México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 5 de 10 · parte 4/5

Páginas del PDF

México mutilado

Primer capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Los periódicos mexicanos de principios de 1845 pedían la guerra. Herrera, un hombre ciertamente débil pero sabio, se opone nuevamente a enfrentar con las armas a Estados Unidos. «Propongo, en cambio, una reforma militar para desmantelar el aparato de control político con el que Santa Anna ha dominado durante más de una

década.»[21] Ejecutaré igualmente una reforma burocrática. Volveremos al Federalismo. Instrumentaré una reforma constitucional de fondo acorde con los tiempos modernos y conforme a la realidad política nacional.

Mientras se desarrolla el proceso en contra de Su Excelencia, entrado ya el año de 1845, Herrera va fracasando en sus objetivos. Al igual que Santa Anna fue derrocado por su política en favor de la guerra para lograr la reconquista de Tejas, territorio que él mismo había perdido en 1836, ahora el nuevo presidente de la República también se tambaleaba en el cargo por negarse a recurrir a las armas desde el punto de vista ofensivo, no defensivo, tal y como sentenció Cuevas, su propio secretario de Relaciones Exteriores: «Lo mejor sería reconocer a la nueva República de Tejas y evitar un conflicto mayor con Estados Unidos, para lo que México no está preparado». Curiosa nación la mexicana, ¿no? Santa Anna es depuesto, entre otras causales, por apoyar la guerra y Herrera será en breve derrocado, entre otras razones, por negarse a apoyar la misma guerra, es decir, por lo contrario, por proponer una cruzada nacional por la paz y la negociación… Uno cae por apoyar y el otro por no apoyar…

De igual manera que en 1822 Iturbide no logró promulgar el texto constitucional prometido y éste proyecto permaneció archivado en su agenda política y, por ésta y otras decisiones erróneas, fue depuesto, Herrera tampoco podrá promulgar las modificaciones deseadas a la Constitución y también será derrocado menos de un año después de haber ocupado la presidencia…

Los acontecimientos se dan más rápido que mi capacidad para narrarlos. Antes de que el presidente Tyler entregara el poder a James Polk el 4 de marzo de ese mismo 1845 y para sentir plenamente justificado su paso por la Casa Blanca, debía absolver, en muy poco tiempo, una asignatura pendiente que ni el propio Andrew Jackson ni Martin van Buren, sus antecesores, pudieron salvar durante sus respectivos mandatos. La obsesión, claro está, no podía ser sino Tejas. Agregar, por ende, una estrella más a la bandera nacional, un timbre de orgullo, un acto de sublime patriotismo sin detenerse ante dos consideraciones; una, el atropello a un país vecino, indefenso, que quedaría mutilado territorialmente. —¿qué le importan semejantes pruritos al imperio naciente?— y la otra, el hecho de agregar al país un estado esclavista con todas las consecuencias.

Tyler había firmado en abril del año pasado, en 1844, un tratado de anexión con doce representantes tejanos. Sí, sólo que faltaba la ratificación del Congreso norteamericano. Por ningún concepto permitiría que Polk, un odioso demócrata, disfrutara las mieles de semejante triunfo a tan sólo un par de horas de haberse sentado en su despacho en la Casa Blanca y sin haber luchado encarnizadamente para alcanzar dicho propósito. Los días pasaban. La creciente preocupación por la intervención inglesa en Tejas enrarece el ambiente. Malditos británicos: quieren todo el mundo para ellos… La arena del reloj caía con asfixiante rapidez de un depósito al otro sin poderla contener.

Tyler, quisiéralo o no, estando conforme o no, tenía que abandonar el poder a más tardar la noche del 3 de marzo de 1845, so pena de enfrentar graves consecuencias políticas y legales. ¡Qué maravillosas posibilidades encerraba el sistema mexicano cuando sus presidentes podían quedarse a su gusto en el cargo o volver cuando se les diera la gana ignorando todas las limitaciones constitucionales y además, recibiendo el aplauso multitudinario del pueblo! Un puesto de tanta dignidad y pesada responsabilidad se lo disputaban entre sí, principalmente los políticos y militares mexicanos, como niños, alegando su mejor derecho a dar una vuelta montando un pony.

No, no que va. Ni pensar en quedarse un día más en el poder. El mismo George Washington se había negado a reelegirse. Ese fue el temple, el coraje, la determinación y el buen ejemplo en materia de respeto a las instituciones y a las leyes norteamericanas. Jamás intentaría eternizarse en el poder al más decantado estilo mexicano.

Tyler podría haber fantaseado en sus últimas noches, recostado en los dormitorios presidenciales, con la posibilidad de quedarse en el cargo ignorando la Constitución y todos los principios políticos, claro que sí, pero en ningún caso pasarían de ser eso, fantasías, simples fantasías. En la realidad, si se negaba a entregar el mando los oficiales del ejército lo someterían por la fuerza y lo recluirían en una prisión por un número indeterminado de años que impondría un juez a través de una sentencia, tratárase de quien se tratara.

¿Qué consecuencias sufren en México los generales-presidentes golpistas? ¡Ninguna! A pesar de participar en levantamientos armados, asonadas, golpes de Estado y de organizar todo género de actos de sedición, se les llena el pecho de condecoraciones y se cubren las paredes de sus oficinas con reconocimientos políticos, pergaminos y diplomas multicolores, además de saturar sus bolsillos de dinero y de concederles grandes extensiones de terreno para garantizar su inmovilidad política y asegurar su buena conducta en el futuro. Moctezuma quiso comprar a Cortés con obsequios deslumbrantes y todo lo que logró fue estimular aún más su apetito. La historia se repite. No cambiamos.

