México mutilado
Primer capítulo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
¿Polk es el culpable y el electorado es inocente? ¡Pobre México! Cuando el pueblo norteamericano votó por Polk yo simplemente dije: ¡Pobre México! Yo ya conocía al candidato a contraluz y podía anticipar las consecuencias de su gobierno…
La elección del jefe de la Casa Blanca, tal y como dejé asentado: «no es otra cosa que un mandato del pueblo norteamericano para ejecutar la anexión de Tejas». «Es el triunfo del expansionismo, la garantía misma de que Tejas será anexada». «Polk es el espíritu maestro en la intriga tejana. Concentrará todo su poder, su influencia, su imaginación, su tiempo en ese objetivo». El problema de la esclavitud ocupará el centro del debate. El territorio de Oregón pasará a ser propiedad de Estados Unidos, a través de negociaciones, en términos de la latitud 54-40, la reconocida frontera sur de la Rusia americana, la Alaska rusa y la Alta California. Cumplirá fielmente las promesas de campaña a pesar de tratarse de conflictivos intereses ingleses, los de sus primos hermanos… La prensa inglesa publica: «Polk es el triunfo de todo lo que está muy mal en América». ¿Quién es Polk finalmente? El expresidente Andrew Jackson sonreía: era su hombre…
James Knox Polk había nacido en Carolina del Norte en 1795, dos años después que Sam Houston y tan sólo uno anterior al nacimiento de Antonio López Santa Anna Pérez Lebrón en la ciudad de Jalapa. En aquellos tiempos, los protagonistas de la historia iban apareciendo, uno a uno, en los escenarios políticos del continente americano. Ninguno tenía un papel previamente asignado. ¿Quién cree en el destino, en una inteligencia superior a la humana capaz de ordenar la vida de millones de seres, y, en donde no hay posibilidad alguna de defensa ni de resistencia por tratarse de un mandato divino irrevocable? Dos más dos son cuatro. Dios lo dijo. Esta es tu consigna en tu breve existencia. Serás esto o lo otro. ¿A callar…? ¿Cómo? ¿El poeta y el filósofo estaban equivocados cuando uno sostenía que «cada cual se fabrica su destino» y el otro «quien puede cambiar sus pensamientos puede cambiar su destino»? ¿Estaban en un error?
No hay nada escrito. ¿O acaso efectivamente la Divina Providencia dispuso que Estados Unidos derrotara a los mexicanos a lo largo de una guerra injusta? Ella, la Divinidad, ¿decidió privar a México de la mitad de su territorio por así convenir a los intereses de alguien? ¿Ella misma forjó a la nación de manera tal que facilitara el gigantesco despojo territorial y diseñó el regreso de Santa Anna al poder durante 11 ocasiones? ¿Hacia la Providencia debemos dirigir nuestras miradas y nuestras protestas porque Washington, Rousseau o Voltaire no hubieran nacido en Jalisco o en Yucatán?
Mejor, mil veces mejor volvamos a Polk, un descendiente de inmigrantes presbiterianos, quienes sostenían que desde Adán, Abraham, los profetas y Jesucristo, las obras de los hombres y su trabajo constituían la única vía para su salvación. El fruto de su esfuerzo, concluían, es el único camino correcto hacia Dios. De estos ejemplos, conceptos y preceptos Polk estructura su personalidad. Será un trabajador compulsivo, infatigable, terco, de ideas fijas, determinado a alcanzar sus objetivos, mismos que se llevará a la cama hasta sepultarse en el insomnio y escapar a todo descanso posible, a partir de ser ungido presidente de Estados Unidos. El trabajo y sólo el trabajo, la intolerancia en lo que hacía a la consecución de sus metas, ambicioso, introvertido, dueño de una voluntad de hierro, un obsesivo en relación a sus elevadas tareas, incapaz de delegar y decidido a involucrarse compulsivamente hasta en los mínimos detalles, todo ello sumado a una salud muy precaria desde sus primeros años de edad, acabarán con su vida tan sólo tres meses después de haber terminado su mandato constitucional en 1849, cuando el conflicto militar México-Estados Unidos había concluido y él mismo había tenido la dorada oportunidad de anunciar, todavía como jefe de Estado, el descubrimiento del oro en California, una California que, desde luego, ya no era mexicana.
Polk, un ávido lector de los clásicos, abogado, graduado con honores, gobernador de Tennessee en 1839, dueño de una experiencia legislativa de casi 15 años, la mayor parte de ellos como principal «teniente de Jackson» en el Congreso y después como vocero del propio presidente, también nativo de Carolina del Norte, comparte una pasión con su paisano, amigo y ahora colega: a ambos los mueve un extraordinario apetito expansionista. Ambos desean anexar Tejas, a cualquier precio, a la organización política norteamericana. Ambos armarán un plan para lograrlo…
¿Cómo llega a la Casa Blanca? Martin van Buren, expresidente demócrata de Estados Unidos y Henry Clay, contrincante por el partido Whig, ambos adversarios políticos, se declaran opuestos a la anexión de Tejas. Ni whigs ni demócratas, nadie se pronuncia a favor de Tejas. Gravísimo error de estrategia política. Un Jackson envejecido, enemigo feroz de México, se percata que la posición de Van Buren, también su exsecretario de Estado, equivale a cortarse el cuello. No le permitiremos obtener la candidatura demócrata si no está convencido de luchar con todos sus poderes y facultades por la anexión. ¿Cómo después de tantos esfuerzos vamos a permitirnos perder Tejas y más aún, servírsela en charola a los ingleses, para que ellos sean, a la larga, quienes desarrollen ese promisorio territorio abandonado durante siglos por la corona española?
