México mutilado
Primer capítulo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Cuando el exmandatario mexicano empezaba a presumir sus conocimientos de la ciudad de Washington, de pronto desvió la conversación para no recordar cuando Sam Houston lo apresó y lo envió encadenado, en su carácter de general-presidente de la República, a la capital de Estados Unidos. ¡Qué vergüenza aquella…! Nunca contaría cómo, estando preso y ostentando semejante personalidad política, fue remitido ante la presencia del presidente Jackson a la Casa Blanca. ¡Qué sano es olvidar!, ¿no?
—¿Piensa usted volver a México o ya se olvidará de todo y pasará sus últimos días en Cuba? —preguntó Atocha sin ocultar su acento español.
El mar se mostraba apacible. La navegación resultaba un placer en esas condiciones. Sólo ocasionalmente había que sujetarse de la barandilla. La brisa del mar humedecía el rostro, descansaba. Las largas inhalaciones de aire tropical eran tan inevitables como gratificantes. El ambiente se prestaba para enhebrar una buena conversación.
—Volveré a mi querida patria antes de lo que usted cree, querido amigo —repuso Santa Anna exhalando lentamente el humo de su puro veracruzano por la nariz y la boca—. Ahora bien, si debo expresarme con corrección, mejor le diría que nunca regresaré a menos que pidan a gritos mi retorno. Entiéndalo Atocha: soy como el opio, los mexicanos no saben vivir sin mí. Soy la esperanza, el único que los protege, los comprende, los defiende y los ordena. Soy el máximo juez, la máxima autoridad en caso de diferencias y conflictos domésticos o internacionales. No pueden entender su existencia sin mí. Y, por si fuera poco —concluyó con altivez moviendo curiosamente la cabeza como si le apretara el cuello de la guerrera—, los mexicanos tienen muy mala memoria y, la mayor parte de las ocasiones, aun teniéndola, no quieren acordarse de nada… Lo verá, es un problema de tiempo. Vendrán por mí. Eso lo podrá comprobar usted. Entonces yo pondré mis condiciones.
Por algo había regresado Santa Anna tantas veces al poder. Su Excelencia conocía a su gente mucho mejor que la palma de su mano. Este dominio de la sociedad le permitía jugar con ella y manipularla a su antojo. Se adelantaba a los acontecimientos con sorprendente certeza.
—¿Tiene usted algún mensaje para el presidente Polk? —cuestiona Atocha sin atreverse a replicar a Su Excelencia.
Santa Anna guardó un largo silencio. Enfocaba a la distancia cerrando prácticamente los ojos como si hubiera descubierto algún objeto en el horizonte marino.
—No por ahora —dijo mientras golpeaba delicadamente el puro contra el barandal para hacer caer la ceniza blanca—, vaya usted y entrevístese con él: más tarde tendremos tiempo para planear una estrategia en común. ¿Cuándo volverá, señor Atocha?
—Cuándo usted lo disponga, Su Excelencia…
—Es usted muy gentil. Sólo quiero saber sus planes.
—Volveré a Cuba y a México a finales del otoño. Los fríos de Norteamérica no me van muy bien.
Santa Anna permanece mudo. Tiene tiempo de sobra para madurar sus planes. Los tiene muy claros, sólo requieren más reposo. Los acuerdos secretos con el presidente de Estados Unidos exigen seriedad. No hay marcha atrás. Observa la presencia de hierbas y troncos flotando en el mar, señal inequívoca de la cercanía de la costa. Ordena sus ideas. Ningún lugar mejor que el mar para hacerlo. El Midway apenas se mueve. Concibe planes, los urde sin externarlos. Los masca. Es prematuro. En el exilio tendrá mucho tiempo para pensar. Resulta innecesaria cualquier precipitación. Distraídamente contempla a su interlocutor a contraluz en noche de plenilunio. Se recarga de espaldas al barandal de madera. Repasa el rostro de Atocha. Distingue con claridad la barba en forma de candado. Se asemeja, siempre lo pensó, a un aristócrata, un seboso burgués de la corte de Luis XIV. Sus modales le fascinan. En ocasiones, bien lo sabe Su Excelencia, lo ha imitado.
Alejandro Atocha parecía ser un elegante caballero extraído de las profundidades del Siglo de Oro español. Este hombre, ciertamente particular, obeso, de estatura media, quien aparecía siempre con un pañuelo bordado secándose el sudor del rostro, se distinguía invariablemente en las elegantes soirées del Castillo de Chapultepec por el trato exquisito que dispensaba a las mujeres cuando las saludaba al obsequiarles una pronunciada caravana, no sin antes desprenderse del ancho sombrero negro, con forma de tricornio, rematado con una gran pluma negra que, sostenido con la mano derecha, realizaba un largo viaje hacia las alturas, mientras la cabeza del incurable romántico se humillaba ante la regia figura de la dama en cuestión.