Por su parte, el presidente John Tyler convoca a reuniones, dentro y fuera de la Casa Blanca, a legisladores de ambos partidos, a periodistas de diversas corrientes y de diferentes entidades del país. El telón está a punto de caer. En ocasiones comparte el lunch con ellos en el salón de recepciones con la vista a los jardines nevados propios de aquel helado invierno a principios de 1845 o los invita a disfrutar el té en su oficina a media tarde. ¿El tema a discutir? Por supuesto, Tejas. Insiste en conversaciones privadas con los congresistas y gobernadores en cocteles, ceremonias, conciertos, cenas de gala, eventos políticos y culturales, recepciones en las diversas embajadas acreditadas ante el gobierno de Estados Unidos en las que se festeja su día de fiesta nacional. Los acuerdos con los agentes secretos infiltrados, siempre serán a puerta cerrada. James Polk, presidente electo, ayuda a Tyler en estos oficios de cabildeo. Promete a los legisladores una serie de ventajas y compromisos que, bien lo sabe él, nunca cumplirá. Prometer no mata… Es preferible pedir perdón, sí, pero no perder Tejas. Lo primero es lo primero. Si ambos, Tyler y Polk, deseaban lo mismo, era el momento de luchar conjuntamente por la expansión de la patria. Aun cuando eran miembros de partidos opuestos, ácidos adversarios políticos, uno whig y el último demócrata, se trataba de sumar fuerzas como aliados para alcanzar una meta común. ¡Texas! Nuestras diferencias políticas las dirimiremos posteriormente en otra arena, en otro escenario, en otras circunstancias. Los enemigos políticos se dan la mano. En este momento Lo importante es el engrandecimiento de Estados Unidos, ¿verdad, James? Sí, John…

Faltando solamente tres días para la toma de posesión de Polk, el día 27 de febrero de 1845, en una sesión rígidamente solemne cargada de tensión y decorada con cientos de banderas norteamericanas, ante una gigantesca muchedumbre de espectadores y curiosos, John Tyler logra la ratificación del Congreso en lo referente a la anexión de Tejas con 27 votos contra 25 en medio de una estruendosa ovación y una sonora rechifla de apoyo como si se estuviera en un rodeo. Tejas dejaba de ser una República independiente para convertirse en un estado más de la Unión Americana. Los whigs habían votado junto con unos demócratas unificados para obtener escasamente la mayoría necesaria. Los estados esclavistas ganaron la votación en contra de los estados libres por 14 contra 13, respectivamente. Decisión apretada, difícil. Una década y media después habrá de traducirse en ríos de sangre, ruinas y destrucción. El día 1 de marzo de 1845, Tyler firmó la resolución conjunta, emitida por ambas Cámaras. Esa misma noche envió la resolución a Donelson, el representante de Estados Unidos en Tejas, para la ratificación del tratado por parte de aquella República. No había tiempo qué perder. El presidente festejaba con los puños cerrados el final de su gestión. Había alcanzado su objetivo. La euforia, sin embargo, le impidió ver un obstáculo…

La tarea política y diplomática a seguir quedaba ya en manos de Polk: el Congreso y el gobierno de la todavía República de Tejas estaban ahora, a su vez, obligados a ratificar, con todos los formalismos, la anexión ya autorizada por Estados Unidos. Urgía. Sólo faltaba un sí mayoritario del Congreso y de los habitantes de Tejas. ¿Quién de estos últimos se iba a negar a la anexión de su «país» a una Unión que ya dejaba ver con claridad sus enormes potencialidades militares y económicas? Todo parecía indicar que nadie podía oponerse y nada podía obstaculizar la fusión política por la que el pueblo norteamericano había votado cuando eligió a James Knox Polk como jefe de la Casa Blanca. Sorpresas te da la vida…

El 4 de marzo de 1845, Polk toma posesión como el décimo primer presidente de Estados Unidos de Norteamérica. Santa Anna, mientras tanto, permanecía privado de su libertad en el Castillo de Perote. Atrapa cucarachas cubriéndolas con un plato hasta matarlas de hambre. Acto seguido intenta comprobar hasta qué punto son del paladar de las ratas con las que cohabita. Desespera. Grita. El calor lo sofoca. El nuevo jefe de la Casa Blanca apela por primera vez a la doctrina Monroe. En su discurso inaugural y una vez comprobada la ingerencia del Reino Unido y de Francia en los asuntos continentales americanos, les advierte a ambas potencias blandiendo el dedo flamígero: «Si cualquier potencia europea intenta plantar o mantener una colonia en cualquier porción del territorio reclamado o poseído por Estados Unidos… es en relación a nuestros intereses, nuestra seguridad y nuestro honor nacional que será resistido vigorosamente. Muy pronto he de solicitar a este Congreso la extensión

de la jurisdicción norteamericana en toda el área.[22]

En otro párrafo provocó cruces de miradas entre los diplomáticos extranjeros acreditados en Washington: «El gobierno de Estados Unidos es el sistema más admirable y prudente de un bien organizado autogobierno entre los hombres, jamás

concebido por la mente humana». [23]

¿Dinero, sangre, destrucción y muerte, traiciones, alevosía, sobornos y chantajes? ¡Ay!, por favor: dejémonos de sentimentalismos. Mi único objetivo consiste en poder obsequiar a mis compatriotas con el placer de la contemplación de un nuevo mapa norteamericano en el que, por supuesto, ya debe aparecer Texas como un nuevo Estado de la Unión y a la que pronto habremos de agregar Oregón, California y Nuevo México.