Jackson, a modo de consejero áulico de Polk, cansado, presintiendo el arribo de la muerte sin haber logrado realizar su sueño de una Tejas americana, una estrella más a su bandera, una fijación, una obsesión, murmura lentamente al oído de su paisano, de hecho ya retirado de la vida pública, las ventajas de la adopción de un discurso político que incluyera la anexión a la Unión de una Tejas esclavista, dicho sea lo anterior, con el debido eufemismo y discreción. A esta posición se sumarían los defensores a ultranza de la institución de la esclavitud, con sus millones de votos. El país se dividiría, sí, pero Tejas sería nuestra, James. Ganarás las elecciones, estarás en la Casa Blanca, tal y como yo mismo estuve ocho años…
¿Sólo Tejas, respondería Polk? Yo no voy sólo por Tejas; voy, querido y respetado Andrew, por todo Oregón, aun cuando sea inglés: sabré convencerlos; voy por Nuevo México y California, ya sea a través de una negociación o de la guerra misma; voy, hermano, hasta el Océano Pacífico, a buscar una salida al mar de miles de kilómetros de riquísimo litoral para poder comerciar directamente con China y voy, le dice a finales del verano de 1844, finalmente por Yucatán y Cuba, para redondear y custodiar debidamente el ingreso al Golfo de México. ¿Golfo de México? Ya le cambiaremos el nombre. Por lo pronto pondremos un gigantesco coloso, el Coloso de Rodas americano, erguido, hercúleo, invencible, con un pie en la Florida y el otro en la península de Yucatán, contemplando la inmensidad del Océano Atlántico y amenazando con la sola mirada a los filibusteros, piratas o extraviados europeos que tengan una intención distinta al trabajo y a la realización de jugosos negocios con quienes estamos llamados a ser los amos del mundo…
Andrew Jackson ya no tuvo que externar sus preocupaciones en torno a Inglaterra: ellos, James, nuestros primos, tarde o temprano vendrán por Tejas, Oregón y California, le hubiera señalado con la voz cansada. Al apoderarse de esos territorios hubieran formado «un anillo de hierro que costaría océanos de sangre poderlo destruir…».
Olvídalo. Déjamelos: sé, créeme, por donde sujetarlos firmemente…
Los hechos se precipitaron: Van Buren, fue desde luego, excluido por su posición anti anexionista. En la convención demócrata de Baltimore, Polk es nombrado candidato oficial después de un intenso cabildeo de Jackson con todas las bases del partido. El expresidente, su padre político, su hermano de batallas políticas, su tutor intelectual, no se separará de su pupilo durante toda la campaña presidencial. Nos aseguraremos el éxito, James: yo sé de esto. No en balde fui inquilino de la Casa Blanca durante tanto tiempo.
Polk declara en sus recorridos por el país: «Nuestra nación es el último y supremo esfuerzo de Dios para iniciar una nueva fase en la historia de la humanidad». Sus discursos se refieren insistentemente a Dios y al país de Dios. «Somos los herederos de todo lo logrado por la sangre y los tesoros de la humanidad durante 4,000 años en el terreno de la libertad humana». «Mi nominación responde a la necesidad de que Tejas sea anexada a Estados Unidos. Concentraré todo mi poder, mi influencia, mi imaginación y tiempo en la consecución de este objetivo». «Nuestros hermanos tejanos nos necesitan». «Si votan por Polk, votarán por la anexión de Tejas, por la expansión de nuestro país y nuestra consolidación como una nación próspera llamada a ser el faro del mundo». «Todo el territorio tejano nos corresponde desde la compra de la Luisiana». «Negociaremos con México por cortesía: ese país no es el poseedor legal de Tejas». «Prefiero mil veces una Tejas mexicana que convertida en un satélite británico». «Tenemos suscrito con México un convenio de reclamaciones, si
incumplen habrá llegado la hora de tomar otras medidas…»[12] Inmejorable pretexto para justificar una guerra por la conquista de California y Nuevo México…
La elección de 1844 sería reconocida como la más importante en la historia de Estados Unidos. En dichos sufragios los norteamericanos votaron por la anexión de Tejas y por la reocupación de Oregón, el doble objetivo, de acuerdo a las promesas de los candidatos demócratas durante la campaña. El 14 de octubre James Knox Polk y George M. Dallas resultaron electos presidente y vicepresidente, respectivamente. Ambos reciben un mandato popular, una inescapable instrucción del pueblo norteamericano. Es el triunfo del expansionismo muy a pesar del riesgo de una guerra. Una clara invitación, una autorización para perpetrar un gigantesco robo. La exhibición de la miseria de los valores cuando se antepone el poder del dinero. La Divina Providencia ha dictado su última palabra: ¡Polk al poder! ¡He dicho!
El nuevo jefe de la Casa Blanca llegará a apropiarse de todo el territorio nacional con el apoyo de sus cañones a diferencia de un atraco callejero, en el cual sólo se usan navajas, pistolas, verduguillos o hasta un triste garrote para despojar a la víctima, se decía en los círculos políticos mexicanos.
Los buenos entendedores captaron los alcances de estas breves palabras pronunciadas el día en que ganó las elecciones, unos cuatro meses antes de tomar posesión: «Este precioso depósito de libertades debe desarrollarse y extenderse por medio de la guerra sólo en condiciones especiales… Estados Unidos tiene un indiscutible y perfecto derecho a intervenir en otra nación siempre que por medio de tal interferencia promueva sus intereses propios, además de la causa de la libertad».
Los diplomáticos ingleses se percatan con claridad de las intenciones de Polk en relación a Tejas. Va por ella. No hay duda.
