Michael Jackson

J. Randy Taraborrelli · Capítulo 2 de 14 · parte 3/3

Páginas del PDF

Michael Jackson

Primera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

El contrato con Motown habría podido establecer también que Joseph estaba obligado a entregar a Randy y a Janet a la compañía para ser criadas por Gordy, y él lo habría aceptado. Lo importante era que los muchachos estuvieran en Motown, a cualquier precio.

Así, el 26 de julio de 1968, con su pequeña letra, apenas legible, Michael firmó el

contrato: Michael Joseph Jackson[3].

 

La vida en Hollywood

El 27 de septiembre de 1968, Motown Records concertó la presentación de los Jackson 5 en un concierto benéfico en el Estadio Gilroy de Gary, Indiana, con el propósito de costear la candidatura de Richard Hatcher para alcalde. Ese mismo día se presentaban los artistas de Motown Gladys Knight and the Pips, Shorty Long y Bobby Taylor and the Vancouvers. Los Jackson 5 abrieron el recital. En los años siguientes, la historia oficial de Motown diría que allí fue cuando Diana Ross vio a los niños por primera vez, los «descubrió» e hizo que Gordy se fijara en ellos. En realidad, los Jackson 5 ya habían firmado contrato con el sello. Sin contar con que Diana Ross se encontraba muy lejos de Gary en ese momento. Estaba en Los Ángeles, ensayando con The Supremes.

Cerca de la Navidad, Berry Gordy organizó una fiesta en una propiedad de Detroit que había comprado en 1967 por un millón de dólares. (Aunque se había mudado a la costa Oeste, aún mantenía su residencia de Michigan). Se les pidió a los Jackson 5 que actuaran en la fiesta para los artistas de Motown y otros amigos de Gordy, algo realmente importante para los muchachos.

La mansión de tres pisos de Gordy ostentaba un salón de baile con suelo y columnas de mármol, una piscina olímpica, una mesa de billar, una pista de bolos de dos carriles, un teatro privado unido a la propiedad central por un túnel, y un bar cuyo mobiliario había sido importado de Inglaterra. Todas las habitaciones estaban decoradas con papel dorado, frescos en los techos y elaboradas arañas de cristal. Fastuosos retratos al óleo de los amigos y familiares de Gordy decoraban la entrada.

Si los Jackson habían visto alguna vez una casa como ésa, había sido únicamente en películas donde los ocupantes generalmente pertenecen a la realeza, por cierto, blanca. «¿Existe gente negra que realmente viva de este modo? —Joseph recordó haberse preguntado mientras recorría la mansión, agitando su cabeza con incredulidad—. Simplemente no puedo creer que esto sea posible». Cuando Gordy oyó al pasar el comentario, colocó su mano en el hombro de Joseph y le susurró algo al oído que lo hizo sonreír. Los dos hombres se estrecharon las manos con complicidad y entraron juntos en la sala de estar.

—Entonces dime, amigo, ¿qué piensas de todo esto? —peguntó Gordy, deteniéndose frente a un enorme retrato suyo donde se lo veía vestido como Napoleón Bonaparte. Había sido encargado por su hermana, Esther.

—Dios mío, ¿qué puedo decir? —preguntó Joseph—. ¿Aquí vives? Hombre, es demasiado para creerlo.

—Bueno, pero ¿te gusta? —presionó Gordy.

—Yo, eh… Tú, eh… —Joseph sólo podía balbucear. En ese instante, su hijo Michael llegó corriendo hacia él.

—Eh, ¿quién es el hombre de aspecto gracioso del cuadro? —preguntó.

Joseph, avergonzado, le dirigió una mirada al pequeño. Gordy sonrió.

«Jamás olvidaré esa noche —diría Michael—. Había sirvientas y mayordomos, y toda la gente era realmente simpática. Había estrellas de Motown por doquier. Smokey Robinson estaba allí. Ese día lo vi por primera vez. Los del grupo The Temptations estaban allí, y nosotros cantaríamos algunas de sus canciones, así que estábamos realmente nerviosos. Y cuando miré a la audiencia, vi que Diana Ross estaba allí. Ahí fue cuando sentí que era demasiado para mí».

Tras el recital de los muchachos, Berry les presentó a Diana, que lucía majestuosa, vestida con un traje de fiesta blanco hasta los pies y su cabello recogido en un rodete.

—Sólo quiero deciros cuánto me ha gustado lo que hicisteis —dijo mientras estrechaba sus manos—. El señor Gordy me ha dicho que vamos a trabajar juntos.

—¿Trabajaremos juntos? —preguntó Michael.

—Sí, lo haremos —dijo Diana. Su sonrisa quitaba el aliento, tanto como los diamantes que llevaba en sus orejas y alrededor de su cuello—. Lo que sea para ayudaros —dijo—, eso es lo que haré.

—Gracias, señorita Ross, realmente apreciamos el gesto —alcanzó a decir Joseph Jackson. Si bien era usualmente un gran conversador, Joseph no estaba pasando un momento fácil esa noche.

La sonrisa de Diana era cálida y sincera. Se volvió hacia Michael.

—Y tú, eres simplemente adorable.

Cuando pellizcó sus mejillas, el muchacho se sonrojó.

 

Inmediatamente después de firmar con la discográfica, los Jackson comenzaron a grabar en los estudios Motown bajo la dirección del productor Bobby Taylor, el hombre que los había descubierto en Chicago. Durante los meses siguientes pasarían los días de la semana en Gary, asistiendo a la escuela, y los fines de semana —aunque también cierta cantidad de semanas completas— en Detroit, durmiendo en el suelo del apartamento de Taylor. Grabaron quince canciones, muchas de las cuales figurarían luego en sus discos. Taylor diría luego que no recibió dinero por esas sesiones de grabación. «Ciertamente me habría gustado algún reconocimiento por haber descubierto a los Jackson 5 —dijo—. Pero el reconocimiento no paga las cuentas».

(Cierta vez, Berry Gordy y Bobby Taylor hablaban sobre los muchachos, y el productor comentó lo maravillado que estaba por encontrarse en el origen de algo tan emocionante como los Jackson 5. «Taylor, déjame decirte algo —dijo Gordy, según el recuerdo de Bobby—. Tan pronto como se hagan ricos, se olvidarán de ti»).