Debemos invertir lo mejor de nuestra atención, de nuestro poder y de nuestro talento, en la obtención de nuevas fronteras, nuevas posibilidades de crecimiento, nuevos terrenos agrícolas, ganaderos y posibilidades mineras, nuevos negocios y empleo para estabilizar la migración, nuevas fuentes de recaudación, nuevas oportunidades de comercio con los asiáticos, nuevas materias primas, nuevas plazas de trabajo gratuito a través de la esclavitud, nuevas promesas, nuevos horizontes, nuevas esperanzas…

Que nunca nadie olvide que un esclavo produce hasta cuatro veces más que un hombre blanco y además, por las razones que sea, el trabajo de los negros es gratis…

El fin justifica los medios, ¿no? Además, es tan frágil la memoria de mis semejantes cuando les lleno los bolsillos de dinero. Es tan sencillo insuflar el pecho de mis paisanos mostrándoles un país invencible e incontenible dotado de enormes litorales en el Pacífico, en el Golfo de México y en el Mar Caribe… Los medios para hacerme de los nuevos territorios muy pronto se olvidarán y se borrarán de la memoria, de la misma forma en que desaparecen las huellas de las gaviotas sobre la arena cuando el mar lava el pasado con sus olas de espuma blanca…

La noticia de la aprobación de la anexión de Tejas a Estados Unidos llega el 21 de marzo de 1845 a la capital de la República con una violencia devastadora que arrolla cuanto encuentra en su camino, tal y como acontece cuando un barco naufraga y el agua irrumpe rabiosamente destruyendo cuanto encuentra a su paso con furia arrebatadora.

México había dejado muy en claro que la anexión de Tejas a Estados Unidos sería equivalente a un casus belli. La cancillería mexicana y los diversos embajadores nacionales acreditados en Washington así lo habían hecho saber en notas diplomáticas, declaraciones de funcionarios públicos y legisladores, publicaciones en diarios norteamericanos y nacionales. Nadie podría llamarse sorprendido. La respuesta causa-efecto era evidente y esperada. A la anexión corresponderá la guerra. Los mexicanos no podemos asistir apáticos e indiferentes a la mutilación descarada de nuestro territorio. Los invasores, ladrones, piratas, filibusteros, asesinos, sólo pueden esperar de México un dogal en el cuello, un espacio distinguido en el patíbulo al lado del verdugo o un lugar de honor al centro cuando el pelotón de fusilamiento dispare apuntando a los testículos de los usurpadores para que nunca olviden las consecuencias de atacar a sus pintorescos vecinos. ¡¡¡Fuego!!!

En marzo de ese mismo año de 1845 Juan Nepomuceno Almonte, ministro representante de México en Estados Unidos, exige su pasaporte como señal inequívoca de protesta y se retira del país de acuerdo a las instrucciones previamente recibidas, no sin antes dejar en claro una opinión muy mexicana respecto a nuestros vecinos de la puerta de al lado:

Los norteamericanos son bárbaros mata-apaches, asesinos de pueblos

enteros, esclavistas, torturadores, vendedores de seres humanos, endiablados

devoradores de dólares, sin otro Dios que el oro. Supuestos adoradores del

derecho, suelen arrebatarle sus bienes, por lo general, a quien no puede

defenderse. Baste preguntarle su opinión a los indios norteamericanos, los

primeros pobladores de su territorio…

Con la bendición de la Divina Providencia, le sacarán los ojos por un

lingote a quien sea, porque, según ellos, aquella dispuso que los yanquis

obtendrían un mejor provecho de lo ajeno… No tienen más moral que sus

apetitos materiales. Saciarlos sin pruritos es su único objetivo.

México, de acuerdo a su perspectiva racial, es inferior y degradado y, por

lo mismo, nosotros, los mexicanos seremos tratados como esclavos y

vendidos como tales a lo largo y ancho de su país. Vendrán a incendiar

ciudades, a saquear nuestros templos, a violar a nuestras mujeres e hijas, a

asesinar a nuestros hijos e inmolar a los defensores de la patria en nuestra

presencia. Deben saber que en cada mexicano muerto encontrarán mil

vengadores. ¡Lo juro!

 

A su regreso a México, organizará la resistencia al lado del presidente Herrera. Pide la guerra para defender la dignidad nacional. Exige mandar tropas al norte para preservar tanto Tejas como Nuevo México y California. Se deben proteger nuestras casas y nuestra religión. Apelemos al apoyo de otros países contra la hipócrita agresión de esta potencia esclavista. En ese momento, más que nunca, en Estados Unidos ya constituyen tema de conversación todos los territorios mexicanos al norte del Río Bravo. ¿Acaso no estábamos hablando única y exclusivamente de la anexión tejana, tan bien armada desde años atrás, por los diversos gobiernos norteamericanos?

¿Por qué salen ahora a colación Nuevo México y California? ¿De qué se trata? Los planes para ejecutar el robo más grande del siglo XIX están en marcha. El rompimiento de relaciones es inminente. La guerra, una palabra en boca de todos, produce miedo, pasión, heroísmo e ilusión. El probable estallido del conflicto bélico consume enormes cantidades de papel y de tinta en ambos países. Los periódicos de las dos naciones se agotan al salir de las prensas. Polk estaba preparado para todo. Se había agazapado como un tigre, en absoluto silencio, esperando el momento adecuado para atacar a su presa.

El presidente Herrera y Luis Gonzaga Cuevas, el ministro de Relaciones Exteriores, no ocultan su coraje y frustración, sobre todo porque ambos habían venido insinuando la posibilidad del reconocimiento diplomático de una Tejas independiente. Los dos se equivocaron al pensar que Inglaterra adoptaría un papel más protagónico, más defensivo y amenazador, dados sus intereses en Tejas y Oregón.

