Nueva Orleans

Belva Plain · Capítulo 2 de 33

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Nueva Orleans

Capítulo 1

1

 

Al anochecer de un sábado de la primavera de 1835, una berlina apareció de pronto en lo alto de una cuesta situada sobre el pueblo de Gruenwald, a mitad de camino entre los Alpes de Baviera y la ciudad de Wurzburgo, en la provincia de Franconia. Sus ruedas amarillas estaban cubiertas de una capa de polvo gris y los cuatro robustos caballos que la arrastraban avanzaban con aire cansino. Era evidente que el viaje había sido largo. Los campesinos, que se disponían a terminar su día de labor, enderezaban la espalda y contemplaban el carruaje con bovina extrañeza, ya que pocos eran los visitantes que llegaban al pueblo, y aun esos pocos lo hacían a pie o en grandes carros cargados de mercaderías. La berlina se detuvo un momento en el altozano, recortando su achaparrada silueta sobre un cielo ventoso, embadurnado de nubes carmesíes, inmóvil en lo alto de la cuesta como si, antes de iniciar el descenso, el viajero quisiera contemplar el panorama del pueblo que se extendía a sus pies. Luego, bamboleándose y haciendo crujir los arreos, el coche desapareció bajo el ramaje de unos tilos cubiertos de hojas nuevas. Minutos después, reaparecía al pie de la cuesta, recorría la corta calle principal y torcía por la calle de los Judíos.

Los campesinos movían la cabeza. «Bueno, ¿qué te parece?».

El único ocupante de la berlina también movía la cabeza con expresión de asombro. Era un hombre fornido, de unos treinta y tantos años, abundante cabello negro, cara jovial, ojos brillantes e inquisitivos y boca grande y carnosa.

—Judengasse —murmuró para sí casi con incredulidad—. No ha cambiado nada. —Aunque tampoco hubiera podido decir por qué tenía que cambiar en los ocho años que él llevaba ausente.

Las mismas casas estrechas, que habían sido nuevas hacía trescientos años, se apretujaban a uno y otro lado de la calle encarándose, encorvadas, como viejos cascarrabias. La última luz de la tarde se reflejaba en sus pequeñas ventanas, ojos que brillaban bajo las cejas de sus saledizos medievales, y hacía relucir las vigas de las paredes, cual arrugas de sus caras decrépitas.

Entre la carnicería y la posada de «El Oso de Oro», ahí mismo, a mitad de la calle, de un momento a otro, aparecería la casa. Y el hombre sintió un nudo de angustia en la garganta. Otra vez aquel portal oscuro, los gritos de terror, las risotadas crueles —sí; también hubo risas—, las carreras y la sangre de su joven esposa sobre los escalones… Con un gran esfuerzo, consiguió dominar la náusea.

—América —dijo en voz alta sin darse cuenta.

La liturgia del sábado había terminado; las grandes puertas de la vieja sinagoga de madera estaban cerradas y la escalinata, desierta. Cuando la berlina se detuvo en el patio de «El Oso de Oro», los últimos fieles, con sus mejores galas, iban camino de sus casas. A la puerta de la posada, se formó un grupito de curiosos. Al ir a apearse, el hombre distinguió unas caras borrosas, todas con la misma expresión de sorpresa y expectación, propia del que va al circo o al teatro. Y es que allí nunca pasaba nada…, descontando los periódicos desastres. Consciente de ser el centro de la atención de aquella gente y deseoso de evitar que lo reconocieran, puesto que tenía prisa, el hombre bajó la cabeza.

Lo que vieron los curiosos fue, ante todo, un par de botas de piel que asomaban por la puerta del carruaje, después, un bastón de paseo con puño de plata y, por último, un abrigo de fino paño color canela con cuello de terciopelo y una chistera a juego: una estampa insólita, por más que en seguida distrajo la atención de la concurrencia la aparición de dos criaturas negras como el carbón que bajaban del pescante, donde hasta aquel momento las ocultara casi por completo el voluminoso capote del cochero. Eran dos adolescentes vestidos con calzón corto y chaleco azul y puños de encaje dorado.

El viajero, de espaldas a los curiosos, dio instrucciones al cochero.

—Encarga habitación para esta noche. Y ocúpate de que atiendan bien a esta pareja. No hablan la lengua de aquí. —Dio sendas palmadas en los hombros a los dos muchachos negros.

—¡Maxim! ¡Chanute! —Siguieron unas palabras en francés a las que los chicos respondieron con vivos movimientos de cabeza. Luego, sin mirar a derecha ni izquierda, el viajero salió del patio de la posada y bajó por la calle hasta la casa de Reuben Nathansohn. Llamó a la puerta. Cuando esta se abrió, él desapareció en el interior.

Varios pares de ojos contemplaban ahora aquella puerta con asombro.

—Vaya, ¿quién crees tú que puede ser y qué buscará en casa del viejo Nathansohn?

—Es extranjero. Francés, ya le habrás oído.

—¿Un dignatario?

—¡Dignatario! ¿En un coche de alquiler?

—Pues un banquero. Un banquero o un comerciante…

—Es judío. ¿No te has dado cuenta? Es judío.

—¿Y eso quién puede saberlo? Un extranjero rico solo parece un extranjero rico. ¿O es que va a llevar una marca: «Yo soy judío», «Yo no soy judío»? Los extranjeros no tienen que ponerse distintivos como nosotros.

Una anciana dijo entonces con voz chillona y despectiva haciendo tremolar sus pendientes de oro al mover la cabeza con excitación:

—Pero ¿no sabéis quién es? ¿Es que no le habéis reconocido? Es Ferdinand Raphael.

—¡Ferdinand el Francés.

Se alzó una algarabía de voces.

—No era francés, que era alsaciano. Acababa de llegar de Alsacia cuando se casó con Hannah Nathansohn.