Los ocho meses siguientes no serían fáciles. Berry no creía que los Jackson 5 estuvieran listos aún para lanzar un sencillo; no estaba satisfecho con ninguna de las canciones que habían grabado hasta el momento. Todos en la familia comenzaban a impacientarse, especialmente porque las condiciones en Gary empeoraban cada vez más con las pandillas callejeras aterrorizando al vecindario. Joseph fue asaltado y, luego, un gamberro amenazó con un cuchillo a Tito. Cada día, la familia aguardaba la llamada de alguien —sin importar quién fuera— de Motown, diciendo cómo sería la nueva etapa de su vida.

El 11 de marzo de 1969, el contrato de Motown finalmente entró en vigencia. El retraso se debió a que Ralph Seltzer había descubierto que los Jackson 5 seguían comprometidos con Steeltown Records, a pesar de los intentos previos de Richard Arons para liberarlos del acuerdo. Motown se vio forzado a arreglar un convenio con Steeltown, para disgusto de Gordy. A esas alturas, según Ralph Seltzer, Motown había gastado más de treinta mil dólares en los Jackson 5, sin contar el convenio con Steeltown. Gordy estaba ansioso por recuperar el dinero invertido.

En agosto de 1969, más de un año después de la audición, telefonearon finalmente de Motown: Gordy quería que Joseph, sus cinco hijos y Johnny Jackson junto a Ronny Rancifer se trasladaran a Los Ángeles. Asistirían a la escuela en la costa Oeste mientras grababan en las nuevas instalaciones de Motown en Hollywood. Aunque Gordy no se mostraba entusiasta con ninguna de las canciones de los Jackson, estaba impresionado con el joven Michael. «Michael es una estrella de nacimiento —diría luego en una entrevista—. Era el clásico ejemplo del que lo comprende todo. Enseguida noté que era un niño de una gran profundidad, era simplemente increíble. La primera vez que lo vi, supe que era un muchacho sumamente especial».

Joseph, Tito, Jack Richardson, el batería Johnny Jackson y el teclista Ronny Rancifer se dirigieron a Los Ángeles en su nueva furgoneta Maxivan Dodge. Motown pagó el viaje de Jackie, Jermaine, Marlon y Michael unos días después. Fue decisión de Joseph que no se trasladara la familia entera de Gary a Los Ángeles hasta que no se confirmara la certeza de su futuro. Era posible, después de todo, que Berry estuviera equivocado, que el grupo fuera un fracaso, y que tuvieran que comenzar nuevamente desde el principio. De modo que Janet, Randy y LaToya permanecieron en Gary con Katherine.

Berry registró a la familia en uno de los moteles más sórdidos de Hollywood, el Tropicana, en el Boulevard Santa Mónica. Michael, Marlon y Jermaine compartían un cuarto, mientras que Tito y Jackie dormían en otro. Joseph se alojaba al otro lado del pasillo. La familia pasaba poco tiempo en las habitaciones: dado que era época de vacaciones escolares, estaba la mayor parte del día en los estudios de Motown en Hollywood ensayando y grabando.

Finalmente, Gordy los trasladó del Tropicana al Motel Hollywood, situado frente a la escuela secundaria de Hollywood (Hollywood High) y más cerca de la oficina central de Motown. El nuevo alojamiento era aún más espantoso para los niños; prostitutas y proxenetas solían utilizarlo como lugar para dirigir sus negocios. No obstante, nada de eso les importaba a los Jackson. ¿Por qué habría de importarles? Estaban viviendo en California. Aun cuando no vieran estrellas de cine en cada esquina, como habían soñado, Los Ángeles era el paraíso comparado con Gary.

Todo era novedoso para los jóvenes Jackson. Michael jamás había visto una verdadera palmera antes de llegar a California. «Y aquí había calles enteras con ellas», recordó una vez. Había automóviles lujosos dondequiera que dirigieran su mirada, y todos los conductores parecían llevar gafas oscuras, aun en esos días nublados en los que el sol no aparecía hasta el atardecer. De hecho, como los jóvenes Jackson comprenderían pronto, mucha gente llevaba gafas oscuras incluso por la noche. «Así que ésta es la vida de Hollywood», dijo Joseph.

 

Una tarde, Berry organizó una reunión de la banda en la casa de Diana Ross. Era la primera vez que los muchachos la veían tras el recital ofrecido en la propiedad de Berry en Detroit el invierno anterior. La casa de Diana podía no ser espectacular según los cánones de Hollywood —era una mujer soltera y vivía en una residencia provisional de tres habitaciones en Hollywood Hills mientras concretaba la compra de una nueva casa, más opulenta, en Beverly Hills— pero cuando los cinco Jackson y su padre la compararon con su covacha de Gary, del tamaño de un garaje, les resultó difícil mantener la compostura.

Michael recordó que Gordy sentó a los muchachos en la sala de estar de Diana y tuvo una charla con ellos. «Haré de vosotros la banda más grande del mundo —les dijo—. Lograréis ocupar el primer puesto del ranking con tres temas, uno detrás del otro. Apareceréis en los libros de historia. Así que, preparaos, porque no falta mucho».

Eso era exactamente lo que los Jackson querían oír. Joseph no quería más que el éxito para sus hijos, y ahora parecía algo asegurado. Les dijo a los niños que debían hacer todo lo que «el señor Gordy» les pidiera, sin cuestionarlo. Lisa y llanamente, Joseph se sentía intimidado por Berry. No obstante, él sentía lo mismo con respecto al padre de los Jackson. «Aquí tenéis a un hombre negro que ha obtenido millones de dólares en el mundo del espectáculo —dijo Joseph—. Si tan sólo consigo aprender algunas cosas de él, entonces yo también haré mi parte».

Cuando la reunión estaba a punto de concluir, Diana entró en la habitación luciendo como… bueno, Diana Ross… con unos ajustados pantalones negros de satén, una voluminosa cabellera y pendientes de oro. «Siempre lucía como una diosa —recordó Jermaine—. Cuando entró en la sala de estar ese día, todos quedamos boquiabiertos». —Aunque los niños ya la habían conocido, seguían sintiéndose sobrecogidos. Joseph se esforzó por recuperar la compostura y causar una buena impresión.

—Sólo quiero deciros nuevamente que estoy aquí para vosotros —dijo ella—. Si hay algo en lo que pueda ayudaros, espero que me lo hagáis saber.

Parecía sincera, recordaría luego Jermaine. «Era difícil creer que estuviera dirigiéndonos esas palabras a nosotros —dijo—. Es decir, ¿qué habíamos hecho para merecer su ayuda? Pura suerte».