En tanto Santa Anna se aprestaba al desembarco en el malecón de La Habana, el general Rangel se levantaba en armas en México al grito de ¡Federación y Santa Anna! Rangel conoce la historia del Salvador de la Patria. Sabe que se sumó al derrocamiento de Iturbide y al del presidente Gómez Pedraza. No ignora que hizo abortar la Constitución federal de 1824 al grito de Centralismo o muerte y que le causó, le causa y por lo visto, le causará un gran daño a México y, sin embargo, se levanta en armas a favor de él proclamando un principio, el de la República Federal, que el propio dictador rechazó. Qué más dan los antecedentes y la historia, el hecho es que el expresidente no se acaba de exiliar y ya claman por su regreso. Ha renacido
antes de morir…”[35]
Mientras el Benemérito de Veracruz se adapta a las «penalidades» del destierro cubano habiendo ya recibido con la debida oportunidad la transferencia de fondos a través de Manning and Mackintosh y busca una señora residencia con vista al mar, cerca, muy cerca de las playas, y que tenga, eso sí, enormes ventanales desde los cuales pueda contemplar el esplendor del trópico y la majestuosidad del océano, en México, el deterioro político prosigue avasalladoramente en la segunda mitad de 1845. El presidente Herrera, amante de la paz, se había desgastado políticamente por haber tratado de llegar a un acuerdo digno e inteligente de cara a la anexión tejana. La posición de buena parte de la prensa nacional no se publicaba en mensajes encriptados: «Quien negocie la venta de Tejas será etiquetado como corrupto, vendepatrias y traficante de lo sagrado».
El devastador terremoto del mes de abril de ese mismo año lo había tomado como un indicio de la presencia de la adversidad durante su gobierno. Hasta la naturaleza está en mi contra. Los hechos, invariablemente tercos, se ocuparían de confirmarlo. Dos meses después, en el mes de junio, se frustraría un golpe de Estado orquestado en contra del propio Herrera por Valentín Gómez Farías en el Café del Cazador, en el Portal de Mercaderes, acompañado por Lafragua, Olaguíbel y Canalizo. Como siempre sucedía, el castigo ejemplar para quien había atentado en contra de las instituciones nacionales consistió en el otorgamiento del cargo de senador de la República. En lugar de un sitio de honor en el paredón, de acuerdo a la gravedad del delito cometido, le conceden una curul como representante popular. Los mexicanos no resolvemos nuestras diferencias apoyándonos en la ley, sino recurriendo a componendas clandestinas. Esta vez don Valentín había fallado: ya mediríamos en la segunda ocasión, el año siguiente, a mediados de 1846, su capacidad de aprendizaje en relación a su propia experiencia.
Aquella advertencia, tantas veces repetida, de que México debía declarar la guerra en el momento mismo en que el presidente de Estados Unidos firmara el acta de admisión de Tejas a la Unión Americana, no se había cumplido. Si el gobierno encabezado por Herrera se niega a defender la soberanía nacional, debe ser derrocado. Nuestro país, insisten, no podrá comprar la paz en contra de los bárbaros del norte a otro precio que no sea el de su sangre. La derrota y la muerte en las márgenes del Río Sabina serían gloriosas, pero infame y execrable la paz firmada en el palacio de México.
El día 8 de agosto se amotinan, esta vez, las fuerzas del general Filisola en El Peñasco. Un nuevo conato de golpe de Estado. El segundo en tan sólo dos meses. Los entendedores lo contemplan como el antecedente del futuro levantamiento de Mariano Paredes, el golpeador, golpeado, el madrugador, madrugado por el propio Herrera, quien esta vez reconoce la fortaleza del movimiento en su contra. El piso tiembla. La estampida de caballos se escucha. Un nuevo levantamiento armado, ésta vez definitivo, se presiente. Los resentimientos crecen. Las heridas no habían cicatrizado. Cuidado con los resentidos, son traidores y alevosos por naturaleza. La sed de poder y de venganza se desbordan. La tropa, sepultada como siempre en el hambre, sería difícil de motivar. Los sueldos no llegan a los bolsillos de los soldados ni el rancho a sus estómagos igualmente vacíos. Filisola fracasa.
En el caso de Tejas, Herrera sueña todavía en una solución negociada. Mientras maniobra diplomáticamente para acordar un precio por Tejas y busca resolver el conflicto militar de forma pacífica, razonable y honorable, simultáneamente intenta hacerse de quince millones de pesos a través de préstamos destinados al financiamiento de una probable confrontación armada, por demás, nada deseable. Se dirige a la iglesia católica en busca de apoyo. Los mexicanos debemos unirnos en la adversidad sin detenernos a evaluar nuestras diferencias religiosas, políticas, sociales o económicas. ¿La sola amenaza de guerra no constituye una razón mucho más que válida para convocar a la suma de esfuerzos con un solo interés llamado México? La prensa libre toma su partido al lado de la guerra. Nadie confisca sus tipos ni sus planchas ni clausura sus instalaciones ni aprehende a sus operadores. Existen todavía las garantías ciudadanas, la libertad de expresión, de movimientos, de asociación muy a pesar de la contingencia política y cívica.
Finalmente, el 14 de septiembre de 1845, el Congreso concede formalmente a Herrera la investidura de presidente de la República. El día 16 jura solemnemente el cargo. México se da el tiempo necesario para elegir a sus presidentes. Mientras la Isla de Sacrificios, en Veracruz, es rodeada por barcos de guerra yanquis, violando cualquier norma elemental de derecho internacional. El nuevo jefe constitucional de la nación insiste con notable lucidez: México no cometerá un acto de guerra que le conceda a Estados Unidos derechos de conquista. ¿Hasta dónde puede exigir Estados Unidos derechos de conquista? Tal vez todo México les sería insuficiente para cobrárselo a título de indemnización.
Polk se sentirá descubierto. Su plan es precisamente ése, sí, sí, ése, el de declarar en última instancia una guerra a México para que, una vez derrotado este país ciertamente indefenso y empobrecido, pueda ejercer su derecho de conquista al extremo de hacerse, ya no se diga de Tejas, esa ya se la habían apropiado por sofisticados métodos civilizados, sino de las Californias, Nuevo México y Yucatán, además de otros territorios norteños.