—Me acuerdo de la noche en que…

—¡No puede ser! Marchó a América después de la desgracia.

—¿Y qué iba a impedirle volver? Habrá venido a buscar a sus hijos.

—Es natural.

—¿Tú crees? Pues ya era hora. La niña tiene ocho años.

—Nueve. Miriam tiene nueve años.

La anciana que había hablado la primera se adelantó.

—Miriam tiene ocho años —dijo categóricamente—. Yo estaba presente cuando nació y vi a su madre dar a luz y morir en el mismo minuto. —Alzó la voz salmodiando—: ¡Oh, y qué milagro! Qué milagro, que la criatura pudiera vivir…

Se hizo un silencio respetuoso y afligido. Luego, una mujer joven dijo:

—¿No murió cuando los estudiantes…?

—Fue antes de que llegaras tú, Hilda. Sí, fue cuando los señoritos cruzaron el pueblo como locos, galopando en sus magníficos caballos y cayeron sobre la Judengasse… —La voz era ahora un sonsonete monótono, como si su dueño se resistiera a repetir aquellos horribles sucesos, pero no pudiera callar—. Ventanas rotas, puertas derribadas y nosotros, corriendo… ¡Y las piedras que traían! Eran tan grandes que tenían que lanzarlas a dos manos. Yo estaba con Hannah, dos pasos delante de ella, cuando la alcanzaron.

—Le dieron en la cabeza. Hannah, la chica de Nathansohn, la esposa de Raphael. Cayó en la puerta de su casa, esa misma puerta. Nosotros la llevamos dentro.

—La niña empezó a respirar en el mismo momento en que expiraba la madre.

Volvió a hacerse el silencio. El espantoso recuerdo hermanaba al pequeño grupo.

Alguien dijo después:

—Él se marchó al poco tiempo. América.

—Es natural que el hombre quisiera irse de aquí. Y cuanto más lejos, mejor.

—Bueno, parece haber hecho fortuna en América. Ahora querrá llevarse a sus hijos.

—Pues lo que es con el chico no han de faltarle quebraderos de cabeza.

—¿Por qué? A mí me parece un muchacho noble e inteligente.

—Oh, listo sí es, pero más tozudo que una mula. Y ya no es un niño. Debe de tener quince años.

Se quedaron esperando en la calle, reacios a perderse aquellos extraordinarios acontecimientos. Se hizo de noche. El grupo menguó. Unos cuantos fueron en busca de faroles y siguieron esperando. Pero, en realidad, no había nada que ver, como no fueran las ancas de la vaca que comía en el establo antiguo de la casa de los Nathansohn. Al cabo de un rato, hasta los más remolones optaron por irse a casa.

Un friso de cigüeñas verdes circundaba la panza de la estufa de cerámica del rincón. A medida que refrescaba la noche, los presentes iban arrimándose a ella. Cuando Ferdinand extendió los brazos hacia el calor, un zafiro relució en su mano.

—Ya no estoy acostumbrado a este clima del Norte —dijo con su meloso acento francés. Levantó la cara sonriendo—. Así que te acordabas un poco de tu padre, ¿eh, David?

El chico le miraba sin pestañear. Había una expresión ligeramente especulativa en sus ojos un tanto sombríos.

—Sí —dijo. Hablaba seca y escuetamente, como el que no lo hace por el placer de escucharse—. También me acuerdo de mi madre. Me acuerdo de todo.

—Naturalmente. Eras un niño muy listo. ¿Y por qué no? A los de nuestra familia nunca les faltó cerebro. Nunca.

Y Ferdinand volvió a sonreír. Su carácter afable le hacía acompañar de sonrisas sus observaciones. Pero no recibió sonrisa alguna de su interlocutor; solo una mirada inmóvil de aquellos ojos pensativos. Se sintió incómodo. Acarició ligeramente la suave pelusa de su sombrero de castor que aún tenía sobre las rodillas, quizá maquinalmente o quizá buscando en aquel contacto cierta seguridad en sí mismo.

Aquella habitación oscura… ¿alguna vez vivió él allí? Era lóbrega y destartalada en cualquier estación del año. La estufa y el gran armario de roble, situado en el ángulo opuesto, agazapado como una fiera salvaje, eran las dos únicas piezas de importancia. La mesa y las sillas eran poco más que cuatro maderas toscas, unas astillas para el fuego. El suelo estaba desnudo y frío. Ferdinand se estremeció. Siempre la maldita pobreza. Aquí, en este rincón, uno podía olvidarse de que el vino era fragante y la fruta dulce, de que la risa era música y la música hacía danzar los pies. Aquí casi no se concebía que un hombre pudiera adquirir los medios para saborear estos bienes y dormir plácidamente toda la noche.

Todos le miraban esperando que acabara de explicar su presencia, como si fueran hostiles a ella. Debía de parecerles un extraño. Era un extraño. Y Dinah tenía, además, su propia frustración personal. Ya era una solterona marchita y amargada cuando él se casó con la dulce Hannah, su hermana pequeña.

Ahora estaba aún más ajada, con la piel amarilla, cuarenta años y una mancha en su vestido del sábado, sin nada que esperar, como no fuera la muerte del viejo, que, a juzgar por su semblante, no tardaría en llegar. El abuelo, en el catre, tosía y tiritaba ciñéndose la toquilla al cuello descarnado. Envejecer, morir en aquel lugar tan sombrío… Ferdinand sintió una viva compasión.

