero mientras ella hablaba del viaje tan pesado desde la Ciudad de México. Acto seguido le retiró lentamente, uno a uno, los guantes. Mientras ella advertía con más claridad las intenciones de su marido, más inventaba anécdotas y pasajes recientes narrándolos con gran rapidez para disimular su nerviosismo y hacerse de valor. ¡Sí que lo iba a necesitar…!

—En los coches de mi papá —argumentaba la primera dama— los hoyos eran insoportables, sobre todo después de la temporada de lluvias. Llegabas a tu destino con la espalda hecha pedazos —seguía comentando mientras que el César Mexicano, de pie, la volteaba delicadamente para desabotonarle el vestido.

¿A quién, con diez mil carajos, pensaba Su Excelencia, se le puede ocurrir forrar estos botoncitos con tela? Necesito deditos de quinceañera para poder abrirlos…

Poco a poco, y con paciencia, fueron cediendo mientras ella brincaba de un tema al otro sin tener ya la menor duda de su suerte inmediata.

Cuando Santa Anna terminó con la tortura de los botones, jaló el vestido para abajo mientras que Dolores instintivamente se cubrió el pecho. El presidente se arrodilló entonces frente a su mujer —¿cómo no hacerlo una y mil veces?— y ella levantó primero una pierna y luego la otra hasta desprenderse totalmente del vestido. Doña Dolores no dejaba de hablar. En ocasiones apretaba los párpados como si elevara sentidas plegarias al cielo.

El marido se irguió nuevamente en tanto la hermosa joven externaba sus miedos hacia los ladrones y cómo la habían confortado en México para que no abrigara dudas respecto a su seguridad.

¿Más botones?, se dijo rabioso y en silencio Su Excelencia, cuando constató que, además del fondo y de las crinolinas, todavía tendría que entablar un pleito a muerte contra un corsé que sujetaba y realzaba el tórax y el busto y, al mismo tiempo, marcaba las formas de la cintura y que todo ello, junto con las mil agujetas que tendría que desatar, parecía una conjura perfectamente tramada por Lucifer en una noche de insomnio con el único y preciso objetivo de hacerlo desesperar y arrebatarle la inspiración…

Pero nadie detendría a Santa Anna. Todavía no había nacido ni nacería quien pudiera contenerlo. Uno a uno zafó los listones del corsé hasta que cayó a los pies de la doncella, quien se mantenía de espaldas a su galán. Bien sabía él que los fondos eran generosamente escotados y que de hacer girar a Lola en esos momentos descubriría la hermosa suerte que el destino le depara a sus hijos consentidos. Se abstuvo de hacerla girar. Ella tartamudeaba y repetía anécdotas sin darse cuenta que se estaba traicionando. Sólo que podía insistir en tanto pasaje quisiera porque Su Excelencia no escuchaba nada ni ponía atención a sus relatos ni podría repetir uno solo de los temas que habían formado parte de su conversación. ¿Conversación…? En todo caso: monólogo…

Estando doña Dolores de espaldas, el presidente de la República hizo descender sutilmente el último de los fondos, de los malditos fondos. Sólo quedaban por retirar las pequeñas bragas decoradas con diminutos moños color de rosa, encajes y holanes cosidos exquisitamente a la prenda para la sorpresa y la fascinación de su afortunado cónyuge. Antonio no veía nada. Absolutamente nada. Todo lo que atendía era la piel; el color y la textura de la piel. Los sudores exquisitos, algunas veces helados, las humedades incontrolables, los aromas enervantes, las muestras del lenguaje de aquel cuerpo ciertamente intocado. ¡Ay, maravillas de la juventud!

El jefe de la Nación, electo por la mayoría del Congreso, tal vez sin darse cuenta fue cayendo de rodillas a espaldas de su ninfa. Ella guardaba silencio sin retirar los brazos de su pecho mientras continuaba mordiéndose compulsivamente los labios. Su Excelencia abrazó entonces sus piernas por detrás. La besó en la frontera de las bragas y de la espalda, mientras se daba a la tarea de desprenderla libidinosamente del último reducto donde podía esconder su vergüenza. Al sentir cómo su propio corazón estaba próximo a reventar junto con su pecho, decidió proseguir, continuar al hundir sus pulgares entre la prenda y su piel, sí, sí, aquella piel que despertaba sus poros al paso de sus dedos expertos. Así fue descendiendo la pieza más delicada de la indumentaria femenina hasta llegar al piso mismo. Sin recibir mayores instrucciones, doña Lola subió los pies, uno a uno, hasta quedar completamente desnuda con los ojos crispados, firmemente apretados y la respiración escasamente contenida.

