Mimi
Capítulo 3
Sally no me dice nada en toda la noche. Tal vez después de todo no sepa que soy yo quien lee su precioso diario.
Papá nos prepara pizzas para cenar, como siempre. Antes me encantaban las pizzas, pero ahora me pongo enferma solo de verlas, papá siempre las deja demasiado rato en el horno y quedan duras y quemadas.
—Lo siento, chicos —murmura mientras nos sirve media pizza a cada uno. No parece que le moleste mientras mastica su propia pizza como si masticara una suela de zapato vieja.
A Conor tampoco parece molestarle… Simplemente se pone a comer y le habla a papá de la liga de fútbol y ni siquiera parece notar que papá apenas le responde.
—Liverpool juega fuera de casa contra Manchester United este miércoles, papá —dice, con la boca medio llena.
—¿Ah, sí? —murmura papá como si viviera en otro planeta.
—Va a ser un partido reñido. Manchester echará de menos a Rooney…, tiene una distensión muscular.
—¿Ah, sí? —responde papá, pero no creo ni que esté escuchando. Conor también debe de estar hablando para sí mismo.
Sally y yo no comemos las pizzas de papá si podemos evitarlo. Sally normalmente va hasta la puerta trasera, la abre y le tira la pizza a nuestra perra, Bengala. Un rato más tarde, yo hago lo mismo. A papá no parece importarle…, pero Bengala queda encantada. Ella nunca se cansa de la pizza. Cuando vivía mamá, Bengala solía correr por toda la casa, saltando y lamiendo a todo el mundo, o encontraba su correa y la sujetaba con la boca hasta que alguien la sacaba a dar un paseo. Ahora nunca está en casa, y nadie le hace mucho caso, y se está poniendo tan gorda con tanta pizza que ya no creo que pueda caminar hasta muy lejos.
Después de cenar, papá anda por ahí mirando viejas fotografías y eso lo pone más triste. Conor se lleva el plato a su habitación y comienza a tocar la batería. Ahora hace eso cada noche. Es el peor batería del mundo y también el más escandaloso. Hace tanto ruido que tengo que poner el volumen de la televisión a tope y Sally también tiene que poner a tope su reproductor de CD.
¡Vivimos en una casa triste pero al menos no es silenciosa!
Mi amiga Orla me envidia porque ella tiene que irse a la cama cada día a las nueve y media y yo en cambio puedo estar levantada todo el tiempo que quiera, pero esta noche estoy cansada y no hay nada para ver en la tele, así que me meto en la cama a las diez y media. Orla también envidia que yo pueda tirar mi ropa donde quiera porque tía B la recoge por la mañana. La tía B viene cada día cuando estamos en el colegio y limpia la casa de cabo a rabo, y cuando volvemos del colegio está todo de nuevo en su sitio.
Antes me costaba bastante dormirme con tanto ruido en casa, pero te puedes acostumbrar a todo, y después de hablar un poco con Socky se me empiezan a cerrar los ojos y el pulgar se me desliza en la boca.
—Buenas noches, Socky —le digo a mi títere de calcetín, y él asiente y me da también las buenas noches. Luego me lo quito de la mano y lo coloco debajo de mi almohada.
Antes de que muriera mamá, yo me había hecho ya demasiado grande para Socky, pero mamá siempre lo buscaba cuando me metía en la cama. «¡Pobre Socky!», decía, y lo sacaba todo polvoriento de debajo de la cama, y luego se lo ponía en la mano y le hablaba poniendo voz de tonta:
—A ver, Socky, Mimi ha crecido demasiado para ti, ¿verdad? ¿Y supongo que también está demasiado grande para unas cosquillas de su viejo amigo Socky? —Y luego ella me hacía unas cosquillas de muerte con Socky en su mano. Cuando se marchaba de la habitación, yo lo tiraba otra vez debajo de la cama. Pero desde que mamá murió ya no soy demasiado grande para Socky.
Lo último que hago antes de quedarme frita es susurrar buenas noches a la foto de mami que hay en mi armario y pedirle que arregle el corazón roto de papá. Eso me hace llorar un poco, pero luego me quedo dormida.