Lo que Jermaine mejor recuerda de ese día es el telegrama que Diana les mostró. «Se lo he enviado a una gran cantidad de personas», explicó. En él se leía: «Por favor, acompáñame para darle la bienvenida a este brillante grupo musical, los Jackson 5, el lunes 11 de agosto de 18.30 a 21.30h en el Daisy, North Rodeo Drive, Beverly Hills. Los Jackson 5, con la presencia del sensacional niño de ocho años Michael Jackson, cantarán en directo en la fiesta, [firmado] Diana Ross».

—Creo que has cometido un error —le dijo Michael—. No tengo ocho años, sino diez.

—Ya basta —dijo Berry con una sonrisa.

Berry explicó que la discordancia era un asunto de relaciones públicas. A continuación tuvo lugar una breve discusión con Michael sobre el arte de las relaciones públicas; se le recordó que, en lo concerniente a los medios, Diana Ross era quien los había llevado a él y a sus hermanos a Motown. Debería recordar eso siempre ya que, como lo expuso Diana, «es todo por tu imagen».

—Comprendo —dijo Michael—. Tengo ocho años. Y hemos sido descubiertos por la gran señorita Diana Ross.

—Lo has comprendido bien —dijo Diana con una sonrisa y lo estrechó en un abrazo—. Eres simplemente adorable —dijo, nuevamente.

Michael recordaría luego: «Comprendí a una corta edad que si alguien decía algo que no era cierto sobre mí, era una mentira. Pero si alguien decía algo que no era cierto sobre mi imagen, entonces estaba bien. Porque entonces no era una mentira, sino relaciones públicas».

El 11 de agosto de 1968, Diana Ross presentó a sus nuevos protégés, los Jackson 5, con la ceremonia y la pompa características de un gran debut de Hollywood. Trescientos amigos «cercanos» de Gordy y Diana, además de asociados de negocios, abarrotaron el club privado de Beverly Hills, el Daisy, habiendo sido invitados personalmente por el telegrama de la cantante. Aplaudieron de pie mientras Michael Jackson y los Jackson 5 —así fueron presentados por Diana— interpretaron canciones de Motown como «Who’s Loving You» de Smokey Robinson e incluso clásicos de Disney como «Zip-a-dee-dodah». Los muchachos vestían idénticos chalecos de color verde lima con camisas doradas y botas verdes que hacían juego. Cada movimiento había sido cuidadosamente coreografiado para ellos, y ensayado en el estilo profesional de Motown. Fueron un éxito. Luego se distribuyó entre los invitados un lanzamiento de prensa, con la edad de cada niño rebajada en dos años.

Orgulloso y radiante por la recepción, Berry anunció que los Jackson 5 se presentarían en concierto con Diana Ross y The Supremes en el Forum cinco días después, y luego en octubre, cuando Diana sería la anfitriona del programa de televisión The Hollywood Palace.

Los muchachos formaron una fila y Diana Ross presentó ante la prensa a cada uno de ellos: «Este pequeño es Michael. ¿No es adorable? Y éste es Jermaine. ¿No es encantador? Y aquí está Jackie. Miren qué alto es», y así sucesivamente.

La reportera de la revista Soul, Judy Spiegelman, dijo: «Recuerdo haberme impresionado con la actitud extrovertida y cortés de los muchachos. Después de todo, no eran más que niños, y sin embargo nada afectados por la atención».

—¿Qué se siente al ser una estrella, Michael? —quiso saber.

—Bueno, para serte sincero, ya había perdido las esperanzas —respondió Michael con una sonrisa. Vestía un sombrero de hongo negro sobre su cabello afroamericano—. Pensaba que iba a ser un anciano cuando me descubrieran. — Entonces, susurrando en un tono dramático, concluyó—: Pero entonces llegó la señorita Diana Ross y salvó mi carrera. Ella me descubrió.

—¿Y cuántos años tienes, Michael? —preguntó.

Michael observó a Diana, de pie tras él, orgullosa, con su mano en el hombro del niño. Berry Gordy se encontraba junto a ella.

—Ocho —dijo Michael.

—Pero pensaba que eras mayor. Cerca de los once, quizá —presionó la suspicaz reportera.

—Bueno, no es así —insistió Michael—. Tengo ocho años.

—Mira, el chico tiene ocho años, ¿de acuerdo? —interrumpió Berry—. Próxima pregunta.

—Próxima pregunta, por favor —lo corrigió Michael. Sonrió y le guiñó el ojo a Pauline Dunn como diciendo, «así es como se juega a esto».

 

El primer éxito de los Jackson 5

Los comienzos de la década de 1970 fueron los años de transición más significativos para Motown Records desde su consolidación como una potente productora musical. Para entonces, a pesar de que la compañía continuaba produciendo magnífica música pop y música negra estadounidense (rhythm and blues —R&B—), algunas de sus estrellas comenzaban a quejarse de su método de crear éxitos como en una cadena de montaje.

La década del 1970 fue un período de cambios, tanto sociales como políticos, y la producción de música pop también se vio afectada. Para estar a la altura de los tiempos, varios sellos discográficos desmantelaron eventualmente sus equipos de compositores-productores y firmaron contratos con prolíficos cantautores y bandas que componían e interpretaban su propia música. Berry Gordy no se mostraba entusiasmado con esta tendencia. Siempre había disuadido a sus artistas de escribir y producir su propio material porque, según se decía, no deseaba compartir con ellos los derechos de autor, lo cual constituía la siguiente petición inevitable. Prefería contar con su propio equipo de compositores y productores, que habían sido contratados por su propia editora musical, Jobete. De ese modo, gran parte del dinero permanecía en las arcas de Motown.

No obstante, algunas de las estrellas de Motown anhelaban mayor libertad artística. Por ejemplo, Stevie Wonder y Marvin Gaye se sentían por encima del estilo de música manufacturada de Motown, es decir, los temas suministrados por el equipo de compositores y productores. Debían de haber percibido finalmente que los miembros de dicho equipo, tales como Smokey Robinson y Norman Whitfield ganaban grandes sumas por sus composiciones sin verse obligados a extenuantes giras por cuarenta ciudades y presentaciones públicas. Wonder y Gaye exigían ahora la oportunidad de expresarse musicalmente a través de sus propias composiciones y, por extensión, de recibir una parte de los derechos editoriales de sus canciones.