En la habitación aquella, solo el rostro de Miriam respondía al suyo dándole lo que él deseaba recibir. La niña tenía los ojos de su madre, color de ópalo, ligeramente rasgados y de mirada alegre, incluso cuando su dueña estaba seria, como ahora. De su madre también había sacado aquel labio superior corto y delicadamente hendido, que apenas llegaba a cerrar sobre el inferior. «Una boca tierna —pensó él con un profundo remordimiento—; demasiado tierna para aquella casa, para el pobre gruñón, para la tía, adusta y dominante». Ferdinand se sentía profundamente conmovido por aquella hija recién hallada, por la elegancia de sus pies delgados, que ahora mantenía cruzados a la altura del tobillo y la gracia de los finos dedos con que acariciaba el pelo largo y sedoso de la perrita que descansaba en su regazo.

—Tengo cosas muy bonitas para ti, Miriam —dijo Ferdinand. Sintió un nudo en la garganta y tragó saliva. Deseaba dar, dar con todo el amor y el dolor acumulados durante todos aquellos años perdidos—. Las compré en París y las dejé allí para que las mandaran a casa en barco.

Y Ferdinand pensó en las mavarillas que ya iban camino de Nueva Orleans: un piano «Pleyel», cajas de porcelana de Sévres azul y oro, metros de encaje de Alenqon, chales bordados, sombrillas de volantes, abanicos pintados y buenos libros encuadernados en piel para el chico. Pero se le ocurrió que sería cruel hablar de estas cosas en la Judengasse. Ya tendría tiempo de demostrar a sus hijos lo que podía hacer por ellos, cuando estuvieran en casa. Y dijo únicamente:

—Te he traído una muñeca rubia. Está en la maleta que dejé en la posada. Te la daré por la mañana. —Y al momento añadió, sin poder contenerse—: También un traje para ti, David, y un vestido de viaje para ti, Miriam. Están en esta caja. Tenéis que ponéroslos mañana, para estar elegantes durante el viaje.

—Y ahora vas a llevarte a mis nietos —dijo el anciano en tono de reproche y acusación.

—Abuelo, imagino lo que esto supone para usted. Pero puede venir con nosotros si lo desea. Y tú también, Dinah. —Ferdinand se arrepintió en seguida de la invitación. ¿Y si aceptaban? Bien, no tendría más remedio que llevárselos—. Tengo esposa, una excelente mujer. Se llama Emma. Viuda y con dos hijas. Una se casó el invierno pasado. Pelagie, una muchacha muy bonita. Y poseo una casa muy grande y tan elegante como cualquiera de las de Wurzburgo.

—Naturalmente —dijo Dinah—. Todos sabemos que en América se encuentra el oro por las calles.

Tan sarcástica como siempre. Su cuñada tenía que hacerle comprender que a ella no la impresionaban ni su magnificencia ni su generosidad.

«La lengua afilada de la solterona, la menospreciada», pensó él, compadeciéndola también. Porque su condición, había que reconocerlo, solo en parte podía atribuirse a su falta de encanto. Los judíos jóvenes, o no tenían ni un cuarto, o se marchaban a América. Además, había que contar con la maldita matrikel, la autorización del Estado que solo se concedía a unos pocos. No; no era culpa suya estar soltera.

—Yo no lo encontré en la calle —dijo él suavemente—. Tuve que trabajar mucho para ganarlo.

El anciano tosía fatigosamente, escupiendo sangre. David llevó agua en una taza a su abuelo y con solícita paciencia le ayudó a sostenerla.

Bruscamente, casi con violencia, como si se obligara a sí mismo a romper su propio silencio, el chico dijo a su padre:

—Hablamos de América. Cuéntanos qué ocurrió cuando te fuiste.

Aunque lo había contado más de cien veces, a Ferdinand le era grato repetirlo ahora.

—Bien, cuando murió vuestra madre, yo llevaba ya algún tiempo pensando en América…, y entonces me decidí a marchar. Como sabéis, no era dueño de muchas cosas, así que metí cuanto poseía en una bolsa de lona y me marché andando en dirección al Oeste. Antes de llegar al Rin, ya había roto los zapatos, de manera que estuve dos días recolectando manzanas a cambio de un par de botas viejas. Menos mal que eran de mi medida. Luego, hice parte del viaje en barca por el Rin. En Estrasburgo tenía unos primos lejanos que me permitieron descansar en su casa varios días y me dieron bien de comer.

Todos le escuchaban con atención en esa actitud silenciosa e inmóvil que invita a la narración. El chico estaba absorto. «También él está ansioso por marchar», pensó Ferdinand. Y continuó:

—Llegué a París en un carro que iba a cargar algodón…

El París de entonces y el París de ahora. Calles sórdidas y hediondas. Castaños en flor y anchas avenidas. Dos ciudades diferentes según el dinero que lleves en la bolsa.

—Por fin llegué a El Havre, donde embarqué. El viaje duró dos meses y me costó setenta dólares americanos, cuanto poseía en el mundo… El mar es como montañas que se abalanzan sobre ti. No podéis imaginarlo. Yo iba abajo, con los emigrantes. Y qué mareo.

Hubo gente que se murió del mareo. —Les miró y por su cara volvió a extenderse aquella sonrisa afable—. Pero no tengáis miedo, que vosotros no tendréis que viajar así. Iréis en buenos camarotes, muy arriba, con mucho aire marino. Y qué camarotes. Madera de teca, metales relucientes, buenas colchas y sábanas finas. Bueno, como os decía, crucé el océano, desembarqué en Baltimore y me puse a trabajar. Fue muy duro. A veces no me explico cómo lo hice, cómo alguien puede resistirlo. Pero se resiste. Y al fin conseguí llegar a Nueva Orleans.

—¿Está muy lejos? —preguntó David—. ¿Se tarda mucho desde ese sitio, Baltimore, hasta Nueva Orleans?