México y las potencias europeas debemos insistir en el reconocimiento de una República de Tejas, una República independiente, libre y soberana, antes de que ésta sea absorbida por Estados Unidos. Sí, sí, claro que sí, ¿pero con quién nos entendemos en la Ciudad de México? ¿Quién es el representante legal de este país? ¿Santa Anna o Paredes o cualquier otro caudillo transitorio? La crónica inestabilidad política mexicana reproduce el medio ambiente necesario para facilitar las fechorías norteamericanas. Equivale a poner el país en bandeja para ser devorado por las hienas yanquis. ¿Para los mexicanos no es evidente el peligro que corren? Mientras ellos se arrebatan entre sí el poder y asaltan el escaso tesoro nacional y discuten si debe ser República Federal o Centralizada, Polk y sus secuaces estudian la mejor manera de hacerse de todo el país. ¡Ay de los mexicanos! ¿Quién los defenderá? Contemplan el problema en su justa dimensión y, sin embargo, invierten su atención y su tiempo en conflictos cuya solución no es apremiante a cambio de evadir los conflictos prioritarios y urgentes, como evitar la mutilación del territorio nacional.
En México la convulsión, por supuesto, continúa. Mientras Su Excelencia se dirige a aprehender a Paredes Arrillaga, fusilar a ese maldito traidor, en la capital de la República, José Joaquín de Herrera, se hace repentinamente del mando de las acciones y se consolida como la figura más visible del movimiento anti santanista. Paredes, el padre del levantamiento armado, es descartado, madrugado, ignorado muy a pesar de sus airadas y enfurecidas protestas. Es el golpista golpeado. No alcanza a llegar desde Guadalajara para coronar su movimiento. Su proyecto aborta. Se desiste. No será el nuevo usurpador del poder. Santa Anna, alejado del centro de la política en el Bajío, se le contempla ya sólo como un mero oficial del ejército en plena decadencia. Un león sin colmillos, una víbora sin veneno, un águila con el pico mellado, sin vista y sin garras… Nada de nada.
¿Y Polk…? ¡Polk!, sí, ¡Polk…! Cuidado con Polk, ¡carajo…!
Escucha, escucha, tú, sí, tú, el de la voz impaciente: las tropas leales al veracruzano desertan. Cada mañana, al tocar a generala y formar filas, aparecen menos, como ya dije, muchos menos soldados bajo su mando. Huyen durante la noche. Se escapan a la primera oportunidad. Se va quedando solo. Se hunde. Desespera. Su sentimiento empieza a ser el de un presidente sin oficina, sin territorio y sin nación que gobernar ni ejército al que comandar. Sabe medir el peligro. Lo ventea como los lobos la sangre. Piensa por primera vez en la posibilidad del exilio. ¿Qué tal Cuba? Le han dicho que las mulatas hechas de corteza de ébano son maravillosas… Viajará con Lola, ¡ay!, Lola, Lolita, Lola…
Canalizo, el títere de Su Excelencia, se disminuye, se empequeñece y se desvanece ante la autoridad incontestable de Herrera. ¡Fuera! ¡Largo! Entrega la presidencia interina sin haberse disparado ni un solo tiro. Recibe todas las garantías de que no será lastimado… No tolera ver sangre, menos, mucho menos la suya, ni resiste el dolor físico… ¡Cuidado con él! No hay heridos, ni siquiera intercambio de insultos ni de amenazas en el nuevo golpe de Estado. ¡Dame el poder! Aquí está: ¡Tenlo! Todo arreglado. ¿Me puedo retirar? La «revolución» se consuma en tres
horas.[13] El nuevo presidente, José Joaquín de Herrera, asegura el arribo de la paz y de la concordia. Santa Anna se queda suspendido en el vacío, al igual que el propio Paredes.
¿Guerra? ¿Cuál guerra?, se pregunta Herrera. Aun cuando me llamen traidor y apóstata: nada tenemos que ganar en una guerra contra Estados Unidos, menos, mucho menos en las condiciones militares y financieras en que nos encontramos y sí, en efecto, tenemos mucho qué perder…
¿Y Tejas…?
Busquemos herramientas diferentes a las armas. Les aseguro que las hay. ¿Qué tal la diplomacia…?
El presidente Herrera sostiene largas conversaciones con los ministros de Francia e Inglaterra acreditados en México. Los dos le recomiendan reconocer a la República de Tejas con el aval diplomático de Europa. De lo contrario, Estados Unidos podría tratar de apropiarse también del norte de México y, tal vez, de todo el país. Tejas hará por lo pronto una especie de pared, una muralla, una barrera defensiva, para contener
los apetitos expansionistas de su vecino del norte, señor.[14]
«Nosotros, sus amigos europeos, ayudaríamos al fortalecimiento de la nueva República de tal manera que, al crecer nuestros intereses en ese país, un problema con Tejas, monsieur, sería un problema con Europa y todo ello no le conviene a nadie».
Ambos diplomáticos se cuidan de confesar sus auténticos intereses por Tejas: un importante mercado para sus bienes manufacturados, además de un excelente productor de algodón barato. He ahí la verdad oculta en su participación amistosa y neutral. En la realidad, de presentarse un evento apremiante, poco o nada podrían hacer para rescatar a Herrera de un grave problema con Estados Unidos, dadas la distancia, geográficamente hablando, la debilidad del gobierno mexicano y la creciente fortaleza militar del americano. Sacarían las castañas ardientes con la mano del gato… Usted haga esto o lo otro: si le sale bien lo compartimos, congratulations, y de lo contrario, pues a lamerse sólito las heridas como Dios, nuestro Señor, le dé a entender… monsieur.
—Tejas tiene el mismo derecho de independizarse como lo tuvo la Nueva España cuando se escindió de la corona española y Estados Unidos de la inglesa. ¿No lo cree usted? Acepte, por favor, la validez de ese argumento —aducen los europeos.