El hecho era que la música no estaba entre las principales preocupaciones de Berry Gordy cuando decidió trasladar Motown de Detroit a Los Ángeles. Berry dejó atrás sus raíces en Michigan tras dos décadas, por la misma razón que optimistas colegiales graduados y jóvenes y apuestos fugitivos se embarcaban desde todas las partes del mundo hacia la ciudad de Los Ángeles: la pantalla grande. Berry quería entrar en la industria cinematográfica, y su protégée Diana Ross era su mejor carta de recomendación. Al planear y organizar su viaje al oeste, Gordy fue metódico como siempre. Aprovechó la ocasión para limpiar la casa: empleados y artistas considerados una carga serían dejados atrás en la ciudad del motor, mientras que los miembros deseados podrían mantener sus puestos en tanto estuvieran dispuestos a trasladarse a Los Ángeles.

Cuando Berry Gordy asistió a la grabación de la audición de los Jackson 5 en Detroit, supo que los jóvenes habían llegado en el momento justo. El grupo no sólo significaría una nueva etapa musical para Motown, sino que además lo haría con un exitoso sencillo suministrado por el propio equipo de producción de la compañía. Los niños no deseaban componer y producir sus propias canciones, sólo querían ser estrellas. Para Berry, debió de ser como un déjà vu. Sentía nostalgia por el tiempo no tan lejano en el que Stevie y Marvin se preocupaban sólo por cantar y no por componer. Firmar contrato con un grupo que dependiera exclusivamente de las composiciones de Motown validaría el modo de trabajo de la compañía por algunos años más. (Aun así, ni siquiera Gordy habría podido predecir cuánto prosperaría Jobete como resultado de su contrato con los Jackson 5).

 

En 1969, la sección de la costa Oeste de Motown era llevada bajo la dirección de uno de los mayores compositores-productores de la compañía. Como parte integral del equipo de composición-producción de Motown llamado El Clan, Deke Richards era el responsable de algunas canciones maravillosas (como «Love Child» de The Supremes). Él y Berry tenían una relación cercana; Deke incluso tenía una línea telefónica para uso exclusivo de Berry, y éste le telefoneaba a todas horas de la mañana, rebosante de nuevas ideas.

Además de su cargo de director creativo de talento para la sección de la costa Oeste de Motown, Deke se encargaba de la permanente búsqueda de nuevos compositores y artistas prometedores para sumar a la lista de la compañía. Ese año, le fueron presentados dos jóvenes y talentosos compositores, Freddie Perren y Fonce Mizell. Consideró que los dos poseían increíble destreza y estaba deseando incluirlos en la familia Motown.

Durante los tres meses siguientes, Deke Richards, Freddie Perren y Fonce Mizell trabajaron juntos en una canción titulada «I Want to Be Free», pensada para Gladys Knight and the Pips. El equipo se dirigió a los estudios de Motown con un conjunto de talentosos músicos para grabar la pista instrumental para el tema, recordada alegremente por Perren como «una de las mejores interpretaciones musicales de Motown».

Mientras tanto, Berry invitó a Deke al recital que los Jackson 5 darían en el Daisy, presentados por Diana Ross. Richards quedó impresionado.

Había oído los rumores de Motown referidos a que Bobby Taylor presentaría material grabado con los hermanos en Detroit. Aunque Taylor estaba produciendo algunos temas de calidad, todos sabían que no había un solo éxito en su haber. Cuando Deke le reprodujo la pista de «I Want to Be Free» a Berry, a éste le agradó tanto que pensó que sería ideal para los jóvenes Jackson. «Dale a la canción un tratamiento al estilo Frankie Lymon —le dijo a Deke—, y veremos qué pasa».

Deke recordó: «Berry retuvo la pista por un tiempo y pensó algunas buenas ideas. Comenzaba a entusiasmarse. Yo quería que Berry estuviera involucrado. Ésta comenzaba a ser una propuesta muy emocionante para todos nosotros».

Deke decidió llamar La Corporación al equipo de Fonce Mizell, Freddie Perren, él mismo y Gordy, lo que reforzaría la premisa democrática de que no había egos desproporcionados mezclados en el trabajo y que todos serían tratados por igual. Recordó: «Una vez que estuvo lista la pista instrumental de base, llegó el momento de ensayar con los muchachos para que grabaran lo suyo. Los chicos llegaron a la casa de Berry, y allí fue donde comenzamos a conversar sobre la canción con ellos. Durante las semanas siguientes, los niños trabajaron una inmensa cantidad de horas en esta única canción. Fue un trabajo duro. Finalmente, el tema fue rebautizado “I Want You Back”».

«El mayor inconveniente con los Jackson 5 no era la disposición para el trabajo —dijo Deke—. El problema era que no sólo debías ser un productor, sino también un instructor de fonética inglesa. Era agotador enseñarles la pronunciación de las palabras. Debíamos repasar ciertas palabras una y otra vez, lo cual resultaba pesado.

»Si Michael tenía algún problema además de la fonética, era atacar y sostener las palabras y las notas. Como cualquier niño, tendía a lanzar las palabras, arrastraba las notas más que mantenerlas. Tal vez pensaba en el baile o en cualquier otra cosa, sin concentrarse en dejar fluir los versos. Me veía obligado a decirle: “Necesito esas notas, Michael, cada una de ellas”.

»Sin embargo, como cantante era genial. Ejercíamos una gran presión sobre él, porque siempre que encuentras a un niño que puede cantar de ese modo, piensas: “Sí, es tan genial que deseo que sea más genial aún”. Sentía que si podía sonar tan bien en bruto, sería extraordinario una vez que fuera pulido».

«Recuerdo que Deke Richards fue uno de mis primeros maestros, —dijo Michael Jackson—, Dios mío, le dedicamos mucho tiempo a “I Want You Back”. Era realmente paciente conmigo, con todos nosotros. Creo que debo de haber grabado aquel tema dos docenas de veces. No tenía idea de que grabar pudiera ser tan trabajoso. Recuerdo haberme quedado dormido al micrófono. Me preguntaba si alguna vez se acabaría. Justo cuando pensaba que habíamos terminado, debíamos comenzar todo otra vez».

La última sesión de grabación de «I Want You Back» se extendió hasta las dos de la madrugada. «A esas alturas, debía de ser el sencillo más caro de la historia de Motown —agregó Deke Richards—. Costó cerca de diez mil dólares. En ese momento el coste de un sencillo de Motown era cercano a dos mil dólares. Continuamos agregando y sustrayendo música hasta el final. De hecho, el tema original comenzaba sólo con una guitarra, pero en último momento quise agregar un glissando de piano. Hice llamar a Freddie y a Fonce para que lo hicieran sin más tardanza, y así acabar de una vez con la canción».