—¿Que si está lejos? A miles de kilómetros y años de distancia. Aunque, a decir verdad, a mí me costó pocos años. Empecé trabajando en una granja de Maryland. Vosotros sabéis que yo nunca había hecho de granjero, pero cuando se tiene salud, y fuerza de voluntad, se puede hacer cualquier cosa. Aprendí el inglés muy de prisa. Yo tengo facilidad para las lenguas. Eran buenas personas mis patronos, un matrimonio, los dos gordos, callados y trabajadores. Durante las comidas, solo se oía masticar y golpear el plato con la cuchara. No se puede negar que allí comía bien, pero eran tacaños con el dinero. Cuando llegó el momento de pagarme el sueldo, él me dio solo la mitad de lo convenido, diciendo que había sido un mal año, y no era verdad, porque la cosecha fue buena y tuvimos un tiempo ideal, con bastante sol y bastante lluvia, y yo fui con él al mercado y le vi vender el grano. Era solo que no quería soltar el dinero. Muy bien, me dije, yo prometí quedarme dos años pero él prometió pagarme. Él había faltado a su promesa, por lo que yo no tuve escrúpulos en faltar a la mía. Yo dormía en el granero, y una mañana me levanté temprano y me fui sin despedirme.

Otoño. Caían las hojas. Hojas doradas y bermejas. Manzanas agridulces pudriéndose en el suelo. La mañana era fría; horas después, el sol caldearía el aire y zumbarían los insectos sobre las manzanas. Sin embargo, para entonces yo ya estaría lejos, habría andado un buen trecho del camino, cualquier camino que fuera al Oeste.

»Yo tenía mis planes. Había un buhonero que pasaba cada dos o tres meses vendiendo por las granjas. Llevaba percales, hilos, agujas y cepillos para los dientes. Era evidente que hacía negocio. Conque a eso me dediqué. Con lo que me había dado el granjero, compré mercancía y fui vendiéndola de granja en granja hasta que llegué al río Ohio. No era mala vida aquella. Caminabas por el país mientras ibas llenando la bolsa de monedas. O viajabas en la balsa por el río, siempre preguntándote qué habrá tras el próximo recodo…

Después de dejar atrás infinidad de valles y colinas, recuerda el desembarco en el lugar en el que el Ohio se precipitaba en el Mississippi: despuntaban los brotes de la primavera apenas iniciada, el olor a hierba, y aquel ancho espacio, y el profundo silencio. Recuerda cómo lanzaste el sombrero al aire y, solo y donde nadie podía verte, te pusiste a bailar, porque eras libre, porque no tenías que dar cuenta a nadie, porque eras joven y fuerte, porque ya no tenías que temer a nadie.

»A1 poco tiempo, pude comprarme un caballo, que estaba flaco, enfermo y llagado. Podía haber comprado algo mejor, pero me dio pena el pobre animal. Conque antes de continuar viaje lo dejé descansar unos días para que se repusiera. Nos hicimos buenos amigos él y yo y juntos íbamos de un lado a otro, arriba y abajo, nos adentrábamos hacia el interior y luego salíamos otra vez al río. Yo reponía existencias en los almacenes de las ciudades. A veces, volvía a embarcar y hacía quince o veinte kilómetros hasta el próximo punto de atraque.

Mientras hablaba, Ferdinand revivía aquella época, y ahora hablaba casi tanto para sí como para sus oyentes.

—Vi grandes plantaciones en las márgenes del río, y hermosas mansiones con columnas, y cientos de esclavos negros, y kilómetros y kilómetros de campos de algodón. También vi pequeños poblados en los bosques, tres o cuatro casas de troncos. En Europa no hay bosques como aquellos, no… — No encontraba las palabras—. No podéis imaginar las distancias, lo agreste de aquellos bosques. A menudo, te sobrecoge pensar cuán pocas veces los ha pisado alguien antes que tú. Hay horas y horas de camino de un poblado a otro. Ves a hombres con trajes de piel de gamo, mujeres y niños con ropas de lana harapientas. Te preguntas qué les ha traído hasta aquí, qué les hace arrastrar una existencia tan dura y primitiva.

Bosques, pantanos, sendero. Anochece bajo los pinos, y los espinosos matorrales invaden el camino arañándote la cara y tienes que apartarlos con la mano. Las ramas crujen bajo tus pies. Y sientes miedo, los viejos terrores de la niñez, comunes a todos. Algo te sigue. Dentro de un instante, saltará sobre ti, te agarrará. Tú procuras serenarte, pensar con sensatez. Haces un esfuerzo para no mirar atrás.

»La soledad, el vacío…

—¿Y los indios? —David estaba tenso, absorto. Tenía la cabeza apoyada en la palma de la mano y se retorcía un rizo de la sien.

—¡Ah, sí, los indios! Las tribus chotaw. Y los lobos. Pero fue por los lobos por lo que me compré el rifle, no por los indios. Los indios nunca se metieron conmigo.

—Un rifle —repitió el chico. Ferdinand advertía que el niño que aún había en su hijo estaba embelesado. Era casi un hombre. Tenía tres cuartas partes de hombre, tal vez más; el resto era todavía niño. Y, con estas aventuras, el padre conectaba con aquel niño.

—Sí —asintió Ferdinand—; pero, por fortuna, solo tuve que usarlo para matar conejos. Al poco tiempo, pude comprar un carro. Me acuerdo muy bien de mi primera carga. Llevaba diez baúles llenos de telas de todas clases: popelín, percal, etamín… Relojes de sobremesa de bronce y relojes de bolsillo de oro, medias de algodón, chales de lana, guantes de cabritilla, bisutería… de todo, para los amos y para los criados. Pero, una vez tuve el carro, no podía salirme de los caminos transitados. —Se echó a reír—. ¡Transitados! Eso es mucho decir. A veces, estabas un día entero sin ver a un ser humano. De vez en cuando, me tropezaba con otro buhonero como yo, las más de las veces, judío europeo. Al cabo de algún tiempo, empezó a pesarme la soledad de aquella vida. Sin embargo, si tienes una idea en la cabeza, un pensamiento que no te deja, no estás solo del todo. Yo quería abrir un almacén, establecerme en algún sitio, esa era mi idea. Al fin y al cabo, yo entendía de comercio; mi padre compraba grano para los ejércitos de Napoleón. Bien, al cabo de unos dos años, había ahorrado lo suficiente y abrí un almacén. En realidad, no era más que una gran nave cuadrada con estanterías todo alrededor. Pero estaba en un buen sitio, en la ruta de Chihuahua y abastecía las caravanas que iban a México. Todo el que pasaba por allí, colono o indio, tenía que comprarme a mí. Y las cosas iban de prisa. Todo va muy de prisa en América.