—Permítame tratar de refutar esa tesis —intercepta el presidente Herrera—. Tejas fue invadida deliberadamente por Estados Unidos ya antes de 1820, aprovechándose de nuestra incapacidad para poblar esos territorios tan inmensos como lejanos. Recurrieron a la vieja estrategia del presidente Jefferson consistente en poblar legal o ilegalmente la superficie apetecida, desarrollarla, armarla desde el punto de vista militar, exigir posteriormente, con cualquier pretexto, la escisión del país propietario a través de la figura de una República independiente y proceder más tarde a la anexión del estado a la Unión Americana, a través de una convención de piratas invasores. Crean un país artificialmente y luego se lo roban… No señores, ese no fue el caso ni de Estados Unidos ni mucho menos de la Nueva España después de tres siglos de dominación. Los yanquis llevan casi treinta años tratando de apoderarse de lo nuestro recurriendo a cuantas mañas y argucias delictivas se les ocurre.
Se redacta un primer borrador entre México y aquellas potencias europeas con el objetivo de reconocer la independencia del otrora departamento mexicano. Tejas está perdida, entiéndanlo. Con Tratados de Velasco o no, Tejas está perdida… De lo que se trata es de elegir la mejor opción para salvar al resto del país. No hay otras posibilidades: Una Tejas constituida como República independiente, respaldada por nosotros, o una Texas anexada a Estados Unidos con todas sus consecuencias e implicaciones futuras. ¡Escojan! ¿Quieren o no quieren una cuña entre México y Estados Unidos? ¿Es tan difícil para los mexicanos reconocer una realidad y apartarse de conceptos bizantinos relativos al honor y a la dignidad que sólo confunden en la toma de decisiones prácticas…?
El miedo al cambio paraliza a los mexicanos. El riesgo los petrifica. Que nada se mueva ni se altere. El dogmatismo en política, la cerrazón, la ceguera, la sordera, la negación temperamental e irreflexiva, hasta suicida, el fanatismo cimentado en principios intolerantes, compréndanlo por lo que más quieran, equivale a caminar a oscuras y caer de bruces en cuantas trampas nos coloquen nuestros adversarios… Pensemos. Analicemos. Veamos. Entendamos… ¿Cuál es el sentido de caer en un monólogo irracional?
¡No!
¿Y por qué no…?
¡Porque no debe ser!
¿Y por qué no debe ser?
Porque no debe ser… Porque no debe ser… Porque no debe ser…
¿Eso es diplomacia? ¿Eso es una negociación? ¿Eso es talentoso? Es tan sencillo manipular a un fanático que se sujeta de una tabla que ya no existe…
Ese diciembre de 1844, meses antes del destierro cubano, no lo olvidaría nunca Antonio López de Santa Anna. Jamás acto deleznable alguno había herido tanto su imagen histórica. Vándalos. Criminales de la Patria. Perdónalos Dios mío: no saben lo que hacen, pero por lo que más quieras y escúchame bien, yo muy pocas veces me atrevo a distraer Tu atención, hiérvelos vivos, cuece a la plebe, a mis adversarios en general, en el mismo aceite con el que le quemaron los pies al difunto Cuauhtémoc. Cúbrelos con mucha resina y caridad cristiana y haz arder como teas humanas a mis paisanos…
Concedidas todas las garantías constitucionales por parte del presidente Herrera, 32 de los diputados encabezados por Llaca marcharon por las calles de la ciudad para retomar simbólicamente la Cámara de representación popular. Su Excelencia ya era, en el Bajío, un presidente derrocado y un general sin ejército ni seguidores. Un cadáver político y militar insepulto. El populacho necesitado de aventura, sediento de venganza y diversión se fue sumando a la manifestación callejera de la reconciliación. Las voces de protesta y festejo integraban un improvisado coro que entonaba letanías de libertad.
«En el anonimato todos los mexicanos son muy valientes,» diría Santa Anna en el destierro cubano. “En grupo cualquiera mata e insulta, pero quiero verlos cara a cara en un duelo en Chapultepec, al amanecer, custodiados por sus padrinos.
¿Usted se ha batido a duelo en esas condiciones, Su Excelencia?
No, desde luego, pero quisiera verlos a ellos…
¡Ah!, bueno…
Masas delirantes y hartas del Benemérito, se sumaban a la manifestación improvisada por los legisladores. A muchos senadores los cargaron en hombros mientras gritaban: «¡Muera el tullido! ¡Viva el Congreso! ¡Con este Congreso, sí hay progreso!».
Bien pronto dejó de ser El Napoleón del Oeste, El Protector de la Nación, El César Mexicano, El Padre del Anáhuac, El Visible Instrumento de Dios, para convertirse de golpe en «El Espíritu del Diablo», «Demonio de Ambición y Discordia», «Una Acumulación de Vicios e Inconsistencias», el «Hombre malagradecido y desleal por excelencia», «¡Asqueroso bandido! ¡Despreciable e inmoral aspirante a dictador!», sentenciaban periódicos al igual que panfletos repartidos al azar en el centro de la ciudad.
Todo esto aconteció hasta que la turba llegó al Congreso. ¿Ahí concluiría el festejo? «¿Así, con tanta insignificancia se celebraba el derrocamiento de un pillo que por octava vez llegaba a la presidencia sólo para saquear las arcas de la nación y los bolsillos de los ciudadanos?». «¿Hasta aquí llega la fiesta que nos merecemos como pueblo explotado?». Paredes había tenido razón en su manifiesto: ¡Queremos cuentas de los sesenta millones de pesos gastados en los últimos dos años! ¡Fin a la especulación! ¡Reincorporar al Congreso sus libertades constitucionales!
De pronto el movimiento tomó inopinadamente otro curso. Imposible contenerlo. ¡Ay!, si Su Excelencia hubiera estado en la Ciudad de México para impedirlo… ¿Quién podía controlar una marejada integrada por ciudadanos sedientos de venganza, ebrios de libertad, de fiesta y de destrucción, necesitados de una reconciliación y deseosos de devolver al menos uno de los tantos golpes recibidos? México es un país ávido de justicia, escasamente la ha disfrutado en toda su intensidad durante su existencia y por ello cuando grita, mata, cuando advierte, ahorca y cuando canta se lamenta de su suerte.