Herrera conoce a sus adversarios. No caeremos en la trampa. No descalabraremos a un marino yanqui de los que están a bordo de sus fragatas en Veracruz para que, con esa razón, esa estúpida excusa o justificación pueril, intenten apoderarse de todo lo nuestro. Si esa es su intención que la exhiban, que sean honestos y que nos asalten al estilo de los ladrones callejeros con una pistola en la mano a cambio de no privarnos de la vida. Fuera disfraces: ¡Esto es un robo! Sí, sí, que muestren quiénes son y de qué son capaces para que el mundo entero y la historia los condenen. ¿Ese es el nivel de ética que aprenden en sus templos calvinistas? ¿Ese es su concepto de la moral? ¿Ese es el respeto que dispensan a sus vecinos? ¡Róbennos! Asáltennos, como haría cualquier bandido en plena vía pública: nosotros, los mexicanos, no daremos el primer paso ni facilitamos la excusa para la extorsión y el hurto. No, no lo haremos, no, no…
Para muchos mexicanos la guerra debería ser una cruzada contra los infieles norteamericanos, malvados invasores movidos por un solo deseo: destruir la única y verdadera religión, la católica, la apostólica y romana. Si Estados Unidos llegara a derrotar a México, los calvinistas impondrían su odiosa doctrina material apartada de la piedad, de la caridad y de la bondad.
El clero español aconseja al mexicano: «Si la iglesia calvinista se llega a implantar en vuestro país por la fuerza de las armas norteamericanas, dicho triunfo se traducirá en una ruina católica total». ¡Adiós a los escasos diezmos y a otros jugosos ingresos que aún recaudáis! ¡Adiós a todo vuestro patrimonio, el que custodiáis a nombre y en representación del Señor! ¡Adiós a la unidad indisoluble entre la iglesia y el Estado, ellos pedirán la separación con todas sus consecuencias…! ¡Adiós al privilegio de ser la única religión obligatoria, los calvinistas aceptan la efectiva libertad de cultos, un horror, hermanos nuestros, una barbaridad, un atentado divino…! Además perderéis el derecho a vender bulas, a acumular bienes raíces, a cobrar rentas, a enajenar indulgencias plenarias o parciales, a financiar todo género de proyectos a través de vuestros juzgados de capellanías, bancos e hipotecarias disfrazados. Ya no podréis tener bienes de ninguna naturaleza ni podréis educar a los chicos en nuestras escuelas y universidades para garantizarnos su lealtad en el futuro, ni recibiréis limosnas salvo que las exhibáis y publiquéis en las puertas de vuestros templos, tendréis que declararlas… Ya no recibiréis tierras por donaciones ni venderéis terrenos ni casas ni contaréis con policías secretas ni cárceles clandestinas ni con ejércitos a vuestra disposición. Estos calvinistas, hijos míos, son una mierda: por algo los habrán largado, siglos atrás, de Inglaterra.
Escuchadme bien, hermanos: si los calvinistas pueden contraer nupcias y tener descendencia, es claro que las esposas y los hijos heredarán el patrimonio de los pastores y, de esta suerte, asistiremos al empobrecimiento de nuestra madre iglesia. No lo consintáis. No podéis aceptar una liberalidad tan monstruosa.
Una de las razones de la subsistencia del celibato católico, durante siglos, radica en la justa preservación de los bienes eclesiásticos en manos exclusivas del santo rebaño del Señor… Jamás mortales ajenos podrán beneficiarse ni disfrutar del acervo Divino. ¡Cuidadlo!, se ha derramado mucha sangre por defenderlo. Acordaros que nosotros sólo le rendimos cuentas a Dios y al Vaticano…
Mirad, mirad lo que osaron publicar los calvinistas, malditos envidiosos, en el Daily Union: «La absorción de México por Estados Unidos es inaplazable e inevitable: la realización religiosa de nuestra gloriosa misión nacional, bajo la guía de la Providencia Divina, para así poder civilizar, cristianizar y levantar de la anarquía y degradación a un pueblo de lo más ignorante, indolente, malvado y desgraciado: el
pueblo de México.»[36]
Para alcanzar sus propósitos redentores no dudéis que los calvinistas habrán de recurrir a la política, a la diplomacia, a la presión, al chantaje, al soborno, al asesinato, a la mentira y al embuste, al engaño, a la intriga, a la conspiración y finalmente a la guerra. Deberéis resistiros a la guerra porque de perderla, como sin duda la perderéis, ello conllevará vuestra ruina material con los consecuentes daños a los bienes del Señor…
La misiva concluía así: «México debe invadir a Estados Unidos a la brevedad para implantar a sangre y fuego la santísima religión católica, apostólica y
romana.»[37]
El presidente Herrera sabía de los movimientos navales en el Golfo de México, de los desplazamientos militares realizados al sur del Río Sabina, la frontera legal con Tejas, así como los conducidos en secreto a través de California y Nuevo México. Conocía, no adivinaba, las intenciones de los yanquis. Éstas eran claras y evidentes. Imposible olvidar el derrocamiento de Micheltorena, el gobernador de la Alta California, en diciembre de 1844. Las agresiones abiertas, lacerantes, ya no sólo las amenazas estaban ahí, sobre la mesa, sólo que para enfrentarlas carecía de lo más elemental.
