Nueva Orleans
Capítulo 10
10
La noche es sofocante y Miriam no duerme. Como siempre, está en el mismo borde de la enorme cama. El hueco que hay entre ella y su marido le parece simbólico: viven totalmente apartados uno de otro. Por eso él no ha reparado en lo que le ocurre desde hace meses: puesto que su conducta y su aspecto son «correctos», no ha mirado más allá. Pero ella piensa que debe de tener algo malo, que la ha atacado una enfermedad que le envenena el espíritu.
Está obsesionada por André Perrin. Él habita constantemente un rincón de su memoria; a todas horas le parece oír su voz, con aquel timbre peculiar, un poco nasal, repitiéndole al oído hasta las frases más triviales que le haya dicho. Y tener ante los ojos el vello rubio de sus muñecas asomando por un puño un poco ancho. Y sentir en la espalda el calor de su mano enguantada.
Le lee un cuento a Angelique. Dos sedosos y gruesos tirabuzones cuelgan a cada lado de la cara de la niña; la madre los retuerce entre los dedos y piensa: «¡Qué guapa es!». Y en el mismo momento está pensando en André Perrin. En el mercado, palpa melones, cantalupos grises con vetas verdes. Si en el extremo cede a la presión del dedo es que la pulpa está jugosa y sonrosada. Y en el mismo momento está pensando en André Perrin.
Cuenta las veces que se han visto: Eugene le ha traído a almorzar cinco veces; ha habido dieciocho fiestas, aquí y en otras casas; ocho veces se han visto en el teatro. Y cuatro en la calle mientras él paseaba con Marie Claire.
¿No es una vergüenza esta obsesión? No tiene ningún derecho a pensar en él. André pertenece a Marie Claire. Por la noche se acuestan juntos. Él y la distante y fría Marie Claire. Juntos, y sus manos pueden acariciarla. Y sus labios y sus brazos pueden ir adonde quieran.
Así estará Eugene con su amante. Ahora respira profundamente en la oscuridad. Sus anchos hombros se agitan de modo espasmódico durante el sueño.
¿Qué ocurriría si Eugene muriera? ¿Y si muriera Marie Claire? ¿Qué pasaría entonces? Miriam aparta la sábana. El calor y los malos pensamientos la asfixian.
¿Por qué es tan desdichada?, me preguntó. Yo podía haberle dicho: Porque mi marido no es como usted.
¿Qué sabe usted de mí?, me habría preguntado él.
Y yo le habría respondido: ¿Por qué unas cuantas notas musicales pueden inundarte de pena? ¿Por qué una lluvia mansa puede alegrar tu corazón? Son cosas que ocurren porque sí.
No quiere volver a estar a solas con él. ¿Y si su pensamiento llegara a asomarle a los labios contra su voluntad? La idea la horroriza. Un día ocurrirá. Ella extenderá la mano y le tocará el brazo de un modo elocuente, o su voz, al hacer cualquier comentario trivial, la delatará.
En el comedor, ella le sienta lejos, al otro extremo de la mesa. Pero cuando sabe que han de verse, perversamente, se arregla con mayor esmero. Hacía años que había olvidado lo que era la vanidad. Probablemente, la última vez que se miró al espejo con complacencia fue la noche de su presentación en sociedad, cuando, antes de ir a la Ópera, Emma, le enseñó a manejar el abanico. Y ahora, la semana anterior, al probarse un sombrero de paja blanca cargado de lilas, pensó que ojalá André la viera con él.
Alguna vez le ha sorprendido mirándola. Sabe que él tiene que acordarse de sus lágrimas. Seguramente, se preguntará por qué lloraba, o quizá solo piense que es una boba, una estúpida que debería tener más seso.
Al fin y al cabo, tu marido no te pega, podría decirle él y cualquiera.
Tus hijos tienen un buen techo que les cobija.
¿Cuántas mujeres no se cambiarían por ti?
La primera luz se filtra por las persianas, pone rayas en el suelo, sobre el cesto en el que aún duerme el perro de Gabriel Carvalho, sobre el mármol del tocador, donde están en un montón las perlas de la noche anterior y, por fin, le da en la cara con el brillo inclemente de un nuevo día.