Alguien clamó entonces hasta desgañitarse: ¡Vayamos a la Plaza del Volador y destruyamos la estatua del dictadoooorr!
La idea prendió como el fuego en un pajar. Era el 6 de diciembre de 1844, el mismo día en que el Congreso confirmó en la presidencia de la República a José Joaquín de Herrera, cuando la marea, una avalancha humana, invadió la histórica plaza ubicada a unas calles detrás de la catedral metropolitana. Lazaron, desde diferentes ángulos, la figura de bronce del César Mexicano. Sí, sí aquella donde Santa Anna aparecía de pie y apuntando con la mano derecha hacia el norte, hacia Tejas, la que reconquistaría después de sitiar y tomar la misión de El Álamo. Falso, mil veces falso que señalara la casa de moneda para atracarla tantas veces fuera necesario,
según decían los léperos. El pueblo es injusto en sus aseveraciones y sentencias.[15] La jalaron al unísono emitiendo sonidos salvajes y profiriendo todo género de insultos. La rechifla era mayúscula y generalizada. Las porras y las mentadas de madre se repetían las unas a las otras. ¡Cuánto placer produce observar la felicidad de un pueblo! Ni en la celebración de la independencia se despertaba tanto entusiasmo popular.
Cuando la cabeza del dictador dio contra el piso con un golpe seco, la muchedumbre se arremolinó entre furiosos empujones como si hubiera caído una piñata gigantesca del cielo. La escupían, la pateaban, bailaban alrededor del bronce inerte, arrancaban a taconazos adoquines de las calles para estrellarlos en la cabeza del otrora ídolo. El populacho se levantaba recíprocamente el brazo en señal de victoria. Uno de los léperos se orinó en la cara del Benemérito de Tampico y también de Veracruz, mientras lloraba de alegría y el resto de la gente reventaba en carcajadas. Los transeúntes se sumaban cautelosamente a la celebración no sin antes verificar la ausencia de la policía. De la misma manera que por superstición alguien tocaba reverencialmente el manto de la Virgen de Los Remedios para obtener su divina protección, así las personas golpeaban la escultura derrumbada con un zapatazo, con el cinturón, con el puño cerrado o simplemente se sentaban encima de ella como si desearan ser inmortalizados en un retrato, para cobrar su cuota de venganza. Yo también estuve ahí, yo lacé por el cuello a Santa Anna, yo me cagué en su boca…
De pronto la algarabía concluyó como acontece en una fiesta mexicana cuando se retiran los músicos con todo y tololoches, guitarrones, trompetas, violines y guitarras. ¿Hasta ahí la celebración por el derrocamiento del tirano? ¡Claro que no! Una voz perdida en la muchedumbre sugirió el paso y el rumbo a seguir.
—¡Vayamos al cementerio de Santa Paula y desenterremos la pinche pata del tullido!
La ejecución de la propuesta no se hizo esperar. La avalancha humana se dirigió entonces a gritos, verdaderamente enardecida, al panteón. Nadie podía impedirle el paso. Muy pocos estarían dispuestos a intentarlo. Entre la chusma eran de distinguirse varios exministros de Santa Anna, examigos, generales y políticos que le habían jurado lealtad frente al altar de la patria.
Recordemos: el 28 de septiembre de 1842, dos años antes del arrebato popular, el general-presidente había autorizado la exhumación de su pierna perdida lamentablemente en la Guerra de los Pasteles de 1838 para que fuera enterrada con todos los honores inherentes a un «héroe» en el cementerio de Santa Paula. El propio presidente, quien había aceptado la propuesta con su conocida humildad, encabezó en aquella ocasión la procesión solemne, mientras que la banda de artilleros, entre otras siete más, interpretaban marchas fúnebres en su desplazamiento por las calles de la Ciudad de México. Los restos de la pierna momificada de Antonio López, guardados en una caja de roble perfectamente barnizada y cubiertos por la bandera nacional, fueron conducidos, a paso marcial lento, de acuerdo a los tiempos monótonos dictados por tambores acompañados de fanfarrias, rumbo a la catedral metropolitana, donde se obsequiaría un Te Deum, una misa con todo el rigor de la liturgia católica, en honor de la extremidad perdida por el Benemérito de la Nación.
La vistosa ceremonia de 1842 continuó cuando la procesión siguió la marcha, en absoluto silencio, en dirección al panteón. Sólo se detenía en bocacalles y esquinas para escuchar sentidos rezos o las voces dolorosas de poetas, quienes declamaban versos para honrar y recordar la patriótica hazaña del Inmortal Caudillo. Un regimiento de caballería vestido con uniforme de gala, cascos de acero plateados, botas negras y guerrera roja con condecoraciones, bandas y listones multicolores, trotaba rítmicamente al frente, en tanto, un clarín hacía llamados recurrentes para recordar la severidad del imponente homenaje necrológico. Un nutrido grupo de selectos cadetes del Colegio Militar, con la bayoneta calada, custodiaban el pequeño catafalco, precedidos por importantes dignatarios de la jerarquía católica, del cuerpo diplomático acreditado en México, además de destacados representantes del Congreso y de los departamentos del país, quienes llegaron con el rostro contrito hasta el lugar mismo en que se inhumaría, dentro del más rígido protocolo, la pierna momificada del Salvador de la Patria. Para sellar el evento se construyó un impresionante cenotafio que inmortalizaría, de cara a las futuras generaciones, el gesto del héroe inmarcesible e impoluto.
Dos años después, la muchedumbre, en su desenfreno, tiró la reja que custodiaba el cementerio y se dirigió derribando esculturas fúnebres, lápidas, pequeños mausoleos, floreros colocados encima de urnas improvisadas, rompiendo sepulcros monumentales, veladoras, los pequeños pasillos flanqueados cuidadosamente con ladrillos, hasta llegar al cenotafio y acabar a marrazos con la capilla, mientras se escuchaban sonoros vivas, vítores y ovaciones. De golpe y como por arte de magia, aparecieron las sogas y las palas. Los gritos eran ensordecedores, impropios en un recinto en el que obligatoriamente se debería guardar compostura y respeto: «¡Que chiiiiingueee su madre el Quince Uuuuuñaaaaas…!». «¡Queee la chingueeeee…!», respondía festivamente a coro la mayoría de la chusma.