Si por lo menos hubiera llegado de noche de la Ciudad de México y la escasa luz de una lámpara de aceite hubiera facilitado el desenlace. Si no hubiera padecido tanta brusquedad, ¿brusquedad?, bueno, brusquedad nunca la hubo, Antonio no ha podido ser más cuidadoso y delicado. ¿Precipitado? Eso sí: ¿Brusco?, en ningún caso. Doña Lola necesitaba un preámbulo, algo para vestir la escena, reposar los tiempos, decorarlos, sugerirlos, vivirlos pausadamente, dejándome al menos un espacio para respirar y prepararme ante un hermoso episodio tan hablado, imaginado, fantaseado, temido y deseado…

Antonio la volvió a abrazar por la espalda besándole las nalgas. Lo vi, lo vi, nadie me lo cuenta. Sépanlo, sépanlo como fue. Después de unos instantes, Su Excelencia se puso de pie mientras la piel de doña Lola se volvía a poblar de pequeñas perlas de sudor. Fue entonces cuando la tomó por los hombros y la hizo girar frente a sí. Ella se cubría el cuerpo con los brazos, extendiendo las manos. Hubiera querido tener cien brazos y cien manos para tapar su hermosa anatomía que por primera vez un hombre podía disfrutar a todo su esplendor. Ella intentó abrazar al presidente pero éste la detuvo. Deseaba contemplar al ser más hermoso de toda la creación y llenar sus ojos para siempre con esas imágenes que jamás olvidaría. La descubrió por completo para admirarla. Ahora sí podría detenerse el tiempo, la historia y la existencia. ¿Tejas? ¡Al carajo con Tejas o Texas, como fuera…!

Finalmente vinieron los besos y los abrazos cada vez más intensos. Doña Lola no sabía besar. Jamás lo había hecho. Para ello contaba con un buen maestro. Abre la boca, ¿si…? Suelta los labios, no los aprietes, humedécelos, aparta la tensión, deja caer los párpados, entrégate, suéltate, mi vida, será hermosísimo, ya lo verás.

Tal y como decía un filósofo francés: puedes tenerlo todo en la vida pero nada más… Esto viene a colación porque cuando Antonio la tomó por los hombros y la empujó delicadamente hasta hacerla sentarse en la cama mientras él, por su parte, se desprendía de su indumentaria jarocha, en ese preciso instante se percató, horror de horrores, de la ausencia de respuesta masculina para hacer vibrar a esa mujer llena de susto, curiosidad, anhelo y sorpresa, todo un conjunto de emociones cruzadas que conducían a la confusión y al placer.

El presidente, quien durante el jugueteo previo se había percatado claramente de esa limitación fugaz, ignoró semejante circunstancia para distraer su atención de lo que ya amenazaba ser un escandaloso naufragio. Será algo pasajero, inexplicable, pero al fin y al cabo pasajero. Si al menos hubiera percibido una señal ingrata, un mal olor, un aliento desagradable, pero toda ella despedía un aroma a heliotropo. Por lo visto, la madre de doña Dolores o alguna tía o amiga, la habían capacitado en detalle en los más exquisitos aspectos de la higiene y delicadeza femeninas. De modo que por ahí no era. ¿Por dónde entonces? ¿Cómo culparla…?