Esa noche el presidente cayó en un profundo pesimismo, se sintió solo, perdido, al terminar la lectura de un editorial publicado en el periódico Siglo XIX, uno de los medios más influyentes, en el que escribían Guillermo Prieto, Mariano Otero, Francisco Zarco, Ignacio Ramírez y Lucas Alamán, entre otros tantos más. Las conclusiones resumían una buena parte del sentir de la sociedad que él gobernaba. ¿A dónde voy, se dijo resignado, con un país que siente pero no piensa? El mexicano resuelve sus diferencias con el corazón o con el hígado, pero nunca con la cabeza. Los diarios El Católico, El Monitor Constitucional Republicano, El Patriota Mexicano y El Mexicano, cualquiera de ellos pudo incluir en sus páginas el contenido suicida, según él, del siguiente texto:
No hay espíritu público o sentimiento de nacionalidad entre todos
nosotros. La ausencia de justicia ha conducido a la desmoralización, a la
desaparición del patriotismo y a la apatía. La guerra nos servirá como
cohesión social, una amalgama, el sagrado estandarte de la guerra que
finalmente nos unirá. Basta de odios, resentimientos y ambiciones personales:
todo lo que importa es México. La confrontación con Estados Unidos animará
el espíritu nacional abatido y casi extinguido. La guerra será finalmente fusión
y concierto como ha acontecido en otros países, que se entrelazaron
fraternalmente para siempre ante un poderoso enemigo común. El despojo y
la invasión nos sacarán del letargo. La guerra contendrá el expansionismo
americano, cimentará la paz interior, nos unirá para siempre y facilitará el
arribo del orden y el respeto al final de la contienda. ¿Acaso fue un
desperdicio la Guerra de Independencia…?
Honremos a nuestros muertos. Si pudimos contra España y Francia
podremos contra Estados Unidos. Saquemos una buena experiencia. ¿No
perdimos contra los españoles porque estábamos divididos tlaxcaltecas y
aztecas? Unámonos. Que los ricos cooperen con sus capitales y los pobres con
su sangre. Interpretemos cantos, poemas marciales y corridos. ¡Que vuelvan
los desterrados! Hasta las mujeres, disfrazadas de soldados, los cojos y
mutilados deben ir a la defensa de la patria. Es la hora del patriotismo fecundo
y creador. Saldremos airosos de la encrucijada. Todo ejemplo nos será útil.
Bienvenidos los políticos arrogantes e intransigentes, ávidos de medir el
coraje patrio a través de las armas. Neguémonos a cualquier acuerdo pacífico.
¡Démosle una lección a los yanquis!
Polk, por su parte, decide abrir una opción largamente meditada en la soledad de su oficina. Moverá el alfil llamado Taylor. Muy pronto le pedirá desplazarse de Corpus Christi hasta el mismísimo Río Bravo. A su juicio, debe internarse en el territorio mexicano, provocar agresivamente a sus vecinos del sur, unas veces impulsivos, otras tantas, angustiosamente lentos en sus respuestas. De esta invasión abierta al territorio mexicano, el presidente espera que se desprenda finalmente un acto de guerra. «Tienen que morder el anzuelo». Al mismo tiempo cambia sus instrucciones dadas al comodoro Stockton para que zarpe a bordo del Congress, rumbo al Pacífico, con el objetivo de tomar California y entrar en combate en el momento adecuado.
«La religión de Polk era la política y su iglesia, el Partido Demócrata». El nuevo presidente vivía veinticuatro horas al día su alta responsabilidad oficial. No se permitía tener distracciones ni practicaba ejercicio alguno salvo sus paseos por la noche y la mañana. Su tiempo, según deja constancia en su diario personal, era ocupado en su totalidad por sus deberes oficiales. La confinación en su oficina era constante e incesante en cualquier hora de la larga jornada de trabajo. Fue precisamente durante uno de esos momentos de soledad cuando decidió abrir otra vía, la diplomática, la del verbo y la palabra adecuada además de la militar, con México. Mientras prepara la invasión a gran escala, el presidente busca en su repertorio de funcionarios de confianza al más apto, para enviarlo a adquirir de «buena fe» los territorios de California y Nuevo México. Escogería con pinzas a ese hombre. Su misión era tan secreta como delicada.
Es agosto de 1845. Han transcurrido seis meses des de el inicio de la nueva administración demócrata. A pesar de que Poinsett, el perverso exembajador de Estados Unidos en México lo había desaconsejado, Polk decide mandar a su ministro plenipotenciario a la Ciudad de México, ya con una oferta en firme para tratar de comprar, todavía «civilizadamente», California y Nuevo México. Plenipotenciario o no, México no lo recibirá porque no hay relaciones entre ambos países. Muy bien: en ese caso Taylor se moverá hasta los mismos baños de Moctezuma al pie del Castillo de Chapultepec y será el futuro presidente, gobernador militar de México. «Los mexicanos y sólo los mexicanos serán los únicos responsables de que nos hayamos visto obligados a robarlos». Nos apoderaremos por las buenas o por las malas de lo que estaba reservado para nosotros, según lo ha dispuesto la Divina Providencia…
Una de esas tardes lluviosas de octubre de 1845 Polk recibe en la Casa Blanca a John Slidell para darle instrucciones verbales precisas que el ahora ministro tampoco podrá anotar. Hablan, desde luego, de las relaciones con México. ¡Memorízalas, John, nunca escribas ni dejes huellas ni rastros de tu actuación secreta! ¡Tú mismo te estarás cerrando la única puerta de salida! Vacía en un diario personal tu propio concepto de la verdad por aquello de los historiadores mercenarios…
En aquella ocasión tomaron té y galletas de jengibre, las favoritas de Sarah Childress, la esposa del presidente, una mujer comprometida y resignada a no ejercer nunca la maternidad, dado que su marido había quedado estéril desde su juventud a raíz de una enfermedad. Ella invertía buena parte de su tiempo en la cocina y en la decoración de la residencia oficial norteamericana. Tan era así, que muy pronto se mudarían a un hotel, mientras que ella remozaba la mansión presidencial. Su deseo consistía en adecuar la Casa Blanca lo más posible a su diseño original antes de su destrucción durante la guerra contra Inglaterra en 1812.