Así aconteció una y otra vez hasta que un grupo desenterró los restos de la pierna, convirtió en astillas la caja de maderas preciosas y, una vez que tuvieron a la tantas veces bendita extremidad del «Quince Uñas» en su poder, abandonando el cementerio, entre jalones y solicitudes y el tú ya la cargaste, me toca a mí, ahora es mi turno, pasa la pata, cabrón, la arrastraron por las calles, azotándola contra los faroles hasta romper por completo los huesos. El pueblo se desplazó después, movido por una inercia asesina, hasta el Teatro Santa Anna, recién inaugurado, para derribar las estatuas del dictador y destruir el nombre del foro. Acto seguido, derribaron tanto letrero y estatua encontraron a su paso ostentando el nombre o la figura del otrora Benemérito de la Patria.
De regreso en la Plaza del Volador, improvisaron una breve pira hasta que los restos de la pierna se convirtieron en cenizas mientras la chusma bailaba en pequeños saltos alrededor del fuego, en círculos rituales aztecas, moviendo los brazos, dirigiéndolos rítmicamente hacia el cielo y de inmediato al suelo, como si agradecieran a los dioses prehispánicos la ocasión de haberle permitido vengar tantas afrentas sufridas desde la primera noche en que sopló el viento. A la fecha sigo sin entender de dónde salieron los concheros, los tambores y los pequeños anafres para humear incienso y ocotes. Menos comprendo cómo aparecieron los penachos y las maracas hasta conformar una auténtica fiesta nacional. ¡La magia del pueblo, su sabiduría, su autenticidad, sus alcances!
No puedo dejar de consignar aquí mismo la impresión causada en Santa Anna cuando se le hizo saber la suerte de su amada pierna, perdida en defensa de la patria. Imposible evitarlo:
¡Compañeros de armas! Con orgullo pude soportar la mutilación de un
miembro importante de mi cuerpo, perdido gloriosamente al servicio de
nuestra tierra nativa tal y como algunos de ustedes fueron testigos; pero ese
orgullo se ha convertido en pena, tristeza y desesperación. Ustedes deberían
saber que esos restos mortales fueron violentamente extraídos de su urna
funeraria, que fue rota con el objetivo de extraer el miembro y arrastrarlo por
las calles para hacer un deporte con ellos… Sé de vuestra sorpresa y de
vuestra vergüenza; tenéis razón, estos excesos eran desconocidos entre
nosotros. ¡Amigos! Voy a dejarlos obedeciendo el destino. Allá en tierras
extranjeras me acordaré de ustedes. Sean ustedes siempre el soporte y
ornamento de nuestra nación. Dios sea con vosotros.[16]
Un paréntesis oportuno y necesario debe ser hecho aun cuando se interrumpa brevemente la narración. Mientras el populacho se arrebataba la pata del Benemérito y derribaba estatuas y esculturas y destruía a su paso, entusiasmado y vengativo, todo cuanto ostentara su imagen y su nombre; en tanto se ejecutaba en México otro golpe de Estado, la Casa Blanca no perdía tiempo y ganaba espacio, más aun cuando se supo que el gobernador Micheltorena de California, había sido derrocado, en diciembre de 1844, por unos «californios» nativos apoyados por «unos americanos» para instalar un gobierno autónomo. ¿Californios apoyados por unos americanos instalan un gobierno autónomo…? ¿Nuestro territorio mutilado por unos yanquis camuflados? O sea, ¿que no es sólo Tejas…? Bien, bien, continuemos peleando por la pata del César Mexicano. Sigamos caminando a paso firme y decidido en dirección del infierno.
Un editorial del London Times sostiene que Estados Unidos muy pronto dominará las partes del continente norteamericano que no sean defendidas por las fuerzas y con
la resolución de la Gran Bretaña.[17]
¿Y Santa Anna? El Benemérito ya se había movido de Querétaro y sabiendo perdida su situación, con muy escasas fuerzas, se preparaba a «atacar» disimuladamente Puebla apuntando hacia Veracruz, coqueteando con la idea del exilio. Dicen que las aguas tibias del Caribe cubano son revitalizadoras, ¿no…? Se reconocía en su interior más muerto que los muertos. Se le notificó que él y Canalizo habían sido destituidos por el Congreso y que tendría que responder por una serie de delitos, entre ellos el robo de la Casa de Moneda de Guanajuato, a lo que él replicó con su acostumbrada fanfarronería:
—Defenderé mis derechos constitucionales. Debo recordar que continúo siendo el presidente de la República. Cuento con 12,000 hombres y regresaré a la capital para
restaurar el orden y mi gobierno.[18] Mentira, otra mentira. Ya no era presidente, ni mucho menos contaba con doce mil hombres ni tenía el prestigio ni la autoridad para restaurar ningún orden.
Bien sabía Santa Anna que su suerte dependía de la audacia de sus enemigos. Se abstuvo discretamente de pelear contra Herrera ni contra nadie. Controló sabiamente su letal verborrea. Sólo tenía clavada la mirada en Veracruz, en el puerto, en el mar, en un bergantín que lo llevara lejos de la plebe, esos majaderos de todos los niveles de la sociedad que nunca comprendieron las dimensiones de mi benevolencia ni de mi talento ni de mi capacidad para gobernar este territorio tan rico y tan desperdiciado. ¡Ay de mí!: soy un incomprendido.