Santa Anna se quitó los pantalones mientras doña Lola, como una gata de angora, recostada, se volteó discretamente hacia la ventana. ¡Qué hermoso lucía el Pico de Orizaba! Era la mejor pintura de aquella ilustre habitación. Su Excelencia se desprendió con dos quiebres expertos de la pata de palo dejando el muñón izquierdo expuesto desde la altura de la rodilla. En un instante quedó también completamente desnudo sosteniéndose nada más de la estructura de latón de la cama. Sí, sí, pero el bastón de mando, el símbolo más íntimo de su poder, el depósito de su virilidad, el origen de su fuerza, se encontraba mellado, acabado, indiferente, apático, agotado, indolente, extraviado, exhausto, agónico, perdido y absolutamente sordo y desmotivado. De nada sirvió que besara a su dama, que la montara, que la invitara a todo género de maniobras que ella, por ser la primera vez, las ejecutaba con verdadero horror: nada. Absolutamente nada. El hombre no reaccionaba. Se excusó. Voy al baño, amor. Espérame, ahora vuelvo…

Sin moverse y entornando los ojos, doña Dolores oyó una catilinaria, una auténtica catarata de apóstrofes, de desesperadas invectivas y de epítetos jamás escuchados por ser humano alguno.

Desde el baño ¡ay Lola, Lolita, Lola!, pudo oír las siguientes maldiciones de la más pura extracción veracruzana:

—Pedazo de gran cabrón mal nacido —dijo Santa Anna tomando entre sus manos al cañón desvencijado y sacudiéndolo como si quisiera arrancarle la vida o hacerlo reaccionar—. ¿No te has dado cuenta que yo soy el presidente de la República, grandísimo animal, y que no estoy dispuesto a consentir un desacato de esta naturaleza? ¿Eh…? ¡Responde! Respétame, carajo. Te habla el jefe del Estado Mexicano. No te quedes callado como imbécil…

Acto seguido se escuchó un manotazo asestado contra los azulejos de Talavera del baño y tal vez una patada contra la tina de cobre.

—¿Así vas a estar?, miserable mamarracho. ¿No te das cuenta que soy el jefe de la Nación y que no acepto felonías? ¿Sabes a cuántos he mandado fusilar por menos que esto…? ¿Eh…?¿Eh…?¿Eh…?

Vinieron los gritos, las arengas, los insultos, inclusive los golpes, se escuchaban las cachetadas, ¿cachetadas?, bueno, se escuchaban los impactos uno tras otro, sí, sí, pero de virilidad ni hablemos…

¿Sabes lo que es el ridículo? ¿Te imaginas cómo te voy a cobrar todo esto? ¿Entiendes que si yo quisiera te podría mandar quemar vivo…? ¿Cómo supones, por el amor de Dios que todo lo sabe y perdona, que voy a quedar con mi mujer si ya desde el primer encuentro fallo como si yo fuera un cobarde que, bien sabes, me he batido muchas veces en el terreno del honor? Soy, gran cabrón, le dijo sujetándolo firmemente y viéndolo a la cara: el Benemérito de la Patria en Grado Heroico, Benemérito de Tampico, Benemérito de Veracruz y me conocen como el Napoleón del Oeste, el Protector de la Nación, el Invencible Libertador, el César Mexicano, el Libertador de los Mexicanos, el Padre del Anáhuac, el Ángel Tutelar de la República

Mexicana, Visible Instrumento de Dios,[10] el Salvador de la Paz y el Inmortal Caudillo… ¿Ya te diste cuenta con quién estás hablando…?

Silencio. Absoluto silencio. Doña Lola finalmente sonrió. Ahora tendría más poder sobre él. La catilinaria continuó. ¿Sabías que además me distinguieron con la Medalla de la Guerra de Independencia, con la Gran Cruz de Córdoba, con la de Isabel la Católica, que soy general de División y que por ley se deben dirigir a mí con el tratamiento de Su Excelencia?, ¿lo sabes, lo sabes, lo sabes…? ¿Eh…? ¿Eh…? ¿Eh…?