El ministro Slidell escuchaba con gran atención las palabras del jefe de Estado mientras tomaba un pequeño sorbo de té y se secaba las comisuras de los labios con una servilleta blanca, bordada en Brujas, Bélgica, exageradamente almidonada. El diplomático no perdía detalle de la conversación. En un momento de la charla Polk precisó:
—Ofrecerá usted treinta millones al presidente Herrera por los territorios existentes entre el Nueces y el Bravo, además de Nuevo México y California. ¡La idea es llegar hasta el Pacífico! —ordenó Polk en tanto se ajustaba el chaleco de su traje negro—. Recuerde que hay poca diferencia entre un mexicano y uno de nuestros indios: una diplomacia seria y respetuosa debe quedar descartada.
Como la comparación entre mexicanos e indios le era irrelevante, Slidell estuvo a punto de corregir al presidente cuando se refirió al espacio entre el Nueces y el Bravo… ¿No nos estamos exhibiendo, señor, al tratar de comprar a nuestros vecinos del sur una extensión que nosotros mismos ya reconocimos como nuestra? ¡Es una gran torpeza…! Sin embargo, Slidell prefirió guardar silencio. No podía contradecir a quien lo había «perdonado» después de votar ilegalmente en diferentes casillas de diversos condados a favor del propio Polk, cuando sólo podía haber sufragado en una sola de ellas. La acusación por la comisión de un fraude electoral federal hubiera tenido serias repercusiones en su carrera política, mismas que Polk supo y pudo evitarle. Ese era el perfil del hombre que representaría los intereses yanquis en México… Se tenía asegurada su lealtad.
La discreción, una virtud elemental en un diplomático, evitó una mirada acerada, ácida y violenta del presidente.
—¿Está claro?, John —preguntó el jefe de la Casa Blanca ante el silencio y la abstracción de su subordinado.
Slidell ya no sólo pensaba en el área entre el Nueces y el Bravo, eso era una insignificancia de cara a la revelación de los verdaderos planes de Polk relativos a la adquisición de Nuevo México y California.
—¿Hasta el Pacífico? —preguntó en voz alta.
Era evidente que una indemnización por Tejas era inútil porque esa ex República ya formaba parte de la Unión. Tontos, muy tontos habían sido los mexicanos por haber perdido ese riquísimo territorio sin haber obtenido millones de dólares a cambio, tal y como fue el caso de la Francia napoleónica y la España de Fernando VII. Ellos sí cobraron. Los mexicanos no, nada. Allá ellos. Eso me da una idea clara de los niveles y calidad de mis futuros interlocutores. Ya veremos si ahora pierden California y Nuevo México sin cobrar igualmente ni un dólar de los que les ofreceremos…
—John —adujo el presidente con exagerada sobriedad—, lo siento disperso la tarde de hoy.
—Por supuesto que no señor —corrigió de inmediato Slidell—; únicamente basculo mis posibilidades para llegar a un rápido acuerdo con México.
—De eso se trata, señor embajador. Yo no deseo una guerra. Mi deseo consiste en anexar esos territorios a la Unión Americana y a cambio de ello, pagar los dichos treinta millones. Sólo que los mexicanos son inentendibles y en lugar de quedarse con el dinero y reconstruir su país y su economía, por lo visto están dispuestos a ir a la guerra con tal de no perder unos territorios que han estado abandonados por siglos y que ellos jamás podrán poblar ni explotar talentosamente. ¿Por qué no llegar a un acuerdo comercial conveniente para ambas partes en relación a California y Nuevo México? ¿Desearán que se repita lo de Tejas o preferirán que les arrebatemos por la fuerza lo que Dios ha dispuesto que sea nuestro para trabajarlo convenientemente? Aceptémoslo —concluyó pensativo—: son bichos raros que no se mueven por dinero pero, eso sí, son capaces de venderle su alma al diablo a cambio de un soborno.
Slidell volvió a guardar silencio cuando Polk sentenció que esos territorios le correspondían a Estados Unidos. ¿Quedaría como un tonto que piensa y no habla? ¿Así serán los diplomáticos? Para no caer en los extremos y exponerse a una remoción antes de levar anclas rumbo a Veracruz, el embajador apuntó:
—Mucho me temo señor presidente, por los informes que tengo —mordió una galleta—, que si México vendiera California y Nuevo México, objetivo por el que pelearé con toda mi voluntad y mi talento, esos dineros, en la tesorería nacional, serían entendidos como un riquísimo botín por políticos y militarotes y al poco rato se matarían entre ellos mismos como borrachos que se disputan furiosos, entre empujones y manazos, a una mujerzuela en las puertas de un burdel.
Polk iba a sonreír ante la actitud jovial de su subordinado pero prefirió continuar con la conversación haciendo una mueca de aceptación.
—Debo mencionar —advirtió el jefe de Estado en tanto se servía té de una delicada jarra de plata— que un tal general Arista se está acercando amenazadoramente al Río Bravo con una fuerza de tres mil hombres…
—¡Por supuesto que va con la clara intención de atacar a Zachary Taylor y a nuestros muchachos!