Ya pensaba en la retirada cuando aconteció un episodio que estuvo a punto de costarle la vida. Había perdido en tres meses a Inés, Inés, Inesita, su amada esposa; había sido derrocado por Herrera y en parte por Paredes, y había sabido de los ataques salvajes y bárbaros cometidos en contra de su bendita extremidad. ¿El castigo era suficiente…? ¡No! La vida le tenía reservada otra prueba, esta vez de muerte, para medir el temple del acero con el que estaba forjado.
Las deserciones se habían venido dando en temerario aumento. Imposible contenerlas. Santa Anna escribió al presidente Herrera pidiendo autorización para salir del país acompañado de algunos de sus leales para los que pidió benevolencia y respeto a sus galones y a sus salarios de tal manera que pudieran vivir dignamente en el exilio.
Su petición fue denegada. Tendría que enfrentar a la justicia por todas las tropelías cometidas, que ni eran pocas y por el contrario, ciertamente graves. Será usted juzgado por la ley. Herrera soñaba con la posibilidad de colgar a Santa Anna. ¿Sabe usted lo que es una ley, una norma, una disposición obligatoria y coactiva…?
Ante semejante respuesta, en la villa de Las Vigas se deshizo de los quinientos soldados que lo escoltaban y, rodeado escasamente de cinco personas, prescindió de una parte de indumentaria militar, colocándose un sombrero de paja al revés, además de un poncho para esconder la casaca. Así montaría a caballo hasta llegar a Veracruz y embarcarse rumbo a Cuba junto con Dolores, Lola, ¡ay!, Lola, Lolita, Lola…
Entre sus cinco acompañantes se distinguía particularmente uno: don Alejandro Atocha, un español naturalizado norteamericano, quien, de cierto tiempo atrás, había colaborado cerca de Santa Anna hasta convertirse en un hombre de sus confianzas. Atocha, como veremos, jugó un papel determinante en la gran conjura organizada para mutilar el inmenso territorio heredado de la Nueva España. El tiempo y sólo el tiempo ha permitido desempolvar a una de las figuras claves en la historia de México, uno de los protagonistas más destacados, cuyos alcances pocos, muy pocos investigadores han podido descubrir ni suponer. En páginas posteriores dedicaré espacio, tinta, papel, vergüenza, rabia y tiempo para ocuparme de este personaje siniestro, ciertamente ignorado por los mexicanos de todos los tiempos. Yo contaré toda su historia tal y como la viví.
Pero volvamos, volvamos a la escena de los hechos: aun cuando Santa Anna aceptó que El Encero no era un lugar seguro para él, dado que sería el primer lugar en donde lo buscarían, decidió encaminarse en esa dirección. Antes de llegar al pueblo de Xico, a tan sólo diez kilómetros de Jalapa, tal vez extraviado en plena serranía, se encontró repentinamente con un grupo de aborígenes, quienes le exigieron que se identificara. Revisiones rutinarias. Santa Anna dio, por supuesto, una identidad falsa y alegó ser buscador de minas. No era fácil en modo alguno descubrir su personalidad política camuflado como se encontraba, casi como campesino local.
Todo comenzó cuando alguno de los indígenas sospechó del color de la piel del presidente fugitivo y de sus manos escrupulosamente cuidadas, de su hablar tan educado y cuidadoso. Cuando le exigieron que se apeara apuntándole con siete mosquetes y un par de espadas, mientras que otros tantos tenían enfundadas sus armas, se descubrió la evidencia que los indios buscaban: la pata de palo.
—Por eso mesmamente le pidimos que desmontara. Qué buscador de minas ni qué madres, asté es el mesmísimo diablo de Santa Anna.
Sin recuperarse de la sorpresa echó mano de un recurso que consideraba infalible entre mexicanos.
—Está bien… Sí, efectivamente soy yo —aclaró sin perder la compostura—, y para que pueda continuar mi camino aquí les dejo estos dos mil pesos que les caerán del cielo…
—¿Dinero…? Ese nos lo ganamos ansina todas las noches asaltando caminos, presidentito, sólo que un gallito como asté no como quera cae en mi cazuela, ¿verdá compadritos…? —cuestionó el líder del grupo en busca de una aceptación en coro.
—¿Entonces qué carajos quieren? —preguntó el Benemérito perdiendo la paciencia mientras tiraba al suelo un sinnúmero de monedas de oro.
—Yo crio que lo que nuestra tropa quere es que lo cocinemos a asté como tamal
pa’ que deje de andar haciendo tantas chingaderas que se dice hace asté…[19]
—¿Cocinarme como tamal? ¿Sabes, pedazo de animal, que este país existe gracias a mí?
El jefe de los indios, Manuel Domínguez, un personaje muy conocido y reconocido en las montañas de Veracruz y Puebla, giró la cabeza al estilo de los pericos, poniéndola casi de perfil sin dejar de observar atentamente a Su Excelencia. No pestañeaba. Sin moverse ni retirar la mirada esquiva agregó imitando el lenguaje de los integrantes de ínfima jerarquía de su banda:
—¿Y quí es este pais? ¿Hasta dónde llega…?
—Llega hasta toda California, Tejas, Nuevo México y, al sur, Yucatán… — interceptó Santa Anna, sintiéndose salvado desde que había podido enhebrar un par de palabras con su pintoresco interlocutor, descalzo, chimuelo, sin afeitar de toda la vida, con costras de lodo en los pies, vestido de manta con el sombrero echado para atrás y apenas detenido por el mentón gracias al barbiquillo; pero eso sí: en ningún momento soltó el mango del machete.
—¡Ah…!, pos sí que ‘stá retegrandote, ¿no…?
—No sólo es grande —acotó Santa Anna—; también es rico…
—¡Traigan la lenia! —ordenó sin más el jefe dando por concluida la conversación.