De nada sirvieron las reclamaciones que se extendieron hasta bien entrada la noche. Doña Lola descansó cómodamente después de un viaje en carroza desde la Ciudad de México. Durmió con una sonrisa angelical. Tenía tanto que contar. El jamás salió del baño. No volvió a hacer un solo ruido ni a dar una voz. Imposible aburrirse con Santa Anna. Muy pronto podría comprobar que, en relación a esto último, tenía toda la razón…

En otoño de 1844, las calles de la Ciudad de México se encontraban infestadas de rateros, carteristas y mendigos. Los léperos, la clase baja, pululaban por las vecindades, donde los borrachos, la prostitución, el desempleo y la vagancia mostraban cada vez más los alcances de la degradación social. La violencia y los robos proliferaban sin control al mismo tiempo que las autoridades confesaban su incapacidad para erradicar el crimen y el asesinato en sus más diversas modalidades. La pobreza y sus consecuencias ocupaban los temas de conversación de la aristocracia y de los sectores moderados. «Un sustancial incremento del ingreso nacional es indispensable si se quiere evitar la ruina de la sociedad», se decía en la prensa nacional… En contraste con las mayorías desamparadas, una pequeña minoría integrada por militares acaudalados, especuladores financieros, políticos corruptos, sin faltar, claro está el alto clero, disfrutaban de inmensas fortunas. «Unos ostentaban su riqueza con esplendidez asiática viviendo en mansiones ricamente amuebladas, transportándose por la ciudad en carruajes importados y apostando sumas sorprendentes en las peleas de gallos». Las diferencias, a simple vista, eran abismales.

Una dolorosa nostalgia por la época colonial se apoderaba de las clases adineradas al padecer los efectos del caos político reinante y asistir, indefensas y preocupadas, al estancamiento económico con todas sus consecuencias. En cualquier momento podría estallar la violencia, dados los monstruosos desequilibrios sociales. Disfrutaban, eso sí, el momento de la compra de las facultades de la autoridad por medio de sobornos y, al mismo tiempo, contemplaban con horror las consecuencias del colapso de la ley que ellos mismos habían propiciado… Añoraban la impartición de justicia durante los interminables años del virreinato, así como las mayorías extrañaban el abasto puntual de carne, pan y pulque a los precios accesibles conocidos durante el gobierno de los virreyes. ¿Por qué se festeja tanto la independencia? ¿Por qué…? ¿Qué ganamos? ¿La vanidad de ser libres a cambio de ser miserables?, se preguntaban algunos reputados columnistas a través de sus escritos publicados en los diarios de mayor circulación.

La justicia se subastaba. Los mexicanos parecían incapaces de aprender las duras lecciones de la vida. El sistema tributario aparecía acosado por la ineficiencia, el exceso burocrático y la corrupción. Muy pocos mexicanos tenían acceso a cualquier tipo de educación; los ministros y la fe católica estaban en declive; el crimen, el desconocimiento de la ley y el mantenimiento del caos, en general, aumentaban el malestar público: todo apuntaba hacia el colapso económico y político del país, sobre todo a la disolución social, misma que conduciría en forma expedita a la anarquía total. Una expresión, un miedo domina la vida de los mexicanos, sobre todo la de los capitalinos: el temor a un nuevo levantamiento armado, esta vez orientado a derrocar al presidente sustituto, a Canalizo, un hombre que, ante la menor adversidad, giraba la cabeza en dirección de El Encero, de la misma manera en que un fanático religioso, en caso de necesidad, reza de rodillas, con los dedos de las manos entrecruzados y voltea hacia el cielo en busca de explicaciones, instrucciones o respuestas. El Congreso se opuso a legislar más incrementos tributarios: rechazó las iniciativas dictadas por el presidente e inspiradas por Su Excelencia. Los ánimos llegan al nivel del desbordamiento en contra del santanismo representado por Canalizo. Cualquiera podía escuchar cuando las balas redondas resbalaban a lo largo de los cañones. Hasta los más ignorantes identifican el chispazo para encender los mecheros. La mayoría percibe con claridad los taconazos secos de las botas militares a la hora de la formación en la Plaza de Armas. La violencia flota en el ambiente.