El 2 de octubre de 1969, después de la mezcla final de «I Want You Back», Berry le preguntó a Deke qué nombre consideraba que debía aparecer en la cubierta del disco. ¿Jackson Five? ¿Jackson Five presenta a Michael Jackson? Deke opinó que el grupo debía llamarse simplemente los Jackson 5, con el número 5. Berry estuvo de acuerdo. Joseph Jackson ni siquiera fue consultado. No es necesario imaginar la tensión que se hubiera generado en la familia si Deke hubiera sugerido «Jackson Five presenta a Michael Jackson».

 

Michael se muda con Diana

El 1 de octubre de 1969, mientras su padre y sus hermanos eran arrastrados de un hotel a otro por la gente de Motown, se decidió que Michael Jackson debía mudarse a casa de Diana Ross en Hollywood Hills. «Fue un asunto premeditado. Quería que estuviera cerca de ella —explica Berry Gordy—. La gente piensa que fue casualidad que se quedara allí. No lo fue. Yo quería que Diana le enseñara todo lo que pudiera. Diana es una persona muy influyente. Sabía que Michael iba a aprender algo tan sólo por estar cerca de ella. Diana había dicho que él le recordaba algo de sí misma cuando tenía once años. Michael era ávido y curioso, y tenía talento, tal como era Diana cuando la conocí. Por entones, ella tenía dieciséis años.

»Le pregunté si tenía algún problema y su respuesta fue que no, le gustaba la idea de tenerlo cerca. Era bueno para ella tener a alguien más por quien preocuparse. Sería sólo por cuatro semanas, el mes de octubre».

Si bien quería ayudar, Diana estaba tan absorbida por las exigencias de su propia carrera que no estaba preparada para el rol de madre sustituta. Pese a ello, dio todo de sí, trató a Michael como a un hijo y se encariñó con él. Sin embargo, el estilo de vida que Michael llevó en el hogar de Ross se asemejó a todo aquello que su madre le había enseñado a evitar por considerarlo malvado. En ese ambiente, nada parecía importar, excepto el mundo del espectáculo. «Vas a ser una gran, gran estrella —solía recordarle Diana durante el desayuno—. Ahora, cómete tus cereales».

Aunque Diana permaneció en su casa durante el mes de octubre, estuvo extremadamente ocupada. Estaba a punto de abandonar a The Supremes y embarcarse en una carrera en solitario. Mientras tanto, ella y Berry tenían un romance tumultuoso. Michael, sin duda, oyó muchas discusiones de la pareja y probablemente los vio sonreírse y hablarse cariñosamente después, frente a los periodistas. Estaba aprendiendo mucho sobre las relaciones públicas en el mundo del espectáculo, pero sólo el tiempo diría cuánto le afectarían las relaciones públicas.

Michael iba a la escuela durante el día y grababa en el estudio hasta altas horas de la noche, pero se había dado cuenta de que durante el período en que vivió con Diana Ross ella siempre encontraba tiempo para familiarizarlo con el arte. «Solíamos salir, sólo nosotros dos, y comprar pinceles y pinturas —escribió Michael en su autobiografía sobre aquel tiempo junto a Diana—. Cuando no estábamos pintando o dibujando, íbamos a museos».

La fascinación de Michael por Diana —que algunos verían luego como una obsesión— duraría muchos años. Así como fue una figura materna cuando su propia madre estaba a miles de kilómetros, ella era también unaartista consumada; él la estudiaba constantemente. «Recuerdo que solía sentarme en un rincón y mirar la forma en que se movía. Era arte en movimiento. ¿Se ha fijado en la forma en que trabaja con sus manos? Yo estaba… cautivado por ella. Durante todo el día, cuando no estaba ensayando mis canciones, estaba escuchando las suyas. Un día la vi ensayar frente al espejo. Ella no sabía que la miraba. La estudié, la forma en que se movía, la forma en que cantaba, su forma de ser. Luego le dije: “Quiero ser tal como tú, Diana”. Y ella me dijo: “Sólo debes ser tú mismo y serás una gran estrella”».

Michael, con sus once años, también tuvo algunos momentos solitarios durante su estancia en el hogar de Ross, mientras ella estaba trabajando. Echaba de menos a su madre y hablaba constantemente por teléfono con ella, encareciendo la cuenta telefónica de Diana.

Katherine estaba preocupada por la vida de Michael durante ese período, según afirmó una amiga de la familia, una mujer que prefirió mantenerse en el anonimato porque es alguien en quien Katherine aún confía. «Katie estaba realmente preocupada por el estilo de vida de Diana Ross y por la influencia que podía tener en su hijo. No quería que su hijo fuera corrompido por Diana o su círculo de amigos del mundo del espectáculo. Además, conocía muy poco sobre Diana. Sólo sabía que era una estrella con reputación de egoísta y engreída. Todo el tiempo que Michael estuvo lejos de ella, Katie no podía dejar de pensar en lo que estaría sucediendo en casa de Ross y cómo lo estaría sobrellevando Michael. Le daba rienda suelta a su imaginación. Fueron tiempos de gran preocupación en los que se preguntaba qué tipo de valores le estaba transmitiendo Diana Ross a su hijo».

Para hacerle las cosas aún más difíciles a Katherine, Diana parecía poco dispuesta a hablar directamente con ella. Cuando llamaba para saber cómo estaba Michael, si él no se encontraba en casa, Katherine tenía que hablar con el personal doméstico. Normalmente Diana no atendía el teléfono.

Si Katherine estaba angustiada por la posibilidad de que se hicieran fiestas descontroladas en la residencia de Diana Ross, no tenía motivos para estarlo. Diana era una persona seria, no una chica que organizaba fiestas. Solía acostarse temprano para poder levantarse a tiempo y asistir a sus diversos compromisos. En todo caso, lo que le transmitió a Michael fue una ética del trabajo que le serviría como formación. Quería ser un ejemplo para él y se aseguró de no dejarle ver otra cosa que su mejor parte.

«Llegué a conocerla bien —diría Michael muchos años después—, y me enseñó muchísimo con su ejemplo. Recuerdo que solía estar en el estudio de grabación hasta algún momento de la mañana, irse a casa, hacer una prueba de vestuario, ensayar, almorzar, hacer un programa de TV y luego acostarse tal vez dos horas. Luego, de vuelta al estudio. Recuerdo haber pensado: lo mío no es tan terrible. Mírala a ella. ¡Y ella es Diana Ross!».