Wilson Shannon, embajador norteamericano en México, también recoge su pasaporte. Antes de la ruptura de relaciones, da su versión de los hechos a su gobierno en Washington. La temperatura política sube de nivel. Faltará escaso tiempo antes de alcanzar el punto de ebullición. La paciencia parece extraviarse en cada uno de los vecinos. ¿Vecinos? Adversarios, próximamente furiosos enemigos después del estallido de la guerra. El comunicado del embajador Shannon critica la actitud patriótica de México en relación a su patrimonio territorial:

La insolencia de este gobierno es intolerable y si se le tolera en un caso

eso servirá para fomentar que se repita. Pienso que debemos mostrarnos duros

con México y hacer comprender claramente que debe retirar sus insultos y

hacernos justicia en todas las quejas que tenemos contra él. Estoy convencido

de que no lograremos ningún arreglo con México en ninguna de las

dificultades que tenemos con él, hasta que le peguemos o le hagamos creer

que vamos a pegarle… Pienso que debemos presentarle a México un

ultimátum… [24]

 

A finales de marzo se dan por terminadas las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos. Concluye oficialmente el diálogo entre las dos naciones. Las dificultades son crecientes. Cada una de las partes moverá sus fichas en silencio. El lenguaje es entre sordos. Se funden masivamente piezas de artillería. Se fabrica o se importa pólvora. Se diseñan uniformes. Polk investiga discretamente los recursos militares mexicanos, el ejército y la marina, con el ánimo de medir la fuerza del enemigo y sopesar las posibilidades de éxito en un enfrentamiento armado. El espionaje militar es una realidad. Estados Unidos practica, además, un inventario geográfico de México. Los mexicanos carecen de recursos y, tal vez de imaginación, para hacer lo mismo.

La sola palabra Tejas había venido profundizando las diferencias políticas que se remontaban a la independencia de México. De igual manera encumbraba políticos, derrumbaba prestigios y erosionaba esperanzas, enlodaba reputaciones y justificaba

movimientos subversivos en un sentido o en otro.[25] ¿Estás a favor de la anexión? ¡Ah!, traidor, enemigo del patrimonio nacional heredado de nuestros abuelos. Si no sientes el dolor de la mutilación, tampoco experimentarías sensación alguna ante la pérdida de un hijo, ¿verdad…? Moriste hace mucho tiempo y todavía no te has percatado. ¿Piensas que al vender territorios, que nunca nos han reportado provecho alguno, tranquilizaríamos los apetitos de la fiera norteamericana, la saciaríamos, para que posteriormente no intente devorar las Californias y Nuevo México…? Vendamos, dices, para hacernos de dinero y reconstruir el país, pagar deudas, inyectar recursos en caminos, puertos y puentes, educarnos, crecer y evolucionar. En fin: enajenemos la patria antes de ser despojados, ¿no…?

Un fusil, denme un fusil, acabemos con cuanto yanqui y vendepatrias encontremos a nuestro paso. Defendamos Tejas hasta derramar la última gota de sangre…

Ahora bien: ¿Estás en contra de la anexión? ¡Ah!, entonces deseas una confrontación armada y que los yanquis nos masacren con el riesgo, además, de perder todo el país. Tú crees que cualquier contemporización sería un crimen digno

de execración pública porque la guerra es justa, gloriosa e inevitable, ¿verdad? [26] ¿No te has dado cuenta que nacimos quebrados, estamos quebrados y moriremos quebrados y que la anexión nos proporcionaría dinero para crecer y comprar armas y poder defendernos en un futuro, tal vez inmediato? Por favor entiende: si no les damos los territorios, nos los quitarán a la fuerza…

Comienza una febril actividad diplomática abierta y encubierta. No hay tiempo qué perder. Los agentes secretos, generales y comodoros en activo, el representante oficial de Polk en Tejas, Donelson, los ministros sin cartera, observadores camuflados de pastores evangélicos, los espías a sueldo contratados por la Casa Blanca, columnistas y periodistas, cabildean ahora entre el electorado tejano, su Congreso y su gobierno para lograr, a la brevedad, la ratificación del tratado anexionista, el suscrito por Tyler en los últimos tres días de su gobierno. Inducen a la sedición. Yell, Wickliffe, Green, Donelson, Sherman, Stockton, militares, civiles, religiosos y periodistas, hablan de un ataque desde el Río Grande por parte de México: crean el pánico. Cumplen con sus consignas políticas secretas. Incendian con los verbos y con las mentiras. Manipulan con el miedo a la población. El terror es un mal consejero. Es fácil lucrar con el pánico de los tejanos: basta repetir Remember the Álamo. Remember Goliath, 1836 y los cambios deseados a favor de Estados Unidos operarán mágicamente. Los enviados personales disfrazados recurrieron a embustes, sobornos y promesas para apoderarse del resto del norte del país. México es un caos, decían, sin dinero, sin orden, sin ejército y sin armas y por si fuera poco, un gobierno indefenso, los ciudadanos desunidos, una sociedad entreguista a su mejor conveniencia económica, el tesoro público exhausto, el crédito nacional perdido, los ingresos futuros comprometidos a través de hipotecas a acreedores extranjeros y un grave malestar doméstico derivado de la eterna inestabilidad política… Tenían razón, ¿no…?

Los ingleses, particularmente, se niegan a la anexión. Sabotean con su tradicional diplomacia el proyecto ahora polkista. Quieren una Tejas independiente, una República autónoma para negociar con ella y no con la Casa Blanca. Los magníficos campos algodoneros y sus posibilidades comerciales atrapan toda su atención. Son obvios sus intereses. Convencen a Herrera cuando ya es demasiado tarde. ¡Cuánto tiempo desperdiciado el año pasado! Mientras políticos y generales se disputaban el poder derrocando a Santa Anna e imponiendo a Herrera o a Paredes, en un histórico escenario de desorden institucional, nadie se percataba que en Washington se escribía el futuro de México, desde que se buscaba el lugar más certero para asestar en el cuello una puñalada devastadora en el momento adecuado. ¡Qué insensatez! ¡Cuánta irresponsabilidad!