—No tendría la menor duda de ello, señor…
—Pues escúcheme bien —advirtió Polk, enarcando las cejas—: si el tal general Arista llegara a cruzar el Rio Bravo internándose en Tejas, esta actitud sería entendida por mi gobierno como una intervención armada con todas sus
consecuencias.[38]
Pero si cruzan el Bravo todavía estarán en territorio mexicano, tan lo estarán, que yo mismo iré a comprárselos por las buenas o por las malas, pensó en escrupuloso silencio Slidell. ¿Cómo declararle la guerra a un país por entrar a su propio territorio, según los tratados y convenios internacionales? Nos condenaremos en el mundo como unos salvajes, reflexionó sin emitir voz alguna.
—Tendremos que sacarlos a cañonazos del territorio tejano, señor —adujo un Slidell absolutamente hipócrita—. Ahora bien, si el gobierno mexicano no me recibe por no haber relaciones entre ambos países y ni siquiera llego a plantear mi encomienda, señor presidente, ¿cuál será el paso a seguir? —cuestionó el diplomático sin apartar la mirada del rostro del presidente.
—México suspendió el pago convenido en relación a las reclamaciones hechas
por compatriotas nuestros. De hecho ya lleva casi tres años sin pagar.[39] Dicha suspensión sería una buena causal para declarar la guerra. Nosotros tendremos más justificaciones, muchas más que cuando los franceses declararon la Guerra de los Pasteles —exclamó el presidente dejando constancia de que había estudiado todas las alternativas posibles—. Nosotros no iremos a un conflicto armado en contra de México porque no le pagaron unas cuentas a un pastelero norteamericano. No somos tan absurdos ni cínicos.
Por la mente de Slidell pasó el hecho de cuando Michigan, Arkansas y Florida suspendieron los pagos de los bonos que habían vendido a inversionistas europeos y, sin embargo, Europa no le había declarado la guerra a Estados Unidos, a pesar de tratarse de más de 200 millones de dólares, una cantidad irrisoriamente superior a la adeudada por México, misma que no rebasaba los dos millones muy a pesar de las aberraciones y abusos con las que había sido inflada la cifra final. El uso de ese argumentó causaría un efecto similar al de escupirle en pleno rostro al presidente de los Estados Unidos. ¿Por qué lo asaltaban semejantes ideas suicidas cuando lo distinguían con un cargo tan trascendente? Sudaba con tan sólo pensar en una traición de su mente, una indiscreción imperdonable… ¡Qué barbaridad!
—La declaración de guerra por incumplimiento de acuerdos —agregó Slidell aclarando la garganta—; sería un caso extremo ciertamente indeseable —afirmó ufano—. Tal vez me gustaría que me instruyera en el límite de los ofrecimientos monetarios que puedo hacer a cambio de tierras, los techos a los que puedo llegar, señor, para cerrar las operaciones en caso de que me reciban Herrera o Cuevas o el títere o caudillo que ocupe el cargo cuando yo llegue.
—En efecto —repuso Polk disfrutando inmensamente la conversación—, por correr la frontera hasta el Río Bravo, así como la mitad de Nuevo México, Estados Unidos asumiría todas las reclamaciones de norteamericanos en contra de México. Liberaremos a los mexicanos de cualquier adeudo. Ahora bien —el presidente se frotaba las manos sin retirar la vista del fuego de la chimenea—, por correr la frontera, incluyendo todo Nuevo México, les pagaremos cinco millones de dólares — el jefe de la Casa Blanca no parpadeaba—. En lo relativo a California, por hacerlo hasta la Bahía de San Francisco les corresponderían veinte millones y si la línea fronteriza se logra correr hasta Monterey, entonces les liquidaremos hasta 25
millones.[40] Ahí tiene usted, señor embajador, completa su lista de compra — concluyó Polk con un aire de simpatía.
En noviembre de 1845, el presidente Herrera le ordena al general Paredes, el eterno insurrecto, amante del poder y escéptico de las instituciones nacionales, tal y como se demostrará más adelante, salir ahora sí en dirección del Río Bravo para enfrentar la invasión norteamericana capitaneada por Taylor. Herrera abriga todo género de dudas respecto a la lealtad de su distinguido milite. Es la hora de que éste defina su posición política. ¿Está usted o no, con México y su gobierno? ¡Decídase! La patria, mi general, está a punto de ser intervenida militarmente por una potencia extranjera, encabece las fuerzas armadas a su disposición en aquella localidad, súmese a las huestes de Arista, empuñe vigorosamente la espada y salga usted al grito de que Estados Unidos sólo vencerá a México cuando el último de nuestros compatriotas se encuentre muerto en un charco de sangre. ¿Entendido? Cumpla con su juramento castrense. No se trata de atacar, entiéndalo, sino de defender nuestra integridad territorial y la vida y posesiones de nuestros paisanos. Espante a los yanquis hasta que regresen más atrás del Río Sabina. Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad. Vivan, vivan, vivan…
¿Cuál fue la respuesta, la misma respuesta de siempre, que se obtuvo de este ínclito militar? En lugar de orientar las baterías, la caballería y la infantería hacia el norte, volvió a apuntarla en dirección ya no de Santa Anna, aquel padecía los «horrores» del destierro cubano varios meses atrás, no que va, esta vez, con el país invadido, concentró su fuerza bruta en el derrocamiento del presidente Herrera, recientemente confirmado en el cargo.