 

¡Éxito!

El estrellato de los Jackson 5 estaba a la vuelta de la esquina, pero con un desvío o dos en el camino. Cuando se lanzó «I Want You Back», en octubre de 1969, el tema no fue un éxito inmediato. La canción ingresó en los 100 Principales del ranking Blllboard en el puesto número 90. El departamento de promoción y ventas de Motown tenía que alentar continuamente a los disc-jokeys para que lo pasaran y a las tiendas para que lo tuvieran en su stock. Finalmente, diez semanas después, el 31 de enero, se disparó al puesto número uno, desplazando al tema «Raindrops Keep Falling on My Head» de B. J. Thomas.

Con «I Want You Back», Berry Gordy, Deke Richards, Fonce Michell y Freddie Perren se las ingeniaron para hacer despegar como un cohete a su último hallazgo y lanzar su productora discográfica hacia una nueva y excitante década. Un Michael precoz pero completamente adorable y atractivo guiaba a sus hermanos mayores hacia los corazones, los hogares y los equipos de sonido del Estados Unidos blanco y de clase media. El enardecedor sencillo también tuvo éxito en los rankings musicales negros o de rhythm and blues.

Del mismo modo que la exitosa fórmula de The Supremes en los años sesenta, el sonido de los Jackson 5 brindaba música soul saludable, no tosca, fácil de digerir y aceptada de buena gana por compradores de discos de todas las razas. Aunque el disco fue número uno durante sólo una semana en Estados Unidos, alcanzó la asombrosa cifra de 2.060.711 copias vendidas en Estados Unidos y otros cuatro millones en el exterior. En el Reino Unido, la canción trepó al puesto número dos y permaneció en el ranking trece semanas, además de vender 250.000 copias.

«Los profesionales nos decían que ningún grupo había tenido un comienzo mejor que el nuestro —recordaba Michael Jackson—. Jamás».

Una vez lanzado «I Want You Back», los Jackson 5 recibieron un retoque en su imagen. La famosa escuela de encanto de Motown —las clases para artistas que daban en Detroit para hacer de niñitos como The Temptations astutas personas del ambiente— dejó de funcionar cuando la empresa se reubicó en Los Ángeles. Todo el trabajo de cambio de imagen se hacía con la gente que Gordy conseguía para su causa. Suzanne dePasse —ahora presidenta de Motown Productions— fue la responsable de darle una nueva imagen a los jovencitos.

Varios estilistas trabajaron para lograr el mejor corte de cabello y el mejor vestuario para cada miembro del grupo. Suzanne y los chicos salieron a comprar los trajes más extravagantes que pudieron encontrar. Algunos eran realmente despampanantes, con diseños y colores delirantes. Aun así, insólitamente, todo funcionó. Al fin y al cabo, eran los años setenta.

El 18 de octubre de 1969 marca otro hito fundamental en la carrera de los Jackson 5: su primera aparición en la televisión nacional, en el programa The Hollywood Palace, conducido por Diana Ross (The Supremes también estaban en el programa pero esa noche Mary Wilson y Cindy Birdsong no estuvieron mucho en el aire). Entre bastidores, Joseph seguía repartiendo consejos de último momento a sus muchachos, tal como siempre hacía antes de cada presentación. Una vez, Michael recordó que era bastante fácil dejar de prestar atención a Joseph porque decía exactamente lo mismo cientos de veces. Esa tarde, Joseph estaba aún más tenso, según recuerda Jack Lewis, un decorador de aquel programa de la cadena ABC.

«Joe se paseaba fuera de cámara de un lado a otro, como un león —recuerda—. No tengo ninguna duda de que él estaba más nervioso que sus hijos. Durante el corte, los chicos estaban entusiasmados. Diana Ross se acercaba a Michael para mantener conversaciones privadas con él. Le daba palmaditas en la cabeza todo el tiempo, algo que, según noté, molestaba a Joe».

Diana llevaba una blusa blanca que dejaba el vientre descubierto y pantalones blancos, lo que resaltaba su esbelta figura. Su cabello estaba recogido en un elaborado rodete, sus larguísimos aros de plata volaban mientras bailaba entre bastidores con Michael, antes del espectáculo.

—Vamos, ven —le decía haciéndole señas para que se acercara—. ¡Eres el mejor! ¡El mejor! —Michael hizo un rápido giro al estilo James Brown y cayó al suelo de rodillas para levantarse en un santiamén—. Soy el mejor —dijo riendo—. En eso tienes razón.

Berry Gordy también estaba entre bastidores. Justo cuando estaban por salir, Gordy los juntó a todos e hizo una conferencia improvisada. Cuando él terminó, Joe hizo lo mismo para no ser menos.

Desde atrás del telón oyeron la presentación a cargo de Diana: «Esta noche tengo el placer de presentar a una joven estrella que ha estado en el ambiente durante toda su vida. Ha trabajado con su familia y cuando canta y baila, ilumina el escenario».

En ese punto, Sammy Davis, hijo, entró saltando al escenario para realizar un número cómico. Aparentemente, pensó que Diana lo estaba presentado a él, pero luego ella explicó que se refería a «Michael Jackson y los Jackson 5» y repitió la presentación.

Fue entonces cuando se levantó el telón y entraron en el escenario cantando la composición de Sly Stone «Sing a Simple Song». Los hermanos llevaban el mismo vestuario de su debut en el Daisy: chaquetas verdes lima sin mangas, cruzadas, pantalones de campana que hacían juego y botas de gamuza en el mismo tono. Las camisas arremangadas eran doradas. (Aunque muchos observadores suponían que Motown costeaba esos trajes, en realidad, Joseph y Katherine los compraron en una tienda de Gary).

Conforme al decorador Jack Lewis, mientras ellos cantaban, Joseph Jackson y Berry Gordy se enfrascaron en una discusión acalorada entre bastidores.

—¿Qué es esto de «Michael Jackson y los Jackson 5?» —preguntó Joseph—. Nadie me dijo nada al respecto. Nadie acordó ese tema conmigo.

Berry se encogió de hombros.

—No estaba escrito de esa forma en la tarjeta de presentación —explicó—. Diana lo soltó de esa manera. Ella es así. Hace lo que quiere. Vengo intentando decirle qué hacer desde hace años —dijo, con una sonrisa relajada—. Nunca lo voy a lograr.

—No me gusta —bramó Joseph—, todos los chicos son iguales. No debemos poner a Michael por encima de los demás. Eso sólo traerá problemas.