Finalmente la Gran Bretaña, a través de Elliot, su representante en Tejas, convence de lo imposible a Jones, el presidente la República de Tejas. Lo deslumbra con las ventajas económicas y políticas de no anexarse a Estados Unidos y permanecer como República independiente. México está de acuerdo. Viva una Tejas libre y soberana. Gracias por la invitación del Congreso norteamericano, mister Polk, estamos muy agradecidos por su interés y por el esfuerzo de Tyler, su antecesor. Nos sentimos conmovidos, pero los tejanos tenemos litorales, planicies, bosques, ríos, puertos, todo para alcanzar el éxito sin la «generosa» ayuda de nadie. Gracias, hermanos, gracias, de cualquier manera haremos negocios juntos. Las ventajas económicas de la autonomía son indescifrables, insiste Elliot ante Jones, el presidente texano: rechace la anexión en términos categóricos. Le garantizo que nunca se arrepentirá…

La respuesta de Jones sacude por primera vez los cimientos del gobierno de Polk. Acontece algo imprevisto, impensable, inimaginable: bien visto, aduce el jefe de la nación tejana a finales de 1845, vale la pena esperar noventa días para estudiar detenidamente la oferta mexicana… Esperemos. Yo no tengo la prisa de la Casa Blanca. Pensemos en la conveniencia de una República tejana independiente… ¡Reflexionémoslo! Las presiones de Washington son constantes y temerarias. Polk desea saber si Jones comparte su punto de vista en el sentido de que California y Nuevo México han formado siempre parte de Tejas y que, al anexarnos esta última, de hecho llegaríamos al Pacífico. Actualicemos nuestros mapas… ¿No cree que puede haber errores cartográficos…?, president Jones… Le conviene…

«Estoy llegando a la conclusión de que mis paisanos yanquis son unos asaltantes. ¿Serán? ¿Cómo se les ocurre siquiera pensar que la línea fronteriza de Tejas es el litoral del Océano Pacífico?».

La campaña de publicidad financiada por Polk y la labor de sus agentes influyen en forma determinante en los tejanos. Buchanan, el secretario de Estado, se compromete a conceder apoyo militar y económico de la Casa Blanca; la ayuda de Estados Unidos fortalecerá mágicamente el mercado interno del nuevo Estado a anexarse a la Unión; cita una y otra vez las desventajas de permanecer aislados en un mundo en donde el pez grande se come al chico. ¿A dónde va una República de Texas solitaria y huérfana? Además, las amenazas, abiertas o veladas, no podían faltar: en cualquier momento los atacará México, resuena desde el Potomac. ¿Quién cree en la palabra de los mexicanos? Remember the Álamo! Son unos salvajes. Vean ustedes, Santa Anna es un caníbal, los desollará, acto seguido, los desosará y se los devorará a mordidas sin que nosotros podamos ayudarlos… Ahora bien, amigos tejanos, si ustedes son incapaces de entender lo que más les conviene, si rechazan nuestras amistosas invitaciones y los acuerdos de nuestro Congreso, Estados Unidos no tendrá más remedio que ayudarlos a entrar en razón con el poder de nuestros cañones. A un niño menor de edad se le debe llevar de la mano o de la oreja…

Polk mueve sus piezas del ajedrez internacional. El comodoro Stockton tenía instrucciones de zarpar a bordo del Princeton, un novedoso e imponente barco de guerra rumbo al Mediterráneo, un viaje de amistad y buena voluntad, en realidad un periplo diseñado con el objetivo de impresionar a las potencias europeas con la capacidad armada de la marina de Estados Unidos. ¡Dense cuenta de lo que contamos para que midan sus fuerzas y sus ambiciones en relación a América! La tripulación Princeton ya estaba lista para hacerse a la mar junto con otros barcos de la flota como el Saratoga, el St. Mary’s y el Porpoise, cuando repentinamente, el mismo 22 de abril de 1845, llega la contraorden de Bancroft, el secretario de la Marina del nuevo gobierno. Las órdenes a Stockton, entre líneas, consisten en intimidar a los tejanos:

Deberá usted dirigirse junto con el escuadrón a su cargo a las vecindades

de Galveston, Tejas, y permanecer ahí tan cerca de la playa como las

circunstancias lo puedan permitir. Escogerá usted uno de sus buques para que

al llegar al puerto de Galveston despliegue la bandera americana… Usted

mismo desembarcará para informarse de la actitud del pueblo de Tejas y sus

relaciones con México que deberá reportar a este departamento. Después de

permanecer en Galveston, tanto como su juicio lo permita, procederá usted a

reunirse con el escuadrón del comodoro Conner en Veracruz. [27]

 

En aquel entonces un buen número de barcos de guerra norteamericanos se encontraban anclados en las costas tejanas y en la Luisiana, principalmente en Nueva Orleans. Elliot, el inglés, sale por una puerta de la oficina del presidente texano Jones y por la otra penetra el general Sidney Sherman, comandante de la milicia tejana, acompañado del secretario particular del comodoro Stockton. Las presiones son constantes e intensas. Ahí le informan del interés estratégico norteamericano de tomar Matamoros como «una medida precautoria…». ¿Matamoros? ¿Qué tiene que ver Matamoros? ¿Dónde está la verdad escondida en todo esto?

El presidente Polk —dispara Sherman a quemarropa a Jones— quisiera que Tejas tomara una actitud más hostil en contra de México, así que cuando Tejas finalmente

fuera incorporada a la Unión trajera consigo una guerra en contra de México.[28]

Jones se pone de pie, apoya los puños sobre la mesa de su escritorio y declara para la historia: Así, señores —repuso levantando el entrecejo ante el secretario del comodoro—, lo que el presidente Polk desea es que Tejas le manufacture una guerra

a Estados Unidos, en contra de México, ¿verdad?[29]

Con esa pregunta sin respuesta se da por terminada la reunión.