¿No tenía usted instrucciones precisas de partir hacia el Río Bravo? ¿Y la invasión norteamericana? ¿Y la patria? ¿Y nuestro patrimonio público y privado y las vidas de los nacionales?
¡A callar! Estoy harto de preguntitas. Si Taylor está o no frente a Matamoros invadiendo abiertamente nuestro país, posteriormente habrá tiempo de ajustar cuentas con él. «Mientras tanto», derrocaré a Herrera antes de que venda medio país a Estados Unidos.
¿Qué significa el «mientras tanto,» mi general? ¿Teme que también lo derroquen como a otros tantos?
No, esa no es mi preocupación, a mí sí me respetarán: si digo «mientras tanto» es debido a que al llegar yo a la presidencia de la República traeré a un gobernante de la realeza europea a regir los destinos de México. Nosotros somos incapaces de autogobernarnos… No sabemos administrar la cosa pública. Nos estamos desintegrando por incompetentes. No logramos ponernos de acuerdo ni en la estructura ni en las reglas para gobernar un país. ¡Aceptémoslo! Vamos hacia un despeñadero… Además, una cosa es que me ataquen a mí y me derroquen los yanquis como presidente y otra, muy distinta, es que traten de deponer a un emperador europeo. De esta suerte el problema no será sólo con México, sino con una potencia europea y, llegado el caso, con una poderosa alianza de potencias europeas. Quiero el poder, sí, pero para entregárselo a un monarca extranjero…
¿Qué… qué…? ¿Dijo acaso que derrocará al presidente Herrera pero no para sucederlo en el cargo, sino para importar a un príncipe europeo, a quien usted, a su vez, le heredará los mandos de la nación y esto mientras los malditos yanquis de mierda avanzan por el norte de México…?
En efecto. Primero haré que me nombren presidente de la República. Después veré la forma de que nos gobierne un europeo. Nosotros solos nos hundiremos irremediablemente. Ni estamos listos para la democracia ni deseamos la tiranía absoluta y ya fracasamos con el imperio de Iturbide, con el Federalismo y con el Centralismo. En el virreinato, administrado con manos europeas, hubo estabilidad: ¡busquémosla!
Claro que en ese momento Paredes no estaba dispuesto a reconocer sus conversaciones secretas con Salvador Bermúdez de Castro, ministro de España en México desde 1844, con quien había negociado el arribo de un príncipe de aquel país
para encabezar una monarquía constitucional hereditaria.[41] El sublevado calla que, en un despacho de octubre 31 de 1845, el gobierno español había aprobado la propuesta y había ordenado el envío de dos barcos de guerra a Cuba para apoyar a los sublevados… Omite, desde luego, que España también había depositado dos millones de reales en Cuba para gastos generales. Con el golpe de Estado, Paredes preparaba el acceso de un monarca español para presidir el gobierno mexicano. ¿Quién lo sabía? Sólo Lucas Alamán, el cómplice, y yo, porque podíamos leer la correspondencia entre Bermúdez de Castro y el Ministerio de Asuntos Extranjeros de España. México volvería a ser la joya de la corona española.
Ante Josefa Cortés, su esposa, Mariano Paredes Arrillaga justifica sus intenciones de instalar en México una monarquía europea. La expresión lo define de cuerpo entero:
Nosotros, los mexicanos, somos incapaces de autogobernarnos, no nos
respetamos los unos a los otros ni confiamos en nuestras autoridades ni en
nuestros representantes populares ni en la prensa ni en ninguno de los poderes
de la República ni menos, mucho menos, en la ley. Ya hemos visto y
comprobado que después de un derrocamiento viene otro y otro más y, de esta
suerte, es imposible construir un país donde falta el ingrediente fundamental
de la estabilidad. De ahí que sea imperativa la llegada de un príncipe español,
que, conociendo nuestras tradiciones y costumbres, sepa imponer el orden,
objetivo en el que hemos fracasado desde los años de la independencia y del
que se han aprovechado los extranjeros. Un nuevo golpe de Estado orientado
a proveer a este país de una monarquía, siempre será justificado.
Ella confiesa públicamente que «Mariano no quiere ir a Palacio. Desde que estábamos en Guadalajara me confesó que su intención era guardarle su lugar en él a
su majestad, el futuro rey de la República Mexicana.»[42]
Para la inmensa sorpresa de propios y extraños, la revuelta doméstica inserta en el contexto de un México invadido, en donde las prioridades se encuentran alteradas y confundidas, se repite una vez más.
El 14 de diciembre de 1845 finalmente se produce el pronunciamiento armado para derrocar al presidente Herrera. ¿Razones? Trató infructuosamente de desmantelar el ejército, uno de los grandes responsables de la inestabilidad nacional, las bases mismas del poder santanista. Se había rehusado a marchar a tiempo en contra de Tejas, a declararle la guerra a Estados Unidos, y por último, había traicionado la confianza popular desde el momento, se decía, en que estaba dispuesto a vender territorio mexicano norteño a cambio de un vergonzoso soborno.
¡Falso, falso, falso! Yo lo vi, yo estaba presente: jamás hubo un tal soborno, sino una argumentación impecable a favor de la paz. Si envió a Paredes al norte fue como parte de una política defensiva, jamás ofensiva. El presidente Herrera siempre se opuso a la violencia y vivió invariablemente sometido a un riguroso código de ética. ¡Soy testigo de su honestidad!