¿El golpe? El golpe esperado y deseado lo encabeza Mariano Paredes Arrillaga, un general resentido con el César Mexicano por haberlo humillado, rebajado y cesado después de haber sido nombrado gobernador general de la Ciudad de México y, todo ello, por una borrachera de celebración que condujo al propio Paredes a despertar a gritos a Santa Anna, quien dormía plácidamente en sus habitaciones del Palacio Nacional. Nunca se lo perdonó. El general Paredes Arrillaga, financiado, por supuesto, con dinero del clero, se levanta finalmente en armas desde Guadalajara contra el gobierno santanista. ¿Cuántos movimientos armados y guerras financió la iglesia católica mexicana para defender sus intereses materiales, en lugar de dedicarse a la divulgación del evangelio? Se lee en la primera plana del Amanecer Republicano: «Dicha institución religiosa, la más retrógrada de cuantas existieron en el país, ha sido, sin duda, una de las grandes responsables del caos mexicano del siglo XIX, caos que seguimos padeciendo hasta nuestros días».

Paredes tenía un encargo concreto, específico: armar un ejército, reclutar soldados, hacerse de recursos para conducirlo, bien pertrechado, al rescate de Tejas. Dichas eran sus instrucciones oficiales consignadas por escrito. ¿Resultado? En lugar de cumplir con sus obligaciones, enderezar la batería de artilleros y orientar la caballería en dirección del norte para recuperar Tejas, apuntó, en cambio, hacia el altiplano, más específicamente a la cabeza del presidente de la República. Ni el pueblo ni la plebe recurren a las armas, son los generales quienes protestan empuñando pistolas, mosquetes, espadas y sables. Y la ciudadanía observa una nueva obra de teatro político. De pronto cunde el pánico. No estamos para dirimir diferencias internas ni para arrebatarnos el poder en un momento tan crucial que exige la unidad absoluta de la nación. Debemos tomarnos todos de la mano y defender nuestro país. Ya habrá tiempo para ajustar cuentas. Sin embargo, los militares vuelven a hacer uso de la palabra. Cuidado con aquella nación en la que los generales deliberan y deciden la mejor opción, según ellos y sus intereses personales, para la ciudadanía…

Santa Anna regresa precipitadamente de El Encero a la Ciudad de México el 19 de noviembre de 1844. Se le ve un poco más repuesto del dolor avasallador del duelo. Inés, mi amor, vida de mi vida, Dios te tenga eternamente en su santa gloria… Viene dispuesto a combatir a Paredes y a fortalecer a Canalizo. A hacer justicia. A imponer el orden y el respeto institucionales. Sabe que si somete a su antiguo subordinado, el triunfo militar le reportará una gran popularidad política. Como ya se le conocen sus intenciones ocultas y sus dobles juegos de palabras, algunos legisladores le hacen saber el peligro que implicaría para él volver a disolver el Congreso: usted, general, ha perdido la inmunidad presidencial y un atentado en contra del Poder Legislativo podría conducirlo frente a una corte marcial como a cualquier soldado. Extiende todas las garantías necesarias a los legisladores. «No tengo ninguna actitud hostil en contra de ustedes».

Su Excelencia desata una actividad compulsiva y exitosa en el reclutamiento de conscriptos destinados a combatir las tropas de Paredes. Los futuros guerreros aparecen encadenados en plazas y calles marchando rumbo a los cuarteles. Si alguno de ellos lograba escapar se le perseguía implacablemente hasta dar con él, pero si en el camino se encontraban con otro joven de la edad necesaria, a ese le colocaban, sin más, los grilletes en los pies y se le ataban las manos. Acto seguido era jalado, como un perro rabioso, sin dejar de lanzar furiosas dentelladas, hasta ser amarrado con el resto de soldados rasos dispuestos a dar la vida, llegado el caso, por la defensa de la patria… Los voluntarios campean por su ausencia. ¿Y la defensa del orden jurídico sin el cual la nación se extraviará? Está bien, pero que otro empuñe las armas.