Al estilo de Pilatos, el presidente Jones cree arribar a una decisión salomónica ante tantas influencias, presiones y chantajes de ambos bandos. El 4 de junio pone en manos del pueblo tejano la decisión de aceptar la oferta de paz e independencia formulada por México o proceder a la anexión a Estados Unidos. Convoca a una Convención Nacional Tejana para decidir la suerte de su país. De sobra sabe que se enfrentará a Polk, a Sam Houston, a Stockton, al ejército, al Congreso y a la prensa de Estados Unidos y, por supuesto, a una gran mayoría tejana.

El jefe de la Casa Blanca truena como un viejo diplomático de la alta escuela: «¡Escúchenme bien, en caso de que el Congreso tejano no decrete la anexión, las fuerzas armadas norteamericanas irían en ayuda del pueblo tejano para

proclamarla!»[30]

Polk no se someterá al resultado de la votación en el Congreso tejano muy a pesar de que éste solamente se encuentra integrado por un mexicano, José Antonio Navarro de San Antonio; dieciocho miembros provenían de Tennessee, ocho de Virginia, siete

de Georgia, seis de Kentucky y cinco de Carolina del Norte.[31] Sólo acatará la resolución de las cámaras legislativas de la República de Texas, si aquélla le es favorable y conviene a sus intereses; de otra manera la rechazará violentamente con genuina convicción democrática. Únicamente es justo lo que me beneficia…

Se convoca finalmente a la convención el 4 de julio de 1845. Tejas o Texas: ¿República independiente o estado de la Unión Americana? La sola fecha, el día de la conmemoración de la independencia de Estados Unidos de la corona inglesa, llenó de entusiasmo y esperanza a Polk y a su gabinete. La campaña publicitaria a favor de la anexión y la masiva labor de cabildeo operados por Sam Houston convencían día a día a la opinión pública tejana. Cada vecino parecía ser un agente especial norteamericano. El control y la postura de la prensa bien pronto producirían los resultados esperados.

La votación arrojó los siguientes datos: 120 a favor y 18 en contra en la Cámara de Diputados, y 27 contra 25 en la de Senadores, donde la decisión fue mucho más reñida. Tejas se perdió para siempre: jamás volvería a ser mexicana. El tratado votado por el Congreso norteamericano había sido ratificado por el tejano en una fecha histórica. La vieja estrategia trazada por el presidente Jefferson consistente en invadir los territorios, independizarlos y anexarlos, resultaba una mecánica impecable.

Polk, sin embargo, no tiene tiempo para celebraciones. Ordena, a través de un decreto, con gran placer, el cambio de todas las banderas de la Unión: se agregará, «por lo pronto», una estrella. El misterioso sentido de las palabras, ¿no…? «Por lo pronto…» allá los buenos entendedores… Encerrado en sus oficinas piensa en su siguiente jugada. Sabe que Santa Anna, una vez derrocado y procesado judicialmente, emprendió el camino al exilio cubano. ¿Un enemigo menos…? Toma en cuenta la eterna desestabilización política de México e imprime una gran velocidad en la ejecución de sus planes expansionistas. A un hombre inteligente se le distingue por saber buscar, encontrar y aprovechar las oportunidades.

Obsesivo, como lo es, se dedica a consolidar militar y económicamente al nuevo Estado anexado. El 11 de julio da órdenes a la marina norteamericana para que defienda Tejas en contra de una nada remota agresión mexicana a título de represalia. ¡Cuidado con el trato que conceden nuestros vecinos del sur a quienes se rinden y ostentan una bandera blanca! Pasan a cuchillo a sus víctimas con más salvajismo que los comanches. Es claro que son reminiscencias aztecas de cuando les sacaban el corazón a las doncellas en la piedra de los sacrificios y ríos de sangre inundaban las pirámides donde se celebraban las ceremonias.

Polk da órdenes como si se escuchara una cadena de disparos. Washington es un hervidero.

—¡Conner! —El comodoro es citado en la Casa Blanca el 11 de julio de 1845. Han transcurrido tan sólo cuatro meses de su gobierno.

—A sus órdenes, señor.

—Zarpará usted con su escuadra para vigilar los puertos de la Luisiana y Tejas. Deberá emplazar sus naves en la desembocadura del Río Bravo.

—¡Zachary Taylor! —Con sesenta años de edad, un militar con casi treinta y ocho años de servicios en el ejército, más de la mitad de su vida, es convocado el 30 de julio. Desde 1837, después de la batalla de Okeechobee, había sido ascendido a general con la capacitación necesaria para defender las líneas fronterizas del suroeste norteamericano…

—A sus órdenes, señor.

—Usted saldrá de Nueva Orleans rumbo a Corpus Christi con lo más selecto del ejército norteamericano, o sea, avanzará al poniente del Río Nueces, pero a discreción. Estará usted al mando de cuatro regimientos de infantería de los ocho con que contamos. Además dispondrá de todos los dragones existentes y de toda nuestra artillería. Entiéndame: la mitad de las fuerzas armadas norteamericanas. Dése cuenta de la importancia que le concedo al caso mexicano.

Si Polk ordena a Taylor abandonar Nueva Orleans y partir rumbo Corpus Christi, una ciudad de 100 habitantes, en donde sólo se pueden comprar y vender mulas, caballos, sillas de montar, bridas, tabaco, ropa y alcohol, es porque sabe que los mexicanos no enviarán tropas ni a defender California ni Nuevo México. Las batallas, en caso de guerra, serán obligatoriamente en Tejas, en la costa Atlántica. ¿De dónde van a sacar el dinero, el parque y los hombres, la fortaleza militar para defender el norte de México que no sea, si acaso, de Tejas? Resulta imprevisible un combate en las márgenes de la bahía de San Francisco. Los mexicanos se morirían en el camino… Me resisto a decir que se ahogarían porque carecen de una flota…

Polk da intencionalmente órdenes vagas y confusas para dejarse siempre abierta una salida política y en caso de conflicto poder culpar a sus subordinados, en este caso, al propio Taylor, a quien castigaría con todo el rigor de la ley.