El 20 de diciembre, el gobierno del general Herrera rehúsa reconocer a mister Slidell como ministro plenipotenciario. No lo recibirá ni contestará sus misivas ni se percatará de su presencia ni de su existencia terrenal. ¡No, es no! ¡Largo! La furia del embajador por el desaire llega a niveles alarmantes. Soy ministro de Estados Unidos, ¿cómo se atreven, malditos, corruptos, muertos de hambre, a no recibir a una autoridad internacional de mis tamaños? ¿Dónde están las fanfarrias, las veintiún salvas, los honores a la bandera, la revisión protocolaria de las tropas y el desfile militar? Soy representante oficial de la Casa Blanca, ¿no basta…?
El ministro, antes gentil y cálido, se transforma y amenaza incluso con el uso de la fuerza. Se retira a Jalapa en espera de instrucciones. Sueña con el derrocamiento de Herrera, al estilo mexicano, un presidente cada ocho meses, bendito caos, así podré hablar con otro jefe de Estado, más agudo, inteligente y complaciente. Sus cartas a Polk delatan su odio, su creciente coraje contra los mexicanos al extremo del desbordamiento.
Cuando cunde el movimiento golpista y Herrera ve perdida su causa, renuncia silenciosa y discretamente después de haber ejercido el poder nueve meses como presidente de facto y tan sólo tres como presidente de iure. Sólo que en el México de las sorpresas políticas, éstas se dan en los momentos menos esperados. Ya estaba Paredes en las faldas de la Ciudad de México, casi listo para hacerse del poder cuando el general Valencia se erige como nuevo presidente y le arrebata otra vez las banderas de la sedición a su líder original: Mariano Paredes Arrillaga. ¿Al igual que el año pasado se da el caso del madrugador madrugado o el del golpeador golpeado? En aquella ocasión el propio Herrera se había hecho cargo del movimiento, sí, sí, sólo que esta vez todo sería diferente.
Efectivamente, después de una negociación muy breve, el propio Valencia desiste de sus planes: Paredes será electo presidente por una junta de representantes de los Departamentos en enero 4 de 1846. ¡Ay!, año trágico de 1846, año dramático y mutilador, año de catástrofe, de abatimiento, de ofensas, traumatismos, muerte, sometimiento por la fuerza, alevosía, incapacidad, desunión y traición. ¡Que se detengan todas las manecillas de todos los relojes de todas las catedrales del orbe! ¡Que no nazca el año de 1846! ¡Que no amanezca, que no transcurra el tiempo! ¡Que se detenga la vida en ese 1846! ¡Que no se acuñen más monedas de oro para financiar la guerra! ¡Que exploten todas las fundiciones para que no puedan fraguar más cañones! ¡Que mutilen la lengua de los políticos, que se erosione la tinta y se rompan todos los puntos de las plumas! ¡Que nadie se comunique con nadie! ¡Que se acaben las amenazas, las envidias y los chantajes! ¡Que empiecen cortando la cabeza de Polk! ¡Que decapiten a los estrategas militares, a todos juntos, en ese 1846! ¡Que amputen las manos de los soldados invasores para que no puedan sostener los mosquetes ni las bayonetas en ese trágico 1846! ¡Que hundan las cabezas de los diplomáticos con todo y frac y monóculos en pozas de mierda hasta que sus cuerpos alcancen la más absoluta inmovilidad! ¡Que ajusticien en el paredón a los legisladores que votan por la guerra! ¡Ay!, ¡Ay!, ¡Ay… maldito, mil veces maldito 1846! Pocos imaginábamos lo que acontecería en ese desgraciado 1846…
Ya llego, ya, voy con las valencianas recogidas y los zapatos en la mano caminando en la playa. La arena en ocasiones se siente fresca a esa temprana hora de la mañana. A lo lejos distingo la presencia de El Castillo de los Tres Santos Reyes Magos del Morro. Estoy en Cuba. Me detengo. No dejo de asombrarme ante el encanto de la Giraldilla. No sé si la veo o la recuerdo. A corta, cortísima distancia, a tan sólo unos pasos, veo la casa de Santa Anna. Aquí comencé arbitrariamente mi narración.
Me acerco lentamente por el ángulo que da al mar. Es el mes de enero de 1846. Quiero ver cómo vive Su Excelencia fuera de la patria. Su vida en el exilio la financian los mexicanos con sus impuestos y ninguno reclama respecto al destino del ahorro público. ¿Será una sociedad adormecida? No responde ante el hurto generalizado. Pareciera ser que el saqueado es un tercero, pero en ningún caso el mismísimo pueblo de México. Lo mismo acontece con una persona que le amputan una mano y no se queja ni expresa dolor alguno. De pronto pienso que quien no protesta está enfermo o resignado. ¡Cuidado! Su Excelencia conoce muy bien los sistemas de respuestas de los gobernados, sus gobernados. Sabe que los contribuyentes mostrarán un malestar pasajero ante la gigantesca estafa y posteriormente inventarán, a título de venganza anónima, un chiste para denigrar a quien cometió el delito de peculado. Festejarán a carcajadas la ocurrencia. Hasta ahí las venganzas. Hasta ahí las represalias. Después de un tiempo y, de haberse desahogado, hasta te invitarán a su casa a cenar, te homenajearán con lo mejor que tengan, tal y como corresponde a todo un hombre de éxito digno de admiración aun cuando seas un ladrón. Qué más da… Después, si se descuidan, podrás invitar a la ópera a una de sus hijas o hermanas. No se opondrán siempre y cuando sepan que pueden compartir algo de tu gloria o al menos alguna parte del botín.
Me acerco aún más. Ya oigo voces. Veamos.