Las velas se habían consumido. Dinah se levantó y encendió velas nuevas. Gastar tanta cera seguía siendo un despilfarro, eso lo sabía bien Ferdinand, siempre fue así y siempre sería así en esta tierra. Aquí, en estos pueblos de Europa, las cosas no iban de prisa; las cosas no se movían.

—¿Por dónde iba? Ah, sí. Veréis, prosperé muy pronto, porque en un abrir y cerrar de ojos, en torno a mi almacén, surgió una comunidad. Al cabo de un año, vendí mi propiedad por el triple de lo que me había costado y me marché río abajo. ¡Y qué río! Uno de los más grandes del mundo. Tan ancho es que, en algunos puntos, desde una orilla no puedes ver la otra. Siguiendo su curso, encuentras ciudades bulliciosas y pujantes: Memphis, el gran mercado algodonero del interior; Baton Rouge, más al Sur, siempre rumbo al Sur, hacia las tierras cálidas. Desde el principio, yo había puesto la mira en Nueva Orleans. La Ciudad Reina, llamada también la Ciudad del Creciente por la curva que describe el río en su desembocadura.

¡Ah, Nueva Orleans! La perla del río, con sus aguas verdes y tranquilas, sus tardes soñolientas, sus noches centelleantes…

—Me enamoré de ella como se enamora uno… —Iba a decir: «como se enamora uno de una mujer», pero un hombre no puede decir estas cosas delante de su hija—… como se enamora uno de un lugar de ensueño. Casi en seguida, me hice amigo de un hombre excelente. Se llamaba Michael Myers. Era un judío del Norte, de los alrededores de Nueva York. Su padre había servido a las órdenes de George Washington en la Guerra de la Independencia. ¿Sabes algo de eso, David?

—He oído hablar de ello. Fue una lucha por la libertad, contra Inglaterra.

—Exactamente. Ya veo que has leído libros. Volviendo a lo que os decía, Michael Myers llevaba veinte años en Nueva Orleans y tenía un próspero negocio de importación y exportación. Pero ya no era joven y estaba buscando un socio, un hombre fuerte y emprendedor que entendiera el negocio o que, por lo menos, fuera capaz de aprender a manejarlo y en quien se pudiera confiar. Y me eligió a mí. Puedo decir que nunca le di motivo para que tuviera que lamentar su decisión. No solo me familiaricé pronto con el negocio, sino que, además hice algunas innovaciones. Por ejemplo, trabé amistad (hago amigos con facilidad), pues, con varios capitanes de los barcos del río que frecuentan los cafés del puerto. Y, gracias a estos contactos, me aseguré el suministro de las mercancías que tienen más demanda entre las señoras: joyas, calzado, lencería, etcétera. Artículos de lujo y objetos de fantasía. Siempre tuve buen ojo para las cosas bonitas. Sí; mi socio podía estar contento de mi aportación a la empresa. Durante el poco tiempo que trabajamos juntos, no tuvo que arrepentirse.

El abuelo escuchaba con gran atención.

—¿Poco tiempo?

—Sí. Por desgracia, mi socio murió de fiebre amarilla hace un año. La mayoría de la gente se va de la ciudad durante el verano. Por una vez, él no lo hizo y contrajo la fiebre. Fue terrible.

—¿Y ahora tú eres el dueño del negocio?

—Sí; me lo dejó a mí. Su viuda y su hija tienen otros bienes y viven en una hermosa casa en Shreveport. Yo le prometí ocuparme de ellas si era necesario. La niña, Marie Claire, es un poco mayor que Miriam.

—Marie Claire —observó Dinah—. Extraño nombre para una judía.

—Verás, en Nueva Orleans las costumbres son distintas. —Sí; muy distintas, pensaba él, deseando estar ya de regreso y consciente por primera vez de lo lejos que se hallaba—. Mi empresa será pronto una de las más importantes de la ciudad, si no lo es ya. El año pasado me terminaron la casa. Toda de ladrillo, construida alrededor de un patio. —Abrió los brazos en un amplio ademán—. Diez veces más grande que toda esta casa, con establos y cobertizos en la parte de atrás, formando un cuadro. Todas las casas se construyen así. Es un estilo mediterráneo.

—Según el modelo del atrium romano —dijo David.

—¡No haces más que sorprenderme, David!

La cascada voz del anciano dijo en tono desdeñoso:

—Este chico tiene la cabeza llena de cosas que nada conciernen a un judío. ¡Un atrium romano!

—Abuelo —dijo David en tono de resignación—, abuelo, tú no lo entiendes. La gente ya no se conforma con vivir encerrada en casa. Lo que pasa fuera, en el mundo, nos interesa. Eso no significa que tengamos que perder nuestra fe.

El abuelo se incorporó apoyándose en un codo.

—¿Le habéis oído? Ah, tal vez no se conformen. Pero más les valdría conformarse. Poseo la experiencia suficiente como para no dejarme engatusar otra vez. Vino Napoleón, y todos fuimos libres. Napoleón cayó y nosotros, otra vez detrás del muro. —Juntó sus manos esqueléticas formando una pared —. Aquí es donde estamos nosotros. Ellos están al otro lado. Y yo no necesito saber lo que pasa al otro lado del muro, porque yo nunca viviré al otro lado. Y esto nunca cambiará. Si viene una guerra, un pánico financiero o lo que Dios disponga, siempre será culpa nuestra.

