Mimi

John Newman · Capítulo 19 de 40

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Mimi

Capítulo 19

 

El trayecto hasta casa fue silencioso. La situación no tenía muy buena pinta. Sally estaba de brazos cruzados y se limitaba a mirar fijamente por la ventanilla de su lado, con los labios apretados y los ojos negros. Conor parecía estar harto y levantaba los ojos hacia el cielo cada vez que papá murmuraba algo.

Nadie le preguntaba a papá qué habían dicho exactamente los profesores. Yo no quería saber lo que la señorita Hardy podía haber dicho de mí, pero evidentemente no era la única de la familia a la que le iba mal en el colegio.

En cuanto entramos por la puerta principal, papá nos ordenó que subiéramos a hacer los deberes y que los hiciéramos correctamente y que no volviéramos a aparecer hasta haberlos hecho y que le mostráramos nuestros deberes cuando los tuviéramos acabados para que él pudiera revisarlos… y que si él no estaba satisfecho iríamos directos arriba a hacerlos otra vez.

—Sí, señor —murmuró Sally, pero no creo que papá la oyera. Lo cual era una ventaja, ya que estaba de mal humor.

Yo cerré mi puerta, luego arrojé mi mochila a un rincón y me tiré en la cama con Socky en mi mano.

—Hola, Socky —susurré.

—Hola, Mimi —susurró Socky, abriendo la boca perfectamente con cada palabra. Puede que sea titiritera cuando me haga mayor (cuando no esté haciendo de famosa), pero aún tengo que dominar el arte del ventril… ventrilo-no-sé-cuántos. Es cuando hablas sin mover los labios. La voz te ha de salir de tu ombligo, creo. Es muy difícil, pero puedes hacer cualquier cosa si te lo propones, creo yo. Por lo menos eso es lo que dice mamá… Bueno, lo que decía.

Oí que Conor abría la puerta y bajaba las escaleras.

—¿Ha acabado ya? —dijo Socky, y juro que mis labios no se movieron.

—¿Ya has acabado? —Oí que le decía papá con voz sorprendida.

—No —soltó Conor—. Vengo a poner todos estos jerséis en la lavadora. Es mi turno de lavarlos.

—Conor no sabe cómo arreglárselas con la lavadora —dijo Socky. Sonaba realmente convencido.

—Déjalo —dijo papá con rudeza—. Yo lo haré. No tienes ni idea de cómo poner una lavadora. Vete arriba —oí a Conor subiendo pesadamente las escaleras, y luego papá gritó—: ¡Sally! ¡Mimi! Si alguna de las dos tenéis algo para lavar dádmelo ahora. ¡Voy a poner una lavadora!

Yo tiré mi camiseta roja fluorescente y Sally tiró un montón de ropa negra.

—¡De nada! —dijo papá con sarcasmo mientras recogía la ropa del suelo.

—Gracias, papá —dije yo, pero Sally en cambio no hizo más que entrar en su habitación dando un portazo. Estaba de su humor habitual.

Yo volví a mi habitación y me senté a hacer los deberes. No quería hacerlos, pero decidí que sería mejor que los hiciera porque si no papá simplemente me mataría, así que lancé a Socky sobre la cama y abrí mi libro de matemáticas.

¿No es increíble? De deberes tenía fracciones. Las fracciones las inventó algún loco malvado que se divierte haciendo miserable la vida de los escolares.

—Si hay 25 caramelos en una bolsa y Anne se come 3/5 partes de ellos, ¿cuántos caramelos quedan?

¿Y a quién le importa? ¿Por qué no se come todos los caramelos como una niña normal? Y así el problema habría sido fácil. Probablemente es una de esas niñas horribles que siempre se guardan algún caramelo para después, para poder chuparlo lentamente delante de ti cuando tú te has acabado todos los tuyos y te entran ganas de darle una paliza.

De todas formas, no tenía sentido preocuparse tanto por una niña glotona, así que me puse a ocuparme del problema. Tres quintas partes de veinticinco… ¿Cuánto podía ser eso? ¡Demasiado difícil para mí! Así que le envié un mensaje de texto a Orla.

Divide por el número de abajo y multiplica por el número de arriba y lo que te sale se lo restas a 25. Pan comido. Beso. Orla.

No sonaba muy difícil. Así que tenía que dividir veinticinco entre cinco, que era el número de abajo de la fracción. Si hubiera tenido los caramelos habría sido más fácil… porque dividir es bastante complicado cuando llevas mucho tiempo sin hacerlo. Así que empecé a usar los dedos, pero eso no funcionaba bien porque no tengo veinticinco dedos.

Entonces papá nos llamó para cenar, lo cual fue un alivio porque estaba muerta de hambre… pero por otro lado me hizo perder la cuenta. A este paso nunca voy a lograr hacer mis deberes.