—¿Pero estará loco? —tronó el Benemérito echándose para atrás, quitándose bruscamente el poncho y aventando el sombrero al piso. Exhibía su impresionante casaca bordada con hilos de oro. Desenfundó su pistola y encañonó a su secuestrador y victimario—. Usted lo ignora pero yo derroqué a Iturbide y gracias a ello extinguí el imperio; impulsé la República Federal, derroté a Barradas en Tampico para que nuestro país no volviera a ser colonia de España; defendí Veracruz de los franceses y obsequié a mi país con mi pierna a cambio de la gloria y la libertad de la Patria y ahora lucho contra la mutilación de México porque los yanquis nos quieren robar Tejas y usted me quiere cocinar como tamal —concluyó mientras blandía la pistola y con la mano izquierda desenvainaba su espada con incrustaciones de brillantes, esmeraldas y perlas de concha nácar.
—Con esa pistola sólo podrá chingarse a uno de nosotros, tal vez a me mesmo, si me dejo —repuso impertérrito el indígena—. Después los que queden lo cocinarán como tamal. Mijor ya ni le ande miniando y éntrele a la cazuela. ¡Encuérenlo!
—Por la gloria sea de Dios, deténganse. No puedo terminar mis días así —asentó a punto de arrodillarse en busca de piedad.
—Tú, Joel, traite las hojas de plátano macho más grandes qui encuentres. Tú Sebas, jálate por unos jarros y pídele a mi vieja que te preste el caldero más grandote qui tenga para hacer el puchero. Tú, Nachito y tú, Jelipe, junten harta lenia y ocotes porque pa’ cocer a este cabroncito nos vamos a llevar harto tiempo.
Cuando menos se dio cuenta, Santa Anna había sido desarmado e inmovilizado por la espalda, en tanto le hundían la cabeza en el piso de tierra para asfixiarlo. La mayoría se peleaba el derecho «de rajarle la barriga y sacarle las tripas como se pela a los pinches borregos pa’ la barbacoa».
—¿Le tuerzo el pescuezo como a las gallinas, jefe? ¿Se lo chispo?
¿Qué le salvó la vida a Su Excelencia? La repentina aparición de un sacerdote que intervino en el nombre sea de Dios, evitemos el salvajismo, hijos míos…
—Padrecito, pero eso del ojo por ojo y diente por diente qui ordenó el Siñor li viene al pelo a este cabrón.
—No hagamos justicia con nuestras manos. Si estoy aquí y alcancé a llegar a tiempo, es porque Dios me mandó para salvar la vida de uno de sus hijos antes de que ustedes lo cocinaran.
Santa Anna sonreía en silencio. Inclinaba la cabeza a modo de un beato que empieza a expiar sus culpas el día del Juicio Final.
El sacerdote tomó del brazo al acusado y entre todos se lo llevaron preso a Perote para que ahí se le sometiera a un juicio cristiano y civilizado. Su Excelencia vio entonces de reojo cómo Nachito y Jelipe llegaban con la leña y los ocotes. Al montar todavía alcanzó a ver a Joel, completamente frustrado, cuando tiraba al piso el caldero conteniendo el agua para cocinar… Pinche padrecito…
Una vez encarcelado en el Castillo de Perote, a partir de enero de 1845, pide papel y lápiz. Deseaba comunicarse con su familia. Es como concederle la última gracia a un condenado a muerte. Un acto de generosidad ante el caído. Déjenme escribir. Despedirme, al menos, de los míos, de mis seres queridos: por piedad… El César le había enviado una serie de cartas al presidente Herrera quejándose de la insalubridad de la cárcel, de los hedores que despedían las celdas y de los malos tratos recibidos, inaceptables en términos de su jerarquía. Déjenlo que se siga lamentando de su suerte. Hemos de ver colgado a este descarado bandido de un frondoso ahuehuete del bosque de Chapultepec. Concédanle lo solicitado, al fin, esas líneas serán las últimas que escribirá en su vida.
El texto que redacta el «Quince Uñas» no va dirigido a Dolores ni a sus hijos ni amigos, ni es un postrer mensaje de amor a los suyos en el que se despide para siempre ante la posibilidad de un inminente fusilamiento: recuérdenme con cariño, sépanse amados y queridos, pude equivocarme pero siempre actué de buena fe buscando el bienestar de ustedes y de la patria. Adiós, adiós, dueños de todos mis pensamientos… No, qué va. El Benemérito de la Patria, manda una misiva secreta,
con instrucciones muy precisas, a [20] Manning and Mackintosh , una compañía bancaria británica a la que ordena la transferencia de sus fondos personales a Cuba, de tal manera que al amparo de la bandera inglesa no pudieran ser confiscados, en ningún caso, por el gobierno mexicano, una cáfila de bandidos que desean quedarse por las malas con los ahorros obtenidos durante tantos años, producto innegable del sudor de su frente, el patrimonio sagrado de sus hijos, que paradójicamente coincidía con los desfalcos al tesoro público.
Comienza el juicio en contra del Benefactor. ¿Cargos? Haber atacado al gobierno emanado de las Bases Orgánicas y haber disuelto la asamblea departamental de Querétaro, entre otros tantos más. Herrera, conocido como «el presidente sin mancha,» porque nunca robó nada, no separa el dedo del expediente. Lee con lupa cada una de las resoluciones del tribunal en relación al proceso de ese miserable traidor. Cambia la guardia cíclicamente. Teme una fuga lograda con arreglo a sobornos. Conoce de sobra las mañas del inculpado. Las ratas siempre encuentran un agujero para huir o esconderse. Hubiera querido colgarlo al igual que lo deseó, en su momento, el presidente Guerrero, el compadre de Su Excelencia. Con qué placer hubiera dado personalmente Herrera las instrucciones a un pelotón de soldados para ejecutar a Santa Anna. En ese sentimiento coincidía con los deseos, también frustrados, de los deudos de El Álamo y de El Goliad, entre otros tantos más que desearon su muerte antes de que siguiera haciendo daño… Cuídenlo bien, huye con más facilidad que un roedor estercolero…