Mimi

John Newman · Capítulo 7 de 40

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Mimi

Capítulo 7

 

Jueves: 152 días desde que murió mamá

 

Esta mañana no quería ir al colegio. Solo quería quedarme en la cama inventando conversaciones con Socky. Y quería volver a leer el diario de Sally cuando se marchara. A papá no le hubiera importado que me quedara en casa…, probablemente ni siquiera lo habría notado. Pero la tía B no se habría puesto muy contenta cuando viniera después de las diez para limpiar la casa y lavar nuestra ropa. Si le hubiera dicho que estaba enferma, probablemente me habría lanzado una de sus miradas de «no me creo ni una palabra» y me hubiera mandado al colegio hale-hale sin decir más tonterías jovencita. Probablemente no estaría tan cansada si Conor no hubiera decidido aporrear su batería hasta las dos de la madrugada.

Sin embargo, estoy encantada de haber ido hoy al colegio… Ha sido el día más emocionante en años. Acabábamos de sentarnos y de sacar nuestros deberes (sí, incluso yo, porque era jueves) cuando la señorita Dida de repente se agarró la enorme barriga y se puso a decir «¡OOOOOOOOHHHH!», y luego se sentó muy pesadamente con las piernas estiradas como palos inhalando y soplando como una gaita… con los ojos abiertos de par en par y las mejillas infladas. Y de nuevo hizo «¡OOOOOOOOHHHH!». Y luego le dijo a su barriga con un tono de pánico en la voz: «¡Se supone que no vienes hasta dentro de tres semanas!».

—¿Va a tener el bebé ahora, señorita Dida? —dijo Dylan.

—¡Espero que no! —dijo la señorita Dida, y de nuevo—: ¡OOOOOOOOHHHH!

—Tiene contrataciones —susurró Orla. La gata de Orla tuvo gatitos la semana pasada, así que ella es una especie de experta en tener bebés.

Nadie sabía qué hacer… todos estábamos sentados mirando fijamente. Entonces la señorita Dida dijo:

—¡Dylan, ve a avisar a Archibald, rápido!

Por supuesto Dylan no sabía quién era Archibald, así que no se movió… Pero yo sí sabía quién era Archibald, porque había oído a la señorita Dida llamarlo una vez.

—Se refiere al señor Masters, Dylan —dije, y Dylan dijo «Ah», y salió disparado de la habitación para ir a buscarlo.

—¡OOOOOOOOHHHH! —rugió la señorita Dida—. ¡Se está acercando!

El señor Masters es el director de nuestro colegio y el marido de la señorita Dida, lo cual es muy extraño, porque ella es tan simpática y amable y… bueno, también aturdida, y él es tan horrible y eficiente y quiere que todo en su colegio sea puntual.

¡Pero hoy el señor Archibald Masters también estaba completamente aturdido! Entró corriendo en la habitación con la señora Print, la secretaria gordita, jadeando tras él.

—Aggie, ¿qué está pasando? —le gritó a la señorita Dida, mientras entraba corriendo por la puerta. No creo que nos viera… Estábamos todas fuera de nuestros asientos y la clase era un caos.

—¡El bebé está en camino, eso es lo que está pasando! —La señorita Dida habló muy bruscamente, pero el señor Masters no pareció notarlo.

—¿Con cuánta frecuencia vienen las contracciones? ¿Estás haciendo las respiraciones? ¡Que alguien llame a un taxi! ¡Estarás bien, cariño, lo tengo todo bajo control!

—¡Por el amor de Dios! Cálmate y ve a buscar el coche, Archie —gritó la señorita Dida. Pero antes de que él pudiera decir una palabra soltó otro formidable rugido—: ¡OOOOOOOOOOOOOOHHHHHHH!

—¡Oh, Dios mío! —gritó Archie.

—¡Se diría que es el señor Masters quien va a tener el bebé! —susurró Orla, y a mí casi me dio un ataque de risa.

Entonces intervino la señora Print.

—Señor Masters, cálmese… Este no es el primer bebé ni será el último que se decida a venir un poco antes. Ahora vaya a buscar el coche y llévelo a la salida de emergencia. Y tú, Aggie, sujeta mi mano y, la próxima vez que venga el dolor, respira a través de él con serenidad, como te enseñaron en las clases prenatales.

Bueno, ese era un lado de la señora Print que no habíamos visto nunca antes… debería dirigir ella el colegio. El señor Masters se enderezó la corbata, inspiró profundamente y luego salió disparado de la habitación a buscar su coche. La señorita Dida cogió de la mano a la señora Print y comenzó a hacer respiraciones profundas con ella, lo cual por lo visto ayudaba, porque dejó de dar gritos.

Entonces la señora Print se volvió hacia nosotros, todos agrupados atónitos alrededor:

—Y vosotros, niños —dijo sonriendo—, volved a vuestros asientos y leed vuestros libros: todo va bien. El señor Masters llevará a la señorita Dida al hospital para que pueda tener su bebé, y yo voy a ir con ellos. El señor Roger se quedará con vosotros.

Todo el mundo hizo lo que pidió la señora Print, y Sarah la matona fue enviada en busca del señor Rogers. La señorita Dida nos sonrió débilmente y dijo:

—¿Verdad que es emocionante? —Estaba mucho más calmada ahora, pero apuesto a que estaba encantada de que la señora Print fuera al hospital con ella…, especialmente cuando oyó el coche del señor Masters rechinando al dar un frenazo junto a nuestra ventana.

Entró como un toro enloquecido y estaba a punto de agarrar a la señorita Dida cuando la señora Print levantó la mano y dijo:

—Tú abre la puerta trasera del coche y yo ayudaré a Aggie a subirse.

 

Estuvimos mirando cómo la señorita Dida se subía despacio al coche, con ayuda de la señora Print. El señor Masters sostenía la puerta y sacudía sus llaves, y el señor Rogers dijo «Un grito de ánimo para ellos» mientras el coche se ponía en marcha.

—¡Vamos, chica! —gritó Orla por la ventana, y todo el mundo hizo una ovación. La señorita Dida agitaba la mano valientemente mientras se alejaban.

 

Así que después de todo valió la pena ir al colegio hoy.

Pero no todo estuvo bien. La señora Lemon no me dio chucherías gratis cuando me dejé caer en su tienda. Solo cogió el dinero de mi chocolatina Spiff, me miró con tristeza y no dijo nada.