—Joe, es obvio que él es la estrella —dijo Berry, sin apartar la vista de la función —. ¡Vamos! Míralo. Debes de estar bromeando.

—No, todos son estrellas —refutó Joseph.

—Bueno, ya es demasiado tarde —dijo Berry encogiéndose nuevamente de hombros. Luego, ambos observaron la función, Berry con una amplia sonrisa y Joseph con el ceño fruncido.

Cuando los hermanos terminaron las dos canciones siguientes —«Can You Remember?» y «I Want You Back»— los aplausos, iniciados por Diana, fueron generosos. Sin lugar a dudas, causaron una gran impresión.

Después de la función, entre bastidores todo fue un gran alboroto, los chicos gritaban alegremente, se daban palmadas unos a otros, saltaban y se abrazaban. Joseph estaba en el medio de todos, disfrutando un dulce momento de gloria con sus hijos.

Diana fue directo hacia Michael.

—Estoy tan orgullosa de ti —se entusiasmó—. ¡Eres el mejor! Simplemente el mejor. Vas a ser una gran, gran estrella. —Sentía tanto orgullo del logro de Michael que se habría podido creer que era su verdadera madre, no sólo una figura importante en su vida. Luego se apartó de «su hijo»—. ¿Alguien me da una toalla? —Diana no se la pedía a nadie en particular. Levantó la voz—: Debería haber una toalla preparada para mí. ¡Quiero una toalla! ¿Dónde está? ¿Alguien puede decírmelo?

—Yo le traigo una, señorita Ross —se ofreció Michael. Desapareció por un momento y volvió con una suave toalla blanca.

Diana sonrió y la tomó.

—Gracias, Michael —dijo, dándole una palmadita en la cabeza.

Él sonrió y se fue corriendo.

Berry se acercó a Diana y, según escuchó Jack Lewis, le preguntó:

—¿Qué fue esa presentación, «Michael Jackson y los Jackson 5»?

Cubriéndose la espalda desnuda con la toalla, Diana miró a Berry con una expresión de orgullo y dijo:

—Oh, se me ocurrió a mí, bastante buena ¿verdad?

—Supongo. Pero el padre se enfadó bastante por ella —dijo Berry.

Diana miró a Berry como si fuera un bobo preocupado por lo que «el padre» pensaba…

—¿Y que? —preguntó—. Toma, ten esto —le dijo y le dio la toalla como si en lugar del presidente de la compañía discográfica fuera su asistente—. ¡Michael! ¡Oh, Michael! —llamaba mientras se iba—. ¿Dónde se ha metido este muchacho?

 

Desde Sammy Davis, Junior, el mundo no veía a un niño representar una función con el autocontrol innato sobre el escenario que tenía Michael Jackson. Como cantante y como bailarín, Michael tenía una presencia que era simplemente extraordinaria. Cuando escucharon a este jovencito grabar el lastimero tema de Smokey Robinson «Who’s Loving You?», la gente de Motown se preguntó: «¿Dónde aprendió esas emociones?». La respuesta era que no tenía que aprenderlas, parecían estar allí para él.

Los productores estaban sorprendidos de que Michael Jackson, entre una sesión de grabación y otra, se entretuviera con juegos que disfrutaban los preadolescentes, como cartas y el escondite, y luego se pusiera detrás del micrófono con la agilidad emocional y la presencia propia de un alma vieja que ya ha tenido su cuota de sufrimiento. Igualmente sorprendente era el hecho de que, lejos de escuchar grabaciones exageradas de las canciones, hechas por músicos de jazz para indicarle la orientación de la melodía y de las constantes indicaciones de Deke Richard para que perfeccionase su dicción, Michael contaba con sus propios recursos en el estudio. Cuando le decían que debía sonar como un pretendiente rechazado, nadie en el estudio realmente esperaba que comprendiera las emociones implícitas en ese sufrimiento. ¿Cómo podrían depositar en él esa expectativa? Tenía once años.

«Te diré toda la verdad. Nunca supe lo que estaba haciendo en el principio de mi carrera —me confesó Michael una vez—. Simplemente, lo hacía. En verdad, nunca supe cómo cantar. No lo controlaba. Tan sólo sucedía. No sé de dónde venía… Solamente venía. La mitad de las veces, ni siquiera sabía sobre qué estaba cantando, pero, aun así, sentía la emoción que había detrás».

El productor Deke Richards solía sentar a Michael sobre un cubo de basura para que pudiera alcanzar el micrófono de estudio que colgaba encima de él. Jermaine y Jackie solían estar de pie a su lado. Marlon y Tito raramente grababan coros al principio dado que ninguno tenía habilidad para la armonía. Colocaban las partituras frente a la cara de Michael, sobre un atril. Desde la mesa de control, todo lo que Richards podía ver en el estudio era a Jermaine y a Jackie de pie junto a dos zapatillas que pendían a los costados de un cubo de basura.

Cuando Michael y sus hermanos se convirtieron en artistas profesionales, probablemente hubiera un millón de jovencitos con el mismo talento en bruto para el baile. Lo que diferenciaba a Michael Jackson del resto de los escolares bailarines eran los años de experiencia que había reunido observando a las principales figuras de las veladas de rhythm and blues en las que él y sus hermanos solían aparecer. El muchacho tenía ojo para lo bueno.

Michael comprendió la importancia de dominar la dramatización en el escenario a partir del legendario cantante de soul Jackie Wilson. Aprendió temprano que caer dramáticamente sobre una rodilla, una vieja táctica de Wilson, normalmente arrancaría gritos de alborozo entre el público. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, mirar a Michael en acción era como observar a un digno aprendiz de «James Brown 101». Michael tomó cuanto pudo del autoproclamado «trabajador más esforzado del mundo del espectáculo». No sólo empleó las aperturas de piernas y deslizamientos de Brown, también aprovechó su estilo de soul marcado en el micrófono, moviendo apasionadamente el pie, como lo haría un borracho con su novia en el rincón de un salón de billar un sábado por la noche.

Michael también hurtó el famoso giro de James Brown. Sin embargo, por entonces el giro no se llevaba ni remotamente tan bien con las multitudes como la versión de Michael de otro paso que Brown popularizó: «la caminata del camello». Cuando Michael atravesó la pista de American Bandstand durante la primera aparición de los Jackson 5 en ese programa, incluso ese auditorio de adolescentes bastante blancos quedó atrapado en el frenesí de la excitación.