Zachary Taylor piensa durante el viaje: de mi prestigio militar depende mi acceso a la presidencia de Estados Unidos; por cada mexicano muerto, por cada batalla ganada, por cada pueblo destruido, por cada metro de terreno mexicano robado o no, más cerca estaré de la Casa Blanca en este maravilloso país de guerreros, donde el botín de guerra tiene un extraordinario peso político específico. La cuerda se rompe por lo más delgado, dice en silencio. No marchará ni siquiera lentamente hasta no recibir órdenes precisas, concretas. Se cuida más de las intenciones ocultas contenidas en las órdenes de Polk que de los ataques apaches o de los mexicanos. La ejecución de las instrucciones confusas siempre las paga el subordinado, se dirá a solas mientras masca su tabaco favorito de Virginia.

En el alto mando militar le aclaran a un Polk con la mirada de acero:

—Señor, debo recordarle que las fronteras de Tejas están marcadas por dos ríos, uno, el del noreste, el Sabina, según el Tratado de Adams-Onís de 1819 en lo que hace a la frontera de la Luisiana y el otro, el Nueces, el del sur, es el que establece la línea fronteriza con México, en particular con los departamentos de Tamaulipas y Coahuila.

Quien no conociera a Polk difícilmente se percataría que su impaciencia estaba punto del desbordamiento. No soportaba que le dieran clases, menos de geografía y menos, mucho menos si se trataba de las líneas fronterizas de Estados Unidos con México.

—Si le ordenamos a Taylor, señor, llegar a Corpus Christi, o sea, avanzar al poniente del Río Nueces, ya estaríamos violando la frontera mexicana: invadiríamos un territorio a todas luces ajeno, mister president…

—Entendido —replica Polk, como si no supiera de memoria que Tejas colindaba con la Luisiana y México. Por supuesto que conocía el alcance de sus decisiones. Había leído mil veces el maldito Tratado de Adams-Onís, podía dibujar a ciegas el mapa de la frontera de Tejas y, sin embargo, concluyó con un lacónico:

—Procedan.

—Señor…

—¿No entienden ustedes el inglés? —tronó como siempre cuando, sobre todo los necios, se le enfrentaban para darle lecciones a él, a Polk, al jefe de la Casa Blanca, al presidente de Estados Unidos. God damn it¡Que baje Taylor hasta donde yo ordene…!

—¡Fremont! Traigan a John Fremont.

—Escoja cincuenta o sesenta soldados, ármelos a la perfección, después disfrácelos y salga a la brevedad a California en viaje de reconocimiento y de investigación geográfica. No necesitará más hombres para conquistar California.

—Llevaré una fuerza de rifleros, señor…

—¡Rifleros!, sí, claro que sí y tome, con derecho o sin él, tantas poblaciones californianas como pueda en nombre del gobierno de Estados Unidos. No le confiese a nadie estas instrucciones, son secretas. Si usted me traiciona yo negaré esta conversación.

—Pero no estamos en guerra, señor…

—Como si lo estuviéramos. ¿Me ha entendido?

—¡Manden un buen número de ingenieros militares y navales al norte del Río Bravo y a Veracruz: necesito tener todos los detalles del terreno para garantizarme el éxito!

—¡Larkin!, sí, sí, Larkin, que se vaya a Monterey, California, como agente confidencial del Departamento de Estado. Que renuncie a su cargo como Cónsul de Estados Unidos. Así nos será más útil. El logró que los «mexicanos adoptivos» volvieran a ser norteamericanos de corazón. Ha cumplido muy bien mis instrucciones desde el primer día de mi gobierno. Quiero, además, que nuestros cónsules, Dimond en Veracruz, Black en la Ciudad de México, Schatzel en Matamoros y Chase, en Tampico me informen a mí en lo personal, con copia a Buchanan, de todo lo que acontece. Así tendremos varias fuentes para poder cruzar datos y confirmar el avance de nuestros planes.

Polk tuvo el tiempo suficiente, durante el verano de 1845, para pensar en la selección de sus representantes, agentes, espías o enviados personales, encargados de cumplir con ciertas tareas muy específicas. Unas eran de naturaleza militar, otras de espionaje o periodísticas, o de sedición en contra de las autoridades mexicanas o bien respondían a estudios o investigaciones para levantar inventarios y rutas en caso de una intervención armada. Se reúne casi a diario con sus generales y comodoros más cercanos o les envía cartas o mensajes si ya no estaban en Washington: Stockton, Sloat, Taylor y Conner. Para los mexicanos se trataba de una conjura, de un futuro ataque orquestado. En el caso de los norteamericanos simplemente eran planes estratégicos. ¿Por qué los mexicanos tienen que poner tanta carga emocional en las actitudes ajenas? Todo les parece sospechoso: son escépticos por definición y naturaleza.