Ferdinand dijo con suavidad:

—Con todo el respeto que me merece, abuelo, creo que David tiene razón. ¡Si pudierais ver cómo se vive en América! En mi ciudad, nadie te pregunta cuál es tu religión, ni tan solo si tienes religión. Cualquiera que disponga de los medios suficientes puede frecuentar las más altas esferas de la sociedad.

—Creo recordar que lo mismo nos decías de Francia cuando Napoleón era emperador —observó Dinah.

—Cierto. Aquellos fueron buenos tiempos. Si Napoleón hubiera durado, las cosas habrían sido muy distintas en toda Europa.

—Pero no duró —dijo el anciano—. Eso es lo que yo digo. ¿Es necesario que te repita, a ti precisamente, lo que ocurrió cuando ese hatajo del Hep Hep hizo estragos por la mitad de los pueblos y ciudades de Franconia? Matanzas en Darmsdadt, en Karlsruhe, en Bayreuth… Hep Hep —dijo amargamente—. Siempre se me olvida lo que eso quería decir, algo acerca de Jerusalén…

—Hierosolyma perdita est, Jerusalén ha sido destruida. Es latín.

—Pues, para nosotros, ese latín significa sangre. La sangre de Hannah.

Se hizo un silencio lúgubre. Ferdinand bajó la cabeza. No podía sostener las miradas de sus hijos. Sus ojos eran como los de Hannah, aquellos ojos dulces que él casi había olvidado ya.

—Sí —insistió el anciano. El recuerdo de la tragedia parecía haberle infundido nueva energía—. Volvemos a estar como antes. Sin derechos de ciudadanía. Sin poder ocupar cargos públicos. Obligados a llevar una señal para que los alemanes sepan quién eres cuando te ven por la calle. Obligados a pagar unos impuestos que se llevan todos tus ahorros. Y sujetos otra vez a la matrikel…

Ferdinand estaba abrumado. Volvía a ahogarle el peso de todas aquellas afrentas que él creía haber dejado atrás para siempre. Trató de sobreponerse adoptando un tono ligero.

—Ya lo sabes, David, aquí tendrás que pagar para poder casarte.

—Yo no quiero casarme.

—Ya cambiarás de idea. Una cara bonita te hará pensar de otro modo.

—Puedes tratar de tomarlo a la ligera si quieres —dijo el anciano—, pero no puedes cerrar los ojos a la realidad. En aquellos momentos de horror, ¿trató alguien de ayudarnos? ¿El clero, por ejemplo? No. Nadie hizo nada y nadie lo hará.

—Es cierto —dijo Ferdinand en voz baja.

—Entonces, ¿por qué discutir?

—En realidad, no sé cómo ha empezado la discusión, abuelo.

—Tú has dicho que en América todo es diferente —le recordó David.

—Sí —dijo el abuelo—. Y yo he dicho que allí pasará lo mismo que aquí.

—No —insistió Ferdinand—. Imposible. ¿Qué sabéis vosotros de América? Sí, de acuerdo, en Europa ya no hay esperanzas. Pues adiós a Europa. Por lo que a mí respecta, que se quede con su maldito fanatismo religioso y sus malditas guerras. Aquí no hay futuro para los jóvenes. Por lo menos, para los nuestros.

La habitación parecía empequeñecerse. A medida que avanzaba la oscuridad iba menguando el espacio, y su contracción hacía que el mundo exterior creciera. Estaban confinados en una pequeña isla rodeada de un océano amenazador. De pronto, Ferdinand se sintió exhausto. La tristeza y el miedo le agotaban de modo insospechado. ¡Todos aquellos años de la vida de sus hijos, perdidos! Los dos le miraban en actitud paciente: la niña, casi vencida por el sueño y el chico, contemplando nuevas perspectivas. De pronto, David dijo:

—Muchas veces, he deseado… —Titubeó, miró al abuelo y luego, a su padre—. Muchas veces, he pensado que me gustaría ser médico. Aquí no podría. —Abrió las manos con las palmas hacia arriba en un ademán que expresaba la penuria de aquella casa.

—En América podrías serlo —dijo Ferdinand.

El chico —¡su hijo!— tenía un aspecto patético con aquella chaqueta que se le había quedado pequeña. La gente siempre resulta patética cuando la ropa no es de su medida.

—En Luisiana se fundó la Facultad de Medicina, ahora hace un año. Podrías estudiar allí o donde quisieras. Y no me olvido de ti, Miriam. Hay buenos colegios para niñas.

—Yo iré contigo —dijo ella—. Pero solo si puedo llevar a Gretel.

—¿Gretel? —Y Ferdinand comprendió que se refería a la perra—. Claro que sí. Es una belleza, y muy aristocrática. Una «spaniel» del rey Carlos. ¿De dónde la sacaste?

—La encontré en el camino cuando era un cachorro. Tía Dinah dijo que no tenía más que unas semanas. Debió de caerse de algún carruaje. —La niña apretaba al animal contra su pecho.

—Esa raza tiene historia —dijo Ferdinand. Le gustaban las historias—. Cuentan que María Antonieta llevaba un «spaniel» del rey Carlos escondido entre los pliegues del vestido cuando subió a la guillotina. Tal vez sea verdad y tal vez no.

El anciano se resistía a dejarse distraer.

—Y ahora te llevarás a los niños —insistió—. Al final de mi vida, vais a dejarme solo.