El Benemérito se encamina tres días después, primero, rumbo a Querétaro. Ese departamento también se había instalado en la rebeldía solidarizándose con Jalisco. A cada paso lo sorprenden las malas noticias. La deserción aumenta jornada tras jornada. Amanecen muchos menos reclutas de los que se acuestan. Se fugan. Escapan a la primera oportunidad. Su poder se desvanece. Extraña el lecho cálido y perfumado a heliotropos que abandonó contra su voluntad en El Encero. Ahora vuelvo, vida mía: meteré al orden a estos tales por cuales y regresaré henchido de amor a tus brazos. Piensa en mí. Colgaré a Paredes de un eucalipto y volveré a tu lado. Idolátrame. No tardo. Prende un cirio pascual. Espérame. Te enseñaré las mejores canciones veracruzanas. Observa por favor, amor mío, el cuadro de la biblioteca donde aparezco montando un caballo blanco el día de mi primera presidencia. ¿No tengo un aire napoleónico? ¿Me admiras? ¿Verdad que sí? Dilo. Confiésalo. Te ama con locura, tu Toñis…

Arriba rápidamente a Querétaro el día 24 de noviembre. Ni el gobernador ni el comandante militar de la zona le dispensan lógicamente los honores de un jefe de Estado. El gabinete de Canalizo, no el Congreso, le ha encomendado someter con el uso de la fuerza a Paredes, pero él, Su Excelencia, ya no es sino un alto oficial del ejército mexicano, quien, desde luego, no se merece distinciones inherentes a la investidura de un presidente de la República, como sería el caso de Canalizo, su bufón. El Benemérito enfurece. Hace arrestar a los miembros de la Junta Departamental, a funcionarios y a militares adheridos al levantamiento armado de Guadalajara. Aprehende a la mayor parte de los cabecillas y empieza a enviarlos a Perote. Si cambia la orden es por «sugerencias» del clero local, al que se somete como un corderito. «Lo que ustedes digan», replica Santa Anna. «La iglesia es la dueña del dinero y de la conciencia de los mexicanos. ¡Atrás! A callar…». Sí, pero el daño ya estaba hecho.

El Congreso nacional rechaza los excesos santanistas y trata de sancionar a los secretarios del gabinete de Canalizo, quienes nombraron a Santa Anna jefe del ejército para someter a Paredes. Por toda respuesta se hace circular en las Cámaras de diputados y senadores un borrador con tres acuerdos: La suspensión inmediata del Congreso, la reposición de Santa Anna como presidente y de Canalizo como su sustituto, y el reconocimiento del derecho del gobierno para restaurar el orden y conducir la guerra contra Tejas como lo considerara más conveniente sin incrementar los impuestos.

Los diputados rechazan furiosos el texto. Lo desconocen. Lo ignoran. Insisten en citar al gabinete en el Congreso. No comparecen porque «están muy ocupados», alegan. El dos de diciembre de 1844 el ejército ingresa abruptamente en los recintos legislativos y toma ambas Cámaras. El Benemérito ordena veladamente su cierre indefinido muy a pesar de sus promesas. Firma su propia sentencia de muerte. Su Excelencia se coloca fuera de la ley. Los legisladores niegan su autoridad para cometer semejante fechoría. Además, nadie goza de semejantes facultades legales como para clausurar el Congreso. Los legisladores, empecinados con la defensa de su causa, continuarán sesionando en un nuevo domicilio. 55 contra 45 votan en contra de cualquier tipo de sometimiento a un dictador. El margen es alarmantemente estrecho, pero triunfa la democracia.

Mariano Paredes Arrillaga avanza hacia la Ciudad de México en lugar de dirigirse al norte, a Tejas, a impedir la anexión. Insiste en dar un golpe de Estado en contra del Poder Ejecutivo, de la misma manera en que Santa Anna dio un golpe de Estado en contra del Poder Legislativo.

Si algunos héroes son injustamente ignorados en las primeras décadas posteriores a la independencia, esos son, con claridad meridiana, los legisladores mexicanos. Desde el imperio de Iturbide se identifican abiertamente los senadores y diputados, todos ellos civiles, tenaces defensores de sus opiniones y de sus convicciones en el seno de sus respectivos recintos, muy a pesar de las amenazas y del peligro personal que corrían al enfrentarse a un Poder Ejecutivo dominado por los jerarcas militares, uno más déspota e intolerante que el otro. Estos auténticos prohombres, dignos representantes populares, merecen ser rescatados del anonimato por haber apostado todo a cambio de hacer valer sus principios e ideales en un ambiente autoritario y de absoluta impunidad. Un homenaje similar lo ameritan, sin duda, los periodistas mexicanos de aquellos años, por haber denunciado una realidad catastrófica que los gerifaltes políticos, sus coetáneos, trataron inútilmente de ocultar recurriendo a chantajes, a persecuciones y ataques de toda índole con tal de impedir que aflorara la verdad. Sus columnas deberían estar guardadas celosamente en las grandes vitrinas de la historia y, sin embargo, éstas se encuentran vacías y empolvadas…