De esta suerte Polk ordena sus ideas. Lo vi caminando frenéticamente de un lado a otro de su oficina de día y de noche. ¿Quién irá a Mazatlán, a proteger de los mexicanos rebeldes las costas californianas, San Diego, Los Ángeles, Monterey y la hermosa Bahía de San Francisco? ¡Sloat! Sloat toma dichos puertos simbólicamente

desde julio de 1845…[32] Los toma un año antes de estallar la guerra entre ambos países, digo apretando las quijadas. ¡Hijos de puta…! El plan estaba perfectamente orquestado. ¿Quiénes serán los hombres para tomar Chihuahua, Utah, Santa Fe y que conquisten Nuevo México sin disparar un solo tiro, al igual que Yucatán, un rico territorio tropical ya dado, entregado, rendido ante la majestuosidad de nuestra causa? Contaremos con dos herramientas vitales para alcanzar el éxito: la Divina Providencia y la ausencia de nacionalismo mexicano. Polk escoge personalmente a su equipo de trabajo. Le obliga una y otra vez a memorizar sus instrucciones para no dejar evidencia escrita. Rechaza el ingreso de funcionarios por referencias. Estoy obligado a garantizarme el éxito. No delego nada: sólo confío en tres personas: me, my self and I…

Santa Anna, hombre de suerte, es beneficiado por medio de un decreto de amnistía después de cinco meses de reclusión en una cárcel infecta. Lo perdonan en mayo de 1845. Se vuelve a salvar, ya no se diga de la furia de los indios que lo hubieran cocinado como tamal, sino del paredón o de la horca, a donde sin duda hubiera llegado encapuchado y maniatado por el resentimiento y el coraje del presidente Herrera. ¡Qué servicio le hubieran hecho a México si Su Excelencia hubiera sido envuelto en hojas de plátano macho y sometido al nivel de cocción requerido para cocinar un buen tamal al estilo oaxaqueño! ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de México si un certero pelotón de fusilamiento hubiera acabado con la vida del Salvador de la Patria y un tirador experimentado hubiera disparado puntualmente el tiro de gracia sobre las sienes coronadas con laureles de oro del perínclito Benemérito…!

El 3 de mayo de 1845 Santa Anna abordó el Midway, un vapor inglés, rumbo a Cuba, desde luego, acompañado de Dolores. Ahí, en La Habana, tramará la cadena de felonías jamás divulgada y que, por lo mismo, ha permanecido ignorada por los mexicanos de ayer y hoy.

Uno de los personajes que acompañaron al César Mexicano rumbo al destierro es nuevamente Alejandro Atocha, el mismo caballero español que lo había apoyado contra viento y marea en sus años de dictador de 1841 a 1845 y que lo estaba acompañando cuando Manuel Domínguez, el asaltante de caminos, lo aprehendió en Xico, antes de su reclusión en el Castillo de Perote. Con él zarpó de territorio mexicano y cruzó el Golfo de México y el Mar Caribe hasta llegar a su «destino final decidido para agonizar, según decía, en el dolor del exilio, lejos, muy lejos de la patria…». No tengo otra alternativa que beber el frío champán del destierro…

En las noches de tibia travesía primaveral, disfrutando la perfumada brisa caribeña, apoyados los codos en los barandales de proa, Santa Anna y Atocha tienen tiempo de sobra para intercambiar, como siempre, puntos de vista en relación a la política mexicana. Ahí, conversando de perfil con la mirada clavada en el horizonte, contemplando en silencio cómo la luna riela en la inmensidad del mar, Atocha abre su juego y le informa al expresidente las fórmulas a las que había recurrido para inscribirse como acreedor del gobierno mexicano en el Convenio de Reclamaciones suscrito con Estados Unidos. Deudas que el gobierno mexicano tiene contraídas con nacionales norteamericanos. El, Atocha, finalmente lo confiesa, también posee la nacionalidad norteamericana y por ello tiene derecho al cobro. Tan lo tiene que zarpará de Cuba el mes entrante, junio de 1845, rumbo a Washington para

entrevistarse nada menos que con el presidente Polk[33] a fin de reclamar la indemnización que sin duda cobrará cuando México cumpla finalmente con sus obligaciones de pago.

—¿Vive usted también en Estados Unidos?

—Sí, señor, vivo en Nueva Orleans. Mi nombre aparece desde 1834 en el directorio de esa ciudad, como corredor de bienes inmuebles, en el número 53 de St. Louis Street. Mi residencia personal estaba en el número 272 de Bourbon Street.

Aunque a partir de 1838 me cambié al número 241 de esa misma calle[34] —insiste su interlocutor para exhibir toda la verdad y evitar la presencia de cualquier sospecha.

Santa Anna no se da por sorprendido de que su amigo Atocha sea acreedor del gobierno mexicano ni que posea la nacionalidad americana ni que tenga su residencia igualmente en Estados Unidos: lo que atrae poderosamente la atención de Su Excelencia es el hecho de que don Alejandro tenga acceso al jefe de la Casa Blanca para tratar un asunto ciertamente irrelevante.

—¿Y cómo hizo usted para obtener una cita con Polk? —pregunta Santa Anna con aparente apatía, inhalando el humo de su puro veracruzano.

—En Estados Unidos la democracia es ejemplar. Es el auténtico gobierno del pueblo. Los ciudadanos —concluye observando la estela del mar que el vapor inglés produce en su desplazamiento— tienen acceso al jefe de la Nación simplemente porque a ellos el presidente les debe el cargo. Estamos frente a la figura de un verdadero servidor público.

—Yo también recibía legisladores, periodistas, miembros de la oposición, representantes de la máxima jerarquía de la iglesia católica, aristócratas europeos y mexicanos, escritores y diplomáticos —agregó con un aire de prepotencia para demostrar que no se dejaría impresionar por las costumbres yanquis—. Mis gobiernos siempre fueron de puertas abiertas en términos de la Constitución.

Santa Anna iba a comentar que cuando la audiencia era solicitada por ladrones como Manuel Domínguez, verdaderos indios malolientes que cuando abandonaban su despacho, el hedor a sudor rancio de siglos permanecía tercamente en su oficina, en ese caso exigía a sus subalternos que se hicieran cargo de sus asuntos y le dieran trámite a sus peticiones. ¡Ya hubiera querido yo que todos mis visitantes cumplieran con las formalidades y educación de las personas que pisan las oficinas de Polk! ¿Qué cara pondría el jefe de la Casa Blanca si su despacho se llenara a diario de mixtécos, zapotecos o mayitas?

Seguir: parte 5 de 5