Ferdinand se sentía abrumado por aquel egoísmo. El abuelo quería retener a los niños a su lado aun a costa de arruinar su futuro, Ferdinand tuvo entonces una repentina visión de aquel futuro: David, convertido en un médico de renombre y Miriam bien casada y viviendo en una hermosa casa, tal vez casada con un gran terrateniente. Pero, entonces, pensó: «¿Quién sabe lo que haré yo cuando me vea viejo y desvalido?». Por lo que respondió amablemente:

—Tenga en cuenta, abuelo, que se trata de un chico que tiene toda la vida por delante y de una niña que dentro de pocos años será una mujer. ¿Qué vida les espera aquí? Nueva Orleans, aun a pesar de la fiebre amarilla, es mucho mejor que esto.

—¿Qué clase de vida religiosa van a tener en ese sitio adonde los llevas? —preguntó el anciano.

—La verdad, no tan intensa como aquí —respondió Ferdinand titubeando.

—Bueno, eso a ti nunca te importó, que yo sepa. Pero me duele que los hijos de Hannah olviden lo que son.

—No tienen por qué olvidarlo, abuelo.

—En esta casa se les ha enseñado a observar las leyes de nuestra religión. Son judíos devotos, como su madre.

Ferdinand miró a sus hijos. ¡Para lo que le había servido a su madre! Se puso en pie y sacó del bolsillo un reloj de oro.

—Os he hecho trasnochar. Es casi medianoche, pero estuve haciendo tiempo por el camino, para no llegar antes del anochecer del sábado.

—De todos modos, has viajado en sábado —dijo Dinah.

—Ah, sí. Lo siento. Me he vuelto descuidado en esas cosas. Las costumbres de Nueva Orleans. Tendré que enmendarme —añadió, en tono conciliador.

Mucho antes del amanecer, las dos personas que iban a abandonar la casa, saltaron de la cama en sus habitaciones de la buhardilla. La excitación, un cierto temor y también un poco de tristeza les impedían seguir durmiendo. Cada uno desde su ventana, contemplaron cómo el cielo pasaba del negro al gris, al lavanda pálido, y se inflamaba en una súbita apoteosis de plata sobre el arco del sol naciente.

David, apoyado en el alféizar, cerró los ojos ante el fulgor. «Papá se pavonea —pensó—. Quiere darse importancia. ¿Estuve hosco con él? Al principio, no sabía qué decir. Será porque me duele que nos dejara. Pero no es justo. ¿Qué habría hecho él con un mocoso y una niña de pecho? Además, era muy joven. Cuando se casó con mamá, no tenía muchos más años que yo ahora. Lo curioso es que aún parece muy joven, mientras que yo me siento mayor que él. Aunque eso es ridículo. De todos modos, yo siempre me he sentido viejo. Será por esa imagen que tengo grabada en la cabeza y no consigo borrar por más que lo intente. Unas palabras escritas con tiza en una puerta: Jude verreck, Judío revienta. Risas y carreras. Una mujer con el vientre hinchado cae hacia atrás gritando. Hep Hep. Sí, sí… eso fue. Vuelo de faldas y un portazo. Detrás de la puerta, algo horrible. Luego, llantos y un círculo de faldas y caras de mujer mirándome desde arriba: pobre niño sin madre, pobre niño».

La sangre le daba nauseas. Pero un médico no debe impresionarse por la sangre. Aunque esa sangre era diferente. Era la sangre derramada por la violencia la que le ponía enfermo. Hacía un par de años, estuvo un tiempo sin poder comer carne. Se le atragantaba. Un trozo de pollo que tuviera en el plato recobraba la vida, aleteaba, erizaba las plumas, chillaba y corría con sus delgadas patas para escapar del matarife. Pero aquello pasó. El se obligó a reaccionar con energía, la misma energía con que ahora deseaba ser médico.

Abajo, alguien se movía y una silla rascó el suelo. Pobre abuelo, gruñón y bondadoso. Sin duda debía de saber que se moría. Qué tristeza, ser viejo, no tener fuerza, vivir día a día sabiendo que te vas muriendo. Papá, por el contrario, papá era fuerte, eso tenía uno que reconocerlo, y admirarle por ello. Hacer lo que él hizo, marcharse por el mundo y crearse una situación. Sí; tenía fuerza de voluntad y tesón, y podía sentirse orgulloso.

Colgaba de la pared un espejo resquebrajado que David había rescatado de entre los desechos de un vecino. Ahora se contempló en él. No; no existía el menor parecido entre su habitual expresión huraña y el rostro afable de su padre. Él solo había heredado de Ferdinand el cabello negro y rizado. Y su energía. Eso lo tengo, lo sé.

Qué suerte para Miriam poder escapar de la compañía de la amargada tía Dinah. Papá había dicho que la mandaría a un colegio. Era una niña lista y despierta. David le había enseñado a leer y ella a veces se atrevía incluso con los libros que su hermano traía de casa del rabino, el rabino moderno de quien echaba pestes el abuelo. Ella no los entendía, desde luego, pero lo intentaba y, sorprendentemente, aquí y allá captaba alguna frase. Era muy curiosa. Y tenía la risa pronta, lo mismo que el llanto. Había momentos en los que David se sentía casi como un padre. Bueno, ahora ya tenía a su verdadero padre que cuidaría de ella.

David cerró los ojos, balanceando el cuerpo como para rezar. Luego los abrió, tratando de aprehender con la vista y el oído aquel lugar que ahora iba a abandonar, deseoso de recordar aquella luz matinal, el sonido de una voz lejana y el bronco retumbar del carro de un granjero.

En la habitación contigua, la niña acariciaba la falda de su vestido nuevo. Ella solía describirse lo que veía comparándolo con imágenes de la Naturaleza; así, la tela era suave como la hierba nueva, el color era azul mariposa y el tacto, cálido y suave como plumón de ganso. No había espejo en su cuarto, por lo que solo doblando el cuello hacia atrás podía ver cómo la falda ondeaba y el grueso jaretón le bailaba sobre el tobillo. Levantó el brazo y el puño fruncido se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto la fina muñeca. Qué preciosidad de vestido. Mucho mejor que el que se ponía la tía Dinah para ir a la sinagoga. Y mucho más bonito que cualquiera que hubiera visto en su vida. Y de ahora en adelante tendría muchos más, lo había dicho papá. Lástima que tuvieran que marcharse tan pronto; le habría gustado pasearse por la calle para que todos la vieran con aquel vestido.

