Mimi

John Newman · Capítulo 14 de 40

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Mimi

Capítulo 14

 

La tía M tenía su montón de chocolatinas y chucherías y bebidas con gas esparcidas sobre la mesa. Se te hacía la boca agua. Me acerqué y cogí una chocolatina Spiff.

—Bueno, para empezar, todo esto se acabó —dijo la abuela a la tía M, sacándome la tableta de la mano y tirándola al cubo de basura.

La tía M afiló la mirada, pero antes de que pudiera explotar, la abuela saltó:

—Puede que sea una buena idea, Margarita. Estos chicos acaban de tener un informe muy malo del dentista…, así que nada de comida basura por algún tiempo.

Yo noté que la tía M no estaba demasiado contenta de que todos sus regalos tuvieran que volver al armario, pero al menos no empezó a pelearse con la abuela. Cuando la tía M y la abuela empiezan a gritarse la una a la otra se desata el infierno.

En lugar de ponerse como loca, la tía M nos llevó a mí y a Sally hasta su cuarto de baño diminuto y nos mostró cómo usar las pastillas reveladoras.

—Chupadlas y veremos —dijo, y nos pusimos a chupar una pastilla roja cada una. La tía M hizo lo mismo.

Bueno, mis dientes y los de Sally se pusieron todos rojos, pero los de la tía M siguieron blancos y brillantes.

—¡Parecéis vampiros! —se rio—. Tal vez mamá tenga razón y necesitéis empezar a comer como es debido.

La tía M llama mamá a la abuela porque es su madre. Luego nos explicó que los comprimidos reveladores te muestran todas las bacterias sucias y la porquería que hay en las encías de nuestra dentadura, y que ella no tiene porque usa seda dental y se cepilla los dientes como es debido durante al menos tres minutos dos veces al día y usa un enjuague bucal, y que será mejor que empecemos a hacer lo mismo o tendremos que llevar dentadura postiza antes de cumplir los veinte años. Así que tuvimos que lavarnos los dientes de la forma que nos mostró, arriba y abajo, adelante y atrás y adentro y afuera hasta que todo lo rojo se fue, y tuvimos que limpiarnos con el hilo dental ese y enjuagarnos y hacer gárgaras con el enjuague bucal. El hilo dental me hizo sangrar mucho las encías, pero la tía M dijo que se endurecerían pronto. Luego entró Conor para reírse de nosotras, pero Sally lo agarró y la tía M trató de meterle un comprimido revelador en la boca y él se echó hacia atrás y se cayó de culo fuera del lavabo. Cuando levantó la vista, la abuela estaba de pie por encima de él con los brazos cruzados y le dijo que entrara en el baño a lavarse esos dientes o que se sentaría encima de él.

—¡Y eso no te gustaría! —se rio el abuelo, con la cabeza en el periódico, así que Conor no tuvo más remedio que chupar la pastilla.

—Tus dientes están hechos un desastre, Conor —le dijo Sally, y él le pellizcó el brazo.

Pero la tía M dijo: «¡Estaos quietos los dos!», y ordenó a Sally que saliera del lavabo porque ya había acabado. Conor quiso saber dónde estaba Nicholas, pero la tía M respondió que ni lo sabía ni le importaba, lo cual significa que han tenido otra pelea, supongo.

La abuela alzó los ojos al cielo, pero el abuelo comenzó a soltar risitas detrás del periódico.

—¿Qué te ha hecho ahora el chico, Margarita? —preguntó.

—No te lo podrás creer, papá, ¿pero sabes lo que quiere hacer? Quiere ir en esa asquerosa moto vieja desde la salida de la iglesia hasta el hotel después de la boda. ¿No te parece increíble?

—Suena guay —dijo Conor—. ¡A mí me encantaría!

—¡Oh!, ya sé que a ti te encantaría, Conor —bramó la tía M–, ¡pero tú no eres el que va a casarse! Imagínate lo que sería eso… ¡Yo con mi vestido blanco de boda en la parte trasera de la moto con un casco en la cabeza! ¡Si no empieza a demostrar pronto un poco de sentido común, ya puede pensar en casarse con otra!

—¡Por favor! —dijo la abuela—. Ese chico es tan inmaduro a veces.

—¿Cómo te atreves a hablar así de mi Nicholas? —gritó la tía M girándose hacia la abuela.

El abuelo se levantó de un salto y dio unas palmadas con las manos, luego declaró que era hora de marcharse y fue directo a la puerta, justo a tiempo de impedir otra de las formidables peleas entre la abuela y tía M.

 

De camino a casa en el cacharro, la abuela se bajó en el supermercado y compró una gran bolsa de fruta fresca y vegetales para que papá cocinara.

—Me pregunto qué dirá de esto papá —me susurró Sally en el asiento trasero del coche.