Mimi
Capítulo 9
Domingo: 155 días desde que murió mamá
Los fines de semana se han vuelto largos y aburridos desde que mamá murió. Ya no hacemos nunca nada. Cuando vivía mamá siempre nos divertíamos en familia los fines de semana. Solíamos ir a nadar los sábados… Ahora ya no vamos. Si el domingo hacía buen tiempo, íbamos de excursión, papá, mamá, Conor y Sally y Bengala y yo. En realidad nunca me gustaron las excursiones, pero lo gracioso es que ahora las echo mucho de menos. Lo único que hacemos en casa ahora es ver la tele, discutir y poner música a todo volumen, y Conor nos vuelve locos con la batería.
Pero este domingo va a ser diferente.
La tía H y el tío Boris y Billy el chiquitín han venido desde Belfast para pasar el fin de semana en casa de la abuela y celebrar el primer cumpleaños de Billy el chiquitín, y todas sus hermanas y sus maridos y mis primos estarán allí para un guateque, dice la abuela (sea lo que sea eso del guateque).
Nosotros estuvimos a punto de no ir porque papá decía que todavía no se sentía preparado para una fiesta, pero primero la abuela y después la tía H le hablaron por teléfono ¡y se pusieron a reñirlo!
—Se lo debes a esos pobres niños. Debes hacer frente a la situación y empezar a vivir otra vez —oí que le decía la abuela. La oí porque me puse a escuchar, muy silenciosamente, por el teléfono de arriba. ¿Sabéis qué? Creo que sería una buena espía.
Así que ahora estamos todos de camino en el coche. Papá todavía no está contento…, continúa suspirando. Pero Sally y yo estamos encantadas. Sally no para de repetir que está deseando ver a Billy el chiquitín, con su mejor acento de Belfast. Conor finge que no le importa, pero yo sé que tiene la esperanza de que Nicholas lo lleve en su moto si la abuela no pone el grito en el cielo. Yo sostengo el gran coche de bomberos que Sally y yo compramos esta mañana para Billy el chiquitín.
Somos los últimos en llegar. Cada centímetro de la mesa de la cocina está llena de tartas.
—Tu abuela ha pasado toda la semana cocinando —me susurra el abuelo con voz chillona—, y aquí están solo la mitad de las tartas que ha hecho, porque el resto se las ha comido ella. ¡No me extraña que esté tan gorda! —Y me guiña el ojo.
—¡Te he oído, viejito! —Grita la abuela desde el salón.
El tío Boris me agarra por detrás y me columpia en el aire.
—¿Cómo está mi pequeña muchacha? —Ruge. La abuela dice que el tío Boris no sabe hablar…, que solo sabe gritar.
En el salón, la tía H está teniendo una conversación muy seria con papá. Sally sostiene a Billy el chiquitín y él trata de apretarle la nariz. Sally es diferente cuando está con bebés; se olvida de ser fría y seria. Me gustaría que Sally siempre fuera así, con risitas y carcajadas.
Conor y Emmett están mirando la moto de Nicholas, y la tía M está hablando con la tía B sobre su tema favorito: ¡las bodas! El tío Horace y el tío Boris están hablando de dinero. Yo voy en busca de Emma…, pero ella me encuentra primero.
—Hola, Dig. ¿Todavía tienes problemas con ese culo ventoso, cariño?
—No, querida. Ahora estoy mucho mejor, gracias. Excepto que tengo un pie enorme —le digo.
—Oh, cielos, eso suena mal. Será mejor que me lo enseñes.
Entonces me siento en el suelo y me quito un zapato y un calcetín. Mi pie está de un azul brillante…, lo pinté con un rotulador fluorescente de color azul antes de venir.
—Me golpeé con el grifo cuando me estaba bañando. ¿Qué voy a hacer, Dag?
—¿Siempre te golpeas ese pie gordo con el grifo cuando te bañas, Dig? — pregunta Emma.
—Por supuesto.
—Yo también. Pero tiene mala pinta, Dig. ¿Quieres que lo corte, cariño?
—Si eso es lo que debes hacer, querida… ¿Me dolerá, Dag? —pregunto mientras Emma saca una gran hacha de plástico de la bolsa de juguetes del pequeño Billy.
—Dolerá un poco. Sé valiente, Dig —y comienza a cortar y yo empiezo a dar gritos. Billy el chiquitín oye el griterío y se contonea en brazos de Sally tambaleándose sobre nosotras. Luego cae encima de mí y trata de morderme el pie. Sally corre y lo agarra y se cae encima de Emma y de mí, así que pronto estamos todos en el suelo, soltando risitas y risotadas, y Billy el chiquitín cree que es un juego estupendo.
Cuando paramos, cansadas de reírnos y de luchar, me doy cuenta de que todos los adultos han dejado de hablar y nos miran sonriendo, y la tía H tiene el brazo alrededor del hombro de papá y yo no sé si él se está riendo o está llorando. Creo que está haciendo las dos cosas.
Entonces la tía B se pone a dar palmadas con las manos y dice a todo el mundo que hay que ir a comer, halehale.
Cuando Billy el chiquitín ha soplado su vela cinco o seis veces (el abuelo la sigue encendiendo y todos los niños ayudamos a Billy el chiquitín con los soplidos) y todo el mundo ha cantado Cumpleaños feliz unas cinco veces y Billy el chiquitín ha puesto las dos manos en el azúcar glaseado y lo ha esparcido todo por la cara de Sally, la tía B nos da una noticia.
—He conseguido un trabajo de media jornada en el supermercado Besco, en la zona de alimentación —dice.
—¡Hale, hale! —grita Emmett, que se ha estado acabando el vino de todo el mundo cuando no miraban y tiene los ojos vidriosos. Si la tía B se enterara lo mataría.
Luego la tía B me mira a mí, después mira a Sally y a Conor y dice:
—Eso significa que ya no podré ir a vuestra casa por las mañanas a poner un poco de orden.
—¡Hale, hale! —grita Emmett de nuevo, y la tía B le lanza una de sus miradas.
—¡Un brindis por Betty la carnicera! —grita el tío Boris levantando su copa de vino, lo cual distrae a la tía B y salva a Emmett.
—¡Hale, hale! —gritan todos levantando sus copas de vino, y entonces Billy el chiquitín dice sus primeras palabras, «¡hale, hale!», y todo el mundo aplaude y se ríe.
De camino a casa le pregunto a Sally si ella lavará ahora nuestra ropa por ser la mayor de las chicas, y ella me da un golpe en el brazo.
—Sí, eso es, Mimi, Sally tendrá que lavar nuestra ropa ahora —dice Conor desde el asiento delantero, solo por bromear.
—Te odio, Conor —gruñe Sally—. ¡Os odio a los dos!
—¡Aguanta una broma, Sally! —le contesta Conor, pero Sally no se lo toma a broma. Se queda ahí sentada de brazos cruzados y con los labios apretados mirando fijamente por la ventana.
Nadie habla después de eso. Papá solo conduce el coche.