Miriam se asomó a la ventana. Aún no andaba nadie por la calle. No había más signo de vida que el aleteo del pájaro que estaba en la jaula colocada al lado de la puerta de la tienda de enfrente. Aquel pájaro siempre le dio pena. La jaula era pequeña y el pobre animal apenas tenía espacio para desplegar las alas. ¿Tendría que estar allí, quieto y callado, todos los días y todas las noches de su vida?

El abuelo le dijo una vez: «Tu madre tampoco podía sufrir ver a un pájaro enjaulado».

Tu madre. Miriam sabía lo que le había ocurrido a su madre, lo supo mucho antes de que los demás sospecharan que ella estaba enterada, porque les oía decir: Cómo se parece a Hannah. Hay que ver, qué cosas, una vida que se acaba y otra que empieza al mismo tiempo. Horrible. Horrible. Y, a fuerza de oírlo, empezó a sentirse distinta, más importante que los que habían nacido del modo corriente. Pero este conocimiento también le daba pesadillas.

Algunos opinaban que no deberían habérselo dicho. Pero ya era tarde. Al igual que su hermano, Miriam se había pintado mentalmente un cuadro que nada podría borrar. En aquel cuadro, su madre llevaba un chal a cuadros. ¿Por qué? Nadie habló nunca de un chal. Y el pelo recogido en un moño alto. Eso tampoco se lo habían dicho, ni ella lo preguntó.

Ahora se anudó las negras y sedosas trenzas en lo alto de la cabeza y hundió las mejillas —lo que dio a su cara infantil una expresión grave de persona mayor— y se echó a reír, se recogió la falda y alzó del suelo la perrita que la miraba con ojos de perplejidad.

—Gretel, nos vamos a América. Tú también. ¿Creías que iba a dejarte?

Se puso seria otra vez. «Echaré de menos a la tía Dinah. Cuando no está regañosa es muy cariñosa. Me parece que va a encontrarse muy sola sin mí. Y a mis amigas, Lore y Ruth… Pero el viaje en barco será fantástico. Y David estará allí, de manera que no me sentiré tan extraña. Además, me gusta papá, ya le quiero. Tiene una sonrisa tan dulce. Dice que la muñeca es rubia».

Y a la niña le parecía que el sol nunca había salido con un brillo tan resplandeciente como el que tenía aquella mañana.

Se despidieron abajo. Ferdinand sacó una bolsa. Gruesos florines de oro cayeron sobre la mesa en un montón.

—Esto bastará por ahora —dijo—. Di instrucciones a mi banquero de Estrasburgo para que todos los meses os envíe la misma cantidad mientras viva uno de vosotros dos. Y esta bolsa… un donativo para la sinagoga. Dadlo en mi nombre, en memoria de Hannah.

El anciano y la mujer le miraban impresionados. En su mudo agradecimiento, en el brillo húmedo de su mirada, había algo que avergonzaba a David. Que un ser humano tuviera que estar tan agradecido a otro ser humano no podía ser bueno. Era humillante.

—Y no os preocupéis por los niños. En mi casa estarán perfectamente atendidos. Emma, mi esposa, es una mujer muy dulce. Está esperándoles con ilusión.

La tía Dinah se enjugó los ojos.

—David es muy atrevido, y eso puede costarle disgustos. Atrevido e irreflexivo. Y terco. Cuando se le mete una cosa en la cabeza, no hay manera de hacerle desistir. Es un testarudo. Pero es muy bueno.

David la miró asombrado. Que él recordara, su tía nunca, nunca, había dicho de él que fuera bueno.

—Sí —prosiguió Dinah—; él sabe cómo tendría que ser el mundo y cree poder cambiarlo. Cuando aprendas a pensar lo que dices, David, será mucho mejor para ti.

El anciano tenía algo que añadir.

—El año pasado nos causó un problema con los vecinos. El padre estaba azotando al hijo pequeño por robar patatas, y David le gritó: Esa no es manera de educar a un niño. Debería usted saberlo. La Tora dice que a los niños hay que enseñarles, no pegarles. Imagina, un mozalbete recién confirmado tratando de dar lecciones a un hombre mayor sobre la manera de educar a su hijo. Ya puedes figurarte cómo se enfureció el otro.

—Pero David tenía razón —dijo Miriam impulsivamente.

—Es su sombra —dijo Dinah abrazando a la niña—. Es la sombra de su hermano. Para ella, todo lo que hace David está bien hecho, ¿verdad, Miriam?

—Ya veo que, de ahora en adelante, mi vida va a ser mucho más interesante —rio Ferdinand.

Había llegado el momento, lo más difícil, el momento final, cuando ya no queda nada que decir más que adiós, y hay que decirlo con mesura y dignidad, para que no quede un recuerdo de total aflicción. La despedida ha de ser una separación, no un desgarro.

David tomó la mano de Dinah y la del abuelo, las besó y, sin decir palabra, dio media vuelta. Conmovido por la intuición del muchacho, que se había dado cuenta de que el anciano estaba a punto de echarse a llorar, Ferdinand estrechó a su vez aquellas manos. Luego, apoyando cariñosamente los brazos en los hombros de sus hijos, consciente de que los dos que quedaban en la casa les miraban atentamente y que aquel cariñoso ademán había de ser un consuelo para ellos, los llevó calle abajo hacia el patio de «El Oso de Oro», donde les esperaba el coche en el que harían la primera parte del largo viaje hasta el hogar.