Antonio López de Santa Anna prometió no disolver el Congreso en 1833 y, sin embargo lo hizo. ¡Lo disolvió! En 1842 extendió todo género de garantías a diputados y senadores y a pesar de haber empeñado su palabra, clausuró los recintos donde sesionaban y se forjaba el México del futuro. ¡Los clausuró! En 1844 se comprometió nuevamente a respetar el poder y la soberanía de los legisladores y juró someterse incondicionalmente a sus determinaciones. ¿Cumplió? ¡Qué va! Por tercera vez cerró las puertas de bronce donde los representantes de la nación veían por el bienestar, la evolución y el progreso del país.

En 1833, 1842 y 1844, el Ángel Tutelar de la República Mexicana, el Visible Instrumento de Dios, el señor Benemérito, clausuró Congresos, canceló las deliberaciones, disolvió las asambleas donde se diseñaba el México moderno y, con ello, impidió que México pensara, que hablara y se pronunciara, que México resolviera, que México opinara y escogiera libre y democráticamente el derrotero más conveniente de cara a sus intereses y deseos. El destino del país se torció, creció como un árbol deforme, desde que un solo hombre decidió resolver por todos y la sociedad lo consintió. La mutilación fue masiva, profunda, desgarradora. El gran intérprete de la voluntad nacional no constituyó sino una monstruosidad, que, como se verá, representará altísimos costos para una joven República recién independizada de España.

Llegan informes cada vez más confusos y alarmantes del norte, de Estados Unidos, de Tejas. Los yanquis ya no saben cómo disfrazar lo que hasta ese momento sería el hurto del siglo. El 8 de junio de 1844 el Senado federal había rechazado en Washington el tratado de anexión con 35 votos contra 16. La oposición de los legisladores no se fincó en el hecho de que la medida pudiera ser justa o injusta para México, sino en que la adición de un estado esclavista podría conducir, en el futuro, a

una guerra de secesión en Estados Unidos.”[11] Se vuelve a someter el 11 de junio de 1844 pero la clausura constitucional del período de sesiones impide que se llegue a un acuerdo. «Las tropas mexicanas —se dice— ya se han internado en territorio norteamericano. Para la guerra sólo falta la declaración oficial. El conflicto armado es una realidad». Falso, falso. El «Quince Uñas» ni siquiera ha llegado a la frontera. Es más: no ha salido del Bajío. ¿Cuál invasión? Se confunde y se desinforma para inclinar la balanza de las decisiones en contra de su vecino del sur.

Mientras que en México el caos político se adueña nuevamente de la nación y el ruido doméstico impide conocer y descubrir oportunamente lo que se trama en el extranjero en contra del país para, en su caso, tratar por lo menos de tomar algunas medidas defensivas, en Estados Unidos llega James K. Polk a la Casa Blanca. No hay tiempo ni pausa para desentrañar los peligros escondidos en esta amenazadora realidad. Gana las elecciones federales en octubre de 1844 con 170 votos contra 105. Será un verdugo implacable. Sordo, inconmovible y fanático. El tema prioritario en sus discursos de campaña lo ocupa Tejas, «por lo pronto», la anexión de Tejas. El «por lo pronto», hace que levanten la ceja quienes saben leer las entrelíneas de los textos políticos. Al electorado norteamericano le fascina la posibilidad expansionista. Las palabras de Polk calan, conmueven, sacuden. Es la reencarnación del «Padre Fundador». Gusta, seduce, es aceptada la idea de la adquisición de los nuevos territorios por medio de cualquier herramienta… Lleguemos al Pacífico… Es la voz de la Divina Providencia. Acatémosla. Votemos por Polk. Es el hombre. Habla con la verdad. Sigámoslo. Crezcamos a su lado…

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