De Diana Ross, Michael no sólo obtuvo un sentido del estilo, sino también una valoración del poder. Diana tenía una autoridad silenciosa, el poder de la presencia. Él solía observar cómo reaccionaba la gente cuando ella entraba en una habitación. Era reverenciada. Se le daba un tratamiento diferente. Ella tenía un poder especial. Eso le gustaba.

Hay otra cosa que Michael obtuvo de Diana: sus primeros ooohs. Las primeras improvisaciones vocales de Michael casi siempre estaban salpicadas de algún oooh aquí o allá; no un oooh interminable, sino una estocada, un signo de exclamación. Diana usaba ese efecto en muchas de las grabaciones de The Supremes. A Michael le encantaba y lo incluyó en su bagaje de influencias. En efecto, para el pequeño Michael Jackson, cada pequeño oooh ayudaba.

A principios de noviembre de 1969, Berry Gordy alquiló una casa para la familia Jackson en el número 1.601 de la calle Queens Road, en Los Ángeles. Michael se mudó de la casa de Diana hacia esa nueva vivienda junto a su padre y hermanos. Un mes más tarde, Katherine, LaToya, Janet y Randy se unieron al resto de la familia. Motown pagó los billetes, su primer vuelo en avión.

Cuando llegaron a la casa, los niños aguardaban en el patio delantero. Michael fue el primero en arrojarse a los brazos de su madre. «Cuánto has crecido», exclamó ella. Las lágrimas anegaban su rostro a medida que abrazaba a cada uno de sus hijos. Jackie, siempre bromista, alzó a Marlon y lo lanzó al aire. «Ahora yo, ahora yo», chilló Janet, de tres años.

Katherine solía recordar que, una vez dentro de la casa, miró detenidamente el salón. Era tan amplio —duplicaba el tamaño de la casa de Gary entera— que estaba estupefacta. «No estamos en Gary, sin duda —le dijo Joseph con una sonrisa llena de orgullo. Luego le pidió que cerrara los ojos y condujo a su mujer hacia el patio trasero—. Bien, ahora puedes abrirlos», le dijo.

Un panorama del anochecer de Los Ángeles se extendía debajo de esa casa situada en la colina, con miles de luces titilando, como astros enlazados a la tierra. Arriba, el cielo azul oscuro, claro y despejado, estaba lleno de estrellas. «Así debe de ser el paraíso —dijo Katherine cuando pudo hablar—. Nunca he visto nada tan hermoso».

«Bueno, está allí para ti todas las noches», le dijo Joseph. Estaba feliz de verla, era su esposa y compañera. En ocasiones, la tristeza de Katherine era tan aguda que lindaba con la depresión y Joseph sabía que era el responsable. Trataba de no pensar en eso y concentrarse en lo que estaba haciendo por ella, como poder brindarle un estilo de vida tan nuevo y emocionante como aquél. Aunque tuvo sus deslices, Joseph siempre insistió en que Katherine Jackson era la única mujer que él había amado realmente y que el resto eran… divertimentos. Joseph podía ser cruel y desconsiderado a veces. Podía ser egoísta. Con los años, pudo ver cómo el amor de Katherine por él se iría a pique a causa de su flagrante infidelidad y su obstinada ambición. Sin embargo, cuando estaba a solas con ella, lo que compartían en esos tranquilos momentos era verdadero y poderoso, y eso dura hasta el día de hoy. Han estado casados durante cincuenta y tres años.

Katherine recuerda haber pedido que la dejaran sola en los exteriores de su nueva casa. Allí permaneció, entre los naranjos y los tiestos de flores iluminados de un modo espectacular. Joseph había encendido el sistema de sonido para exteriores de modo tal que en el patio sonaba una suave música romántica. El aire olía a jazmín. Era mágico.

—Encantador, ¿no te parece?

Katherine se dio rápidamente la vuelta al oír una voz femenina desconocida, pero antes de que pudiera decir algo, Michael estaba junto a su madre.

—Mami, es ella. Ella es Diana Ross —dijo entusiasmado—. ¿No es hermosa? ¿No es sencillamente hermosa?

Luego, al contarle a un amigo sobre ese episodio, Katherine recordaría que Diana era tan delgada, joven y atractiva como se la veía en televisión. Katherine, regordeta y de baja estatura, tomó amargamente conciencia de cuán sencilla debía de haberle parecido ella a la glamurosa cantante. Caminó hacia Diana cojeando. Diana se deslizó como si anduviera por el aire. Era cálida y amistosa. Sus grandes ojos oscuros bailaban y tomó a Katherine de la mano. «Señora Jackson, estoy feliz de conocerla — dijo ella—. Sus hijos hablan mucho de usted. Son lo mejor».

Por mucho que le agradara escuchar que elogiaban a sus hijos, Katherine no podía evitar preguntarse por qué estaba allí Diana y cuándo había llegado. Diana, percibiendo su tácita pregunta, dijo a modo de explicación: «Oh, sólo estoy de visita». Abrazó a Katherine con calidez y la besó en la mejilla.

Katherine le dijo a Diana que estaba agradecida por todo lo que había hecho por sus hijos, especialmente por Michael, y que se alegraba de poder criarlo ella misma de allí en adelante. «Necesita a su madre —dijo con firmeza—. He estado ausente demasiado tiempo», agregó, mordaz. A partir de ese momento, Diana pareció molesta, su actitud cambió. «Me alegro por usted», dijo secamente. Parecía alicaída por el súbito recordatorio de que tal vez ya no tendría tanta influencia sobre la joven vida de Michael. Le había encantado ser su «madre», aun por tan poco tiempo. Lo extrañaría. Llevaba una vida solitaria, dedicada a su carrera, desde los quince años. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo hasta que tuviera hijos propios —tres niñas y luego dos niños— a los que dedicó tanto de sí como le dedicara a su carrera.

—Me encantaría que conversáramos —le dijo a Katherine—, pero no puedo porque estoy muy ocupada.

—¿Puede quedarse al menos a tomar una taza de café? —ofreció Katherine.

—Realmente no puedo. Me tengo que ir volando. Estoy segura de que usted lo entiende.

—Oh… claro —dijo Katherine.

Sin mediar otra palabra, Diana dio media vuelta y se perdió en la noche.

—Adiós —le dijo Michael cuando se iba, pero Diana no contestó.

Katherine abrazó a Michael. Después, sin volverse para mirar la impresionante vista, madre e hijo entraron en la casa caminando de la mano para comenzar su nueva vida.